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Libro PDF Las aventuras y desventuras del capitán Cuesta Luís De La Luna Valero

Las aventuras y desventuras del capitán Cuesta  Luís De La Luna Valero

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históricos muy señeros, es posible que sea la distancia
temporal una de las causas que facilita, afortunadamente, el estudio
objetivo y desapasionado de los mismos y la posibilidad de analizar
aquella lejana época y sus protagonistas. Así se puede hacer sin los
prejuicios y condicionantes que proporcionan la proximidad y la
subjetividad que siempre condicionan el relato.
Y es entonces cuando aparece algo parecido a la verdad y nos
aproximamos, con más exactitud, a lo que en realidad sucedió; pues es
en ese momento posterior en el tiempo cuando las pasiones, las
personas e instituciones interesadas en explicar una versión de los
hechos, ya no pueden seguir dictando o adulterando la Historia a su
conveniencia.
Cuando nos encontramos con esa objetividad o imparcialidad
temporal que comporta el estudio frío y analítico —el cual permite
valorar lo positivo y lo negativo tal como se produjo—, es el momento
en que se rompen y vienen abajo, felizmente, los mitos, imprecisiones
e invenciones que nos han intentado inculcar y que tanto han influido,
a veces, en nuestra percepción de las cosas.
Ahora, al iniciar la que deseamos sea una serie de novelas históricas
y de aventuras, ambientada en la época de la Guerra de la
Independencia Española y las Guerras Napoleónicas, intentaremos
dotar a las mismas de esa objetividad de la que hablábamos antes, así
como de una capacidad de desmitificación que sirva para conocer lo
más aproximadamente posible lo que allí sucedió. Sin duda, ello nos
ayudará a entender mejor lo que está pasando ahora en España.
Intentando seguir ese criterio de máxima objetividad e
independencia histórica, los singulares personajes y figuras históricas
—que irán desfilando y apareciendo en las novelas— se verán tratados
con rigor, respecto y ecuanimidad; siempre bajo el aforismo aquel de
que la Historia y el lector los juzguen.
Antes de continuar, esbozaremos unas breves reseñas sobre la época
y el relevante período histórico que nos ocupa.
España, desde la caída de Luis XVI y el triunfo de la Revolución
Francesa, se vio arrastrada y desbordada por la tremenda ola de
cambios políticos y sociales que convulsionaron y transformaron
Europa; para los que no estaba preparada ni, desgraciadamente, contó
con gobernantes competentes y aptos para tal misión. Fue algo que
resultó imposible a la postre.
Tras la muerte de un excelente rey como fue Carlos III —que
continuó la magnífica labor de su hermano Fernando VI y el renovador
camino marcado anteriormente por su padre, Felipe V—, subió al
trono español un incapaz político como Carlos IV. A éste, lo adornaron
virtudes humanas destacables como la bondad natural que, en
ocasiones, era realmente ingenuidad, además de la lealtad y sinceridad,
el amor a las artes, el apoyo a menesterosos y desvalidos tales como
viudas y huérfanos, la protección y encumbramiento de Goya. Pero,
por el contrario, careció de preparación y auténtico interés por lo
político, continuidad y firmeza en la ardua tarea de Gobierno,
perseverancia y fortaleza de carácter. Por ello se dejó llevar siempre
por la más absoluta desidia y dejación irresponsable de sus deberes y
obligaciones, tanto personales como políticos.
No obstante lo anterior, fatalmente, Carlos IV, según las Memorias
de Godoy y otros contemporáneos, fue persona tozuda y muy celosa
de su autoridad, como lo había sido antes su padre Carlos III; razón
por la que dictaba su pensamiento y voluntad, casi siempre, y, aunque
gustaba poco de dedicar tiempo a los detalles de la política, quería
conocerlos y se informaba antes de dar su opinión. Por ello, no
permitió nunca que se tomaran decisiones sobre asuntos exteriores sin
que él estuviese de acuerdo y, como creía que la labor de Gobierno
debía ser la de «un padre guiado por la bondad, la justicia y la
equidad», no dejó nunca plena libertad a sus ministros para actuar.
Terrible contradicción política que a la larga resultaría nefasta para
España: desapego por la labor de Gobierno y, sin embargo, obsesión
por participar en el conocimiento y la toma de decisiones.
Posiblemente, en la observancia estricta de ese mandato real radicó el
éxito y el triunfo de Godoy, ya que éste siempre actuó
respetuosamente, ante el deseo del monarca, y no adoptó ni emitió
decisiones sin la correspondiente sanción real de Carlos IV.
