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Libro PDF Las profecías de Nostradamus Michel Nostradamus

Las profecías de Nostradamus  Michel Nostradamus

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único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi divina,
bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo.»
Quien dictó estas breves líneas para que fueran grabadas en la grisácea piedra
de una tumba pretendió encerrar en ellas toda la esencia de una vida que se
consumió, de forma. desacostumbrada, entre la realidad y el mito, entre la fe en
Dios y la hechicería, entre lo consciente y lo inconsciente.
Nostradamus fue médico y vidente, astrólogo y filósofo, matemático y alquimista.
Este personaje ha sido objeto de estudio, de análisis y de una ininterrumpida
búsqueda por parte de cuantos se han esforzado en descubrir su
auténtica personalidad y sobre todo el secreto, mucho más apasionante, que se
encierra en sus famosas profecías.
En honor a la verdad, la crítica racionalista niega la existencia de cualquier
«secreto de Nostradamus», reduciendo su obra de clarividente a un mero
producto de la alucinada imaginación de un loco, a una explosión de imágenes,
fruto de una alquimia del pensamiento que puede cautivar, pero que no puede
satisfacer razonablemente a quienes la examinen.
Sin embargo, no se puede liquidar con una interpretación tan simplista al autor
de las famosas Centurias; no se pueden despachar tan sencilla y cómodamente
los 22 libros de las versiones proféticas de Michel de Nostredame, más conocido
por el nombre latino que él mismo se había dado: Nostradamus.
Aun que todo el mundo haya oído hablar de él y su nombre se cite con
frecuencia, ¿cuantos habrán leído, siquiera por encima, su extraordinario
conjunto de profecías? Un número muy reducido, sin que ello deba sorprender lo
más mínimo.
Si los textos de Nostradamus pudieran ser interpretados de forma inmediata y
precisa; si sus profecías en lugar de encubrirse en un lenguaje enimático
estuviesen al alcance de todo el mundo, su obra sería el best-seller más grande
de todos los tiempos. ¿Quién de nosotros renúnciaría a satisfacer la curiosidad
de conocer su porvenir? ¿Quién prefiere ignorar lo que el destino reserva a los
hombres?
El empleo de un lenguaje esotérico en sus escritos se justifica porque, en el
terreno de la profecía más que en cualquier otro campo, las verdades no son
siempre agradables para quien las dice, ni halagadoras para quienes las escuchan.
Un elemental imperativo de humanidad exige que, en este sondear el destino
del mundo, se actúe con prudencia y caridad, puesto que no deja de ser un bien,
en la gran mayoría de los casos, que el significado preciso de una revelación
profética no sea comprendido hasta que el acontecimiento predicho se haya
cumplido. ¿Cómo actuaríamos con libertad si conociéramos ya nuestro futuro?
De ahí la necesidad de emplear un lenguaje sibilino rico en neologismos creados
por el autor, valiéndose de raíces latinas, griegas, españolas, celtas o
provenzales. La obra se presenta como la yuxtaposición de expresiones
herméticas para no condicionarnos en nuestro quehacer diario ante la
perspectiva del futuro.
Nostradamus subraya la necesidad de tal hermetismo en una carte dirigida al
rey de Francia Enrique II: «para conservar el secreto de estos acontecimientos,
conviene emplear frases y palabras enigmáticas en sí mismas, aunque cada una
responda a un significado concreto».
En otro escrito suyo, después de precisar que las revelaciones contenidas en
sus profecías le fueron comunicadas «en el curso de continuas vigilias
nocturnos», insiste sobre el origen cósmico y divino de sus visiones, «visiones
que Dios me ha dado a conocer a través de una revolución cósmica».
Nostradamus se funda en uno de los postulados principales de la antigua
doctrina astrológica, según la cual, todos los acontecimientos y fenómenos
terrestres y, por tanto, la historia de la humanidad, están en relación con los
movimientos cíclicos de los astros: «todo está regido y gobernado por el
inestimable poder de Dios que se manifiesta no en medio de furores báquicos,
sino en las relaciones astrológicas».
Ante todo queremos dejar constancia de que no aceptaremos la tesis simplista
sobre la obra de Nostradamus, que dice que solo se trata de acontecimientos
fácilmente previsibles en el contexto histórico de Francia, pues guerras,
conflictos y cataclismos se repiten en la historia de cualquier nación.
