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Libro PDF La ventana – Rafael A. Ramos

 La ventana - Rafael A. Ramos

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Después de meses de trámites, Eduardo está a
punto de partir. Es un momento de felicidad y
tristeza. Felicidad, por la idea de comenzar una
vida nueva y la oportunidad de ir a un destino, en
el que la perspectiva de prosperar
económicamente es mayor; además, la experiencia
de vivir en un país capitalista. Algo
completamente nuevo, para quien solo ha vivido
en Cuba y en la era socialista. Tristeza, por todo lo
que deja atrás.
La emigración desde Cuba hacia Estados Unidos,
no deja de ser sentimental y cargada de emoción;
significa separación y cambios permanentes, por
lo general, sin vuelta atrás, más cuando se trata de
una emigración a la que ambas naciones califican
de política.
Aunque La Habana y Miami están separados por
apenas una hora de vuelo, hay una enorme barrera
para los cubanos, debido a las diferencias
políticas y las relaciones tirantes entre los dos
países. Es el año 2006.
En el grupo de familiares que despide a Eduardo,
se respira la dolorosa separación entre seres
queridos.
—No te olvides de nosotros —le dice el más
joven de los primos y Eduardo asiente con la
cabeza.
—Mi´jo, cuídate —le pide la tía, con los ojos
llorosos.
Eduardo sonríe y aguanta los deseos de llorar,
mientras mira a la madre y al padre, quienes hacen
un esfuerzo para contenerse. La madre lo abraza.
Ya la mayoría de los pasajeros han chequeado su
boleto y pasado por inmigración. Se despide de
todos por última vez y se dirige a la ventanilla,
donde un funcionario revisa los documentos. De
vez en cuando mira hacia atrás, la tía y la madre ya
no pueden contener las lágrimas.
Finalmente, le permiten el paso. Arregla el maletín
que lleva colgado al hombro, mira hacia los seres
más preciados que le quedan en Cuba, dice adiós y
con los ojos húmedos entra al salón de espera.
Empiezan a llamar para abordar y en poco tiempo
el avión despega. El vuelo se estabiliza y la
aeromoza comunica que los pasajeros pueden
quitarse los cinturones de seguridad.
Llevan diez minutos de vuelo. Eduardo se recuesta
a la ventanilla, mira al cielo y comienza a pensar
en todo lo que amará solo en la distancia: el tronco
más importante de la familia, el barrio, momentos
compartidos, su mamá, la casa, cosas de su
juventud, una enamorada y hasta los detalles más
intrincados de aquella compleja sociedad cubana;
en fin, vivencias de sus cuarenta años de vida
desfilan por su cabeza. A medida que avanza el
viaje, deja de pensar en Cuba. Empieza a
preguntarse cómo será su vida a partir de ahora, en
qué consistirá el trabajo que le tienen resuelto…
El anuncio lo sorprende, pronto aterrizarán en el
Aeropuerto Internacional de Miami. El avión toca
tierra, se desliza por la pista y detiene, los
pasajeros hacen fila para descender. Eduardo está
ansioso por pisar el suelo que albergará su nuevo
hogar.
En un modesto apartamento del condado de
Miami-Dade, en el seno de una familia
puertorriqueña, celebran el cumpleaños de una
joven; Arlen.
En la fiesta que le prepararon sus padres, está un
grupo de compañeros de escuela; Catherine, dos
años mayor que Arlen, Susy, vecina del mismo
edificio, Lauren, conocida desde preescolar y
Henry, enamorado de la festejada. Son los amigos
más allegados.
Ajeno a la dicha de la joven, Eduardo coge su
maleta y sale del aeropuerto. Lo esperan su
hermano, la abuela y dos primos, todos parientes
por parte de padre; y un amigo, quien reside en los
Estados Unidos desde hace más de diez años.
Abraza primero a la abuela y luego a los demás.
Ya en la noche, en el apartamento de Arlen solo
queda Susy.
— ¿Te has dado cuenta? Creo que Henry está
medio enamorado de ti —expresa Susy con
picardía.
—Sí, eso creo…—las dos ríen y se despiden con
un abrazo.
