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La amante cautiva del Jeque – Jessica Brooke

 La amante cautiva del Jeque – Jessica Brooke

La amante cautiva del Jeque – Jessica Brooke 

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se proponía.
Esa noche Emma había ido con
sus dos mejores amigas, Alexis y
Parker, al local de moda de
Georgetown, para fantasear con que era
libre. Fue una especie de rebelión por
tener que estar otras dos semanas más
enterrada bajo gruesos tomos de
jurisprudencia y encadenada a la
biblioteca preparando el inicio de las
clases. Su padre insistió en que se
acostumbrara primero a los textos
legales, puesto que sabía lo duro que le
resultaría, al haber sido él mismo
abogado antes de convertirse en
senador. Tras haber estado varias horas
encerrada en el sótano, tuvo la sensación
de que la vida pasaba por delante sin
disfrutarla. Necesitaba un respiro.
―Es tu cuarto Grey Goose. ―La
reprendió Alexis, mientras se apartaba
un largo mechón color miel de la cara.
Cuando frunció el ceño, su nariz
aguileña parecía aún más angular y
pronunciada.
―Sólo es medianoche. ¿No
prefieres que nos vayamos?
Emma puso los ojos en blanco y
dio un trago a su vodka con tónica.
―Apenas bebo. Qué diablos,
apenas hago nada aparte de estudiar.
―Lo sé, y por eso lo vas a
lamentar en menos de dos horas.
―respondió Alexis, bebiendo
tranquilamente su ron con cola, y
añadió:
―Pero, ¿qué es lo que te agobia
tanto?
Emma suspiró y miró a la
multitud. Parker ya estaba bailando,
flanqueada por dos chicos de la
fraternidad enfundados en polos de
color pastel con los cuellos levantados.
Era una chica alta, esbelta, de largas
piernas, justo lo contrario que Emma,
que, lejos de ser fea (su madre siempre
decía que tenía “una cara bonita”), no
era exactamente lo que en la avenida
Madison considerarían una belleza. Su
cabello era rubio natural, tan claro que
parecía blanco, y tenía los ojos azules,
aunque no era exactamente delgada. Es
decir, tenía sus curvas, y un cuerpo
voluptuoso y algo rubenesco.
Con un metro sesenta, era bajita,
can anchas caderas y un busto más
generoso de lo que a ella le hubiese
gustado. Nunca sería tan espectacular
como Parker, que podía ser modelo si
los estudios universitarios le fallaban, ni
como Alexis, a la que se le pegaban los
chicos fuera donde fuese. La opción que
le quedó a Emma fue convertirse en la
lista del grupo, la alumna estudiosa y
aplicada, la paciente amiga que ayudaba
a los demás a enfocar mejor sus
problemas. Normalmente no le
importaba su físico, pero entre otro
sermón de su padre y su inminente
ingreso en la facultad de derecho, Emma
estaba empezando a preocuparse por
todo.
―Es que quizás no es todo tan
genial.
Alexis resopló. ―Soy yo la que
no tiene más remedio que estudiar
derecho en la universidad estatal. Tú
eres muy afortunada, querida.
―Quizás yo no pienso así―
murmuró Emma, antes de terminar su
bebida y saltar a la pista de baile.
Tal vez otra persona podría
dejar de lado esas preocupaciones y
dejarse llevar por la locura de la noche,
aunque en realidad ella nunca había sido
ese tipo de chica. En el instituto sólo
tuvo un novio y, después, un fugaz
compromiso en su último año en
Dartmouth. Kevin, su prometido, había
resultado ser un completo idiota. Emma
se lo encontró en la cama con otra al
regresar pronto de un viaje, tras entrar
en el apartamento que compartían
ambos. Desde entonces, su vida había
sido básicamente la de una monja. Un
infierno para su autoestima, pero
excelente para sus notas.
