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Libro Asesinato en un atardecer lluvioso – Rafael Salcedo

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PDF Descargar Aquellos pensamientos cruzaban
solapados su consciencia, la cual tuvo
que centrarse en la conducción del
vehículo en el cual viajaba como cada
mañana muy temprano hacia el centro
penitenciario para mujeres del Condado
de Demsey.
De vuelta en un momento a la
realidad, aceleró la marcha al
comprobar cómo contaba con los
minutos justos para realizar el relevo
matutino a sus compañeras; seguro ya
hartas de una tarea tan desagradable
como incómoda durante toda la noche en
un lugar donde irradiaba un halo de
negatividad y pesadumbre, y no sólo por
parte de las internas y sus condenas sino
también de aquéllas quienes les
guardaban contagiadas sin querer de esa
emanación de tristeza.
Margaret se miró un instante en el
espejo retrovisor. Cuarenta y dos años,
veinte kilos de más, un par de groseras
bolsas en los ojos y un buen surtido de

Libro Asesinato en un atardecer lluvioso – Rafael Salcedo
arrugas. Aparte de aquel suplicio contra
el que no cabía resistencia, dos hijos
cuyos temas de conversación eran
“hola” y “adiós” así como un marido
ocioso cuya única aspiración en la vida,
tras años en la cola del paro, era cobrar
alguna chapuza, dejar pasar el tiempo en
un antro de las afueras del pueblo y, de
vez en cuando, desahogarse con alguna
furcia barata de las que pululaban entre
su desvencijado mobiliario.

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La verdad, pensaba para sí
Margaret, no era algo que le preocupara
y ni siquiera desde que alguna amiga le
había soltado la confidencia hacía tanto
tiempo ya que ni lo recordaba. Pensó en
su día recriminarle aquello, pero
prefirió obviar la afrenta de la
infidelidad en aras de que la dejara
tranquila en la cama.
A fin de cuentas siempre había sido
un amante pésimo y no creía posible
que, sumando el alcohol de sus venas,
consiguiera por sí solo satisfacer a
cualquier mujer, incluyendo las
profesionales del placer a las que
imaginaba haciendo horas extras para
procurar animarle en todos los sentidos.
Incluso esa circunstancia había
pasado a una posición tan alejada de sus
inquietudes que no ocupaba ni siquiera
una micra de sus pensamientos. Y lo
cierto es que éstos eran sólo para la
pasión desatada en su interior; llegada a
su vida como ladrón en la noche,
sorprendiéndole en la más absoluta
incredulidad, convencida de que no
había hueco para un sentimiento de tanta
fuerza como pureza.
Margaret no podía dar crédito a lo
que le sucedía y recordó, con apenas
unas imágenes encadenadas en su mente,
cómo surgió aquel fuego que, cada
instante, era alimentando por el deseo
más ardiente el cual recorría cada
milímetro de su piel, erizada de nuevo;
fantaseando en fundirla con aquel cuerpo
soñado, observado a hurtadillas,
negándose incluso su mente a retener
esos momentos, interponiendo en sus
actos forzados por los instintos
primarios toda la ristra de principios
adquiridos, tal vez impuestos, quizás
grabados en lo profundo e insondable de
su mente desde la tierna infancia, como
un sello indeleble guarnecido de la
pátina del tiempo, incluso
superponiéndose a la ley natural,
mancillándola sin decoro, apartándola
con violencia y dejando al albur del
placer prohibido, del tabú advertido, su
propia existencia desde aquel instante
confundida, sorteando los propios
obstáculos de la carne resistiéndose a
esa eléctrica, y sutil a la vez, respuesta
de cada poro de su cuerpo.
Margaret dio un violento volantazo
que hizo bambolear su vehículo, el cual
ágil respondió con el chirrido de los
neumáticos patinando sobre el asfalto
húmedo aunque al momento recuperando
la estabilidad. No fue óbice para que
frenara su marcha y, por contra, incluso
apretó aún más el acelerador sabiendo
que no podía llegar tarde de lo ordenado
por su horario, mucho más estricto que
en cualquier otro trabajo remunerado.
