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Libro PDF Lejos de algún lugar – Jonatan Bosque

Lejos de algún lugar – Jonatan Bosque

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1.ª edición: marzo 2016
© Jonatan Bosque, 2016
http://www.JonatanBosque.com
© Derechos de edición reservados.
Editorial Círculo Rojo.
http://www.editorialcirculorojo.com
info@editorialcirculorojo.com
Colección: © Relatos
Edición: Editorial Círculo Rojo
Maquetación: © Jonatan Bosque
Fotografía de cubierta: © alphaspirit/iStockPhoto
Diseño de portada: © Jonatan Bosque
Producido por: Editorial Círculo Rojo.
ISBN: 978-84-9126-583-2
DEPÓSITO LEGAL: AL -395-2016
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de
cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida
en manera alguna y por ningún medio, ya sea electrónico,
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fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor. Todos
los derechos reservados. Editorial Círculo Rojo no tiene por
qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el
texto de la publicación, recordando siempre que la obra que
tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un
ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y
subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución,
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IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
A ti. Siempre a ti.
I. R. C.†
ÍNDICE
Prefacio 9
EL PEQUEÑO DEMIEN 15
PRÓXIMA ESTACIÓN: FELICIDAD 49
EL FOTÓGRAFO QUE PERDIÓ SU OBJETIVO 63
INCORRESPONDENCIA 93
DETALLES 125
Agradecimientos 163
PREFACIO
Kafka calificó un puñado de relatos
suyos como «dignos de publicarse». En
ellos estaba incluído el más famoso de
todos: La metamorfosis, en el que nos
contaba la historia de un hombre recién
convertido en cucaracha.
Oscar Wilde, poeta y dramaturgo,
creador de las obras de teatro más
irónicas y brillantes de la literatura,
comenzó escribiendo cuentos como El
crimen de lord Arthur Saville y El
fantasma de Canterville al más puro
estilo británico de la época (1887), para
después sorprender al mundo con otros
más universales como El Príncipe Feliz
o El Gigante egoísta.
Edgar Allan Poe, Anton Chejov, Jorge
Luís Borges, Julio Cortázar, Roberto
Bolaño, E. T. A. Hoffmann, Raymond
Carver, James Joyce, John Cheever, Ray
Bradbury, Robert Grapes, o Alice
Munro, a quien en 2013 le fue otorgado
el Premio Nobel de Literatura han sido,
son y serán mis cuentistas favoritos.
Autores de todos los tiempos
terminaron alguna vez abriendo el cajón
en que todo escritor cierra con llave sus
obras descartadas. Ya fuera para
iniciarse y darse a conocer en el mundo
de la literatura de ficción, cumplir con
el compromiso hacia sus lectores
durante sus periodos de sequía creativa,
o como colofón de su obra.
La publicación de relatos cortos ha
experimentado un agradable aumento en
los últimos años. Muchos autores,
consagrados y noveles —entre los que
me incluyo—, ven interesante la apuesta
por este tipo de narraciones,
aprovechando la tendencia editorial de
hacer asequibles historias de menor
longitud a lectores con cada vez menos
tiempo libre. El auge de las tecnologías,
el tiempo que invertimos en redes
sociales y otros factores como el
trabajo, hacen hoy más difícil terminar
leyendo una novela de trescientas,
quinientas o seiscientas páginas.
Lejos de Algún Lugar es mi humilde
aportación a este género de ficción con
el que me estreno, en el que encontrarás
guiños a autores y obras que me han
influído y formado como contador de
historias.
En ellas propongo una premeditada
mezcla entre ficción y realidad,
valiéndome para ello de episodios de la
historia de la humanidad: la llamada
Revolución de Terciopelo en República
Checa, el golpe de estado de Tejero el
23-F, la guerra de Bosnia, o los
movimientos independentistas catalanes.
Todos ellos sirven de trasfondo para
que mis personajes se desarrollen en
atmósferas más creíbles y doblemente
dramáticas.
Como siempre digo, el éxito de la
película Titanic (1997) habría sido
menor si la historia no hubiese estado
basada en hechos reales. Si Kate
Winslet y Leonardo DiCaprio se
hubieran enamorado y hundido en un
barco imaginario, el guión y dirección
de James Cameron, así como todo el
coste de producción (200 millones de
dólares) habrían sido insuficientes para
evitar el naufragio de la cinta en
taquilla. Sin embargo, de los 14 Premios
Oscar a los que optaba, terminó
haciéndose con 11. Entre ellos, al de
Mejor Película, Mejor Director, Mejor