Eduardo, junto a familiares y amigos, disfruta de la
cena de bienvenida que le han preparado; al final,
solo quedan los más cercanos, el resto de los
invitados abandona el apartamento. Más tarde, la
abuela le enseña el cuarto. Una vez solo, se
desviste y prepara para dormir.
Arlen está en su cama, lee. Cierra el libro y lo
deja sobre la mesa de noche, reflexiona sobre el
maravilloso día pasado. Apaga la luz.
Eduardo, un poco exaltado, medita boca arriba en
su cama. El sueño no llega, quiere apaciguar las
emociones y apaga la luz.
Amanece, Eduardo se levanta. Luego de ir al baño
se dirige a la sala donde la abuela lo recibe con
una taza de café,
— ¿Qué quieres desayunar? —le pregunta la
abuela cándidamente
—Cualquier cosa, como si es un pan con aceite —
responde sonriente y con ironía.
Ella prepara un gran sándwich y un vaso de café
con leche, mientras Eduardo mira por la ventana.
Aún no lo cree, está en los Estados Unidos.
Al rato, Mario el amigo que lo había recibido en
el aeropuerto, lo llama por teléfono.
— ¿Estás listo?, en diez minutos estoy ahí.
Lo había invitado a participar de una clase de
taekwondo, a la que Mario asiste regularmente los
fines de semana desde hace unos meses. Así va
encontrando Eduardo la manera de aliviar la
nostalgia de la emigración, ir desarraigando
recuerdos para darle espacio a otros; sin conocer,
que desde su llegada, el destino se había
encargado de tejer su más complicado futuro.
La ventana
Han pasado varios meses y a Eduardo le va bien.
Trabaja en un bar restaurante, recibe clases de
inglés, canta dos veces por semana en un club y
vive solo. Por fin, Mario lo indujo a practicar
taekwondo, cosa que aceptó “para hacer
ejercicios”, como le dice a un colega, quien lo
provoca un día en el tatami donde practica. “Lo
hago para estar en forma, y no para utilizarlo como
medio de defensa”, explica sin conocer si algún
día su afirmación sería cuestionada.
Llega del trabajo, se quita los zapatos, va a la
cocina y se sirve un vaso de jugo. Se coloca frente
a la ventana para contemplar el paisaje. Desde ahí
se divisa un callejón, luego un placer que da a la
parte trasera de un edificio. En él, un apartamento
con una ventana abierta, situada casi de frente a su
cocina. Ahí vive una joven y esa es la ventana de
su cuarto, la ha visto unas veces peinándose y
otras hablando por teléfono.
Se deleita con el paisaje, saborea su bebida y pasa
nuevamente la vista por la ventana ahora vacía de
aquel edificio. Unas aves en vuelo distraen su
atención, pero al bajar la mirada ve a la joven que
lo observa.
Eduardo la mira por un momento mientras termina
el jugo y sin darse cuenta, de manera inconsciente,
la saluda con la mano. La joven, “por suerte”
piensa él, corresponde el saludo. Algo nervioso,
se retira de la cocina sorprendido de lo que había
hecho y también de que ella correspondiera. Lo
sucedido lo deja meditativo. Luego, en su cama,
por la noche, repasa esos mínimos hechos, pero
para él, llenos de connotación.
Piensa que fue atrevido, no la conoce. “¿Y si no lo
hubiera saludado? ¿Parecería una falta de respeto?
Habría pasado una pena”. Desconocía la edad.
Desde esa distancia, solo podía percatarse de que
era muy joven.
Primero preocupado y después satisfecho luego de
censurar sus dudas, trata de conciliar el sueño. Se
sentía dichoso y pensaba “¿Por qué estoy así…?
Realmente soy un soñador; actúo como si tuviera
una relación de noviazgo”. Sonríe, se coloca de
lado y queda dormido en minutos. Y tenía razón.
Era un soñador. El fugaz intercambio de saludos
fue suficiente para que varias veces se imaginara
junto a la muchacha, aun sin conocerla, y mucho
menos saber que ella entronaría episodios que
llenaran de emociones encontradas su vida.
La muchacha de la ventana es Arlen, una joven
simpática que cursa el último año del high school
y recibe clases de pintura; siempre sonriente, muy
sociable. Ante el encanto de una hija así, sus
padres viven orgullosos de ella; especialmente el
papá, a quien la joven solo le ha granjeado
afinidad y cariño.