Pero ella sabía, y lo asumía sin
ambages, cómo aquellas prisas que
ponían en peligro su vida no tenían el
cariz cumplidor de una buena empleada
preocupada por su propia puntualidad
para la incorporación a las tareas
cotidianas. Ni mucho menos era esto y sí
el influjo que le atraía hacia ese vórtice
donde cualquier intento de zafarse era
gesto vacuo y en el que, ella misma, se
esforzaba con tal de caer en su poderosa
atracción hacia un incierto destino final.
Y, de cualquier forma, éste tampoco le
importaba desde que le conoció.
Hacía de ello seis semanas y vivía
en una vorágine permanente desde
aquella mágica ocasión en la cual quedó
aturdida, tal si hubiera sido inoculada
por mortíferos quelíceros, o que su piel
lo fuera traspasada por colmillos
afilados reventando de ponzoña. El
efecto fue fulminante y su lucha, porque
no llegara al torrente de su mente, se le
antojó inútil y un derroche gratuito de
energía ante la fuerza con que se adueñó
de sus actos.
Margaret se preguntaba una y otra
vez desde entonces -en cada momento
que le observaba; siempre que sus ojos
se cruzaban y mantenían un diálogo
sordo: en todas las veces que, forzada
por ella misma o no, su presencia le
hacía delatarse- de qué manera aquel
aspecto de su sexualidad no había hecho
acto de presencia hasta ese instante.
No recordaba, desde que tenía uso
de razón, aquella pulsión algo más que
enfermiza, aquella obsesión que le
inhabilitaba durante muchos momentos
de cada día para atender las mínimas
acciones repetitivas del devenir de la
vida; anclándole en un estado casi
cercano a lo catatónico, envolviéndole
en una bruma que le aislaba de la razón
y le sumía en un mundo de ensueños
donde el epicentro era aquel cuerpo; su
razón de vivir.
Se llamaba Rosemary y olía a deseo.
Margaret había quedado obnubilada
aquel día; primero en el que le conoció
recién llegada a la prisión y le fue
asignada. Apenas un par de miradas, tres
frases, algún leve roce en las manos,
bastaron para quedar tan presa como
ella. Pero de su cuerpo, de su voz dulce,
acariciando cada palabra, de su cuerpo
grácil, de sus proporciones exactas, de
sus manos virginales, de sus dedos
largos, finos y delicados dejando su
calidez sobre su piel, tensándose hasta
el último recoveco; abandonándose a
sus dictados incluso sin pronunciar una
palabra con aquellos labios que
ocupaban, desde entonces, todo su
entendimiento, toda su vida en suma, la
cual ofrecería en sacrificio sin reservas,
sin nada a cambio, para aquella vestal
rediviva, surgida de la nada, cruzada en
su camino para cegarle, subsumirle en su
regazo, arrastrarle hacia su pecho
enhiesto, juvenil y turgente, cortar sus
lazos con el mundo y abstraerle de
cuanto le ataba a aquél; renegando de
todo cuanto no fuera ella.
Al fin alcanzó a llegar al
aparcamiento del centro penitenciario y,
de mala manera, abandonó el coche y
sus piernas lastradas por la grasa
acumulada hicieron un esfuerzo por
permitirle avanzar con nervio y decisión
hasta las instalaciones grises e
impersonales que acogían a un centenar
largo de reclusas.
Margaret no vivía, ya que vegetaba.
Salvo cuando, como en aquellos
momentos en los que llegaba al módulo
donde estaba Rosemary, sus ojos se
encontraban con los de ella, incluso de
forma fugaz y, por qué no, furtiva.
Aquella mañana no fue diferente y sí
clavada a tantas que le habían
precedido, con Rosemary aguardando
apareciera y Margaret con un leve pero
perceptible temblor tanto en las manos
como en la voz, en especial al
encontrarle tan sólo con una toalla
cubriéndo de forma leve su cuerpo.
