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126 trocitos – Deborah F. Muñoz

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126 trocitos – Deborah F. Muñoz

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Por fin se decide a entrar en una red
social y empieza a rellenar su perfil. En
ello está cuando se da cuenta de que
puede entrar en los perfiles de otros, así
que se sumerge en las vidas ajenas:
navega de un perfil al del amigo, del
perfil del amigo al del amigo del amigo.
Nunca acaba.
Inmersa en la vida de los demás, se
olvida de que tiene vida propia.
Cotillea, conoce a desconocidos. Sabe
cómo son sus caras, sus aficiones, dónde
nacieron, qué estudian y cuándo salen de
marcha. A veces les ve en la calle: sabe
quiénes son, aunque ellos no la
conozcan, y eso la divierte.
Se olvida un poco de sí misma hasta que
un día encuentra un perfil vacío con su
nombre. Es el que había dejado a
medias. Empieza a llenarlo, pero pronto
se da cuenta de que así todo el mundo
podrá conocer su cara, sus aficiones,
dónde nació, qué estudió y cuándo sale
de marcha. También se cruzará en la
calle con gente que sabrá quién es ella,
aunque no los conozca. Eso ya no la
divierte tanto.

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Así pues, vacía de nuevo su perfil y
vuelve a navegar por los de los demás.
De nuevo se olvida un poco de sí
misma, pero le da un poco lo mismo:
haciendo lo que hace se siente poderosa.
4. El escorpión
mecánico
El escorpión mecánico arrasaba la
ciudad y masacraba a sus habitantes. Las
fuerzas del orden, que bombardeaban a
la bestia mecánica con todo tipo de
ingeniosas armas a vapor sin ningún
éxito, comenzaron a trazar un plan de
evacuación y a buscar soluciones al
problema.
Su mayor esperanza era encontrar a
Fergus Galgaird, el brillante inventor
que era en gran parte responsable de los
avances técnicos de los últimos
cincuenta años. Por lo tanto, organizaron
grupos de búsqueda y se desplegaron
por los alrededores de la ciudad para
encontrarle, con la esperanza de que no
fuera una de las víctimas del escorpión.
Lo que no podían ni imaginar era que el
inventor no había salido de la ciudad y
que disfrutaba de unas vistas estupendas
de la masacre desde la cabeza del
escorpión.
—Se van a enterar esos del gobierno —
repetía sin cesar— por negarme la
pensión después de tantos años
trabajando como un loco por el bien del
país.
5. La dama y la
torre
La dama bordaba, en lo alto de la torre,
aguardando la llegada de su esposo.
Había ido a una de tantas guerras en las
que se inmiscuía: le concernieran o no,
supiera la causa o no, una sola orden del
rey, una petición de un amigo o una falta
de respeto desencadenaban nuevas
campañas.
La dama ya estaba harta y su mal humor
se demostraba en la fiereza con la que
bordaba, como si con las agujas pudiera
apuñalar las ilusiones frustradas. Quién
le iba a decir que acabaría sin más tarea
que esperar bordando a un hombre al
cual ya no amaba, que su rescatador
sería causa de una forma distinta de
encarcelamiento. Su ilusión inicial no
tardó en desvanecerse al descubrir que
los grandes amores de su esposo eran la
espada y el escudo, que ella solo valía
para curarle las heridas cuando
regresaba y para entretenerle hasta que
volvía a marcharse.
Su único consuelo habían sido sus dos
hijos varones, pero habían salido a su
padre y se los habían arrebatado en
cuanto fueron lo bastante mayores para
ejercer de escuderos. Tocó entonces su
vientre abultado y suplicó:
«Por favor, señor, que sea una niña».
Pero luego se puso a pensar que una hija
le daría compañía y consuelo, pero que
con el tiempo acabaría como ella.
«Mejor otro niño», rectificó.
6. Ya es lo último
—Esos bichos me dan asco. Tan
cálidos, tan blandos y tan molestos.
Destrozan todo a su paso, se propagan
como una plaga y no puedo ir a ningún
sitio sin que me asalten. Algunos incluso
vienen a mi casa y ¡es tan problemático
deshacerme de ellos! ¿Cómo no tenerles
fobia? —se justificó ante su pareja
cuando amenazó con abandonarle si
seguía huyendo cada vez que les veía.
—¿Esa es tu explicación? Si un grupo de
esas insignificantes criaturas se las
hubiera arreglado para herirte a lo mejor
entendería tu estúpida y ridícula
cobardía. ¡Pero que tengas ese miedo
absurdo sin motivo ya es lo último!
