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Libro Amando a la estrella – Marta Francés PDF

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David se acercó a ella y le dio un beso fugaz en los labios.
—Te quiero —susurró apoyando su frente en la de ella.
—Y yo a ti. Podemos con esto, cariño.
—Espero que tengas razón.
Se separaron y se miraron a los ojos. La mirada azul de David mostraba todo lo que sentía por ella junto con una pizca de preocupación por lo que estaban a punto
de hacer. Los ojos castaños de Jenny brillaban con una mezcla de felicidad, firmeza y un leve destello de perversidad.
Abrieron las puertas caminando con aplomo detrás de William, Steve y Gary. Las chicas se habían escabullido con Neal y todas sus maletas. Tras ellos Alex cerraba
la comitiva. William abrió los brazos en cuanto los paparazzi empezaron a hacer fotos y avanzaron hacia ellos como una manada de ñus.
—¡Por favor! —Les pidió gritando—. Respetad las distancias y no me hagáis enfadar.
Los periodistas le hicieron caso, no se les echaron encima como locos, respetaron las distancias pero aun así hicieron preguntas estúpidas como siempre.
—Jennifer, Jennifer —la llamaban por un lado—. ¿Desde cuándo mantienen esta relación?
—¿El señor White está al tanto de todo? —Preguntaban por otro lado.
—¿Oiremos pronto campanas de boda?
—¿Es cierto que como regalo de cumpleaños el señor Hill le regaló un anillo de oro blanco con incrustaciones de diamantes por valor de ocho mil dólares?
—¿Los condes de Norfolk han dado su bendición a esta relación?
Jenny inspiró con fuerza sin borrar la sonrisa de su rostro, siguió caminando erguida y sin soltar la mano de David, que estaba a su lado completamente
sobrepasado por la situación. ¿Los condes de Norfolk? ¿Qué demonios pasaba con sus padres? ¿Qué bendición ni que ocho cuartos? Hizo verdaderos esfuerzos para no
abrir la boca y decirles que cerraran sus putas bocas. En ese mismo instante comprendió algo mejor la manera en que Jenny se comportaba con ellos a veces.
Salieron del JFK con la nube de paparazzi a su alrededor, sin soltar sus manos en ningún momento e intentando aparentar tranquilidad. Jenny lo conseguía, estaba
acostumbrada a fingir delante de ellos, pero David… su cara era todo un poema.
Estaba habituado a que le fotografiaran en ocasiones puntuales cuando iban a algún evento y él se quedaba con Anna, Caroline y Gary. Siempre les hacían fotos
cuando iban a diferentes lugares pero ellos no posaban para nadie, simplemente pasaban al lado de Jenny y algún flash recaía en ellos. En ese momento estaba siendo
completamente diferente. Le estaban haciendo fotos a él. De pronto un pensamiento cruzó su mente. ¿Le reconocería alguien por la calle a partir de entonces? No sabía
si quería saber la respuesta.
Finalmente llegaron a los coches que les esperaban a la salida de la terminal. Ambos entraron en uno de ellos y William cerró la puerta. Los demás fueron a una
monovolumen que había detrás en la que las chicas ya estaban sentadas. Jenny soltó todo el aire de los pulmones y estiró los brazos para relajarse. Se volvió hacia
David y al ver la expresión de su rostro no pudo evitar echarse a reír.
—¿Qué? —Cuestionó él mirándola con los ojos muy abiertos.
—Tendrías que verte la cara.
—Por eso no te preocupes, mañana estaré en todas las revistas del kiosco, podré verme una y otra vez —soltó con algo más de rudeza de la que esperaba.
Jenny dejó de reírse y le miró con sorpresa inesperada.
—¿Estás enfadado?
—No… Sí… No lo sé —levantó las manos en el aire frustrado—. Esto ha sido horrible. Que hayan estado haciendo fotos como si se tratara del nacimiento del
primer panda en cautiverio y no simplemente de una pareja que vuelve de viaje me cabrea. ¡Me cabrea mucho!
Jenny saltó en su asiento al escucharlo gritar. Sí, definitivamente, estaba enfadado.
—Y meten a mis padres… ¡mis padres! —Se llevó las manos a la cabeza.
Empezó a farfullar incoherencias, ella no entendió casi nada de lo que dijo pero le dejó desahogarse. Sabía muy bien que ese era el efecto que las hienas causaban en
las personas con la primera toma de contacto. Era cuestión de tiempo acostumbrarse. Bueno, acostumbrarse no, sería más correcto decir: saber llevar la situación sin
saltarles a la yugular con sus estúpidas preguntas. Acostumbrarse a ellos era algo completamente inviable.
Cuando llegaron a su apartamento la situación era similar al aeropuerto. Varios paparazzi estaban apostados en el portal. Decidieron entrar por el garaje y evitar
cualquier posible situación tensa. David no estaba para otro momento de fotografías como el de antes. El gesto de su cara se había tranquilizado gracias a una sesión de
besos reconfortantes de Jenny, pero aún no estaba en plenas condiciones.
Subieron en el ascensor cargados con sus maletas y fue en ese mismo instante cuando todos recordaron algo que con todo ese revuelo había quedado relevado a un
segundo plano.
—Los anónimos… —susurró Jenny cuando las puertas del ascensor se cerraron.
Todos guardaron silencio mientras subían, esperando, rogando y cruzando los dedos para que no hubiera ninguna nota desagradable ni nada que pudiera haber sido
enviado por ese loco.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron Steve ya estaba allí, en el rellano, con gesto serio y profesional. Hizo un ligero asentimiento a William.
—Despejado, Señor.
—Perfecto. Volvamos a casa, chicos —cogió un par de maletas y fue hacia la puerta seguido por todos los demás.
***
Dos horas después, tras una discusión con David, gritos con Carlo por teléfono y haber pasado completamente de ambos, Jenny iba de camino a Brooklyn en el
Audi de David. No podía salir de su edificio con ninguno de sus coches ya que las hienas podrían reconocerlos, así que le quitó las llaves a David y cogió su coche que
llevaba aparcado en el garaje desde que fueron a Barbados. Él no tenía ni idea, por supuesto. Ni siquiera se dio cuenta de que le había quitado las llaves porque creyó que
William iba con ella y habrían ido en el coche con Neal. Pero cuando vio al jefe de seguridad salir de su habitación, vestido con un chándal y tan tranquilo no pudo evitar
maldecir la cabezonería extrema de Jennifer.
—¡Esta mujer no es normal! —gritó yendo hacia la puerta del apartamento.
Los demás le miraron mientras salía y suspiraron fuertemente.
—Vivir la relación de estos dos es como ver un reality show en vivo y en directo —rio Anna.
***
Jenny entró en Rony Music sin quitarse las gafas de sol y con gesto serio. Fue hasta el mostrador al final de la colorida recepción y se apoyó con aire casual en él
mirando a la recepcionista con una sonrisa.
—Hola, Susan. Vengo a ver al señor Prescott.
—Señorita Scott… No la esperábamos.
Sonrió al apreciar el nerviosismo en su voz. Por supuesto que no la esperaban.
