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Acania – Adriana Grajales

Acania - Adriana Grajales

Acania – Adriana Grajales

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M i auto estaba estacionado y presencié justo el instante en
que lo golpeaba con el suyo. Tuve esa sensación de pesadez y asco
en el estómago, una parte de mí era lastimada. Conforme lo procesaba
en mi cerebro, la emoción se transformó en enojo y después en ira.
Quería gritar, explotar violentamente en todas las palabras que
pudiese recordar en ese instante. Todo mi cuerpo temblaba y no
recuerdo haber respirado.
—Hola, ¿cómo estás?, ¿todo bien? —Al ver sus ojos, di una profunda
respiración, que llegó a un lugar dentro de mí con el cual no estaba
familiarizado o llevaba mucho tiempo sin atender. Mi cuerpo se
destrabó, sentí paz y calma.

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—Pues con este pequeño percance —respondió de manera áspera.
—Eso veo. Pero tiene solución. ¿Cómo te llamas?
—Sí. Debo ponerme en contacto con el dueño, también con mi
aseguradora. Jazmín. —Sacó dos tarjetas de presentación, una me la
dió a mí y puso la otra en el limpiaparabrisas del auto.
Ya se alistaba para dejar una nota, pero la detuve.
—Mi nombre es James, yo soy el dueño del auto.
Ahora podía percibir que la atmósfera del momento era embarazosa.
Ella se sonrojó, se quedó sin habla.
—¿Gustas un café? —Rompí el silencio.
Aceptó sin decir palabra alguna; estacionó su auto, cruzamos la calle y
entramos al café. Una vez que la situación se relajó, me miró
directamente a los ojos y comenzó a reírse. Me sentía extraño, en vez
de estar enfadado, me sentía como en una primera cita. Estaba
nervioso, sonreía sin razón aparente, su belleza y sus expresiones me
hacían sentir emocionado de una buena manera.
—Me da miedo y risa al mismo tiempo tu reacción. Jamás pensé que tú
fueras el dueño, cualquiera en tu lugar habría enfurecido, “ maldita
vieja estúpida” , es lo común —dijo, en un tono sarcástico. —Yo tampoco
encuentro explicación alguna, pero sentí compasión… Alguna extraña
conexión. Percibí algo familiar en ti.
—¿Familiar? ¿A quién te recuerdo?
—No lo sé, pero sentí que debía tratarte así, sin importar la
circunstancia…
Atendió su teléfono, que estaba sonando, se disculpó conmigo y partió
hacia una cita donde era requerida. Me quedé sentado, terminando mi
bebida. Miré su tarjeta, que sostenía entre los dedos de mi mano
derecha: era quiropráctica. Revisé mi lista de pendientes, metí la tarjeta
en un bolsillo de mi blazer y continué mi jornada.
En la noche reflexioné sobre lo que Jazmín me había dicho. No
encontraba explicación de porqué no había sentido enojo o ira; mi
auto no era nuevo, pero un evento de estos puede alterarnos y
podríamos reaccionar de una manera incivilizada. Busqué su tarjeta en
todos los bolsillos, incluso en bolsillos que no formaban parte de este
episodio, solo encontré basura, servilletas usadas y un botón perdido.
