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Libro PDF Alianzas eternas – Marian Arpa

Alianzas eternas – Marian Arpa

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la casa de los Guads. Allí vivían padre
e hija, y aquella noche tenían a una
invitada a cenar. Sara había preparado
un potaje de verduras con bacalao, y lo
acompañarían con una ensalada tibia de
endivias; era una gran cocinera (siempre
se lo decía su padre). Estaban dando
buena cuenta de los alimentos, regados
con un buen vino de la tierra, mientras
su antigua vecina, Lola, les contaba lo
bien que le iba en Barcelona. Se había
traslado a la ciudad para ampliar
horizontes, era una mujer con
ambiciones que nunca se podrían llevar
a cabo en un pequeño pueblo como
aquel. Los padres de Lola eran felices
de que su hija tuviera un empleo que le
gustaba y que fuera feliz, aunque lejos
de la granja donde vivían. La mujer era
un espíritu libre, le gustaba la gente,
viajar y salir con sus amigos. Eso no lo
podía encontrar en un pueblo donde la
mayoría de las personas eran mayores.
Los jóvenes que no querían dedicarse al
ganado o a las tierras lo abandonaban en
busca de otras oportunidades.
Mientras tomaban el postre, Sara le
dijo que pensaba trasladarse a la ciudad
para estudiar, tenía intenciones de
alquilar un piso y ponerse a trabajar
para pagar los gastos. Juan Guads
miraba a su hija con orgullo, era una
muchacha muy inteligente, y estaba
seguro de que tendría un brillante futuro.
Le pesaba que para ello tuviera que
separarse de él, pero sabía las
limitaciones que ofrecía el pequeño
pueblo pirenaico donde vivían.
—Esto es una maravilla —exclamó
Lola—. Puedes venirte a vivir conmigo.
En mi piso hay espacio suficiente para
las dos.
Sara se sorprendió por la oferta, la
verdad era que la ciudad la intimidaba
un poco, nunca había salido del pueblo,
salvo para ir a los de los alrededores
con sus amigos, a las fiestas patronales.
—¿Estás segura de que no molestaré?
—La franqueza entre las dos era
absoluta. Lola era unos años mayor que
ella, e imaginaba que quizá sería un
estorbo. No quería invadir la intimidad
de su amiga.
—Claro que no, no seas boba.
Lola soltó una carcajada y empezó a
hacer planes, la mujer era un torbellino.
El padre de Sara sonreía ante el
entusiasmo de las chicas. Le agradaba la
idea de que su hija se fuera a vivir con
su antigua vecina, así no se sentiría tan
sola en la ciudad.
De aquella velada hacía ya cuatro
años. Muy pronto, Sara tendría los
exámenes finales de la carrera de
empresariales. Trabajaba de secretaria
para un diseñador famoso, en una
sociedad exitosa que habían levantado,
de la nada, un grupo de amigos. Ella
había empezado a colaborar para
aquella firma tan pronto como se instaló
en la ciudad, primero hizo de moza,
llevando trajes y complementos de un
sitio a otro, pero muy pronto el
diseñador se percató de su iniciativa, y
acabó como su ayudante personal.
Lola y ella ya no vivían juntas, Sara
se había buscado un pequeño
apartamento cerca del trabajo y de la
universidad. Aunque las dos amigas se
mantenían en contacto, se veían con
frecuencia, siempre que sus horarios y
los estudios se lo permitían. Solían salir
a cenar y de juerga siempre que podían,
Lola no paraba de presentarle amigos,
con la esperanza de que encontrara a
algún hombre con quien pasarlo bien,
pero ella tenía muy claro lo que quería.
Lo primero era acabar los estudios y
luego, ya tendría tiempo de divertirse de
la manera que le sugería su amiga.
El sol entraba a raudales por los altos
ventanales de la habitación cuando Mark
Forqué abrió los ojos. Al instante, sintió
sobre su pecho la sedosa suavidad de la
melena de la mujer. Sonrió al recordar
la apasionada noche que habían pasado.
Ella era como una tigresa en la cama, y
de vez en cuando se tomaban unas copas
y luego iban a su casa. Los dos sabían
que aquella relación no los llevaría a
ninguna parte, eran adultos y libres, y
ninguno de ellos era tan ingenuo como
para esperar nada de aquellos
encuentros.
Se levantó de la cama con cuidado de
no despertarla y se fue a la ducha.
Media hora más tarde, se sentaba en la
terraza a tomarse un café mientras leía el
periódico.
Casi había terminado cuando la bella
joven salió al mirador.
—Pensé que dormirías más. —Mark
levantó la vista de la lectura mientras
ella se le acercaba con sus andares
sensuales.
—Tengo sesión de fotos. —Su voz
sonaba ronca por la falta de sueño—.
No tengo tiempo ni de tomarme un café.
—¿Quieres que te lleve?
—No, cogeré un taxi, no te
preocupes. —A ella le gustaba su
independencia tanto como a él, eso de
acompañarla le sonaba demasiado a
rollos de parejas.
Mark se levantó y la acompañó hasta
la puerta, allí le dio un beso en los
labios y se despidieron.
Mientras él iba a terminarse de
vestir, pensó en su disipada vida, no le
costaba nada tener a una mujer diferente
cada día en su cama. Ellas,
prácticamente, se le tiraban encima,
igual solteras que casadas, más de una
vez le habían dicho que era muy
atractivo, pero eso era algo que él no
podía cambiar. Le gustaba cuidarse, iba
al gimnasio varias veces a la semana y
procuraba comer sano. Si, tenía un
cuerpo agradable a la vista, pero no
creía que fuera para tanto.
