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Libro PDF Amor y gin-tonic – María José Vela

 Amor y gin-tonic - María José Vela

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Armando se inclinó sobre su escritorio para darle más énfasis.
—He dicho: para tu ascenso –repitió sílaba a sílaba.
¿¿¿Ascenso??? ¿¿¿Yo??? ¡¡¡Sí!!! ¿¿¿Sí??? Ay madre… ¡¡¡Sí!!! ¡¡¡Lo había oído bien!!!
Según afirmaban casi todos mis libros de autoayuda, para conseguir cualquier objetivo sólo había que desearlo con toda la fuerza del maldito cosmos, nada más, y el
subconsciente, los dioses, el universo o lo que sea, se encargaban personalmente de dártelo. En esta vida yo ya había deseado de todo: sacar buenas notas sin estudiar,
pasar de una ochenta a una noventa y cinco de sujetador sin silicona, crecer los diez centímetros que me faltaban para completar mi autoestima, casarme con mi novio
Mario y, ¿cómo no?, un ascenso. Y ahí estaba yo, con sólo treinta y dos años y a punto de empezar a creer, por fin, en toda aquella patraña de auto psiquiatría barata a
la que era adicta desde mi adolescencia. Sentada en el despacho de un imbécil pero, en fin, la vida no era perfecta.
—¿En serio? –murmuré sintiendo un amago de soponcio–. ¿Me van a ascender? ¿A mí?
—No es oficial pero… sí. Serás la nueva directora adjunta de comunicación y relaciones públicas.
—¡Directora adjunta de comunicación y relaciones públicas! –exclamé.
Jo, ¡sonaba fenomenal! Sonaba tan bien, que me habría subido con mis tacones y mi falda rota en la mesa de Armando a bailar la lambada de no haber sido porque…
A ver, un momento… ¿qué demonios era una directora adjunta? Éramos un departamento de cinco personas, nunca habíamos tenido nada semejante y las relaciones
públicas nos venían impuestas por la central de París. ¿Qué se supone que tendría que hacer yo?
Por primera vez en la vida me resultó sumamente útil que mi jefe supiera lo que pensaba:
—Bueno, no te emociones. Seguirás dependiendo de mí, no te vamos a subir el sueldo y básicamente harás lo mismo que ahora, pero con capacidad de decisión.
Vendrás conmigo a los consejos directivos, a las reuniones con los medios y serás la maestra de ceremonias en todos los eventos que organicemos. Por eso lo de
relaciones públicas. El primero será cuando hagamos el lanzamiento y anunciemos los cambios. Sabes hablar en público, ¿verdad?
—Sí, sí, claro –contesté preguntándome si hablar con una amiga en un vagón del metro atestado de gente contaba como hablar en público.
—Pues ve practicando. –Definitivamente, mi cerebro era un libro demasiado abierto para él—. Es muy importante. Cabe la posibilidad de que venga el mismísimo
monsieur Dumont.
—¿Monsieur Dumont? –Eso sí que me puso nerviosa. Dumont era el dueño del holding EveCare, que había levantado prácticamente de la nada, y uno de los
ejecutivos más respetados del mundo.
—Monsieur Dumont. Como sabes, jamás ha asistido a ningún acto de EveCare España. Por supuesto habrá prensa, invitados ilustres y supongo que invitaremos a
los de la consultoría. Unas quinientas personas.
—¡Vaya!
Nunca habíamos tenido en España un acto tan grande y… ¡yo iba a ser la directora adjunta de comunicación y relaciones públicas!
—Como comprenderás, hay que esmerarse al máximo y no voy a tolerar ningún fallo. El lunes a primera hora enviaremos una nota interna a todos los empleados
para anunciar la presencia del consultor y pedir que colaboren con él. Hasta entonces no quiero que digas ni una sola palabra a nadie. Recuerda que lo tuyo no es oficial.
