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Libro PDF Sin palabras Noe Casado

Sin palabras  Noe Casado

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Agotada, sí, ésa es la palabra exacta para describir cómo me siento en este momento, aunque también podría añadir satisfecha. Y no es para menos. La inauguración del
Cien Fuegos ha sido todo un éxito. Hemos trabajado muy pero que muy duro todos los que nos hemos subido a este «barco». Ha sido un mes de locos. Xavi, el
encargado, no ha dejado ni un solo detalle al azar. Hasta lo más nimio, lo más insignificante, lo ha revisado.
Yo no sólo he ayudado a confeccionar la carta, que es el atractivo más evidente de un restaurante, también he colaborado en otros aspectos, incluida la indumentaria
de los trabajadores de sala o la selección de vinos, para ofrecer un servicio lo más completo posible. Lo más extraño es que hasta me pidieron consejo sobre la
mantelería.
Yo alucinaba, porque al venir de un trabajo donde el jefe era una especie de dictador incapaz de ver más allá de sus narices, cualquier consulta me parecía rara.
Aunque luego, durante las conversaciones que hemos mantenido estos pasados días, he llegado a comprender y compartir la filosofía del encargado.
Y es que en el Cien Fuegos no hay un jefe gritón de esos que te echan la bronca por cualquier cosa, hasta por la más ridícula, sólo para hacerse notar y porque
creen, de forma errónea, que así afianzan su papel de dueños.
Aquí funciona diferente. Hay una cadena de mando, por supuesto, pero, por ejemplo, el encargado rara vez irrumpe en la cocina. Tiene un despacho, sí, uno de
esos con decoración vanguardista y no un cuartucho lleno de papeles, cajas amontonadas y objetos polvorientos publicitarios que no reparte entre los clientes porque es
un raposo y quiere quedarse con todo. Aquél era mi anterior jefe, el de ahora no tiene nada que ver.
Xavi es el que coordina todo el equipo. Marca directrices y toma decisiones, procurando escuchar a los interesados. Cuando rechaza alguna de las propuestas, no
lo hace de malas maneras, sencillamente expone los motivos por los que no es factible; eso sí, agradeciendo siempre de antemano haber contribuido aportando algo.
Y para alegría del público, femenino y masculino, es atractivo a rabiar. Y me quedo corta…
Sí, hasta yo, que tengo una apatía manifiesta y que no me encuentro en un momento muy proclive a apreciar esos detalles, me he percatado de ello.
Xavi es, por decirlo de alguna manera, el tipo ideal. El hombre perfecto. Ese que, de poder fabricarse a medida, todas encargaríamos sin dudarlo. Si hubiera un
catálogo de hombres, desde luego figuraría entre los top ten. Reconozco que al principio pensé que era gay. ¿Por qué? No lo sé, fue una suposición estúpida, o bien que
mi propia amargura interior hacía de filtro que distorsionaba la realidad, ya que se me antojaba imposible coincidir en tan corto espacio de tiempo con otro hombre
perfecto, así que le puse la etiqueta de homosexual.
Y la verdad es que él juega muy bien a la ambigüedad y saca partido de ella. De cara a la galería le va perfectamente, pues le permite relacionarse con todo el mundo
de una manera muy abierta, pero luego, a la hora de la verdad, es como la cerveza San Miguel: «donde va, triunfa». Es la comidilla de los camareros, que, por supuesto,
se mueren de envidia.
El bando femenino suspira, aunque tienen muy claro que nada de intimar. Por supuesto, Xavi se cuidaría muy mucho, y mis compañeras se limitan a comérselo con
los ojos.
Yo sonrío cuando oigo algún que otro comentario subidito de tono, y confieso que me gustaría unirme a ellas, porque de ese modo podría decir que he superado mi
historia con…
«¡Para!», me digo a mí misma, porque si algunos recomiendan contar hasta diez para no cometer una estupidez, yo me he impuesto un método más rápido.
Termino de guardar mis cosas y me dirijo al despacho de Xavi, que me ha pedido que me pase por allí. Reconozco que cuando lo conocí me impresionó. Decir que
es elegante es quedarse corta. Viste de punta en blanco, a la moda, y como además tiene percha, todo le sienta estupendamente.
