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Libro PDF El amor no es nada del otro mundo – Felix J. Palma

El amor no es nada del otro mundo – Felix J. Palma

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gordo y medio alopécico que solo
hablaba de series, películas y programas
de ordenador raros. Si intentabas hablar
de otros temas con él, como, por
ejemplo, «chicas» o «el verdadero
sentido de la vida», terminabas, no
sabías muy bien cómo, hablando de
series, películas y programas de
ordenador raros. Con solo verlo
cualquiera podría deducir que la noche
no acabaría convirtiéndose precisamente
en una juerga descontrolada donde podía
suceder cualquier cosa, desde el
homicidio accidental de una prostituta,
hasta el robo de un enano de jardín. Pero
el informático era el único de sus
conocidos que, como él, aún seguía
soltero, así que a veces, cuando la
soledad le calaba los huesos, Ismael le
mandaba un mensaje proponiéndole salir
a tomar unas copas. Sabía que luego se
arrepentiría, pero se consolaba
pensando que, aunque la noche fuera un
verdadero tostón, al menos por unas
horas estarían expuestos a la vida, a las
ocurrencias del destino. Quién sabía lo
que podía pasarles a dos tipos como
ellos, todavía jóvenes y en edad de
merecer, sin ninguna deformidad
aberrante ni infecciones venéreas en su
historial médico.
Aunque esta noche, para no variar,
tampoco les había pasado nada
mínimamente emocionante. Por suerte, la
docena de fotos que ahora observaba
contenían un inmenso potencial. Las
primeras habían sido tomadas en el bar
donde habían comido unos pinchos antes
de emprender la gran aventura nocturna.
Un par de ellas mostraban la mesa desde
diferentes y artísticos ángulos: unos
bodegones donde se podía ver dos
reveladoras jarras vacías, otras dos
prometedoramente llenas, y varios
platos que parecían destinados a
alimentar a un regimiento completo. La
tercera foto mostraba a los dos amigos;
la habían tomado unos guiris que comían
en la mesa de al lado y que se habían
prestado a hacerles aquel favor. Y allí
estaba él, con una cerveza en la mano,
delgaducho, vulgar, con cara de no
creerse que ya había cumplido treinta y
ocho años y todavía no había logrado
construir nada importante en su vida
profesional, y mucho menos en la
sentimental. Y a su lado estaba Óscar,
embutido en una camiseta de Star Wars ,
asombrosamente despeinado para el
poco pelo que tenía, con su cara de luna
de Méliès a la que solo le faltaba el
cohete clavado en el ojo. No podía
decirse que ninguno de los dos tuviera
aspecto de haber triunfado en la vida, o
a esas alturas pudiera hacerlo ya. De
hecho, parecían dos perdedores de
manual. Quizá en un plató de televisión,
con una buena iluminación y unas risas
enlatadas celebrando cada uno de sus
comentarios, resultaran más simpáticos
que la pandilla de Big Bang Theory,
pero sin nada de aquello parecían
exactamente lo que eran: unos pardillos
patéticos, alejados de la realidad y
extraviados desde tiempos inmemoriales
en el laberinto del celibato. Gracias a
Dios, existían los filtros. Además, los
guiris se habían apuntado después a una
tanda de selfies, y aunque Ismael
sospechaba que solo lo habían hecho
con el ánimo de burlarse de ellos,
aquella intención no podía apreciarse en
las imágenes. Cualquiera que las mirara
sin haber estado allí, lo único que vería
sería un montón de tíos muertos de risa
por la evidente vis cómica de Óscar al
posar, mientras Ismael pululaba por ahí
en medio sonriendo a medias, todo
elegancia y serenidad. Le gustaba
especialmente una foto en la que él
parecía decir algo a los guiris («¿Nos
devolvéis the telephon, please?», creía
recordar), mientras estos se
descojonaban en su cara. Esa foto era
perfecta. Si recortaba al gilipollas que,
situado a su espalda, le dedicaba un
gesto obsceno con el dedo, cualquiera
pensaría en el acto que estaba dotado de
un excepcional sentido del humor. Y si
era lo suficientemente ambiguo en sus
comentarios, nadie sospecharía que ni
Óscar ni él conocían de una mierda a
aquellos tíos.