Te lo he dicho porque tenemos poco tiempo y necesito que estés preparada. No quisiera comprobar que he confiado demasiado en ti al decírtelo.
—No, claro que no, no hay problema.
—Pues a trabajar.
—Sí, sí. –M e levanté temblando y me dirigí hacia la puerta con torpeza. En cuanto toqué el pomo dorado, mis buenos modales (y la imagen de mi pompis al aire) me
hicieron girarme y balbucear roja de vergüenza:
—Armando, yo…
—De nada. A trabajar he dicho –contestó tajante, aunque me pareció ver que él también se sonrojaba.
En cuanto pisé el suelo de linóleo que separaba el mundo de los jefes del nuestro, pensé que me iba a caer redonda; las miradas suplicantes de mis compañeros me
mantuvieron en pie. Volví a mi sitio como si nada y todos volvieron a teclear en sus ordenadores, excepto la pobre Esther, que seguía mirándome aterrada.
Intenté concentrarme en lo que estaba haciendo antes del notición, pero como ni siquiera recordaba qué era, opté por coger firmemente el ratón, abrir un correo
electrónico lo más largo posible y hacer como que lo leía, mientras me regodeaba en mi recién estrenada felicidad.
No podía creerlo, ¡me iban a ascender! Por fin tantas horas de trabajo codo con codo con el hombre más exigente del mundo iban a tener su recompensa.
Miré por el rabillo del ojo a Pedro, el Cochino Envidioso, al que pillé contándole a los de administración que me había ganado el puesto de favorita acostándome con
el jefe.
«¡Oh, Dios mío!», pensé alarmada. «Ahora… ¡van a pensarlo de verdad!».
Iba a convertirme en el centro de todos los cotilleos de la empresa, y eso no me gustaba. Claro que, si no era cierto, no tenía por qué molestarme, ¿no? Sin embargo,
me molestaba, y mucho. Si ya era humillante que restaran valor a mi trabajo y a mi capacidad, mucho peor era el hecho de que me creyeran capaz de tener un encuentro
físico con semejante antídoto contra la lujuria.
«Al menos no me han visto arrodillada bajo su mesa con la falda rota…», me consolé.
Quise justificarme, explicar a gritos todos y cada uno de los méritos por los que me había ganado ese ascenso. Necesitaba urgentemente hablar con alguien y no
podía. ¿O sí? Al fin y al cabo, no era oficial dentro de la empresa pero en mi entorno personal… Miré de reojo mi móvil. Una lucecita verde parpadeaba desesperada
como diciéndome: «O empiezas a pulsar teclas en mi barriga o me va a dar algo a mí también». Lo cogí para consolarlo un poco y vi que tenía un wasap de mis amigas:
Sara
Chicas, ¿venís a cenar? Os tenemos que contar una cosa.
Loreto
Cuenta, cuenta, cuenta…
Sara
Ni en broma. Abi, ¡manifiéstate!
Loreto:
Estará liada, como siempre.
Abi
Estoy, estoy. Yo también tengo un notición. ¿A qué hora?
Sara
¿9:30?
Abi
Ok.
Loreto
Ok.
Eran casi las siete de la tarde. Perfecto, hacía más de dos horas que había finalizado nuestra jornada legal de trabajo. Sin embargo, no podía irme antes que el jefe, ni
siquiera siendo viernes. Primero porque sería considerado una osadía y, segundo, porque no quería que me viera ansiosa por salir y gritar su terrible secreto a los cuatro
vientos. Me merecía ese ascenso, era la recompensa por mi dedicación constante, de modo que no podía mostrarme sorprendida, como una niña pequeña a la que le
acaban de poner su primer diez y está deseando que toque el timbre para ir a casa a contárselo a sus padres.
Afortunadamente, Armando salió a los dos minutos del despacho. Sin apenas mirarnos, murmuró un rancio «hasta el lunes» y, como todos los días, nada más ser
engullido por el ascensor empezamos el ritual del fin de jornada, que consistía en recoger a toda velocidad, apagar los ordenadores y salir corriendo para ser engullidos
también por el ascensor.
