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Libro PDF Las dos caras de la penumbra – Judith Priay

Las dos caras de la penumbra – Judith Priay

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avergonzado de que gran parte de los presentes se hubieran girado hacia su grupo. Hubo un tiempo en que se había vuelto loco por aquella
rubia explosiva, ¿quién no lo haría? Tenía unas facciones bonitas, aunque demasiado maquilladas, enmarcadas por unos rizos que caían
salvajes sobre sus impresionantes pechos que se encargaba de realzar con un estrecho jersey de cuello de pico. Llevaba una apretada
minifalda y sus largas piernas se movían sensuales sobre la barra en la que se había sentado. Sus ojos eran azules, intensos, y sus labios
carnosos estaban pintados de un rojo que antaño había anhelado devorar durante horas. Ahora, sin embargo, se moría de ganas de cerrarlos
de golpe. Ella lo advirtió e ironizó:
—¿Por qué me miráis así? Pensáis lo mismo que yo.
—Lo que yo pienso es que sigue su pasión —terció Tobías.
Megan clavó su mirada en él. Era un chico alto, de imponente aspecto. Había estado en el ejército hasta que un accidente en unas
maniobras le provocó una fuerte cojera y mandó su prometedora carrera militar a la basura. Recibía una exigua paga del gobierno, así que de
día trabajaba como profesor adjunto de literatura. Y, el fin de semana, se gastaba lo que ganaba en aquel bar, hundiendo en la bebida los
sueños rotos. Y, sin embargo, esta noche estaba más lúcido que de costumbre, e insistió:
—Hacer esa carrera en solitario es su sueño y para ello debe practicar en todas la circunstancias.
—Su maldita pasión es poner en peligro su vida. ¿Qué tiene que probar? ¿Qué es el mejor muriendo joven y dejando un bonito cadáver?
—Quizá solo busca disfrutar. Hacer algo no por obligación, sino porque quiere, porque ama el mar y no concibe vivir fuera de él —
comentó Audrey.
—¿Y a ti quién te ha preguntado? ¿Por qué siempre tienes que meterte en todas las conversaciones?
—¿Por qué no tratas de comportarte con educación por una vez en la vida? —protestó Devon, furioso.
—No recuerdo que pensaras eso cuando te acostabas conmigo —replicó Megan en un tono histérico. Odiaba que Devon defendiera a
aquella estúpida y no iba a consentirle que lo hiciera en su bar, que era su terreno. Además, estaba harta de que la maldita enfermera que
Devon había contratado les acompañara. Para ella jamás había sido parte del grupo ni lo sería. Le lanzó una mirada de desprecio. Audrey era
lo más opuesto a ella que podía encontrarse. De baja estatura, tenía un cuerpo delgado, como el de una bailarina. Solía llevar vestidos con
falda de lápiz que la habían convertido en una de las mujeres más elegantes de la ciudad. Tenía uno de esos rostros que a la gente le parecen
bonitos, dulces y encantadores, y que a Megan le daban ganas de abofetear cada vez que leía en él una sonrisa. Desde la primera vez que la
vio había odiado su carácter tranquilo, la habilidad para estar siempre en su sitio y para hacer parecer a los demás, en especial a ella, que eran
unos neuróticos. Por ello añadió:
—Además, Audrey es mayor de edad, puede defenderse sola.
La aludida jugueteó con una servilleta en un gesto típico cuando algo la contrariaba y Devon suspiró con hastío, demasiado agotado
para continuar con la discusión. La epidemia de gripe que había asolado la ciudad después de la Navidad le había hecho doblar turnos en la
consulta médica y no recordaba la última vez que había dormido más de cuatro horas seguidas; ya que muchos de sus pacientes eran
personas de avanzada edad que requerían asistencia en mitad de la noche. Y ahora solo podía pensar en lo que podría haberle pasado a su
amigo y el estado en el que se encontraría; así que lo último que quería era seguir discutiendo con la reina del drama. Sin mediar palabra, salió
del bar y se apoyó sobre la repisa de la ventana, tapándose la cara con las manos. Estuvo así varios segundos, demasiado cansado como para
notar el frío de la noche, hasta que la voz dulce de Audrey se oyó a su lado:
—Te he traído la chaqueta.
