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Algo tan sencillo como darte un beso – Blue Jeans

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—Acércate.
—¿Más?
—Sí, un poco más.
Obedece. ¿Cómo no va a hacerlo?
Haría lo que fuera por ella. Cuando le
habla de esa manera, resulta irresistible.
Está enamorado de su voz y de la dulce
forma que tiene de pedirle las cosas.
—¿Está bien así?
—Mmm. Sí. Pero…
Ella aproxima la boca a su oreja y le
susurra algo que no se atreve a decir en
voz alta. Él se sorprende al escucharla.
—¿Segura?
La chica asiente con la cabeza
tímidamente, mientras juguetea nerviosa
con su pelo. No esperaba que ya
estuviese preparada para eso. Habían
hablado unas cuantas veces sobre el
tema, aunque como algo a medio o a
largo plazo. Sin prisas. Por esa razón, lo
que le acaba de proponer le ha cogido
totalmente desprevenido.
—De verdad que podemos esperar
todo el tiempo que necesites.
—Quiero ahora. Si tú quieres, claro.
—Por supuesto que quiero —
responde el joven inmediatamente. Se da
cuenta de que ha podido sonar algo
ansioso e intenta suavizar su tono—. Te
amo y esto solo deseo hacerlo contigo.
No podría pensar en algo así con otra
persona.
—A mí me pasa igual. Te quiero
mucho.
Y se abrazan. Están solos en la casa
del chico, sentados en la cama de su
habitación, en la que los besos y las
caricias habían formado parte del juego
durante aquellos cuarenta y siete días
como novios. Más de un mes y medio
siéndolo todo el uno para el otro.
Los dos se sonríen indecisos,
confusos, sin saber exactamente cómo
actuar. Es el joven el que decide dar el
primer paso y se inclina sobre ella para

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besarla. Sus labios se unen despacio.
Temblorosos. Ingenuos. Y pronto las
dudas desaparecen.
Todos los besos que se han regalado
hasta el momento quedan atrás, en un
segundo plano, perdidos en el mundo de
los olvidos. Ningún beso ha sido como
aquel. El mejor que jamás han dado y
recibido en su vida. Ambos lo sienten
así. Y lo repiten con más intensidad,
más pasión, superándose cada vez que
sus bocas se alejan y se vuelven a juntar.
Sin embargo, la pareja no se
conforma y avanza hacia un terreno
nuevo para ellos.
Las mejillas de la chica hierven al
notar las manos de su novio
deslizándose por su vientre. Escalofríos
y sensaciones distintas a las
acostumbradas. Él se da cuenta de su
fervor y, satisfecho, se autoproclama
triunfador tras conseguir que ella se
estremezca. Le encanta verla así, pero
desea más. Sin parar de besarla,
asciende con las manos por debajo de su
camiseta para propulsar su calor.
Tropieza con la parte delantera del
sujetador y las yemas de los dedos rozan
su piel. Abren los ojos a la vez.
—¿Puedo…?
—Sí, puedes —contesta la joven
firme, tratando de esconder los nervios
que la sacuden constantemente desde
que empezaron los besos.
Los músculos del chico se tensan y
un electrizante cosquilleo recorre todo
su cuerpo. Besa a su novia una vez más
y con decisión trata de desabrochar su
sostén. Sin embargo, la operación no
resulta tan sencilla como imaginaba.
—Espera. Te ayudo —comenta ella
sonriente.
—Gracias. Es la primera vez que…
—Shhh. No te preocupes. Déjame a
mí.
De alguna forma, la torpeza del
chico y sus dificultades para quitarle el
sujetador la tranquilizan. Le agrada no
ser la única novata de la habitación.
—¿Quieres que me quite también la
camiseta? —pregunta ella, más valiente
y atrevida ahora, dejando el sostén a un
lado de la cama.
—Como tú quieras.
Con un gesto sencillo y natural, sin
la pretensión de mostrarse sensual, la
chica libera de ropa su torso.
Completamente. El joven se queda
boquiabierto. Su pecho desnudo es lo
más increíble que ha presenciado en la
vida. El corazón le va muy deprisa y
nota los latidos en cada uno de los
rincones de su anatomía. Las ganas de
poseerla le desbordan. Sin embargo, en
lugar de lanzarse sobre su novia, se
queda petrificado.
—¿Qué te pasa? —rompe el silencio
ella segundos después, al ver que él no
es capaz de moverse ni de articular
palabra—. ¿Te encuentras bien?
—Muy bien —comenta el chico con
una sonrisa, que él mismo presupone
estúpida, en los labios—. Eres preciosa.
—No seas tonto.
—En serio. Tu cuerpo es… perfecto.
La chica se sonroja y se cubre el
pecho con los brazos. No puede
remediarlo: su timidez está de regreso.
¿Por qué tiene que decirle esas cosas?
¿Por qué es tan adorable? No
comprende qué ha visto en ella para
elegirla. Se siente inmensamente feliz de
compartir con él un momento tan
especial.
—Me da mucha vergüenza que me
mires así —señala, dándose la vuelta.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Así. Como… ahora.
No lo dice enfadada, ni con ningún
tipo de acritud. En realidad, le gusta que
la observe de esa forma. Pero es la
primera vez que le enseña su cuerpo
desnudo a alguien y su mirada llena de
deseo la intimida. ¿Y si no lo hace bien
o no está a la altura? Es lo más
probable. ¡Es la primera vez que va a
acostarse con un tío! Sin embargo, está
segura de que quiere hacerlo ya con él.
Se siente preparada. Es normal pasar
nervios en un momento como ese, ¿no?
—Lo siento, no pretendía molestarte.
Solo es que me gusta mucho lo que veo.
¿Quieres que cerremos las persianas?
—No, no. Está bien así.
—Lo más importante es que estés
cómoda.
—Lo estoy. Te lo prometo.
¿Seguimos?
El joven responde afirmativamente y
se coloca frente a ella. Muy cerca, tanto
que puede oír su respiración acelerada.
¿Y ahora? Los dos se miran, una vez
más, sin saber qué hacer. Hasta que la
chica, en un impulso, coge las manos de
su novio y las pone con vehemencia
sobre sus senos.
—¡Guau! ¡Madre mía! —grita él,
que se da cuenta de que ha alzado la voz
más de la cuenta—. Lo siento, eso no ha
sido muy romántico.
Tras un breve instante de silencio, y
sin poderlo remediar, la chica estalla en
una gran carcajada motivada por la
situación, la tensión y los nervios.
—Lo… lo siento —insiste el joven
abochornado. Aparta las manos del
cuerpo de su novia y se tumba bocarriba
muy serio. Ella, todavía riéndose, le
imita y se acomoda junto a él.
—Vaya dos. Casi no se nota que es
nuestra primera vez.
—Pues sí, vaya dos. Qué desastre.
Y la chica vuelve a reír, aunque en
esta ocasión no lo hace sola. Su novio la
acompaña durante un buen rato en el que
no paran de bromear. Esos minutos les
sirven para relajarse y, poco a poco,
recuperar la calma.
—¿Lo intentamos de nuevo? —
pregunta ella, dándose la vuelta en el
colchón, una vez que se han
tranquilizado.
—¿No te dará otro ataque de risa?
—Todo es posible, aunque intentaré
contenerme.
El chico se incorpora y se sienta