Margaret se hacía una y otra vez la
misma pregunta y jamás encontraba la
respuesta. Ella era alguien lo más

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alejado del prototipo que representaba
desde hacía semanas junto a Rosemary.
Ni por asomo, ni en su más intrincada
pesadilla, ni en sueños húmedos había
tenido al menos una fantasía con otra
mujer, con un cuerpo femenino, con
idénticos atributos al suyo, aunque éste
fuera de aspecto vulgar y tal vez ya
ajado por el paso del tiempo como ella
misma reconocía para sí.
En ningún caso se le había pasado
por la cabeza fabular en la intimidad con
una relación sexual cuyo eje no fuera un
erecto miembro viril y el contacto con
un cuerpo vigoroso, musculoso,
transmitiéndole esa fuerza masculina que
hacía vibrar su carne.
Pero todo ello lo puso en cuarentena
y, desde su encuentro con Rosemary,
sólo deseaba acariciar aquel cuerpo que
era la antítesis del suyo. Joven, terso,
proporcionado; sin mencionar su altura,
su volumen, rayando la perfección
soñada por los artistas. Rosemary le
parecía una diosa griega, y más envuelta
como la veía en aquella exigua toalla
dejando ver su piel blanca rosácea,
haciendo agua su boca sin entender ella
misma los porqués de ese deseo más
fuerte que su voluntad.
-¡Está bien, chicas! Es hora de
acicalaros así que andando a las
duchas. Y no quiero parloteos.
Calladitas y en fila ¡Vamos!- fueron las
instrucciones con voz bronca y con
cierta dosis marcial pronunciadas por la
supervisora y, de paso, jefe de
Margaret, quien luego le dio
instrucciones precisas al respecto.
-Encárgate de que no se pase de la
raya ninguna y ojo con el tiempo. No

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quiero que echen debajo del agua toda
la jornada. Tengo que volver a la
comandancia y después saldré un rato
al dentista. Tengo jodido un empaste y
no sabes qué noche me ha dado. En fin,
Margaret, confío en que meterás en
cintura a este ganado que parece
manso pero más de una es bien brava-
Ya lo creo, Doris- respondió
Margaret con una pose teatral de rigor
en su voz, mientras su corazón parecía
acelerarse por momentos al escuchar
música celestial para sus oídos -Y no te
preocupes que sabré ponerlas en su
sitio yo solita- añadió para dar más
verosimilitud a sus intenciones.
Rosemary no había dejado de
escuchar ni siquiera una palabra de la
conversación entre las funcionarias del
módulo y, de espaldas, una sonrisa
apareció triunfante en su rostro oculto a
la vista de todas. Era la oportunidad
esperada, aunque tenía que reconocer
cómo surgía antes incluso de sus más
optimistas presupuestos desde que había
ingresado en aquel odioso lugar; del
cual pensaba largarse de una forma u
otra. Y para ello utilizaría toda su
astucia, que no era poca, y también su
mejor arma: la seducción.
Margaret no cabía en sí de gozo al
ver marchar a la recia supervisora; un
pájaro de cuidado, siempre ojo avizor
escrutando reacciones de las reclusas y,
además, de sus guardianas. No se le
escapaba ni una de las varias
conspiraciones para intentar escapar del
correccional y se jactaba de contar con
el récord de todas las prisiones a la hora
de abortar planes de huida.
Pero Margaret en ese momento
disfrutaba del mando en solitario y por
ello no dudó en seguir a Rosemary y sus
compañeras hasta el recinto de las
duchas y, como había imaginado,
disfrutar de la visión de su cuerpo
desnudo bañado por el agua tibia
resbalando por sus curvas.
No podía apartar la mirada y alguna
que otra reclusa cayó en la cuenta de su
actitud, hasta aquel día extraña en ella.
No obstante, preferían reservarse
cualquier comentario que, tarde o
temprano, podría acarrearles un buen
disgusto en forma de alargamiento de
condena. Ya estaban las cosas mal para
empeorarlas con alguna confidencia de
aquel tipo que, por otra parte, en otras
funcionarias era más común.
-¡De acuerdo. Ya es suficiente.