Pero para colmo de males y para desgracia de la Corona española, y
también de la res pública, don Carlos estuvo dominado por su esposa:
doña María Luisa de Parma. Fue ella una auténtica calamidad política
que quiso mandar y gobernar tanto como su esposo no deseó; siempre
muy ocupado corriendo detrás de alguna buena pieza de caza mayor
que cobrar en los bosques de El Pardo, la reparación de algún reloj
montado por él mismo o la confección de un buen par de botas de
cuero curtido. Labores manuales en las que destacaba de manera
sobresaliente y a las que se entregaba con verdadera pasión y derroche
de energía; como fue habitual entre los primeros Borbones españoles y
los últimos franceses. No hay que olvidar que si Luis XVI de Francia
fabricaba muebles de marquetería con primor, nuestro Carlos III fue
un magnífico ebanista, Carlos IV, a su vez, un formidable relojero y
zapatero.
En descargo de doña María Luisa de Parma, significar que siempre
actuó empujada por la buena fe hacia su nueva patria. Y también que
las últimas investigaciones históricas coinciden en señalar que su fama
de adúltera comenzó antes de conocer a Godoy y de tener con él una
supuesta relación sentimental; pues dicha fama se debe, al parecer, a la
actitud calumniosa de los revolucionarios franceses, quienes
desprestigiaron sistemáticamente a las casas reinantes en Europa y,
sobre todo, a sus reinas: María Antonieta, María Carolina de Nápoles,
Carlota Joaquina de Portugal…
Enfrente, Napoleón Bonaparte. Casi nadie. Respaldado por una
nación rica, populosa, avanzada y poderosa. Acompañado por el
empuje irresistible de la mentalidad innovadora y revitalizadora de una
Revolución Francesa joven y, como colofón, teniendo a su disposición,
pues él lo creó, el mayor y mejor ejército pertrechado, entrenado y
dirigido en siglos.
El gran corso fue un genio político y militar que se aprovechó de la
división política que padecía y destrozaba España, entre los partidarios
del rey Carlos IV y su ministro Manuel Godoy, y sus antagonistas, el
príncipe de Asturias, don Fernando y la camarilla que lo apoyaba
dirigida y encabezada por Escóiquiz, y secundada por el alto clero, los
grandes y la alta nobleza, e inversores notables que, viendo peligrar sus
privilegios por las medidas ilustradas tomadas por Godoy, no dudaron
en socavar el régimen legítimo establecido llegando, tras la
conspiración de El Escorial, a perpetrar el golpe de Estado de
Aranjuez; al que ahora se le da tratamiento de motín y fiesta popular
pero que, en realidad, constituyó un golpe de estado contra don Carlos
IV.A un lado, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, aliado
forzoso. Rival durante siglos por el dominio de mares y océanos, en
cuya batalla los británicos se convirtieron en feroces y temibles
enemigos de los españoles con su pujante Royal Navy desde los
albores del reinado de Isabel I.
Por ello, mientras duró el conflicto que Gran Bretaña denominó la
«Guerra Peninsular», ésta fue nación aliada que no amiga de España,
teniendo sus generales, en especial el duque de Wellington, órdenes e
instrucciones precisas para combatir y derrotar a las tropas francesas;
aunque, en igual medida, destrozar y arrasar cuanto pudieran en el
Reino de España, con el objetivo claro de perjudicar y debilitar al
enemigo secular desde que gobernara la única hija de Enrique VIII y la
degollada Ana Bolena.
Y, en medio, Manuel Godoy, el denominado Príncipe de la Paz, a
quien durante dos siglos han ido echando tierra por encima políticos,
historiadores, maestros, estudiosos, la gente corriente… Unos, por
interés; otros, por supina ignorancia; casi todos, porque creíamos que
Godoy era así de malo y nefasto como político. Posiblemente ha sido
porque nuestro legado y memoria popular todavía sigue glorificando a
los protagonistas del motín de Aranjuez, sin saber o reconocer que
aquello fue, incuestionablemente, un golpe de Estado ilegítimo, un
atropello a los derechos de Carlos IV y, además de ello, una torpeza
política de consecuencias trágicas para España. Fue lo que condicionó
el siglo decimonónico, y que hoy en día todavía seguimos pagando.
En ese sentido, conviene no olvidar que la Historia la escribe el
vencedor. Y Fernando VII triunfó y fue rey absolutista de España,
mientras que su odiado y derrotado Manuel Godoy marchó al exilio
francés, junto con los depuestos reyes, hasta su muerte.