Así que cuando llamo a la puerta de su despacho y él me abre para invitarme a entrar, no me sorprende encontrármelo con un sofisticado look de esos de portada
de revista y, cómo no, con su sonrisa derritemujeres. Menos mal que soy inmune a ella. Al menos de momento, no sé si con el tiempo me causará algún problema; son
demasiados vatios de sonrisa como para no darse cuenta.
—Pasa, Bea, te estaba esperando —me dice amable, haciéndome un gesto con la mano para que entre.
—Gracias —murmuro educada.
Siento su mano en la parte baja de mi espalda. No me desagrada, aunque tampoco lo creo necesario. Sé que lo hace como muestra de su exquisita educación, no
obstante, cualquier contacto con un hombre me pone nerviosa y hasta siento una especie de rechazo. Una estupidez, desde luego, pero no puedo evitarlo.
Supongo, espero, confío en que se me pasará.
—¿Todo bien? —pregunta, sentándose en la ultramoderna, ergonómica y carísima silla de su escritorio.
—Más o menos —le respondo, porque en una cocina siempre surgen complicaciones de última hora. Aunque aquí, sin un jefe tocapelotas y vocinglero acechando,
resulta más fácil buscar soluciones y salir adelante.
—¿Te apetece un café u otra cosa? —me ofrece, siempre tan cortés, y yo niego con la cabeza.
Lo que me apetece es volver a casa cuanto antes.
—¿Qué querías comentarme? —inquiero, para que no se vaya por las ramas.
—Todo va a salir a pedir de boca —dice, acomodándose en su silla ergonómica—. Los comentarios han sido espectaculares. ¡Hemos triunfado!
—Sí, la verdad es que después de todos los nervios de estos días, el trabajo ha dado sus frutos —digo sonriendo, porque es cierto.
—Y me alegro de que tú hayas sabido estar a la altura de las circunstancias —añade.
Noto cierto deje de peloteo y no sé si soy yo que estoy susceptible e imagino cosas o esta reunión es una excusa para tantear el terreno. Xavi me mira con una
media sonrisa, creo que está evaluándome, pero de nuevo me digo que son suposiciones. Yo voy con mi ropa de faena blanca, con una coleta hecha deprisa y corriendo
y sin maquillaje, y él, por lo que se comenta, sólo sale con mujeres sofisticadas. Y yo no tengo tiempo ni ganas para serlo.
—Bien, por hoy vale de autobombo. —Sonríe seductor.
«Qué pena», pienso, porque si me encontrara en otra situación, hasta podría dejarme llevar. Incluso he llegado a pensar que ése podía ser el camino que seguir…
No obstante, soy consciente de que eso no se repetirá. Ya lo hice una vez, sin medir las consecuencias, y mira cómo estoy ahora, en una especie de reciclaje emocional.
Espero en algún momento dejar de martirizarme con ello, pues si me va bien en el trabajo y mi niño está contento, ¿qué más puedo pedir?
—Sí, vale ya de echarse flores —contesto, sonriendo también.
—Verás, Bea, mi intención con el Cien Fuegos es que sea un local de referencia, en cierto modo asequible para un amplio espectro de clientes, y para ello creo que
no debemos limitarnos sólo al establecimiento en sí.
—No te sigo —digo, porque para mí la cocina, los fogones son creatividad, nervios, manchas, pruebas… Cuando habla de ese modo tan empresarial, me pierdo.
No soy tan tonta como para obviar el hecho de que el Cien Fuegos, como cualquier otro restaurante, debe ser rentable; sin embargo, en esa faceta yo no entro. Para
eso está Xavi con su máster. Bueno, no estoy segura de si tiene uno, pero tiene pinta de que sí, pues sabe mucho de esas cosas.
Vuelve a sonreírme antes de proseguir.
—Uno de nuestros invitados, un amigo al que conozco desde hace tiempo, ha alabado hoy los platos. Y por supuesto me ha dicho que te trasmita las felicitaciones
pertinentes.
—Ah, gracias —murmuro algo cohibida, pues no termino de acostumbrarme a estas muestras de agradecimiento.
—No seas modesta, por favor, Bea —me reprende en tono afable—. Gran parte de nuestro éxito se debe a ti.
