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La ayudante de Cupido – Lighling Tucker

La ayudante de Cupido – Lighling Tucker

La ayudante de Cupido – Lighling Tucker 

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voz de Rose se le metió en la cabeza lentamente, sí, el último año había ido de juicio en juicio y no se había permitido ni un pequeño descanso. Trabajar a esa
velocidad, obviamente, le había reportado beneficios económicos; había subido su prestigio y era uno de los abogados más solicitados de toda Nueva York. Incluso,
había aparecido en una revista que lo nombraban el abogado más sexy de 2016. Su madre aún gritaba de emoción por –palabras textuales– haber parido al abogado más
sexy del planeta. Era bochornoso.
–Cierto. No lo hará.
–El sábado hay una gran fiesta en casa de los Marshal, podrías ponerte guapo, esa colonia tan buena que tienes y renovar tu cartera de contactos allí.
Iam dejó caer la cabeza haciendo que la frente golpeara sonoramente su escritorio. Aquello no era una fiesta, era seguir trabajando. Codearse de gente importante, allí
habrían abogados, fiscales, jueces… contactos que ayudarían a su carrera pero no era el desconectar que se había pensado que Rose quería para él.
Ella era mucho peor en cuanto al trabajo que él.
–¿De eso no se encargaba Matt?
Sí, uno de sus compañeros del bufete de abogados, un tío estirado y aburrido que iba de fiesta en fiesta buscando contactos. Siempre era bueno conocer a gente, así
pronto casi toda la ciudad te debería un favor.
–Está con gripe.
Así que se lo estaban endiñando a él, simple y llanamente. La excusa de no salir era buena pero el golpe bajo era pedirle que siguiera trabajando un fin de semana.
Gruñó e hizo un ruido de desagrado, similar al de un niño cuando le sirven brócoli para cenar.
–Vamos Iam no te quejes, Josh ha dicho que irá. Será más divertido si estás con él.
“Divertido”
–Sí claro, como si eso en algún momento hubiera sido similar a diversión.
–Deja de quejarte. Ya podrás salir otro sábado. Además, últimamente estás en casa aburrido, así que, si sales no pasará nada.
A veces dudaba de quien era el que mandaba de los dos. Ella era su secretaria, sí, pero al mismo tiempo había adquirido el papel de madre protectora y cuidaba de él.
Aunque, como toda madre, también había adquirido la faceta de puño de hierro y dar órdenes.
–No quiero ir… –gimió infantilmente.
Al mismo tiempo, le puso morritos e hizo temblar el labio de abajo ligeramente, sólo para dar más pena, si eso era posible.
–Escúchame bien. –el tono de Rose se endureció, algo que hizo que él le prestara toda la atención posible. –Vas a ponerte tu mejor traje, tu mejor perfume y tu mejor
corbata y vas a ir con Josh a la fiesta. Vas a hacer contactos que te ayuden en el caso tan mediático que llevas y no vas a quejarte más.
Llevándose una mano a la frente y poniéndose firme y recto como un palo contestó:
–Sí mi coronel.
–Así me gusta. Y ahora, voy a atender tus llamadas.
Iam alzó el dedo índice y pidió:
–¿Podrías hacerme un café?
Rose ni se molestó en darse la vuelta, siguió caminando hacia la salida del despacho y, mientras se marchaba, le contestó:
–Soy tu secretaria no tu criada, háztelo tú mismo.
–Hoy estás en modo bruja.
–Sí, y si no quieres que saque mi escoba y te zurre con ella más te vale dejarme en paz y subirme el sueldo.
Él rio sin poderse contener.
–Buen intento, sólo prometo dejarte tranquila.
–Tenía que intentarlo.
Muy ingeniosa, sí señor. Cogió el teléfono de su mesa y marcó la extensión del despacho de Josh. Su secretaria, como de costumbre, no contestó, haciendo que se
pusiera él mismo.
–Al habla el magnifico Josh.
–Me ha tocado ir contigo a la fiesta, así que ponte un vestido y no me hagas quedar mal.
–¿Yo de mujer otra vez?
Su amigo dijo un par de palabras inconexas, lo que le dio tiempo a Iam para pensar en alguna contestación que Josh le lanzara sin piedad y directo a las costillas.
–Sabes que me gustan rubias y con tacones.
–Y faldas cortas. –puntualizó su amigo.
Vale, sí, una falda corta hacía volar a su imaginación.