Godoy pudo ser y no fue, pues todos los validos con poder absoluto
que en España han sido, terminaron mal: don Álvaro de Luna, el
cardenal duque de Lerma, el conde duque de Olivares, Su Alteza
Serenísima, don Manuel Godoy y Álvarez de Faría…
Ciertamente, detrás de las críticas feroces y de la «leyenda negra»
contra este pacense de meteórica carrera hay mucha verdad, aunque
no se haya buscado con toda honestidad. Por tanto, no parece
necesario insistir más ni ahondar sobre lo ya sabido, leído y oído tantas
veces.
Ahora bien, también es cierto que ninguna de sus virtudes, que las
tuvo y algunas notables, fueron difundidas jamás. Bástenos con saber
que el Príncipe de la Paz pudo ser un adelantado a su tiempo
defendiendo la separación de moral privada y pública, así como la
defensa de la propia intimidad, abandonando ciertos
convencionalismos aceptados por la sociedad; confiado, como estaba,
en la superior posición política que ocupaba así como en la
preponderancia de la libre conciencia sobre el espíritu conservador.
Intentó acercar a los infantes de la Corona a América, ya que su idea
era sustituir a los virreyes por aquéllos a modo de príncipes regentes, lo
que habría conllevado una mayor cohesión de la metrópoli y la
América colonial. Ideó la construcción de un canal en México que
uniera los dos océanos: Atlántico y Pacífico. Redujo notablemente el
poder de la Inquisición y el del alto clero español. Financió la aventura
de Alí Bey en Marruecos y África, lo que habría puesto a disposición
de España las riquezas del continente africano si hubiera contado con
el apoyo del rey. Pero éste, en un extraño y casi único ataque de
honradez política, se negó a traicionar al sultán de Marruecos.
Legitimó también los derechos de los expósitos; niños recién nacidos
abandonados o expuestos, o confiados a un establecimiento benéfico.
Contribuyó e impulsó la difusión internacional de la vacuna contra la
viruela…
En definitiva, Godoy podía haber sido un buen primer ministro
ilustrado y progresista si hubiera tenido un rey adecuado y acorde a
quien servir, una nación más avanzada y culta para la que trabajar, una
lealtad absoluta por parte del heredero de la Corona y su camarilla y
una situación de Gobierno menos embrollada. En cambio, le tocó en
suerte tener que decidir sobre cuestiones políticas y lidiar situaciones
europeas muy complicadas, entre las grandes potencias, para las que
no estaba preparado ni tuvo la energía suficiente porque no valía para
ello. Tampoco encontró el apoyo de un monarca enérgico y decidido, y
no pudo imponerse a la deslealtad de una oposición mezquina y
terrible, por parte de Fernando VII y sus partidarios. Fue lo que
terminó por minar y socavar su autoridad, gracias a una labor de
propaganda negativa implacable, que aún pervive, y la del rey Carlos
IV, a quien derrocaron por la fuerza.
Ni España y su sistema de Gobierno —pese a contar con una
Armada muy eficiente y un Ejército disciplinado, heredados ambos de
Fernando VI y Carlos III— pudieron hacer frente a las mismas, pues
siempre estuvieron en contra del valido. Además, el siempre presente
Napoleón Bonaparte, impulsó una política vecinal realmente temible,
con una presión que ahogó a unos gobernantes y políticos españoles
débiles que adolecían, en general, de falta de firmeza y de honradez
política.
Sobre Fernando VII está casi todo dicho, y existe una opinión casi
unánime en cuanto a su figura. Por ello, intentaremos poner de
manifiesto lo que de positivo pudo tener tanto su persona como su
Gobierno; aunque en realidad fuera bien escaso.
Y, para finalizar, de la Guerra de la Independencia qué podemos
decir que no se sepa ya o no podamos contar y narrar a lo largo de esta
colección que nace hoy. Fue de una brutalidad, ferocidad y salvajismo
sin precedentes, atrocidades que desarrollaron sin límite todas las
partes implicadas: españoles, portugueses, franceses e británicos. Puso
de acuerdo prácticamente a casi todos los españoles, hecho insólito,
quienes lucharon con una inquebrantable e inaudita fe en la victoria,
aun en los peores momentos y derrotas. Todos juntos, contra el mismo
enemigo común. Ello contribuyó a la caída de Napoleón Bonaparte de
una manera decisiva. Además, fue el embrión que posibilitó la
emancipación de los pueblos de Hispanoamérica. Y, para colmo de
males, cuando el conflicto bélico finalizó, causó la retirada de
franceses y británicos y trajo la paz; pero muy pronto ésta resultó ser la
paz de los muertos, de los exiliados políticos —por primera vez en la
historia española— y encarcelados, porque volvió Fernando VII el
Deseado, y con él de nuevo el absolutismo y todo lo negativo que eso
significó siempre para España.