—Y a mis ayudantes —añado, pensando en Tito y en Magda, mis compañeros de trabajo.
—Por supuesto, por supuesto —admite, sin sentirse ofendido por mi corrección—. Pero no nos desviemos del tema. Ese amigo que te comentaba organiza cenas y
eventos privados para grupos reducidos y digamos que especiales.
—¿Especiales? —lo interrumpo, frunciendo el cejo, pues no sé bien a qué se refiere.
—Sí, personas de un nivel económico muy alto, que no se conforman con lo mejor, quieren además exclusividad —explica Xavi.
—Ah… —es lo único que acierto a decir, porque no sé yo si estoy muy de acuerdo con ese planteamiento.
—El caso es que, tal como te comentaba, ha quedado muy impresionado esta noche y me ha pedido como favor personal que nos ocupemos del catering de su
próximo evento.
Respiro tranquila. Eso sí puedo hacerlo. Servirles comida a pijos exigentes.
—Es una buena idea —digo, recurriendo a una frase correcta.
—Te iré informando de los detalles, fechas y demás. Así como del tipo de menú que prefieren, aunque, por supuesto, podemos hacerles sugerencias. Eso es algo
que dejo en tus manos.
—Podríamos basarnos en el menú degustación —propongo.
—Como te parezca mejor.
Una nueva tanda de sonrisas de mil vatios. No me extraña que deslumbre a cuanta mujer se le pone por delante. Estoy poco animada, pero no ciega.
—Muy bien —concluyo, levantándome, pues he mirado un par de veces la hora con disimulo y quiero irme ya—. Cuando sepas algo más me lo comentas.
—¿Quieres que te acerque a casa? —pregunta, y yo no tengo muy claro cómo tomarme ese ofrecimiento.
Soy prudente, desconfiada incluso, y creo que es lo mejor. Cuanta menos confianza se establezca fuera del trabajo, mejor.
—Eres muy amable, pero no, gracias. Voy a aprovechar para hacer unos recados de camino y no te quiero hacer perder el tiempo —miento con una sonrisa.
—No es ninguna molestia, Bea —contesta, mirándome fijamente, demasiado para mi gusto, y yo decido despedirme con un escueto «hasta mañana».
Cuando salgo del restaurante me abrigo bien, pues estoy acostumbrada a un clima más amable en invierno. Un cambio más en mi vida. Un brusco cambio más en el
último mes.
Camino deprisa hacia mi casa. Se me ha hecho tarde y, a pesar de que Félix está con mi madre, no quiero perder ni un minuto más.
—¡Mamá! —grita mi niño nada más oírme abrir la puerta.
Ni siquiera me ha dado tiempo a quitarme la chaqueta y dejar el bolso cuando Félix se abalanza sobre mí para que lo coja en brazos. Lo hago sin tardanza, pero tras
dos besos, mi hijo se revuelve, porque eso de tener una madre besucona no le hace mucha gracia.
—Es que te como a besos —canturreo sin soltarlo, pese a sus protestas.
—¡Mamá, que ya me has besado, jo!
—Y no me canso de hacerlo, Félix —le digo, antes de darle el último y dejar que se escabulla corriendo.
—¿Qué tal ha ido todo? —me pregunta mi madre.
—Todo estupendo, un éxito —respondo, pero no con la efusividad que se esperaría.
Y ella sabe que, pese a que me va muy bien en lo laboral, aún tengo una especie de losa emocional en mi vida, algo que una madre, mi madre, percibe.
—Félix ya ha merendado, así que, si quieres, date una ducha y relájate —me dice con una sonrisa amable.
Mi madre, Manuela, que nada más enterarse de mi decisión de trasladarme a Madrid sola con mi hijo no se lo pensó ni un minuto: hizo la maleta y cogió un
autobús.
Tras quedarse viuda, hace seis años, decidió que se volvía al pueblo. Como ella siempre dice: «Soy una chica de provincias y me siento como Paco Martínez Soria
en La ciudad no es para mí». Porque a pesar de que llevaba más de treinta años viviendo en Barcelona, no terminaba de acostumbrarse al ritmo de una gran ciudad. A
los horarios, al anonimato, a los ruidos…
Mi madre llegó allí a finales de los setenta. Aquello debió de ser increíble, novedoso…, y más para ella, una chica joven de pueblo. Pero entonces se echó novio. Un
novio, mi padre, que, según nos contaba, la enamoró y conquistó, y luego vino la boda. Nació María y después yo. Y aunque a ella le seguía costando vivir en una gran
ciudad, como siempre hace, como siempre hacemos las mujeres, se amoldó a los demás y a las circunstancias.