Mis compañeros empezaron a parlotear animadamente, pero yo los oía de lejos. Tenía toda el alma concentrada en ponerme mi gabardina roja con el trasero bien
pegadito a la pared, para que no se viera el descosido. Me pareció entender que Pedro quería que fuéramos a tomar algo, así que presté un poco más de atención. Cada
vez que Armando me llamaba a mí sola al despacho nos proponía ir al bar más cercano para intentar sonsacarme algo de la conversación.
—Yo no puedo, he quedado –me disculpé.
—¿Con M ario? –preguntó M aica.
—No, está en Londres hasta la semana que viene –se chivó Esther.
—Con mis amigas, he quedado con mis amigas –aclaré clavando una mirada inquisidora en la becaria.
—Ese novio tuyo viaja mucho, ¿no? –preguntó Pedro, el Cochino Envidioso. Sabía perfectamente que cada vez nos veíamos menos y siempre que podía metía el
dedo en la llaga haciendo un comentario hiriente, tipo «amor de lejos amor de pendejos», «ojos que no ven, cuernos que te ponen» y cosas por el estilo.
—Sí, ya sabes, es lo que tiene ser auditor en una superconsultoría. –¡Ala! Chúpate esa, capullo.
Subimos de lo más tensos al ascensor y, ya en la puerta del edificio, me despedí de mis compañeros. Comencé a caminar hacia el metro despacito, para aguantar
mejor las ganas que tenía de saltar. Una brisa tibia me golpeó en la cara, recordándome que en breve vendría la primavera. Respiré hondo, saqué mi móvil del bolso y
marqué el número de M ario. Como siempre, me saltó el buzón de voz.
—Hola. Soy yo. Llámame cuando puedas que tengo que contarte una cosa –supliqué a la nada.
Mario, mi Mario, era el mejor auditor de Siglo XXXI Consulting, S. A., una consultoría que sólo admitía gente muy inteligente dispuesta a trabajar más de catorce
horas diarias, incluidos fines de semana. Por desgracia para mí, Mario era una de esas personas. Lo hacían viajar tanto, que pasaba más horas metido en aviones y trenes
que conmigo. Con semejante ritmo de trabajo, aunque llevábamos juntos casi diez años, nuestra relación estaba en ese punto de «o para adelante o para atrás» pero,
simplemente, no teníamos tiempo de tomar una decisión. Bueno, yo sí lo tenía, pero viendo los meses que me esperaban, lo mejor era concentrarme al cien por cien en
mi nuevo trabajo, que iba a ser apasionante, pero mucho. Muchísimo. Puede incluso que demasiado. ¿Demasiado? ¿Me volvería como Mario? ¿Tendría que viajar
constantemente y trabajar a todas horas? Si era así, ¿cuándo nos íbamos a ver? Sólo de pensar en ello me mareé y me tuve que sentar en un banco que había justo en el
cruce de la calle de EveCare con Castellana.
—¡Rasssss! –susurró de nuevo mi falda.
Fue como una señal, porque supe a quién debía llamar, quién debía ser la primera persona en saber lo de mi ascenso. Emocionada, marqué su número y, en menos de
tres tonos escuché su voz.
—¿Diga?
—Hola, abuelita.

Dani, que resultó ser gay. O a…
—Vale, vale, lo pillo, pero hoy no pienso enrollarme con nadie. Es más, me voy a casa. Mañana tengo que estudiar y creo que estoy borracha. Abi, échame agua en la
nuca, por favor —suplicó Sara, apartando su maravillosa melena rubia y rizada de su cuello.