La guerra, simplemente, lo peor del ser humano desde que éste
puebla la Tierra.
Por ello… ¡No a la guerra!
Torrelodones, diciembre de 2007
Capítulo I
—¡Inútiles! ¡Estoy rodeado por una legión de inútiles desobedientes!
—bramaba Napoleón Bonaparte, pegándole una violenta patada a un
escabel dispuesto a los pies del imponente escritorio de su despacho
parisiense, situado en el Palacio de las Tullerías. Caía la fría noche
marceña.
Tal descarga de adrenalina fue seguida silenciosamente por la
mirada impasible e irónica de Talleyrand, su ministro de Relaciones
Exteriores, y la de Fouché, el ministro de Policía, que era dura y fría.
Algo más tranquilo, Bonaparte se apoyó en el borde de mármol de la
espléndida chimenea que dominaba la estancia y se quedó, ante las
llamas, mirando en silencio el papel que tenía en su mano. Era un
despacho recién llegado desde España.
—Ese imbécil de Beauharnais… Sí señor, ese imbécil de su
protegido, señor de Talleyrand, ese embajador inepto y estólido ha
actuado por su cuenta y ha desbaratado mis planes —le recriminó el
emperador, aclarándose la garganta—. ¡Maldito asno presuntuoso! Es
una acémila que se cree capacitado para las tareas de Estado sólo por
que ha sido familia política de la emperatriz… ¡Mire usted qué méritos
tan grandes!
Los tres hombres permanecieron unos segundos en silencio. Los
ministros observando los maravillosos frescos del techo y las molduras
rococó de yeso dorado, mientras el emperador miraba el fuego y su
rostro se encendía de nuevo por la furia que lo embargaba.
—Llevo meses preparando un corralito donde meter a esos
Borbones españoles y a su ministro Godoy, a quienes tengo
embaucados y dóciles como corderitos y, sin embargo, ahora todo se
ha ido al traste —prosiguió Bonaparte, elevando mucho la voz,
mientras pateaba el suelo cual si fuera un caballo piafando—. ¿Dónde
encontraré gente obediente que haga todo lo que yo mando sin
cambiar ni una línea ni una coma del dictado? ¡Qué maldición me
persigue! Ensalzo a quien no lo merece como Villeneuve,
Beauharnais… ¡Recua de inútiles! —bramó finalmente.
Talleyrand interrogó con la mirada al ministro de Policía.
—Sí, sí, cuéntele, cuéntele señor Fouché, cuéntele usted al Príncipe
de Benevento la que nos ha liado su protegido —le animó, ahora algo
más calmado, Bonaparte, que se percataba de todo mientras seguía con
la mirada los dibujos de la soberbia alfombra que tenía bajo sus pies.
Joseph Fouché sonrió divertido al recordar como Talleyrand, para
agradar a la emperatriz Josefina y hacer méritos ante Napoleón, había
recomendado a Beauharnais, antiguo cuñado de aquélla, para el cargo
de embajador; y como éste, desde su entrega de credenciales
diplomáticas ante la Corte española, sólo había cosechado quejas por
parte del rey Carlos y de su primer ministro Godoy. Y ahora que el
emperador meditaba divorciarse de Josefina por estrictas razones
políticas, el recomendado de su ex cuñado, cometía un grave error
diplomático de considerables consecuencias políticas y estratégicas.
—¿Qué demonios está esperando, señor Fouché? —presionó el
emperador, que deseaba ser obedecido al instante en todo momento.
—Mi querido Talleyrand, verá usted… —comenzó el titular de la
cartera de Policía, disfrutando con la ocasión—. Beauharnais ha
estado propagando el infundio de que nuestras tropas han entrado en
España para apoyar al príncipe don Fernando contra monsieur Godoy
y su padre, el rey, cuando en realidad se han estado desplegando para
apoyar militarmente al contingente que domina Portugal y todo el
norte de España.
—¡Déjese usted de circunloquios estériles y vaya directamente al
asunto! —rugió Napoleón, otra vez furioso, consiguiendo sobresaltar al
impasible Fouché, quien de inmediato procedió a narrar los hechos de
un modo directo.
—Escuche usted —se dirigió al ministro de la diplomacia—, los
partidarios del Príncipe de Asturias, alta nobleza y alto clero, dirigidos
por el conde de Montijo han sublevado a algunas partidas populares de
lacayos, chusma advenediza y populacho diverso, todos asalariados y
convenientemente instruidos. Esa turba multa ha cercado y
aprisionado al rey de España y a su primer ministro, Godoy, en
Aranjuez.