Diseño de Vestuario, Mejor Banda
Sonora, Mejor Edición y Mejor Canción
Original (por My Heart Will Go On).
Podríamos decir lo mismo de libros
como el El niño del pijama de rayas de
John Boyne. La historia trata sobre
Bruno, un niño de ocho años que
observa cada día desde su ventana una
reja tras la cual siempre hay personas
vestidas con un pijama de rayas. Son
judíos y están presos en un campo de
exterminio Nazi. Este Best-seller fue
publicado en 2006, y a fecha de 2012 el
autor ya había vendido más de cinco
millones de ejemplares.
Hacer confluir realidad y ficción
tiene, como vemos, un nada
desestimable impacto en lectores o
espectadores. Me gusta explotar eso
cuando escribo.
EL AUTOR
Barcelona – Mallorca – Madrid –
Londres
1998 – 2016
All life’s really serious journeys
involve a railway terminus.
En todo momento importante de la
vida hay siempre una estación de tren
implicada.
Wilde (1997)
Si nada nos salva de la muerte, al
menos que el amor nos salve de la vida.
Pablo Neruda
EL PEQUEÑO DEMIEN
1
«Jueves a las cinco», me dijo el
retratista. Y aquí estoy. Ansiosa por ver
el resultado llegando cinco minutos
antes. Mi impaciencia aumenta a cada
escalón.
El retrato no es para mí, si es lo que
estáis pensando. Osea, sobre mí… de mí,
quiero decir. Es el rostro a carboncillo
del personaje principal de mi nueva
novela para niños. Lo encargué hace
siete días.
Por fin llego al sexto piso. Llamo al
timbre, pero al instante chasqueo mi
lengua al recordar que la primera vez
que estuve aquí ya no funcionaba. Así
que repico varias veces en la puerta
esperando compensar los segundos
perdidos.
En el interior suena una música
parecida al Jazz; relajante, atrayente,
casi hipnotizadora. Vuelvo a golpear la
puerta con más contundencia que antes,
porque van a dar las cinco y comienzo a
impacientarme.
Tengo muchas cosas, pero paciencia,
lo que se dice paciencia… Creédme, no
mucha.
Compruebo el número de puerta y el
piso por si acaso, pero es aquí; no hay
duda. Paseo nerviosa con el paraguas en
la mano. Lo traigo más que nada porque
en Londres siempre llueve, aunque hoy
precisamente no ha caído ni una gota.
Un segundo, la música ha dejado de
sonar.
Miro el móvil; acaban de dar las
cinco. Unos pasos, unas risas se
aproximan a la puerta, que finalmente
rechina y se abre ante mí.
—…de acuerdo, muchas gracias —se
despide una chica entre risas.
—Hasta la semana que viene —
concluye el pintor, percatándose más de
mi impaciencia que de mi presencia.
—Samantha, ¿verdad?
—Sí, Samantha Bennett. Quedamos en
que hoy…
—Sí, adelante. Adelante. Ya lo he
terminado.
Paso dentro.
El apartamento está lleno de papeles
por todas partes. Bocetos tirados por el
suelo, arrugados y garabateados. Folios
blancos esparcidos sobre una gran mesa
repleta de lápices, virutas y briznas de
caucho. Un cúter a medio abrir, algunos
difuminos y unas gomas de borrar. En el
caballete puede verse un rostro dibujado
a carboncillo, inacabado. Muy
seguramente de la chica que acababa de
salir.
Agobiados por el desorden del
artista, mis ojos buscan oxígeno y me
obligan a lanzar una mirada por la
ventana. Eso me hace perder de vista al
dibujante, a quien de pronto veo sacar
un sobre a tamaño DIN-A4 de debajo de
una pila de diarios gratuitos del The
Evening Standard.
—Aquí tiene —me dice Robbie
entregándome el sobre.
Por cierto, el retratista se llama
Robbie.
Lectores, este es Robbie. Robbie, te
presento a mis lectores. (Esto lo he
dicho para mí. Tranquilos no me ha
oído).
—He sido todo lo fiel que he podido
a sus descripciones —me explica.
Y tras rebuscar entre los cajones de
su escritorio (qué desorden, madre mía),
consigue encontrar milagrosamente el
trozo de papel en que yo le anoté una
suerte de descripciones físicas y rasgos
de mi personaje imaginario. Para que
hiciera mejor su trabajo, ya me
entendéis.
—Tenga. —Me devuelve el postit—.
Ya no me harán falta.
Me mal meto el papel en el bolsillo
de mis jeans, coloco el sobre bajo el
brazo y echo mano de mi monedero.
—Me dijo noventa libras, ¿verdad?
—Noventa libras, correcto.
Saco el fajo de billetes que he
extraído de un cajero antes de llegar y
comienzo a contar.
—¿Me va a pagar sin haber visto el
dibujo?
Hago una mueca mientras cuento los
billetes. Le responderé al acabar.
—…ochenta… y noventa libras —
susurro, y extiendo mi brazo
entregándoselas al pintor—. No se
preocupe. Hace usted unos trabajos
estupendos.
Segundos más tarde, retratista y yo
nos despedimos.
Regreso a la parada de metro de
Camden Town y hago

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