–De acuerdo, paso a buscarte esta noche a las ocho.
–Te esperaré.
Y colgó.
Bueno, debía reconocer que con Josh aquel lugar iba animarse un poco o, al menos, no iba ser tan tedioso. Una velada genial para un sábado noche, a pesar de que él
seguía prefiriendo su rutina habitual, cenar pizza, alguna serie interesante y a dormir plácidamente.
Sí, se estaba convirtiendo en un muermo.
***
–Me he perdido. –dijo Paige en voz alta en plena calle West 66 con Broadway.
Miró el mapa, por sexta vez, que April le había dado y no lo comprendió. Volver a casa debía ser sencillo y no encontraba el camino por mucho que lo buscara.
Había pensado en usar su magia pero había demasiada gente como para que nadie lo notara. Así pues, se había resignado a caminar y caminar hasta ver que cada vez
estaba más perdida.
Y eso que April ya le había dicho que ella se encargaba de ir a comprar las cosas que faltaban para la cena pero ¿ella había hecho caso? No señor, había casi suplicado
ir por ella misma y, ahora, se encontraba en aquella situación tan absurda.
Había estado deseando salir a explorar desde que la había llevado a su casa. Estaba en la Tierra y eso la hacía sentir viva, llena de energía y repleta de vitalidad.
Aquellas calles pedían a gritos ser exploradas y descubiertas, además que, sus gentes eran tan distintas y dispares entre sí que Paige no quería perderse nada de nada de
lo que estaba pasando allí. Antes de volver al cielo quería haberlo visto todo, no podía dejarse nada por ver o experimentar.
Y ahí estaba ella, con una bolsa de comestibles en la mano, un mapa en la otra y paseando por una gran calle y entre una gran multitud sin tener muy claro a dónde se
dirigía.
De pronto, a su lado pasó un hombre vestido de arlequín. ¡El traje era maravilloso! De rombos blancos y negros, además de llevar toda la cara pintada de blanco,
excepto los ojos que había cubierto con mucho maquillaje negro.
Con una sonrisa y un pequeño chillido de emoción, decidió seguirlo a donde quiera que se dirigiera. Caminaron cerca de unos quince minutos y lo vio meterse en un
gran parque, seguramente era el Central Park al que había llegado hace unas horas.
Bueno, al fin un lugar que le sonaba, pero seguía estando igual o más perdida que hacía un rato. ¿Cómo había llegado hasta allí?
“Siguiendo a un arlequín.”
Cierto, todo por seguir a un hombre disfrazado en plena calle, una cosa muy segura y muy inteligente. Cuando lograra llegar a casa iba a ser un detalle que no le iba a
contar a April, no necesitaba que se preocupara más de lo que ya estaba.
Puestos a estar allí pensó que lo mejor era visitar, de nuevo el parque. Subió las pequeñas escaleras que la separaban de aquel gigante y hermoso lugar de naturaleza de
la ciudad y se adentró.
Aquel lugar la hacía sentirse libre, le entraban ganas de desplegar sus alas y volar por aquel paisaje tan hermoso, pero se reprimió. Nadie debía saber lo que era y,
mucho menos, verlo en persona o todo el mundo mágico sería descubierto.
Caminó lentamente, observando cada detalle, cada hierba, árbol, pájaro o niño que había en aquel lugar, sonriendo sin parar, como si la alegría habitara aquel lugar y se
contagiara a todos los que pisaban sus tierras.
Pero, obviamente, no todo era luz, color y alegrías en Central Park. Paige caminó cerca de una pareja sentada en un banco, ambos discutían que su relación no podía
seguir así. Que ella necesitaba compromiso y él que quería salir más con sus amigos.
“Olvídate de esto.” –se riñó Paige mentalmente, no había venido a trabajar, si no a pasar unos días tranquilos y relajados.
Lo intentó, de verdad que lo hizo, pero su faceta como ayudante de Cupido no podía dejar de pensar en lo que ocurría allí mismo. Los humanos merecían ser felices y
no desdichados como lo eran en aquellos momentos aquella pareja. Así pues, la magia fluctuó lentamente en su cuerpo hasta llegar a la punta de sus dedos.
Caminó tras la pareja y, con cierto disimulo, tocó el brazo del chico. Algo en él reaccionó, yendo a la visión que ella le había enviado. Únicamente le había mostrado
como sería su vida si dejaba a esa mujer y, al parecer, no debía de ser muy buena porque, acto seguido, la tomó entre sus brazos y la besó con pasión.
