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Libro PDF Legendarium VV.AA

Legendarium  VV.AA

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raíz de la dentadura postiza.
—Qué hija más guapa tiene –apuntó, estudiando con los pequeños ojos el anguloso
rostro de la niña, su cabello negro, largo y liso.
—Muchas gracias –dio un leve toque con el dorso de la mano a Elena, y susurró–:
Saluda.
—Oh, no se preocupe –se adelantó la vecina, volviéndose hacia el antiguo
ascensor enrejado–. Bueno, no les molesto más, que tendrán faena.
—¿No le apetece tomar un café? –Haritz alzó el bizcocho hasta la barbilla.
—Otro día lo aceptaré. –Abrió la cabina del aparato, y dijo desde el interior–:
Tengo la comida en el fuego.
—¿Qué clase de educación te he enseñado? –le reprochó el padre a la niña una vez
cerrada la puerta del piso.
—Me ha pillado por sorpresa –se excusó ella–. Daba un poco de repelús, ¿eh?
—Elena –la regañó, camino de la cocina.
—¿No lo has notado?
—¿El qué?
—Cómo me ha mirado. –Se sentó en uno de los dos taburetes de la barra
americana–; y olía raro.
—Era lavanda –respondió él, tomando un cuchillo y hundiendo la punta en el
centro del postre–. A mucha gente mayor le gustan los aromas suaves y naturales.
—Sé cómo huele la lavanda; la abuela tiene los armarios llenos –cogió una miga
desperdigada del primer tajo del bizcocho y se la llevó a la boca–. Y esa vieja
apestaba a algo más fuerte, a rancio.
—¡Qué cabrona es esa tía! –renegó Jessi, sacando un paquete de cigarrillos de la
mochila–. Nos ha cargado bien la semana de deberes.
—Ya te digo. –Elena cogió uno y esperó a que su amiga le diera fuego–. La muy
guarra se ceba de lo lindo. Me molaría ver si ella sabría hacerlos, porque lo único
que hace es copiarlos de los libros.
—Y le pagan por eso. –Soltó una bocanada de humo que ascendió por las
escaleras hasta perderse en la oscuridad, pocos peldaños por encima de ellas–. ¿Has
visto qué guapo está el Luismi? Sería una pasada poder liarse con él.
—Es de segundo. –Elena también dejó escapar el humo. En realidad, no se lo
tragaba; más bien le repugnaba eso de fumar, pero había empezado el primer año de
instituto, y era integrarse o morir con los pardillos.
—¿Y?
—Que es muy grande para ti.
—Sí, claro. Como si meterse la lengua tuviese edad. Elena, eres…
La niña chistó, haciéndola callar. Tenía la cabeza asomada entre los barrotes de la
baranda.
—¡Mierda! –Elena se levantó de un salto. El cigarro se le escapó de los dedos y
voló por el hueco del ascensor, dejando una estela de cenizas y espirales de humo.
—¿Qué pasa? –Se extrañó su amiga, dando una calada, echada hacia atrás sobre un
codo.
—Que está subiendo alguien –susurró–. Tenemos que ir más arriba.
—¿Y?
Elena odiaba aquella afición de Jessi por los monosílabos.
—Que vivo aquí, tengo doce años y estoy fumando. ¿Te sirve? –soltó, cogiendo la
mochila–. Levántate, coño. Tenemos que escondernos.
Jessi le hizo caso y la siguió escaleras arriba con una risita tonta, el pitillo entre
los labios. Elena reprimió el deseo de darle un buen tirón de pelo para ver si seguía
teniendo ganas de reír. El corazón le molestaba en el pecho, tal vez por el esfuerzo,
pero sabía que era por miedo a que su padre se enterara. No era un tipo agresivo,
pero no soportaría verle decepcionado.
El motor del ascensor se accionó, y a Jessi se le escapó un grito ridículo, pero
suficiente para que rebotara por las paredes. La niña se volvió hacia ella y la
recriminó con la mirada, aunque dudaba que la hubiera visto en aquella penumbra.
Las correas y los pesos de la maquinaria eran más sigilosos de lo que podía esperar,
aunque también podía ser aquel pánico a que la pillaran el encargado de reducir el
sonido.
—Me está entrando un poco de cague –avisó Jessi, aferrándose a su brazo.
—Será sólo un momento –trató de tranquilizarla.
—Con un poquito de luz…
Y antes de que acabara la frase, el teléfono móvil que llevaba en la mano iluminó
el pequeño cuarto. Elena se lo iba a quitar de las manos, incluso si era necesario le
sacaría la batería para que dejara de hacer la tonta, hasta que vio su cara, el horror
que perfilaba cada sombra de su expresión.