La tarjeta había desaparecido. Me arrepentí entonces de no haberle
proporcionado mis datos. A la par que veía un documental sobre la
posible relación entre ovnis y civilizaciones prehispánicas, como si
fuera el frío de una noche de invierno —que está presente mientras
vas en el metro, mientras te das una ducha o mientras tomas una taza
de café—, así, de esa manera, estaba presente la sonrisa de aquella
mujer que había golpeado mi vehículo. Era como si algo en mi interior
se despertara o se moviera. Apenas estaba adentrándome en aquella
emoción cuando simultáneamente, en el televisor, una imagen
despertaba otra emoción de similar magnitud, con la misma
profundidad misteriosa, y entonces ese momento presente tuvo mayor
peso, debido a su temporalidad. Mi mente se conectó con otro lugar,
donde nuevas ideas y cuestionamientos emergían como burbujas
desde lo más profundo del océano: ¿Habían tenido los mayas contacto
con los extraterrestres?, ¿de dónde venían los extraterrestres?, ¿para
qué venían a este planeta?, ¿qué aprendieron los mayas de ellos?,
¿es posible que en la actualidad continúen viniendo? Poco a poco,
conforme el programa seguía su curso, mi cuerpo pedía descanso y
lentamente fui cayendo en un sueño profundo: todo era muy opaco, no
alcanzaba a ver las cosas con mucho detalle, los colores se
combinaban unos con otros, las formas entremezclaban sus bordes.
Pero era diferente a cualquier sueño anterior, tenía la sensación de
estar viviéndolo, encarnándolo realmente: me encontraba
acompañado de mi papá, de la recién conocida Jazmín, pero había
otros personajes desconocidos para mí, de los que, extrañamente,
recuerdo sus nombres, Peter, Daniel, Manuel, Michael… Y otro
personaje que se llamaba “ “ Öngara” , así, con diéresis sobre la “ O” .
No sabía por qué había recordado un nombre tan complejo y extraño,
este personaje no solo tenía un nombre raro, sino también el físico, era
como si viniera de otro planeta. No conseguía identificar si era un
amigo o alguien oscuro. Me desperté bruscamente, debido a que en el
sueño ocurría una gran explosión, que retumbó desde la realidad de
mi subconsciente hasta la realidad que se vivía en la ciudad de Nueva
York esa mañana. Me sorprendió el sueño, el atentado y que percibía
olor a quemado sin tener nada a mi alrededor que estuviera en
proceso de combustión. Mi papá entró en mi cuarto, alterado —él ya
había visto las noticias—, y nos sentamos frente al televisor con un café
en la mano. Estábamos perplejos, ninguno decía una palabra, sin
embargo, dentro de mi cabeza había una revolución, pensaba que aún
podía estar soñando, todo era irreal y al mismo tiempo real, no podía
comprenderlo, mucho menos tratar de explicarlo. Yo sabía por lo que
estaban pasando las personas que tenían familiares en los edificios y
en los aviones, de tal modo que mi empatía se mostraba más
acentuada, no sería nada fácil reponerse de un evento así. Comencé a
llorar al ver a mi padre hacerlo, desenterrando un sentimiento oculto,
que lastimaba a ambos por igual, sin piedad alguna. —¿Crees que
tuve la culpa de lo que le pasó a mamá?
—James, ya hemos hablado de esto antes, ese sueño lo pude tener yo,
de ninguna manera pudiste haberlo detenido.
—Hoy tuve otro sueño.
La extrañeza del sueño fue secando las lágrimas, cambió de sintonía
el momento. Le expliqué a mi padre que alcanzaba a ver una conexión
singular entre el sueño y el evento de esa mañana en la ciudad de
New York. Eran edificios, eran explosiones, la muerte y la catástrofe
estaban involucradas.
—Hijo, ¿qué te parecería ver a un psicólogo? Yo no sé qué signifique
ese sueño, pero quizás esta persona pueda ayudarte a hacerlo,
puede también apoyarte en muchas otras cosas. No sé de qué manera,
pero mi papá rompió ese tabú de que los psicólogos son para atender
a gente que está mal de la cabeza. Al principio me sentí ofendido, muy
extraño. —Sí, pá, lo pensaré — acepté, sin estar totalmente
convencido. Regresar a terapia era regresar al episodio de la muerte
de mi madre, a mis sueños trastornados, al dolor que solo estaba
cubierto con una sábana delgada, se removía un poco y despertaba.
Sin embargo, confiaba en que la terapia era un buen apoyo; concluí
que la intención de mi padre era mi bienestar.