—El señor Prescott está reunido ahora mismo…
—Me importa una mierda, Susan —le contestó manteniendo neutro el tono de su voz—. Si quieres avisarle de que voy a entrar a su oficina, adelante. Si no se
enterará cuando me vea aparecer por la puerta.
Vio a la chica coger el teléfono mientras ella comenzaba a andar hacia la puerta del fondo de la recepción, sin cambiar la expresión de su rostro. Escuchó a Susan
decirle que no podía pasar pero seguía importándole una mierda. Fue hacia el gran portón del despacho de Jason y abrió sin llamar. Como era de esperar ni estaba
reunido ni estaba ocupado. Estaba tranquilamente sentado tras su enorme escritorio y no parecía sorprendido de verla llegar.
—Jennifer… —se levantó y sonrió mientras abría los brazos para ella—. Susan me ha dicho que venías, ¡qué agradable sorpresa! ¿A qué debo tu visita inesperada?
—Sabes perfectamente por qué estoy aquí —afirmó quedándose de pie delante de los sillones para los visitantes.
Jason rodeó la mesa y fue hacia ella sin borrar la sonrisa de su rostro. O era gilipollas o sabía actuar tan bien como ella.
—Soy todo oídos —le hizo un gesto señalando uno de los sillones—. Por favor, toma asiento.
Jenny asintió con la cabeza y se sentó. Él hizo lo mismo en el otro sillón.
—Quiero que David recupere su puesto de trabajo.
—Wow… Sin rodeos, Jennifer —rio entre dientes—. Veo que vienes guerrera.
—No tienes idea de lo guerrera que puedo llegar a ser.
Se quitó las gafas de sol y le miró fijamente a los ojos. Creyó apreciar cierto atisbo de miedo en las pupilas castañas del dueño de la discográfica, pero si era real
desapareció enseguida, tan rápido como vino.
—Hill no va a recuperar su trabajo. Incumplió una de las cláusulas de su contrato y eso es motivo de despido. No soy yo el que hace las reglas, Jennifer.
Sonrió como si fuera un santo.
Estúpido capullo…
—Mira, Jason, solo te lo voy a decir una vez y espero que te quede muy claro.
Él la miró con esa sonrisa condescendiente en la cara y le dieron ganas de utilizar sus conocimientos de kick jitsu para quitársela de una patada.
—Lo que haya entre David y yo es asunto nuestro, no tiene nada que ver con contratos ni mierdas de ningún tipo. Yo lo quiero en mi equipo, quiero que siga siendo
mi asesor y lo quiero a mí alrededor con el resto de mi gente. Así que vas a volver a contratarlo para que siga ejerciendo las labores que ha venido llevando a cabo
durante estos últimos cinco meses sin poner ningún tipo de objeción.
—No puedo hacer eso —dijo completamente serio.
—¿Por qué?
—Porque el contrato exponía claramente las condiciones para ejercer ese trabajo, él lo incumplió y eso es motivo de despido. No puedo dejar que mis empleados se
tomen a la torera las obligaciones de sus puestos de trabajo, Jennifer.
—De acuerdo —se puso de pie sin inmutarse.
Jason frunció el ceño y la miró sorprendido.
—¿De acuerdo? —No pudo evitar preguntar.
—Sí, Jason, de acuerdo —se volvió a colocar las gafas de sol y caminó hacia la puerta. Justo cuando puso la mano sobre el pomo se giró para mirarle de nuevo—.

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Te comunico que no voy a actuar en ningún concierto de los programados en la continuación de la gira por la Costa Oeste. Puedes ir anulándolos y devolviendo el dinero
a todos mis fans. Yo me encargaré de hacer un comunicado oficial cuando considere oportuno.
—¿¡Cómo!? —Chilló levantándose del asiento como si se hubiera convertido en una silla eléctrica.
Jenny sonrió con suficiencia.
—Si tú no haces lo que te pido de buenas maneras tendré que ponerme a malas contigo, Jason —se encogió de hombros con falsa expresión inocente—. Si David
vuelve, hay gira. Si no vuelve…
Jason tenía la boca completamente abierta y parecía al borde del aneurisma cerebral.
—…no hay gira—terminó encogiéndose de hombros tras su teatral pausa.
Abrió la puerta finalmente y salió sintiendo la adrenalina corriendo por sus venas. Se sentía poderosa y más viva que nunca. No volvió la vista atrás y caminó hasta
la recepción sin dejar de sonreír recordando la cara de idiota de Jason.
—Adiós, Susan —se despidió de la recepcionista cuando salía.
—Señorita Scott, espere un momento, por favor…
—Adiós. Susan. —Repitió recalcando las palabras detenidamente.
Escuchó las órdenes de Jason por el interfono y negó con la cabeza. Si pensaba que esa estúpida recepcionista iba a detenerla lo llevaba claro. La escuchó salir de
detrás del mostrador y sus pasos acelerados.
—¡Jennifer, por favor…! —Exclamaba a sus espaldas—. El señor Prescott…
El señor Prescott le tocaba las narices. Siguió andando ignorando la voz nasal de la muchacha y fue hasta el Audi que estaba aparcado en la calle frente al edificio de
Rony Music. Se montó y sonrió a Susan que estaba al lado de la ventanilla del conductor moviendo los labios sin parar y señalando hacia los estudios. Le sonrió lo más
terroríficamente que ella sabía, enseñándole todos los dientes. La recepcionista cerró la boca automáticamente. Arrancó el coche, encendió el reproductor de música y
sonrió al escuchar la canción que sonaba. Era suya.
Fue cantando hasta llegar a su apartamento y se agachó ligeramente al ver a los paparazzi todavía en el portal de su edificio. En serio, ¿es que no tenían vidas
propias? Gruñó un poco y fue al garaje. Cuando aparcó en el espacio libre David salió de detrás del Jeep de William. Casi le da un infarto.
—¡Joder! ¡Qué susto! —Gritó llevándose una mano al pecho.
Fue hacia ella y abrió la puerta del conductor con semblante serio. Bueno, serio no sería exacto, la palabra que mejor le definía era intimidante. Sus ojos azules
llameaban enfadados, sus labios formaban una fina línea recta y apretaba las mandíbulas con fuerza. La brusquedad con la que le abrió la puerta fue solo un plus más a
tener en cuenta. Estaba que echaba chispas.

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Jenny salió intentando no tener en cuenta su cabreo, estiró los brazos y los pasó por sus hombros, entrelazando los dedos en su nuca. David llevó las manos en su
cintura e intentó apartarla de él.
—¿Tienes idea del cabreo que llevo?
—Me hago una ligera idea… —murmuró con una sonrisita.
—¿Tú me ves reírme? —gruñó enfadado.
Ella rodó los ojos y se acercó para besar sus labios, solo un roce porque él se echó hacia atrás.
—No te va a servir esta vez. Te has llevado mi coche, Jennifer. Me has robado las llaves y has salido a la calle tú sola con todo lo que está cayendo ahí fuera. ¿Y si
las hienas te siguen y provocan un accidente? ¿Y si pinchas una rueda y te quedas tirada en una cuneta? ¿Y si…?
