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Libro A mi del amor, que no me hablen – Nekane Gonzalez

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PDF Descargar por mi última relación con un cubano de
pro que dejo mi vida hecha un fiasco;
todo el mundo ha terminado por hacerme
daño siempre.
Así que aquí estoy yo, con casi
cuarenta años, económicamente en
bancarrota y el corazón en mil pedazos
lamiéndose las heridas en algún cajón;
pensando que no estoy dispuesta a pasar
un invierno más aquí.
Apenas habían terminado las fiestas
de Bilbao pero este año, ni eso me
motivaba. Sí, había salido un par de días
por ahí con mi hermana María. Pero ni
ésta con sus locuras había conseguido
animarme.
María es fotógrafa profesional y muy
buena, la verdad. No es porque sea mi
hermana, es que tiene una visión del
mundo tan particular, que creo que es lo
que le da esa calidez a sus fotos.
Somos muy parecidas físicamente a
pesar de que yo le saco un par de años.
Las dos somos morenas con una melena
de pelo rizado que, aunque da mucho
trabajo, reconozco que cuando quiere, se
pone muy bonito el joío. Ella es más
alta, aunque para ser más alto que yo,
tampoco hay que haber comido muchos
petit suisse porque sólo mido uno
sesenta y dos, así que calculo que ella
me sacará unos ocho centímetros por lo
menos. Yo tengo los ojos más verdes ya
que los suyos son tirando a marrón.
Sobre todo cuando está triste. Pero si
llora se le ponen de un verde intenso
como a mí.
El caso, es que fue una de esas
noches que salí con mi hermana María,
que me di cuenta de que ya nada me
retenía en esta ciudad. “Definitivamente
aquí ya no hay nada para ti”-pensé.
Así de simple y fácil. Como a quien
se le cae de pronto la venda de los ojos
y descubre que no le gusta lo que ve. Así
que el siguiente paso, era trazar cómo
salir de Bilbao de una vez por todas.
La tarea no iba a ser fácil y menos
pensando en mi situación financiera,
pero si algo tengo es que soy muy
cabezota y no me suelo dar por rendida
fácilmente. Al fin y al cabo andar de una
comunidad autónoma a otra era algo que,
en otro tiempo de mi vida, hacía como ir
a orinar.
Lo que sí tenía muy claro, es que no
estaba dispuesta a pasar otro frío
invierno en el norte y para conseguirlo
estaba dispuesta a todo. Al fin y al cabo,
no tenía mucho más en Bilbao de lo que
pudiera encontrar en otro sitio. Siempre
he sido muy extrovertida y hacer
amistades es algo que me cuesta poco o
nada. Es más; es la gente la que siempre
se acerca a mí para contarme su vida y
sus cosas sin conocerme de nada. A
veces pienso si llevaré algún cartel de
“Confesionario móvil” o de “Échame tu
mierda que yo lo absorbo todo”.
Pensando en todo aquello, salí de mi
casa para ir a tomar el aire y, de paso,
comprar el pan y quizá algún caprichito
para prepararme una ensalada templada
de champiñones y cebolla a la plancha,
con unos taquitos de jamón para darle un
poco de aderezo. ¡Me encanta!
El barrio, un barrio obrero de clase
media- baja (ahora más baja que media
desde la crisis) y dónde nunca más,
desde que llegué allí, había encontrado a
nadie con quién mantener
conversaciones tri-banda, como yo las
llamo. Las llamo tri-banda porque de
tanta ironía que contienen son
deducibles a tres bandas siempre. ¡Ay
señor! ¿Dónde quedaron aquellos años
que vivía en las maravillosas Baleares y
dónde tenía amigos de todos los tipos y
sitios, con los que podía mantener horas
de conversaciones tri-banda? Allí
donde podías elegir con quién acostarte
cada noche, entre un buen ramillete de
hombres de todas las edades y
profesiones. ¡Qué lejos se veían ahora
aquellos tiempos en los que junto con
mis compañeras de piso salíamos a ligar
a demanda! Sí, sí, a demanda. Que hace
falta un electricista porque se rompió el
enchufe de la lavadora; pues ¡a ver
quién pilla antes a un chispas! Y así con
los gremios que hicieran falta.
Ciertamente soy guapa. Como dice
una amiga mía a la que quiero
muchísimo “Soy guapa reversible”
vamos que lo mismo da por dentro que
por fuera; aunque como todo el mundo,
tengo mis cosas. Pero reconozco que
tengo unos ojos verdes que enamoran;
aunque cuando me enfado….dan miedo.
Tengo mucha profundidad en la mirada y
mi alma suele expresarse libremente a
través de ella, sin que yo pueda
remediarlo la mayoría de las veces.
Recuerdo tiempo atrás, cuando esa
independencia me había traído algún que
otro “problemilla”, al delatarme cuando
menos lo esperaba. Pero bien es cierto
que, desde que vivía en Bilbao, nadie
más descubrió nunca lo que
verdaderamente sentía. ¡Ay, los vascos!
Esos hombres capaces de pasar por la
calle al lado de una mujer desnuda, y no
darse cuenta siquiera. Todavía no me
explico cómo han conseguido sobrevivir
sin extinguirse.
Una noche hace algún tiempo, mi
hermana María y yo salimos de fiesta, en
una noche de esas en las que
preferíamos emborracharnos para
olvidar y, si podíamos llevarnos algún