Pasó a estudiar el resto de las fotos,
que habían sido hechas en el garito del
centro al que habían emigrado después
del atracón de pinchos, tras librarse a
duras penas del cargante grupito de
neonazis. Allí, Óscar le había tomado
una foto en la que aparecía con la misma
falsa sonrisa y empuñando la que
parecía la misma cerveza. Mmm… Si la
pasaba a blanco y negro, y le metía un
poco de grano de película,
probablemente podría transformar su
empanamiento en el halo de un poeta
maldito. El resto, por suerte, era
bastante más prometedor. Óscar había
derramado accidentalmente su bebida en
la camiseta de una chica que hablaba
con otra junto a la barra, y mientras le
pedía disculpas con expresión azorada,
Ismael había aprovechado para
acercarse a ellos y proponer
espontáneamente un selfie.
Oportunidades así no se podían dejar
pasar. Cogidas por sorpresa, las pobres
chicas habían sonreído por compromiso
ante los numerosos disparos del móvil
de Ismael, quien, tras las torpes
disculpas del informático, había
intentado pegar la hebra, pero sin el
menor éxito. Resultaba evidente que, en
ningún momento, a las chicas se les
había pasado por la cabeza
considerarlos una opción para acabar la
noche, ni siquiera para empezarla. Pero
las fotos, ay, contaban otra historia: en
ellas se las veía guapas y sonrientes en
compañía de Óscar, quien, por culpa de
su azoramiento, parecía haber ingerido
alguna sustancia estupefaciente, y de él,
que, mal iluminado, parecía incluso
estar pasándoselo bien. De hecho, los
cuatro parecían estar divirtiéndose
juntos, aunque ninguno de los dos
amigos supiera el nombre de la chica
que esa noche echaría su camiseta a la
lavadora con gesto asqueado.
Ismael suspiró y se puso manos a la
obra. Una vez seleccionadas las fotos,
borró un par en las que no había tenido
tiempo de apuntalar en sus labios la
sonrisa forzada que había mantenido
durante toda la noche, y recortó a Óscar
de otra en la que su boca mostraba una
mueca retorcida, casi monstruosa, que
era mejor que no viera la luz. Aplicó
diversos filtros, y después las fue
colgando en su muro, añadiendo textos
en el tono desapasionado de quien está
acostumbrado a vivir acosado por la
diversión, involucrado a su pesar en
fiestas que se desmadraban a las
primeras de cambio sin que nadie
supiera cómo. Las observó entonces
como si no fuesen suyas, satisfecho con
el resultado. Era sorprendente cómo con
un par de retoques aquí y allá había
convertido una de las noches más
deprimentes de su vida en una divertida
velada. Esperó un rato, fantaseando con
una vida como la que había sublimado
en la pantalla, llena de excesos y
emociones impredecibles. A los diez
minutos, empezaron a aparecer los
primeros «me gusta», aunque con
cuentagotas. Normal, ¿quién iba a estar
levantado a aquellas horas de la
madrugada y, además, un domingo?
Probablemente solo los insomnes, los
opositores, los psicópatas que
estuvieran armando alguna bomba
casera, y los que acabaran de llegar de
un largo fin de semana de farra
demasiado descompuestos o puestos
como para meterse en la cama del tirón.
Como no parecía haber mucha
actividad, Ismael vagabundeó un rato
por su muro y después entró a curiosear
en los perfiles de algunos de sus amigos.