—¡David! —Gritó intentando aguantarse la risa—. ¿Vas a dejar de decir tonterías? Estoy bien, sana y salva. Sé conducir y si tuviera que cambiar una rueda podría
hacerlo perfectamente.
Él la miró arqueando una ceja.
—Vale —admitió poniendo los ojos en blanco—, eso no podría hacerlo. ¡Pero estoy bien! ¿Vas a seguir enfadado conmigo?
—¡Claro que sí, por el amor de Dios! —Exclamó llevando las manos a su cintura y atrayéndola a él—. Eres una cabezota, Jenny. Te importa un bledo que te diga
una cosa u otra, tú tienes que hacer siempre lo que te da la gana. ¿Entiendes que eso siempre es el motivo de tus cagadas?
Se le quedó mirando a los ojos unos segundos. Él abrió la boca para seguir con su bronca cuando ella habló.
—¿Qué haría yo sin estos sermones?
Se quedó bloqueado. ¿Estaba sonriendo como una idiota? Normalmente la respuesta a sus sermones era una frase envenenada, no una sonrisa radiante acompañada
de ojos brillantes y destellantes de emociones.
Para rematar, se acercó a él y le besó con pasión, llevando la mano a su pelo y apretándose tantísimo a él que sentía todas y cada una de las curvas de su cuerpo.
Estaría enfadado, pero eso no podía soportarlo. Llevó una mano a su nuca y abrió la boca para recibir su lengua con ganas. Su otra mano se deslizó bajo su camiseta y
acarició su espalda arriba y abajo.
Se separaron buscando oxígeno y ella sonrió apoyando la cabeza en su hombro. David respiraba entrecortado y parte de su enfado había dejado paso a un calentón
de los serios. Aspiró el aroma que emanaba de su pelo y la besó en la frente.
—Me descentras, Jenny —murmuró abrazándola.
—Lo sé —rio en su cuello.
—¿Me vas a decir qué coño has hecho?
—Lo que tenía que hacer, David. Ni más ni menos —le dio un beso en el hueco detrás de su oreja—. He hecho lo que tenía que hacer.
3
Si en media hora no está aquí voy a odiarle por el resto de mi vida…
Miré el reloj una y otra vez y no había ni rastro de mi madre. Me giré hacia George, mi padre, y suspiré fuertemente.
—Tranquila, Jen, llegará a tiempo.
—Espero que tengas razón. Sigo sin entender por qué hoy ha tenido que trabajar hasta tan tarde sabiendo lo importante que es esto para mí.
Me crucé de brazos y miré hacia delante.
El escenario estaba ya iluminado y en el centro se podía ver el atril con el micrófono desde el que iban a presentar la gala de premios. La Sala de Congresos de
Seattle había sido acondicionada para la entrega de Premios a las Nuevas Promesas de la Música de la Península de Olympic, premios más conocidos como los
Olympus. No eran unos premios de gran prestigio ni conocidos en todo el país, pero era el primer premio al que me habían nominado gracias a mi voz y me sentía
más que orgullosa.
Vi a Carlo Santori al fondo de la sala. Había aparecido en mi vida hacía unos meses, en uno de los muchos certámenes musicales de mi instituto en Aberdeen. En
cuanto aquel certamen terminó se acercó a mí y me dio su tarjeta diciéndome que mi voz era lo más maravilloso que había escuchado en muchos años y que tenía
futuro en el mundo de la música. Me quedé de piedra. ¿Yo futuro en el mundo de la música? Casi me río en su cara cuando lo dijo. Me pidió hablar con mi padre ya
que era menor de edad. Tenía diecisiete años recién cumplidos en aquel entonces y, tres meses después, mi primer single sonaba en la estación de radio de Aberdeen.
Dos meses después fue el turno de las estaciones radiofónicas de la península de Olympic y después se escuchaba en todo el estado. Mi canción sonaba en tiendas,
bares y peluquerías. ¡Incluso la gente me reconocía por la calle! Sentí los primeros coletazos de la fama, aunque solo fuera en la ciudad más cercana a mi pueblo
natal. Y, como un rayo de esperanza de que lo que el señor Santori había dicho podía hacerse realidad, llegó mi primera nominación a un premio. Había sido
nominada a Voz del Año. Me sentí casi morir cuando Carlo llamó para comunicárselo a mi padre.
Todavía recuerdo las lágrimas de mi madre al enterarse…
En la sala el murmullo de voces era ensordecedor. Yo no podía dejar de mirar el reloj, ya solo quedaban cinco minutos para que empezara. Y ni rastro de
Margaret. Empezaba a tener dolor de cuello de tantas veces que me había girado hacia la puerta esperando verla aparecer.
Entonces, las luces se apagaron y la gala comenzó. Una mujer vestida de negro y con un horrible moño salió al escenario y empezó a hablar. Sé que debería haber
hecho caso a lo que la presentadora decía, pero no podía dejar de pensar que mi madre se estaba perdiendo eso por su estúpido trabajo. Le importaba más que su
propia hija. ¡Joder! Qué egoísta era. Siempre me lo había demostrado, pero con esto me lo dejaba más que claro. El día más importante de mi vida, el día en que
podía recibir mi primer premio como cantante y ella decidía que era más importante su trabajo que mi sueño.
Solía quedarse casi a diario hasta tarde trabajando, pero no creí que ese día fuera a hacerlo. Era ayudante del alcalde de Aberdeen. Normalmente trabajaba por
las mañanas exclusivamente, pero esos últimos días habían tenido más trabajo, se acercaban las elecciones a la alcaldía. Siempre andaba de aquí para allá con
documentos importantes y su perpetua carpeta negra bajo el brazo. Pero ese día era mi día. Joder. Mi madre era una egoísta de mierda.
No atendí a nada de lo que la presentadora dijo, pero cuando noté la mano de mi padre apretando la mía supe que había llegado el momento. Me tensé en mi
asiento mientras escuchaba a la mujer hablando de los nominados a Voz del Año. No tengo ni idea de quienes eran los otros tres nominados, allí no había vídeos ni
nada del estilo de la MTV para presentarnos a cada uno. Y, de repente, esa mujer dijo mi nombre y la sala estalló en aplausos.
—¡Jenny! —gritó emocionado mi padre a mi lado—. ¡Eres tú, cariño! ¡Has ganado!
Me levanté sin saber muy bien cómo. Mis músculos, reticentes, funcionaban por inercia. Había ganado y casi no podía creérmelo. Mi primer premio…
Y mi madre no estaba allí.
Conforme caminaba hacia el escenario mis pensamientos solo iban hacia mi madre una y otra vez. Estaba enfadada. Una parte de mí estaba feliz pero la otra
estaba tan cabreada con mi madre que la felicidad que sentía quedó eclipsada por el enfado. No podía creer que no estuviera allí.
Recogí mi premio, dije algunas palabras que no recuerdo muy bien y agradecí a mi padre pero no a Margaret.
¡Que se joda! Que hubiera estado aquí.