Nostradamus, vidente del siglo XVI, predijo hechos muy precisos, como será
fácil comprobar más adelante, por ejemplo, la trágica muerte del rey Enrique II;
la desatinada huida de Luis XVI a Varennes, origen de la gran tragedia del rey; y
el nacimiento de Napoleón I (cfr. respectivamente Centurias I, 35; IX, 20; I, 60).
Con idéntica precisión, supo describir importantes acontecimientos que forman
parte de nuestra historia actual: predicciones de hechos que muchos de entre
nosotros hen visto realizarse desde el comienzo del presente siglo y que no
pueden ser desmentidos o ser considerados fruto de la simple imaginación.
Nostradamus, este gran explorador de lo ignoto humano ¿merece o no ser
contado entre los grandes sabios que desde los profetas bíblicos hasta nuestros
días hen escrito, con letras de fuego, la historia de los hombres? ,
La respuesta a tal interrogante podrá darla cada uno de nosotros después de
haber leído con suma atención sus profecías. Incluso el más escéptico de los
lectores tendrá que admitir que el singular documento literario que Nostradamus
nos legó abre un abismo de hipótesis como ningún otro libro lo hiciera en el
curso de los siglos.
No es intención de este libro hacer un estudio pormenorizado de las profecías
de Nostradamus sino dar una vision global del método de interpretación de las
Centuries para ofrecer al lector la posibilidad de interpretar, por sí mismo, los
hechos futuros que predijo tan ilustre vidente.
Nostradamus
erudición y videncia
Su vida según Jean Aimes
de Chavigny de Beaune
Michel de Nostradamus, el vidente más renombrado y famoso de cuantos han
sabido interpretar los astros, nació en Saint-Rémy-de-Provence, sur de Francia,
el año de gracia de 1503, un jueves 14 de diciembre, hacia el mediodía. Su
padre fue Jaime de Nostredame, notario de aquel lugar; su madre fue Renée de
Saint-Rémy, sus abuelos paternos y maternos eran profundos conocedores de
las ciencias matemáticas y de la medicina. Como médicos habían vivido el uno
en la Corte de René que, además de Conde de Provenza, era Rey de Jerusalén
y de Sicilia; y el otro, en la Corte de Juan, Duque de Calabria a hijo del antedicho
René.
Es necesario demostrar la inexactitud de ciertas versiones sobre los orígenes
del gran vidente, formuladas por envidiosos de su celebridad o por quienes
desconocen la realidad.
La familia de Nostradamus, según algunos, era de origen judío, de la tribu de
Isacar, convertidos al cristianismo. Y de ahí que atestigüe nuestro autor haber
recibido directamente de sus abuelos el conocimiento de las ciencias
matemáticas; y en el prólogo de sus Centurias él mismo afirma que ellos le
transmitieron el don de predecir el futuro.
Después de la muerte de su bisabuelo materno, que le había infundido, casi
como juego, el gusto por las ciencias de los astros, Nostradamus fue enviado a
Aviñón para cursar letras y formarse en humanidades.
Desde Aviñón el joven estudiante pasó a Montpellier, donde frecuentó la
célebre universidad estudiando en sus aulas medicina, hasta que una grave
pestilencia, declarada en las regiones de Narbona, Tolosa y Burdeos, le dio
ocasión de poner al servicio de los apestados el fruto de cuanto había aprendido
durante sus estudios. Tenía entonces 22 años.
Después de haber ejercido la medicina durante cuatro años en aquellas
regiones, le pareció oportuno volver a Montpellier para conseguir el título de
doctor, que obtuvo al poco tiempo con la admiración y el aplauso de todos.
Pasando por Tolosa, llegó a Agen, ciudad situada a orillas del Garona, donde
Julio César Scaliger le retuvo junto a sí. Era este hombre un personaje muy
erudito y un verdadero mecenas. Nostradamus tuvo con él una extraordinaria
amistad que más tarde se tornó en oposición, discordia y divergencia, como
suele suceder entre hombres sabios, según atestiguan muchos escritos.
En ese período se casó con una joven de la alta sociedad, de la que tuvo dos
hijos, un niño y una niña. Murieron los tres y Nostradamus tomó la decisión de
instalarse definitivamente en Provenza, su tierra natal.