Exceptuando media docena de
compañeros del trabajo —entre los que
había tenido cuidado de no incluir a su
jefe (Júnior llevaba siglos esperando
que Ismael aceptara su solicitud de
amistad)—, la mayoría de ellos eran
viejos conocidos del instituto, con los
que había recuperado el contacto gracias
a Facebook, aunque con ninguno había
hecho el menor intento de quedar en el
mundo real para ponerse al día de sus
vidas. Para qué, si podía observarlas
desde la distancia. Ismael solía pasarse
horas espiando los perfiles de aquel
puñado de conocidos que, en realidad,
nunca le habían caído bien. Con una
Coca-Cola y unas patatas fritas,
repasaba sus álbumes de fotos, viendo
dónde iban los veranos, qué hacían en
Navidad, con quiénes se acostaban o
qué deportes extremos practicaban. A
veces, aquellos paseos por la vida de
los otros le parecían un ejercicio
masoquista, pues generalmente lo
inundaban de envidia y resentimiento,
pero no podía resistirse a aquel
voyerismo cómodo, inofensivo y
socialmente consensuado que ofrecía
Facebook. Evidentemente, era
consciente de que la gente solo colgaba
fotos de sus buenos momentos. Nadie
compartía fotos del entierro de su padre
o del instante en que sorprendió a su
pareja en la cama con el vecino, excepto
rarísimas ocasiones, pero aun así no
podía evitar pensar que sus conocidos
estaban involucrados en el juego de la
vida, mientras que él, sin saber cómo, se
había quedado fuera de la partida.
Se frotó los ojos y miró el reloj. Eran
casi las tres de la madrugada. Mañana
tenía que levantarse pronto, así que lo
mejor sería acostarse y dejar que cayera
el telón de aquel estúpido día. Pero
antes de apagar el ordenador, realizó el
mismo ritual de todas las noches.
Deslizó el cursor a la barra de búsqueda
de amigos y tecleó el nombre de
Amanda Saldana Bauman. Como
siempre sucedía, no apareció nadie, así
que se fue a la cama.
Amanda Saldana Bauman… Mandy.
¿Dónde estaría en aquellos momentos?,
se preguntó Ismael, mientras arreglaba
primorosamente el embozo de la cama y
luego procedía a taparse hasta la
barbilla con la pulcritud de una novicia.
¿Seguiría viviendo en Nueva York?
¿Seguiría aún casada con el prestigioso
cirujano Huw Snyder? ¿Habría tenido
más hijos? ¿Pensaría alguna vez en
Ismael Belmonte, su viejo amigo de la
infancia? Bueno, esto último parecía
harto improbable. Ismael suponía que
Mandy llevaba una vida fascinante, llena
hasta los topes de fiestas maravillosas,
reuniones de trabajo importantísimas,
desayunos con tortitas, desenfrenado
sexo marital, calabazas de Halloween,
pavos de Acción de Gracias, y
entretenidas tardes de patinaje en el
Rockefeller Center. Como para recordar
a alguien a quien no veía desde hacía
veinte años. Tampoco es que Ismael
pensara mucho en ella, ¿eh? Solamente
la buscaba en Facebook una vez al día, a
veces dos, incluso tres, desde que se
abrió un perfil en dicha red social hacía
ahora siete años. Vale, tal vez parezca
una actitud un tanto obsesiva, pero en
realidad no era más que un inofensivo
ritual que tenía más de pundonor que de
otra cosa, pues Ismael albergaba serias
dudas de que algún día fuera a
encontrarla por aquel camino. A Mandy,
al menos a la joven Mandy que él había
conocido, siempre le había gustado ir de
original por la vida, incluso de
extravagante; nadar contracorriente,
vamos. A eso había que añadir que
también era terriblemente cabezota.
Ismael no recordaba haber salido
victorioso jamás de una discusión con
ella. Así que cuando Facebook irrumpió
en España, y enseguida se puso tan de
moda que rara era la conversación en la
que no se preguntara al otro si tenía
Facebook con la misma naturalidad con
la que antes se ofrecía un cigarrillo, no
le sorprendió comprobar que Mandy no
había abierto ningún perfil propio. Siete
años después, seguía sin hacerlo, y él
seguía sin sorprenderse.
Aunque aquello no impedía que la
siguiera buscando, claro. Junto a sus
dudas, también albergaba la esperanza
de ganar, al menos por una vez en la
vida, una apuesta a su vieja amiga. No
importaba que en esta ocasión ella
ignorara que estaba echando un pulso. El
día en el que Amanda

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