Eduardo y la muchacha se saludan de vez en
cuando a través de la ventana. En cierta ocasión,
se le ocurre llevar un poco más lejos los saludos
fortuitos. Al verla nuevamente, corre hacia la mesa
del comedor y hace un cartel en el que le pregunta
“¿Cómo estás?”. Pero al volver, no halla a nadie,
luego mira para el cartel y se percata de que lo
había escrito en español, entonces piensa que sería
mejor en inglés, por lo que lo elabora una vez más.
Un día después, la ve, le enseña el cartel y Arlen
con un gesto le responde que bien. Así, con este
inocente acercamiento, el tiempo sigue su curso,
encargándose de minimizar la nostalgia de algunos
de los recuerdos que guarda de Cuba; pero
existiría una nueva motivación en su vida, que aún
sin que él se percatara, le impediría enamorar a
Sofía. Otra joven de 38 años, sirve como camarera
en el restaurante donde él trabaja y últimamente lo
trataba con especial afecto.
Precisamente, ese día, al salir del ensayo, Sofía va
a su apartamento para buscar un proyecto de
música que elaboran en conjunto. Luego de
revisarlo, lo guarda y se dirige a la cocina donde
Eduardo le extiende una taza con café.
—Vamos a la pizzería, yo invito —le propone ella,
mientras acepta la taza.
Eduardo acaba su sorbo de café y meditándolo un
instante mientras mira por la ventana de la cocina
responde suplicante:
— ¿Por qué no lo dejamos para otro día? Quiero
terminar un trabajo.
Ella lo mira y contesta con expresión de “tú te lo
pierdes”:
—Bueno…
Era evidente que Sofía quería iniciar un
acercamiento o quizás un romance, pero Eduardo,
solo deseaba conocer a la muchacha de la ventana.
El domingo, su hermano Alberto y el primo
Esteban fueron a visitarlo para almorzar. También
acudió Lázaro, otro amigo de la infancia que
llevaba mucho tiempo viviendo en Estados Unidos
y quien desde su llegada siempre le daba una
vuelta. Cuando disfrutan la sobremesa, Lázaro
toma la palabra y dice:
—Saben una cosa, Sofía lo invitó a salir y el niño
dijo que tenía que trabajar.
— ¿Quién es Sofía?— pregunta Esteban.
—La rubia que trabaja en el restaurante—
responde Lázaro.
Alberto, dirigiéndose a Eduardo, le increpa
incrédulo:
— ¡Cómo! ¿Sofía te invitó a salir y dijiste que no?
Eduardo sonríe y Esteban le dice:
— ¿Tú tienes problema, eh? Dile que me invite a
mí, pa´ que tú veas que le parto el brazo.
Después de estas bromas, tiran las cartas sobre la
mesa y se ponen a jugar. De esa manera, Eduardo
pudo sortear esta primera tentativa de hermano,
primo y amistad, sobre sus verdaderas
aspiraciones, aunque ya tenía un poco más claro
qué representaba para él la joven vecina de la
ventana.
Los días y las semanas le pasan más rápidos.
Ahora conversa con Mario en la sala, quien se
percata que el amigo se ha levantado dos veces
para mirar por la ventana de la cocina y le
pregunta:
— ¿Qué te pasa?
—Nada, fui a mirar por la ventana… Sabes, hay
una muchacha que a veces yo saludo. Parece que
vive en la otra cuadra y la ventana del cuarto da
para acá. El otro día la saludé con un cartel… —
El amigo lo interrumpe riendo.
— ¿Con cartel? ¡Tienes cada cosa! ¿No la
invitaste a salir? ¿O pedido el teléfono?
—No, no. Es muy joven, cuanto más, tendrá 20
años.
—Entonces ¿por qué lo haces? Oh, tú y tu pasión
por las muchachas jóvenes. Al final, pierdes el
tiempo.
—Mira, es algo platónico, pero bonito —hace una
mueca agrega dubitativamente—. No quiero tener
nada con ella ni me interesa, y creo que mucho
menos yo a ella, pero…, llego al apartamento y…,
a veces miro por curiosidad para ver si está allí.