De vuelta a Marsella, se instaló en Aix-en-Provence, parlamento de la región,
donde ejerció durante tres años un cargo público ciudadano. Fue entonces, en
1546, cuando la peste azotó terriblemente aquella zona, según describe el señor
de Launay en su Teatro del mundo sirviéndose de los relatos que le fueron
hechos por el propio vidente. Estos hechos han sido confirmados por la
investigación histórica de aquella época.
Desde Aix-en-Provence llegó a Salonde-Crau, pequeña ciudad que dista de
Aix una jornada de camino hasta Aviñón y media jornada hasta Marsella.
Contrajo segundas nupcias; y fue aquí, en este lugar, donde, previendo los
grandes cambios y las trágicas convulsiones que perturbaron luego y revolvieron
a toda Europa, las sangrientas luchas civiles y los desgraciados acontecimientos
que iban a precipitarse sobre Francia, comenzó, lleno de una exaltada
inspiración a invadido de un frenesí irresistible, la redacción de las Centurias.
Centurias y presagios que él guardó por mucho tiempo en secreto, creyendo
que la naturaleza insólita del argumento le acarrearía calumnias, envidias y
ataques muy ofensivos, tal como luego sucedió.
Vencido, al fin, por el deseo de que los hombres sacasen algún provecho de
sus predicciones, las dio conocer. El rumor que suscitaron inmediatamente fue
grande y corrió su fama de boca en boca, no sólo entre nosotros, sino también
entre los extranjeros que sintieron por el vidente y por su obra una extraordinaria
admiración. Esta fama impresionó tanto al poderoso Enrique II, Rey de Francia,
que éste, en el año de gracia de 1556, mandó llamar al vidente a la Corte.
Después de que revelara un cierto número de acontecimientos importantes que
habían de suceder, recibió numerosos presentes y se volvió a su Provenza
natal. Algunos años más tarde, concretamente en 1564, visitando Carlos IX las
provincias y habiendo concedido la paz a las ciudades que contra él se habían
rebelado, vino a Salon y no quiso dejar de visitar al profeta e insigne héroe,
mostrándose para con él tan generoso, que lo honró con el cargo de consejero y
le nombró médico suyo en la Corte.
Resultaría una tarea excesivamente prolija escribir todo cuanto él predijo, ya
en general, ya en particular,y sería superfluo dar el nombre de todos los grandes
señores, de los insignes sabios y otros muchos que vinieron de toda la región y
de toda Francia para consultarle como oráculo. Lo que San Jerónimo decía de
Tito Livio yo puedo decirlo del gran vidente: cuantos venían a Francia desde
fuera no se proponían otro objetivo que ir a visitarle.
Cuando vino a verle Carlos IX, Nostradamus, que había sobrepasado los 60
años, estaba muy envejecido y se hallaba gravemente debilitado por las dolencias
que le atormentaban desde hacía mucho tiempo, especialmente una
artritis y la gota minaban constantemente su salud. Murió el día 2 de julio del año
1566, poco antes de salir el sol, después de una crisis que le duró ocho días y
que le causó un acceso de hidropesía consecutivo a un ataque agudo de artritis.
Conoció anticipadamente el día de su tránsito y la hora exacta pues él había
escrito, de su puño y letra, en las Efemérides de Jean Stadius, estas palabras en
latín: Hic prope morn est, es decir: «Mi muerte está próxima».
Sobre su sepulcro se esculpieron las palabras de un epitafio, compuesto a
imitación del de Tito Livio, historiador romano; epitafio que hoy puede todavía
verse en la Iglesia de los Cordeleros de Salon, en la que, con grandes honores,
fue enterrado el cuerpo de Nostradamus. La inscripción está en latín; traducida
dice lo siguiente:
«Aquí descansan los restos mortales del ilustrísimo Michel de Nostradamus, el
único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi
divina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo.»
Murió en Salon-de-Crau, en Provenza, el 2 de julio del año de gracia de 1566,
a la edad de sesenta y dos años, seis meses y diecisiete días.