Dirigiéndose al grupo de Parker,
Emma sorteó a la gente que danzaba y
reía, hasta llegar al lado de su amiga, y
se unió al baile. Le encantaba. Sintió el
repiqueteo del bajo, y el calor de la
gente que la rodeaba, mezclándose entre
sí, bajo las luces estroboscópicas que
destelleaban sobre la pista. Cerrando
los ojos, Emma se apoyó en Parker
moviendo las caderas al ritmo de su
amiga. Se escucharon silbidos y
aplausos por parte de la gente que las
observaban, y, por un momento, fue
divertido formar parte del grupo con el
que todo el mundo quería bailar.
Una vez que se calmó el
alboroto, Parker se separó y se fue con
los dos chicos, dejando a Emma
bailando sola y sintiendo cómo su pulso
se aceleraba al ritmo del tema de hiphop
que salía a todo volumen por los
altavoces.
Cuando abrió los ojos de nuevo,
fue porque Alexis le estaba dando
golpecitos en el hombro. Unos inquietos
ojos verdes se clavaron en los suyos.
―Parker se ha ido a casa con
Grant y Matt. Y ha llamado mi hermana,
que está al final de la calle, en el
restaurante Sullivan’s. ¿Quieres venir
conmigo?
Emma se obligó a no fruncir el
ceño mientras seguía a su amiga hasta
una esquina de la pista de baile. Cada
vez que comían juntas, pasaba lo mismo,
pero esa noche haría todo lo posible por
evitarse el mal rato. Cuando Emma iba a
un restaurante, lo hacía, obviamente,
para pedir comida y disfrutar de ella. La
hermana de Alexis, por el contrario, no
tomaba más que una minúscula ensalada
y un vaso de agua… para luego pasarse
el resto de la noche sermoneando
impertinentemente a Emma sobre lo
malo que es cenar en exceso. Lo último
que quería era juntarse con alguien que
la regañara mientras saboreaba la última
copa de la noche
Pero Alexis era una buena
amiga, por lo que Emma encontró la
manera de declinar su invitación con
sutileza. Fingiendo un bostezo, sonrió.
―No. Ve tú. Prometí a mis
padres que volvería pronto para poder
almorzar con ellos mañana. Debería
irme antes de que todo me empiece a dar
vueltas.
Alexis dudó, y miró de reojo
hacia la puerta del local. ―Hemos
aparcado a varias manzanas y está
bastante oscuro.
―Y resulta que estamos en
Georgetown, rodeadas de universitarios
y boutiques. No hables como mi padre,
que esto no es el centro ni hay cerca
ningún fumadero de crack.
―Cierto. Sólo quiero que
llegues bien a casa. Pero si estás
segura… ― añadió su amiga,
mordiéndose el labio.
―¡Por supuesto! Todo está
controlado. No está tan lejos, ¿qué
podría pasarme? ―respondió Emma,
yendo en dirección a la mesa y
recogiendo su bolso. Dejó unos billetes
de propina para el camarero, que había
sido muy amable, y al fin y al cabo,
alguna ventaja tenía que tener vivir en
una jaula de oro. Al menos podía dar
buenas propinas a los desafortunados
que habitualmente tenían que lidiar con
los borrachos del mundo.
―Te llamo cuando llegue a
casa. Si no tienes noticias mías en una
hora, es que me ha pasado algo, ¿de
acuerdo?
―Vale. Aunque no te va a pasar
nada por ir a comer algo al Sullivan’s, y
así luego nos vamos juntas.
Sólo que Allison no le quitaría
el ojo de encima y soltaría su risita con
cada patata frita que rozara sus labios.
No, gracias.
―No, me marcho a casa, estoy
cansada, luego te llamo ¿vale?
―insistió ella, abrazando a su amiga.
Después de todo, ¿qué le podía
pasar por caminar sola cuatro ridículas
manzanas?
***
Durante el primer tramo, todo
fue bien.