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sobre el colchón. Contempla a la
muchacha desnuda e intercambian una
sonrisa de complicidad. Esta vez sí: ya
no habrá más interrupciones.
Lentamente, va dejándose caer sobre
ella. Sus cuerpos van encajando,
conformando un puzle casi perfecto. La
piel de ambos se va calentando y
regresan los besos. Es el joven el que
toma la iniciativa y sus labios los que
recorren los recovecos de aquel cuello
terso y delicado. Sin miedo y sin que
ella le ayude en esta ocasión, envuelve
su pecho entre ambas manos,
presionándolo con una torpeza
seductora. Y lo acaricia, dibujando
pequeños círculos, excitándola hasta
límites insospechados. Sus gemidos
componen una melodía imposible de
resistir. Tiene ganas de todo, y ella
también. Y se lo confiesan al oído, como
un secreto a voces entre amantes.
—Tienes condones, ¿verdad? —
susurra ella jadeante sin dejar de recibir
sus besos.
Él, no —porque no esperaba que
aquello pasara tan pronto—, pero
conoce el lugar donde sus padres los
esconden. Se levanta de la cama y corre
hacia el cuarto de baño. Abre un
cajoncito del armario y, tras apartar un
paquete de algodón y una caja de tiritas,
encuentra los preservativos. Coge uno y
lo deja todo como estaba. Cuando
regresa a la habitación, ella solo lleva
puesto un tanga azul. El chico traga
saliva, se dirige a la cama y mientras la
besa también se va desnudando. Aquello
que había imaginado tantas veces desde
que la vio por primera vez está a punto
de suceder.
En la misma cama, tumbado encima
de una sábana azul y abrazado a la
almohada, abre los ojos. Solo se trata de
un recuerdo que se difumina en unos
cuantos segundos. Un día más y todo
sigue igual. Nada ha cambiado en ese
tiempo. Ha perdido la cuenta de la
cantidad de semanas en las que se
despierta sin ganas de respirar. Su vida
carece de sentido. ¿Para qué continuar?
De repente, unas tremendas náuseas le
revuelven el estómago. Ni intenta llegar
al cuarto de baño. Se agacha y vomita
sobre la alfombra de su habitación.
Enseguida llega su madre, que
contempla con estupor el triste
decorado, pero no le dice nada. No le
echa la bronca, ni le recrimina.
Simplemente va a por un cubo con agua
y una fregona y limpia la alfombra lo
mejor que puede. Luego, arrastrándola,
la saca sin ayuda del dormitorio.
—¿Puedes cerrar la puerta y apagar
la luz, por favor?
La mujer accede a la petición de su
hijo cuando se marcha. Se queda de
nuevo solo y casi a oscuras. Resopla y
mira hacia arriba: es el mismo techo que
los dos observaban cuando terminaban
de hacer el amor. Cuando estaban juntos.
Pero todo eso acabó hace mucho tiempo,
aunque parece que fuera ayer cuando
pasó.
Y entonces surge la rabia. Esos
pocos momentos al día en los que
abandona su papel de zombi y en los que
lo único que desea es acabar con todo.
El chico alcanza el móvil que tiene
sobre la mesita. Busca en las llamadas
realizadas la última que hizo y marca el
número. Nadie contesta. Lo intenta en
una segunda ocasión, y en una tercera.
Tampoco obtiene respuesta. La ira sigue
creciendo en su interior. Es lo único que
lo mantiene vivo. Un odio tan intenso
que se ha convertido en el motor que
sustenta su indeseable existencia.
Amaga con lanzar el teléfono contra
la pared, pero logra contenerse y marca
una cuarta vez. Y una quinta. Para su
sorpresa, a la sexta, una voz femenina
responde.
—Te he dicho que no me llames
más. ¡Déjame en paz!
La rabia, la ira, el odio… Desearía
poner las manos sobre su cuello y
apretar con todas sus fuerzas hasta que
dejara de respirar. ¿Sería capaz?
—Algún día me vengaré de todo lo
que has hecho. Y te aseguro que ese día
no tardará en llegar.
—¡Vete a la mierda! —Y le cuelga.
El joven se queda mirando el móvil
entre incrédulo y malhumorado

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