—Ah, sí, un real sitio que cuenta con unos espléndidos palacios y
jardines; ciertamente muy similares a Versalles —comentó
flemáticamente Talleyrand.
Napoleón le miró con incredulidad antes de gritar:
—¡Déjese usted de palacios y de jardines, señor mío! Su protegido,
el señor Beauharnais, y ese monje o cura fanático de Escóiquiz, el
lamentable preceptor que escogió Godoy para don Fernando, han
sublevado a la plebe y han derrocado al rey Carlos de Borbón.
—¿Lo han asesinado? —preguntó Talleyrand, poniéndose pálido,
mientras recordaba al guillotinado Luis XVI, primo hermano del
monarca español.
—No me sea usted tan dramático, por favor —le reprochó Napoleón
con sarcasmo, mirando a la vez una de las tres imponentes arañas de
cristal austriaco y bohemio que iluminaban la estancia.
—Tan solo han conseguido mediante la fuerza bruta que abdique el
rey Carlos y que ceda la corona a su hijo don Fernando —puntualizó
Fouché.
—¿Tan solo, dice usted? ¡Como si eso fuera poco! —vociferó
Napoleón, contrariado ante lo que tomaba por la deslealtad
desobediente de un subordinado que había tomado iniciativas propias,
en lugar de cumplimentar exactamente sus instrucciones—. ¡Pero no lo
consentiré! No, porque yo soy el árbitro de Europa y yo y sólo yo
quito y hago reyes a mi antojo y voluntad, de la noche a la mañana,
para mayor gloria de Francia.
—Sire1, es posible que la nueva situación política creada no sea tan
negativa —propuso Talleyrand, para intentar calmar al emperador—.
Tal vez el nuevo rey sea un hombre sumiso a vuestros planes, ya que
no está bajo la influencia de Godoy. Recordad que hace poco
deseabais neutralizar a don Manuel porque constituía el obstáculo
para…
—¡Imposible! —cortó, tajante, Bonaparte—. Ese hombre, el
Príncipe de Asturias, es un ser indigno que ha traicionado la confianza
de su padre por segunda vez en tan sólo unos meses. Un hijo que
comete dos traiciones semejantes de manera consecutiva no es un
hombre de fiar —argumentó el acalorado y disgustado corso, pues
andaba en negociaciones con su hermano Luciano para que tomara
posesión de la Corona española, y el motín de Aranjuez desbarataba
sus planes—. Yo jamás apoyaré a quien ha invadido y usurpado los
derechos legítimos del soberano de España. —Contrariado, chasqueó
la lengua y soltó una risita sarcástica—. Ese miserable príncipe hace
nada de tiempo me escribió suplicándome que le concediera la mano
de una de mis sobrinas. —Sonrió mordaz—. Ya ve usted, todo un
Borbón español rebajándose para poder contraer nupcias con una
plebeya francesa ¡Imposible! Es un ser indigno. En ese don Fernando
que me ha escrito, implorándome, no aprecio ninguna de las cualidades
propias del jefe de una nación.
—Pero, sire, conviene pensarlo —insistió el ministro de Relaciones
Exteriores.
—En absoluto. Tenemos tres ejércitos en España y lo último que yo
quiero es que Europa entera piense que he enviado tropas a España
para derrocar a mi amigo y aliado, el rey Carlos —replicó Napoleón,
categórico, mientras comenzaba a pensar que si Luciano no aceptaba
el trono español, como así parecía, podía escribir a su hermano Luis, a
quien había nombrado rey de Holanda, para que dejara esa corona y
aceptara la de España.
—No hay que tener tantos escrúpulos políticos, sire. Ya hemos
derrocado a otros monarcas europeos —argumentó Talleyrand,
encogiéndose de hombros—. Hemos movido y cambiado más tronos y
reinos que Alejandro Magno.
—¡Jamás de esta manera! Siempre hemos contado con el
beneplácito del monarca de turno. Ha habido una negociación. Yo he
compensado a quien se plegaba a mis designios —explicó Bonaparte,
comenzando a enfadarse. Cuando ya tenía todo a punto para negociar
con don Carlos y con Godoy, a quienes pensaba entregar, a cambio de
España y las Indias, dos de los nuevos reinos portugueses que iba a
crear sobre el conquistado Portugal, sus planes habían quedado
desbaratados—. Nunca nos ha hecho falta montar una revolución de
barrio para amedrentar a un gobernante y arrebatarle su dignidad y su
corona por la fuerza y, menos aún, teniendo cien mil soldados
marchando por su reino.
—No obstante… —intentó continuar

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