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Libro PDF Leyendo al asesino Jorge Suarez

 Leyendo al asesino  Jorge Suarez

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No tenía prisa, pero aumenté la velocidad de mis pasos que resonaban estruendosamente a lo largo del pasillo vacío. No me atreví a voltear. Doblé a la derecha en
la primera esquina, creyendo poder encontrar allí a otros estudiantes que, al igual que yo, se dirigían a sus respectivos casilleros en busca de alguna pertenencia.
Aminoré la marcha, intentando calmarme. No deseaba llamar la atención, aunque mi cabello despeinado y el sudor que se deslizaba por mi rostro delataban los
nervios que me atormentaban. Sentía el corazón latiendo al ritmo de mi acelerada respiración. No había nada que pudiese hacer para luchar contra aquel sentimiento
que me acompañaba desde hacía ya varios minutos; lo presentía, pero era incapaz de asegurarlo. Estaba siendo vigilada.
Me detuve frente a mi casillero, abriéndolo distraídamente. No necesitaba recoger ni guardar nada. Solo quería pasar desapercibida. No era la primera vez que
aquella sensación recorría mi cuerpo. Sospechaba que ese individuo llevaba bastante tiempo vigilándome, siguiéndome como una sombra silenciosa que se esconde de
su dueño. Me atemorizaba la idea de comprobar mis sospechas, pero la curiosidad me ganó. Volteé y lo vi. Nuestras miradas se cruzaron.
En realidad, se sintió más como si su mirada me atravesara, al igual que un disparo certero en el medio de la sien. ¿Cómo era posible que ese chico estuviese en
todos lados?
El joven sonreía, logrando que todo mi cuerpo se estremeciera; no solamente a causa del miedo, sino también por la emoción. Se trataba de la persona más
atractiva y, al mismo tiempo, más escalofriante que jamás hubiese visto.
No se movía.
Me observaba cual estatua sepulcral desde la esquina por donde yo había doblado varios segundos atrás. Sí, me observaba y sonreía mientras, en mi mente, creía
escuchar su voz diciendo fuerte y claro “yo sé algo que tú no”.
Cerré el casillero sin colocar el candado y continué caminando velozmente. Mis piernas temblaban, amenazando con hacerme caer. Me mordí el labio inferior y
coloqué una mano sobre mi corazón, presionando con fuerza, temiendo que intentase escapar de mi pecho.
Odiaba sentirme de esa forma cuando él estaba cerca. Mi reacción ante su presencia era estúpida, ilógica e irracional. Me asustaba el chico del que me había
enamorado. En realidad, no sé si fuera amor, pero realmente me atraía. Me gustaba como jamás otro joven me había interesado. Y me aterraba. Sentía escalofríos
cuando su mirada se posaba en mí. Debía estar loca ¿No? Mi vida era una completa ironía —un chiste de mal gusto— desde que él se había cruzado en mi campo
visual por primera vez, desde que por mi mente cruzó la sospecha de que el atractivo joven pudiese ser un asesino.
No prestaba atención al trayecto que estaba realizando y, sin darme cuenta, entre giros a izquierda y derecha, regresé nuevamente al sector con casilleros. Soy
idiota, lo sé. Para disimular mi error, abrí nuevamente el espacio donde guardaba los libros. Quizás, sólo quizás, él creería que olvidé algo.
Claramente eso no ocurrió. Cerré los ojos y supe que estaba de pie, detrás de mí. Sentí su tibio aliento en mi nuca y su perfume con aroma a vainilla invadió mi
nariz.
Se acercó aún más, tanto que pude sentir la mochila clavándose en mi espalda. Cualquier chica normal se derretiría al tener tan cerca al joven de sus sueños. Yo no.
Creí que iba a desmayarme del susto. Mis músculos se tensaron. Maldije que el chico que me gustaba me prestara tanta atención.
—Dicen que la curiosidad mató al gato —susurró en mi oído. Su voz resonó en cada recoveco de mi cuerpo y de mi alma.
—También dicen que, al menos, murió siendo sabio —contesté, intentando ocultar mi debilidad. Mi miedo.
—¿De qué le sirve el conocimiento a un cadáver?
—No sé… —mi voz titubeó—. No sé a qué te refieres.
Sus labios se posaron suavemente sobre mi lóbulo izquierdo.
—Pronto tendrás noticias mías, preciosa —susurró—. Muy pronto —repitió al tiempo que comenzaba a alejarse lentamente por el pasillo.
Caí de rodillas. Todo mi cuerpo se estremecía a causa de un espeluznante escalofrió. No comprendía lo que acababa de ocurrir. Sentí el pánico deslizarse por mi
cuerpo. Levanté la mirada y lo observé detenidamente.
Debo admitirlo, soy extremadamente cobarde. Solo era capaz de verlo directamente cuando él no me devolvía la mirada. Su cabello ondeaba suavemente con la
brisa que entraba por las ventanas. Se veía fenomenal con su campera de cuero y el pantalón oscuro que delimitaban a la perfección su sensual anatomía. Me volvía
loca, aunque mi instinto me pedía a gritos que huyera, que me alejara de él lo más rápido posible.
—¡Luna!
Oí que me llamaban y regresé a la realidad. Sacudí la cabeza, confundida, y me levanté. Suspiré, al notar que mis rodillas se habían ensuciado, al igual que el
dobladillo del jumper, que tendría una cita obligada con el lavarropas aquella noche.
Me giré y sonreí a mi mejor amiga.
—¡Hola Romi! —saludé con falsa alegría—. ¿Regresamos a casa?
Ella asintió.
Vivíamos a solo unas manzanas de distancia y, en general, caminábamos juntas a la salida de la escuela. Romina me observaba fijamente. Sospechaba que algo
andaba mal, pero no se atrevió a preguntarme. Ella confiaba en mí porque yo jamás le ocultaba mis problemas. O eso creía. Por primera vez, algo en mi interior me
decía que debía mantenerme callada, esconder lo que había sucedido.
Sabía que debía andar con cuidado. Si ella sospechaba que yo creía estar en peligro, posiblemente intentaría ayudarme, hablar con él, con mis padres, incluso
llamar a la policía.
—¿Lo has visto? —preguntó.
Contesté afirmativamente con un movimiento de mi cabeza
—Creo que le gustas —murmuró ella.
Intenté parecer sorprendida, o al menos, emocionada.