Sí, aquella era la satisfacción que le gustaba sentir cuando una pareja afianzaba sus lazos de amor, cuando todo era como debía ser.
Sonrió pletórica.
Sí, estaba feliz.
Y, de pronto, un certero golpe la derribó, haciéndola caer al suelo con contundencia al mismo tiempo que un muchacho se llevaba su bolsa de la compra. Le gritó que
se detuviera y pronto comprendió que estaba siendo víctima de un robo. Sí, la Tierra también tenía sus facetas negras y oscuras.
Se negó a dejarse vencer, quiso levantarse pero al apoyar su pie izquierdo, su tobillo le produjo una punzada de dolor que la hizo gemir y tomarlo entre sus manos.
Un sentimiento de pena la invadió, se sentía ultrajada por haber permitido que un humano robara sus pertenencias y encima la dañara.
Los ángeles no eran así, allí todo era mucho más fácil.
Capítulo 8
Vale, hacer footing le estaba ayudando a no volverse loco, la oficina era una jungla y la faena se amontonaba en su despecho a velocidad de infarto. Su trabajo estaba
acabando con él, pero no podía quejarse porque era de los pocos Neoyorquinos que trabajaba de lo que quería. La carrera había sido dura pero no esperaba que el puesto
que tanto había deseado acabaría con él.
Respiró profundamente y sintió como sus pulmones se expandían, dejando fuera todo el trabajo. Ya se había acabado la jornada laboral y tenía que desconectar.
Pronto oscurecería y aún tenía que correr dos kilómetros más.
Por su lado pasó un muchacho tapado con la capucha de su sudadera, no tenía muy buenas pintas pero no quiso juzgarlo. Trabajar como abogado criminalista le había
enseñado bien que las apariencias engañaban.
Conectó de nuevo el cronómetro y se preparó para seguir corriendo. Sin embargo, no pudo llegar muy lejos ya que fue testigo de un robo. El muchacho que le había
adelantado hacía un momento había tirado al suelo a una mujer y se había dado a la fuga con su bolsa.
“Déjalo estar, que se encargue la policía.”– pensó fríamente.
Su forma de ser no le permitía dejarlo estar, no era de las personas que dejaban pasar las injusticias así. Sin podérselo pensar mucho salió corriendo en dirección al
ladrón.
Su buena forma física permitió que diera pronto con él, lo derribó y lo inmovilizó en el suelo.
–¡Suéltame! –exigió el chico.
–Ni hablar. La mujer a la que has robado se ha caído al suelo.
–Yo… lo siento. Sólo quería algo de comer.
Ambos forcejearon un poco pero no iba a dejarlo estar, iba a llamar a la policía y entregarlo a la justicia.
–Disculpe… –una voz femenina le hizo girar la cabeza.
Y ella entró en su campo de visión, era la misma mujer que había visto esa misma mañana. Era bastante sorprendente en aquella ciudad tan grande coincidir dos veces
con el mismo desconocido.
El vestido que llevaba la hacía más hermosa de lo que era, se ajustaba a sus curvas y su color le hacía resaltar su tono de piel. Verla le hizo olvidar al muchacho, el
cual, aprovechó la distracción para deshacerse del agarre de Iam y ponerse en pie. Antes de echar a correr ella le gritó que se detuviera.
Y, por una razón extraña, él obedeció.
–¿Tienes hambre?
Él asintió a la pregunta de la joven, miró al suelo avergonzado y se disculpó.
–Disculpas aceptadas. En esa bolsa llevo la cena pero espera, esto te ayudará a pasar el hambre. –del bolso que colgaba en su hombro sacó un monedero y, de él, un
billete que le entregó al ladrón.
Éste se negó y ella le tomó una mano y depositó en ella el billete.
–Cómprate algo, siento no poder ayudarte más.
Semejante generosidad descolocó al muchacho y a Iam, no había visto a nadie tan bueno en mucho tiempo.
El joven se lo agradeció y ella no pudo más que sonreír, iluminando aquel parque. Luego, el chico se marchó y la joven fue a recoger la bolsa. En ese momento, Iam
comprobó que cojeaba, seguramente del golpe se había hecho daño.
–Nadie hubiera hecho lo que tú. –le dijo sin pensar.
Ella, tomó la bolsa y quedó pensativa unos segundos antes de contestarle.