Una sonrisa asomó a los labios de Devon y comentó:
—Estás en todo.
—No podemos permitirnos que nuestro médico enferme. Estoy siendo egoísta.
—Lo dudo mucho.
Ella sonrió y Devon pensó una vez más que tenerla a su lado era reconfortante, como una perpetua sensación de volver al hogar.
Audrey se acomodó a su lado y le observó con detenimiento. Oscuras ojeras se formaban bajo sus ojos y, sin embargo, seguía siendo uno de
los chicos más apuestos que había conocido. Y uno de los más amables, lo cual era harto importante teniendo en cuenta que era su jefe.
Suspiró y supo que había llegado el momento de hablarle de las pastillas, así que comentó:
—Tengo que confesarte algo y no podía hacerlo delante de los otros.
Devon la interrogó con la mirada y ella sacó de su bolsillo una bolsa con varias pastillas.
—¿Qué es esto?
—Las tomé de la clínica esta mañana. Quería pedirte permiso, pero no estabas y no podía trabajar.
—¿No has dormido esta noche?
—No, solo podía pensar en que Owen estaba desaparecido. Y cuando vi la lista de pacientes y todo lo que tenía que hacer, necesitaba
calmar la ansiedad de algún modo rápido. Y esto es lo único que se me ocurrió.
—Lo entiendo, todo el mundo necesita ayuda química alguna vez —la interrumpió él con suavidad—. Y si hubiera estado en la consulta
te las hubiera dado yo mismo, así que no te preocupes. De hecho, ¿me pasas una?
—¿Estás seguro?
—Yo tampoco he dormido bien y, si sucede algo, voy a necesitar estar lo más sereno posible.
—En ese caso, toma dos. Algo me dice que esta noche será larga.
Devon se llevó a la boca las pastillas y ambos permanecieron en silencio hasta que el frío se hizo insoportable y Audrey sugirió.
—Deberíamos entrar. Con un poco de suerte Megan no dirá ningún inconveniente más.
—Algún día me explicarás cómo logras no perder los estribos con ella.
Una sonrisa tironeó de los labios de Audrey y comentó:
—Gracias por defenderme antes.
—Megan necesita que alguien le pare los pies. No deberías dejar que te trate como lo hace.
—Odio discutir y, francamente, hacerlo con Megan no vale la pena. Si no sale ganando, la pelea puede durar horas y no tengo ganas de
perder mi tiempo con ella. Es mejor dejarla hablar y esperar a que se le pase la rabieta.
—Sí, en eso tienes razón.
El comentario hizo que Audrey se mordiera la lengua para no preguntar lo que siempre bailaba en su cabeza: ¿por qué había salido tanto
tiempo con ella si le veía tantos defectos? Pero no era el momento de preguntarlo y quizá no lo fuera nunca. Así que le siguió adentro, donde
por suerte para ambos Megan estaba distraída sirviendo cafés y pudieron tomar asiento y continuar hablando con sus amigos sin recibir más
comentarios desagradables por parte de la camarera.