Así que cuando murió mi padre, urbanita convencido, decidió regresar al pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza donde nació. Aparte de sus hijas, nada la
retenía en Barcelona, y como había mantenido el contacto con sus amigas del pueblo de toda la vida, pues tanto a María como a mí nos pareció estupendo que
acondicionara la vieja casona, donde podría vivir con comodidad, ya que tampoco disponía de una pensión como para tirar cohetes.
Mi madre se sentía vital y allí, donde yo iba de pequeña obligada, porque lo odiaba, es Manuela, no esa señora que vive en el cuarto y a la que como mucho dices
hola y adiós al entrar en el ascensor.
—Hija, ¡espabila! —exclama, sacándome de mis pensamientos.
—Lo siento, se me ha ido el santo al cielo —respondo, y le doy un beso en la mejilla antes de irme a mi cuarto a buscar ropa limpia y cómoda y darme esa ducha
que tanto necesito.
Con mi chándal de andar por casa en las manos, entro en el cuarto de baño de mi dormitorio, un invento maravilloso, por cierto. Una novedad de mi nuevo
apartamento, más espacioso y mejor distribuido, aunque muchas noches, antes de dormir, cuando estoy en silencio acostada sola en mi cama, no puedo evitar pensar
que no sólo dejé atrás un sitio y que, a pesar de disponer ahora de más comodidades, volvería allí sin dudarlo si…
Me detengo a medio desnudarme, porque me he propuesto no acabar ni empezar un pensamiento con ese maldito condicional de lo que pudo ser.
Acabo de quitarme la ropa y la dejo en el suelo, luego la recogeré, y ajusto la temperatura del agua antes de meterme bajo el chorro, a ver si con un poco de suerte la
tensión de estar varias horas de pie se reduce un poco y puedo ejercer de madre con Félix esta tarde y jugar con él antes de acostarlo.
No es fácil mirar hacia otro lado. Yo lo hago, pero eso no quita que sea consciente de que la situación es forzada. Finjo lo mejor que puedo, pero la mayor parte del
tiempo me siento anestesiada, y mi madre es la primera que se ha dado cuenta.
María, mi entrometida hermana mayor a tiempo completo y consejera sentimental a ratos, también se percató de ello, aunque tuvo que morderse la lengua cuando
me presenté en su casa para anunciarle mi brusco cambio de parecer.
Al verme tan decidida, tuvo que cerrar el pico, pero mi decisión partía de la ofuscación, del enfado, y aguanté el tirón hasta que pude llegar aquí e instalarme. Poner
unos kilómetros de distancia no es sinónimo de sentirse a salvo. Es más bien una seguridad psicológica, una especie de efecto placebo que funciona sólo a ratos.
Y de ese modo he pasado el último mes, sobreviviendo. Concentrada en el trabajo. Apenas he llorado; sencillamente sigo adelante con la esperanza de que poco a
poco todo lo que ahora me aflige termine diluyéndose. La teoría es buena, desde luego, aunque me gustaría saber qué fecha marcar en el calendario y así ir descontando
los días que faltan para que empiece a sentirme mejor.
«Por favor, mira que me gusta darle vueltas», me reprendo a mí misma cuando salgo de la ducha, limpia y físicamente agradecida.
Si existiera algún remedio de este tipo para el ánimo…
Me desenredo el pelo despacio, mirándome en el espejo. He adelgazado. Lo que para algunas personas sería un motivo de alegría, para mí no lo es. En mi rostro se
reflejan las noches en vela, aunque hay cosméticos estupendos para disimularlo. ¿Debo ponerme también maquillaje en el corazón? ¿Lo venden en alguna perfumería?
Mi hijo me espera, no tengo tiempo para elucubraciones que no me llevan a ninguna parte, o al menos no a buen puerto. Así que me seco el pelo rápidamente, me
lo recojo con una pinza, me pongo bragas y sujetador, el chándal y arreando.
