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Libro 77 grados Kelvin – José Luis Peñalver PDF

77 grados Kelvin - José Luis Peñalver

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de distraerse.
—Esperad un momento que
doblemos el cabo.
—Venga, si es un segundo
—insistió la joven más atractiva,
con tono despreocupado—. En este
lado mola más la vista.
No había terminado de
hablar cuando la chica se levantó
con torpeza para acercarle el
teléfono, agarrándose al palo y a
los fuertes cables de acero que lo
fijaban a cada borda. Entonces, en
qué maldito momento, su amigo se
cambió de asiento y se sentó a
babor, abrazando a la otra, prestos
para ser retratados.
—¿Qué haces? —le increpó
David—. ¡No hay nadie en ese
lado!
El médico se marchaba y
eso lo trajo de vuelta al presente:
persistían muchos interrogantes que
le desconcertaban.
David no reconocía al
doctor ni a la enfermera, ni le
resultaba familiar esa sala, aunque
en los últimos días había pasado
por tantas que no podía estar
seguro: quirófano, cuidados
intensivos, fisioterapia, planta…
—Un momento, llevan una
semana diciéndome que no me cree
expectativas, ¿y ahora viene usted a
decirme que voy a recuperarme? —
preguntó encrespado—. ¿Me han
cambiado de hospital? ¿Por qué me
he despertado así, es que me han
operado otra vez? ¿Esto es cosa de
mi padre?
El hombre rió con
afabilidad.
—Créame, lleva con
nosotros bastante más que una
semana —afirmó.
David sintió que la angustia
por la incomprensión inicial tras
despertar volvía a adueñarse de él.
—¡No se vaya! ¡Espere!
—Ahora necesita seguir
durmiendo, no es conveniente
exigir demasiado al principio.
Salieron haciendo caso
omiso de sus airadas demandas de
aclaraciones. La soledad lo
devolvió a aquel día aciago.
El barco se escoró hacia la
banda de babor, no habiendo
contrapeso en estribor. La joven
que avanzaba hacia él perdió el
equilibrio y David, siguiendo un
instinto, se levantó para agarrarla,
pues dada la inclinación tanto
podía caer sobre la bañera como
por la borda. Dio dos hábiles
zancadas sobre el piso ladeado,
pero no fue consciente de su
temeridad hasta que hubo asido el
brazo de la tambaleante joven:
había dejado la caña del timón
libre y la vela cazada, cargada de
viento. Una racha inesperada
demasiado fuerte podría hacer
volcar el bote.
Con premura ayudó a la
chica a sentarse en el lateral más
elevado, para corregir la escora, y
se dispuso a volver a popa junto al
timón.
Todo ocurrió muy rápido,
pero en sus recuerdos se había
quedado plasmado cada instante
formando una lenta secuencia.
Creyó percibir sobre su cara una
racha fuerte de lebeche, contraria
al viento constante que reinaba esa
mañana. Extrañado, levantó la
cabeza y enseguida lo entendió:
habían sobrepasado el cabo
rocoso, que les había estado
haciendo de barrera. Ahora se
encontraban de lleno con el
característico viento seco del
sudoeste, que soplaba libre desde
tierra, sobre la bahía que se abría
ante ellos.
Le habían advertido en más
de una ocasión, desde adolescente,
que tuviera precaución, que no se
acercara mucho a la pared de
rocas, pero se había ido confiando
con el tiempo. Además, le gustaba
impresionar a las chicas pasando
bajo los acantilados. En
condiciones normales no habría
supuesto más que un pequeño susto:
las velas pasarían a la otra borda
con fuerza. Sin embargo, en aquel
fatídico momento la embarcación
se hallaba sin control, y a David le
había sorprendido erguido,
regresando a su sitio.
La vela mayor se cargó del
viento contrario y se desplazó con
violencia hacia la borda de
enfrente. La botavara, la gruesa
barra horizontal que sirve de base
para la vela mayor, giró en torno al
palo, barriendo el espacio de la
bañera, acelerándose cada vez más.
Pasó fulminante rozando las
cabezas de sus amigos, que gritaron
asustados. David, de pie, no se
agachó a tiempo. El extremo de la
botavara, el que giraría con mayor
momento angular, le golpeó de
lleno en la nuca.