Vayan ustedes terminando!- ordenó
Margaret retomando sus obligaciones y
algo alarmada por ciertas miradas de
otras reclusas, por las cuales ella misma
supo a ciencia cierta cómo habían
descubierto su inclinación.
Una a una fueron saliendo las
prisioneras, siendo la última en hacerlo
de forma intencionada conforme a sus
planes la propia Rosemary. Margaret se
lo agradeció con la mirada y una leve
elevación de la parte derecha de su boca
que en su interior se licuaba al observar
con qué elegancia cubría su cuerpo con
la toalla. Rosemary, al abrigo de
miradas de sus compañeras siendo quien
cerraba la formación, aprovechó su
privilegiado lugar para volverse hacia
Margaret y, abriendo de forma sensual
los labios, dejó que su lengua rozara con
levedad el inferior.
No había salida. Eso pensó Margaret
en ese justo momento, cuando todavía
sentía su cuerpo estremecerse con las
imágenes que su cerebro intentaba
retener para gozar. Los labios, la lengua
de Rosemary, habían conseguido
endurecer sus pezones de forma
inusitada y que su sexo se humedeciera
esperando la caricia que le llevara al
éxtasis.
– ¡Ros e mar y !- ordenó Margaret
quemando todas sus naves y dejándose
llevar al pairo de su deseo -Vístete de
inmediato, desayunas y te presentas en
mi oficina. Las demás a vuestras
obligaciones-
Margaret no echó cuenta a las
miradas de aquellas reclusas que habían
estado atentas a su reacción en las
duchas. En cualquier caso, incluso
viendo cómo torcían el gesto, le
importaba una higa. No tenía más
entendimiento ni más empeño que
Rosemary y esa gentuza no le frenaría en
sus ansias. Le tenía casi en su mano y
nada se lo impediría. Era tal su
decisión, era tal su fijación, que llegó a
imaginar un escenario límite tomando un
arma y abriendo fuego contra quien
osara frenarle en su afán por conseguir
la fruta prohibida.
Sin embargo no hizo falta, puesto
que a los pocos minutos Rosemary
entraba en su oficina con esa luz
misteriosa que le acompañaba, la cual
alumbraba su rostro y hacía que sus
cabellos fluyeran en el aire acariciados
por una brisa tan leve como invisible.
Margaret veía el aura que desprendía y
volvió a oler aquella fragancia
embriagadora que le hacía desconectar
de cuanto le rodeaba.
-¡Cariño!- dijo Rosemary.
-¡Espera!- respondió nerviosa
Margaret al comprobar cómo una de las
persianas permanecía abierta y parte del
interior de la oficina quedaba a la vista
de las múltiples cámaras, dispuestas
para captar cuanto ocurría en los
pasillos y estancias de la penitenciaría.
Ella misma había supervisado los
ángulos muertos y, justamente, su oficina
contaba con uno espléndido aunque por
precaución era mejor asegurarse
bajando la persiana. De igual forma y
estando sola de servicio, había
bloqueado todos los accesos y sólo con
su consentimiento podría abrirse desde
fuera. Había llegado el momento tantas
veces imaginado, soñado, y le tenía allí
justo a su lado, cual ángel descendido
del cielo.
-¡Ayúdame, amor!- volvió a
insistirle Rosemary tomándole las
manos a Margaret, acercando sus labios
a los suyos aunque sin rozarlos de igual
forma que, en otras ocasiones y
buscando las vueltas a todas, habían
hecho en varias ocasiones para
declararse su amor.
No había sido fácil y sólo la pericia
de Margaret y su vasto conocimiento del
penal lograron que, ni cámaras, ni
compañeras, ni oficiales advirtieran
nada irregular en su comportamiento.
Había sido un gran triunfo hacerse con
las llaves de despensas y almacenes, así
como también con los horarios de
abastecimiento para tener encuentros
con Rosemary. Aunque, tenía que
reconocer cómo sólo habían sido
momentos no más allá de un puñado de
minutos a contrarreloj donde decirse
algunas frases llenas de dulzura y amor
contenido, de pasión y deseo no
consumado.