Cuando la gala terminó hubo un pequeño aperitivo para todos los asistentes, pero mi padre y yo nos montamos en el coche patrulla y tomamos la carretera en
dirección a Aberdeen. George era el jefe de policía del pueblo y aquel coche ejercía de coche familiar la mayoría de las veces porque “el que es jefe de policía lo es las
veinticuatro horas del día”.
Durante el viaje él se dio cuenta de lo enfadada que estaba.
—Jen… Deberías estar radiante de alegría.
—Lo estaría si la egoísta de mi madre hubiera pasado del gilipollas del alcalde y hubiera venido a ver la entrega de los malditos premios.
—¡Jennifer! —Rugió mi padre golpeando el volante—. Estás hablando de tu madre, no seas irrespetuosa.
—Ella es la que debería ser respetuosa conmigo y comportarse como una buena madre.
—No voy a permitir que hables así de tu madre. Sabes que tendrá una buena razón para no haber venido, ella…
—¡Y una mierda! —grité golpeando el suelo con el pie—. No quiero excusas que tengan que ver con el alcalde, las elecciones o las fotocopias de mierda que debía
hacer antes de marcharse.
George bufó a mi lado y negó con la cabeza.
—Me pregunto de dónde has sacado esa manera de hablar tan horrible. Seguro que William influye de manera negativa en ti…
—No metas a mis amigos en esto, papá —tomé aire para tranquilizarme—. Ellos han estado mucho más interesados en la gala que mi propia madre.
La gilipollas de mi madre, añadí mentalmente.
Anna me había mandado tres mensajes de texto durante la gala y a la salida tenía un mensaje de voz en el que todos ellos gritaban preguntándome qué había
pasado, diciendo que seguro había ganado porque era la mejor.
Mis amigos, lo mejor de mi vida sin duda. Si hubiera sabido esto les hubiera dicho a ellos que vinieran en el lugar de mis padres, tal vez de ese modo me sentiría
más reconfortada, acompañada y querida.
George era buena gente pero, sinceramente, era un calzonazos.
Miré por la ventanilla. Maldito clima lluvioso. Llevaba dos días lloviendo sin parar y estaba harta de ver agua y más agua por todas partes. Apoyé la cabeza en el
cristal y observé los charcos iluminados por los focos del coche patrulla de mi padre.
De repente el sonido de la radio me sobresaltó.
—George, aquí Billy, ¿me oyes?
Mi padre contestó enseguida.
—Sí, Billy, dime, ¿qué ocurre?
—Ha habido un accidente en la carretera hacia Seattle…
—Estoy en ella ahora mismo, Billy. ¿En qué kilómetro?
—Esto… en el… kilómetro ciento catorce.
—Estamos cerca, llegaré enseguida.
—¿George?
—Dime.
Hubo una pausa larga, no sé el tiempo que pasamos en silencio pero casi creí que Billy había cortado la comunicación. No fue así.
—Es Margaret…
—¿Qué? —Chilló mi padre.
Yo abrí muchísimo los ojos y miré hacia la radio.
—Sí, George —la voz de Billy sonaba horrible al otro lado de la radio—. Tu mujer ha tenido un accidente con el coche.
Me quedé helada. El corazón dejó de latirme en ese mismo instante. Mi madre. Un accidente. Coche. Carretera.
No era capaz de hilar los pensamientos. No podía pensar con claridad. Me quedé mirando la radio mientras notaba un picor tremendo en los ojos. Sentí mi cuerpo
irse hacia atrás. Supongo que mi padre pisó el acelerador a fondo pero no estoy segura, no recuerdo nada de lo que ocurrió a partir de entonces con demasiada
claridad.
Solo recuerdo cosas sueltas.
Las luces de la ambulancia…
El frenazo de mi padre al llegar al lugar…
El sonido de la lluvia sobre el techo del coche…
No podía moverme. Estaba agarrotada. Completamente inmóvil sobre el asiento.
De repente recuerdo estar fuera, bajo la intensa lluvia que me mojaba entera.
Gritos…
Gente yendo y viniendo.
Un policía se acerca a mí y me dice que vuelva al coche.
No quiero irme al coche. ¡Es mi madre! Quería gritarlo pero no me salían las palabras, las tenía formando un nudo en mi garganta, casi impidiéndome respirar.
George arrodillado en el suelo.
Una manta de esas térmicas, de color plateado. ¿Qué cubre?
¡Oh! No puede ser…
Recuerdo escuchar los sollozos de mi padre entremezclados con el sonido de la lluvia.
No.
No…
No puede ser…
Estoy paralizada detrás de mi padre. ¿Cómo he llegado hasta aquí? No sé si lloro o no, las lágrimas se confunden con las gotas de lluvia. Siento una terrible
opresión en el pecho.
De repente mi padre se da la vuelta y veo que abraza el cuerpo sin vida de mi madre. Veo su pelo rubio. Sé que es ella y que ya no está.
—¡Jennifer! ¡Vuelve al coche!
Los gritos de George me sobresaltan. Jamás me había gritado así. Su mirada está llena de rabia. Me doy la vuelta y empiezo a correr hacia el coche. Los sollozos
me impiden respirar, no veo por donde ando, no puedo coger aire. De repente estoy en el suelo. ¿Me he caído? No lo sé y no me importa. Me abrazo a mis rodillas
tratando de aferrarme a mí misma y lloro bajo la lluvia con las pocas fuerzas que me quedan.
***
No sé cómo ni cuánto tiempo después pero estoy en mi casa. Llevo el pelo y la ropa mojados. Me duele el codo por la caída. No me importa, es mucho peor el dolor
que siento por dentro.
—Voy a marcharme a preparar todo, Jenny…
Las palabras de mi padre suenan dentro de mi cabeza como en otra dimensión, como si las dijera alguien en otro idioma. Asiento como una autómata. Siento su
mano en mi hombro y poco después escucho la puerta cerrarse. Estoy sola en casa. Sola.
***
Ahora estoy en mi cuarto, descalza y en ropa interior. No tengo ni idea de qué he hecho con mi ropa. Camino hacia mi escritorio y me siento en la silla cercana a la
ventana.
¿Qué hago aquí?
¿Qué ha pasado?
Miro a mí alrededor intentando comprender lo que ha sucedido cuando veo un paquete sobre mi cama. Es un regalo envuelto en papel de color azul cielo y lleva un
lazo azul oscuro. Frunzo el ceño y lo abro. Es una cinta de vídeo. No tengo ni idea de qué puede ser ni de quién lo dejó ahí. Me levanto de la silla y voy hasta mi combo
de televisión y vídeo, introduzco la cinta y me siento en la orilla de la cama.
Y mi corazón se rompe dentro de mi pecho cuando la película empieza.
—¡Hola, cariño!
Es ella.
Ahogo un sollozo y me tapo la boca con la mano.
—Este vídeo es para decirte lo orgullosa que estoy de ti y de que vayas a recibir este premio por tu maravillosa voz. Sé que todavía no se sabe el ganador pero yo sé
que eres tú, mi niña… Tu voz es lo más precioso del mundo entero y sé que vas a llegar muy lejos.
Las lágrimas caen sin control por mis mejillas.