—Eso es genial —mentí.
No puedo explicar el motivo, pero mi cerebro me decía que algo raro ocurría entre el chico y yo. Algo grande, mucho más importante que un simple amor a primera
vista; un lazo tan complejo que escapaba a mi comprensión. Algo que era, además, bastante peligroso.
Recordé que mi abuela me había dicho de pequeña que la curiosidad podría matarme. Quizás ella tuviera razón. El encuentro con el joven había erizado cada
cabello de mi cuerpo y su advertencia se repetía en mi cabeza como un eco interminable. “La curiosidad mató al gato”. Y yo no quería morir sabiendo. Prefería ser
una humana ignorante antes que un cadáver sabio.
Absurdo
Todo comenzó una tranquila tarde de verano, en un día que no parecía diferenciarse de ningún otro. Llevaba casi media hora sentada en un viejo banco de madera
ubicado en el jardín delantero. Mis padres se habían ido de vacaciones y no regresarían hasta el lunes. Afortunadamente, luego de agotadoras discusiones, había logrado
que le permitieran a Romina, mi mejor amiga, quedarse en casa. Al principio, no les agradaba la idea, aunque cedieron ante mi ruego.
Romi se estaba duchando. Le obsesionaba el aseo personal y disfrutaba enormemente cada segundo que pasaba enjabonando su piel.
Había decidido esperar allí, en ese sitio que tanto me gustaba. Solía sentarme en aquel lugar cuando necesitaba pensar, buscar soluciones a mis problemas, o
simplemente relajarme. En esta ocasión, me encontraba analizando a los distraídos transeúntes que caminaban por la acera, ensimismados en sus propias rutinas,
dirigiéndose hacia donde siempre lo hacían, o regresando de su usual destino. Unos pocos, al igual que yo, parecían desear escapar de la monotonía que los rodeaba. Eran
personajes extraños, sumergidos en su propia historia. Por ejemplo, en la esquina se había acomodado una pareja joven que no dejaba de reírse mientras conversaban
tomados de las manos. Frente a ellos, un chico de mirada gris los observaba, cabizbajo. Me preguntaba si alguien habría roto su corazón. Siempre he sido curiosa,
especialmente cuando algo llamaba mi atención.
La brisa fresca comenzó a soplar, aliviando a quienes caminaban bajo los últimos rayos del sol. La temperatura disminuía más y más a cada instante, como un
preludio inevitable, anunciando el arribo de la noche que pronto lo absorbería todo con su penumbra. Algunas corrientes de aire escurridizas comenzaban a colarse por
debajo de mi ropa, rozando mi piel como una suave caricia fantasmal.
Desvié la mirada en busca del horizonte que sólo podía vislumbrarse en la pequeña franja creada entre las casas del vecindario. El sol ya casi había desaparecido,
tiñendo el cielo de naranja, en un último bostezo del astro antes de rendirse al reino de Morfeo. La melodía de un violín acompañaba la escena. Un violín… ¡Mi celular!
Lo saqué del bolsillo y observé la pantalla. Acababa de recibir un mensaje de remitente desconocido. Podría haberlo ignorado, pero la curiosidad me venció una vez
más y leí el texto.
De: número desconocido
Enviado a las 6:58pm.
Te espero esta noche en el Gold Hotel, alrededor de las 10:30pm. Tengo entradas para una fiesta que harán en el último piso. Puedes llevar a tu amiga. Ya está todo
arreglado para que puedan entrar.
¿Una fiesta? Tuve que releer aquello varias veces, confundida. No había oído a nadie hablar al respecto. Primero, supuse que se trataba de un error, pero luego de
debatirlo conmigo misma, asumí que se trataba de un mensaje de Gael, otro de mis amigos más cercanos.
El chico siempre salía de noche y en más de una ocasión había pedido que lo acompañase. Además, era normal que perdiera el celular y comprara uno nuevo. Sonreí,
convencida ante mi propia deducción.
Entonces estornudé. Era hora de regresar al calor de mi hogar.
Al ingresar, encontré a Romina sentada en la sala de estar, mirando la televisión. Me molesté un poco pues no me había avisado que ya era mi turno de ducharme,
pero preferí evitar una discusión y no dije nada al respecto. En cambio, le conté lo ocurrido.
—Nos han invitado a una fiesta. Es esta noche.
—¿Eh? ¿Quién nos invitó? —preguntó confundida.
—Gael. Tenemos que estar allí a las diez y media.
—Déjame ver si comprendo ¿Tengo que ir a una fiesta solo porque tú tienes ganas de bailar con Gael? Se suponía que nos reuniríamos a ver películas toda la noche
¿Prefieres ir a una fiesta antes que hacer la maratón de Harry Potter? —Parecía estar muy confundida.
En realidad, no hay nada que me guste más que pasar una noche en pijama con mis amigos y cantidades descomunales de dulces. Suspiré y me disculpé con Romi
varias veces. Se puso de pie y creí que iba a golpearme, pero en cambio, pasó corriendo a mi lado y subió las escaleras.
—¡No sé qué ponerme! —gritó desde mi habitación.
No pude evitar reír. Aún nos quedaban un par de horas y ella ya comenzaba a arreglarse.
La seguí. Subí las escaleras. Necesitaba un baño. URGENTE. Mi cabello estaba completamente enredado, daba asco.
Me duché velozmente, en poco más de diez minutos. Al salir, miré mi silueta en el espejo de la misma forma que solía hacerlo cada mañana. Tenía aquella extraña
costumbre de analizar mi figura. Me gustaba. No me veía extremadamente delgada, ni tampoco obesa. Tenía la altura ideal, no era una jirafa ni un duende. Me hubiese
gustado tener curvas más pronunciadas, pero al menos no era totalmente plana. Sonreí. Quizás yo no era una supermodelo, pero me agradaban mis proporciones. No
llamaba la atención por cosas buenas, ni malas.
Repentinamente, recordé que tenía que arreglarme y corrí a mi habitación. Al ingresar, noté que Romina había escogido ropa por mí. Sobre la cama descansaba un
pantalón negro y una blusa blanca. Junto a ellos, se encontraban los accesorios: pendientes en forma de lágrimas y un collar plateado. A un costado, sobre la silla de mi
escritorio, Romi había apoyado una chaqueta color salmón con los zapatos del mismo color. No estaba mal. Quizás, yo hubiese elegido algo distinto. Daba igual.