—Por última vez, no me dan miedo, les
tengo fobia.
—¿Sabes qué? Me da lo mismo. Lo
nuestro se ha acabado. Avísame cuando
se te cure esa «fobia».
Se dio la vuelta con arrogancia y salió
de la cueva meneando su escamosa cola.
«Desde luego», pensó. «Un dragón con
fobia a los humanos, lo que faltaba.
Como si no te pudieras deshacer de
cientos de ellos a la vez con un soplidito
ni pudieras destrozar sus ciudades en
cuestión de minutos. Con patanes como
este en nuestras filas, no me extraña que
cada vez nos tengan menos respeto».
7. El duelo
Las armas chocan con estrépito, los dos
duelistas empiezan a cansarse. Pronto,
uno de ellos cometerá un gran error y la
victoria será de su contrincante. No
obstante, ambos son grandes guerreros y
no se darán por vencidos. Al fin, uno de
ellos ve un hueco en la guardia de su
rival y lanza una estocada al estómago
de su enemigo.
—¡¡¡¡Auuuuuu!!!! —llora perdedor al
recibir el palazo en el estómago.
Su hermano mayor, que no se arrepiente
en absoluto, ríe y se burla hasta que, de
repente, una sombra amenazadora le
cubre y enmudece.
—¿No te he dicho un millón de veces
que no pegues a tu hermano? ¡A tu
habitación!
El niño se enfurruña, da una patada al
palo que hacía unos momentos era su
espada y se mete dentro de la casa.
8. Buscando a la
muerte
Una vez vi a la muerte, ¡era tan hermosa
y la amé tanto! Nunca pude olvidarla e
hice lo posible para volver a verla.
Primero maté a mi compañero de piso,
pero no apareció… Luego fui a por mi
familia; tampoco hubo suerte…
Entonces quise atraerla disparando a los
policías que vinieron a por mí, pero
ellos fueron más rápidos y gracias a eso
la encontré…
Para volver a ver a mi amada, solo tuve
que morir.

126 trocitos – Deborah F. Muñoz

9. Amor en los
andenes
Se enamoró nada más verla. Por
desgracia, ella se encontraba en el otro
andén y su tren estaba entrando en la
estación, así que no tuvo tiempo de
cruzar.
No la volvió a ver hasta la semana
siguiente, a la misma hora y en el mismo
andén. Se miraron fijamente y ella le
sonrió. No lo dudó un segundo y volvió
a correr al andén contrario, pero de
nuevo llegó el tren antes de poder
alcanzarla.
La semana siguiente estaba preparado:
se fue directo al andén de su amor y se
quedó mirando las escaleras, atento a su
llegada. Llegó la hora, pero ella no, y él
la esperó con la esperanza de que se
tratara solo de un retraso.
Estuvo así tanto tiempo que se le escapó
el tren que le hacía llegar puntual al
trabajo. Lo miró marchar con tristeza,
pero luego se percató de que una
persona se había quedado en el andén
contrario. Era ella. Al notar su mirada,
se giró y sonrió. Luego, sin dejar de
observarse, subieron las escaleras al
unísono para poder hablarse por fin.
10. Por fardar
Por fin tenía en mis manos un libro
electrónico. Lo estrené en el metro y me
puse a leer de forma que quedara bien a
la vista de todo el mundo, para que se
murieran de envidia. Por desgracia,
había un par de delincuentes en el vagón
que, aunque no parecían muy lectores,
decidieron quedarselo. Otra vez a
ahorrar, eso me pasa por fardar.
11. Abecedario del
maligno
A bellos caballeros debo enfrentarme
firmemente, guiando hidras increíbles,
jaurías kilométricas, lobos malvados
(nunca ñaques olvidados), palabras que
recrean siniestras tinieblas… Una vida,
Walkiria, xenófoba y zarrapastrosa.
12. Bronca
(abecedario del
revés)
¡Zopenco! Yo, Walter Xabier, vislumbro
umbrales transdimensionales
sencillamente… ¡Recibir quejas por
olvidar, ñoño niño mequetrefe, los
kirielesones! ¡Jamás intentes hallarme
grandes fallos estúpidos! ¡Debes
comportarte bien, aprendiz!
13. Huir de un
sueño
Soñé con mi media naranja, un hombre
increíblemente perfecto y maravilloso.