Fulgurante carrera de médico
La familia Nostradamus, estaba firmemente vinculada a Provenza y sus descendientes,
en vez de circuncidarse, como judíos, habían sido bautizados, lo
cual les había permitido adquirir bastantes derechos; sus hijos, por tanto, habían
podido dejar las modestas ocupaciones anejas a la artesanía y a la práctica del
pequeño comercio y dedicarse por completo al cultivo de las artes liberales. En
la familia Nostradamus la medicina constituía una tradición que se transmitía
ininterrumpidamente de padres a hijos: el padre de Jaime, Pierre de
Nostredame, había sido médico en Arlés, y sólo la envidia de los drogueros y
boticarios de aquella ciudad le había obligado a buscar refugio y ayuda fuera de
ella, entre los poderosos. Aquéllos, efectivamente, no habían podido tolerar que
Pierre curase a sus propios pacientes con remedios y medicamentos que él
mismo preparaba; y no dudaron, por consiguiente, en denunciarle como falsificador
y contraveniente de su oficio. Destituido de sus funciones de médico
ciudadano, Pierre entro primero al servicio del Duque de Calabria, y luego del
rey René d’Anjou, que más tarde le nombró médico personal suyo. El venerable
y ya anciano sabio, versado en la ciencia de Esculapio y en aquella otra que
deduce de los astros la interpretación de los sucesos del mundo, gozó siempre
de la máxima confianza del Rey. Fue natural que, cuando el joven Michel tuvo la
edad suficiente para escoger su futura profesión, se inclinase por el estudio de la
medicina.
En aquel entonces, para quien vivía en Provenza, Aviñón representaba la
ciudad or excelencia, era como la meca donde convergían, de todos los rincones
de la provincia, cuantos aspiraban a ser alguien, o cuantos deseaban evadirse
de la dura brega del campo y hallar en la gran ciudad las comodidades de la vida
fácil. Majestuosamente ceñida por sus altas y torneadas murallas, con el Ródano
que las acariciaba dulcemente deslizándose bajo sus magníficos puentes,
Aviñón era una ciudad donde alternaban palacios suntuosos y callejones de mal
olor, señoriales calles por donde paseaban elegantes carrozas y pobres
tuguriones en los que se hacinaba una humanidad sin rostro.
A quienes procedían de una tranquila ciudad provinciana les parecía muy
atractivo poder mezclarse con la inmensa muchedumbre que llenaba calles y
plazas hasta estrujarse; en cuanto a diversiones y tentaciones, hábían proliferado
desde el momento en que un nutrido grupo de aventureros y hampones
se habían aposentado como en su propia casa, dentro por el libertinaje
que reinaba en sus muros.
Nostradamus llegó, pues, a Aviñón y empezó sus estudios con seriedad y
tenacidad. El estudio constituía para él una verdadera vocación y aun cuando su
edad, porque era todavía muy joven, lo hiciese vulnerable a las seducciones de
una vida desordenada y licenciosa, demostró desde el principio una clara
tendencia y un verdadero amor a cuanto era introspección y búsqueda de la
verdad, ajeno a cualquier tipo de ambición personal.
En la ciudad de los Papas, el joven Michel alternaba su tiempo ocupado en dos
actividades principales: los deberes escolásticos y la observación del firmamento
estrellado que, desde siempre, había ejercido en él una extraordinaria
fascinación. La matemática, la astronomía y la astrología le eran materias muy
conocidas, hasta tal punto familiares que podía discutir con profundo
conocimiento y perfecta competencia ante cualquier auditorio, que siempre
quedaba cautivado.
A este primer período de estudio en Aviñón siguió el segundo en Montpellier, a
donde se trasladó Michel para seguir en su universidad los cursos de medicina.
En el siglo XVI, Montpellier gozaba de extraordinario renombre gracias a su
facultad de medicina, conocida dentro y fuera de los confines de Francia: era
lógico, pues, que Nostradamus frecuentase aquella universidad y prolongase allí
su estancia hasta conseguir su doctorado.
Para ello necesitó tres años que aprovechó con extraordinaria aplicación;
durante los cuales se hizo dueño y señor de los secretos del cuerpo humano,
como más tarde se hizo conocedor de los del espíritu.
La Naturaleza ejercía sobre él auténtica fascinación; y así no se conformó con
ser médico, sino que decidió profundizar sus propios conocimientos en el campo
de la herboristería y de los remedios que de las hierbas y de las plantas
pudieran obtenerse.