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chulito por delante mejor. La noche iba
viento en popa. Habíamos conocido en
la puerta de un bar de Iturrigorri, que es
una de las calles del casco viejo de
Bilbao, dónde los jóvenes y no tan
jóvenes, van los fines de semana a beber
como locos y poco más, porque eso de
ligar en Bilbao debe ser pecado; a un
chico que tocaba la guitarra en la puerta
del bar. Como a mí me encanta la
guitarra, y además doy clases de
iniciación sobre todo para niños; aunque
tengo alumnos que son bastante mayores
que yo, allí nos acercamos a conocer al
muchacho.
Resultó que el niño era de Cádiz….
¡ay mi Cádiz!
El caso es que, llegado a cierto
punto de la noche, va el tío y nos dice
que se va; justo cuando mi hermana y yo
estamos babeando por llevárnoslo al
huerto.
– ¿Qué te vas?- dice María entre
frustrada y enfadada.
-Sí-dice él- mis colegas se marchan.
Yo incapaz de pronunciar ni un
monosílabo.
-Pero tío-casi grita María- ¡que
queremos echar un polvo contigo! ¿No
lo ves?
Atónita.
Pues no lo vio, no; porque ni corto ni
perezoso, los amigos le vocearon y así,
encogiéndose de hombros, se marchó.
Igual es el aire de Bilbao…..
Que no, que yo no nací en Cádiz ni
lo conozco, pero que no sé qué me pasa
con aquella tierra que me tira y mucho,
desde que nací. He pasado horas con el
Street view recorriendo la zona y ya es
como si viviera allí hace tiempo. Más
concretamente me decanto por la zona
de Conil…. ¡Ay mi Conil! Teniendo en

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cuenta que el sueño de mi vida siempre
ha sido tener una casa en el campo, pero
enfrente del mar; plantar un pequeño
huerto que me permita esos lujos de
comer sano, que en la civilización ya no
se dan; y unas gallinitas que me permitan
volver a saborear esas yemas amarillas,
de los huevos de antaño y que tan
riquísimas sabían. Porque seamos
sinceros, ¿alguien se acuerda de que las
yemas de los huevos tienen sabor? Yo
sí, es lo que más me gusta. Y si encima
resulta que el huevo lo he recogido yo,
después de pasarme horas sentada frente
al culo de la gallina, esperando que
salga, ni te cuento el placer que se puede
llegar a sentir al comérselo después. Es
toda una experiencia asistir al “parto”,
porque es un parto, de una gallina.
Bueno al menos para mí, que quién no lo
haya experimentado nunca o no le
atraiga la idea, seguro que pensará que
estoy loca o que me falta irrigación en el
cerebro. Menos mal que yo paso de lo
que diga nadie y, desde luego, a mí del
amor, que no me hablen.
El caso es que el sitio dónde ahora
vivía, no se acercaba en lo más mínimo
a lo que mi alma quería. Esa mañana
paseé por el barrio recreándome en cada
uno de sus detalles; el súper y las chicas
que allí trabajaban, el estanco al que
solía acudir siempre y que regentaba un
hombre de unos sesenta años, con pinta
de ser huraño, antipático y de pocas
palabras. Extrañamente conmigo
siempre fue simpático y, en alguna
ocasión, hasta me había querido hacer
una broma. Obviamente con la gracia
del que la quiere, pero ni en sueños la
consigue. Es la falta de práctica. Seguí
paseando y me encontré con esa extraña
familia que vive en mi bloque, y son
muy educados y cordiales con la gente
de fuera, pero en cuanto entran en su
casa, entre ellos, se tratan como lo peor
y si oyeran las broncas y los “piropos”
que se echan, estoy convencida de que el
mismísimo “Hermano mayor” ese que
sale por la tele, se daría a la fuga
corriendo de esa casa. No es que yo sea
cotilla ni nada parecido, no soporto los
chismes, pero este barrio no tiene
secretos para nadie. Las paredes de la
casa parecen papel de fumar, ¡qué digo!
El papel de fumar que yo uso, es más
grueso que las paredes. Es imposible
esconder nada aquí. Y no es que tenga
nada que esconder, pero a veces, el
sentimiento de intimidad se hace
demasiado necesario y eso es algo que
desde luego, no conocen en este barrio.
Menos para mí, que vivo en un bajo y
soy la única con una vida interesante.
Desde que salí de mi pueblo natal,
siempre me había preocupado de vivir
en el más absoluto de los anonimatos;
hasta que llegue aquí y fue como una
regresión al pasado. Un sentimiento de
tener una pesadilla de la que no puedes
despertar, aunque lo intentes por todos
los medios.
El primer año de mi llegada a
Bilbao, lo pasé fatal. Estuve enferma
todo un año, con todo tipo de cuadros
respiratorios, que me daban unas fiebres
de mil demonios y que no me
permitieron casi en todo el año,
moverme de la cama. Cosa que agradecí
porque ¡menudo frío!
Por aquel entonces caían más
nevadas y los inviernos eran más duros.
Ahora, gracias al cambio climático, son
más llevaderos, aunque eso no calma mi
ansia de volver a bañarme desnuda en el
mar por la noche, alumbrada por la luz
de la luna llena, que reflejada en el agua
formaba como estrellitas alrededor de
mi cuerpo desnudo. Dios, ¡qué