Quizás demasiado, porque me hizo
sentir tan insignificante que me asusté y
huí de él.
No me di cuenta de lo estúpida que
había sido hasta que le perdí de vista,
pero desperté antes de poder volver a su
lado.
Desde ese día, le busco todas las
noches, atormentada por mi decisión…
pero incluso en sueños puede que sea
demasiado tarde.
14. Gran Bandido
El bandido volvió a su casa, de nuevo
con las manos vacías. Le esperaba su
mujer con los brazos en jarras.
—¿Otra vez sin nada? —preguntó,
agitando un cucharón.
—¿Y qué quieres que haga, si nadie
pasa por ahí? —se quejó el criminal.
—¿Cómo que no pasa nadie, so zoquete?
Yo misma he pasado esta misma mañana
y ni siquiera me has hecho señas para
saludarme desde donde quiera que te
escondieras. ¡Y un rato después me
crucé con dos carruajes! ¿Cómo no los
has visto?
—¡Te digo que he pasado toda la
mañana con la vista fija en el camino del
bosque y no habéis pasado ni tú ni los
dichosos carruajes!
Una terrible colleja le dejó ciego por un
momento.
—¡Serás zoquete, pedazo de inútil!
¿Quién va a querer ir por ese camino
oscuro e incómodo cuando hay una
carretera bien asfaltada a menos de un
kilómetro! ¡Ya estás yendo mañana a la
carretera a limpiar bolsas!
—¡Mi territorio es el camino del
bosque, mujer!
Una lluvia de insultos y cucharazos cayó
entonces sobre el criminal.
Al día siguiente, esperó a sus víctimas
en la carretera bajo la vigilante mirada
de su furibunda esposa.
15. La espada
mágica
El herrero necesitaba una espada mágica
y, como solo los brujos pueden crearlas,
acudió al único del que había oído
hablar: el que tenía esclavizada a toda la
región.
Tentado por la gran recompensa que le
ofreció el herrero, el codicioso
hechicero aceptó y ambos trabajaron
codo con codo hasta crear un arma muy
poderosa.
En cuanto estuvo acabada, el herrero la
cogió reverente, miró a los ojos del
brujo y dijo en voz baja mientras se la
clavaba:
—He oído que las espadas mágicas son
las únicas que pueden matar a los tipos
como tú.
El hechicero esbozó una malévola
sonrisa y se sacó el arma lentamente, sin
derramar una sola gota de sangre.
—Por suerte para mí, el brujo que las
encanta es inmune a sus propias
creaciones —respondió, tras lo cual
cortó la cabeza a su atacante.
Luego observó el arma, pensativo, y
mandó a sus esbirros que dejaran caer
por toda la región que alguien vendía
una espada mágica. Seguro que algún
otro héroe estaba dispuesto a pagar por
ella con la esperanza de derrotarle.
16. La marea
sube lentamente
¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¿Por
qué a mí, por qué tengo tanta mala
suerte? No debería haberme alejado de
la orilla, pero me entraron ganas de
hacer aguas mayores. Busqué un lugar
donde evacuar sin que los demás me
vieran y me gastaran sus bromitas, con
tan mala suerte que vi dónde había
enterrado el tesoro el capitán. Es un
hombre ocupado, claro está, así que,
cuando tuvo que elegir entre cavar otro
agujero para cambiar el oro de sitio y
enterrarme a mí con él, lo tuvo fácil. Mi
vida no vale mucho.
La marea sube lentamente. Dentro de un
rato, moriré.
17. Viaje al
pasado
Heme aquí, con la oportunidad de viajar
a cualquier momento de mi pasado, y no
puedo dejar pasar la oportunidad de
tocar las narices, satisfacer una
curiosidad científica y poner un poco de
caos en el inmutable orden cósmico. Así
que nada más fácil: viajo al pasado para
evitar viajar al pasado. ¿Cuál es el
problema? Que mi yo pasado no quiere
dejar pasar la oportunidad de viajar al
pasado. Y empezamos a pelearnos como
locas, dos copias idénticas con unos
cuantos minutos de diferencia, la una
para poder viajar al pasado y evitar así
el viaje al pasado de sí misma, y la otra
para cumplir el objetivo del viaje, que
es evitar su propio viaje en el tiempo.
Mal asunto cuando la última yo,
magullada, consigue su objetivo, con lo
cual su pasado (que es viajar al pasado)
deja de ser el mismo y por tanto en
ningún momento ha realizado tal viaje en
el tiempo. No obstante, ahora que no hay
ningún impedimento para hacer el
viaje… ¿por qué no intentarlo?