El día continuó, pero no hubo actividad, escuela ni trabajo, un “ día de
asueto” obligado. Resolvimos visitar la tumba de mi madre. Le
compramos jazmines, su flor favorita, un símbolo que respondía a su
amor por la jardinería. Fue sanador para los dos, entendimos que ella
se encontraba bien… Entonces, a esa altura del día, metí la mano en el
bolso de mi pantalón y retiré la tarjeta de presentación que llevaba el
nombre de la mujer que había chocado conmigo. Su nombre sacudió
mis pensamientos, me quedé helado y a la vez tuve mucha paz. ¿Cómo
había llegado la tarjeta allí? El nombre de las flores y el nombre de
ella… ¿Por qué el sueño, tan real y extraño? Quería respuestas para
estos sucesos, pero no sabía dónde buscarlas. Tal vez tomando la
sugerencia de mi padre. Y creo que no estaba preparado para
manejar sus porqués.
BOSTON | 2002
S alí de mi primera sesión con el psicólogo que me había
recomendado mi padre, después de meses de estar buscando alguno
con el cual me sintiera con mucha confianza, alguien que no me fuera a
juzgar o a cuestionar, como aquel “ terapeuta” al que me obligaron a ir
meses después de la muerte de mi madre. Por ese entonces lo que yo
menos quería era una terapia, así que la saboteé y dejé de asistir.
Ahora era distinto, pues me encontraba buscando un psicólogo, y mi
padre, coincidentemente, me lo sugirió, justo en el momento en que
comenzaba a frustrarme. Al terminar la consulta, me había quedado con
una sensación de vacío, me sentía insatisfecho, me encontraba
inundado de preguntas, de cuestionamientos vagos. Mi cabeza estaba
atormentada, aún más que antes de que entrara a la sesión. El mismo
motivo por el cual había ido era tan fuerte como las ganas de negarlo, y
ambos eran lo mismo: la muerte de mi madre. El psicólogo no me dio
una respuesta satisfactoria sobre la premonición que había tenido
años atrás acerca del evento, esa ocasión en que de niño me había
enfermado tanto que había faltado al colegio por tres días; entre
sueños y delirios me hundía más en mi malestar, pues visualizaba a mi
madre en un accidente. La camioneta volcaba, giraba muchas veces
fuera de la carretera bajo una lluvia torrencial, y terminaba volteada de
cabeza en un charco inmenso, donde se hundía poco a poco. Cuando
la ayuda llegaba, ya era demasiado tarde: sacaban del auto solo el
cuerpo de mi madre, pero su espíritu ya no se encontraba allí. Tenía
apenas seis años cuando lo soñé, no conocía bien el concepto de
muerte, nadie cercano había fallecido aún, pero el sueño era muy real,
vivía la angustia con mucho sufrimiento. Tanto mi papá como mi mamá
resolvieron que debido a la dosis fuerte de medicamentos, yo
presentaba delirios y pesadillas, hasta cierto punto les parecía algo
“ normal” . Una vez que ya me encontraba sano y en mis cinco sentidos,
me acerqué a mi madre una noche, antes de dormir, le comenté del
sueño, le dije que tenía mucho miedo, lloré. Ella me abrazó fuerte.
Antes de quedarme dormido, me dijo:
—No siempre estaré aquí. Tampoco tu padre. La vida es un proceso y
dentro de ese proceso hay cambios constantes, nada en esta vida o en
el universo es permanente, llega el momento en que la evolución trae
consigo a la muerte, no se puede evitar, es la inevitable naturaleza del
proceso. Y cuando suceda, recuerda que dolerá, pues en esta vida
queremos detener el tiempo, pretender que todo permanezca como
está. Eso es lo que nos hará sufrir. Simplemente recuerda: “ aceptar y
dejar ir” .