Me vestí y maquillé prestando poca atención a los detalles. Luego, bajé las escaleras. Mi mejor amiga ya estaba lista y esperándome. Ella lucía un pantalón celeste
con zapatos grises y una camisa negra. Sonrió al ver mi atuendo y señaló el reloj que colgaba del muro. Se nos estaba haciendo tarde. Apagamos las luces y corrimos en
busca de un taxi.
Llegamos al Gold Hotel cuando la fiesta acababa de comenzar. Mencionamos nuestros nombres al guardia de la entrada que corroboró estuviésemos anotadas en la
lista de invitados. Tardó en hallarnos ya que aparecíamos al final, agregadas a último minuto.
No nos costó demasiado hallar el ascensor, aunque tuvimos que esperar un par de minutos para que descendiera. Una vez dentro del mismo, mi celular comenzó a
sonar a causa de un torbellino de mensajes.
De: número desconocido
Enviado a las 10:39pm.
¿Dónde estás? Se supone que tendrías que haber llegado hace rato.
De: número desconocido
Enviado a las 10:40pm
Te estoy esperando.
De: número desconocido
Enviado a las 10:40pm
¿Ya entraste? No te veo.
—¿Qué clase de mejor amigo actúa como un acosador? —preguntó Romina, riendo suavemente.
Podía leer su mente, ella creía que Gael sentía algo por mí. Una estupidez. Iba a contestarle cuando las puertas se abrieron.
Quedamos maravilladas ante lo que se presentaba en nuestro campo visual. El salón era enorme y estaba excesivamente decorado con detalles dorados (o de oro). Allí,
más de un centenar de personas comían y bailaban alegremente; todos ellos con ropa elegante. Además, parecían ser mayores que nosotras.
Nuestra primera parada fue la barra, un espacio que ocupaba casi la totalidad de una de las paredes laterales. La atendían varios camareros vestidos enteramente de
negro. Al acercarnos, leímos las opciones que presentaba el menú, escrito en el centro del muro. Yo pedí un trago frutal, con poco alcohol; Romi, en cambio escogió la
opción más fuerte. Bebimos lentamente, esperando que Gael nos encontrara, pero pasada media hora decidimos buscarlo nosotras mismas.
Caminamos entre la multitud, escrutando rostros y peinados. No conocíamos a ninguno de los invitados y nuestro amigo no aparecía por ningún lado. Luego de un
rato, simplemente nos rendimos. Habíamos ido para disfrutar de la fiesta y eso es lo que pensábamos hacer. Nos unimos al baile, conocíamos casi todas las canciones y
parecía que no llamábamos la atención.
En un momento dado, sentí que alguien me ponía una mano en el hombro. Volteé pensando que se trataba de Gael, pero me encontré con la mirada de un desconocido
que me invitaba a bailar a su lado. Estaba a punto de rechazarlo cuando Romi dijo que iría por otro trago. Suspiré, resignada, y comencé a bailar con aquel joven.
Por momentos, me parecía conocerlo de antes. Otras veces, me resultaba completamente extraño. Me hacía sentir bien, pero incomoda al mismo tiempo. Me atraía
físicamente, aunque era terrorífico. Ese chico causaba que un sin fin de sentimientos contradictorios afloraran en mi pecho.
Había pasado ya la medianoche cuando noté que mi celular sonaba. Era un llamado. Me disculpé con mi pareja de baile y atendí.
—Hola ¿Dónde estás? —era la inconfundible voz de Gael.
—En la fiesta, buscándote ¿Y tú? —le respondí.
—¿Qué fiesta? —preguntó—. Estoy en tu casa esperando para que veamos el maratón de Harry Potter.
Iba a contestarle cuando el celular voló de mi mano y se rompió al estrellarse contra el suelo. No, no se trataba de un accidente. El chico con el que estaba bailando lo
hizo a propósito.
Bastardo
Me asusté. Mi miraba iba de los restos de mi celular al chico. Una y otra vez. No comprendía lo que acababa de ocurrir. Al principio supuse que se trataba de un
accidente, pero el joven no intentaba disculparse; muy por el contrario, sonreía como si acabase de ganar un partido de póker ¿Estaría ebrio? No, no lo había visto tomar
y bailaba coordinando sus movimientos a la perfección. Retrocedí un paso. Me temblaban las piernas y sentía un nudo en la garganta.
—¿Qué demonios te pasa? —Intenté sonar enfadada, pero mi voz era suave y vibraba a causa del miedo— ¿Quién te crees que eres?
Él no respondió. Seguía mirándome en silencio con su sonrisa sarcástica atravesándole el rostro. Sentía mis ojos hinchándose entre el enojo y el miedo. Quería llorar, y
lo habría hecho si Romina no hubiese aparecido.
—¿Hay algún problema? —me miró a mí y después al chico.
—Sí, que este individuo es un idiota —contesté.
Mi amiga recogió los trozos del teléfono.
—Volvamos a casa —sugirió.
La seguí en silencio, sin contestarle.
El joven permaneció inmutable, como estatua, mientras nos marchábamos en dirección al ascensor.
Fuera del hotel, le conté lo sucedido mientras esperábamos un taxi debajo de la lluvia. Era tarde y pocos vehículos transitaban las calles. Estaba ensimismada. No
podía dejar de repasar el episodio en mi mente. Algo en ese chico me era familiar, algo negativo que me daba escalofríos.
—Oye, por cierto ¿Quién te envió esos mensajes? Has dicho que no ha sido Gael.
—No lo sé. Tengo miedo.
La voz de Romi me había devuelto a la realidad.
—Luna, deja de ser tan dramática y paranoica. Posiblemente fue un mensaje equivocado.
Ambas sabíamos que eso no era verdad. Nuestros nombres aparecían en la lista de invitados.
Bajamos del taxi y corrimos hasta mi casa. Gael ya se había marchado y eso me hacía sentir fatal. No era nuestra culpa y, aún así, sabía que debía darle una
explicación.
Encendimos todas las luces y revisamos cada cuarto. Ninguna quería admitir el miedo que sentía. Una vez estuvimos seguras que no había nada extraño, Romi fue a
darse otra ducha. Le encantaba. Yo, en cambio, no podía relajarme. En mi cabeza tenía la imagen de aquel joven esbelto de cabello oscuro, con mirada penetrante y
cuerpo escultural. Esperen ¿Qué tan normal es pensar en lo guapo que es un chico que acaba de atemorizarte?