Está tan guapa… y sonríe sin parar, mirando a la cámara con ojos brillantes.
—Te quiero, princesa —lanza un beso—. No lo olvides nunca. Siempre voy a estar allí, apoyándote hagas lo que hagas. Siempre serás mi niñita, mi sol y mi cielo.
Mi niña cantante…
Sonríe y empiezo a llorar desconsoladamente. Me abrazo a mí misma sobre la cama mientras la imagen de mi madre se congela en la pantalla.
Me balanceo adelante y atrás.
Lloro y lloro. Mi llanto alcanza niveles insospechados para mí. ¿Es posible sentir tanto dolor? Nunca he llorado tanto. Nunca he sufrido así…
Y de repente, la claridad viene a mí.
Es mi culpa. Es mi puta culpa.
Se dirigía a la gala. Llovía y ella iba demasiado deprisa.
Ha sido mi culpa.
Mi madre está muerta por mi culpa.
Puñaladas. Siento como si mi cuerpo estuviera recibiendo puñaladas. Duelen por todas partes pero se centran principalmente en mi pecho.
Grito y me levanto de la cama para dar una patada a la silla y lanzarla al otro lado de la habitación. Grito y me araño la piel de los brazos sintiendo que es el fin
de todo. Ya nada tiene sentido… mi madre no está conmigo y todo es mi maldita culpa.
De repente unos brazos me agarran con fuerza y lucho por escapar de ellos. Oigo voces que intentan calmarme pero no puedo dejar de llorar ni de golpear y
empujar a quienes sean que están ahí.
Varias manos me cogen los brazos y consiguen sentarme en la cama. Noto que me echan una manta por encima. Escucho voces que conozco pero no identifico.
Las lágrimas siguen cayendo por mis mejillas y bañan mi rostro. Me duele la garganta. Me escuecen los ojos. Me rasga el alma.
Y en algún momento me quedo dormida.
Pero tengo pesadillas. Mi madre conduce hacia Seattle, deprisa, preocupada por no llegar a mi entrega de premios. Un perro se cruza en su camino y frena para
no llevárselo por delante. El coche se desliza. Veo su rostro sonriendo como en el vídeo mientras habla: siempre serás mi niñita, mi sol y mi cielo…
Grito y me levanto asustada, sin saber si ha ocurrido de verdad o si solamente ha sido una terrible pesadilla sin sentido.
—Jen…
La voz de Caroline. Miro sus ojos y en ese momento sé que todo es verdad.
—Mamá… —sollozo fuertemente.
Y siento sus brazos a mí alrededor abrazándome con fuerza.
***
Mi siguiente recuerdo de esos días es el funeral. George se empeñó en enterrarla, yo prefería haberla incinerado pero mi palabra no contó en absoluto.
No lloré entonces. No me quedaban lágrimas, era un trapo sin vida. Vi todo como si se tratara de una película, como si lo viera desde fuera y no estuviera
sucediendo en realidad. Estuve al lado de George pero no nos tocamos. Sabía que él me culpaba. Yo me culpaba. Todo eso había pasado por mi estúpido premio. Mi
madre había muerto por mi culpa.
Ver su ataúd siendo sepultado bajo la tierra fue terrorífico. Comencé a convulsionarme por los sollozos, pero no me cayó ni una sola lágrima. George me miró
con sus ojos marrones iguales a los míos y vi la tristeza en ellos. Quería que me abrazara, que me dijera que no era mi culpa, que me consolara y acariciara mi
espalda, que me sostuviera y yo sostenerlo. Pero no lo hizo. Miró de nuevo hacia el ataúd y después se dio la vuelta para comenzar a andar a través del cementerio.
Si mis amigos no hubieran estado allí no sé qué hubiera sido de mí. Anna me abrazó hasta lo imposible. Gary me acarició el pelo todas las noches hasta que me
quedaba dormida. William hacía bromas sin parar para arrancarme alguna triste sonrisa. Caroline estaba siempre allí cuando abría los ojos. Fueron dos semanas en
las que ellos estuvieron en todo momento, creo que incluso dormían en mi habitación o se turnaban para hacerlo. Les quise más que a nada en este puñetero mundo
por ello.
Pero mi padre no estuvo allí.
Me miraba con sus ojos tristes y abría la boca para decir algo mientras comíamos, pero la cerraba enseguida y se centraba en su plato. Y yo me hundía en mis
pensamientos, en mi culpa y en mi arrepentimiento.
Dos meses después recibí la llamada de Carlo. Una discográfica me quería. Me habían ofrecido un contrato para que grabara un disco con ellos. Una parte de mí
se alegró pero había pensado seriamente dejar el mundo de la música. Después de todo fue lo que se llevó a mi madre de mi vida. Debería ir a Nueva York,
trasladarme allí, dejar a George solo. Debería dejar a mis amigos. No podía hacer eso. Le dije a Carlo que no, pero él me aconsejó que lo pensara unos días, que no
había prisa.
Tres días después estaba sentada en mi cama, con la mirada perdida mientras daba vueltas en la mano a la cinta de mi madre. Unos minutos después puse el
vídeo y supe que tenía que aceptar. Mi madre confiaba en mí y debía intentarlo por ella, para obtener su perdón y tal vez expiar mis culpas. Si conseguía triunfar sería
la manera de demostrarle lo mucho que lo sentía, lo terriblemente culpable que me sentía por haberla perdido. Sería la manera de demostrarle que ella no había
confiado en vano en mí, que su niñita ya era una mujer que iba a triunfar y que lo iba a hacer todo por ella.
Un mes después atravesé las puertas del aeropuerto JFK de Nueva York acompañada de las mejores personas que existían en mi mundo: Anna, Gary, Caroline y
Will. Mi familia, mis amigos, mi apoyo y mi vida.
Lo haría por ella.
Lo haré por ti, mamá.
4
—¿Tú crees que esto es normal, Jennifer?
Incluso Joe podría escuchar los gritos de su representante desde la portería del edificio.
Carlo estaba como un loco dando vueltas por su salón sin parar de llevarse las manos al pelo, dejándolo despeinado como ella jamás lo había visto en todo el tiempo
que hacía que le conocía. La gomina de Carlo parecía no haber superado la prueba a la que Jenny la había sometido.
—No puedes amenazar con suspender una gira, ¿estás loca? —Gritaba sin parar—. ¡Ni por David ni por nadie! ¿Es que tú no le has dicho que esto es una puta
locura? —dijo esto último mirando a David con los ojos totalmente desorbitados.
Él respiró hondo y asintió.
—¿Y crees que a mí me haría caso por alguna razón en especial? —le preguntó con tono cansado.
Había intentado convencerla de dar marcha atrás de mil maneras diferentes, incluso la amenazó con no volver a acostarse con ella. Su respuesta fue reírse
despreocupada y tocarle el paquete mientras se acercaba a besarle como si se le fuera la vida en ello. Aún recordaba sus palabras…
No hagas amenazas que sabes que no podrás cumplir, Hill.
Y ahí estaban, intentando buscar una solución a la nueva locura de la gran estrella Jennifer Scott.
