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Libro PDF Asuntos pendientes – Mercedes Gallego

Asuntos pendientes - Mercedes Gallego

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péndulo anunció que era mediodía
mientras Beatriz, con los ojos abiertos,
miraba al techo sin verlo, preguntándose
qué hacer en las horas siguientes. Quizá
podría buscar en la agenda el número de
alguna conocida para salir de compras,
ya que hacía tiempo que no quedaba con
nadie. O dedicarse unas horas de
ejercicio físico y recibir después un
masaje. O también podía, y era lo que
más le llamaba, permanecer
simplemente en la cama. De todos
modos, estaba convencida, se aburriría.
Recordó la fiesta que habían
celebrado la noche anterior,
rememorando los detalles como si
fueran fotogramas de una película:
Mario con traje informal de cuello Mao
y ella con un diseño azul metálico
drapeado de no recordaba qué casa de
alta costura que él le había regalado.
Tuvieron la casa llena de desconocidos
a los que atendió como la mejor
anfitriona, a la mayoría de ellos en
inglés. En la última imagen vislumbró el
inmenso salón lleno de copas y platos
sucios, pero la visión solo le arrancó un
suspiro de hastío. A esas alturas Raquel
ya lo habría recogido todo, con su
eficiencia acostumbrada. Tuvo
tentaciones de odiarla, deseando tener
algo que hacer, algo en lo que afanarse.
Desalentada, apartó las sábanas y sus
piernas morenas la llevaron al baño,
donde su imagen delgada se reflejó en
los espejos. Estaba flaca. Demasiado
flaca.
Se buscó los ojos y halló en ellos
cercos violáceos, desaparecido el
maquillaje. Un nuevo suspiro le salió de
dentro, como si empezara a
acostumbrarse a esa sensación de
indiferencia.
En un flash le vino el recuerdo del
comentario de Mario días atrás: «Ya no
ríes como antes. ¿Te sientes mal?».
Sabía que era cierto, que llevaba
meses sin mostrarse espontánea, sin
ganas de reír, tremendamente
insatisfecha con todo… Conteniendo las
ganas de llorar, abrió el grifo de la
ducha y se introdujo bajo el agua.
Odiaba sentirse débil.
Peor aún, temía a la depresión que
acechaba en las sombras.
En albornoz, salió al pasillo y en un
recodo tropezó con la doncella.
—Perdone —se disculpó la
muchacha, con los brazos cargados de
ropa recién planchada.
—No tiene importancia —replicó
ella, rayando la antipatía.
—¿Le preparo el desayuno?
Su cordialidad la molestó aún más.
—No es necesario. Yo misma lo
haré.
—Hay café recién…
—¡No soy una inválida! —la fiereza
de su voz la abochornó, sabiendo que
descargada injustamente su frustración
con su empleada y se apresuró a
excusarse—. Lo siento, Raquel. Creo
que tengo resaca por lo de anoche.
—¿Quiere que le traiga una aspirina?
—No, gracias. Se me pasará con el
café.
Mortificada por sus malos modales
no se atrevió a mirarla a la cara.
—Tiene correo —le escuchó decir
mientras le daba la espalda—. Se lo he
dejado sobre la mesa del vestíbulo.
Sin atisbo de curiosidad recogió el
sobre para, enseguida, como por
ensalmo, mudar su ánimo rozando la
euforia. ¡Carta de Carmen!
Se la llevó hasta la cocina, soleada y
amplia, con enormes ventanales, y se
sirvió un café para degustar el placer de
la lectura junto con el del paladar, pero
apenas tuvo tiempo de abrirla cuando
sonó el teléfono.
La doncella irrumpió en la habitación
con un supletorio musitando un educado:
«Para usted». Lo tomó casi desganada
por la interrupción.
—¿Bea?
Del otro lado de la línea, la conocida
voz de su amiga la interpelaba con
cariño.
—¿Carmen? ¿Eres tú? —¡No podía
creerlo!—. ¿De verdad eres tú?
Una carcajada amplia fue la
respuesta.
—¡Pues claro que soy yo, tonta!
—¡Es que estoy leyendo tu carta! Ha
llegado hoy.
—¡No te puedes fiar de Correos! —
le escuchó reír—. ¿Podrás dedicarme un
rato?
—¿Un rato? ¡Todo el tiempo del
mundo!
—¿De veras no estás ocupada? —La
voz al otro lado también se alegró—.
¡Fantástico! Coge el coche y ven a por
mí. Estoy en Atocha.
—¿En Atocha? ¿Quieres decir que
estás en Madrid?
Beatriz sintió que el corazón se le iba
a salir del pecho. Aquello era más de lo
que le podía haber rogado al destino.
La risa de Carmen resonó al otro
lado.
—¿Pero bueno, que te pasa? ¿Es que
hay otra Atocha?
Beatriz denegó, nerviosa. De su
malhumor no quedaba ni el rescoldo.
—¡Dios mío, Carmen, si supieras lo
feliz que me siento…! Necesitaba verte
con locura.
La voz de su amiga sonó tierna.
