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Libro PDF Las brujas Fernando Claudín

Las brujas  Fernando Claudín

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que le inspiraba aquel inquisidor de aire señorial
y taciturno.
-Mal apaño para vuesa merced que la
Suprema, a instancias de Torquemada, os haya
encomendado esta misión –dijo.
-¡A fe mía que sí, pardiez! –convino
Avellaneda, suspirando.
-Desde hace dos años las autoridades
locales vienen solicitado que el Santo Oficio
intervenga en los numerosos casos de brujería que
se están propagando por toda la región. Sus
magistrados tienen poderes para sentenciar y
ejecutar, privando a los reos del derecho de
apelación, cosa que no pueden hacer las
autoridades civiles.
Avellaneda bostezó. Apenas había podido
pegar ojo aquella noche y sentía el cuerpo
maltrecho. No le gustaba sentirse flojo de ánimo.
Aunque su apariencia exterior seguía siendo
soberbia. A sus cincuenta y tres años era un
hombre alto, apuesto, distinguido, que cuidaba su
atuendo y acicalaba sus barbabas entrecanas y la
cabellera plateada que le caía sobre los hombros.
-La forma en que los alcaldes ordinarios
suelen proceder es larga –añadió el secretario.
Avellaneda frunció el ceño con
escepticismo.
-¿Qué sabéis vos de tales maleficios,
Marcelino?
-Que se hacen de noche, en lugares
apartados, encubiertamente.
Los dos oidores se limitaban a callar,
cruzados de brazos, en sus rígidos escaños de
madera, sin apenas moverse.
-¿Vos creéis en ellos?
-Su probanza no se puede saber
cumplidamente, excelencia, salvo de las mismas
sorguiñas…
-¿Qué dice el Fuero?
El secretario enarcó las cejas con pasmo.
-El Fuero no contempla ninguna
disposición al respecto. El cuaderno de las
ordenanzas no menciona a las brujas y sus delitos,
ni las penas que puede aplicárseles.
-¿Y el rey qué opina?
-Hubo una legación de principales que se
presentó ante nuestro amadísimo Rey de Navarra
para denunciar la indulgencia que mostraban los
alcaldes, unos por vergüenza o miedo, otros por
causa de parentela, bandería o afección. Esos
principales incluso elaboraron un informe y se lo
entregaron al rey.
El secretario se atusó su poblado
mostacho, negro como la pez -en el que aún había
migas de pan; había desayunado justo antes de
acceder a la sala de audiencias-, que contrastaba
con su calvicie.
-Yo mismo transcribí el informe. Venía a
decir que las brujas actúan en gran turbamulta,
equitando y realizando actos nefandos como
arrebatar a los párvulos del seno materno,
comerlos y asarlos. Y entran por las ventanas en
las casas. Muchos testigos las han visto
cabalgando por los campos, excelencia.
Avellaneda esbozó una expresión de
asombro.
-¿Cuáles eran sus cabalgaduras, si puede
saberse?
-Asnos o machos cabríos… Y se han dado
casos de metamorfosis en hombres, animales o
viceversa, excelencia.
-¿Los habéis presenciado vos?
-No propiamente dicho. Digamos que de
una forma indirecta, a través de testimonios de
algunos allegados míos dignos de toda confianza.
Marcelino tragó saliva ruidosamente.
-Algunas acreditadas brujas se han
formado en las cuevas de Salamanca, donde
aprendieron sus artes mágicas.
-Y a todo esto, ¿qué postura adoptan
vuestros cargos eclesiásticos?
-Ciertos eclesiásticos, amparados en sus
capellanías, coadyuvan a que este fenómeno
pestífero se propague. Perdóneme mi franqueza,
excelencia, pero la verdad es que hay curas que
desaparecen el sábado y luego regresan el
domingo muy agitados. En ocasiones se celebran
con retardo los oficios divinos por esta causa.
Deben de realizar largos viajes durante su
ausencia. Se les ha visto con las ropas y el
sombrero cubiertos de nieve en los meses
estivales…
El secretario había aguardado con
expectación la llegada de aquel famoso
Avellaneda, castellano intachable, justiciero del
Santo Oficio, y esperaba que él diese pábulo, más
que nadie, a aquellos hechos que algunos
descerebrados se atrevían a poner en duda.
-Por eso a instancias de nuestro