Entre vigas de acero, telarañas y herramientas olvidadas, una silueta agrietaba la
pared desconchada con trazos de carbón que alargaban su cuerpo delgado hasta
encorvarlo contra el techo, portando lo que bien podía ser un enorme saco decorado
con anzuelos y ganchos que arrastraba por el suelo. Pero lo realmente aterrador era la
cabeza de ojos vacíos y enorme boca de lobo, que aullaba a la nada, y los dedos,
largos y con afiladas cerdas, como un cepillo metálico, que parecían estirarse hacia
ellas.—
¿Va a quedarse mucho tiempo? –preguntó Catalina, removiendo el café con un
suave tintineo.
La anciana, dos días después de obsequiarle aquel delicioso bizcocho, se había
acercado hasta el piso de Haritz y Elena con un pastel de merengue, el cual no parecía
menos apetitoso. El hombre no podía permitir que la mujer volviera a marcharse, con
aquellos buenos gestos que estaba teniendo hacia ellos, y ella no renunció al café que
le ofreció.
—Esa es mi intención –respondió él–. El piso es maravilloso; es muy difícil
encontrar una ganga como esta en un lugar tan bien comunicado. –Se le escapó un
gemido de placer al probar un trocito de tarta–. Y como siga trayendo estas delicias,
le aseguro que de aquí no me mueven ni aunque arda el edificio.
La mujer sonrió, alagada.
—Sí, pero la finca es antigua, y usted es demasiado joven. Se desmoronará el día
menos pensado. Sólo la habitamos viejos que no tardaremos demasiado en mudarnos
a un nicho. –Aproximó la nariz a la taza, pero la retiró al notar que el vapor aún era
demasiado caliente–. Ver a su hija por aquí es como un soplo de vida.
—Gracias. Debo reconocer que es un poco raro que…
—No lo es –corrigió Catalina.
—¿Por qué no? –La observó desde el sillón. Muchas veces, sin darse cuenta de
ello, volvía a su rol de psicólogo y adquiría una pose de piernas y manos cruzadas,
analizando cada palabra y cada expresión.
—¿No lo sabe? –Esperó, y al no ver respuesta, continuó–. Veo que no le han
informado. Es normal, sino no venderían ningún piso.
—¿A qué se refiere? –preguntó como lo haría con cualquiera de sus pacientes.
—Aquí murió alguien. –Se echó hacia adelante, como si no quisiese que nadie más
escuchara.
—En todas las casas muere gente, alguna vez –señaló sin importancia.
—Asesinado. –Consiguió captar su atención–. Como usted, el matrimonio que
vivió anteriormente tenía una hija, una criatura preciosa de diez años, si no recuerdo
mal. Le cortaron el cuello.
—¿A la niña? –El siguiente trozo que comió le supo amargo.
—Sí. Comentaron que la chiquilla veía cosas, creo que fantasmas y esas
paparruchas. Como es normal, sus padres pensaron que eran producto de la
imaginación de la criatura. Hasta que llegó aquella noche –dio un pequeño sorbo a la
taza para aclararse la garganta–. Yo sólo me enteré del alboroto que hizo la policía al
entrar en el bloque.
—¿Fueron los padres? –preguntó él, frotándose la yema de los dedos.
—No lo sé –Catalina negó con la cabeza–. No los encontraron nunca, ni a ellos ni
a la niña. Sólo un montón de sangre en su habitación.
—Entonces, ¿cómo puede saber que le cortaron el cuello?
—Porque le sucedió lo mismo que a los otros –respondió, apurando la taza y
sirviéndose otra con dos terrones de azúcar moreno.
—¿Cómo que «los otros»? –Haritz había perdido totalmente el apetito. Ahora la
tarta con sus montes de merengue más bien le daba asco.
—Todos los niños que han vivido en este edificio, durante generaciones, han
perdido la vida, incluso antes de que se construyera, cuando había sólo una casa, hace
ya unos siglos. –Cortó una porción de tarta y la colocó, con ayuda del cuchillo, en su
plato–. Al primer niño, la primera víctima, dos mujeres le engañaron con darle unas
monedas para que saliera al patio, y allí le cortaron el gaznate, llevándose el cadáver.
—¿Para qué? –Quiso saber el hombre con la garganta cada vez más seca.
—¿Para qué va a ser? –Se indignó ella como si fuese tonto–. Para venderlo a los
brujos. Del cuerpo de un infante se saca mucho dinero: grasa, sangre, vísceras,
huesos… Toda clase de materiales para crear brebajes y potingues. Y los hechiceros
más poderosos provenían del Born, de la escuela de La Seca, la reina de las brujas de
Barcelona, la más amada por el diablo, la apodada por todos como La Madre Oscura.
—Es imposible –rechazó él, negando con la cabeza.
—No lo es, por eso siguen los asesinatos. Quien los empezó continúa con su tarea,
porque los brujos no han dejado de existir. Por si acaso –mordió el dulce, y prosiguió
con la boca llena–, vigile la cama de Elena.
—La cama –repitió Haritz, entornando los ojos. Aquella mujer no regía bien.
—El rastro de la sangre de los niños siempre se perdía bajo sus camas.