Da igual. Me senté en el borde de mi cama y decidí jugar con mis llaves entre los dedos. Esa actividad solía ayudarme a calmar los nervios. Sin embargo, al abrir mi
bolso encontré algo extraño: un pequeño cuaderno envuelto en un trozo de cuero marrón.
Dicen que la curiosidad mató al gato.
Abrí el volumen y descubrí que se trataba de un diario. Nunca había visto uno en la vida real. Las películas estadounidenses solían mencionarlos, pero no eran
populares en mi país o en esta parte del continente.
Sonreí al pensar que, accidentalmente, algún idiota lo habría dejado caer en mi bolso y comencé a leer.
Maldito diario:
Lo que voy a redactar a continuación es horrible. Cometí un asesinato. No sé por dónde comenzar a relatar los hechos. Creo que lo mejor sería explicar la
situación.
Mi novia Casandra y yo vivíamos en un pequeño pueblo de Arauca, Colombia. Nos llevábamos de maravilla y soñábamos con nuestro futuro: boda, hijos, etc.
Bueno, al menos yo pensaba en esas cosas. Me temo que Cassy no tomaba la relación con suficiente seriedad.
Una tarde de primavera, decidí sorprenderla comprándole un tulipán rojo, su flor preferida. Íbamos a encontrarnos aquella noche para ir al teatro, pero no pude
esperar. El solo imaginar su sonrisa hacía que un sinfín de mariposas nacieran y revolotearan en mi estómago.
Al llegar a su casa golpeé la puerta y nadie me abrió. Levanté la mirada y noté que la luz en su habitación estaba encendida. Asumí que se habría quedado dormida.
Afortunadamente, Casandra me había enseñado un pequeño truco. La ventana que se hallaba a la derecha de la puerta no cerraba bien y podía ser abierta desde el
exterior con facilidad. Lo hice.
Escabullí mi mano dentro de la casa y abrí la puerta desde dentro. Escondí el tulipán bajo mi abrigo y comencé a subir las escaleras sigilosamente. Al acercarme a
su cuarto, la oí gritar y temí que estuviese en peligro. Quizás se había caído, o tal vez alguien había entrado furtivamente.
Instintivamente, pateé la puerta de su habitación.
Lo que vi era incluso peor que mis pesadillas; Cassy estaba tumbada en su cama, sin ropa, acompañada por alguien cuyo rostro me era familiar. No se trataba de
un violador, ni de un asesino, sino de uno de mis amigos más cercanos.
Sí, sé que suena a una escena cliché de película romántica, pero esas cosas suceden en la vida real. Me pasó a mí.
Abrí la boca, aún sin saber que decir. Respiré hondo y, luego de varios segundos, las peores groserías que puedan imaginarse salieron de mi garganta en un sucio
torrente de odio y repugnancia.
Las mariposas se convirtieron en arañas y abejas asesinas que carcomían mi ser.
Se notaba que el bastardo tenía experiencia huyendo de casas de mujeres con las que se acostaba, porque rápidamente se calzó sus pantalones y corrió escaleras
abajo, empujándome hacia el costado antes que yo pudiese reaccionar.
Casandra lloraba ¿Por qué? No lo sé, no lo comprendí. Sus ojos se cruzaron con los míos, suplicando misericordia y comprensión. Lamentablemente, yo no fui
capaz de perdonar esa clase de traición.
Sin decir nada, bajé las escaleras. Creo que ella pensó que me estaba yendo, sin sospechar que había perdido el control de mis acciones. Entré a la cocina, tomé un
cuchillo y lo escondí junto al tulipán.
Regresé poco después y la abracé. Le entregué la flor en silencio y, mientras ella la admiraba, le clavé el cuchillo en donde creí que estaba su corazón. No estoy
seguro cómo lo hice, pero atiné.
Casandra había roto mi corazón así que yo, en venganza, destruí el suyo.
D.
Mi sonrisa se desfiguró, convirtiéndose en una mueca de terror. En primer lugar, no comprendía cómo aquel diario había aparecido en mi bolso. Además, era
imposible saber si aquella anécdota era real o simplemente ficción.
Cerré los ojos, permitiéndole a mi corazón retomar su ritmo usual. Pensé. Pensé y pensé hasta que creí haber descubierto lo ocurrido. Posiblemente, el chico que
había destrozado mi celular colocó aquel misterioso diario en mi bolso ¿Sería el asesino? Entonces, ¿Por qué querría que yo leyera sus crímenes?
Le estaba dando vueltas al asunto cuando la voz de Romina me sobresaltó, logrando agitar mis latidos una vez más.
—¿Estás bien? Parece que hubieses visto un fantasma —comentó.
—No es nada —mentí—. Me preocupaba por el celular roto. No tengo dinero para comprar uno nuevo.
¿Qué debía hacer? No me atrevía a contarle la verdad. Ni a ella, ni a mis padres y, mucho menos, a la policía. Si ese sujeto que tenía un nombre que comenzaba con D
me había enviado los mensajes con la invitación y, posteriormente bailó conmigo para entregarme su diario. Era posible que estuviese espiándome en aquel preciso
momento. Era peligroso.
—Puedo prestarte dinero —aseguró Romi.
—Claro, gracias. Me voy a dormir, me duele la cabeza.
Me disculpé con mi amiga y cerré la puerta de la habitación. Esa noche no fui capaz de cerrar los ojos.
Condenada
No podía conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro. Su sonrisa malvada, su mirada llena de oscuridad y esa voz tan sensual y reconocible.
¿Acaso me atraía ese tal “D”? No, imposible, nunca he sentido nada importante por un chico y el primero no podría ser ese. Jamás me perdonaría el enamorarme de un
asesino.
Sacudí la cabeza y me dije a mi misma que debía dormir porque era tarde y me esperaba un largo día. Abracé fuertemente la almohada y obligué a mi mente para que
dejara de divagar.
Sin embargo, por más que lo intentara —lo cual fue como unas veinte veces— ese extraño sentimiento, parecido a una mezcla de curiosidad y miedo, me ganó. En la
oscuridad, estiré un brazo hacia mi mochila que estaba a los pies de la cama y tomé el diario. Lo abrí donde había quedado e, iluminándolo con la tenue luz de los faroles
que se filtraba entre las cortinas, continué leyendo.