Gary la miraba serio mientras la pantalla de su teléfono no dejaba de iluminarse encima de la mesa. Había optado por quitarle el sonido y dejar que las llamadas se
fueran acumulando. No pensaba volver a contestar a ninguna llamada de la discográfica. Después de tres conversaciones más que incómodas con Susan y dos con el
mismísimo señor Prescott no tenía ganas de más gritos, amenazas de querellas ni mierdas de esas. Estaba algo enfadado con Jenny pero sabía perfectamente cómo era su
amiga y en el fondo admiraba su firmeza y sus valores.
Jenny se encontraba recostada en el sofá mientras ojeaba despreocupada una revista, pasando completamente de Carlo y de sus gritos. El día anterior había hecho lo
que tenía que hacer. Si Jason Prescott era imbécil no era su problema. Lo que dijo lo dijo completamente en serio, si David no volvía a su antiguo puesto de trabajo no
habría gira y punto, fin de la discusión. Jason podía ser muy cabezota, pero no tenía ni idea de que ella podía serlo muchísimo más.
—Jenny…
Se volvió hacia la voz de David que la miraba con el cansancio escrito en el rostro.
—¿Por qué no piensas en tus fans en vez de en mí?
Ella rodó los ojos.
—No.
—Jen, en serio, ¿crees que ellos se merecen algo así?
Esa vez tomó aire lentamente y pasó una página de la revista con total tranquilidad.
—No hay gira, David, digas lo que digas. No. Hay. Gira. Lo puedo decir más alto pero no más claro.
—¡Joder! —gritó él levantándose del sofá y colocándose delante del ventanal. Se llevó una mano al pelo y resopló sintiéndose sobrepasado por la situación.
Jenny le observó por el rabillo del ojo. No quería que se enfadara con ella por eso pero no pensaba dar su brazo a torcer de ninguna manera.
—De acuerdo, Jennifer —empezó Carlo sentándose a su lado en el sofá—. ¿Sabes a lo que te arriesgas con esto?
—Puedo hacerme una idea… —murmuró sin dejar de mirar la revista.
—Si Jason decide denunciarte por incumplimiento de contrato va a ganar. Te echará del sello discográfico y si eso ocurre no lo tendrás fácil para seguir adelante.
Conociéndole, seguro que se ocupa de que todo el mundo sepa lo que ha pasado. ¿Cómo crees que suena esto si lo escucha alguien desde fuera? Jennifer… estoy
hablándote, ¡¿podrías dejar esa puta revista y hacerme caso?!
Levantó la mirada e inhaló aire lentamente, intentando no cabrearse ni ponerse a gritar como una loca. Simplemente se recostó en el sofá y se cruzó de brazos.
—Gracias —continúo Carlo—. Toda la gente importante del mundo de la música sabrá lo que has hecho, sabrán que has anulado tu gira porque te has enrollado con
tu asesor…
—¡No la he anulado por eso! —Chilló ella mirándole enfadada.
—Jenny, piénsalo, sopésalo… Esa es la razón real —le habló con su tono de voz más relajado, como si hablara con una niña pequeña—. David y tú habéis
empezado una relación prohibida, los dos lo sabíais, os advertí acerca de ello y no me hicisteis ni puñetero caso. Antes o después las cosas salen a la luz y hay que
saber asumir sus consecuencias. No puedes comportarte como si fueras la reina del mundo y todos tuvieran que ceder ante tus caprichos.
—Carlo, no vayas por ahí… —cerró los ojos y empezó a contar hasta diez para relajarse—. Esto no es un maldito capricho…
—¿De verdad? —gritó acercándose a ella—. ¿Cuánto tiempo va a durar esto, Jennifer? Porque no me irás a decir que esta relación con David es más importante que
tu carrera, no me digas que estás dispuesta a arriesgar todo lo que has conseguido por un sencillo amorío de verano.
David se giró para mirar a Carlo sintiendo unas ganas tremendas de decirle que cerrara la boca y dejara de decir estupideces, lo suyo no era un amorío de verano.
—Carlo… yo que tú retiraría eso que has dicho… —le aconsejó Gary que observaba cómo la cara de Jenny iba pasando del rojo al morado en pocos segundos.
—¡¿El qué, Gary?! —gritó—. ¿Qué es tan estúpida como para arriesgar años de éxito por cuatro polvos?
—¡Vete de mi casa! —gritó Jenny poniéndose de pie y mirándole con rabia mientras señalaba hacia la salida.
—Tranquilízate —David estaba tras ella y la cogió con suavidad por la cintura.
—¡No! —chilló empujándolo para que no la agarrara—. ¿Has oído las mierdas que está diciendo? No voy a permitir que me hable así en mi propia casa. Vete ahora
mismo, Carlo, ¡vete de mi casa!
Estaba fuera de sí, miraba a su representante como si fuera a saltar sobre él y a golpearle. Sintió los ojos llenándose de lágrimas producto de la rabia que la
embargaba. Jamás pensó que él fuera a hablarle de esa manera.
—De acuerdo —contestó Carlo levantando las manos en el aire y andando hacia la salida—, me voy. Pero sabes que todo lo que te he dicho es cierto, no voy a
retractarme.
—¡Que te vayas! —gritó Jenny yendo tras él. Gary se levantó del sofá y la cogió del brazo, haciendo que parara—. ¡Vete a la mierda, Carlo! ¡Y no vuelvas!
Él caminó hasta la puerta seguido de cerca por William, que había aparecido al escuchar cómo la conversación subía de temperatura. Le abrió la puerta y le hizo un
gesto con la cabeza a modo de despedida justo antes de que saliera y cerrara tras él.
—Jen… tranquilízate… —susurró Gary acariciando su espalda.
Ella seguía estancada en su lugar, de pie mirando hacia la puerta. Respiraba entrecortada, fuertemente, sintiendo que no entraba el suficiente oxígeno en sus
pulmones.
—Quiero… irme… necesito… irme… —hablaba entre respiraciones, notando su corazón latir demasiado deprisa en su pecho—. No puedo… no… puedo…
respirar…
Sintió unos brazos cogiéndola con firmeza y levantándola del suelo. Aspiró el aroma del pecho en el que dejó caer la cabeza y supo que era su puerto seguro, que
ahí podía descansar. Ese fue su último pensamiento antes de que todo se volviera negro.
***
—Voy a meter también este vestido de Carolina Herrera…
—Anna, se va a casa de David, no a un cóctel benéfico.
—¿Por qué nadie entiende que es importante estar siempre presentable y bien vestido?
—La pregunta es otra, Annie, ¿por qué no entiendes tú que no todos estamos tan locos por la moda como tú?
—Caroline Thomas. Espero que no estés diciendo eso en serio, incluso sabiendo que voy a ser yo la que diseñe tu vestido de novia…
Jenny frunció el ceño. Ese sueño era de lo más extraño. Las voces de sus amigas eran tan reales que parecían estar ahí a su lado. Incluso sus risas sonaban iguales
que en la realidad.
—Mira, se está despertando…
Abrió los ojos lentamente para encontrarse con las caras preocupadas de sus amigas. Las dos sonrieron a la vez en cuanto vieron que despertaba.