—Me ocurre lo mismo, de verdad.
Tengo que solucionar un par de asuntos
en el aeropuerto y acabo de aceptar un
café de un compañero de viaje, así que
tienes tiempo de ponerte guapa y venir a
recogerme. ¿Vale?
—¿Has estado ligando?
Otra carcajada atravesó el aire.
—No te burles, mona. Es que ha
resultado ser médico también.
—¿Y con los médicos no se liga? —
Se sintió traviesa, como en los viejos
tiempos.
—¡Desaparece, obsesa! ¡Yo solo ligo
con mi marido! Además, recuerda que la
ligona siempre fuiste tú.
—Sí, sí, cría fama…
Pensó que se pasaría el día al
teléfono y Carmen debió percibirlo
también porque la apremió:
—Oye, que nos enrollamos. Ven
pronto. Ya sabes dónde estoy.
—Vale. Hasta ahora.
Cuando colgó se sentía una mujer
nueva, radiante de felicidad. Sonrió a la
doncella, corrió a vestirse y salió a la
calle.
Se abrazaron como dos quinceañeras,
indiferentes a las miradas que
levantaban en torno suyo. Tras un
montón de besos y piropos mutuos
abandonaron la estación. Carmen lucía
un traje sastre negro que la hacía muy
delgada y ella se había vestido con
tejanos y cazadora de cuero rojo;
acompañadas de sus atractivas melenas
sueltas y sus bonitos ojos no fue raro
que muchos transeúntes mostraran
interés. Divertidas, pisaron fuerte.
Frente al Mercedes deportivo
Carmen ensayó un rictus de desencanto
no exento de ironía.
—¿No tienes chófer? ¡Qué
decepción! Yo que le he hablado a todo
el mundo de mi amiga millonaria…
—¡Mira que eres gansa! —El
reproche sonó más serio de lo que
hubiera querido y se obligó a sonreír—.
He preferido este a la berlina y le he
dado el día libre a Santiago para que
podamos cotorrear sin testigos. ¿Vamos
a algún sitio en concreto? Aún no sé qué
haces aquí.
—Al Ministerio de Sanidad. Tengo la
dirección.
—No hace falta; sé dónde está. Sube.
Mientras enfilaban el cercano Paseo
del Prado, Beatriz se concentró en el
intenso tráfico y Carmen pudo mirarla a
gusto. Percibió que, a pesar de las
bromas, algo iba mal.
—Te pasa algo.
Beatriz sonrió; sabía que no podría
ocultárselo. Se conocían desde hacía
demasiados años.
—Te lo cuento después.
Es aquí mismo. Tendré que esperar
en doble fila. Si al salir no me
encuentras, da un toque al móvil. Estaré
cerca.
—Igual tardo… —se disculpó
Carmen, aturdida por la algarabía
circundante.
La sonrisa de Beatriz fue elocuente
mientras se encogía de hombros.
—¡No importa! Mi tiempo es todo
tuyo.
Se despidieron con un ademán
afectuoso. Después Carmen entró con
paso firme en el feo edificio y ella
encendió la radio, dispuesta a aguardar.
Entregaron las llaves al aparcacoches
y subieron hasta la primera planta del
Embassy. Ya que Carmen le había
tomado el pelo con lo de ser rica, iba a
enseñarle cómo vivían los ricos. Tenían
poco clientela, tal vez por lo temprano
de la hora, y el maître les atendió con
gentileza, reconociendo a la «señora
Ondía». Escogieron mesa junto a un
ventanal y Beatriz pidió con gesto
seguro cóctel de champaña y foie de
primero, steaks tartares con Calvario
2000 y tarta de limón para el postre.
Carmen aguantó la risa ante el gesto
de aprobación del empleado.
—¡Chica, que dominio! ¿Vienes a
menudo?
—A Mario le gusta. El salón de té
resulta magnífico también; sirven unos
sándwiches de pepino deliciosos; y los
dulces son todos buenísimos. Espero
haber acertado.
—No lo dudes. ¡Se me ha hecho la
boca agua con lo que has pedido!
Aunque ¿no será un poco excesivo? Me
parece que tú comes bastante poco.
Beatriz apretó la mano amiga que
había cruzado el mantel para tocarla.
—Tú siempre igual, preocupándote.
Pero no, no como poco ni estoy
anoréxica si es lo que estás pensando.
Son los nervios, que se me agarran al
estómago y nada me alimenta. Anoche
tuvimos una fiesta en la que casi no
probé bocado, atenta a todo el mundo;
así que hoy tengo un hambre canina.
—Yo tampoco comí apenas. Llevo
dándole vueltas a lo de Barcelona y no
sé qué hacer.
—¿Por qué no me lo cuentas?
Ponerlo en voz alta, ayuda.
—Por eso he venido —asintió
Carmen—. Tú me impulsas reflexionar
mejor.
Beatriz sonrió con satisfacción. Para
ella, la confianza de Carmen era muy
importante y sentirse correspondida de
ese modo la llenaba de orgullo.