A los dos días de aquella plática, un domingo amaneció lloviendo, justo
como en mi sueño. Mi madre había salido de la casa temprano, antes
que yo me despertara, ni siquiera sé dónde se había
dirigido. No volvería a ver a mi madre con vida, no volvería a besarla,
ella no volvería a cargarme en sus brazos, no volveríamos a escuchar
nuestras voces…
El dolor había sido tan grande que no recordé aquello que me pidió
que recordara, aunque es probable que si lo hubiera recordado no
hubiera sido capaz de aplicarlo. Me habían quitado un gran amor. Por
ese entonces —y en los años siguientes— culpaba a Dios por
semejante barbaridad, era apenas un niño de seis años, que tenía la
intención de comprender la vida, y la misma muerte me orillaba a
comprender que no sería lo más sencillo continuar sin ese gran apoyo.
“ ¿Por qué Dios no fue más claro conmigo con esa señal?, yo sabía del
accidente, yo pude haberlo evitado, pude evitar tanto sufrimiento y
desgracia, ¿la culpa era mía o de Dios?, ¡maldita sea!, pude haberla
salvado, fue culpa mía…” lloraba. Hasta ese momento, nadie me daba
una respuesta que sustentara el evento.
El psicólogo solo había repetido lo que muchos me decían, “ todo tiene
un principio y un fin, así es la vida, la muerte es lo único seguro que
hay” , aquellas palabras recicladas, nada nuevo, nada que me
consolara, nada que desvaneciera por completo ese dolor; un dolor
que dormía dentro de mí. Yo seguía mi vida adelante, asistiendo al
colegio, divirtiéndome, disfrutando de mi padre, apoyándonos y
acompañándonos el uno al otro. Sin embargo, de vez en cuando, ese
dolor se despertaba, y cuando eso sucedía, dolía tanto como una
herida reciente, incluso a veces más; dependía del tipo de
circunstancias por la que estuviera pasando, si había mucho estrés en
la escuela, si discutía con mi pareja, si discutía con mi padre o cuando
tenía sueños premonitorios, sueños sin explicación y sueños repetidos,
sueños donde dominaba lo consciente, diferentes versiones del
accidente de mi madre, pero todas con el mismo resultado.
“ Conducía el 4×4, una nave de acero bien confeccionada, con un
corazón de doscientos caballos, la carretera lubricada por la lluvia, el
agua poderosa que no se detiene, mi madre ubicada en el asiento de
atrás, con sus ojos cerrados, dormida, su respiración, el antagónico del
caos que existía afuera, todo gris; quería despertarla, platicar con ella,
tan solo escuchar su voz, reconocer sus palabras… Los caballos
metálicos estaban sin control, desquiciados, con prisa, sedientos de
velocidad… El freno no funcionaba, comenzaba a alterarme y a gritarle
a mi madre, ¡despierta!, ¡despierta!, la carretera se volvía un agujero de
gusano, curva y vuelta continua e incansable, infinita… ¡Madre,
despierta!, quiero decirte que te amo, necesito que tus oídos me
escuchen, que tu sonrisa se dibuje en esa fotografía que tanto he
perseguido por años, a través del tiempo; quiero detenerme, detener el
auto, detener el tiempo… Las curvas en alta velocidad devoran a los
caballos, que tropiezan y no soy capaz de controlarlos, el volante se
resbala de mis manos, no hay manera de controlar la curva de la
carretera, la curva que marca el camino de mi vida está de frente,
inocente y hermosa al mismo tiempo, nos devora y nos engulle en su
naturaleza centrípeta… El vehículo termina fuera del camino, en arenas
movedizas que transportan al todoterreno hacia los confines internos
de la madre tierra, transmutando la vida misma de mi madre en sueños,
trauma, impronta; en conflictos de una mente que se despierta, de la
conciencia haciéndose consciente de sí misma… Probablemente el
único modo de despertar… No despierto de ese sueño individual breve,
despierto a la complejidad de la vida, llámese dura o difícil, injusta, en
la versión de la conciencia espiritual que todos compartimos, pero que
solo pocos advierten… Esa muerte, la muerte de mi madre sirve de
escapatoria para ambos, ella se dirige a otro lugar para descansar,
evolucionar, aprender nuevos idiomas y conocer nuevos sentidos, y a
mí me conduce a mi propia muerte lenta, para volvernos a encontrar,
por siempre, una vez más…” Despierto de un sueño más en el que no
puedo salvar a mi madre… Las lágrimas revientan al golpear mis
manos, revientan estallando como latidos del corazón, con la misma
energía expansiva con que se destruye cualquier estrella en el
universo, nostálgicamente, y como ocurre en cualquier parte del
espacio y del tiempo. Cada vez que me enfermaba, el sabor de la
medicina presentaba un sabor a muerte. En mi mente ya estaba
registrado el evento de esa manera. Muchas veces volví a soñar el
mismo sueño, en ocasiones difuso, en otras, muy claro y detallado.