Pero aquel día era diferente y ambas
lo sabían. En particular, Rosemary no
había reparado en lanzarse con todo su
arsenal de atracción a su amante furtiva,
con la clara intención de reclamarle algo
que en ninguno de esos momentos
vividos con intensidad -pero fugaces- le
había planteado. Había llegado la hora y
ella lo sabía. Margaret, aún no.
-¡Margaret, mi amor, sácame de
aquí!-
-Pero, cariño, ya sabes…-
respondió apartándose por un momento
de Rosemary, dando la espalda a sus
ganas de apretarle contra sí; y besarla, y
acariciarla y…-
-¡Vamos, vamos, Margaret, tienes
que hacerlo! No aguanto más en este
sitio. Moriré si no me ayudas, amor.
Siento que haré una locura y…-
-¡Por favor, por favor, Rosemary,
cariño! No digas esas cosas. Te
ayudaré pero tendrás que esperar a
que…-
-¡No!- dijo levantando la voz
Rosemary, dejando por un momento ver
la fuerza de su carácter y hasta ahora
escondida a los ojos de su guardiana
enamorada, a la vez que apartaba sus
manos de ella.
A Margaret le pareció que el
infierno se abría a sus mismos pies;
cómo una fuerza telúrica ancestral le
arrastraba hasta las entrañas de la tierra
y le transformaba en un alma en pena
vagando por el inframundo. Supo
entonces que no había otro camino que
faltar a sus obligaciones como
funcionaria del Condado y dejar que
aquel dulce pájaro de juventud volara
libre. Fue consciente de igual modo
cómo no tendría aquella recompensa
añorada si no lo hacía. Y no lo dudó un
instante.
-¡Rosemary, cariño, nos iremos
juntas!- dijo Margaret tomándola por la
cintura y apretando su cuerpo contra el
suyo, formando una pareja grotesca
donde la joven reclusa se elevaba sobre
la funcionaria más allá de la longitud de
su cabeza y aparecía aquélla como una
infante mirando a su superior, con el
vientre forrado de grasa y sus manos
regordetas apenas dejando ver sus
cortos y redondos dedos.
Eran la noche y el día; la belleza y la
fealdad fundidas; lo divino y lo humano
cara a cara; lo supremo y lo mediocre
enfrentados. No había duda, observando
aquella estampa, de qué manera
Margaret había sublimado a su amor
juvenil, puesto que era el reverso de su
moneda, la antítesis de su persona, el
ocaso frente al orto que representaba
Rosemary en un ascenso sobre el mundo
triunfante y pleno de vitalidad, elegancia
y finura, significando el lado opuesto a
ella; la cara oculta de esa luna de plata
rielando en el océano de la belleza
imperecedera. Algo tan distante de su
ser: lastrado por una vida tan inane
como servil, tan gris como vacía. Era el
cielo. Ella era ese paraíso celeste para
Margaret y por éste lucharía a capa y
espada, rompería sus lanzas, ofrecería
su propia sangre en la pira del
sacrificio.
Al oírle pronunciar aquellas
palabras, dulces pero también esperadas
conforme a sus planes, Rosemary
comprendió había logrado una vez más
su objetivo y no era cuestión de torcer el
ánimo de su enamorada, quien esperaba
el tributo de su carne. No le hizo
esperar, sabiéndose triunfadora, y besó
primero a Margaret mientras esta se
derrumbaba en el asiento que había en
su espalda al sentir la lengua de
Rosemary juguetona en su boca. Sin
palabras, Margaret después le tomó por
el cuello donde dejó libre sus labios y,
quitándole no sin cierta violencia la
camiseta, llevó la cabeza hasta sus
senos.
Margaret, sobre la nube de su
excitación, con una pizca de salvajismo
mordió los pezones de Rosemary una y
otra vez hasta hacerle un daño que ésta
prefirió no demostrar dejándole
desahogara sus instintos, los cuales no
tardaron en aflorar cuando, tirando con
fuerza de las bragas, dejó frente a su
boca el sexo de Rosemary. Apenas pudo
rozar sus labios con el pubis cuando
aquella le apartó de sí.