Además de físicamente perfecta, Sara era médico y estaba preparando el MIR. Era una mujer con la que ningún hombre se atrevería ni siquiera a soñar, y tal vez ese
detalle era lo que la convertía en un imán viviente para los capullos sin escrúpulos. Sin embargo, si la intuición de Loreto no fallaba (y nunca lo hacía), Juan no era uno
de ellos. Por eso, cuando salimos del baño y enfilamos escaleras abajo para volver a la fiesta, viendo que Juan estaba al pie de las mismas mirando a Sara como si fuera
una diosa, Loreto reaccionó en una milésima de segundo y la empujó. Sara cayó directamente en los brazos de Juan, de los que ya no había vuelto a salir.
Imaginando un final igual de feliz para Mario y para mí, llegamos a casa de mi abuela. A la voz de «quédese con el cambio», me bajé del taxi. Llamé al timbre con
verdadera ansiedad y, mientras esperaba que se abriera la puerta, sonó un claxon detrás de mí. Era el taxista que, sacando medio cuerpo por la ventanilla, se alejaba
gritando a carcajada limpia:
—Adiós, ¡Caperucita!
«Capullo», pensé.

de lo más atractivo con un cochazo que lo hacía más atractivo todavía. La escena que cualquier chica de mi edad querría encontrarse a la puerta de su casa. Sin embargo,
yo odiaba aquella imagen. Hacía un año que Mario tenía ese coche y yo aún no había superado el disgusto. Un mes antes de comprárselo, Mario me confesó que tenía
ahorrado mucho dinero y que no sabía en qué invertirlo. Yo le propuse que comprara una casa para que se independizara de una vez, aprovechando que el precio de la
vivienda en España llevaba años en caída libre. Le pareció buena idea e incluso me preguntó qué zonas de Madrid me gustaban, lo que disparó mis sueños hasta el altar.
Un buen día, después de volver de un viaje a Barcelona, fue a recogerme a casa sin avisar.
—Abi, te tengo una sorpresa. Baja. –Me pidió por el telefonillo.
Salté las escaleras de cinco en cinco, igual que acababa de hacer hacía unos segundos, y me lo encontré tal y como estaba ahora, apoyado en un coche rojo de dos
plazas. No le confesé que aquello me rompía el corazón, por supuesto, pero como no fui capaz de demostrar todo el entusiasmo que la situación merecía, la historia
terminó mal.
—Perdona, siento no ser tan efusiva como esperabas, pero es que me parece ostentoso, y más en los tiempos que corren –le grité.
—No, perdóname tú por darme una alegría después de trabajar catorce horas diarias –me gritó.
Se me revolvieron las tripas sólo de recordarlo. ¿Y si esa imagen era una premonición? ¿Y si, como decía Loreto, lo que me traía era una bola de cristal con un futuro
feo? Ella siempre acertaba y llevaba años advirtiéndome que Mario se había convertido en un ser horrible.
«Pensamiento positivo, pensamiento positivo», retumbó una voz en mi cerebro. Sí, sería lo mejor. Crucé la calle sonriendo y le dije:
—Hola guapo.
—Hola guapa.
Olía a su colonia de siempre y recordé días de universidad y fiestas en la playa. Me abrazó, lo abracé, me besó, me volvió a abrazar.
—Te quiero –susurró.
—Te quiero –contesté.
Me olvidé del coche, de la bola de cristal y del resto del mundo durante un buen rato, mientras miles de mariposas revoloteaban dentro de mi estómago.

conseguíamos adivinar qué te pasaba. Abi, por Dios, eso es evidente, ¡pero no justifica tu actitud!
Sara irrumpió de nuevo en la habitación de la mano de Juan.
—Lo siento, debió ser el olor de la aspirina –se disculpó.
Estaba muy pálida y parecía cansada, pero había algo fascinante en su expresión. Era como si…, como si…, Dios mío, ¡Sara era feliz!
—Sara, yo… enhorabuena… ¡Buaaaa! –rompí a llorar de nuevo.
—Vaya, ¿se lo has contado? –le preguntó a Loreto la Borde.