18. La peineta
En cuanto vio esa peineta en el
escaparate, supo que sería suya, aunque
al ver el precio y descubrir que las
piedras preciosas no eran falsas casi le
dio un ataque. Pero no paró hasta reunir
el dinero y al fin pudo comprársela. Al
llegar a casa, se la enseñó a su novio y
él le preguntó:
—Ah, ¿el regalo de cumpleaños de mi
madre? —Negó (ni siquiera lo había
recordado) y le dijo que era para sí
misma.
–Pero amor, si tienes el pelo cortísimo y
nunca salimos a sitios en los que no te
vayas a sentir ridícula llevándola, ¿qué
vas a hacer con ella?
Después de un minuto de duda, contestó:
—¡Pues dejarme el pelo largo y
celebrarlo por todo lo alto cuando lo
consiga!
Su novio la miró, desconcertado, pero
no dijo nada. Ella tampoco. Odiaba
llevar el pelo largo, pero se ponía mala
solo de pensar en que su preciada
posesión adornara el horrible estropajo
que tenía por pelo su futura suegra.
19. Breve bondad
Al fin se decidió a romper el huevo y
salir al exterior. El resto de sus
hermanos ya lo habían hecho: ocupaban
todo el espacio y se comían todos los
recursos. El dragoncito consiguió un
poco de comida y se dispuso a
devorarla, pero se compadeció de uno
de sus hermanos, que no había tenido
tanta suerte, y decidió compartirla con
él. Su recompensa fue un mordisco y el
robo completo de su botín.
El dragoncito se dio cuenta entonces de
que tenía solo dos opciones: morir de
hambre o atacar a sus hermanos y
reclamar su lugar en el mundo. Se
decantó por la segunda opción y su
primera víctima fue aquel del que se
había compadecido.
Así fue como el dragón abandonó su
predisposición natural a hacer el bien
para convertirse en una bestia sin
corazón, territorial y avariciosa que se
deshizo de sus hermanos primero, de sus
padres después y, a no mucho tardar, del
resto de los dragones del territorio.
20. ¿Y si es
cierto?
¿Qué hago yo aquí? Seguí un destello de
luz a través del oscuro bosque con la
infantil esperanza de que fuera un hada,
aunque es probable que se tratara de una
luciérnaga. Ahora estoy perdida, al
resguardo de la lluvia en una oscura
cueva con un apuesto desconocido
vestido con cota de malla que está
profundamente dormido. Al verle le creí
muerto y, aunque una vocecilla me dijo
que no lo estaba y que debía besarle
para que despertara, solo tuve valor
para tocarle la mano… y comprobar que
tenía pulso.
La verdad es que dan ganas de besarle,
pero no me hace gracia la idea. Seguro
que duerme porque está cansado o, lo
que es peor, está inconsciente porque
necesita atención médica. Por no hablar
de que un tipo que duerme en una cueva
con cota de maya tiene altas
posibilidades de ser un loco. Pero ¿y si
es cierto? ¿y si es un caballero medieval
inducido a un sueño mágico y protegido
por las hadas hasta que su media naranja
(yo) llegue?
En fin, quizás la loca sea yo, porque voy
a besarle…
21. Buenos
tiempos
Cuando salían juntos, el tiempo pasaba
tan rápido que no se daban cuenta.
Ahora, después de tantos años juntos, el
tiempo vuelve a ir despacio y se acelera
solo cuando discuten. Quizás por eso lo
hacen tan a menudo, para recordar los
buenos tiempos.
22. No es más que
una leyenda
urbana
El destacamento enviado por la
Cofradía de ladrones a Errath para
expandir su campo de acción se reunió
en el callejón y pusieron en común
cuanto habían descubierto.
—Perfecto —dijo su líder —. La
guardia es corrupta y no hay ningún
grupo de crimen organizado. Ahora solo
tenemos que encontrar una guarida.
Formaremos grupos de dos para
explorar el sistema de alcantarillado.
—¡Pero señor! —interrumpió el pilluelo
al que habían reclutado como aprendiz
hacía poco—. No se puede bajar. ¡Los
engendros del mago loco las ocupan!
—¡Estúpido! –exclamó, soltándole un
tremendo capón—. ¡No es más que una
leyenda urbana!
—¡Pero la guardia aún monta
operaciones de limpieza y las
alcantarillas están selladas!
—¡Que te calles! Lo hacen

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