Elena se cansó de esperar que bajara el ascensor. Aquel viejo trasto –viejo como el
edificio entero y sus inquilinos– no se había movido de la tercera planta, y tendría que
subir hasta la quinta. ¿Quién le mandaría a su padre comprar el último piso en un
lugar como aquel? Cargó la mochila a la espalda y comenzó a ascender, protestando
en voz baja. No sabía si era mejor soportar todo el follón de una nueva mudanza o
tener que quedarse allí para siempre. A lo mejor se le pegaba algo de la señora que
les llevaba postres «¿Cómo se llama? ¿Carmen? ¿Cándida?»–. Se veía con quince
años y la cabeza cubierta de rulos, una horrenda bata de los chinos y frotándose el
cuerpo entero con lavanda para quitarse el olor a jamón pasado. Hasta podía bajar a
comprar el pan así; cómodo debía de ser no tener que cambiarse de ropa. O que se lo
preguntaran a la vieja, que se la había encontrado tres veces y siempre llevaba la
misma bata y zapatillas. Ah, y los rulos en el pelo, que a aquellas alturas debía de
estar acartonado.
—¡Coño, qué susto! –Se llevó la mano al pecho.
En el descansillo, entre la primera y la segunda planta, había una niña más pequeña
que ella, dos o tres años, no más. Vestía un anticuado uniforme escolar de falda a
cuadros verdes y negros, y camisa blanca con los bajos metidos por la cintura de esta.
El pelo castaño largo le hacía sombra en media cara.
—Hola –saludó Elena, reponiéndose del sobresalto.
La pequeña no respondió. Comenzó a caminar hacia ella, de una manera extraña,
como si temblase, algo arqueada. Y lo más extraño, chasqueó los dedos con la mano
en alto, canturreando.
¿Qui dorm sota el teu llit? El Peladits, el Peladits1… fue lo que pudo entender
Elena, y le costó. La voz era cascada, seca, demasiado. También consiguió ver
aquella parte del rostro que no cubría el cabello: la piel blanca y terrosa, como la
voz, como la cal que se acumulaba en las lavadoras, la sonrisa amplia y prieta, y el
ojo clavado al suelo, como ido. Continuó con su cantinela escaleras abajo, con
aquella inquietante convulsión en cada paso.
«Qué simpática de mierda», renegó mentalmente, retomando el ascenso hacia el
piso. Aquella niña debía de padecer un retardo. ¿Quién si no se ponía a cantar así
porque sí, y una canción que sonaba a párvulos?
Abrió la puerta, dejó las llaves en un cuenco de la mesa del recibidor y fue a
saludar a su padre. La luz que este había instalado sobre la entrada del despacho
estaba encendida. La dañina luz roja de la bombilla destellaba por todo el pasillo
como en una casa de putas. Estaba con algún paciente.
—Quite ese cuadro de ahí –ordenó Marcelí Penya, removiendo su amplio trasero
en el diván, obligando a que el cuero protestara.
—Primero dígame qué le molesta –instó Haritz, haciendo anotaciones en un
cuaderno de cubiertas granates–. Lo ha visto decenas de ocasiones y nunca ha dicho
nada. ¿Cuándo ha vuelto la ansiedad?
—¡Qué ansiedad ni que tres cuernos! –Trató de incorporarse, pero el peso de su
barriga se lo impidió–. ¡Quite ese cuadro o lo haré yo!
—Dígame qué le molesta, sólo eso –insistió.
—Un cuadro de locos en un sitio donde usted nos considera locos.–Entre los
pliegues del cuello asomó una vena, un gusano que luchaba por moverse bajo capas
de grasa–. Es ofensivo.
—No quiero insinuar nada con este; sólo es un cuadro que me gusta…
—¡Que lo quites de una puta vez! –berreó, liberando una salva de perdigones, que
regreso a la cara enrojecida–. ¡No quiero que me miren más!
«¿Paranoia?», dudó el doctor, levantándose. Penya sólo presentaba brotes de
ansiedad que controlaba cada día con más facilidad gracias a unos ejercicios de
respiración. Pero ese día estaba descontrolado; en más de un año que llevaba
tratándolo, jamás había tenido un brote tan violento, ni siquiera al principio, y menos
aún alucinaciones.
—¡No lo soporto más! –rodó hacia la derecha.
El batacazo contra el suelo fue brutal. Haritz se agachó y le agarró por el brazo. Le
palpitaron las sienes al ver la sangre. El paciente levantó la cabeza, aturdido, la nariz
rota. Aún así, no pareció darse cuenta del golpe; permanecía con la vista clavada en
el cuadro, los ojos desorbitados y la boca balbuceante.
—Quema a ese monstruo de ojos blancos –farfulló, apoyándose en el diván,
logrando erguirse. Se tambaleó hacia atrás, temiendo el doctor que todo el peso
pudiera caer sobre él.
—Vuelva a estirarse –trató de tranquilizarle, poniendo la mano sobre el pecho de
Marcelí. El corazón de este estaba descontrolado y, lo peor, las pulsaciones tenían
saltos irregulares–. Llamaré a una ambulancia.