Empezó entonces a recorrer todo el país de comarca en comarca para estudiar
su flora, deteniéndose, cuando le parecía poder sacar de ello algún provecho,
con quienes podían informarle sobre recetas y pociones. No olvidemos sobre el
particular que, en aquel tiempo, mediana y herboristería iban de consuno y
representaban el único remedio del que disponían entonces los hombres para
oponerse a los traidores ataques de la enfermedad que se manifestaba de mil
modos distintos.
En la Edad Media y durante el Renacimiento, Europa fue devastada en varias
ocasiones por la este: «la bestia selvática», como la definió el médico Galeno.
En el correr de cuatro siglos desencadenó unos treinta y dos ataques contra
nuestro continente, entre los que se cuenta el tristemente famoso de la «peste
negra», que duró dieciséis largos años (1334-1350) y que exterminó 25 millones
de europeos, es decir, una cuarta parte de la población total del continente.
Lo mismo que los demás doctores, también actuaba Nostradamus entre la
enfurecida peste; pero, a diferencia de sus colegas, prestaba eficacísima ayuda
a los desventurados que se debatían entre las garras del terrible morbo. Había
en nuestro doctor un algo de taumatúrgico que hacía que, a su paso, se obrase
el prodigio de la salud. Él mismo nos ha dejado escritas unas palabras relativas
al modo como curaba el mal, en un tratado suyo titulado Excelente y óptimo
opúsculo, necesario para quiener deseen conocer varias eficaces recetas.
No es posible hoy, a tantos años de distancia, saber si su medicamento produjo
efectos tan maravillosos como para considerar a Nostradamus vencedor del
terrible azote; pero sí es cierto e incontestable este hecho: Nostradamus tuvo
fama de excelente médico, no sólo por la extraordinaria erudición de su ciencia,
sino también por el espíritu misionero con que la ejercía. Los africanos, que
durante tantos lustros acudieron a Lambaréné, donde el gran doctor blanco
Albert Schweitzer Obraba tan admirables portentos de curaciones físicas y de
amor, estarían tal vez en mejores condiciones que nosotros mismos para
entender el gran prodigio realizado por el vidente. Sus compatriotas supieron
mostrarle su gratitud, bien merecida por cierto: a su paso, la gente se echaba a
sus pies y bendecía su nombre; y esta fama de bienhechor y de salvador le
precedía y le acompañaba por toda la Próbenza. Cuando terminó la terrible
plaga, cansada ya de segar miles y miles de vidas humanas, Nostradamus fue
honrado con el público reconocimiento y colmado de honores por quienes,
gracias al insigne doctor, se habían salvado.
Pero ni el oro, ni las riquezas, ni la fama podían hacer mella en su ánimo
totalmente entregado a la búsqueda de la verdad y a la investigación del misterioso
arcano de la vida. Transcurrido, pues, algún tiempo, volvió a su retiro,
estableciéndose entonces en la ciudad de Aix.
Allí reanudó su labor de médico y, al mismo tiempo, volvió a ocuparse de la
herboristería, de la cosmética y de los bálsamos, a preparar jarabes y confituras,
esencias y extractos que le aseguraron la imperecedera gratitud de cuantos los
utilizaron. La vida se deslizaba tranquila y serenamente y un buen día el doctor
Nostradamus tomó por esposa a una joven doncella. Su casa pudo regocijarse
pronto con el nacimiento de dos hijos que vinieron al mundo, uno tras otro en el
espacio de pocos meses. Entonces el fuego de la presciencia, el anhelo de
escudriñar los secretos de la vida y de la muerte parecían en él decisivamente
adormecidos. Las enseñanzas que desde su más tierna infancia le habían
transmitido los ancianos de su familia, su capacidad de escrutar el firmamento
estelar, con aquella agudísima vista de quien sabe interpretar el camino de los
astros y prever, por su curso, los futuros acontecimientos del mundo, parecían
en aquel entonces momentos lejanos de otra persona.
Una respetabilísima profesión, un vivo amor por el prójimo, una familia que
completaba su existencia, parecían un baluarte suficientemente sóhdo para
impedir a su «yo» que reanudase la ruts de las estrellas. Pero nada puede
detener ciertas predestinaciones que marcan al hombre. Oponerse al destino es
imposible, porque equivaldría a torcer el curso de los astros o a detener la
impetuosa corriente de los ríos.