3. Once años antes
Laureen entró en su desvencijada casa portando varias bolsas, que dejó en la cocina antes incluso de saludar a sus hijos. Estaba
agotada. Hace tiempo, cuando era más joven, había sido muy bonita, y todavía se adivinaban rasgos de aquella belleza bajo el rostro cansado,
las arrugas marcadas, las ojeras por la falta de sueño y la ropa barata que no ayudaba a marcar su talle delgado. Durante muchos años se
había cuidado para resultar atractiva a los hombres, pero lo sucedido con el padre de Kaitlin la había alejado desde entonces de cualquier
intención de encontrar pareja. No había tenido suerte con los hombres, así que había decidido que ahora solo le importaban sus hijos y por
ellos era que hacía todos los sacrificios posibles y trabajaba a diario hasta la extenuación. Sedienta, abrió el grifo del agua, que chirrió como
siempre, y tomó un vaso. Mientras bebía, observó que el plástico que cubría la ventana estaba soltándose y que la pintura de los marcos
estaba cada vez más desconchada. La reparación de todo ello tendría que esperar, por mucho que se esforzara no había dinero suficiente para
mantener la casa y los tres niños ella sola. Tampoco para comida de calidad, pensó mientras metía lo que había comprado en la nevera, que
de nuevo acumulaba hielo. Cuando terminó de organizar todo, se acercó al pequeño salón que hacía de comedor y cuarto de juegos y observó
a sus tres hijos, esbozando una sonrisa. Los tres eran muy responsables y hacía tiempo que les dejaba solos sintiéndose segura de que nada
malo sucedería. Jason era el mayor, tenía trece años y era muy inteligente. Harry le seguía por un año y Kaitlin, su dulce niña, estaba a punto
de cumplir los once. Los había tenido muy seguidos, algo de lo que jamás se había arrepentido, ya que así los tres podían compartir muchas
cosas, aunque no se le escapaba que lo que solía suceder era que Jason y Kaitlin iban por un lado y Harry por el otro. Como ahora, que Harry
estaba concentrado en resolver algún problema en su libro mientras sus hermanos jugaban al ajedrez. No se le ocurrió preguntarles a ninguno
de los dos si habían terminado sus deberes, estaba segura de que lo habían hecho. Se acercó a ellos y les besó a los tres. Jason protestó:
—Mamá, no me distraigas. Estoy a punto de hacer una jugada maestra y no quiero que se me olvide la maniobra.
—Vosotros dos y vuestros juegos —rio su madre—. No sé qué haréis el día que viváis separados y ya no podáis estar juntos todo el
tiempo.
—Siempre estaremos juntos —comentó Jason con inocencia.
—No cuando os caséis con otras personas.
—No voy a casarme con nadie, quiero seguir viviendo con Kaitlin siempre —declaró Jason.
Su hermana sonrió aprobando la idea, pero su madre torció el gesto y, apoyando las manos sobre su cadera, protestó:
—No digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque está mal.
Jason torció el gesto y su madre adivinó lo que estaba pensando: que la respuesta no era lo bastante satisfactoria. Si bien los niños
solían pasar la etapa del “¿por qué? entre los dos y los cuatro años de edad, Jason jamás la había dejado atrás. Continuaba necesitando
comprenderlo todo, así que continuamente cuestionaba lo que le decían o sucedía a su alrededor, algo agotador ya que muchas de sus
preguntas eran muy difíciles de explicar y tenía que estrujarse el cerebro para contentarlo. Pero después de más de catorce horas de trabajo,
no estaba de humor para ello, así que dio el tema por zanjado y preguntó a Harry:
—Y tú, ¿cómo vas con tus deberes, cariño?
—No me aclaro con las matemáticas —confesó él.
—¿Por qué no te ayuda Kaitlin? Se le dan muy bien.
—Porque estamos en mitad de una partida —se apresuró a decir Jason.
—Podemos terminar de jugar después de la cena —propuso Kaitlin, siempre dispuesta a hacer lo que su madre quería.
Jason torció el gesto y masculló:
—A mí me daría vergüenza que mi hermana pequeña me tuviera que ayudar a hacer los deberes.
—¡Jason! Ve a tu habitación ahora mismo, estás castigado —protestó su madre, mientras Harry bajaba la vista, avergonzado.
Jason buscó la complicidad de Kaitlin ante el castigo, pero esta mostraba el mismo rostro enfadado que su madre. Su corazón le dio un
vuelco. Kaitlin nunca se molestaba con él. Eran ellos contra el mundo. La miró, incrédulo, pero ella se giró por toda respuesta para ir a ayudar
a Harry, mientras él corría a encerrarse en su habitación.
