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Libro PDF Las noches contigo – Mita Marco

Las noches contigo – Mita Marco

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Aquella tienda sería el paraíso para cualquier novia.
Había vestidos de todas las firmas que existían, de
todos los colores, de todos los estilos…, pero a Sonia le
parecía asfixiante.
Se encontraba subida en la pequeña tarima del
probador, con el precioso vestido blanco que se
ajustaba a la perfección a su cuerpo.
Su madre daba vueltas a su alrededor, comentando
con la dependienta los fallos, lo que había que arreglar,
mientras que Elia estaba apoyada en la pared del fondo
mirándola en silencio.
Sabía que su amiga no estaba de acuerdo con que
alargase esa locura más tiempo, pero tener la presión
de ella sumada a las otras… solo lograba bloquearla
más.—
Siento mucho el calor que hace aquí dentro, esta
mañana se nos rompió el climatizador —se excusó la
dependienta, a la cual le caía una gota de sudor por la
frente.
—No te preocupes, hija, así adelgazamos —
respondió su madre, restándole importancia. Señaló un
pliegue del vestido y volvió a hablar—. ¿No se podría
quitar esto? No me gusta el efecto de ese pliegue. ¿Tú
que dices, Sonia?
Sonia no contestó. Se miraba fijamente al espejo,
aguantando las ganas de gritar, de llorar, de mandarlo
todo a la mierda.
—¡Sonia! —gritó su madre para sacarla de su
ensimismamiento—. ¿En qué mundo vives?
—¿Qué? ¿Qué pasa? —contestó con un
sobresalto.
—Te estaba preguntando si te parece bien que
quitemos ese pliegue.
Sonia miró lo que señalaba su madre, con
indiferencia, sin ninguna emoción en el rostro, y asintió.
—Sí, sí, quita lo que quieras.
Escuchó el resoplido de Elia detrás de ella y miró a
su amiga, que seguía en el mismo lugar con los brazos
cruzados. En otras circunstancias, hubiese estado
saltando de alegría por verla con aquel maravilloso
vestido, pero, como sabía que no era feliz, no podía
fingir ni una simple sonrisa.
—¿No tiene ningún collar que combine con el
vestido? —preguntó su madre a la dependienta.
—Claro, tenemos unos muy bonitos que nos
llegaron ayer. —Se acercó al armario del fondo y sacó
una caja con varios collares plateados y brillantes—.
¿Qué os parece este?
Les enseñó uno muy sencillo, con pequeñas perlas
nacaradas. Al tener la aprobación de su madre, la
dependienta se lo colocó alrededor del cuello para ver
el efecto que producía con el vestido.
La primera reacción de Sonia fue llevarse la mano
al cuello, pues el collar se ajustaba a él. Intentó
despegárselo un poco, pero no pudo.
Su corazón empezó a latir más rápido que de
costumbre. Se sentía atrapada por el vestido y el
collar; para ella era como una jaula. Una jaula bonita,
pero una jaula, al fin y al cabo. No podía dejar de
pensar que aquello no era lo que quería. Aquel vestido
la llevaría a vivir una vida que no deseaba.
Empezó a agobiarse.
Su respiración se convirtió en jadeos. Le faltaba el
aire. Las lágrimas amenazaban con salir y su mano se
apretó alrededor del collar, que la ahogaba cada vez
más. Todo parecía empequeñecerse por segundos:
aquel probador, el vestido, el collar…
Calor. El calor del local no ayudaba y la sensación
de asfixia aumentó, hasta que ya no pudo más.
—¡Quítame el collar! —jadeó con agobio.
—¿No te gusta? Podemos probarte otro —sugirió
la dependienta.
—No me deja respirar, quítamelo —exigió.
—Sonia, hija, no digas tonterías, que te queda
suelto, no aprieta. —Su madre se puso enfrente a
mirarlo—. A mí me parece precioso, muy fino.
La mano de Sonia se apretó todavía más alrededor
del collar, consiguiendo que sus nudillos se pusieran
blancos. Se ahogaba, el oxígeno no le llegaba a los
pulmones.