2.
—Buenos días.
La enfermera saludó en voz
alta para despertarle, creyó David.
Era una chica diferente, más joven
que la de la ocasión anterior, pero
con cara de pocos amigos. La
habitación había cambiado
también. No había tanto
instrumental y entraba una
agradable luz natural por un
ventanal enorme, que ocupaba toda
la pared. Deseó poder levantarse y
asomarse, para averiguar dónde se
encontraba.
Todo indicaba que, sin
previo aviso, le habían cambiado
de hospital y le habían intervenido
de nuevo.—
¿Cuánto tiempo llevo
dormido? —preguntó David.
—Casi un día.
—Tengo derecho a saber si
estoy siguiendo otro tratamiento.
Exijo ver a mi padre, ¿dónde está?
Quiero llamarle por teléfono, estoy
seguro de que esto es cosa suya.
La enfermera no pudo
reprimir una carcajada llena de
sarcasmo. Sin mediar palabra,
inició una serie de masajes sobre
sus miembros inmóviles,
estimulando cada músculo de su
cuerpo, de manera similar a los
cuidados que recibía en el centro
de rehabilitación.
David aprovechó para
formularle a la joven un sinfín de
preguntas, pero ella no contestó a
ninguna.
—Cuando los médicos lo
estimen oportuno, tendrá sus
respuestas —se limitó a decir, con
la paciencia agotada y el gesto
adusto.
David entró en cólera.
Llegó a amenazar con denunciarles
por detención ilegal o secuestro,
pero ella ni se inmutó, resignada.
La enfermera concluyó con la
desagradable tarea de vaciar su
vejiga con una sonda y se dispuso a
marcharse.
—Debería estar contento,
esta tarde le tratarán la lesión
medular. Probablemente esta sea la
última vez que le damos uno de
estos masajes.
Puede que ella advirtiera su
absoluto estupor y que por ello le
dedicara, mientras se despedía, una
media sonrisa compasiva. Le animó
un poco, pero le reconcomía el
ansia de saber, la frustración por
serle denegadas las explicaciones.
Miró airado hacia otro lado.
David entró en un
despacho, acompañado de un
enfermero vigoroso sobre cuyos
hombros apoyaba un brazo y que le
ayudaba a caminar. Le aguardaba

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de pie el mismo doctor de pelo
cano, dedujo David, que había
vislumbrado tras aquel extraño
despertar. Iba enfundado en una
bata blanca sin abrochar, bajo la
que se intuía una corbata ancha en
exceso, de un estilo arcaico. Se
hallaba frente a una pequeña mesita
de salón de cristal, a la que
miraban dos cómodos sillones.
—Me alegra verle en ese
estado, señor Hoyos. Permítame
que nos presentemos como es
debido. Me llamo Dalmiro Blas,
soy el encargado de la Unidad de
Reanimación.
Le estrechó la mano
esbozando una amplia sonrisa. Con
un ademán le indicó que tomara
asiento, a lo cual le ayudó el
enfermero, antes de retirarse y
dejarlos solos.
Mientras se sentaba, David
se vio reflejado en el cristal de la
mesa. Advirtió su rostro pálido y
desmejorado, había perdido el
bronceado del reciente verano. Le
suponía un verdadero trauma ver el
estado de su cabello, que se
exhibía lánguido y sucio.
Acostumbrada a llevarlo siempre
bien cuidado, con un look agreste,
corto pero con longitud suficiente
para permitir peinar hacia arriba
unas cuantas puntas dispersas de
forma aleatoria. Comprobó que
portaba, además, una barba de dos
o tres días. No le gustó, él siempre
se afeitaba religiosamente cada
mañana, pues su madre le había
inculcado desde niño que la buena
presencia era un imperativo en la
familia y en los selectos círculos en
que se movían.
David aún no podía creer
que hubiera recuperado la
movilidad. Se sentía torpe, como
entumecido, pero le habían
asegurado que sería solo al
principio, en pocos días se
desenvolvería igual que antes del
accidente. Eso alivió su
contrariedad por su aspecto y le
hizo olvidar su resentimiento por el
trato.
Le sorprendió el singular
despacho del doctor: no había un
escritorio con papeles o libros,
ordenador ni teléfono. No era
concebible que pudiera trabajar
allí, tal vez se tratase de un
modesto salón para reuniones.
—Le aseguro que su
reanimación supone un éxito sin
precedentes para esta empresa…
—decía Dalmiro Blas al tiempo

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que tomaba asiento.
—Escuche —le interrumpió
David, procurando mostrarse
cordial—, de verdad que le
agradezco que me hayan curado.
No sé cómo lo habrán hecho, es
increíble, me han devuelto la vida.
—Se tornó más serio—. Pero
quiero que me digan de una vez qué
está pasando, por qué me tienen
incomunicado y sumido en la
ignorancia. Me imagino que será
cosa de un innovador tratamiento
que le habrá costado una fortuna a
mi padre, pero necesito respuestas:
¿dónde estoy?, ¿cuándo volveré a
ver a mi familia?
—Sin duda, las tendrá
ahora mismo. No era conveniente
agobiarle con excesivos
quebraderos de cabeza recién
salido del quirófano.
David asintió, impaciente.
El doctor se arrellanó en el sofá y
cruzó las piernas.
—Nos hallamos en el año
2132 —afirmó con gravedad—.
Usted, de acuerdo a las
definiciones de su tiempo, murió
hace más de un siglo, a la edad de
veintiséis años.
A David le sobrevino una
carcajada acompañada de una
mueca sarcástica. Creyó que era
una broma. Ahora vendrían las
explicaciones, se dijo esperanzado.
—Sé que le sonará

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