No era tan tarde, y de vez en
cuando se cruzaba con grupos de
universitarios de su edad, que iban de
bar en bar por aquella calle. Pero al
cruzar a la siguiente manzana, una zona
apartada de los locales y mal iluminada,
Emma dejó de ver a otros jóvenes. En la
tercera manzana se dio cuenta de que un
escalofrío le recorría lo más profundo
de sus entrañas.
Había un hombre detrás ella. Al
principio no estaba muy segura. Al fin y
al cabo, lo más probable era que
también se dirigiera al aparcamiento,
pero había algo raro. La iba siguiendo
muy de cerca, y sus pasos parecían
coordinarse con los suyos.
Hasta le pareció notar su aliento
caliente y pútrido en el cuello.
Cuando se detuvo en seco, él
hizo lo mismo.
Tragando saliva, apretó su bolso
con fuerza y empezó a correr.
En un primer momento, Emma
pensó que todo había sido paranoia
suya, porque el hombre no se puso a
correr tras ella, pero de repente sintió
cómo apresuraba el paso. Se paró y
miró por encima del hombro a su
supuesto perseguidor. Parecía estar
caminando con rapidez, adrede. Su piel
se veía oscura bajo la luz de la farola,
tenía una tez olivácea y unos ojos negros
que se cruzaron con los de ella. Pero lo
que más la alarmó fue su barba; era
larga y gruesa, y le recordó a las que
lucen los terroristas de Oriente Medio
en los telediarios.
Dios mío, ¿Qué está pasando?
Hacia la cuarta manzana, Emma
corría hacia su coche a toda velocidad,
y de pronto, el hombre se puso a correr.
Ella jadeaba, mientras el sudor le corría
por la frente. De repente, al girar la
esquina del área de estacionamiento,
perdió una de las sandalias, y con una
patada se deshizo de la otra. Al cuerno.
Podía comprar otras, podía hacer
cualquier cosa siempre que ese tipo no
la tocara.
Cuando llegó a su Volkswagen
Escarabajo, buscó en el bolso,
apartando a un lado el móvil y el
maquillaje. Su llavero era grande, una
cabeza de Yoda por la que sus amigas le
tomaban el pelo, pero que era muy útil
para encontrar las llaves tanto en el
apartamento como en el fondo del bolso.
En ese momento, se sintió muy
afortunada de tenerlo. Emma tomó las
llaves y pulsó el botón para abrir el
coche. Estaba rozando el tirador de la
puerta cuando su perseguidor la alcanzó.
La agarró con fuerza del brazo, y
ella gritó ¡Fuego! tan alto como pudo.
Hacía tiempo que le habían enseñado
que esa palabra es más efectiva que
cualquier otra para pedir ayuda en una
situación así.
El hombre trató de tirar de ella,
pero Emma se echó hacia atrás,
contenta, por una vez, de tener unos
kilos de más, haciendo que su asaltante
perdiera el equilibrio.
―¡Zorra!―gritó él, y añadió un
sonido desagradable y gutural, en un
idioma que ella no pudo identificar.
Él extendió la mano de nuevo
con la intención de agarrarla, pero
Emma estaba preparada. Con un
movimiento rápido, le dio un rodillazo
en la entrepierna. Su aspirante a captor
gimió y cayó al suelo. Gracias a Dios.
Emma no esperó. Se retorció para abrir
la puerta y entró en el coche de un salto.
No se molestó en cerrarla antes de poner
en marcha el motor.
―¡Vamos, vamos!
Fue entonces cuando sintió una
descarga de electricidad provocada por
una pistola taser, y se dio cuenta, con
horror, de que había más de un hombre,
y que habían venido preparados para
secuestrarla.
***
La sacudida de la pistola
eléctrica fue suficiente para hacerle
perder el conocimiento. Cuando
despertó, se encontró en la parte
posterior de un VUD. Por desgracia,
tenía las ventanas tintadas, tan oscuras
que se preguntó si el tinte sería legal.
Nadie podía verla. Con el corazón
latiéndole a mil por hora, intento
acercarse a la ventana para golpearla

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