El hombre se zafó de un empujón y corrió fuera del despacho, chocando contra el
marco de la puerta, a punto de ser derribado.
—¡Queme al monstruo de garras negras! –exclamó con un sonsonete agudo,
ahogado, alcanzando la salida. Los gritos siguieron hasta después de abandonar el
edificio.
Haritz se quedó inmovilizado, contemplando la sangre que absorbía la alfombra
con glotonería. No le preocupaba una posible denuncia; no se le había pasado por la
cabeza. Penya había recaído hasta degenerar a un estado cercano a la esquizofrenia.
Hacía menos de diez minutos le había saludado afablemente, como siempre,
preguntado por Elena, se estiró en el diván y, sin más, estalló.
Estudió el cuadro, los cuerpos desnudos apiñados en aquella celda claustrofóbica
de escasa luz. ¿Quién le observaba? ¿El salvaje emplumado, el Papa estirado
lanzando su bendición? Entonces creyó descubrirlo. Tomó una pequeña lupa del
escritorio y pasó la lente por detrás del bárbaro. Allí había un hombre encapuchado,
un fraile seguramente, con ojos brillantemente blancos, cabizbajo. Pero siempre había
estado allí, aún sin haberse fijado en aquel detalle, aunque, ¿desde cuándo sus manos
se habían vuelto negras?
El Peladits… El Peladits…
Elena se revolvió en la cama. Aún era de noche. Estiró el brazo hacia la mesilla.
Alcanzó el móvil. Las cuatro y treinta y siete de la madrugada; soltó un suspiro de
placer, estirando las piernas y tirando el nórdico hasta la barbilla. Un extraño olor le
produjo picazón en la nariz, a lavanda y a rancio, como la vieja de abajo. Se rascó
con la manga del pijama, y se quedó con el brazo ahí, inmóvil.
La luz blanquecina del teléfono iluminaba la habitación lo suficiente para ver la
sombra pegada al lado izquierdo de la cama. Las pulsaciones se le instalaron en los
oídos y el cuello, impidiéndole pensar, pero logró reconocerla. Era la niña que había
encontrado en el rellano, la retrasada. Aquel ojo tocado la escrutaba a la altura de su
rostro, como el otro, con la comisura rajada en un arco ascendente, descubriendo el
hueso grisáceo en la lobreguez, como la sonrisa, que se ampliaba más en ese lado
gracias a otro corte que le mostraba el final de la quijada.
La respiración de Elena se aceleró hasta hacerse irremediablemente ruidosa. No
sabía si era peor que la pantalla se apagara o continuara encendida, pero no quería
verla. Aún así, su cerebro le indicaba que no cerrara los ojos ni permitiera que la
oscuridad la invadiera. No consiguió moverse ni para apartar la colcha; el miedo era
el elemento más pesado del universo.
De repente, la niña chasqueó los dedos, moviendo la cabeza de un lado a otro, y
empezó a cantar:
Qui dorm sota el teu llit?
El Peladits, el Peladits.
Vindrà a buscar-te per la nit,
i amb les seves garres et deixarà buit.
Amb els teus intestins farà galetes,
i farà sopa amb les teves manetes.
Quan només quedin els ossos,
et donarà de menjar als gossos.
Qui dorm sota el teu llit?
El Peladits, el Peladits.2
Elena apretaba el nórdico con tanta fuerza que sus uñas rasgaron la funda azul.
¿Cómo había entrado en su casa? «Puede estar donde quiera. Mírale el cuello», dijo
una voz dentro de su cabeza, igual de terrosa que la de aquella criatura que había
dejado de cantar.
A la cría, o lo que fuera aquello que estaba plantado junto a su cama, sonriente y
chasqueando los dedos sin melodía, le faltaba una tira de carne de un lado a otro.
—Ahora puedes gritar –le susurró la aparición.
La pantalla del móvil se apagó, y el alarido que salió de Elena fue tan potente que
le hizo daño.
Haritz cruzó la puerta en segundos. La luz del techo se tragó al espectro.
—¡La muerta! –sollozó ella antes de que el hombre preguntara nada, liberándose
de las cadenas que la unían al catre, y abrazándose a él–. ¡Dónde está!
—Tranquilízate, cariño –le acarició el cabello.
—¡No puedo! –No perdió de vista cada punto de la habitación sin bajar de la cama
ni soltar el brazo de su padre–. ¡La he visto!
—¿A quién has visto?
—¡A la muerta! ¡No me escuchas!
—Sí lo hago. –Sentado al borde del colchón, le hizo un gesto a su hija para que lo
imitara–. A ver, explícame de qué va todo esto, pero sin gritar.
Elena trató de recuperar el aliento, pero le era difícil; tenía aquel rostro
desfigurado a cortes y la canción bailando en su cerebro.