Kaitlin apareció media hora más tarde, que se le hizo interminable, para avisarle de que era hora de cenar. Jason, que estaba tumbado
en la cama, le preguntó en tono anhelante:
—¿Por qué te has enfado conmigo?
—Porque te has portado mal con Harry —contestó ella con sinceridad.
—Solo he hecho un comentario —se defendió Jason, levantando los hombros.
Kaitlin le miró fijamente, se mordió el labio y se sentó en su cama. Odiaba enfadarse con Jason, que era su mitad, pero tenía que ser
justa y hacer ver a su hermano que se había equivocado, así que le explicó:
—Yo me paso los días escuchando comentarios en el colegio. Sobre si soy empollona, reservada o tímida. En las clases, en el recreo,
incluso en notas que me lanzan sobre la mesa.
—Te dije que me dijeras quiénes eran los que te molestaban y yo… —comenzó a decir Jason.
—No quiero que te pelees con nadie por mí —le interrumpió Kaitlin con rapidez—. Te meterías en problemas, podrían hacerte daño; y
yo no lo soportaría. Puedo sobrellevar lo que me dicen, me basta con saber que mamá está orgullosa de que estudie y de que saque buenas
notas. De hecho, mañana hay un premio en juego y estoy deseando traérselo a casa. Pero Harry sufre cuando tú haces esos comentarios. Él
no tiene la culpa de no ser tan inteligente como nosotros y de que le cueste más estudiar o comprender los ejercidos, especialmente los de
ciencias. Recuerda lo que siempre dice mamá…
—Que nuestra inteligencia es un regalo —terminó él su frase, avergonzado—. Lo siento, no quise ser cruel con Harry. Es solo que
quería seguir jugando al ajedrez y me molestó dejar la partida a medias por su culpa.
—Es nuestro hermano y debemos ayudarle. Además, nosotros no somos como esos niños malos que me insultan.
Jason bajó los ojos y cuando los volvió a alzar, su tono era de arrepentimiento al decir:
—Tienes razón, ¿me perdonas?
—Claro, pero con quien debes disculparte es con Harry.
—Lo haré —le aseguró él.
—Muchas gracias —contestó ella hundiendo la cara contra su cuello. —Ahora todo está bien.
—Y mañana celebraremos tu premio —propuso él, sintiéndose reconfortado por su abrazo.
—¿Chocolate o palomitas? —preguntó ella separándose de él.
—¿Las dos cosas? —propuso Jason.
—¡Hecho! —contestó ella mientras chocaban las manos, sin saber que esa celebración jamás podría realizarse y que ese anhelado
premio sería algo que recordarían con horror el resto de sus vidas.

4. Desolación
El sheriff recorrió la distancia entre el coche patrulla y el bar arrastrando los pies. No por la nieve, sino porque quería retrasar lo más
posible el encuentro con sus vecinos. Cabe Town era una ciudad tranquila, de esas que salen en las postales y los turistas anhelan visitar en
verano. Los conflictos comunes eran problemas de tráfico, peleas entre borrachos los sábados por la noche y algunos robos en la temporada
turística. Nada que no pudiera llevar con mano firme ni que le hiciera perder el sueño por la noche. Pero cuando sucedía algo como lo de ese
día, todo su mundo se trastornaba, más cuando tenía que dar la peor de las noticias sobre un chico joven: Owen Aldridge, que había llegado
hacia algo menos de un año atraído por un trabajo en los muelles. Pocas personas en aquella ciudad costera podían presumir de ser tan
apasionadas por el mar como él, tampoco de ser tan experimentadas. Su gran objetivo era dar la vuelta al mundo navegando en solitario.