Maldito diario:
Sabía lo que hacía desde el principio, y obviamente no fue la mejor decisión que he tomado, pero no tuve otra opción. Realmente me vi obligado a hacerlo.
Muy a mi pesar, debo admitir que la sensación que me produjo asesinar fue extraña y agradable; me gustó quitarle la vida a Casandra. Tal vez, porque lo merecía
o, quizá, por el embriagante perfume dulzón de su sangre en mis manos.
Cada estocada se llevaba con ella un diezmo de mi dolor, me resultaba imposible detenerme. Al final, no fueron una, ni dos, ni tres, fueron más de cinco puñaladas
las que atravesaron su despiadado corazón.
¿Me siento culpable? No, no siento ni una pizca de remordimiento No me malinterpretes, diario, sé que estuvo mal.
Ahí es donde entra el factor de la peculiaridad: cuando hacía algo malo, por más mínimo que fuese, la culpa me consumía, pero esta vez fue diferente. Porque ella
debía y merecía morir. Me traicionó, rompió mi frágil corazón.
Esa misma tarde me deshice del cadáver con la mayor rapidez posible. No te diré ni siquiera a ti, diario, como lo he hecho porque de verdad me repugna hablar del
tema.
Sé lo que debo hacer ahora, conozco el próximo paso a dar.
Tengo que deshacerme de Adam cuanto antes sea posible.
D.
No lograba asimilar las palabras que acababa de leer ¿Cómo alguien no sentiría culpa al asesinar a la chica que supuestamente amaba tanto como para casarse y formar
una familia? Me encontraba en un severo estado de shock,
Shock. No existía mejor expresión que esa para describir la sensación causada por lo recientemente leído. Ese tal D era un homicida, un psicópata.
Si mis sospechas eran acertadas y el culpable era el joven que bailó conmigo, entonces se trataba de un chico sexy del que es imposible no enamorarse, claro, si no
supieras que es un asesino. Debía evitar que sentimientos estúpidos afloraran.
No puedes enamorarte de él, me repetí unas diez veces antes de quedarme dormida.
Apenas abrí los ojos, unas luces me cegaron. De inmediato, volví a cerrarlos.
—¿Qué rayos…? —me quejé algo confundida. Fue entonces cuando una voz me interrumpió.
—Tranquila, no pasa nada.
Mi respiración se atascó al escuchar ese tono ronco y sexy que solo podía pertenecer a una persona. Al asesino. Me incorporé en la cama, notando que no me hallaba
en casa, sino sobre en una vieja litera de fierros, encima de un colchón delgado e incómodo. Frente a mí, se erguía el chico de la fiesta con una macabra sonrisa y aquel
extraño brillo titilando en sus hermosos ojos verdes.
—¡Déjame ir! —grité asustada— ¡Déjame ir, por favor!
—Tranquila, preciosa —contestó con calma, causando que mi piel se erizara—, estás a salvo conmigo.
Lo analicé con la mirada y reparé pronto en sus manos, que estaban cubiertas de un líquido rojo.
Debe ser pintura. Pensé inocentemente y respiré hondo; fue entonces cuando el olor me llegó. Sangre.
Tenía la parte baja de sus brazos cubierta de sangre, y claramente no se trataba de la suya. Temí lo peor, podría tratarse de la sangre de Romi que se alojaba en mi
casa temporalmente.
Desperté con la respiración agitada y el corazón latiendo a mil por hora. Me llevé una mano a la frente completamente sudada y maldije para mis adentros. No podía
seguir así. Iba a terminar en un manicomio si no dejaba de leer el maldito diario de D.
Tuve esa pesadilla por lo que había leído la noche anterior, por el horror que me causaba el pensar que el texto era verídico y su autor rondaba por la ciudad con total
impunidad.
Tengo que dejar de leerlo. Debo parar, resistirme. Intenté convencerme, pero una vez más, la curiosidad se apoderó de mí.
Mi mano picaba por abrirlo y saber más. Sentía ansias por conocer qué iba a pasar luego. ¿A quién habría asesinado D? La intriga que nacía en mi interior era
comparable con el interés causado al leer una novela policial. Pero esta vez se trataba de un caso real. Sabía que me arrepentiría por continuar la lectura y temí que
aquella decisión me dejara insomnio crónico.
No importó. La maldita curiosidad se cernía sobre mí, abrazándome con sus invisibles brazos, invitándome a hurgar donde no debía. Y yo, débil ante la tentación,
cedí. Permití que mi mente se rindiera a la intriga y formulase cientos de preguntas ¿De verdad D había hecho todo lo que había escrito o simplemente tenía demasiada
imaginación? ¿Qué podría hacer si los hechos habían sucedido realmente? ¿Entregar el diario y a ese chico a la policía? O, más importante ¿Realmente D era ese
joven del baile? ¿Podría tratarse de otra persona?
Estando aún empapada en sudor por la bendita pesadilla, me levanté de la cama y me dirigí a la cocina para encontrarme a Romina, que se estaba tomando un vaso de
jugo de naranja. ¿Qué hora era? El sol ya brillaba en el cielo, pero parecía temprano.
—Hola. Estás muy sudada —arrugó la nariz—, ve a tomar otra ducha, Luna.
—Sí —murmure—, primero necesito beber un poco de agua.
Ella asintió, distraída.
—¿Te sientes muy mal?
—Mierda, sí. La cabeza me va estallar, pero apenas y tomé alcohol.
Llené el recipiente con agua lo bebí velozmente, como si un poco de líquido pudiera llevarse consigo mis temores.
Ya un poco más relajada, me despedí de Romina y volví rápidamente a mi habitación para agarrar algo de ropa y llevarla al baño. Antes de salir, desde el umbral de la
puerta, divisé el diario que descansaba sobre la mesita de noche, donde acababa de dejarlo unos minutos atrás.
No es momento para leer. Pensé mientras me acercaba a él y lo tomaba en mis manos.
Dicen que la curiosidad mató al gato.
Yo no era un felino, pero estaba jugando con fuego y pronto comenzaría a maullar.
Suspiré y me rendí a la tentación.
Maldito diario:
El turno de Adam había llegado, él también debía pagar por el daño, por las heridas y cicatrices que dejó en mí. Lo merecía, lo sabes diario. Es indiscutible que
aquel criminal posiblemente arruinara no solamente mi relación con Casandra, sino también otras tantas parejas de la ciudad. Ese hijo de su madre era un mujeriego
que se divertía jugando con las mujeres de otros. Tenía que darle una lección, hacerle pagar por los pecados.