-¡Ahora no hay tiempo! Tienes que

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sacarme de aquí antes del siguiente
relevo-
Está bien, cariño. Así lo haremosrespondió
Margaret dejando ver su
estado de excitación, con la respiración
entrecortada y aún sus dedos rozando
con fruición su propio sexo, mientras
ofrecía a su amada un aspecto que casi
le arrancó una carcajada.
-Cuando estemos lejos de aquí lo
tendrás todo, Margaret. Sólo para ti- le
dijo Rosemary y la funcionaria, con
apasionamiento, le besó en los labios
una vez más.
-¡Está bien, está bien, ya habrá
lugar…!-
-Lo siento, cariño- respondió
azorada Margaret, recomponiendo su
aspecto en lo posible y después tomando
las llaves que pondrían en libertad a
Rosemary, ya preparada para consumar
un plan perfecto estudiado hasta la
saciedad en la soledad de su celda.
Y éste había pasado por elegir a la
persona adecuada que resultó ser la
solícita Margaret. Jamás había pensado
que fuera la primera en caer en sus
redes, pero la ocasión llegó el segundo
día en la cárcel en el instante en el que
hablaron por primera vez. Supo entonces
que sería suya, como antes lo habían
sido decenas de mujeres como ella,
deseosas sin saberlo de probar algo
diferente, algo prohibido, algo suave,
tierno; tanto como las palabras que
salían de sus labios y que fueron como
flechas de cupido disparadas directas al
corazón de Margaret quien, desde
entonces, había caído sumisa a sus pies.
Solo tuvo que dosificar las palabras,
las miradas, los roces, los encuentros,
hasta lograr que ella misma se lanzase a
fantasear con el baile del placer mutuo,
en cuyas imágenes seguro aparecían los
dedos perdiéndose lascivos entre sus
cuerpos y sus lenguas se entrecruzaban
para dotar a esos instantes del silencio
cómplice necesario.
Al tiempo que recordaba sus
maniobras, Rosemary vio cómo
Margaret le llevaba, sin tener en cuenta
las cámaras de seguridad, por un rosario
de pasillos y escaleras hasta llegar a una
zona extraña para ella. Una llave bastó
para la libertad cuando observó cómo,
al franquear una pesada puerta metálica,
salieron del recinto carcelario
propiamente dicho. Llegaron a la zona
de lavandería y, antes de que pudiera
darse cuenta, de un empujón lleno de
fuerza Margaret le introdujo en una de
las furgonetas que traían y llevaban las
ropas del penal.
-¡Quieta ahí! ¡Ni un solo ruido!
Estaré en la puerta de control- dijo
Margaret antes de dejarla metida entre
ropas malolientes para las que
Rosemary ni siquiera puso quejas,
sabedora de que podían representar su
libertad; siempre que las cosas no se
torciesen.
Cinco minutos más tarde escuchó la
reclusa cómo se acercaba el conductor,
quien entró en la furgoneta, la puso en
marcha y la llevó rumbo a la puerta de
salida de la prisión.
-¡Buenos días, jefe!- saludó
levantando la voz el conductor al llegar
a la altura de la garita, donde se
encontraba el agente de la puerta de
acceso al recinto, y quien dejó sobre su
mesa el periódico de la mañana que
hojeaba para salir después y atenderle
tal como mandaba la rutina cotidiana.
-Hola, Mike ¿Mucha faena?- le
preguntó de manera cordial el agente.
-Así, así. Hoy llevo menos que ayer
pero, esperemos, menos que mañana.
Tengo una hipoteca que pagar y esto
casi no me da para la voracidad del
Banco-
Ya lo creo, muchacho- respondió el
agente de forma ostensible afirmando
con la cabeza –Y te digo que con lo que
paga el Condado también me las veo y
me las deseo para llegar a fin de mes.
¡Mierda de bancos, de políticos y de
gentuza de las financieras!-
-Pienso igual- respondió

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