Me encuentro a Félix delante del televisor y tuerzo el gesto. No me gusta que se pase tanto tiempo ahí plantado y maldigo por enésima vez al que inventó los
canales temáticos para niños; no se imaginan el daño que hacen. Cierto es que ahora hace frío en la calle y no puedo llevarlo al parque a que salte un rato, pero preferiría
que se entretuviera haciendo algo.
Así que voy al salón, me pongo delante de la pantalla y espero su…
—Jo, mamáaa, que estaba viendo «Bob Esponjaaaaaaaaa».
Yo pongo cara de circunstancias. Desearía que alguien dejara a Bob Esponja en el desierto y sin cantimplora, porque mira que es ridículo y cansino.
—¿Por qué no jugamos a algo? —le propongo, porque ahora que mi horario me va a permitir estar con él no voy a desperdiciarlo delante de la tele.
—¿A qué? —replica enfurruñado.
Yo reconozco el diálogo de la tele, por lo que me vuelvo y resoplo.
—Cariño, este episodio lo has visto ya dos veces por lo menos en la última semana —digo para convencerlo.
—Ya lo sé —refunfuña.
—Anda, vamos a tu cuarto y jugamos a lo que tú quieras.
No muy convencido, se levanta del sofá y juntos nos vamos a su habitación. Todavía está un poco desangelada, ya que sólo hemos traído algunas de sus cosas. El
resto está en casa de María, pues tuve que devolverle las llaves al casero cuando me marché y no tuve ganas de recogerlas. Félix saca su juego de bloques gigante y yo
me siento en el suelo con él mientras me explica, a su manera, que quiere hacer un puente muy grande. Observo con una sonrisa en los labios cómo dispone las piezas y
me reprimo las ganas de corregirlo.
Cuando se le cae, lo ayudo y le digo con cariño, ante la poca estabilidad de su construcción:
—Cielo, lo primero es tener una buena base. Pon las piezas más grandes abajo.
Félix me mira con esa cara de «¿de qué hablas?» tan suya, pero después se da cuenta de que su madre la pesada puede tener razón. Arruga un poco la nariz hasta
que llega a la conclusión de que tengo algo más que una pizca de razón.
—Ah, vale —acepta, y se entretiene organizando los bloques.
Yo le voy pasando los de mayor tamaño para que él solo se dé cuenta de cómo colocarlos.
Puede parecer una tontería, pero estar allí con él, sentada en el suelo, con mi ropa más cutre y sin rastro de glamur por ningún lado, me hace sentir muy bien. Son
estos pequeños momentos, quizá tontos, los que me proporcionan las fuerzas necesarias para no derrumbarme.
Miro a Félix, estiro la mano y le revuelvo un poco el pelo. Me lo está poniendo fácil. No hace las preguntas que temo escuchar y que no sabría responder sin
echarme a llorar. Sé que al vivir mi madre en casa, anda emocionado con ver a su abuela y estar con ella.
Es curioso el poder de adaptación de los críos. Ven el lado positivo, no se comen el coco como los adultos, que le buscamos tres pies al gato, que tomamos una
decisión para luego cuestionarla. Nos mortificamos con la parte negativa cuando tenemos muchas otras cosas por las que sonreír.
Tras acostar a mi niño y besuquearlo, obviando sus protestas antes de dormirse, me voy al salón, donde encuentro a mi madre viendo las noticias.
—¿No vas a comer nada? —inquiere, en ese tono de madre preocupada por la malnutrición de sus vástagos. Algo que me hace gracia, pues yo estoy cortada por el
mismo patrón.
—Más tarde, ahora prefiero descansar un poco —respondo, dejándome caer en el sofá y poniendo los pies encima de la mesa.
Por supuesto, mi madre me mira torciendo el gesto, porque eso no se hace, pero yo tengo los pies molidos.
—Bea…
—Necesito estirar las piernas —alego, sintiéndome otra vez una niña pequeña ante la regañina de mi madre.
—Pues al menos pon un cojín o algo debajo, para que no se ensucie el cristal —me pide, y decido obedecer.
