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Libro Al final de la calle 118 – Clara Cortes PDF

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El nombre real de mi hermana no es Raven, por supuesto. Se llama Rachel, Rachel Annabel Miles, pero hubo un tiempo en que murmuraba constantemente lo mucho
que odiaba oírme lloriquear su nombre entre sollozos y que ahora pronunciarlo le daba arcadas y malos recuerdos. Por eso ya no lo digo. Yo no lloriqueo, por cierto, ni
lloriqueaba, pero es mejor no discutir con ella; llegó un punto en el que ni eso valía la pena. Mil veces debió insistir hasta que empecé a llamarla por su nombre
profesional y, al final, ¿qué más me daba hacerlo? Parecía que le gustaba. Ahora es algo tan normal que a veces tengo que recordarme que no es el real.
Aunque «Raven» me molesta, claro que me molesta. Esa no es ella, y no soporto el nuevo yo que creó hace tanto tiempo. Poco a poco, «cuervo» empezó a dominar
su vida, a meterse en su cuerpo, y ahora es lo único que puedo encontrar. Ahora solo está el cuervo. Intento pasar de todo e ir por mi cuenta, pero es difícil hacerlo
cuando tengo tan presente que la nueva Rachel es solo una máscara que debería ponerse solo ante el mundo pero que también usa conmigo.
Nunca se lo he dicho, porque nunca digo nada, pero eso me da frío y me pone triste.
Si ya nunca digo nada es porque de nada sirve. Sería como tirar una bengala al aire y pretender que eclipsase mínimamente las estrellas; completamente inútil. Así que
no malgasto mis fuerzas en pelear, simplemente la dejo vivir y yo hago lo mismo. Solo me guardo para mí que no me gusta llamarla como todos sus clientes porque eso
me hace ser un poco como ellos.
Lo que me parece más gracioso del nombre que ha escogido para sí misma, «Raven», es que el pelo de mi hermana es completamente rubio, tan rubio que parece
blanco, y la gracia está en que no recuerda nada a un cuervo. Es cierto que lo tiene suave y liso y que podría pasar por plumas, pero el color es tan claro que, cuando
éramos pequeñas, la gente le preguntaba a mi madre si se lo había lavado alguna vez con agua oxigenada. En el colegio, la chinchaban preguntándole si había metido la
cabeza en lejía. Ella lo odiaba. Estuvo a punto de teñirse, pero mamá no la dejó hacerlo, porque a ella le gustaba y decía que se lo estropearía.
Ahora, los mismos que se reían de ella son los que cuelan sus sucios billetes dentro de su sujetador, o que le bajan las bragas, o que le aprietan el cuello y gritan más
fuerte. Nunca he entendido a aquellos que dicen que el tiempo pone a cada uno en su sitio; da la sensación de que siempre nos quedaremos donde la vida ha decidido
colocarnos y, por mucho que intentemos escapar, acabaremos cayendo. Es como luchar contra la gravedad. Al destino le gusta jugar con nosotros y, a veces, justo nos
empuja hacia abajo cuando ya estamos rozando el subsuelo.
Mi hermana Raven es una de las chicas más guapas que he visto nunca. De verdad lo es. Tiene la piel blanca y lisa y sus rasgos son suaves y muy elegantes. No tiene
cara de tener que estar aquí; deberían tenerla en una vitrina, vestida con sedas, maquillada de tal manera que sus mejillas parecieran sonrosadas de nuevo, sus pómulos

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resaltados, sus enormes ojos castaños mirando curiosos y su pequeña frente enmarcada por un par de mechones de pelo liso y blanco. Su nariz es puntiaguda como la
de una muñeca y, cuando sonríe, porque hoy aún lo hace, aunque raramente, sus pestañas se entrelazan, eternas ante sus ojos, señalando ahí abajo donde un par de
hoyuelos se dejan notar levemente.
El problema de Raven es que, al estar hecha de porcelana, después de tantos palos no es de extrañar que esté rota. Se le notan las grietas, los golpes; tiene estrías,
ojeras y, aunque cuenta solo veinticinco años, es vieja. Después de aquel embarazo que la dejó tan destrozada, todo ha ido de mal en peor, y, aunque ella sigue y sigue
siempre hacia delante, se pudre. Lo veo. Creo que lo ve todo el mundo.
Pero mi hermana es de esas personas que continúan andando a pesar de estar perdiéndose a sí mismas por el camino. Ha dejado atrás tantos pedazos que no soy
capaz de recogerlos todos.