—Pues sí, acabo de decírselo y está muy contenta. Mira cómo llora de emoción –gruñó Loreto, lanzándome su mirada imperativa más tenebrosa.
Con los mocos colgando y la cara llena de lágrimas asentí, arqueando las cejas y reprimiendo un nuevo sollozo. No funcionó. Éramos amigas desde los seis años y
Sara me conocía demasiado bien como para saber que no eran lágrimas de alegría, sino del más profundo dolor, causado por un corazón desahuciado.
—Vamos, Abi. –Me abrazó–. Todo se arreglará.
Tuve un déjà vu. No era la primera vez que yo me sentía el ser más desgraciado de la tierra y que Sara me rescataba. Ocurrió en nuestro primer día de colegio. Por
aquel entonces mi vida social prácticamente se había reducido a la salita de mi abuela Rosa, gracias a la cual nunca había necesitado tener amigos. Mi madre me guió por
un patio enorme lleno de niños histéricos, hasta que se detuvo a hablar con una profesora peinada al estilo Margaret Tatcher. Mientras hablaban, miré a mi alrededor y
me llamó la atención una niña con dos coletas mal alineadas que, aprovechando que mi madre distraía a la profesora, acababa de salir de la fila y estaba a punto de echar
a correr despavorida hacia la calle. Percatándose de mi presencia cotilla, se detuvo un segundo a mi lado y, enseñándome un puño, me amenazó:
—Si te chivas, te mato.
Así, sin anestesia.
—Cariño, esta es tu profesora –anunció mi madre, totalmente ajena al hecho de que yo podría ser asesinada en cualquier momento.
—¿Cómo te llamas, guapa?
—Abi –contesté.
—Me refiero a tu nombre de verdad –aclaró la profesora.
—Abigaíl –se adelantó mi madre, haciendo que me pusiera roja como un tomate. Fruto de la juventud de mis padres, resultamos mi nombre y yo. Me lo pusieron
porque significaba fuente de alegría, pero para mí era un nombre raro y, por tanto, horroroso, incluso aunque hubiera significado cosas más divertidas como «de mayor
tendrás un hada madrina» o «saltar en la cama alarga la vida del colchón».
—Bueno, Abigaíl, ve con tu mamá al final de la fila y dale un beso de despedida –me ordenó Margaret Tatcher.
Cogidas de la mano muy fuerte, obedecimos sin rechistar. Mi madre se agachó, me dio un beso y se fue, haciendo como si aquello no tuviera la menor importancia.
Ya lo habíamos hablado, yo era una niña grande y tenía que ir al cole. Ella era una mamá responsable y tenía que ir a trabajar. Hasta ahí lo entendía, pero la cara de
preocupación con la que ella se volvió unos metros más adelante para decirme adiós, me puso muy nerviosa y, en cuanto la perdí de vista, empecé a llorar.
—¿Quieres jugar a toma tomate? –me preguntó la niña que estaba delante de mí en la fila, mirándome compasiva. Tenía el pelo más bonito que había visto en mi vida.
Era rubio y rizado como el de la niña del anuncio de champú que le gustaba a mi abuela, y sus ojos eran tan verdes que parecían dos aceitunas.
—No sé jugar –contesté avergonzada por mi desconocimiento extremo en juegos infantiles.
—No importa, yo te enseño. Me llamo Sara. Pero necesitamos a alguien más… –dijo mirando alrededor.
En aquel momento un grito horrible nos hizo dar un salto. La profesora traía cogida de una oreja a la niña de las coletas que me había amenazado de muerte y que
ahora chillaba como un cochino.
—…y te quedarás aquí quieta en la fila con estas niñas o te llevo al despacho del director. Sara, Abigaíl, os presento a Loreto.
No fue fácil convencer a Loreto de que jugara con nosotras a toma tomate, en lugar de hacernos la vida imposible pintándonos la cara cada vez que pillaba un
rotulador. Pero Sara enseguida domesticó a aquel demonio con coletas que, quién lo iba a decir, veintiséis años más tarde me anunciaría a gritos que nuestra amiga iba a
convertirse en mamá.