Eso es alguna cosilla más que le da color a la
existencia, ¿no? Así lo voy pasando hasta que
encuentre la mujer de mi vida —agrega sonriendo,
casi de manera pueril.
—Mmm, tú y tus amores platónicos. Ya te he dicho
que en los sitios de búsqueda de parejas en
Internet puedes conocer muchachas. Te di el
teléfono de una y no te ha interesado, siempre
dices que no tienes tiempo.
—Ah, sí, pero esto es diferente. En realidad, no
está en mis planes tener una pareja por el
momento. Y ahora que me hablas de eso, no me
dijiste que esa supuesta amiga tuya es de las que
“cobran por su servicio”, ¿sabes? Además, yo
prefiero conocer a las mujeres casualmente, en la
calle…, que trabaje conmigo o algo así, como
Sofía, aunque no dejo de ver que Internet puede
ser una buena opción.
Mario casi lo da por loco. Eduardo, en su interior,
sabe que cuando visualiza una búsqueda en los
sitios de Internet, la primera imagen que le viene
es la de la vecina.
En lo que los amigos conversan, Arlen, en su
cuarto, comparte con Catherine y Lauren. Hacen
planes para reunir al grupo y estudiar para los
exámenes. También quieren hacer una salida este
fin de semana.
Arlen, distraída, desvía repetidamente la mirada
hacia la ventana. Sus amigas la sorprenden. A
Catherine le llama la atención y pregunta:
—Oye, ¿buscas algo?
Arlen hace como que no la oye y retoma el hilo de
la conversación. Luego, el padre de Lauren pasa
por ella, pues había quedado en recogerla cuando
saliera del trabajo.
Queda Catherine, y Arlen aprovecha para
enseñarle algunas ropas nuevas que había
comprado. Al poco rato, Catherine la atrapa una
vez más mirando por la ventana.
—Oye, ¿qué buscas mirando por la ventana?
¡Apuesto a que es un chico! Dime, ¿eh? —se
divierte la amiga.
—Más o menos —responde Arlen sonriendo, pero
con timidez.
—Dile que te llame, dale el teléfono e invítalo a
salir con nosotras.
—Mira, no es un chico, es un vecino y a veces me
saluda y yo lo saludo, y no he dicho que me guste
ni quiera hablar con él, además, no sé ni qué edad
tiene.
— ¿Porque? ¿Es un viejo?
—No, pero puede tener más de treinta.
— Entonces es un viejo —responde a risotadas
Catherine—. Eres un caso.
Arlen queda algo perturbada con el comentario de
la amiga, pero eso no impide que sigan
conversando de otros temas juveniles.
Al día siguiente, Eduardo ve unas cartulinas en su
trabajo y lo primero que le viene a la mente es la
comunicación con su vecina de la ventana; hace
días quiere preguntarle el nombre. Llega al
apartamento, coge un plumón negro y escribe con
letras grandes “What is your name?”. También
hace otro y pone “Eduardo”, por si ella se decide
a preguntar.
Pasan días en los que no tiene tiempo de pensar en
nadie, quizás levemente en Arlen, pero el fin de
semana al volver de hacer gestiones a la hora de
almuerzo, se para frente a la ventana de la cocina y
como la primera vez que la saludó, repite el ritual
de tomar un jugo. La ve pasar y se asoma a la
ventana. Ella no lo ha visto, no ha mirado hacia
afuera. Ansioso, espera que de un momento a otro
mire. Arlen se aleja, ya no la ve. En el instante en
que va a retirarse, la muchacha retorna y mira
hacia él.
La saluda rápidamente, coge el cartel y se lo
muestra. Arlen lo lee, es obvio que no esperaba
esto. Eduardo, piensa que metió la pata, tiene
miedo que no le conteste. Ella va hacia un lado, se
inclina, coge un plumón grande y una hoja blanca
de las que usa para sus clases de pintura, y pone:
“Arlen”. Él le enseña la cartulina con su nombre,
luego le hace señas que espere y escribe rápido
“How old are you?”, ella pone diecisiete y se
apresura a escribir “¿Y tú?”. Eduardo vacila por
un momento y dibuja el número cuarenta y uno.