Siempre la misma pregunta: “ ¿Por qué tuve ese sueño?” No me sirvió
de nada hasta ahora, solo para atormentarme, para desquiciarme con
cada sueño que tenía, creyendo que cada vez que soñaba con alguna
catástrofe, esta sucedería. Los días subsecuentes me volvía paranoico
e inseguro, y en muchas ocasiones la paranoia inundaba otros
sucesos naturales e inofensivos. En otras, le tomaba cariño y
permanecía por mucho tiempo pensando que “ algo” podía suceder.
Me sentía solo, incomprendido, vacío, nada me daba paz, me sentía
incompleto. Aunque la fotografía me servía como terapia, como
distracción; todo el proceso de revelado, el aroma de los líquidos, que
me parecía totalmente distinto al de los medicamentos —tal vez sí lo era
—, las imágenes, que se mostraban al sumergirlas, eran como sueños
que cobraban vida pero que a la vez quedaban petrificados en el
papel, donde podía perderme por largos ratos, contemplándolos.
BOSTON | 2008
E n ese año tuve mi primer roce con la muerte y, así también, la
fortuna de continuar vivo. Fueron tiempos oscuros, de rebeldía, de
buscar respuestas en lugares poco convencionales, en el alcohol, en
las drogas, en lugares donde la energía era muy baja y pesada, donde
las sombras no dejaban ni ver las malas intenciones de los humanos, y
esas sombras eran el telón tras el cual se encontraba la muerte. Pero
más lejos de mi madre ya no podía estar. En el periodo de un año y dos
meses, tuve dos accidentes en auto y me apresaron una. El día 22 de
agosto —era un viernes— llegué a mi departamento después de una
larga semana de trabajo, puse rock alternativo a un volumen bastante
fuerte mientras me preparaba de comer, a la par, registré mi cava —
tenía unas diez cervezas— y paralelamente encendí un cigarrillo de
cannabis. Sentía que me lo merecía, todo. No tenía pensado salir a
ningún lugar, sino quedarme en mi departamento para ver películas,
tratar de componer una canción y pintar cualquier figura que me
viniera a la mente, entretenerme con libros de fotografía, lugares que
nunca había visitado y que tal vez jamás lo hiciera, emociones de
personas en momentos gloriosos, catastróficos, únicos, irrepetibles;
edificios, arquitectura que aún no existía, así también pirámides,
monumentos que capturaban mi atención y provocaban que me
perdiera en el tiempo; cualquier cosa que mantuviera a la mente
entretenida, para dejar en sus profundidades los recuerdos dolorosos
intactos como el sedimento venenoso de un cenote. Alterar un poco el
sedimento traería angustia, desesperación, ceguera, dolor y muerte.
Cuando me di cuenta, ya casi me había terminado las cervezas de mi
cava y la noche había llegado. Pero no había problema, me sentía
bien, era viernes y al día siguiente no trabajaba, quería celebrar una
semana exitosa. Una vez que se me terminó la cerveza, quise más, de
modo que fui a un bar, para alcanzar a unos
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