Me resulta increíble pensar que alguna vez lo llamé amigo. Ese bastardo me asqueaba, me resultaba repugnante. Sé que le hice un favor al mundo y a varias
parejas de la ciudad al librarme de esa peste.
Para él, quería una muerte diferente, especial. Una estrategia que le enseñara a no meterse con chicas ajenas y le demostrara que el revolcarse con mi novia había
sido un grave error, el peor de todos.
Finalmente, pagó aquel error con su vida. No podría haber sido de otra forma.
Han pasado solo dos días desde lo ocurrido con Casandra y temo que me descubran. En poco tiempo tendré que abandonar la ciudad. No tuve opción, era hoy o
nunca.
Y fue hoy.
Fui hasta la casa de Adam y toqué el timbre despreocupadamente. El desconcertado traidor no esperaba un ataque frontal. Cuando abrió la puerta, su rostro se
tornó blanco al igual que un cadáver, y yo me regocijé ante aquella visión, frente a la lívida premonición de su futuro cercano.
No fui capaz de escrudiñar su mirada; me fue imposible descifrar los pensamientos del joven, pero una cosa estaba clara: tenía miedo. Pude oler aquel invisible
aroma al pánico y la desesperación.
Lo empujé hacia un lado y entré sin que me invitara a pasar, mientras murmuraba algo que no entendí. Sin detenerme a admirar la peculiar decoración de su hogar,
subí las escaleras e ingresé a su habitación, al cuarto donde solíamos pasar el rato y jugar videojuegos. Sin necesitar voltearme, escuché sus pisadas siguiendo mis
pasos y sonreí.
Una vez dentro de sus aposentos, recorrí el sitio con la mirada. No buscaba nada en particular. Cualquier objeto contundente serviría para lograr mi cometido.
Repentinamente recordé que Adam escondía un revolver bajo la cama. Me tenté a tomarlo y perforarle la cabeza al chico.
Luego me detuve. Quería infringirle dolor, anhelaba verlo retorciéndose en el piso rogando por piedad. Sonreí. Una idea había cruzado mi mente.
Abrí el ropero y saqué el viejo bate de beisbol autografiado por no sé qué jugador famoso: su más preciado tesoro. Unos cuantos golpes podrían poner a Adam en
su lugar…
.
Un repentino sonido me arrancó de la lectura. Cerré el diario abruptamente al notar que se trataba de Romina que acababa de abrir la puerta de mi habitación. Con
cuidado, deslicé el libro en un cajón y fingí que hacía algo sin importancia como quitarme los calcetines.
—Luna, Gael está al teléfono, quiere hablar contigo —me llamó.
La adrenalina corría por mis venas. Ocultarle algo a Romina nunca había sido muy fácil, pero esto era muy importante y peligroso como para contárselo. No la
pondría en peligro.
—Gracias, enseguida bajo. Justo estaba por ir a ducharme—. Sonreí.
Ella me miró con sospecha desde el umbral de la puerta
—¿Estás bien?
Asentí, intentando ocultar mis nervios.
—Voy a ducharme yo entonces. Prometo ser veloz. —Raudamente, se encerró en el baño.
Sin ganas de conversar con nadie, me dirigí a la sala de estar para hablar con Gael. Agarré el teléfono y lo acomodé debajo de mi cabello.
—¿Sí? —pregunté.
—Luna, ¿Qué pasó ayer? ¿Por qué no contestas el maldito celular? ¿Estás bien? —preguntó con cierto reclamo en su voz.
—Gael, tranquilo, lo siento por dejarte plantado ayer —de pronto noté que no sabía qué inventar. Él siempre había sido muy bueno para descubrir cuando le mentía.
Romina y Gael me conocían demasiado, así que hice mi mejor esfuerzo por evadir cualquier tipo de conversación—. Después hablamos. ¿Vale? Mi celular tuvo un
accidente y se rompió —tragué saliva recordando el hecho.
—Oh, ahora entiendo. Está bien, Luna, en un rato paso por tu casa y me cuentas lo sucedido.
—Sí, nos vemos—. Colgué y suspiré. Gael había creído en mis palabras. Bueno, a decir verdad, técnicamente no le había mentido. Podría ocuparme de inventar una
explicación más tarde. Ahora, tenía otras prioridades de las cuales ocuparme. Necesitaba reflexionar ¿En qué me estaba metiendo? No. En ese instante mi prioridad era
otra. Permití que la curiosidad regresara y se apoderara de mí. Mi mente necesitaba conocer la totalidad de la historia antes de conjeturar hipótesis y posibles
soluciones.
Hice lo que cualquier persona en mi lugar hubiese hecho: volví a mi habitación para terminar de leer sobre el asesinato de Adam antes que Romina saliera del baño.
Tenía un mal presentimiento. Seguramente existía un motivo por el cual aquel texto había llegado a mis manos, una razón que aún desconocía y me aterraba siquiera
imaginar; tan solo esperaba que fuera una falsa alarma, pero dentro de mí sabía que era más bien una advertencia sobre D.
El diario no llegó a mi bolso por arte de magia, él lo puso allí… ¿Pero que ganaba con eso? Tomé el volumen de mi mesita de noche y acaricié su cubierta. Cada renglón
que leía gestaba miles de preguntas en mi mente, cientos de inseguridades. Algo andaba mal. Lo que sucedía no me cerraba, existía algo extraño en todo esto pero ¿Qué
era? La peor parte era que con cada página, mi curiosidad aumentaba. Y el miedo. Una sensación espantosa que se apoderaba de mí.
Paranoia.
Despistada
Leer aquellas páginas se estaba convirtiendo en una necesidad, una insalubre adicción.
Sin poder controlar mis acciones, permití que las piernas me guiaran hasta la mesita de noche y ambas manos tomaran el volumen para que mis ojos se deleitaran ante
la emoción que me producían las palabras del asesino.
Sentada en mi cama, releí la página que había comenzado un rato antes y luego proseguí.
…Unos cuantos golpes podrían poner a Adam en su lugar.
Él se encontraba de pie en el umbral, podía sentirlo, oler su miedo. Velozmente, tomé el bate y le di varios golpes. Primero, intenté atinarle a la cabeza para dejarlo
en estado de semi inconsciencia. Luego, opté por inmovilizarlo rompiéndole los huesos de las piernas con toda mi fuerza.
