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Abre y déjame entrar – Paula E. Erlich

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Descargar Abre y déjame entrar En PDF trencito viajaba a toda velocidad
por las pesadas vías. A lo largo del
living, el pequeño Natalio lo seguía con
su asombrada mirada. Una “R” dorada
decoraba las paredes negras de la
locomotora. Por la chimenea, el vapor
de mentira se elevaba como por arte de
alguna magia química. Las pequeñas
luces titilantes dentro de los diminutos
vagones rojos dejaban ver las siluetas
de pasajeros imaginarios que iban hacia
una nueva aventura.
¿Qué se encontrarían en el camino?
¿En cuántas estaciones pararía? ¿Cuál
sería el destino final? Todas las
respuestas comenzaban a ser
imaginadas.
Seguramente, el trayecto sería largo.
Pasarían por montañas, grandes lagos,
túneles, habría explosiones, algún vagón
se caería por el acantilado.
Probablemente los vaqueros pelearían
sobre su techo por el botín de oro.
Alguno de ellos salvaría a la dama en
peligro de caer bajo las ruedas del
pequeño titán de hierro.
La emoción reinaba en su espíritu.
Tantos días frente a la vidriera, tantas
buenas acciones, tantos “hoy te portaste
bien” hicieron falta. Por fin tenía cinco
años, ya era un niño grande y merecedor
del esperado tesoro. Su pequeño gran
tren.
La mamá de Natalio, venía
caminando cual equilibrista con unas
bandejas de plata. Trastabilló con uno
de los vagones tirados al costado de las
vías y las bandejas cayeron
estrepitosamente al suelo.
-¡Ay Dios!- Exclamó la señora.
-¿Por qué dijiste eso mamá?-
-Porque esto es un desastre-
-¿Y quién es Dios?-
-El que lo creo todo-
-¿Y dónde está? Yo no lo veo-
Preguntó curioso.
-Está en todas partes-
¿En todas partes? ¿Y puede viajar
adentro de mi tren?-
-Sí ¿Por qué no? El todo lo puede.-
-¿Y El también me hizo a mí y a ti?-
-Si, claro.-
-Hummmmm- Se mantuvo pensativo
por unos instantes.- Entonces ¿“El” hizo
este desastre?-
Cuestionó el niño señalando las
bandejas en el suelo.
-No- respondió enérgica la mujer.
-¿Entonces por qué le gritaste si El
no fue?-
La madre comenzó a perder la
paciencia.
-Eres muy chiquito para comprender
algunas cosas, cuando crezcas me vas a
entender- Dijo la mujer dando por
finalizada la charla, mientras el niño
quedaba más confundido que antes.
¿Cuál sería la edad perfecta? Se
preguntaba cansado de que le dijeran
que era chico para tal cosa o grande
para tal otra.
Alguien tocó la puerta. Sonia, la
madre de Natalio, se apresuró a abrir.
Del otro lado estaba Jeanne, la vecina.
Su embarazo enmarcado por un
cinturón estampado se evidenciaba con
gracia, sostenía de la mano a Mario, su
hijo mayor.-
-¿Te puedo pedir un favor?-
-Cómo no ¿En qué te puedo ayudar?-
-Tengo que ir a la farmacia y luego
al médico ¿Me cuidas al niño un ratito?-
-Si seguro, hoy lo tengo a Natalio en
casa-
-¡Vino Mario!- Se alegraba saltando
en un pie el niño.
Los chicos se sentaban en el rincón
lleno de juguetes, observando
encantados el andar del trencito mientras
iniciaban una de sus acostumbradas
conversaciones.
-¿Por qué tu mamá tiene la panza tan
grande?- Preguntó Natalio.
-Es que tiene adentro de la panza a
mi hermanito.-
-¿A tu hermanito? ¿Y cómo se metió
ahí adentro?-
-Yo creo que se tomó un remedio
que le dio el médico y ahí adentro
estaba mi hermanito muy chiquito y
luego empezó a crecer dentro de la
panza.-
-No, eso no puede ser, porque mi
mamá dice que a las personas las hace
Dios-
-¿Pero y entonces, cómo llegan
adentro de la panza?-
-Ya sé. Seguro que Dios les manda
el remedio con un helicóptero al
hospital, el médico lo recibe y se lo da a
las mamás para que lo tomen y tengan a
sus bebés.-
-¿Con un helicóptero?-
-Sí claro, El vive en el cielo
¿Sabías?-
-Ahhh-
-Chicos vengan a tomar la leche-
Interrumpió Sonia desde la cocina.-
El chocolate caliente con nubes de
azúcar era la bebida predilecta en las
frías tardes de invierno canadiense. Los
chicos se alistaron enseguida para
saborear la deliciosa merienda.
-¡Vamos!- Dijeron a coro.
La mesa puesta, dos tazones grandes
de leche con chocolate y un bol repleto
de galletitas caseras, mantenían a los
niños en silencio por un rato.
-Hijito, acá tienes el vasito con
agua así tomas el antibiótico.-
-¡Noooo noooo!- Salió corriendo
espantado Natalio- No quiero que me
crezca un bebé en la panza- continuó en
llanto.
La madre estupefacta trató de calmar
al niño sin entender por qué, un simple
remedio, generaba tanto escándalo.

