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A la orilla del mar – Ana F. Malory

A la orilla del mar – Ana F. Malory

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La música dejó de sonar y a Silvia,
aunque agotada tras un intenso día de
trabajo, aún le sobró energía para
celebrar el final de la clase con un grito
de satisfacción y vigorosos aplausos que
sus alumnas imitaron al instante con
idéntico entusiasmo.
Adoraba su trabajo como monitora de
aerobic. Lo que había comenzado siendo
un empleo a tiempo parcial mientras
terminaba los estudios, se había
convertido en un trabajo fijo, relegando
a un casi olvidado segundo plano la
preparación de las oposiciones, algo
que sabía no podría dejar de lado
durante mucho más tiempo.
—¡Hoy habéis estado estupendas,
chicas! —felicitó al grupo con una gran
sonrisa en los labios, reflejo de su
carácter alegre y extrovertido—. Espero
veros aquí en septiembre, dispuestas a
darlo todo de nuevo. Y ahora, todas a la
ducha.
La sonrisa se incrementó ante el
parloteo de las mujeres camino del
vestuario. Al escucharlas nadie diría
que se habían pasado una hora dando
saltos y vueltas a ritmo de Remix, pensó
apilando colchonetas y bancos de step.
Desconectó el estéreo y, antes de apagar
las luces y salir, echó una última ojeada
para comprobar que la sala quedaba en
orden.
Una nube de vapor y risas la recibió
al entrar en el vestuario.
—¿Qué planes tienes para las
vacaciones, Silvi? ¿Te marchas a algún
sitio? —la interrogó María, una mujer
que rondaba los sesenta pero que tenía
la energía de una jovencita de veinte.