Quería comenzar el viaje en cuanto llegara el verano, así que, a sabiendas de que debería acostumbrarse a navegar en la soledad más absoluta,
capeando temporales feroces en los cinco océanos, había estado practicando en la bahía durante el invierno. Repetía constantemente a los que
le advertían del peligro que tenía que vencer al miedo antes de partir si quería tener alguna posibilidad. En el fondo, a pesar de que se
preocupaba por él, el sheriff admiraba su determinación y fortaleza mental fuera de lo común. Era un lobo de mar y no se le podía retener
mucho tiempo fuera de él. Muchas tardes, al terminar su turno, bajaba al muelle y le veía trabajar en su barco. Había aprendido a reparar él
solo cualquier pieza que se rompiera, como tendría que hacer en altamar. Predecía el tiempo con precisión y se había entrenado para que su
cuerpo estuviera preparado física y mentalmente para lo que le esperaba. Devon, al que había conocido en la clínica poco después de
instalarse y que había terminado convirtiéndose en un buen amigo, le había ayudado en ello con una dieta especial y un completo estudio de
las pautas de sueño para que supiera cuándo era el mejor momento para él para descansar y cuando para el trabajo duro; también a que su
sueño pudiera verse interrumpido en cualquier momento si surgía una urgencia.
Su rostro se nubló al recordar el estado del cuerpo que habían encontrado: maltrecho y desfigurado, atrapado en las rocas, al lado del
barco destrozado. Una máquina presuntamente perfecta, ligera para navegar con velocidad y a la vez dura para soportar las condiciones del
mar. Y, sin embargo, la naturaleza había demostrado una vez más que podía ser extremadamente cruel con los que más la amaban. Owen le
había entregado su vida al mar y este se la había arrebatado. No habría viaje alrededor del mundo, ni ningún tipo de futuro para aquel joven
tan prometedor. Solo un mar hambriento que se había cobrado una nueva víctima.
Llegó a la puerta del bar y suspiró profundamente antes de entrar, para tomar fuerzas. Cuando lo hizo, comprendió por el silencio del
local que todos le estaban esperando. Normalmente, le hubieran recibido los ruidos de las conversaciones y las melodías de la máquina de
discos. El bar era el centro neurálgico de la ciudad, en el que muchos se reunían después de salir del trabajo, con más razón en las largas,
frías y oscuras noches de invierno, en las que nadie quería enfrentarse a la soledad del hogar. Ese día habían acudido muchos más vecinos de
lo habitual, a sabiendas de que recibirían noticias más pronto o más tarde. Megan fue la primera en advertir su presencia. Llevaba la jarra de
café en la mano y el sheriff pensó que después de que dijera lo que había sucedido, sería mejor que preparara una jarra de tila, o quizá un
aguardiente que ayudara a calmar la ansiedad. Devon se levantó al instante y se acercó a él:
—Sheriff…
—Hola, doctor.
Devon se estremeció, ya que el sheriff solo utilizaba su cargo para dirigirse a él cuando requería sus servicios. Así que preguntó sin
rodeos:
—¿Le han encontrado?
—Sí, lo lamento.
El silencio expectante que había tomado el local se rompió ante sus palabras, comprendiendo que sus peores perspectivas se habían
cumplido. Devon sintió que su cuerpo se paralizaba, pero la mano caliente y reconfortante de Audrey le hizo reaccionar y susurró:
—Iré con usted.
—Si no puedes hacerlo, lo entenderé y llamaré a alguien del hospital del condado.
—No, lo haré yo. Es lo último que podré hacer por él. ¿Dónde está?
—La guardia costera lo llevará a tu clínica, si te parece bien.
—Sí, por supuesto. Iré ahora mismo.
—Te acompaño —se ofreció Audrey, con los ojos húmedos y el tono roto.
Devon se sintió confortado por su mano, que ella había apoyado con delicadeza sobre la espalda, y susurró:
—Te lo agradezco, no podría hacerlo solo.
Ella le animó con la mirada y el sheriff les indicó que salieran del bar antes de que los demás le acosaran a preguntas para las que
todavía no tenía respuestas.