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sensación! Yo que decía que de allí me
sacaban con los pies pa’lante…
Y ahora, después de haber
desarrollado una rinitis alérgica y
camino del asma, ya no encontraba
forma de salir de aquí.
El desempleo en el sur tampoco
ayudaba mucho a tomar la decisión y el
capullo del cubano se volvió para Cuba,
con el rabo entre las piernas eso sí, pero
habiéndose llevado hasta el último euro
y de paso, dejando la nevera vacía.
Ciertamente desde que por fin se acabó
esa relación tóxica me limité a
sobrevivir, sin mucho entusiasmo
tampoco. Pero mi hermana María, se
empeño en que saliera aunque para ello
tuviera que estar arrastrándome durante
meses como lo hizo. Si no hubiera sido
por ella y por su perseverancia, hubiera
muerto de inanición o de asco. ¡Qué más
da!
Como dice la canción “a veces llega
un momento en que te haces viejo de
repente, sin arrugas en la frente pero con
ganas de morir” pues bien, yo entiendo
perfectamente el significado de esa
frase. Lo he experimentado en mis
propias carnes. Es más, creo que aún lo
siento. Si no fuera porque Conil está ahí,
no sé a qué me podría estar agarrando
ahora mismo. Aunque, si tenemos en
cuenta que me estoy agarrando a una
ilusión casi imposible…. ¡ay Diosito,
qué pinto yo aquí! Y, lo mejor, ¿dónde
coño estoy?
Llevaba caminando durante no sé
cuánto rato, sumida en mis pensamientos
sin rumbo fijo. Pero cuando levanté la
mirada, me encontré delante de la
administración de lotería. ¿Casualidad?
Por si acaso, entro.
Miro el tablón de juegos y premios,
como quien mira el menú de un
restaurante caro y no sabe por cuál de
sus deliciosos platos decantarse. Tanto
millón junto empieza a marearme. ¡¿Qué
cojones?! Yo me merezco lo más. Me
han robado, engañado, partido el
corazón, se han reído de mí y he
aguantado estoicamente sin que se me
caiga el mundo encima. Porque yo sé
quién soy y no me dejo amedrentar. Soy
una mujer madura, con la cabeza muy
bien amueblada y que tengo muy claro lo
que quiero. Y en mis planes, no entra un
hombre ni de coña, desde luego. Se
acabó. Nunca más volveré a suplicar
que me quieran. Soy una tía estupenda,
que lo dice todo el mundo, y me merezco
la tranquilidad que tantos años he
ansiado. A mí del amor, que no me
hablen.
-¡Buenos días! ¿Me da una primitiva
por favor?
-¿Algún número en especial o se la
saco de la máquina?- me dice sin
levantar siquiera la vista del ordenador.
Pues si el azar me trajo….
-De la máquina-le digo muy segura.-
Perdón, ¿son setenta y ocho millones de
euros los que hay de bote para el
jueves?- me mareo.
-Si- me dice sin inmutarse.
-Gracias- respondo mareada por la
cifra aún.
Salgo de la administración tan
absorta como entré. “Setenta y ocho
millones”- retumbaba una y otra vez en
mi cabeza. ¡Madre mía! ¿Qué haría yo
con tanta pasta? Desde luego largarme
de aquí a toda pastilla. Eso seguro.
Hombre supongo que tanto dinero, me
daría para arreglar la vida de mi familia
y la de algún amigo muy cercano y que,
a pesar de todo, se mantuvo a mi lado. Y
mira que últimamente estoy rara de
cojones. Tan rara que no me soporto ni
yo la mayoría de los días. Pero es
normal, me siento como un pez fuera del
agua, como cualquier animal fuera de su
ecosistema. ¿Acaso podría vivir el oso
polar en el desierto o las iguanas en
Alaska? Pues es así de simple y creo
que he sobrevivido más años, de los que
cualquier caso de los anteriores, lo
hubiera hecho.
Llego hasta mi casa, no sin antes
pasar la aduana. La aduana es una
familia del barrio, que se la pasa en la
entrada de la única calle que hay para
llegar a mi casa. Y más te vale traer una
retahíla preparada, que te permita pasar
sin dar lugar al tercer grado, al que te
pueden someter cuando menos lo
descuides. O fingir que vienes hablando
por el móvil, que viene siendo una de
mis favoritas en estos días. Así que,
evitando una vez más el tercer grado,
llego hasta mi casa y la cifra vuelve a
golpear mi mente para llamar mi
atención.
Me resisto y voy hasta la cocina,
dispuesta a preparar mi deliciosa
ensalada templada. Es mi ritual. Saco la
tabla de madera, me sirvo un sucedáneo
de Martini que venden en el súper, con
zumo de naranja del mismo súper y
escojo un cuchillo. A mí nunca me ha
gustado cortar; nada, en ningún sentido
de la palabra. Aunque con los hombres
siempre me había tocado ser la mala.
Sólo porque debo de tener una
personalidad tan absorbente, que
después de un tiempo conmigo, unos más
y otros menos, acaban haciéndose
completamente dependientes de mí. Es
en ese momento, cuando a mí la mochila
me pesa tanto que, a como dé lugar,
tengo que quitármela. Punto y final. Ese
es el resumen de mi vida sentimental.
Una y otra vez. Por fuertes e
independientes que parezcan en un
primer momento, al final, todos caen en
lo mismo. Y yo, como siempre, me
quedo sola y destrozada con el