—De todas formas, esa será una
conversación seria y puede que nos
estropee el almuerzo —replicó su amiga
—. ¿Qué tal si soltamos lo
intrascendente ahora y nos ponemos
profundas después?
Aprovecharon la interrupción del
camarero con sus bebidas y el entrante
para aparcar el asunto, risueñas.
—¡Tú siempre tan práctica! —
bromeó Beatriz—. Pero tienes razón.
¿De qué quieres hablar?
—¿De esa fiesta de anoche?
¡Hummm, el foie es delicioso! —
Carmen puso los ojos en blanco,
maravillada, paladeándolo en su boca
—. O del viaje a Puerto Rico. ¡Llegaste
hace dos días! ¿Cómo te apañas para
organizar un sarao en tan poco tiempo?
El gesto de Beatriz no fue alegre; dio
un largo trago al champaña y suspiró.
—La respuesta es muy sencilla: pedir
e l catering a un sitio como este, tener
una bodega amplia como la de Mario y
contar con la eficiencia de una doncella
como Raquel.
Carmen la miró con gesto
concentrado; suspiró también y alzó su
copa.
—¡Brindemos por la triste vida de
los adinerados…! Y hablemos de otra
cosa. ¿El viaje al Caribe?
La sonrisa de su amiga se distendió.
—No te preocupes, no has metido la
pata. Lo del viaje sí estuvo bien; te lo
contaré ¡Pero me niego a brindar por los
ricos con semejante cóctel! Brindemos
por nosotras.
Para la sobremesa eligieron el
Retiro. Caminaron despacio hasta el
estanque, saboreando el sol invernal y el
silencio de la tarde.
—Tú empiezas —invitó Carmen,
encendiendo un cigarrillo.
—No, mejor tú. Dame uno.
Las cejas de la médico se arquearon
con sorpresa.
—¡Creí que no fumabas!
Beatriz se encogió de hombros.
—De vez en cuando —replicó
cogiendo un pitillo del paquete de
Winston.
Se acomodaron sobre el pretil que
daba al estanque, saboreando el sabor
del tabaco rubio.
Carmen comenzó, titubeante.
—No sé ni cómo explicarme… Es
algo impreciso que me ocurre desde
hace unos meses. ¿Recuerdas cuando
estuvimos en el pueblo este verano? Me
encontré con Clara Núñez, la que hizo
medicina conmigo.
—Sí, sé quién es. Yo también la
saludé un día.
—Me contó que trabaja en el
Maestrazgo, de médico rural.
Durante un instante guardaron
silencio. Beatriz se preguntó cómo
podían entenderse tan bien solo con el
pensamiento, y cómo podían llegar a
coincidir en sensaciones tan semejantes.
—Y eso era lo que tú querías ser,
médico rural —concluyó por ella.
—¿Te acuerdas? ¡Siempre lo dije!
Una medicina cercana, más natural que
química, con disponibilidad continua…
—Apagó el cigarrillo con un gesto no
exento de rabia sobre la áspera
superficie—. ¿Y en qué me he
convertido? En una cirujana sin tiempo
para nada, con visitas contrarreloj, casi
deshumanizada. Tengo peleas con mis
compañeros por ese motivo, porque
consideran que me dedico demasiado a
mis pacientes… ¡Demasiado! Lo que
pasa es que de ese modo pretenden
descargar sus conciencias por no
realizar su labor como deberían. Cuando
los enfermos me prefieren, dicen de
todo. ¡Resulta vergonzoso! Porque son
ellos los incompetentes, ¡Eso es lo que
son!
Beatriz le oprimió los hombros sin
perder la sonrisa, comprendiendo su
enfado. Luego la llevó hasta las gradas y
tomaron asiento.
—No dudo de que es así; y en todo
caso, lo estás haciendo bien. No veo
dónde está el problema.
—¡En que no soy feliz!
—Bien, pues tienes suerte; está la
opción de Barcelona.
La mirada verdosa de Carmen
centelleó. Estaba muy guapa con aquel
aire de rebeldía.
—¿Piensas que allí será distinto? Es
una clínica privada ¡Estaré a expensas
del criterio de quien me contrata! En
cuanto a Guillermo, sabes cómo me
conoce… Él opina que Barcelona sería
un error.
Beatriz no alcanzaba a comprender el
porqué y Carmen lo leyó en su
semblante, por lo que continuó
desahogándose.
—Le he confiado a Guillermo el
fondo de la cuestión, que me siento
desilusionada. Cuando empecé la
carrera tenía ideales, prioridades…
Luego se cruzó aquella oferta en mi
camino y la acepté ¡No pretendo culpar
de mis problemas a Mario, por favor!
Jamás se me ocurriría eso —alegó con
rapidez—. ¡Me dio la oportunidad de
trabajar con Méndez y fue maravilloso!
Gracias a él soy una buena cirujana.
Pero siento que me he fallado a mí
misma… —Encendió otro pitillo y
ofreció a su amiga, la cual denegó
sonriente—. ¡Ya ves qué médico, hasta
fumo demasiado!
Beatriz le estampó un beso y

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