Capítulo 2
Aquel invierno, en Montreal, había
caído muchísima nieve. El pequeño
miraba por la ventana empañada lo que
parecía ser una gran sábana blanca
cubriendo la calle y las veredas.
Natalio provenía de una familia de
inmigrantes judíos. Sus abuelos habían
llegado a Canadá desde una devastada
Europa de posguerra. Con gran esfuerzo,
habían prosperado en la nueva tierra.
Sin embargo, algunos miedos y angustias
se habían transmitido de generación en
generación. Esto convertía a Sonia en
una madre un tanto sobreprotectora.
-Natalio, bájate de la silla que te vas
a caer.-
-Ma… mira, hago dibujitos con el
dedo.- Decía mientras impregnaba
caritas felices en el vidrio empañado.
-Nooo…. Que me vas a dejar las
manos marcadas y después tengo que
estar limpiando por horas-

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La madre se acercaba y tironeaba
suavemente el brazo del pequeño para
bajarlo de la silla.
-¿Qué hicieron en la escuela ayer?-
Preguntaba Sonia.
-Nos leyeron un cuento sobre la
Navidad ¿Por qué se festeja la Navidad
ma?-
A Sonia le incomodaba la pregunta.
Se debatía entre ayudar a su hijo a tener
una buena integración con sus
compañeros de escuela y minar la
identidad cultural de su propia familia.
Desde una perspectiva neutral, no
parecía un problema tan grave pero
desde el peso emocional que
significaba, el haber escuchado, todo lo
que sus padres habían padecido en
Europa por sostener su identidad, esa
pequeña disyuntiva se convertía en un
tormentoso océano moral.
En los años ´70, la educación
pública en Montreal estaba íntimamente
ligada a la enseñanza religiosa. Por
pertenecer a una familia judía, Natalio
debía asistir a una escuela protestante
anglófona ya que las escuelas católicas
francesas estaban reservadas a los niños
que habían sido bautizados.
-La navidad se festeja cuando cae
mucha nieve y los pinos se vuelven
blancos.- Respondió intentando evadir
todo rasgo religioso.
-Ah… ¿Y va a venir a visitarnos
Papá Noel?-
-No, a casa no viene Papá Noel,
pero podemos ir a visitarlo nosotros al
centro comercial- Resolvió la situación
Sonia.
-A mi casa, sí llega, yo ya le escribí
mi carta. Si quieres le mando una carta
para ti y vienes a casa a buscar tu
regalo- Respondió Mario que seguía en
la silla tomando la merienda.
-Muchas gracias, Mario- Dijo Sonia
enternecida.
Jeanne regresó para buscar a su
niño. Los chicos se despidieron hasta la
próxima tarde de juegos.
Capítulo 3
Como en todos los inviernos, la
noche caía temprano sobre la ciudad. El
aroma de la sopa de pollo y el calor
proveniente de la cocina invitaban a
cenar a las 6 de la tarde. Los latkes[1]
sorprendían crocantes recién salidos del
horno.
Mientras las luces de coloridas
velas, junto a la ventana principal de la
casa, parecían competir perseverantes
contra la decoración navideña de
Jeanne. Sonia leía una de sus historias
de Jánuca [2] favoritas.
-Bueno mi amor, es hora de dormir.-
-No mamá, no te vayas, te necesito,
siempre te voy a necesitar, quiero que te
quedes conmigo.-
De todas las declaraciones de amor
que como mujer alguna vez había
escuchado, las palabras de su hijo eran
las más irresistibles.
-Está bien querido, me quedo un
ratito más- Decía Sonia y el día
terminaba con el amor transmitido en un
beso y un abrazo.
Natalio era un niño tímido y muy
curioso, continuamente se interesaba por
comprender el funcionamiento de las
cosas. Pero sobre todo, se interrogaba
sobre el por qué de tantas normas, qué
significaba tener un buen
comportamiento y para qué servían cada
una de las reglas que su mamá le
imponía. Entender por qué Papá Noel no
viene a casa o por qué no podía dejar
sus deditos impregnados en la ventana,
consumían su atención y movilizaba los
pensamientos.
Tanto se distraía que una vez de la
escuela, la llamaron a Sonia pera que
llevara a su hijo a una psicóloga.
Durante la entrevista, la profesional
sugirió que ella lo consentía
exageradamente. Demasiados abrazos,
demasiados cuidados podían causar
ciertas inseguridades en el niño. Ante tal
planteo, Sonia enajenada, exclamó –
¡Nunca permitiré que una

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