En esa postura puedo relajarme. Escucho sin prestar demasiada atención las noticias que dan por la tele y llego a la conclusión de que me resbalan. Ya tengo mis
propios líos como para gastar neuronas con los del resto.
Mi madre apaga la tele cuando acaban las noticias y, sin decir ni pío, sale del salón y regresa cinco minutos después con una bandeja de comida.
—¡Mamá! —protesto.
—Hablas igual que Félix —se burla—. Anda, come.
—Lo hago por no discutir —farfullo, cogiendo un bocadillo y dándole un buen mordisco.
Tiene guasa que yo, una chef, acabe cenando un simple sándwich. Supongo que es un secreto que mi madre sabrá guardar, pienso, dando otro bocado, y otro y otro
hasta que al final lo remato. También se ha acordado de traerme un refresco y doy buena cuenta de él.
—Bea, ¿cuándo vas a dejar de mirar hacia atrás? —me pregunta, dejándome patidifusa, pues ha empleado un tono sereno, casi distraído, aunque yo soy muy
consciente de que sufre al verme así.
—Mamá…
—No utilices ese tono conmigo, que no te estoy obligando a hacer los deberes ni a irte temprano a la cama —me dice, igual que cuando era niña.
Sonrío porque hay cosas que nunca cambian.
—Ya hemos hablado de ello. Sigo adelante.
—A rastras, querrás decir —replica—. Porque a mí me da otra impresión… Intentas mirar hacia otro lado y te crees que funciona, pero no es así.
—Dame tiempo —respondo a la defensiva.
—¿Has escuchado alguna vez la canción Il faut savoir?1
—No la conozco —digo, porque no sé adónde quiere llegar. Bueno, sí lo sé, pero no me apetece llegar a ese punto y admitir ciertas cosas delante de ella.
—Pues escúchala y piensa —me sugiere.
No sé yo si las recomendaciones musicales de mi madre pueden servir de algo, pero cuando ya me he acostado no puedo resistir la tentación de escuchar la canción.
No sé muy bien cómo se escribe el título, pero probando un poco y con la ayuda de san Google termino encontrándola.
El francés no es lo mío, pero voy captando algunas frases demasiado tristes, demasiado desmoralizadoras. Pesimistas.
¿Qué pretende mi madre, que me hunda del todo?
Vuelvo a escucharla…
Una y otra vez…
Dos alternativas: o me hundo para siempre y no levanto cabeza o empiezo a ponerme las pilas.
2
—Cinco pavos a que, al final de la noche, el gordo se folla a la rubia.
Pongo los ojos en blanco —bueno, llevo hora y cuarto poniéndolos—, al escuchar el último comentario de Tito, mi ayudante, que es quien lleva las bandejas a la
sala. No tiene por qué hacerlo, pues no es camarero, pero desde que ha empezado la fiesta está encantado con colaborar, pese a que la organización ya se ha ocupado de
buscar empleados.
No ha ocultado en ningún momento su entusiasmo ante la posibilidad de cotillear a gusto, porque da la impresión de que es la primera vez que se ve inmerso en un
acto de este tipo. En eso estamos empatados, pero yo ni muerta salgo ahí fuera.
Pienso otra vez en las diferentes formas de vengarme de Xavi y de su definición de «evento privado». «Ya le vale, me lo tenía que haber advertido», me digo con
cierto enfado. Yo intuía que tenía amigos especiales, pero no tanto, la verdad. Ahora entiendo lo de «ambiente exclusivo». Y yo, como una ingenua, creí que se trataba de
una reunión de alto copete…
Desde luego, a veces soy un poco incauta.
Nada de poco, muy incauta.
Para Xavi esto debe de ser lo más normal del mundo, pues, según me lo iba explicando, no noté nada raro, aparte de su obsesión por que todo saliera perfecto, pero
como siempre insiste tanto en ese aspecto no me pareció extraño.
¡Y mira lo que pasa por no preguntar!
—No, lo dudo, lleva tanteando media hora y nada —replica Magda, animada a seguir el juego.
A veces creo que entre ambos ha habido algo, pero no tenemos suficiente confianza como para hacernos confidencias, cosa que agradezco, pues a mí no me haría
mucha gracia hablarle a nadie de lo acontecido en mi vida en los últimos meses.