Así le ocurrió a Nostradamus que, sin darse cuenta de ello y sin proponérselo,
se vio empujado por los acontecimientos a reanudar el camino de las
predicciones. De pronto, su vida sufrió un cambio sustancial: la muerte llamó a
su puerta y le arrebató de golpe a toda su familia, que tan afectuosamente le
rodeaba. Cómo y por qué ocurrió esta grave desgracia, nadie ha podido hasta
ahora averiguarlo. Pero sabemos que la vida de Nostradamus dio un vuelco
definitivo y éste se entregó, desde entonces, a una actividad completamente
distinta.
Dejó la ciudad de Aix, que despertaba en su ánimo recuerdos demasiado
dolorosos, y se estableció en Salon, alojándose en una casa construida en una
plaza tranquila. Aunque seguía ejerciendo su profesión de médico, pasaba
mucho tiempo en una especie de extraña contemplación que a veces provocaba
ciertas dudas sobre sus facultades mentales. Si no hubiera sido por la fama de
excelente médico que le aureolaba, sus ciudadanos habrían creído que sus
potencias y facultades, tan extraordinariamente desarrolladas en él, habían
disminuido peligrosamente e, incluso, que se habían alterado. Pero, por el
contrario, su reputación de astrólogo y de vidente empezó a crecer de día en día
y le situaba en un plano muy diverso ante la gente que tenía contacto con él.
El mago de Salon
La vida del doctor Nostradamus transcurría tranquila, libre de cualquier desorden.
Día tras día visitaba a sus enfermos y les ofrecía el consuelo de su
taumatúrgica sabiduría que, al parecer, podía realizar cualquier claw de milagros.
La gente de Salon se había acostumbrado a verle pasar por calles y plazas
cubierto con su large capa negra agitada por el viento.
Con la mayor estima y respeto, no dudaban en detenerle pare consultarle los
más diversos problemas. Tal era realmente su fama que todos le tenían por un
gran sabio en el más completo sentido de la palabra; y así cualquier asunto que
se desease aclarar, cualquier problema clue preocupase, le era expuesto
inmediatamente para escuchar sus sabios consejos. Él tenía la respuesta más
exacta y el remedio más apropiado para todos los males.
A partir del año 1555 Nostradamus empezó a escribir sus propios vaticinios en
forma de cuartetas; y puesto que cada libro contenía exactamente cien de estas
breves combinaciones métricas de cuatro versos, los llamó Centurias.
Tan extendido estaba en aquella época el arte de la magia que a nadie atemorizaba
la lectura del futuro. Pululaban por pueblos y ciudades un sinfín de
hábiles vaticinadores de la suerte que hallaban, con suma facilidad, un público
dispuesto a escucharles y que Ies entregaba, como recompense, alguna
moneda de oro o de plata, con tal de que se les anunciase sucesos favorables y
les tranquilizara ante las densas sombras del futuro.
El doctor Nostradamus no pertenecía a esta abominable ralea de falseadores
charlatanes ni sacaba provecho alguno de sus predicciones. La luz divina se
encendía en él y penetraba en los misterios del futuro; no era, pues, fruto de
improvisadas charlatanerías.
Completamente solo, en el silencio de la noche, Nostradamus se acomodaba
en el sillón, rodeado de los instrumentos que utilizaba y de los textos en los que
bebía su misteriosa ciencia astronómica.
Se extendía, ante sus penetrantes ojos, la bóveda celeste que él contemplaba
a través de la ventana: aquel firmamento estrellado tenía para él pocos secretos
y en aquellos innumerables cuerpos celestes leía como en un inmenso libro
abierto. Mas no siempre es agradable este privilegio porque ocurre, algunas
veces, que aquello que está escrito en las misteriosas páginas de los astros no
corresponds a Ios deseos y a los intereses de quienes tienen la llave para
interpretar sus signos. De esta forma, Nostradamus leyó en la bóveda celeste un
futuro doloroso para sí y para sus seres más queridos: la esposa y sus dos hijos
serían pronto presas de la muerte y envueltos en las frías tinieblas de la tumba.
Y cuando se cumplió puntualmente aquel trágico vaticinio, Nostradamus,
impotente, se vio obligado a aceptar la decisión de un destino que se le había
dado a conocer, pero en el que no podía intervenir para detenerlo.