—Esta tarde… –cerró los ojos, llevándose la mano al pecho, respiró hondo y
continuó– me encontré con una niña en la escalera. No me parecieron normales las
cosas que hacía, pero no le hice caso –frunció lo labios con un temblor nervioso,
próximo al llanto–. Pero… ¡Estaba aquí! ¡Le habían cortado el cuello!
—Espera un momento –se frotó la barbilla con los dedos, volviéndose hacia ella–.
Has hablado con Catalina.
—¿La vieja de abajo? –preguntó sorprendida–. ¡Sabes que me da grima! ¿De qué
voy a hablar con ella?
Haritz retiró las sábanas para que volviera a acostarse, sin lograr que ella le
soltara el brazo.
—Ha sido sólo una pesadilla –aseguró, dándole un beso en la frente.
—¿Qué haces? –rezongó, perpleja–. ¿Me vas a dejar sola?
—¿Eres mayorcita para chatear con amiguitos, pero no para dormir sola después
de una pesadilla? –se mofó, tapándola. Le dio otro beso–. Deja la luz encendida, si
vas a estar más cómoda.
—Pero…
No pudo continuar la frase. Su padre había abandonado la habitación casi tan
rápido como había llegado, y el miedo regresó con el mismo malestar. Podía sentirlo
reptando por la cama como una mano que se colaría por debajo del cobertor para
atraparle el tobillo. Tiró de la sábana y se cubrió la cabeza, asustada por si veía el
ojo rasgado de la niña muerta a través de la puerta entornada, chasqueando los dedos
y entonando aquella horrible cantinela.
944 resultados. Ésa fue la respuesta de Google al buscar la palabra Peladits.
Después de un cuarto de hora desquiciante en el que las sábanas parecían apresarle
mientras esperaba otra serenata de aquella maldita cría, que volvería a salir a escena
al menor descuido, agarró el portátil de encima de la mesita y comenzó a hacer sus
indagaciones.
Abrió el quinto enlace, y leyó.
Peladits: versión catalana de El Coco o El hombre del Saco. Criatura alta y
raquítica, negra como el carbón, con rasgos similares al lobo, como el hocico y
la cola, pero con largos dedos finalizados en ganchos. Porta un saco del que
cuelgan navajas y otros utensilios, y con el que se lleva a los niños que
secuestra. Es famoso por bañar a estos en ollas de lejía hirviente y frotarlos con
cal, tras continuar con toda una serie de torturas inimaginables.
A la definición, le acompañaba un dibujo.
—¡Papá! –llamó sin levantarse de la cama.
—¿Se puede saber qué hacías aquí arriba, y con Jessi? –le interrogó su padre al
llegar al cuarto donde se alojaba el motor del ascensor.
Elena le había enseñado el dibujo que aparecía en el ordenador, explicado lo que
decía la canción de la aparecida, y obligado a salir de casa, en pijama y zapatillas.
—Nada –respondió rápidamente, evadiéndose–. Enciende la linterna.
El haz de luz recorrió el suelo polvoriento.
—No sé quién será el presidente de la comunidad, pero habría que informarle que
este sitio necesita una limpieza urgente.
—Papá, céntrate –increpó ella–. Apunta allí.
Haritz dirigió la linterna donde ella le indicó. Elena dejó escapar un grito
entrecortado.
—¡Ssshhhh! –chistó el hombre–. Vas a despertar a alguien.
El dibujo a carbón de la pared había cambiado. Igual de alto y delgado, igual de
fosco, pero estaba de frente, con la boca abierta, los dientes desiguales como los de
una sierra vieja, y la garra dirigida hacia ella, esperándola.
—¡Era como este! ¡Lo juro! –Volvió a mostrarle el que aparecía en pantalla–. ¡Se
ha movido!
—A ver, Elena –masajeó los párpados con los dedos–. Es solo un dibujo. Algún
niño bromista lo habrá hecho.
—No hay niños aquí –apostilló.
—Entonces, será cosa de Jessica. –La rodeó con los brazos y volvieron hacia la
escalera–. No me gusta mucho esa amiga tuya.
Haritz retomó el informe de Martí Penya. El sueño se había ido a la mierda en algún
momento entre la pesadilla de Elena y el dibujo (garabato infantil, si se estudiaba con
ojo crítico) de la última planta. Era increíble hasta dónde podía llegar la imaginación
preadolescente. Abrió la carpeta y tomó la última hoja. «Paranoia», anotó con letras
mayúsculas y rojas. Aquel hombre siempre mostraba una desconfianza extrema, hacia
todo…
Levantó la cabeza del escritorio. Una mota negra se había desplazado por el
cuadro de Goya. «Vaya día… –pensó, masajeándose el cuello–. La ida de cabeza de
Penya, los fantasmas de Elena, y yo me sorprendo por una mosca. Tendré que pedir
hora con la enfermera para que me inyecte una vacuna antilocura». La partícula en la
pintura se volvió a mover y desapareció. Buscó el vuelo del insecto, su zumbido
pasando cerca. Nada. «Debo de estar perdiendo la cabeza», negó, levantándose del
sillón hacia el diván. Lo miró bien. Estaba como siempre: el Papa estirado, el salvaje
con su arco, la mujer desnuda de espaldas… «No puede ser». Retrocedió hacia el
escritorio a por la lupa y se subió al mueble, plantándola todo lo cerca que pudo. El
hábito del fraile yacía en una maraña en el suelo, vacío. La figura de ojos blancos que
lo llenaba se había volatilizado.
