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Las bellas extranjeras – Cartarescu Mircea

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Resumen y Sinopsis 

ÁNTRAX
1
UNA MAÑANA DE INVIERNO, HARÁ UNOS TRES AÑOS, recibí una llamada del director de una conocida revista cultural. «Señor Cărtărescu», dijo una voz ceremoniosa, de
esas que solo la gente de avanzada edad, la que ha vivido una temporadita en el periodo de entre guerras, posee: «hemos recibido una carta de Dinamarca dirigida a usted.
Puede pasarse a recogerla a nuestras oficinas, a la calle Brezoianu». Estaba solo en casa y sentía que me rondaba el desasosiego. Me sucede siempre que la luz sucia y
deprimente de los inviernos de Bucarest cae sobre la mesa de mi escritorio. Me vestí y salí a la humedad exterior.
Cogí el trolebús en Kogălniceanu, una sola parada, así que no me dio tiempo a preguntarme en serio quién demonios podría enviarme una carta desde Dinamarca.
Aparte de Hamlet, no conocía a ningún otro danés. Así que cuando me apeé, frente al McDonald’s, estaba tan intrigado como al principio. Crucé hacia las horribles
ruinas que flanqueaban el (arguably) bulevar más feo del mundo y enfilé directamente hacia el edificio La Información, como era conocido en otros tiempos. Me dan
pánico los ascensores viejos, así que subí por unas escaleras dignas del Ministerio de la Verdad hasta el último piso. Allí, al igual que en la Casa de la Prensa, me topé
con unas oficinas de aspecto sórdido, inconcebibles en un edificio tan majestuoso como aquel. Una secretaria me trajo el sobre. Era grande y acolchado, estaba todo
desgastado y en él, además de mi nombre y de la dirección de la revista en cuestión, escrita a mano, a bolígrafo, se incluía algo más, escrito también a mano, en diagonal,
y que ocupaba prácticamente toda la superficie del sobre, lo que confería al paquete un aire… extraño, en cierto modo, como de sobre que ha merodeado durante largo
tiempo por los recónditos recovecos del servicio de correos y que vuelve al sitio del que partió saturado de inscripciones: destinatario desconocido, fallecido, ausente
del domicilio… Di las gracias y salí por la puerta con mi abrigo negro, demasiado imponente para un individuo tan menudo como yo (me lo robarían el invierno siguiente
en el aeropuerto de Munich, para mi alivio) y con el sobre debajo del brazo me encaminé a la salida.
Me detuve en lo alto de la gigantesca escalinata —una silueta negra como las de las películas expresionistas alemanas—, para abrir la carta. Pero algo me disuadió,
porque, en medio de aquella luz turbia, conseguí descifrar algo de aquella caligrafía deshilachada, como de alumno con problemas psicomotores, que emborronaba el
sobre. Mi nombre estaba escrito de forma completamente fantasiosa, pero eso no me pareció en absoluto sorprendente: unos pocos años antes, estando en la feria del
libro de Leipzig, había visto mi fotografía colocada sobre un inmenso cilindro de neón y debajo se me anunciaba como Mircea Scartarecu… Mucho más extraña me
pareció la inscripción que recorría el sobre de una punta a otra, en diagonal, y que rezaba: «Why don’t you sneeze?» Me fulminó entonces una idea siniestra. ¿Que
estornude? ¿Por qué voy a estornudar? Estremecido, palpé el desgastado sobre. Contenía una serie de estructuras complejas de diferente textura y densidad. En una de
las esquinas, creí reconocer una bolsita con una especie de polvo… Sentí entonces que los dedos me quemaban y dejé caer el sobre…
Era la época de la histeria con el ántrax. Unos criminales desconocidos habían enviado, poco después del desastre del 11 de septiembre, unos sobres con ántrax a la
Casa Blanca, al Pentágono y a otros lugares del mundo. Habían muerto varias personas —sobre todo trabajadores del servicio de correos— y mientras tanto los
terroristas seguían en el anonimato. En la televisión no dejaban de repetir lo peligroso que era el ántrax, lo fácil que era conseguirlo, de qué modo se mezclaba con otras
sustancias para hacerlo más volátil y así poder propagarlo con más facilidad… Bastaba con inhalar una sola vez así un sobre así y… eras hombre muerto. Además, la
muerte por ántrax no era en absoluto feliz: se te encharcaban los pulmones y morías por asfixia, lentamente, tras varias horas de agonía.
No era como para tomárselo en broma. Aquella invitación al estornudo se me antojaba ahora una alusión de lo más clara. ¿Cuándo estornuda alguien? Cuando aspira
un polvillo, unas partículas… Ya había sucedido en Bucarest algo parecido. Alguien encontró en una alameda de Cişmigiu un polvo blanco y alertaron a la policía. Se
presentó el alcalde en persona, un antiguo oficial de la marina que se puso a cuatro patas, cogió un poco de polvo con un dedo, se lo llevó a la lengua y se incorporó
decepcionado: «¡Esto es solo harina, hombre!».
Yo contemplaba como un palurdo el sobre, que había aterrizado unos escalones más abajo. Los dedos me picaban de lo lindo: el envoltorio era ciertamente muy
poroso. ¿No se habría escapado el polvillo por algún sitio, por una esquina acaso? Como no podía dejar el sobre allí, lo cogí con un pañuelo de papel que llevaba
(¡providencialmente!) en el bolsillo y bajé con él de esta guisa, como si transportara una rata muerta. Los que subían o bajaban las escaleras, afortunadamente solo unos
pocos funcionarios —o al menos eso me imaginaba—, me miraban con recelo cuando pasaban junto a mí…
Arrojé el sobre dentro de la primera papelera que encontré, oculta por un Dacia destartalado que estaba aparcado en la acera. Ahora habían empezado a picarme
también los ojos. Desazonado, caminé en dirección a mi casa, a través de la nieve derretida, por delante de Cişmigiu. Me froté las manos con nieve varias veces, pero
todo fue en vano. El ántrax había penetrado en mi piel, no cabía duda, y había comenzado a causar estragos. Para la tarde ya estaría, probablemente, muerto y lívido, o
como diga ese título antiguo… Por el camino me imaginé la página de cultura de los periódicos del día siguiente: el obituario en el que alguien desgranaría mis pocos
méritos en la vida, los artículos de mis amigos, a cada cual más afectado y afligido. Como por entonces estaba peleado con la Unión de Escritores, ni siquiera expondrían
mi cadáver en un lugar destacado. En cualquier caso, yo no quería un ataúd lujoso, ni alfombras ni banderas, en esto estaba de acuerdo con Eminescu. Mejor una corona
de juncos y unos cuantos luceros, con eso me daba por satisfecho…
Pero no estaba llamado a palmarla tan rápido. Aún no imaginaba, mientras arrastraba abatido los pies frente al supermercado de la cadena Angst (¡qué nombre tan
apropiado para mi situación!), que la aventura no había hecho más que comenzar.

Título: Las bellas extranjeras
Autores: Cartarescu Mircea
Formatos: PDF
Orden de autor: Mircea, Cartarescu
Orden de título: bellas extranjeras, Las
Fecha: 18 sep 2016
uuid: 1973bbab-0451-407d-93bb-5ceb7af8c69c
id: 447
Modificado: 18 sep 2016
Tamaño: 0.86MB

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