No le gusto demasiado a Raven. A veces intenta hacer como si de verdad se preocupara por mí, pero no se le da muy bien intentarlo. Hay varios motivos que sé que
tiene y que intento comprender: la pena, la envidia, el rencor. Quizá simplemente es la mezcla a café y tabaco que debe de quedársele en el paladar todas las mañanas.
Raven también odia profundamente a mamá, y yo soy físicamente igual que ella, las dos lo somos, así que ese podría ser también uno de los motivos de sus esporádicas
miradas de desprecio.
No se lo reprocho, porque no es como si yo siguiera intentando defender a mamá. Para el que no lo sepa, mi madre se largó. Un día, nos echó de casa y dejó de
contestar a llamadas, timbrazos y súplicas. No volvió a dar señales de vida ni dejó ningún rastro que pudiéramos seguir, así que tuvimos que apañárnoslas como
pudimos y hacerlo todo desde cero. Rachel tuvo que empezar a trabajar, y solo tenía dieciocho años.
Por eso ahora lleva las faldas tan cortas y los escotes tan amplios. El único sitio donde consiguió que le pagaran fue en la calle. Buscando coches. Asomándose a
ventanillas de desconocidos.
Esa es la razón de que ya no se llame Rachel. Aunque de eso hace ya mucho tiempo.
Subo las escaleras de metal despacio y levanto la cabeza: la puerta del apartamento 36 no está cerrada del todo. Extrañada, entro y, por un momento, antes de cerrar y
de que la penumbra invada el cuarto de nuevo, me quedo observando la cama de matrimonio de Raven, toda deshecha y sucia. Usada, seguro que hace poco.
Huele a tabaco, sudor y esa colonia tan empalagosa de mora que ella se empeña en usar porque cree que enmascara lo que acaba de hacer.
Como si quedara alguien a quien engañar.
No miro hacia la cama cuando voy a la cocina, simplemente la esquivo. Aprieto los labios y abro la ventana para que se airee todo un poco. Rutina, es lo que hay.
Oigo el ruido de la cisterna y me doy la vuelta. Mi hermana entra en la cocina y levanta la vista hacia mí. Ni un hola, ni un «Ah, ¿ya estás en casa?». Solo una mirada
vaga, indiferente y tal vez algo cansada. Lo mismo de cada día.
–¿Cómo ha ido la sesión de hoy? ¿Te han pagado? –pregunta.
Examino el aspecto de la Raven de ahora: es sexy, eso no se puede negar. Incluso así, despeinada y agotada después de tanto «ejercicio», es guapa. Incluso siendo
vieja.

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En unos años seré una copia de ella. A veces, cuando me miro en el espejo, puedo ver que ya me voy pareciendo. Aún conservo algunas fotos suyas antiguas; estoy a
caballo entre lo que era antes y lo que es ahora. La forma de la cara, la nariz, las bolsas cansadas bajo los ojos, los hombros caídos… Es como una maldición: igual que
yo me parezco a ella, Raven es cada vez más y más como era mamá los últimos días, y yo me estoy convirtiendo en ella. Un círculo vicioso. No puedo negar que me da
miedo, porque no quiero acabar siendo alguien como Raven, ni siquiera como mi madre, pero no puedo hacer nada al respecto. Casi ni creo que pueda controlar que vaya
a tener mi propio nombre profesional.
–No ha estado mal –contesto, encogiéndome de hombros–, pero tengo que volver mañana, así que hasta entonces no me pagan.
–¿Por qué?
–Un problema con la luz. No importa mucho, era uno de esos tipos excéntricos y creo que he oído a una chica decir que nos van a dar mucho.
–¿Cuánto es mucho? –Raven pasa por delante de mí y agarra un paquete de tabaco que hay sobre la mesa. Abre la ventana para fumar, se sube a la encimera y asoma
la cabeza. Retrocedo y me apoyo en el marco de la puerta.
–No sé cuánto es mucho. Pero espero que unos cien. U ochenta. Por ahí, más o menos.
–Me vendrían bien cien pavos. Tengo que renovar un poco el vestuario, ya sabes. Mis modelitos empiezan a aburrirles.
«¿Qué modelitos? Si casi nunca llevas ropa.» Me muerdo la lengua a tiempo.
–No, ese dinero es para el casero. ¿Estás pensando en ropa, en serio? La semana pasada dijiste que tenías que pagarle. Y hay que darle lo de la luz también,
¿recuerdas?
Raven le da otra calada al cigarro. Se encoge de hombros. Sus ojos, delineados de negro, brillan con mucha fuerza.