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sentimiento de que una vez más, aplasté
la personalidad de otro pobre incauto
que se enamoró de mí. Por eso no quiero
que me hablen de amor, ni de hombres,
ni de mujeres; porque oye tengo un don
para que se me tiren mujeres encima y
yo hacerles la cobra. ¡Que a mí no me
gustan las mujeres! Que para mi
desgracia soy una de las víctimas de
Walt Disney, al que sin ningún rencor,
creo que habría que descongelar y
quemar. Por si acaso. Quién dice que en
unos años y con lo que avanza la
ciencia, el tipo se despierta y vuelve a
engañar otra vez, a qué se yo cuántas
generaciones más de mujeres, con eso
de que los príncipes azules existen. Así
se lleva una las ostias que se lleva luego
en la vida. A mí del amor, que no me
hablen.
Sigo con mi pequeño ritual
culinario; pelo y troceo media cebolla,
después lavo los champiñones y los
troceo. Lo sofrío todo en la sartén, con
apenas una gota de aceite de oliva y
para rematar, le pongo unos taquitos de
jamón. Mientras todo esto se cocina,
lavo la lechuga y me la troceo
directamente en el plato. Le añado maíz
dulce, queso de cabra, manzana, tomate
y la aliño. Por último le añado la
cebolla con los champis y el jamón.
¡Excelente, me chifla la ensalada
templada! Además esta receta es mía.
Con semejante manjar delante me
permito soñar con esa cifra; la cifra, que
sigue dando vueltas en mi cabeza como
si fuera el salva pantallas del ordenador.
Decidido, me voy a Conil. Eso
seguro. Y, ¿cómo será mi casa? ¿Qué
casa quiero realmente?

pensamientos con la cantidad de cosas
que haría en ella. Miro las fotos
millones de veces, me recreo en los
detalles y en algunas, me imagino
haciendo cosas como bañándome en la
piscina o simplemente cocinando la cena
en la que yo ya llamo, “Mi cocina”.
Miro con deleite esos ventanales y
me dejo llevar por las millones de
historias que me inspiraría un sitio así,
en un día de tormenta. ¿Curioso? Pero es
que no es lo mismo una tormenta en el
frío norte que en el cálido sur, no señor
no lo es. Decidido, ese será el rincón
para ponerme a escribir en invierno,
porque mientras el clima me lo permita
escribiré fuera, tomando el sol en cueros
y haciendo honor a mi nombre. Eva.
Siempre pensé que mi nombre
debería estar relacionado con mi
tendencia al naturismo, que no al
nudismo. Porque aunque lo pueda
parecer, no son lo mismo. Yo soy

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