Podría haberlo dejado allí, a su suerte. Y de hecho, casi lo hago. Entonces se proyectó en mi mente la escena que atestigüé en casa de Casandra. Perdí el control. Mis
manos apretaron el bate con más fuerza que antes y el odio se apoderó de mí.
Con la sed de venganza corriendo por mis venas, apunté cuidadosamente a la entrepierna de Adam y comencé a golpear una y otra vez, con toda mi fuerza mientras
su cuerpo se retorcía de dolor.
Intentó gritar en búsqueda de ayuda, obligándome a golpear su cabeza con tal fuerza que el bate se partió en dos. No importaba. Luego de los más de cien golpes ya
no le quedaba demasiado tiempo de vida y yo tenía la imperante necesidad de lastimarlo hasta que le llegara su muerte.
Continué pateándole la entrepierna con furia hasta que Adam quedó inmóvil. Seguramente ya habría fallecido, pero por si acaso, tomé el revólver que guardaba
debajo de la cama y, con el cañón apoyado sobre su sien, disparé. El tiro de gracia.
Gracias a Dios, el arma tenía el silenciador puesto.
Aproveché que la casa estaba vacía y abrí el garaje para estacionar mi auto dentro del edificio. Envolví el cadáver con una manta y lo arrastré hasta el maletero.
Encendí la laptop y escribí una improvisada carta suicida que versaba sobre problemas con drogas o algo así. Luego, me marché del vecindario.
Conduje por casi dos horas hasta alejarme del pueblo e internarme en un camino sin asfaltar que conducía a un viejo hotel abandonado. Allí, en medio de la nada, lo
enterré.
Debo admitir que olvidé llevar una pala conmigo y fue difícil cavar un hoyo lo suficientemente grande como para esconder el cuerpo y, para cuando terminé de
excavar con mis manos, el sol ya comenzaba a ponerse.
Posicionándome como un perro, cubrí de tierra la sepultura sin lápida y me marché.
Supuse que la policía me buscaría. Quizá como sospechoso o, tal vez, a modo de testigo ya que ambas muertes se relacionaban con mis allegados. No importaba,
tenía que huir.
Conduje frente a mi casa para verla por última vez. “Adiós mamá” pensé mientras me alejaba a toda velocidad. Necesitaba desaparecer. Huir.
Y aquí estoy, diario, estacionado en medio de una carretera que no sé a dónde me llevará.
D.
¿Por qué rayos no escribió las fechas? ¿Hace cuánto pasó eso? Quisiera saber qué día se llevaron a cabo los asesinatos de Casandra y Adam. Me urgía averiguarlo.
Ello podría quizás alivianar mis miedos, si se trataban algo ocurrido hace años. Sin embargo, un gran porcentaje apuntaba a hechos recientes. Es decir ¿Una laptop? Eso
significaba que, a lo mucho, el diario tendría diez años.
Maldición.
¿Qué demonios era esa sensación? Es como si alguien me estuviera observando.
Temerosa, levanté la mirada y mis ojos se cruzaron con los de Romina que me observaba con desconfianza desde el pasillo. La chica estaba envuelta en una toalla
verde y llevaba su largo cabello empapado cayéndole por la espalda, dejando un rastro de gotas a su paso.
Supuse que mi cara estaba pálida y maldije en silencio por no haber notado su presencia con anterioridad. Intenté disimular mi sorpresa, ocultar el miedo que
electrizaba los vellos de mi nuca—aunque claramente fue imposible—.
Cerré el diario. No quería darle explicaciones. Me sería imposible inventar una buena excusa. Ambas manos me temblaban por los nervios.
—Luna. ¿Estás bien?
Asentí.
—¿Por qué lo preguntas? —le di una sonrisa falsa, esperando que pareciera real.
—Bueno, solo quería decirte que ya puedes ducharte… ¿Te dijo algo malo Gael?
Negué lentamente con mi cabeza.
—Qué alivio. Temí que se hubieran peleado. —Bajó la mirada— ¿Qué es eso? —Señaló el diario.
Mierda. Cerré los ojos por un instante, tratando de controlar el sonido de mi voz, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no balbucear.
—No es nada, solo unas notas.
Okay Luna, esa es la peor explicación de la historia. Me dije, enfadada conmigo misma. Era obvio que aquellas palabras no serían suficiente excusa para Romina.
Tragué saliva e intenté remendar el error.
—¿Sobre qué? —indagó, mirándome con recelo.
—Anotaciones, para no olvidar ciertas cosas —esbocé una falsa sonrisa y, con sumo cuidado, sin parecer brusca, escondí el diario detrás de mí—; resulta que mis
padres me pidieron que realice varios quehaceres y lo olvidé por completo. Van a matarme cuando regresen.
—Bien, luego te ayudo con eso. Ahora estoy cansada y no me gustaría volver a ensuciarme. —Sonrió.
Bien hecho. Funcionó.
—¿Qué te dijo Gael? —preguntó luego.
—¿Por qué quieres saberlo?
Parecía molesta, pero ya sabía que esa era su táctica para sacarme información. Romina no se cansaba de insistir con la ridícula idea de un amor secreto. En más de
una ocasión nos acusó de esconderle una supuesta relación prohibida que vivíamos desde hacía bastante tiempo. Estupideces de su imaginación, nada más.
—Pues, solo quería saber que le había ocurrido a mi teléfono.
—Entonces ¿Por qué esa expresión de miedo? No vas a decirme que te aterra la reprimenda de tus padres.
Bajé la mirada
—En realidad… estaba preocupadísima por eso cuando llegaste, y me asusté —reí para convencerla—, recuerda que aún estoy con los nervios de punta por mi
celular y ese chico de la fiesta. Ando un poco desequilibrada.
Pareció aceptar mi mentira porque se dio la vuelta y salió de mi habitación.
—Solo dúchate. Eso te relajará —gritó desde el pasillo.
Cuando oí la puerta de su habitación cerrándose, tomé el diario y lo metí bajo la cama. Tenía que esconderlo. La paranoia me invadió; temí que Romina aprovechara
cuando estuviese duchándome para robar el texto. No podía permitirlo.