–Es sólo un crío con hambre, la lástima es que mi ayuda sólo le ayudará a quitarse el hambre de hoy pero mañana seguirá igual.
Iam se la quedó mirando, no sólo era hermosa, si no que también generosa. Era como si un ángel hubiera caído a la Tierra y había optado por su forma corpórea. No
comprendía las razones por las cuales se sentía atraído pero sabía bien que no podía evitarlo.
–Deberías ir a que un médico te mire ese tobillo.
Ella dio un respingo y miró hacia abajo, lo movió un poco e hizo una mueca de dolor que disimuló rápidamente con una sonrisa.
–Estoy bien, sobreviviré.
–No lo dudo, pero te duele.
Ella asintió y él pudo saber en su mirada que no iba a ir a ningún médico, así pues, lo mejor era dejarlo estar. No quería estropear el momento insistiéndole en algo que
no iba a hacer.
–Gracias por ayudarme.
Su voz lo sorprendió, tan dulce y suave que fue como una caricia. ¿Por qué se sentía así? ¿Estaba enloqueciendo?
“Son los efectos de trabajar mucho y divertirte poco.” –pensó.
–Gracias por darme una lección de vida.
Ella lo miró confundida y él se explicó:
–Has visto más allá. Yo iba a llamar a la policía para que se llevaran a ese ladrón, no me había percatado que en vez del bolso se había llevado tu cena y, mucho
menos, había pensado en el por qué. Tú has sabido ser mejor persona que muchos. Incluyéndome a mí mismo.
La vio sonrojarse y mirar al cielo, como si en él estuvieran las palabras adecuadas para contestarle. Hizo un par de muecas con los labios y tras mordérselo dijo:
–Tal vez sea algo diferente a los demás.
–De eso no me cabe la menor duda.
Y de golpe, como si una corriente eléctrica la sacudiera, la vio dar un respingo y alargar su mano.
–¡Mis modales! ¡Soy Paige!
Él la tomó y la estrechó con delicadeza.
–Yo Iam Sanders.
–Bueno, yo Paige Moon.
Sí, desde luego era mucho más especial que el resto de personas.
–Y dime, Paige Moon… –Iam hizo inciso en su nombre y apellido. –¿Eres de aquí?
–No.
Susurró tan suave que por poco no la escucha. Tal vez comenzaba a entrar en terreno íntimo y no se sentía segura. ¿Debía dejarlo estar?
“¡No!” –Gritó su mente desesperada.
Pocas veces ocurría toparse con un desconocido dos veces y que él se fijara en una mujer también era algo destacable. No era la típica a la que engatusaba con palabras
dulces, la llevaba a su casa, un rato agradable de sexo y hasta nunca más. Con ella le apetecía charlar, hablar, cenar o lo que fuera que la mantuviera cerca.
–Estoy de vacaciones.
–Podría llevarte a tu hotel.
Sí, y como si hubiera pulsado el botón de emergencia, ella retrocedió unos pasos abrumada. Iam negó con la cabeza rápidamente y trató de salir del atolladero en el
que se había metido, él solito además.
–Lo digo por el tobillo. No es que quiera algo contigo… bueno, que no quiero decir que seas fea, –la mente de Iam se desconectó en aquel mismo momento– que eres
preciosa, cualquier hombre estaría encantado de acostarse contigo. ¡Pero que yo no quiero! ¡No! Sí quiero pero sólo quiero llevarte a tu hotel para que descanses, nada
pervertido ni eso.
Y sus labios se cerraron en ese momento, si seguía hablando aquella mujer iba a llamar a la policía y acusarlo de acosador sexual, aunque motivos le estaba dando.
–Lo siento, Paige.
Contra todo pronóstico, ella comenzó a reír a carcajada llena, incluso, se agarró la barriga para poder seguir riendo. Él no podía estar más confuso, ella debía de estar
asustada por sus palabras y no como si le acabara de contar un chiste.
–No te preocupes, veo que lo dices por mí. Te lo agradezco pero llegaré a casa yo misma.
–Pero tu tobillo…
–No te preocupes, estará bien.
“Vamos, no la líes más y déjala.” –se insistió mentalmente.
–De acuerdo, pues ha sido un placer conocerte Paige Moon.
–Lo mismo digo Iam Sanders.