—El pobre —prosigue Magda— no hace más que perseguirla, y ella le da calabazas una y otra vez. Antes, cuando me he asomado, la rubia estaba a puntito de
montárselo con otra mujer.
—¡Seguro! —exclama entonces el camarero, decidido—. Pero a ésa la conozco. No le van las tías, sólo lo hace por jugar y caldear el ambiente.
Habla con tanta seguridad que me sorprende, la verdad, y al verlo tan suelto deduzco que no es nuevo en estos menesteres.
—Dejad de cotillear —los riño en tono amistoso, porque son divertidos y me arrancan unas sonrisas y me hacen más fácil mi día a día.
Aunque no sé si esta noche va a ser demasiado fácil. Vaya fiestecita que tienen montada ahí fuera. Vale, no tengo quince años y sé lo que se cuece. Yo nunca he
estado en una orgía, pero lo que ocurre tras la mampara que separa la zona de servicio de la sala se le parece mucho.
Cuando hemos llegado, todo parecía normal…, un ambiente sofisticado, iluminación suave, música sensual, mesas y lo que en un principio he considerado una
excentricidad: multitud de divanes.
Ahora entiendo la razón, aunque no deja de sorprenderme. Intento concentrarme en lo que tengo entre manos y no en lo que ocurre fuera. Pero los camareros entran
y van describiendo todo lo que ven, y yo no puedo evitar sonrojarme.
—¿Y si abrimos el ventanuco y lo vemos en directo? —propone uno de los camareros, un chaval de veintipocos que se saca un dinero los fines de semana
trabajando en estos saraos.
—Pero ¡¿qué dices?! —exclamo riéndome, mientras niego con la cabeza.
—Oye, Bea, no mientas, sientes tanta curiosidad como los demás —dice Magda divertida, haciéndole ojitos al camarero, que se llama Luis y que comenta:
—Yo llevo viniendo ya cuatro veces y, la verdad, me estoy acostumbrando, porque el primer día… —Hace una pausa, silba y prosigue—: El primer día estuve
empalmado todo el servicio.
Magda y yo nos echamos a reír.
—Ay, pobre… —dice ella, acercándose, y yo intuyo su verdadera intención.
No la culpo, si al final de la noche tiene suerte, eso que se lleva por delante.
—De pobre nada —contesta él divertido—, aunque reconozco que las pasé putas. No es fácil servir una bandeja de canapés cuando dos tías se están comiendo el
coño.
—Qué gráfico —murmuro, porque a mí me cuesta un poco decir esas cosas en voz alta. Sólo me he atrevido con un hombre y…
«¡Para!»
—Ya, bueno, ni te imaginas lo que hacen al final de la noche. No sé para qué se gastan una pasta en aperitivos de lujo, cuando en realidad vienen a follar —
concluye, y agarra una nueva bandeja de tartaletas de salmón marinado que acabo de preparar, con bastante arte, todo sea dicho.
—Cuenta, cuenta… —lo anima Magda, y a mí me gustaría tener unos tapones para los oídos.
Como no quiero que con la tontería la comida acabe en el suelo, le quito la bandeja y él me lo agradece con una sonrisa. Es todo un donjuán.
—Cuando me llamaron por segunda vez no me lo podía creer, ya que en la primera fiesta digamos que no estuve muy fino… —Señala con un gesto divertido su
entrepierna, y a Magda se le ilumina la mirada—. Me extrañó mucho, pero como me viene bien el dinero, acepté sin dudarlo. Así que me propuse hacerlo mejor, aunque
no pude… —Hace una pausa y de ese modo hasta yo, que no quiero saber más detalles, presto atención— porque una de las invitadas se encaprichó de mí.
—No me extraña —susurra Magda a mi lado.
—Me negué, claro, porque este trabajo viene muy bien, sin embargo… ante su insistencia me dije ¡qué cojones, que está bien buena! Y me uní a la fiesta —nos
cuenta Luis, animado.
—Qué suerte —tercia Tito, haciéndonos reír con su tono de envidia.
—Típico de tíos —interviene mi compañera, negando con la cabeza, y yo asiento.
—Eso sí, hay que andarse con ojo…
—¿Y eso? —inquiere mi ayudante, atento a cualquier información útil.