—Menudo susto nos has dado, Jen —dijo Anna acostándose a su lado en la cama—. Odio que tengas estos ataques de pánico.
—¿Qué? —preguntó Jenny confundida—. ¿Ataque de pánico?
—Te has desmayado —informó Carol apartándole el pelo de la cara.
—¿En serio? No me acuerdo…
Anna se acercó más a ella y pasó el brazo por su cintura para abrazarla.
—Te has puesto muy nerviosa con Carlo antes. Ha sido algo parecido a lo que te pasó después de la presentación de Armani.
—¡Anna! —La reprendió Caroline mirándola mal—. No le recuerdes eso ahora…
—¿Qué pasa? —Preguntó frunciendo el ceño—. Solo lo digo para que sepa qué es lo que ha pasado, no para recordarle nada.
Jenny suspiró y se llevó la mano (sobre la que Anna no estaba acostada) a la cabeza. Le dolía ligeramente.
—¿Qué estabais haciendo? —les preguntó al recordar la conversación que les había escuchado y que resultó no ser un sueño.
—Tu maleta —dijo Carol enseñándole una camiseta que llevaba en la mano.
—¿Mi maleta? ¿Por qué?
—Te vas unos días.
—¿A dónde?
—A mi casa.
Levantó la cabeza de la almohada al escuchar la voz de David y le vio entrando en su habitación. Llevaba el pelo revuelto y sus ojeras estaban demasiado marcadas
bajo sus preciosos ojos azules. Iba vestido con un pantalón de chándal negro de Nike y una camiseta de manga larga de color azul.
—¿Desde cuándo llevas chándal? —le preguntó frunciendo el ceño.
Él soltó una carcajada y se acercó hasta su cama. Se sentó a su lado.
—¿Qué pasa? ¿Sólo tú puedes llevar chándal? —Le preguntó mirándola divertido aunque ella pudo apreciar el cansancio y la preocupación en sus ojos—. Te
recuerdo que soy un desempleado, solo quiero ir cómodo para mi nueva vida ociosa.
—El día menos pensado os quemaré todos los chándal… —murmuró Anna incorporándose de la cama.
La escucharon decir no sé qué de Nike y Adidas mientras salía refunfuñando de la habitación. Sonrieron los tres.
—Bueno, esto ya está —dijo Carol cerrando la maleta—. Os dejaré un ratito a solas. Nada de ejercicio en horizontal, ¿eh?
Salió de la habitación entre risitas mientras David negaba con la cabeza. Jenny se incorporó y apoyó la cabeza en el pecho de él, que pasó un brazo por sus
hombros.
—Me has vuelto a asustar, Jenny…
—Lo siento.
—No deberías ponerte como te pones —murmuró mientras jugaba despreocupadamente con un mechón de su cabello—. Tienes que aprender a tomarte las cosas
con más tranquilidad, sabes que cuando te pones tan nerviosa tu cuerpo reacciona así. Y no tienes ni idea de lo mal que lo paso cuando te veo desmayarte sin que pueda
hacer nada por evitarlo.
—Lo siento…
Suspiró sonoramente y la abrazó con fuerza mientras besaba su frente. Estuvieron un rato en silencio, Jenny escuchaba su corazón latir rítmico en su pecho y cerró
los ojos. Los dedos de David hacían dibujos imaginarios en su espalda.
—¿Te sientes con fuerzas para hacer un pequeño viaje? —Le preguntó con voz suave.
—Si es contigo, siempre —levantó la cabeza para mirarle y sonrió.
Las comisuras de los labios de David se elevaron ligeramente y se acercó a besarla. Se tomó su tiempo en ese beso, saboreando sus labios y su lengua,
mordisqueando con suavidad su labio inferior, profundizando en las sensaciones que provocaba esa boca en él. Jenny se acercó a su cuerpo y llevó una mano a su nuca
para acariciar su pelo mientras con la otra levantaba su camiseta y empezaba a recorrer la piel desnuda de su abdomen.
—No juegues con fuego… —murmuró él contra sus labios—. Nada de ejercicio horizontal.
—Solo será un momento…
Se incorporó y se sentó a horcajadas sobre él, paseando los dedos por su cuello y besándole con pasión. David rio entre dientes y llevó las manos a su cintura para
apartarla de él.
—Eres temible, Scott.
Jenny soltó un quejido lastimero y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Necesitas guardar reposo —dijo él moviéndose para levantarse de la cama con cuidado mientras la apartaba de su regazo con delicadeza.
—Necesito echar un polvo. Eso es lo que necesito.
David rio mientras se ponía de pie.
—Vamos, ninfómana. Levántate y dúchate, luego nos iremos a mi apartamento.
—Que sepas que cuando lleguemos allí voy a hacerlo contigo —le contestó levantándose de la cama con gesto serio—. Lo quieras o no.
—¿Vas a obligarme? —La miró levantando una ceja.
—No será necesario, Hill…
Se acercó a él caminando lento, mirándole a los ojos fijamente. Se detuvo justo delante y se puso de puntillas. Mirándole juguetona, sacó la lengua para recorrer sus
labios lentamente mientras se movía de manera que sus cuerpos quedaran pegados. Movió las caderas de un lado a otro, adelante y atrás, sin dejar de jugar con su
lengua. David hizo verdaderos esfuerzos para no cogerla por el trasero y tirarla encima de la cama para arrancarle esa ridícula camiseta de tirantes que llevaba y hundirse
en ella hasta dejarla sin aliento.
Jenny se separó de él y fue caminando hacia el baño sin dejar de sonreír. Él rio entre dientes mirándola menear ese bonito culo mientras andaba. Le había dejado con
un gran problema entre las piernas pero lo solucionarían en cuanto llegaran a su casa, de eso no tenía ninguna duda. Ni reposo ni leches.
***
David aparcó el Audi en la misma calle de su apartamento, tuvieron suerte al encontrar sitio enseguida. Ambos bajaron del coche colocándose bien las gorras y las
gafas de sol. Decidieron no tentar a la suerte y salir de incógnito. Ningún paparazzi sabía dónde vivía David y no querían que eso cambiara. Él cogió la maleta de
Jennifer y pasó el brazo por sus hombros para atraerla a su cuerpo. Fueron caminando hasta su portal y después subieron hasta el segundo piso.
—Hacía mucho tiempo que no estábamos aquí —murmuró ella cuando entraron en el apartamento.
—Eso es porque eres una comodona que prefiere estar en su apartamento lleno de lujos antes que en el mío.
Jenny se dio la vuelta para decirle que era idiota por pensar algo así pero él había empezado a correr hacia su habitación mientras reía.
—Te voy a pillar, David —le amenazó sonriendo—. Y ya sabes lo que va a pasar cuando lo haga…
Fue caminando sin dejar de sonreír hasta la habitación y lo encontró tumbado en la cama sin camiseta ni pantalones. Se mordió el labio inferior. David y su
maravilloso cuerpo de infarto estaban ahí tumbados, con esa sonrisita torcida que hacía que su clítoris aullara, aplaudiera e hiciera la ola. Los bóxer negros que llevaba
eran un peligro para la salud física y mental de cualquier mujer en sus cinco sentidos. Se quedó parada a los pies de la cama y se cruzó de brazos.