Todas miraban, pero nadie se lo quitó. El agobió se
transformó en rabia: ¡no quería llevar eso pegado a su
cuello, no quería ese vestido, no le gustaba aquella
tienda sin aire acondicionado!
Sin pensarlo dos veces, tiró con todas sus fuerzas y
decenas de perlitas rodaron por el suelo.
—¡El collar! —gritó la dependienta.
—¡Sonia! ¿Estás loca? —la reprendió su madre.
—¡Quítame el vestido!
—Hija, tranquilízate, son los nervios de la boda.
—¡Que me quites el puto vestido, o le hago lo
mismo que al collar! —las amenazó.
La dependienta, horrorizada, se apresuró a
desabrocharle los pequeños botones de la espalda.
Con toda la rapidez del mundo, Sonia salió de
aquella jaula y corrió a buscar su ropa, bajo las miradas
sorprendidas de su amiga, su madre y la dependienta.
Se colgó el bolso en el hombro y salió del probador.
—Sonia, ¿adónde vas? —gritó su madre, muerta de
vergüenza por lo que pudieran pensar las demás
personas que paseaban por la tienda.
Ella no contestó. Salió al exterior y se apoyó en la
pared de la tienda, intentando recuperar el oxígeno.
Allí, en medio de la calle, con el ruido de los
coches, los gritos de la gente y el martilleo de una obra,
se calmó.
Sacó las llaves del coche y arrancó con rapidez, sin
prestar atención a las llamadas de Elia a su teléfono
móvil.
Llegó a su casa, la que compartía con Darío desde
hacía casi dos años. Era una enorme vivienda situada
en Gavà, un municipio de la periferia de Barcelona,
con un amplio jardín y garaje.
Una casa perfecta, con unos vecinos muy
educados, sin mucho ruido, y una señora que iba a
limpiar cuatro veces por semana. Todo era ideal, pero
ella no lo sentía así.
Dejó el bolso en el perchero y se sentó en el sofá
con una expresión de desdicha en el rostro. Cerró los
ojos y deseó desaparecer, convertirse en humo y volar
sin rumbo. Perdió la noción del tiempo.
Cuando volvió a abrir los ojos, era de noche y se
escuchaba el rugir de un motor en la cochera. Debía
de ser Darío, que volvía de visitar a sus padres.
Él abrió la puerta de la vivienda con sus llaves y le
sonrió como siempre hacía al verla. Sonia se sintió la
peor persona del mundo. Lo tenía todo. Era guapísimo,
rubio, con unos ojazos verdes preciosos, un cuerpo
atlético y fuerte, un carácter amable y, lo más
importante de todo, la quería muchísimo.
Lo primero que hizo Darío, tras cerrar la puerta,
fue ir hacia ella para darle un beso.
—Hola, Soni, ¿qué tal el día? —se interesó,
sentándose a su lado, muy pegado a su cuerpo.
—Muy bien, como siempre —mintió.
—Hoy tenías la prueba del vestido, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y? —Levantó las cejas y le dio un suave
codazo—. Venga, no te hagas la interesante, ¿a que no
te lo hubieses quitado?
—No —volvió a mentir ella, recordando sus gritos
para exigir que se lo sacaran.
—A mí, cuando fui a comprar el traje de novio con
mi madre, se me puso hasta un nudo en la garganta de
la emoción. —Rio con un poco de vergüenza al
admitirlo—. Así que, para ti habrá sido aún mejor.
Para vosotras, el traje de novia es incluso más
importante que la ceremonia. —Volvió a reír—. ¿Te
has emocionado cuando te lo has puesto?
Sonia asintió con seriedad, sin recordar cuántas
veces le había mentido ya.
—No podía ni respirar, fue superior a mí —admitió.
Aunque Darío lo entendió de una forma diferente.
—¡De la ilusión!, ¿verdad?
Ella volvió a asentir, notando cómo su corazón se
partía al verlo tan contento.
—Soni, estoy deseando ponerte el anillo en el dedo
—susurró él rodeándola con sus brazos y juntando sus
caras—. Te voy a hacer la mujer más feliz del mundo.