Gritos, ¡de Elena!
El hombre salió corriendo, la tensión forzándole la mandíbula hasta provocar
punzadas en la cabeza. Empujó la puerta del dormitorio. El pomo golpeó la pared,
desgarrando el papel crema. La lámpara de noche permanecía en el suelo con la tulipa
rota, como una persona a la que le habían volado la cabeza en decenas de partículas.
La colcha nórdica y las sábanas aún volaban hacia una de las esquinas de la
habitación. Y, al lado de estas, regueros de un líquido oscuro salpicaban la pared
como si hubieran dado un brochazo a distancia, y se perdían debajo de la cama.
La visión de la sangre bloqueó a Haritz, al igual que el incidente con Penya. Los
trazos escarlata eran como serpientes despellejadas, y las gotas, mariquitas que se
intensificaban en la palidez de su visión, que perdía el color para sólo permanecer
estas. El tiempo se ralentizó, el dolor de cabeza se convirtió en un martilleo donde
podía escuchar a los glóbulos rojos entrechocar, dispuestos a producirle una embolia.
Apretó aún más los dientes, liberándose de aquel estado pseudocatatónico, y volcó
la cama sin percatarse del chasquido de las vértebras lumbares. La visión volvió a
nublarse unas milésimas de segundo. Cuatro baldosas habían sido arrancadas del
suelo y permanecían en el piso de abajo, en una amalgama de yeso, cemento y metal,
con más salpicaduras. En un breve momento de lucidez, recordó la linterna con la que
había iluminado al tosco dibujo de arriba, la fue a buscar al despacho, y volvió para
descolgarse por el agujero.
Los tobillos se resintieron al trastabillar en los escombros. Virutas de cemento se
colaron en las zapatillas y se incrustaron en los calcetines. El foco de la linterna
rebotó en las espesas cortinas de telaraña que daban a la estancia una claridad
polvorienta. Desesperado, dio vueltas sobre sí mismo buscando por dónde había
pasado su hija. El tejido pegajoso permanecía intacto; la sangre no había abandonado
el dormitorio de Elena, excepto por las gotas que pisaba. Optó por guiarse por la
distribución de su propio piso, hundiendo la mano como si traspasara algodón de
azúcar hasta palpar el tirador de la puerta, que se abrió con un crujido, como si los
años de mugre la hubieran clavado al marco.
El pasillo siguiente estaba limpio de telarañas. Clavos devorados por una pátina
marrón y negra cubrían las paredes, colgando de estos sierras de dientes gastados,
cuchillos con las hojas melladas, y ganchos de carnicero de tonalidades oxidadas. La
primera sensación que tuvo fue que el corredor se plegaría sobre él, como una
cucaracha atrapada en una caja. Mareado, giró el pomo de la primera puerta que
encontró, igualmente pintada de roña. Cerrada. Con la segunda no tuvo mejor suerte.
La peste le echó hacia atrás al ceder la tercera, un olor pasado, macerado por el
calor. Cubriéndose la boca y la nariz con el brazo, alumbró el interior.
Dos pares de barras de madera atravesaban el cuarto, uno a lo ancho y otro a lo
largo, a dos metros del suelo. Al principio creyó que lo que colgaban de estas eran
viejas prendas, hasta fijarse en la percha más cercana. Chaleco verde sobre camisa
blanca y pantalones de franela, perfectamente planchados, así como los pies descalzos
que continuaban por los bajos, como cosidos a estos, y las manos por los puños de las
mangas, y la cabeza por el cuello, con su barba de pocos días, las cuencas vacías, y el
gancho de metal de la percha saliendo por la boca. Era un pellejo, como los otros que
colgaban a continuación.
Haritz se apartó de un salto, doblado sobre su vientre, tratando de respirar como
había enseñado a sus pacientes para controlar los ataques de ansiedad. La acidez
chapoteaba en su estómago, pero sin amenazar con una salida inminente. Llamó a su
hija, pero en lugar de su nombre, expulsó una espesa bola de saliva. Tambaleante,
alcanzó la salida de aquel piso y lo abandonó en busca de aire limpio.