***
La clínica estaba sumida en el más absoluto silencio. Audrey permanecía con la mirada baja, como si esta fuera un reflejo de su ánimo;
y el sheriff se frotaba las manos, nervioso. No soportaba los hospitales ni nada que tuviera que ver con ellos, y ya había pasado en ellos
demasiado tiempo. La estancia más dura había sido algo más de un año antes, mientras Sarah, la hija de su esposa, luchaba por su vida. Tres
semanas había durado la agonía de no saber si se recuperaría del terrible accidente que había destrozado el coche y había dañado sus órganos
vitales. Tres semanas en las que la ansiedad inicial y el dolor se habían ido convirtiendo en culpabilidad. No debería haberle dejado el coche
aquella noche, no estaba preparada para conducir bajo la lluvia. De hecho, así se lo había dicho. Pero Sarah era voluntariosa desde niña y no
hubiera aceptado un no por respuesta. Además, Davinia, su esposa, se había puesto de parte de su hija. Siempre lo hacía. Había argumentado
que era lo mejor para garantizarse que llegara a casa bien, sin tener que esperar que algún chico que quizá hubiera bebido la acompañara. Él
había aceptado, no porque le hubiera convencido, sino porque era una batalla perdida. Sarah era el motor en la vida de su esposa, madre
soltera a la que su novio había abandonado en cuanto supo que estaba embarazada alegando que lo había hecho a propósito para obligarle a
casarse con él. Davinia había querido compensar a su hija por esa pérdida y no había permitido a su marido, al que había conocido cuando la
niña ya tenía tres años, que hiciera nada por intentar educarla. El sheriff suspiró. Desde que se casó con Davinia le había inquietado el
carácter de Sarah, que había mostrado siempre un talante terco, egoísta, prepotente, con toques incluso de visible e inquietante maldad. Le
había permitido sus desmanes porque era lo que quería Davinia, y durante mucho tiempo un amor cegador por su esposa le había impedido
imponer su criterio; aunque Sarah no se lo había puesto fácil. Jamás obedecía, solo hacía lo que quería sin tener en cuenta las consecuencias.
Ni siquiera aquel grave incidente en la escuela primaria había conseguido arrancar de ella nada parecido a un sentimiento de culpabilidad. Para
Sarah el mundo había seguido girando a su alrededor, ajena a lo que había provocado. Pero él no lo había olvidado. Se estremeció. Por ello
odiaba estar en aquella clínica. La primera vez que había estado en ella había sido a causa de aquel incidente, que había conllevado la peor
trágica muerte a la que él se había enfrentado en sus años de servicio. Su esposa nunca había entendido su pesar por lo sucedido, para ella lo
lógico fue centrarse en que Sarah olvidara todo y disfrutara del resto de su infancia sin remordimientos. Le había prohibido hablar de ello en
casa y que siguiera investigando lo que había sucedido con los niños.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal y el dolor por los recuerdos se hizo más acuciante. El accidente de Sarah había terminado no
solo con su vida, sino también con gran parte de la cordura de su madre. Davinia siempre había tenido un carácter muy inestable y eso había
conllevado que él hiciera grandes sacrificios y concesiones para complacerla y evitar sus ataques de nervios. Y la muerte de su hija le había
hecho caer en un enorme abismo. Impotente, había observado como su esposa se sumía en la oscuridad y esperaba pasivamente a la muerte
que se había llevado a su hija. Pero esta había tardado demasiado y Davinia había intentado al final acelerar el proceso. En su retina había
quedado grabada la imagen de su esposa, inerte sobre el suelo encerado, el bote de pastillas desparramado a su lado. Por suerte no había
tomado las suficientes para resultar mortales. Sus amigos y familiares habían acudido llenos de flores y palabras de compresión, pero él sabía
que aquella historia no estaba cerrada. Y no lo había estado. Las terapias con psicólogos, la medicina alternativa y los antidepresivos apenas si
habían surgido efecto y el sheriff estaba convencido de que siempre tendría que estar en guardia con ella.
—¿Sheriff?
Él fijó la vista en el rostro amable de Audrey y en sus dulces ojos:
—¿Le apetece una infusión? Le irá bien.
—Sí, muchas gracias.