—Hay que dejar muy claro lo que te va y lo que no —prosigue Luis—. Ya me entendéis…
—Yo no —salta Magda, aunque a mí me da la impresión de que lo hace para seguir hablando con él y así de paso escuchar los detalles más morbosos.
Detalles que, por cierto, contados por Luis tienen su gracia. De acuerdo, me reitero en mis preferencias, y a mí eso del sexo en grupo me espanta, pese al dicho de
«Allá donde fueres, haz lo que vieres».
—Verás…, en estos saraos todo está permitido… —Luis nos mira a Magda y a mí, por si debe omitir algún dato, y por último a Tito.
Creo que al estar dos mujeres presentes le da un poco de apuro. Bueno, a mí también, aunque me callo y disimulo.
—¿Todo? —repite Tito, sonriendo de oreja a oreja, incitándolo a continuar.
—Sí —le confirma Luis—. Por eso, y para no llevarte sorpresas… Joder, ya sabes…
—No te sigo…
—Pues que tienes que vigilar un poco tu retaguardia, ¿vale? —dice incómodo, y Tito hace una mueca.
Por supuesto, Magda y yo estallamos en carcajadas.
—Pues yo he oído decir que a muchos tíos les gusta eso —añade ella, ganándose dos miradas masculinas muy peligrosas.
—Será mejor que me lleve esto… —Luis recoge la bandeja y nos deja.
Observo cómo Magda se lo come con los ojos y suspira.
—Se te ve el plumero —canturrea Tito, marchándose también.
Hoy a ése no lo retenemos en la cocina ni con cuerdas.
—Está bien bueno, ¿verdad? —me susurra ella en plan cómplice, y yo asiento—. Es todo un yogurín.
—Y ¿qué vas a hacer? —murmuro, concentrándome en la comida, porque a este paso, con tanta charleta, nos van a llamar la atención.
—No lo sé —responde con carita de pena.
—¿Habéis hablado?
—Sí, hablado sí, y poco más… Espero tener suerte, porque he coincidido con él en varios locales de copas y apenas me mira más allá de lo necesario —se lamenta.
—¿Tiene novia?
—No, creo que no. O al menos no la menciona —añade suspirando.
«Bueno —pienso—, hay muchos que omiten ese dato, así que como no quiero desanimarla, mejor no digo nada.»
—¿Lo invito a salir yo? —me pregunta al cabo de un rato—. ¿Me pongo una camiseta en la que diga «¿Quieres follar conmigo?».
Tuerzo el gesto.
—No hace falta ser tan explícita —contesto, y caigo en la cuenta de que estoy siendo un poco hipócrita.
La chica tiene derecho a hacer lo que le venga en gana, y sólo porque yo esté un pelín susceptible no debo volcarlo en mis comentarios y quitarle la ilusión.
—Pues ya me dirás qué hago…
—Le estás preguntando a la menos indicada —reconozco—. Nunca he sido lo que se dice muy lanzada para estas cosas.
—Ay, mujer, pero algo de experiencia tendrás, digo yo.
—Sí, pero muy poca —admito, y me separo de ella, porque no quiero entrar en detalles.
Tito entra con una bandeja de copas vacías y las empieza a colocar en el lavavajillas sin dejar de sonreír.
—El gordo casi la tiene en el bote —canturrea, y Magda le hace burla—. Y una morena de infarto me ha tirado los tejos.
—¿Nosotras también podemos «intimar» con los invitados? —pregunta Magda, interesada, y yo niego con la cabeza.
No lo sé a ciencia cierta, pero intuyo que el personal no debe mezclarse con los invitados, por mucho que Luis diga lo contrario.
—Ya sabes que sí —nos interrumpe él, sonriendo de oreja a oreja—. Siempre y cuando hayas finalizado tu trabajo y alguno te invite —añade—. Aunque al final de
la noche no hay que esforzarse mucho para mezclarse con ellos.
—Habla la voz de la experiencia, supongo —remato divertida, y Luis asiente sonriendo.
—Pues a lo mejor me animo, mira por dónde…
—Magda… —le advierto, porque, no sé, no me parece bien.
—Yo no me lo pensaría dos veces —la secunda Tito, entrando también sonriente y hasta sonrojado.
Lo de la orgía encubierta ya me tiene

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