Sus relaciones con las mujeres lo
habían vuelto un poco cínico, la mayoría
de sus amigos ya se habían casado y
siempre le tomaban el pelo diciéndole
que él, que era más atractivo, debería
encontrar a la mujer de su vida y
casarse. Pero no estaba por la labor,
pensaba en todas las mujeres casadas
que habían tratado de seducirlo y sabía
que él no lo aguantaría, y para
divorciarse a la primera de cambio ya
estaba bien como estaba.
Se terminó de arreglar y cogió su
coche para irse al trabajo, vivía en las
afueras de Barcelona y tenía por delante
media hora de trayecto, eso si no había
demasiado tráfico, había días que
tardaba una hora.
Ese día llegó antes de lo que
esperaba y pensó en pasar a ver a su
amigo Paul y tomarse un café con él.
Capítulo 2
Paul bajó a la segunda planta hecho
una furia. «¿Qué se había creído, el muy
cretino?». Comprometer a la empresa de
aquella manera, y no solo a esta, su
prestigio también estaba en juego. Los
demonios se lo llevaban cuando llegó a
la puerta de su despacho.
—Sara, necesito esos modelos en mi
despacho… ¡Ya! —Ella lo miró, pero
no se movió—. ¿Es que no me has oído?
—insistió, alzando la voz.
—Si… pero… —Sara iba a decirle
algo, pero Paul la interrumpió.
—¡Ahora! —exclamó, claramente
irritado.
En el taller se hizo el silencio, todos
levantaron la cabeza para ver lo que
pasaba, no era normal que ese hombre
perdiera los estribos. Mark estaba
entrando en aquel momento y se
sorprendió; hacía varios años que
trabajaba en la empresa y nunca había
visto a su amigo comportarse así. Tenía
fama de ser un blando con los
trabajadores a su cargo, pero la verdad
era que con su comportamiento lograba
que todos lo respetaran, y a la vez el
trabajo se hacía más a gusto. Cuando
había exceso de pedidos, ninguno de los
trabajadores tenía inconveniente en
hacer horas extraordinarias para que
todo el género saliera el día indicado.
Paul era una persona que con su saber
hacer lograba sus propósitos.
—Pero, Paul… —empezó a decir
Sara.
Mark había llegado hasta ellos y
observaba la escena.
—No quiero excusas… —la
interrumpió—. Si no tengo esos modelos
antes de que termine el día… —Dejó la
amenaza al aire, se dio la vuelta y entró
en su despacho, dando un portazo.
El estudio de Paul era acristalado, y
ella pudo ver, más que oír, como él
maldecía. Se levantó de su mesa y
desapareció en el taller.
Mark miraba a Sara, que parecía no
reaccionar, su superior acababa de darle
una orden y ella se limitaba a mirarlo
con los ojos muy abiertos, que, por
cierto, los tenía preciosos. Cuando ella
salió de su estupor, cogió unas hojas que
tenía sobre la mesa, y se fue. La observó
y se percató de su pequeña y curvilínea
figura, vestía unos pantalones vaqueros
y una camisa blanca ajustada al cuerpo,
el balanceo de sus caderas era muy
seductor.
«Ya era hora de que lo hiciera»,
pensó Mark. Mientras entraba en el
despacho de Paul, observó a su amigo,
que estaba sentado detrás de su mesa.
No dijo nada, ni siquiera esperó una
invitación, y ocupó un sillón frente a él.
Después de unos segundos…
—¿Tú te crees que el cretino ese ha
organizado un desfile privado para esta
noche y me lo dice esta mañana? —
exclamó el diseñador, irritado.
Mark empezaba a comprender.
—Pues que se lleve los modelos que
ya están terminados. —Sugirió sin
perder la calma.
Paul se quedó atónito.
—No es su prestigio lo que está en
juego, sino el mío, él no dudará en
lavarse las manos si los modelos que
lleva no son los apropiados. —Tenía
razón, y Mark lo sabía, el malnacido de
Lucas no dudaría en cargarse la
respetabilidad y la fama de Paul si con
ello ganaba algo.
—Pues que lo suspenda.
—No va a hacerlo. Te juro que si
pudiera, le quitaría esa repelente sonrisa
de superioridad a golpes. —Su amigo
estaba furioso, y no era para menos.
—¿Fred sabe algo de esto?
Fred Gallardo era quien dirigía y
daba nombre a la empresa. Años atrás,
varios amigos habían unido esfuerzos y
capital para formar la compañía que
ahora dirigía.
—Se ha enterado en el mismo
momento que yo, trató de impedirlo,
pero Lucas ha comprometido a la
empresa, todos nos veremos
perjudicados si no lo llevamos adelante.
Mark trataba de pensar en algo que
solucionara el problema, pero no se le
ocurría ninguna solución. Se levantó, se
acercó a la cafetera y sirvió dos cafés.
—Toma. —Le tendió uno a su amigo,
acercándole una taza—. Quizá las cosas
no las veamos tan negras después de
tomarnos un buen café. —Hizo una
pausa al llenársele las fosas nasales de
un agradable aroma—. A propósito,
desde hace algún tiempo el café es más
bueno aquí que el que sirven arriba.
Paul aspiraba el olor con deleite de
la taza que le había servido su amigo.
—Sí, fue Sara quien cambió la
cafetera y la marca del café, la verdad
es que hemos ganado con ello.
Mark se deleitaba en el fuerte y
amargo líquido, cuando reparó en los
modelos que Paul tenía en un colgador a
sus espaldas.
—¿Y estos modelos que tienes aquí
colgados?
Paul se dio la vuelta, y allí estaban
los vestidos que un rato antes había
estado reclamando a Sara, incluso un
par más que habían empezado a última
hora, terminados y listos para ser
lucidos.
—Oh… Dios…

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