La siguió con la mirada. Debería ser él quien le ofreciera algo de tomar a ella, ser fuerte, pero Audrey tenía razón, estaba agotado. Los
recuerdos pesaban demasiado y la joven era consciente de ello. Cerró los ojos, para abrirlos en unos minutos cuando escuchó a Devon salir
de la sala de curas en la que habían depositado el cadáver de Owen. Estaba muy pálido y su mano tembló ligeramente cuando dejó la bata en
la silla y se apoyó en la mesa. El sheriff no habló, dejándole espacio para recomponerse; también para él mismo retomar su figura de control y
autoridad. Al final, Devon susurró:
—Murió ahogado, aunque tiene muchas fracturas a causa de los golpes contra las rocas; y está muy desfigurado por esa causa.
—¿Fue un accidente? —inquirió el sheriff.
—¿Qué quiere decir?
—Si es un accidente, bastará con tu informe. Pero si sospecharas que algo no cuadra, tendríamos que llevarlo a que le hicieran una
autopsia completa y se abriría una investigación. Es el procedimiento habitual.
Devon apretó las manos con fuerza, la pregunta del sheriff le había tomado por sorpresa, pero se relajó en cuanto vio que Audrey le
traía una taza blanca con una tila. Siempre provocaba ese sentimiento en él: una profunda e intensa calma. Y por ello afirmó sin rodeos:
—Es un accidente. Tiene que serlo. Usted me ha garantizado que embarcó solo y no hay en la ciudad nadie más capaz de navegar
como él bajo esas condiciones adversas. Además, ¿quién querría hacerle daño?
—No se me ocurre nadie. Owen solo pensaba en navegar y no tenía problemas con nadie —terció Audrey.
—Eso es cierto —corroboró el sheriff—. Así que, Devon, firma el informe y yo me encargaré del resto del papeleo y de ordenar el
traslado del cuerpo a la funeraria. Lo último que necesitamos es alargar la agonía de los que le querían.
Devon asintió y Audrey, al observar que el sheriff estaba abrumado, se ofreció solícita:
—¿Quiere que le ayude con eso?
—Te lo agradezco, Audrey, pero ya has hecho suficiente acompañándonos. Imagino lo duro que tiene que ser esto para ti.
Ella sonrió con dulzura y el sheriff tuvo que reprimir el instinto de abrazarla. La observó. Era tan delgada que ni el equipo contra el frío
con el que la había visto conseguía que abultara. Su parte paternal asomó y preguntó:
—¿Estás comiendo bien? Me parece que has perdido peso desde la última vez que te vi.
—Siempre me dice lo mismo, sheriff —protestó Audrey en un tono cariñoso. — Y puedo garantizarle que no es cierto.
Devon les observó a ambos y, también preocupado por la salud de Audrey, garantizó:
—Me encargaré de que cene algo. Con el trabajo que hemos tenido hoy y lo de Owen, solo ha comido un sándwich hace horas.
—No tengo hambre —incidió Audrey.
—Yo tampoco, pero una sopa nos irá bien a los dos para recomponernos. La cabeza me duele muchísimo y necesito un analgésico.
Ella hizo un mohín y Devon añadió:
—Es una prescripción médica. Además, necesitamos reponer fuerzas. Cuando terminemos de cenar, tenemos que ir a hablar con el
resto del grupo, querrán saber los detalles.
—Está bien —asintió Audrey, agradecida.
El sheriff esbozó una leve sonrisa de satisfacción y se despidió:
—Os mantendré informados. Nos vemos mañana.
Devon le estrechó la mano y Audrey sugirió:
—Quizá debería esperar a decírselo a Davinia. Podríamos hacerlo juntos, mañana, antes de que alguna vecina se lo explique.
El sheriff suspiró aliviado. No se había atrevido a pedírselo porque Audrey ya hacía mucho por su esposa, pero tenía que reconocer
que con su presencia facilitaría las cosas. Una muerte de alguien con una edad similar a la que hubiera tenido su hija afectaría al precario
equilibrio emocional en el que vivía Davinia. Así que tomó su mano entre las suyas y le dijo:
—Te lo agradecería mucho.