La atmósfera en el rellano de la cuarta planta no mejoró. En realidad, era más
opresiva, enrarecida como si el edificio llevase años cerrado. Y ese era su aspecto en
la oscuridad. La reja del ascensor consumida por la herrumbre, con los cables de
acero pelados por los años, y, posiblemente, la cabina estampada en la caja de la
planta baja. El moho negro unía las baldosas del suelo, cubierto por pintura que se
desconchaba del techo y de la pared en la que se apoyaba como una llovizna de
diminutas partículas blancas…
La franja de luz se colaba por la puerta entreabierta del piso de enfrente, junto una
voz tarareando una canción, le sacó del estupor. «Elena tiene que estar ahí. No pueden
haberla llevado más lejos», trató de convencerse. Dio unos pasos, y hasta ese mismo
instante no se dio cuenta de cuánto le pesaban las piernas y lo agotado que sentía todo
su cuerpo. Empujó la puerta con los dedos y empuñó la linterna como si fuese un
garrote.
La vivienda, a diferencia de lo que había visto hasta llegar allí, estaba impoluta,
pero continuaba dando esa sensación de suciedad, posiblemente por las ardillas que
colgaban del techo, atadas por la cola, pendiendo resecas hasta rozarle la cabeza con
las patas. Centenares de retratos decoraban las paredes del pasillo, algunos de
aspecto muy antiguo, y fotografías recientes a medida que se adentraba en la casa –
evitando el contacto con los animalejos muertos–, todas de niños y niñas sonrientes
que no sobrepasaban la edad de su hija. Quien cantaba, estaba en la otra punta del
piso.
Un brote de tos le abordó al acercarse a la cocina, tras la puerta más cercana.
Trató de enmudecerla con la mano, pero sólo consiguió agudizarla. El vapor aséptico
que la envolvía le lamió los ojos y abrasó su garganta. El escalofrío que llegó a
continuación lo dejó clavado. No existía horno, ni encimera, ni fogones, ni nevera.
Sólo una pira de fuego que nacía de un hueco hecho en el suelo, rodeado de piedras
romas pintadas de ceniza, y sobre esta, un caldero que le llegaba hasta el pecho, y
unas estanterías llenas de frascos de hiervas y fluidos que deseaba no reconocer.
Tragó saliva, y tuvo que escupirla; aquel sabor a estéril le amargaba la boca. La lejía
bullía en su interior, devorando el poco oxígeno que podía quedarle, revolviendo los
mechones de cabello que flotaban entre las burbujas.
—¡Elena! –logró balbucear, con los ojos abrasados por el calor, la garganta en
carne viva, quemándose dos dedos al intentar meterlos en el líquido.
—¡Qué alegría! –pronunció alguien–. ¡Un invitado!
Haritz dio un respingo, y le siguió otro cuando su espalda notó el calor del hierro
candente de la olla, listo para pegarse a la piel.
Catalina le sonreía desde la puerta. No tenía nada diferente –la misma bata, las
mismas zapatillas, y los mismos rulos con la redecilla–, pero tenía un toque sucio
similar al que había notado en el piso al entrar. Eran sus ojos, la negrura que
impregnaba las comisuras, y la que brotaba de las encías.
—¿Buscas a Elenita? –le preguntó sin perder la sonrisa–. Ahora es mía. –Señaló el
caldero–. Estoy preparándola para mis comensales. ¿Te gustaría apuntarte?
La anciana, junto con la puerta, pareció alejarse decenas de metros, a la vez que él
empequeñecía. La acidez del estómago se intensificó, pero la abrasión que comenzaba
a llenar su boca con un sabor a sangre le negó la posibilidad de vomitar.
—Niños –masculló, forzando las cuerdas, escupiendo una flema sanguinolenta.
—No te esfuerces. –La vieja se acercó hacia él, que se estremeció pensando que le
tocaría–. La lejía es muy puta.
Escogió un cucharón de un estante, lo introdujo en la olla y sorbió el líquido,
relamiéndose.
—Me gusta guardar un recuerdo de todos los que han acabado en mi tina. Podría
guardar su pelo, los dientes. –Ensanchó la sonrisa–. Pero prefiero un momento de su
felicidad.
Maullidos. Sobre la repisa más alta, un gato, calvo y tumoroso, con escasos
mechones de pelo gris moteándole el cuerpo, esquivó los botes.
—La gran suerte –continuó ella– es haber atrapado a tu niñita a tiempo. Los bebés
y las que están a escasos días de convertirse en mujercitas, son los mejores.
El animal se volvió, asomando el trasero deforme. Un cagarro espeso y pesado
entró directo en la olla.
La furia se apoderó del hombre. Del mismo lugar donde la bruja había cogido el
cucharón, tomó un cuchillo largo y lo dirigió hacia la barbilla de esta. La hoja
atravesó la papada y el cráneo como si fuese manteca. Esperó convulsiones,
gruñidos… La vieja no hizo nada, excepto continuar sonriendo. Un hilo oscuro brotó
de la herida de entrada. Sangre… No, era un garabato, seguido de otro, y de otro más,
como si un niño se dedicara a pintar el aire con trazos rápidos y violentos. Catalina
salió despedida hacia la pared, arrancando una de las estanterías de las escuadras que
la sostenían. Los rayones abandonaban el cuerpo, que se desinflaba como un globo, y
se pegaban a la pared como tiras imantadas, creando una figura alta y muy delgada, de
dedos largos cubiertos de cerdas, como cepillos de acero, y una larga cola que
agitaba, haciendo saltar la pintura naranja.