¿Tú me quieres?
—Sí, mucho —dijo ella, y no mentía. Quería a
Darío, aunque no como él se figuraba.
Darío sonrió al escucharla y la besó con ardor.
—Te quiero, nena, te adoro.
Comenzó a besarla con pasión, acariciando su
sedoso pelo y tumbándola sobre el sofá.
Darío era muy tierno. Eso fue una de las cosas que
la enamoró de él, al principio.
Pero, en esos momentos, al tenerlo encima de ella,
solo sentía ganas de llorar, de apartarlo y marcharse a
algún lugar para poder compadecerse tranquila.
En los últimos meses, había permanecido impasible
a sus caricias. Fingía cuando hacían el amor. Ya no
era como al principio, que pasaba día y noche con
ganas de tocarlo. Ahora lo único que hacía era esperar
a que terminase y se apartase de ella lo antes posible.
Darío le levantó la camiseta y acarició sus senos
sin apartar el sujetador. Con la otra mano le
desabrochó los pantalones e introdujo la mano en sus
bragas. Alcanzó su clítoris con el dedo índice y lo
masajeó con movimientos circulares.
A pesar de todas aquellas atenciones, lo único que
sentía Sonia era un desagradable hormigueo. Aquella
sensación la agobió todavía más. No quería que la
tocara.
—Nuestra vida juntos va a ser maravillosa —le
susurró al oído mientras se desabrochaba los
pantalones de pinza y los bajaba, junto con los boxers.
De un tirón hizo lo mismo con los de ella,
lanzándolos al suelo. Le abrió las piernas con
delicadeza y la penetró despacio, llenándola con el
grosor de su pene. Tras acomodarse en su calidez,
comenzó a embestir a un ritmo constante, jadeando en
su oído de puro placer.
Sonia, por el contrario, se sentía vacía. Su mirada
estaba fija en un punto del techo y no dejaba de
repetirse que aquello no podía seguir. Era muy injusto
para Darío que le estuviese mintiendo de aquella
forma, y era muy injusto para ella continuar con algo
que la hacía infeliz.
Cuanto más lo pensaba, más se agobiaba.
Le dolía. Cada penetración le hacía daño, pues su
vagina estaba completamente seca por la falta de
excitación. Cerró los ojos con fuerza y apretó los
labios.
Agobio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Intentó frenarlas,
impedir que saliesen de sus cuencas, pero su garganta
la traicionó con un sollozo.
Darío, al percatarse de que lloraba, frenó sus
embestidas. Se quedó mirándola con el ceño fruncido,
con seriedad. Sonia se tapó la cara con las manos y
sollozó más fuerte mientras su cuerpo se
convulsionaba por la intensidad del llanto.
—Soni, ¿qué pasa?
Ella se limpió las lágrimas y lo miró con una
expresión de derrota.
—No puedo. No puedo hacer esto.
—¿Hacer qué? —preguntó sin comprender nada.
—Quítate de encima, por favor.
Él hizo lo que le pedía y la ayudó a incorporarse.
—Nena, ¿qué…?
—Voy a salir un rato —le informó con los ojos
llenos de lágrimas otra vez—. Necesito despejarme.
—¿He hecho algo que te haya podido molestar? —
la interrogó sin comprender nada.
—No, no… —se apresuró a aclarar—. Son…
tonterías mías.
Darío la abrazó y la besó en los labios.
—Soni, te quiero. De ahora en adelante, tus
tonterías también son las mías —le susurró.
Aquellas palabras la hicieron sentirse peor. Su
novio era el más bueno del mundo, y ella una mujer sin
sentimientos que iba a mandar a la mierda una relación
perfecta.
Se apartó de su lado y se puso los pantalones con
rapidez. Necesitaba huir de allí.
Pasó por delante de él, sin mirarlo a la cara, y salió
de su casa corriendo.
Tomó el camino que llevaba hacia la playa. El
sonido de las olas la relajaba. En esos momentos, lo
que necesitaba era tranquilidad, silencio para poder
pensar, para encontrar una solución

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