Arlen sonríe satisfecha por la cortesía del vecino
al brindar la información; sin embargo, Eduardo
queda dubitativo.
Tras este breve intercambio, decide no
comunicarse más. Ahora que lo sabía con certeza,
le aterrorizaba la idea de que era menor de edad.
Se sintió fuera de la ley, es una adolescente. “Es
real lo que dijo Mario. “Al final, pierdo el
tiempo”.
En los próximos días, mantendría la ventana
cerrada por más tiempo y evitaría estar mucho en
la cocina.
El naufragio
La agencia de viajes en cruceros, Más y Más
Travel, situada en el centro comercial que está a
cuadra y media del hogar de Eduardo, promociona
un recorrido de cuatro días por el Caribe. Ve el
anuncio y decide comprar la reservación por la
tarde, después de salir del trabajo. Llama a Mario
e intenta contagiarlo con su entusiasmo, pero
después olvida el asunto.
Arlen, ve la promoción y se lo comunica a la tía,
quien compra dos reservaciones. Hace algún
tiempo, le había prometido a la sobrina que para
este cumpleaños, su regalo sería irse las dos unos
días en crucero y el programa, casualmente
coincidía con la fecha de la conmemoración.
Al otro día, Mario llama a Eduardo.
— ¿Reservaste para el crucero?, ya yo lo hice.
—Oh —se lamenta Eduardo—, ayer no fui. Del
trabajo seguí para el ensayo, pero ahora voy y te
llamo.
—Pensé que ya lo habías comprado, apúrate.
Se viste rápido y va a la agencia, pero, desilusión,
se han agotado las reservaciones.
—Y ¿pudiera contactar con ustedes para ver si
alguien cancela el viaje? —le pregunta a la
comercial.
—Va a ser difícil. Los tiques son transferibles. De
todas formas, puede llamar a este teléfono —la
empleada le da su tarjeta y añade sonriendo—. Lo
sentimos.
Eduardo, apesadumbrado menea la cabeza y se va.
Luego, llama a Mario y le da la noticia. El amigo
lo consuela: “No importa, será para la próxima
vez”.
Mientras tanto, en el apartamento de Arlen hay una
fiesta por su cumpleaños dieciocho. Aunque
realmente es el domingo próximo, lo celebra hoy
porque el fin de semana venidero va a estar de
crucero con su tía.
Es miércoles, Eduardo llega del trabajo y busca el
teléfono que se le ha quedado en el apartamento.
Tiene ocho llamadas de Mario. Marca el número
del amigo y escucha sonar el timbre al otro lado,
descuelgan.
—Oye, te he llamado una pila de veces —le dice
Mario.
—Se me quedó el teléfono en el apartamento.
¿Cuál es la urgencia?
—Nada, para decirte que si quieres ir al crucero,
yo te doy mi boleto. Me surgió un imprevisto en el
trabajo y no puedo faltar, cógelo y ve tú, te lo
regalo.
—Qué lástima que no puedas ir, pero yo te lo
pago.
—No, no, te lo regalo; por favor, acéptalo.
—Gracias, ¿Es mañana?
—Sí, recógelo temprano en mi casa, debes estar a
las ocho en el muelle.
—Ok, solo tengo que llamar al trabajo y suspender
los ensayos. Un abrazo mi hermano, y de nuevo
gracias.
Saca el maletín y empieza a anotar todo lo que le
viene a la cabeza para llevar. Ya a las diez de la
noche lo tiene preparado. Temprano en la mañana,
va en busca de Mario. El amigo le da la
reservación y lo despide alegremente con un
“¡Disfrútalo!”.
Ya todos abordan la pequeña pero elegante
embarcación, Costa y Mar. Entre la multitud, sin
que lo perciba Eduardo, está también Arlen y la
tía. Al subir, pasa por el lado de ellas pero no la
reconoce. Tiene puesta una gorra deportiva.
Llevan horas de travesía. La comida es excelente y
se respira el aire de felicidad y confort propio de
un crucero. En la noche, la fiesta de bienvenida:
música en vivo y discoteca. Cerca de las doce y
media estalla una fuerte lluvia, acompañada de
vientos huracanados y relámpagos. Una hora más
tarde, un impacto, seguido

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