—¡Papá!
Haritz se volvió hacia la voz. ¡Era Elena!
—¡Papá! ¡Estoy abajo! ¡Ayúdame!
El hombre, aturdido por el vapor de la lejía, abandonó la cocina hacia la salida,
dejando al monstruo en la pared, con la quijada a medio componer, y los restos de
Catalina arrugados como una pila de ropa. Todo se había vuelto borroso; la irritación
de los ojos se intensificó con la luz del pasillo. Los retratos eran óvalos dorados que
ondeaban en muros sin final. «Ya voy, cariño», quiso decir, pero su garganta solo
producía susurros roncos.
Alcanzó las escaleras. Se aferró a la baranda y descendió todo lo rápido que sus
piernas temblorosas le permitieron, con su hija llamándole metros abajo, y la bestia
aullando desde algún punto del edificio, arriba.
Una hondonada de felicidad, similar a una bocanada de aire fresco, se instaló en el
pecho. Elena estaba allí, acurrucada junto a la puerta de entrada a la finca, por donde
los primeros vestigios del amanecer atravesaban los vidrios opacos. Se lanzó hacia
ella, arrastrándose, y la abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro gemebundo
contra su pecho. Percibió el corte en la muñeca de la niña y la calidez espesa de la
sangre con los dedos. Apenas lograba distinguir un solo rasgo de la cara, pero
acarició el cabello arrebatado de raíz, los surcos levantados en la carne.
—Me los arrancó esa vieja –sollozó.
El padre tuvo que hacer un gran esfuerzo para incorporarse, y aún más para cogerla
en brazos. Temiendo que las piernas volvieran a ceder, salieron al exterior, dejando
atrás los ladridos de aquella criatura.
El estremecimiento de su cuerpo se intensificó en el asiento trasero del taxi.
Obligando la voz, consiguió indicarle al taxista que los llevara al hospital más
cercano. Había prometido a Elena que no volverían a mudarse, que aquel piso le daba
buenas vibraciones… Maldecía aquel día, y al cabrón de la inmobiliaria que casi
logra que perdiera a su hija.
—¿Has dicho algo, cariño? –susurró Haritz, girándose hacia ella. Cada palabra era
como una puñalada.
Elena tarareaba algo, pero no distinguía el qué. Vio que levantaba la mano
lentamente y chasqueaba los dedos, al tiempo que movía la cabeza de un lado para
otro. No sonaba ninguna sintonía en la radio del coche.
—¿Qui dorm sota el teu llit? –comenzó a entonar la cría.
—¿Qué cantas? –Un miedo irracional se originó en el vientre.
—El Peladits, el Peladits –continuó, meneando más rápidamente la cabeza.
—No cantes eso. –Se sorprendió el padre por la voz temblorosa, pero cada vez
más potente.
—Vindrà a buscar-te per la nit…
—¡Te he dicho que no cantes! –La zarandeó por los brazos.
La visión borrosa se volvió lo suficientemente nítida para distinguir la sonrisa y
los ojos desquiciados de la niña, que no reconocía.
—I amb les seves garres et deixarà buit.
El conductor del taxi agarró el micrófono de la radio, aterrado, sin poder dejar de
mirar la escena que sucedía en la parte de atrás por el retrovisor. Agradecía tener la
pantalla de metacrilato que lo separaba de aquel hombre.
—¿Central? –contestaron por el aparato.
—¡3587! ¡Llamad a la policía! ¡Que vengan al tres de la calle Mestres Casals i
Martorell! ¡Tengo a un loco en el auto! –gritó–. ¡Está cubierto de sangre! ¡Joder, está
regañando a una niña que está muerta!
¿Qui dorm sota el teu llit? El Peladits, el Peladits…
1 ¿Quién duerme bajo tu cama? El Peladedos, el Peladedos… (Traducción del catalán).
2 ¿Quién duerme bajo tu cama? / El Peladedos, el Peladedos. / Vendrá a buscarte por la noche, / y con sus garras te
dejará vacío. / Con tus intestinos hará galletas, / y hará sopa con tus manitas. / Cuando sólo queden los huesos, / te
dará de comer a los perros. / ¿Quién duerme bajo tu cama? / El Peladedos, el Peladedos.
BARCELONA SE CONOCE por haber alojado una amplia estirpe de sacamantecas (un ejemplo, el de
Enriqueta Martí, la vampira del carrer Ponent). En ¿Quién duerme bajo tu cama?, se aúnan dos de estas
historias: la primera, la del Peladits, una versión del popular Coco, quien cuece a los niños en calderas
repletas de lejía y los raspa con cal viva, para continuar con toda una serie de dolorosas torturas; y la
segunda, la leyenda de La Casa del Degollado, en la calle Claveguera

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