—¿Seguro que quieres ir a trabajar? –preguntó Sara cuando me calmé un poco.
—Sí, sí. Tengo que ir. Ahora que me van a ascender no puedo faltar.
—¿Que te van a ascender? –gritaron todos, aporreando sin consideración alguna la puerta del destino de Beethoven.
—¡Chsss! ¡Chsss! –supliqué tapándome los oídos.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el viernes. Voy a ser la nueva directora adjunta de comunicación y relaciones públicas de EveCare España –contesté triste.
—La nueva… ¿qué? –preguntó Loreto entusiasmada.
—Abi, eso suena fenomenal, ¿no? ¿Has oído, Juan? –dijo Sara.
—Sí. Lo he oído pero… ¿estás segura? –preguntó intrigado.
Ofendidas, clavamos sendas miradas indagadoras en su osadía.
—Sí, estoy segura. No es oficial pero me lo dijo mi jefe el viernes –aclaré.
—¡Por eso discutiste con Mario! –exclamó Loreto–. ¡Será envidioso!
—No, no fue por eso. La verdad es que ni siquiera tuve tiempo de decírselo –aclaré sin poder disimular mi pena.
—Abi, ¿qué pasó? –preguntó Sara.
—No puedo hablar de ello todavía –respondí intentando no volver a echarme a llorar. Mis amigas se miraron preocupadas.
—¿Te pegó? –gritó de pronto Loreto, saltando de mi cama hecha una hidra con el puño en alto—. Abi, conozco a unos tipos que por cincuenta euros…
—No, Lore, no me pegó –la frené–. Digamos que tenías razón y que es un egoísta.
—¿Estás segura? –volvió a preguntar Juan.
Esta vez lo que clavamos en él fueron sendas miradas asesinas, pero tan asesinas, que el pobre no tuvo más remedio que darse media vuelta y marcharse diciendo:
—Voy a vestirme.
—Yo también debería arreglarme –anuncié levantándome de la cama con fingido entusiasmo–. Quiero estar preparada para mi nueva vida laboral, a la que me voy a
dedicar de forma exclusiva. Total, no tengo otra…
Esbocé una sonrisa, pero Loreto y Sara me miraron muy serias.
—Está bien, si no quieres hablar de ello ahora, lo entiendo. Pero tarde o temprano tendrás que hacerlo o te envenenarás –me advirtió Sara.
—Por cierto –interrumpió Loreto, alcanzándome una bolsa de basura negra en la que, muy propio de ella, había traído mi ropa–. Traje el cargador de tu móvil. Yo lo
encendería, por si tienes algún mensaje de ese desgraciado.
¡Mi móvil! ¡Mi supermóvil de última generación con 4G, píxeles por un tubo y hasta propulsión a chorro que el mismísimo Mario me había regalado! Lo había
tenido todo el fin de semana muerto en el fondo de mi bolso. Decidí apagarlo cuando Nosferatu insinuó que debía llamar a Mario después de… No, no quería recordarlo.
Sin embargo, un cosquilleo de esperanza recorrió mi columna. Alcancé mi bolso, saqué aquel aparatito torturador de almas solitarias, lo enchufé a su cargador y lo
encendí. Sara, Loreto y Juan, que había vuelto al chisme en calzoncillos, me miraban sin atreverse a decir nada.
—Pí pí pí pí –sonó al cabo de medio minuto.
¡Diez llamadas perdidas! Desee con todas mis fuerzas que Mario estuviera arrepentido, que se hubiera dado cuenta de su equivocación, que no me creyera capaz de
una cosa así, que… Con dedos temblorosos pulsé la pantalla y…
Diez llamadas perdidas de mi abuelita Rosa.
Cero llamadas perdidas de Mario.
Cero mensajes.
Cero esperanzas.
—Se acabó –suspiré.

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