—¿Qué pasa, Jennita? —Le preguntó flexionando los brazos por detrás de la cabeza—. ¿No vas a terminar lo que has empezado antes?
—No lo sé, Jack. No estoy segura de querer terminarlo…
David rió y, en un rápido movimiento, se arrastró por la cama y la cogió del brazo lanzándola sobre el colchón mientras ella chillaba. La tumbó de espaldas y se
puso sobre ella apoyándose en los codos. La miró fijamente a los ojos con todo el poder de su mirada.
—Te voy a hacer un chequeo, Jennifer —la manera en que lo dijo hizo que se le pusiera la piel de gallina—. Por recomendación médica tengo que tomarte la
temperatura
—¿Y qué vas a utilizar, tu termómetro?
David sonrió y acabó con el poco espacio que los separaba para besarla con pasión. Jenny llevó las manos a su pelo y tiró ligeramente de algunos mechones
conforme el beso fue volviéndose más demandante. Una de las manos de él ya estaba bajo su camiseta, acariciando su estómago y subiendo hacia sus pechos.
—¿Por qué tú llevas tan poca ropa y yo todavía llevo esto puesto? —Le preguntó ella mientras besaba su cuello—. Doctor, para hacerme el chequeo debo estar
igual que usted.
David se incorporó ligeramente para observarla y regalarle la sonrisa torcida más sexy del planeta.
—Lo solucionamos ahora mismo.
***
Dos horas después ambos estaban sentados, desnudos y abrazados en el sofá del salón mientras veían la tele. Sus cuerpos estando solamente cubiertos por una fina
manta de color negro.
—Creo que esas imágenes no te hacen justicia —murmuró Jenny mientras se metía una patata chip en la boca.
—Tengo cara de susto.
Estaban viendo sus propias imágenes saliendo del aeropuerto el día anterior. Se trataba de un programa de cotilleo puro y duro en el que estaban analizando todos
sus gestos para saber qué tipo de relación tenían, desde hacía cuánto tiempo estaban juntos y si en realidad era amor o, de lo contrario, si era solo para conseguir más
atención por parte del público. Realmente patético.
—Tienes que aprender a sonreír delante de ellos —dijo Jenny apoyando la cabeza en su hombro—. No puedo permitir que me saquen fotografías en todas partes
con alguien con semejante cara de pánico.
Se echó a reír pero David no encontró nada gracioso en sus palabras.
—Es fácil decirlo, pero te recuerdo que no llevo ni dos días metido en esta mierda como para saber cómo fingir ante ellos.
—No te enfades. Yo te enseñaré a fingir.
—Esa frase ha sonado fatal.
—¿Por qué?
—¿Yo te enseñaré a fingir? —se giró a mirarla con los ojos muy abiertos—. Espero que no finjas en nada más aparte que delante de esas hienas, por la parte que me
toca…J enny le dio un golpe en el hombro echándose a reír.
—Sé que me voy a arrepentir de lo que voy a decir pero de todas maneras lo diré. Contigo jamás he fingido y dudo mucho que tenga que hacerlo alguna vez. Eres
increíble en todo lo que me haces, Hill.
La sonrisa de David se hizo igual de enorme que de petulante.
—Así que… increíble, ¿eh?
—No empieces…
La cogió por la cintura y enterró la nariz en su cuello a la vez que reía encantadísimo. Ella rodó los ojos e intentó deshacerse de su abrazo.
—Suéltame, capullo. Odio cuando eres tan creído.
—Creído no, Jennita —besó su cuello sin dejar de sonreír—. El que vale, vale. No hay más.
Se echó a reír y ella no pudo hacer otra cosa que reír con él mientras dejaba que la abrazara y siguiera regodeándose en sus habilidades sexuales.
—¿Quieres que les diga eso a los periodistas? —Soltó cuando se hartó de sus tonterías—. Puedo decirles que mi novio es un hacha en la cama, que me lleva a los
mejores orgasmos que he tenido en toda mi puñetera vida.
David paró en seco y la miró muy serio.
—No vas a hacerlo.
Le mantuvo la mirada con suficiencia.
—Lo haré si no cierras la puta boca ahora mismo. Eres lo más pesado que ha parido madre…
—¿Dejarás algún día de ser tan desagradable?
Le miró fijamente y sonrió con todos los dientes.
—El mismo día en que dejes de ser tan capullo.
David rio entre dientes y la abrazó. Muchísimas veces se planteaba qué coño había visto en esa mujer. Era desagradable, mal hablada, insoportable durante gran
parte del día, irascible y una lista interminable de adjetivos negativos.
La observó mirando la televisión mientras comía patatas. No pudo evitar estirar la mano para acariciar su pelo. Jenny era todas esas cosas pero también era una
mujer cariñosa, dulce, amiga de sus amigos, generosa, divertida y espontánea. Y debía admitir que gran parte de las cosas negativas tampoco lo eran tanto porque le
atraían irremediablemente, por mucho que pensara que no podía ser normal que le atrajeran, no podía evitarlo.
—Te quiero —susurró mientras la observaba.
Ella volvió la cabeza y le miró sorprendida, con la boca llena de patatas.
—¿A qué viene eso ahora? —Le preguntó escupiendo migas de su boca.
David arrugó el gesto y se echó hacia atrás.
—¡Mierda, Jen, eres asquerosa! Retiro lo dicho.
Ella se echó a reír a carcajadas y se lanzó sobre él para besarle.
—Cualquiera diría que eres una estrella mundial, famosa y que debe mantener las apariencias… —murmuró mientras ella le besaba por todo el rostro—. Si alguien
te viera aquí y ahora, desnuda, comiendo patatas con la boca abierta, escupiendo y con esos pelos de loca…
Jenny rio todavía más alto y él terminó uniéndose a ella mientras la abrazaba. Las bromas, risas y tocamientos entre carcajadas terminaron convirtiéndose en
caricias, jadeos y gemidos.
***
Un rato indeterminado después David abrió los ojos y vio a Jenny dormida sobre su pecho, con el pelo cayendo por un lateral de su cuerpo. Le abrazaba con un
brazo por la cintura y tenía la boca entreabierta. Se habían quedado profundamente dormidos. Se restregó los ojos y miró hacia la ventana. Todavía era de noche. Miró el
reloj del salón y vio que eran las cinco de la madrugada. Suspiró e intentó desperezarse sin despertarla, pero no lo consiguió.
—Hola… —susurró con voz dormida.
—Hola —le dio un beso en la frente—. ¿Has dormido bien?
—Mmmm.
—¿Tienes hambre?
—Todavía tengo restos de patatas en las muelas.
—Arg, Jenny… No necesito conocer tantos detalles.
Ella rio apretando fuertemente su cintura. Levantó la cabeza y le miró a los ojos. David sonrió y acarició su mejilla.
—¿Sabes lo que me gustaría? —Preguntó de repente, él asintió para que continuara

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