amantísimo Rey de Navarra el Santo Oficio se
decidió a instituir este tribunal en Pamplona,
comisionando a Pacheco y a Vallejo para que
administrasen justicia con rapidez. Buenos
cristianos. Y buenos inquisidores. Sobre todo
Pacheco; el sevillano ni pincha ni corta, eso todo
el mundo lo sabe…
Avellaneda conocía bien a Lázaro Pacheco.
Nunca había aprobado la manera de trabajar de
ese aragonés sin escrúpulos.
-Oí decir que tales magistrados, me refiero
a Pacheco y Vallejo, en ciertos casos se
extralimitaron en sus funciones…
-¡En absoluto, excelencia! Pacheco sabe
bien cómo atar en corto a las brujas y eso nadie se
lo puede reprochar. Algunos clérigos de altos
vuelos no se muerden la lengua. Y si no ahí tiene
usted al mismísimo obispo, que envió muchas
misivas a la Suprema refiriendo el asunto de las
inculpatorias ausencias de los curas de marras.
Pardiez, hablamos de gentes principales; el obispo
de Pamplona lo es. Así que no es de extrañar que
Torquemada, como Inquisidor General, haya
tomado cartas en el asunto. No es para menos, creo
yo.
-Yo creía más bien que el obispo de
Pamplona siempre se ha mostrado crítico con esta
teoría de la plaga de brujas que algunos
sostienen…
-Eso depende de cómo se mire.
El caso era que el polémico encargo de
supervisar el ministerio de sus colegas había
recaído en Avellaneda por su fama de jurista recto,
que siempre se ajustaba a derecho.
El inquisidor miró a su interlocutor, el
panzudo, calvo y mostachudo Marcelino, con esa
tez suya tiznada por el vino que parecía un dedo
acusador, y le invadió una desagradable sensación
de irrealidad.
¿Me he llegado yo a tan recónditos parajes
para limpiar de brujas o de sabandijas
inquisitoriales las montañas que nos contemplan?,
se preguntó.
En cualquier caso había que dar curso al
proceso, por estúpido y nefasto que se le antojase,
de modo que indicó a los oidores que procediesen
con el interrogatorio.
***
-¿Es cierto que has renegado de Dios
Nuestro Señor y de su santa fe?
-Sí, excelencia.
-¿Has hecho promesas de vasallaje al
Diablo?
-Sí, excelencia.
-¿Has empleado unciones y pócimas para
arrasar los campos?
-No, excelencia. No nos está permitido,
por ser nuevas en esto. Sólo cuidamos a los sapos
en la charca.
-¿Es verdad que maleficiáis los ganados?
-Sí, excelencia.
-¿Has participado tú en ello?
-Vi hacerlo a una bruja de Labourd.
-¿Puedes describirlo?
Catalina se sorbió la nariz ruidosamente.
-Fue en un sabbat del cementerio. La bruja
llevó un barreño lleno de arañas que se habían
hinchado porque les dio a comer un polvo muy
blanco, llamado reagal. Luego cogió dos sapos de
los que nosotras tenemos orden de cazar por el
monte, los golpeó con una vara, para envenenarlos,
como se hace la algalia pero al revés, y los
desolló. A mí y a María nos dio dos morteros para
que machacásemos el reagal junto a las arañas. La
bruja cortó tiras a los sapos, nos las dio para que
las machacásemos en los morteros y lo puso todo
al fuego. Cuando la pócima estuvo lista, las brujas
de más calidad se fueron a esparcir el veneno en
los pastos para matar el ganado.
El castellano se alisó la pechera de la
sotana, caviloso. Los oidores se limitaban a tomar
notas. Y el secretario observaba estupefacto a las
encartadas.
-¿Qué clase de ofrendas hacéis a vuestro
señor?
-Depende, excelencia.
-¿Alguna te ha impresionado
especialmente?
-Una vez Estevania de Telechea, la mujer
del cordonero, llevó un corazón. Recuerdo que esa
noche vinieron muchas brujas de la tierra de
Labourd. Decían haber visto por el camino
grandes ejércitos de demonios con aspecto de
bestias.
Avellaneda, debía reconocerlo, estaba
perplejo. Su razón le decía que todo lo que estaba
desembuchando esa muchacha era producto de un
delirio inducido por personas truculentas y
perversas. Sin embargo su dignidad de inquisidor
le obligaba a tomarse en serio aquellas
absurdidades…
-Los labortanos no temen a Dios,
excelencia. Vienen

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