—Le avisaré cuando pueda ir.
Devon observó al sheriff marcharse y comentó:
—No sé qué haría Davinia sin ti.
—Me gusta ayudarla, y también al sheriff, es un buen hombre.
Sus ojos intercambiaron una mirada cómplice y Devon susurró:
—No puedo quedarme aquí. ¿Te parece bien que nos detengamos en el bar de la carretera antes de volver con los demás?
—Sí, por supuesto. Yo tampoco me siento cómoda ahora mismo quedándome aquí, menos comer algo.
—Iré a por las llaves del coche.
—Un momento, antes me gustaría verlo.
—No es una buena idea.
—¿Crees que en la funeraria podrán…?
—No, está demasiado…
Las palabras se le quebraron también a él en la boca y Audrey observó que estaba luchando por evitar que las lágrimas acudieran a sus
ojos, por lo que apretó con fuerza su mano, recordándole con ese simple gesto que tenía que proteger sus sentimientos con una coraza para
evitar derrumbarse. Exactamente como hacía ella con todos los aspectos de su vida.

5. Once años antes
El sheriff condujo con el rostro amargado y tenso el camino de regreso a casa, más cuando escuchó el teléfono vibrando en su bolsillo
por doceava vez en la última hora. Sabía por el tono que volvía a ser su esposa, lo que iba a decirle y que no quería escuchar. Había ignorado
todas sus anteriores llamadas, lo que estaba sucediendo se merecía toda su atención. Las últimas horas habían sido frenéticas. Había tanto por
hacer y por decidir. Y él estaba dominado por el dolor que lo impregnaba todo, por la incredulidad de cómo habían terminado las cosas.
Nunca en toda su carrera se había enfrentado así, quizá porque los involucrados eran niños inocentes por una parte, y por la otra niños que
hasta ese día él había creído que también lo eran. Mientras hablaba con otros policías, los médicos y los encargados de servicios sociales, su
mente había estado a punto de estallar en varias ocasiones, rogando para que todo fuera una pesadilla de la que quería despertar. Por el bien
de aquellos niños traumatizados había intentado ser fuerte delante de ellos, pero ahora, en la soledad del coche sentía como se iba
desmoronando. Cabe Town era una ciudad tranquila, sucesos tan horribles no deberían pasar allí. Muerte, pérdida… La había vivido
anteriormente, pero no de una forma en la que una serie de catastróficos acontecimientos se hubieran unido de una forma tan cruel. Un sudor
frío cubrió su frente al recordar los ojos desencajados de los tres niños, el dolor entremezclándose con la ira que brotaba de ellos. Con
cuidado redujo la velocidad y aparcó delante de la casa con lentitud. Estaba agotado, pero no quería entrar en la casa y enfrentarse a lo que
Davinia tendría que decir. Se apoyó unos segundos sobre la puerta de la entrada y, al final, abrió con su llaves esperando tener al menos unos
minutos para beber un poco de agua en la cocina y pensar en lo que iba a decir. Sin embargo, Davinia ya estaba esperándolo de pie, al lado de
la chimenea, fuera de sus casillas.
—¿Qué horas son estas de llegar a casa?
El sheriff suspiró y trató de mantener la calma. Pero estaba profundamente afectado, así que aunque jamás solía contradecir a su
esposa para no provocar riñas en la pareja, esta vez replicó con sarcasmo:
—Lo dices como si viniera de estar en el bar con los amigos. Te recuerdo que estaba con esos pobres niños. Tenía que encargarme de
ellos, no podía dejarlos solos después de lo que ha sucedido.
—Con quién deberías estar es con tu hija.
Una mueca irónica asomó a su rostro. Davinia solo le decía que Sarah era su hija cuando quería obtener algo de él, como ahora.
—Alguien tenía que hacerse cargo de ellos para entregarlos a servicios

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