Pensándolo mejor, meterlo allí se me hizo una mala idea. No podía desprenderme de él. Lo agarré, al igual que mi ropa y me dirigí a la ducha. El volumen estaría a
salvo únicamente cerca de mí.
Dejé el diario junto al lavabo y me duché, resistiendo a la tentación de continuar la lectura, al menos, por un rato. Ese fue, posiblemente, el aseo personal más largo de
mi vida. Las hipótesis no dejaban de formarse en mi mente, entremezclándose con extrañas preguntas y estúpidas suposiciones. Temores, pesadillas y alucinaciones se
combinaban, alimentando mi miedo. Existía un asesino que sabía mi nombre, mi dirección y el número telefónico del destruido celular. Estaba en peligro. No tenía dudas.
De hecho, esa era la única certeza.
Cuando terminé, me vestí con mis viejos jeans y una camiseta roja. Al salir, me encontré con la sonrisa de Romina que estaba ataviada como si fuera a salir. ¿Qué
diablos?
—Tu maquillaje es demasiado elaborado como para pasar el día en casa. —Le sonreí con burla.
—Lo que no sabes, Luna, es que ambas vamos a salir —enfatizó en la palabra “ambas” y sonrió ampliamente.
—¿De verdad? ¿A dónde? —Sabía que Romina era de hacer planes en minutos, ya lo había hecho varias veces.
Por mi parte, no tenía ganas de salir, lo único que deseaba era seguir leyendo el diario.
—Gael volvió a llamar, dice que te tiene un regalo.
Enarqué una ceja.
—¿Regalo? Él no es del tipo de chico que da regalos —fruncí los labios.
Ella asintió.
—Quizá sea un celular —se encogió de hombros—; da igual. Gael dijo que podía acompañarte y que luego iremos por helado, él invita.
—No quiero salir, Romina.
Me atravesó con la mirada, como esperando a que cambiara de opinión
—Dile que irás tú nada más —insistí.
—Pero tú eres su mejor amiga, no yo, Luna —se quejó, reclamándome con la mirada.
—Pareces una niña haciendo berrinches. —Noté que la había ofendido porque levantó su mentón y se le borró la sonrisa.
—Luna, no sé qué tienes, pero estás un poco rara y averiguaré lo que te traes entre manos.
Tengo el diario de un asesino LITERALEMENTE en mis manos. Me aferré con fuerza al libro que se escondía debajo de las toallas. No podía permitir que Romina lo
viera. Mi mejor opción era seguirle la corriente e intentar actuar con normalidad para que sus sospechas desaparecieran.
—No sé de qué hablas, Romina, tal vez tienes que dormir más. Si tantas ganas de tomar helado tienes, vamos a salir con Gael, da igual. No me importa. Es solo que
me da pereza arreglarme.
Romina sonrió satisfecha mientras mi alma se decepcionaba ante aquella resolución.
—¿A qué hora vamos? —pregunté.
—A las tres. Me dijo que lo llamaras, pero luego recordó que no tienes un celular.
Asentí, sin prestar demasiada atención a sus palabras.
—Entonces, tienes una hora y media para arreglarte. Ponte bella así Gael te compra un helado más grande —finalizó entre carcajadas y se marchó a mirar televisión
mientras esperaba.
Rodé los ojos y me alejé por el pasillo, encerrándome luego en mi habitación.
Como faltaba bastante tiempo, me senté en la cama y abrí el diario nuevamente. Esta vez puse el pestillo en la puerta para evitar que me interrumpieran mientras leía.
Estaba obsesionada con el texto, quería saber qué pasó después.
Maldito Diario:
Ayer conduje sin detenerme hasta no poder continuar. Me detuve recién cuando mis párpados pesaban tanto que me resultaba imposible seguir adelante.
Sin descender del vehículo, aparqué junto al camino y cerré los ojos. Me costó bastante quedarme dormido, y cuando finalmente logré conciliar el sueño, tuve una
horrenda pesadilla donde observaba la traición de Casandra de principio a fin; siendo testigo de cada caricia, beso y gemido.
Desperté consternado. Todo había terminado. Ambos traidores se encontraban bajo tierra y, aun así, me sentía incompleto. Sus muertes no fueron suficientes para
calmar el dolor que sentía, para reparar las grietas de mi corazón.
Me faltaba algo y necesitaba descubrir qué.
Continué recorriendo las diversas carreteras y cuando consideré que me hallaba lo suficientemente lejos del pueblo, me detuve en una gasolinera para enterarme si
se sabía sobre la muerte de Adam y Cassy, pero ningún periódico hablaba de ello, nadie se había dado cuenta.
Levemente más tranquilo, compré unos dulces y volví al auto para seguir mi viaje. Ya había escogido mi siguiente destino: Venezuela.
Esa misma noche pasé la frontera sin ningún problema y, al llegar a la ciudad más cercana, busqué un banco de donde extraer todo el dinero de mi cuenta y,
posteriormente, un hotel donde alojarme.
Afortunadamente, al abandonar el hogar de Adam, le había quitado algunas prendas mías que le presté tiempo atrás. Al menos tenía ropa que ponerme.
Anoche intenté aclarar mis ideas en la habitación del hotel y descubrí que con cada kilómetro que avanzaba, la sed de sangre aumentaba. Nada cambiaría lo
ocurrido. Ya no tenía un hogar, ni un destino. Nada. Lo único que me quedaba era el placer que me daba el asesinar, el único calmante que aliviaba mis
preocupaciones.
Ahora continuaré viajando.
D.
Estupefacta
Tragué saliva. Aún mantenía la mirada fija en el diario. Cada vez que terminaba de leer un fragmento, mi corazón latía con tanta fuerza que parecía que había estado
corriendo algún maratón.
Las palabras de D me aterraban, aunque la maldita curiosidad era insaciable. Quería parar, pero no podía detenerme; era como si me llamara para que continuara
leyendo. Recién estaba pasando las primeras páginas que eran totalmente inescrupulosas y, estaba segura que me encontraría con cosas peores a medida que avanzara.
Basta. Me dije. No quería retrasarme y soportar un interrogatorio de Romina. Resignada, abrí el armario para cambiarme. Observé unos segundos mis prendas. No
tenía demasiadas, pero siempre me costaba escoger un atuendo. Finalmente, luego de revisar la mitad de lo que allí había, me decidí por vaqueros oscuros, una muy
cómoda camiseta rosa, una chaqueta de cuero oscura y botines de

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