Su forma de fumar es elegante y algo ordinaria al mismo tiempo, si es que eso puede ser posible. Siempre me ha fascinado verla ahí, sentada en la ventana mirando
hacia fuera. Antes solía preguntarme dónde estaba su mente mientras ella perdía la vista en el horizonte. Me preguntaba si miraba al orfanato, si buscaba a alguien, como
hago yo a veces. Ahora ya ni me molesto. Cuando Raven se sube a la ventana, parece perdida y tranquila a la vez, precisamente como si no le importase estar perdida.
Y es como una reina, con todo y todos a sus pies. Una reina de hielo, solitaria y distante. Sin corazón.
–Ya sé lo que dije, pero a veces hay que priorizar, querida. C’est la vie.
3. Las gafas en la punta de tu nariz
La quinta vez que paso por delante del orfanato desde aquel primer día, en mi mente repito que no voy a parar. No voy a pararme. Esta vez no. Ser plenamente
consciente de los pasos que me quedan hasta llegar a ese punto –diecisiete, dieciséis, quince, catorce– me hace sentir incómoda y algo molesta, pero no puedo evitarlo.
No quiero perder el tiempo escuchando música estúpida. No es que tenga demasiadas obligaciones, no realmente, pero aun así no me gusta que nadie tenga la capacidad
de frenarme. Golpeo fuerte el suelo con las botas y sigo pensando en no parar, en no parar bajo ningún concepto, no hacerlo, y en mi cabeza sé que quedan siete pasos,
seis pasos, cinco pasos, y me parece que empiezo a oír ya la guitarra, y camino más rápido, concentrándome en no tocar las grietas. Es como no pisar el asfalto en los
pasos de cebra. Si mi pie atraviesa la línea entre dos adoquines, me quemo.
Mis dos pies pisan la línea entre dos adoquines cuando me paro en seco y la valla está a mi derecha, y giro la cabeza, y el chico de la guitarra está cantando en un
banco más cerca de mí, donde los niños pueden correr y saltar a su alrededor.
Cuando canta, lo hace de forma suave, como si estuviera hablándote y no hiciera esfuerzo alguno por alcanzar ninguna nota, como si te estuviera contando un secreto
porque tú eres una persona especial. Por eso me paro a mirarlo cuando mi contador de pasos alcanza el cero.
Me fijo en su postura. Está más tenso de lo normal (si es que eso es posible, que lo dudo mucho), como si estuviera más nervioso que otras veces. Primero pienso
que a lo mejor no se sabe esta canción tan bien como las otras, pero entonces…
Entonces, por una milésima de segundo, veo cómo levanta los ojos. Es casi imperceptible, sobre todo porque no está muy cerca y, de nuevo, lleva las gafas mal
puestas, pero lo veo. Los levanta hacia mí, como si hubiera estado esperando a que apareciera, y luego vuelve a la guitarra y sus orejas se ponen rojas de una manera
impresionante.
Alzo las cejas. Por alguna razón, eso hace que me moleste más aún. ¿Es que pretende que le diga algo? ¿Es que le gusta que lo mire cantar? Aprieto los dientes y
frunzo el ceño. He conocido a chicos así, y son todos unos engreídos. No pienso elogiarlo. No voy a decirle nada. Yo ni siquiera quiero estar aquí…
–¡¡Eh!! ¡Eh, tú!
La guitarra para y la magia vuela. Una vez, cuando era pequeña, iba en coche y se me taponaron los oídos; cuando su música se acaba, la sensación es la misma que
cuando se me volvieron a destaponar. Está todo bien, pero de repente falta algo. Es la ausencia de sonido. Ese pitido que había antes, la vibración de esas cuerdas, se
nota más una vez que desaparecen.
Levanta de nuevo los ojos hacia mí. Su boca está ligeramente abierta, sus ojos bastante redondos. Tiene el pelo corto y liso, hacia arriba, como si la física no le
afectara. Las gafas que lleva están al borde de su nariz otra vez. Su aspecto en conjunto es el de alguien sorprendido y caótico. Ese pelo tan revuelto me recuerda al de
un niño que haya sido pillado haciendo alguna travesura, aunque no sé por qué un niño travieso debería tener un pelo especialmente enredado… Por un momento, me
choca que la expresión de su cara no sea de superioridad, chulería o al menos pretenda parecer encantadora. Me choca tanto que me quedo unos segundos en blanco.
–¿No te molestan las gafas así? –pregunto, al final.
Me siento estúpida.
Parece que él tarda un poco en reaccionar ante eso. Cierra la boca y abre un poco más los ojos. Madre mía, da la sensación
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