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—En unos días me iré a Málaga a
visitar a mis padres —respondió
animada, abriendo la taquilla y
comenzando a desnudarse.
—¡Me encanta Málaga! —El
comentario lo realizó otra de las chicas
—. He ido un par de veces y me parece
un sitio precioso.
—Es un lugar muy bonito —coincidió
Silvia—, el problema es que mis padres
viven en Alcaucín —apuntó, torciendo
el gesto—, un pueblecito perdido de la
mano de Dios. Encantador… pero
demasiaaado tranquilo —ironizó,
evitando así mencionar lo aburrido que
podía resultar. Aunque lo cierto era que,
una vez allí, disfrutaba de lo lindo con
la compañía de sus padres y el
maravilloso paisaje.
—No te vendrá mal un poco de
tranquilidad después de tanto meneo —
replicó jocosa, María.
—Seguramente lleves razón —
concedió con una carcajada de camino a
la ducha, evitando mencionar que,
incluso estando de vacaciones,
necesitaba hacer ejercicio y todos los
días hacía footing.
—Bueno, guapa, hagas lo que hagas
espero que te diviertas —repuso la
mujer ya junto a la puerta.
—Igualmente y gracias, María. —
Elevó el tono para hacerse oír desde el
interior del estrecho cubículo al tiempo
que accionaba el grifo del agua caliente.
Bajo el chorro de la ducha, Silvia
escuchaba cómo, poco a poco, las
mujeres se iban despidiendo hasta dejar
el vestuario vacío y en silencio. Diez
minutos más tarde, con la mochila al
hombro, ella misma lo abandonaba y se
reunía con sus compañeros ante el
mostrador de recepción.
—Vamos a tomarnos unas cañas, ¿te
vienes? —le preguntó Carlos, el
entrenador de los culturistas, cuando la
vio aparecer.
—¡Uuuf, qué va! Estoy cansadísima y
deseando llegar a casa —respondió,
repartiendo besos y abrazos y
excusándose por no acompañarlos—.
Hasta el mes que viene, gente, disfrutad
de las vacaciones —se despidió de
camino a la salida acristalada, tras la
que aguardaba su Burgman negra de
125c.c.
Le gustaban las motos desde siempre;
aún recordaba los paseos que, siendo
una niña, daba con su vecino Sergio. El
pobre chico se había ganado más de una
bronca por su causa, pero ella se había
divertido muchísimo montando en la
v i e j a Puch Condor del muchacho.
Conseguir que años más tarde le
compraran una Derbi Variant para ir al
instituto no había sido fácil, aunque al
final se había salido con la suya y desde
entonces siempre había tenido dos
ruedas sobre las que moverse, recordó
sonriendo bajo el casco mientras
sorteaba el tráfico y tomaba la salida
hacia Moratalaz.
Apenas veinte minutos después de
abandonar el gimnasio abría la puerta
del apartamento en el que había crecido
y que ahora le pertenecía. La grave
afección coronaria que su padre sufría,
le había obligado a jubilarse y llevar
una vida mucho más controlada y
tranquila, motivo por el cual, el
matrimonio, había decidido regresar al
pueblo de forma permanente, dejándola
a ella a su aire, en Madrid. Le encantaba
la independencia que con ello había
conseguido, pero no podía negar que,
preocupaciones por la salud de su padre
aparte, les echaba de menos y añoraba
tener alguien con quien charlar al
regresar a casa, reconoció para sí
recorriendo el largo y silencioso
pasillo, camino de su dormitorio.
Con un melancólico suspiro, dejó la
mochila sobre la cama cubierta con una
vistosa colcha de vivos colores y se
quitó la cazadora, que guardó en el
armario antes de encender el ordenador.
Sin prisa, se desprendió de los vaqueros
y la camiseta sustituyéndolos por un
fresco y cómodo pijama de gatitos,
vació la bolsa de deporte y se fue a
poner la lavadora antes de regresar a la
habitación y sentarse a revisar el correo
electrónico. En ello estaba cuando se
activó el chat. Sus labios se curvaron
ligeramente hacia arriba al ver que se
trataba de Marina.
—Hola guapa.
—Hola, Marina.
—Ahora mismo estaba pensando en
llamarte y he visto que te conectabas,
¿qué se siente al estar de vacaciones?
—Aún no me ha dado tiempo a
asimilarlo.
—Pasado mañana me voy para
Asturias. ¿Te vienes?
—Estás loca. ¿Cómo me voy a ir
contigo?
—Mis padres se van quince días a
Italia. Pelayo y yo nos vamos solos a la
playa…vente con nosotros. Porfa, porfa.
¡¡¡Será divertido!!!
—¿¿??
—No te lo pienses tanto y anímate.
—¿Cuándo dices que nos vamos?
—:D 😀 Pasado mañana.
—Comemos juntas mañana y
hablamos.
—OK.
Sentada frente a un revuelto de ajetes
tiernos y una ensalada de tomate, queso
fresco y aceitunas negras, aderezada con
orégano y aceite de oliva virgen extra,
iba tomando nota mental de cuanto
necesitaba para la breve escapada. La
idea de pasar unos días en Asturias junto
a Marina y Pelayo cada vez le resultaba
más atractiva.
Marina y ella se conocían desde el
instituto, era su mejor amiga y a pesar de
tener veinticinco años, cuando estaban
juntas solían comportarse como un par
de alocadas adolescentes. Físicamente
eran como el día y la noche. Marina
tenía una preciosa melena rubia y unos
maravillosos ojos azules, nariz recta y
labios llenos. Alta y delgada, era toda
sensualidad al moverse. Silvia, por el
contrario, era morena, llevaba el pelo
corto, y tenía los ojos oscuros con una
bonita forma almendrada. Unas
graciosas pecas le cubrían el puente de
la pequeña nariz que descansaba sobre
unos labios bien definidos y no
demasiado grandes. Era un poquito más
baja que su amiga, aunque igualmente
esbelta. Sus movimientos eran elásticos
y dinámicos; al verla moverse no era
complicado adivinar que practicar algún
tipo de deporte.
Pelayo, dos años mayor, guapo,
desenfadado y juerguista, era el
acompañante ideal para ellas; imposible
no divertirse teniéndole cerca.
Definitivamente iban a ser unas mini
vacaciones estupendas, se dijo
entusiasmada recogiendo los platos que
acaba de lavar.
Cuando el portero automático sonó,
Silvia no pudo evitar mirar la hora: las
diez en punto. Una sonrisa divertida
estiró sus labios al imaginar lo mucho
que Pelayo habría tenido que bregar con
su hermana para llegar justo a la hora
acordada.
—¡Ya bajo! —canturreo a través del
telefonillo sin molestarse en preguntar
quién llamaba.
—¿Tienes pensado quedarte a vivir
allí? —Pelayo enarcó una de sus
doradas cejas al comprobar el peso de
la pequeña maleta que Silvia acaba de
pasarle.
—Una mujer debe estar preparada
para cualquier eventualidad —
respondió con teatral gravedad,
consciente de que Pelayo llevaba razón
y se le había ido la mano con el
equipaje.
—Entre mi hermana y tú estáis
preparadas hasta para la Tercera Guerra
Mundial —protestó sin perder el buen
humor.
—Deja de quejarte y vámonos —
intervino Marina dándole un rápido
achuchón a Silvia antes de volver a
meterse en el coche—. Aún tenemos
cinco horas de viaje por delante —le
recordó asomando la cabeza por la
ventanilla.
Pelayo puso los ojos en blanco
mientras cerraba el maletero.
—Échale cuatro, y parando para
comer —susurró el joven al pasar junto
a Silvia de camino a su lugar tras el
volante.
—¡Te he oído! —No era cierto, pero
conociendo a su hermano estaba segura
de que algo habría dicho.
—¡Qué orejas más grandes tienes,
hermanita!
—¡Imbécil!
—No, ahora tú tenías que decir: son
para oírte…
—Mira que puedes llegar a ser tonto
—lo cortó Marina con una mueca de
fingido desdén. Silvia, acostumbrada a
las inofensivas trifulcas de los Inclán, se
limitó a ponerse el cinturón de seguridad
sonriendo y ninguna intención de mediar
entre ellos.
A pesar de la bravuconería de
Pelayo, el viaje transcurrió sin
sobresaltos ni prisas, sazonado con
bromas y risas que no impedían a Silvia,
sentada en la parte de atrás, disfrutar del
dorado paisaje de Castilla que, a
medida avanzaban hacia el norte, se
tornaba más agreste y colorista, plagado
de montañas y prados color esmeralda,
bajo un cielo salpicado de blancas y
esponjosas nubes. Todo a su alrededor
parecía tener un brillo especial y sus
ojos volaban de un punto al siguiente,
tan absorta y fascinada, que dejó de
escuchar las puyas de los dos rubios que
iban en la parte delantera del vehículo.
Eran casi las cuatro de la tarde
cuando Marina señaló un punto al final
de la estrecha y sinuosa carretera por la
que circulaban.
—Ya hemos llegado. Es allí.
Los setos que rodeaban la finca solo
permitían ver el piso superior de la
vieja casa familiar, donde una galería de
madera recorría de un extremo a otro la
blanquísima y cuidada fachada.
—Bienvenida a Santa María del Mar
—dijo Pelayo con tono solemne pero sin
perder el brillo travieso de sus ojos
azules.
Al atravesar el portón automático de
la entrada, Silvia pudo contemplar por
fin el resto del edificio. La puerta, de
color verde, estaba escoltada por dos
ventanas de doble hoja de las que
pendían unas finas cortinas de lino

A la orilla del mar – Ana F. Malory

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