Entonces su vida se vio bruscamente trastornada y el sabio tuvo que pagar un
duro y penoso tributo a la notoria fama de su nombre. Las crónicas de su vida
nos dicen que viajó durante mucho tiempo por lejanos países.
En el año 1556, poco después de la primera edición de las siete primeras
Centurias, Nostradamus se trasladó a Italia, y en Roma fue recibido por el Santo
Padre. Durante este viaje se detuvo algún tiempo en Turín.
Después de sus viajes por el extranjero Nostradamus se instaló de nuevo en
Salon y reanudó su vida de siempre; sin embargo, su fama había crecido hasta
tal punto que príncipes y reyes, ricos y poderosos, acudían a él para interrogarle
sobre los acontecimientos futuros.
Transcurrieron los años y las profecías de Nostradamus se cumplieron con
inexorable puntualidad: la conjura de Amboise, el levantamiento de Lyon y la
muerte de Francisco I son otros acontecimientos vaticinados por el sabio
vidente.
En el decurso de los años Nostradamus salió con menos frecuencia de Salon,
ya que su quebrantada salud no le permitía fatigosos desplazamientos. Por esta
razón, quienes deseaban consultarle sobre algún tema acudían a él, en
Provenza.
El 17 de octubre de 1564, llegó a las puertas de la ciudad donde vivía el mago
un lujoso cortejo; cuando los prohombres salieron para presentar su homenaje a
los ilustres visitantes, les salió al encuentro el propio rey Carlos IX en persona,
que venía a consultar al eminente doctor.
Nostradamus murió cristianamente tal como había vivido durante toda su vida.
Hechos históricos predichos
y realizados
En su obra profética, conocida por todo el mundo con el nombre de Centurias,
Nostradamus quiso recoger los acontecimientos relacionados con el futuro de la
Humanidad, desde los días en que él empezó a escribir hasta el fin de los
tiempos.
Qué son las Centurias puede decirse en pocas palabras. Así como un libro
está dividido en capítulos y un poema en cantos, de la misma manera las
profecías del vidente de Salon están divididas en Centurias, cada una de las
cuales contiene un número variable de cuartetas (originariamente habían de ser
cien por Centuria) en las que se da siempre una rima, forzada algunas veces, y
en las que, en la mayor parte de los casos, no puede decirse que haya un nexo
lógico de tiempo y de lugar y, sobre todo, una claridad de interpretación que las
haga fácilmente inteligibles y nos dé a conocer exactamente el tiempo en que se
realizarán los acontecimientos vaticinados.
Se dice hoy que son doce las Centurias, pero sólo las diez primeras son, sin
lugar a dudas, de Nostradamus. La primera edición de estas diez Centurias vio
la luz en 1555, por obra de un editor de Lyon.
Después, las sucesivas ediciones que han aparecido en diversas épocas han
presentado, añadidas a las diez Centurias, un cierto número de nuevas cuartetas
proféticas y, concretamente, cuatro cuartetas añadidas a la Centuria VII,
seis a la Centuria VIII y una a la Centuria X. Sólo dos cuartetas han formado la
Centuria XI y once la Centuria XII.
No se sabe con certeza cuál es el origen de estas cuartetas, posteriormente
insertas en la obra profética del mago de Salon.
En esta cuestión, sólo podemos aventurar hipótesis. Así, algunos investigadores
afirman que, al morir Nostradamus, se hallaron entre sus papeles un cierto
número de profecías, escritas ciertámente por él y que, por tanto, podrán
añadirse a las suyas propias. Otros, por el contrario, las han atribuido a quienes
nada tenían que ver con el vidente y las consideran, por consiguiente, apócrifas.
Pero volvamos a los versos con los que comienza el fascinante y cautivador
misterio de las predicciones.
La imagen por ellos evocada es altamente sugestiva, y resulta fácil reconstruír,
a través de las palabras empleadas por el profeta, la atmósfera tan separada del
mundo en la que nuestro mago ejercía su facultad adivinatoria.
En el tranquilo refugio de su morada, donde se agolpaban durante el día
ilustres o modestos visitantes que acudían para consultar a Nostradamus en su
doble calidad de médico y de profeta, solía él encerrarse

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