Y comenzaron a caminar cada uno hacia el mismo lado, Paige aceleró el ritmo e Iam quedó atrás. No dijo nada, únicamente caminó hacia su coche, viendo a Paige
cojear y sintiéndose miserable por haber metido la pata con sus palabras. Esperaba al menos que no fuera de lejos.
Ella miró un par de veces hacia atrás y, a la tercera, sus rasgos ya mostraban preocupación.
–¿Me estás siguiendo? –preguntó encarándolo.
Él negó con la cabeza y sonrió ampliamente.
–No, voy hacia mi coche.
Y aquel color rojo tan bonito inundó las mejillas de la joven, la pobre no supo ni qué contestar a ello.
–Mira, soy de Upper West Side, cerca de la 79 con Broadway. Si vives cerca podría acercarte y así no tendrías que ir cojeando. Ese tobillo necesita descanso.
Finalmente, y para su regocijo, se dio por vencida y cedió:
–Vivo en la 77 con Amsterdam Ave.
A dos calles de su casa, demasiado bueno para ser verdad, seguramente su ángel de la guarda había decido que era hora de trabajar de una vez y le estaba enviando la
suerte que no había tenido en años con las mujeres.
–Estás cerca. Si confías en mí te prometo que te llevaré a casa sana y salva.
Paige lo miró a los ojos, como si pudiera ver a través de ellos, se sintió como si estuvieran violando su intimidad. Como si, en realidad, ella pudiera ver su auténtico
ser, sus oscuros secretos y todo lo que él era. Al final, sonrió y le contestó:
–De acuerdo. Llévame a casa. Gracias.
Capítulo 9
Pletórica, se sentía como si le hubiera tocado la lotería humana, estaba deseando que el ascensor acabara de subir y explicarle a April todo lo que le había ocurrido
camino a la cena.
“¿Estás segura que es buena idea?” –se preguntó de repente y sí, algo en ella le decía que… quizás no era tan buen plan como había estado imaginando los últimos
segundos.
April no era mala mujer pero sí estricta, estaba segura de que si se lo contaba iba a arder en cólera y preocupación, además de devolverla al cielo de una patada en el
trasero.
Y ahora no tenía ganas de volver en unos días, al fin deseaba disfrutar de esas vacaciones que tanto se merecía .
–Ya he vuelto. –dijo Paige al entrar y fue a dejar su bolsa en la cocina.
–Has tardado un poco, empezaba a estar preocupada.
Sí, era lógico, había tardado mucho más de lo que se esperaba y comprendía a la perfección el sentimiento que debía tener. Ella había abierto las puertas de su casa y,
encima que tenía que hacer de niñera, se lo compensaba preocupándola. Se sintió mortificada.
–Lo siento. – y lo dijo sinceramente.
–Tranquila… –y antes de poder decir algo más preguntó: –¿Quién era el chico tan guapo que te trajo a casa?
–Iam Sanders.
“NOOOOOOOOO” –su mente gritó, haciendo eco en cada recoveco de su ser, acababa de meter la pata tan profundo que temía que iban a tener que amputar porque
no iba a poder sacarla jamás.
No dejó hablar a April, chascando los dedos le selló los labios y alzó ambas manos, mostrándole las palmas a modo de son de paz.
–Tranquila, escúchame primero. Me perdí, llegué a Central Park, me robaron y él me ayudó. Luego se ofreció a llevarme a casa por que me dañé el tobillo. –tomó aire,
su corazón iba a salírsele del pecho.– Dijo de llevarme a casa y yo, obviamente, me negué, pero luego íbamos en la misma dirección y me trajo. Es un hombre muy
amable.
Dejó que April pudiera volver a andar y supo que iba a lanzársele a la yugular.
–¡¿Cómo has podido?! –bramó.
–Ap…
Ella le apuntó con un dedo acusatorio y se quedó paralizada por el miedo a la regañina que iba a caerle.
–Para empezar, NO vuelvas a usar la magia. Y, para seguir, ¿cómo has podido subir al coche de un desconocido? ¿Te has vuelto loca? Las cosas en la Tierra son
distintas a lo que tú crees.
Comenzaba a creer que la pobre humana tenía en muy poca estima a su propia especie.
–Puede que los ángeles no mientan pero aquí los humanos sí. Mienten, secuestran, violan y descuartizan.
Una arcada le hizo sentir que la bilis le quemaba la garganta, tal vez era por el miedo de pensar de que Iam no fuera de fiar. Ella había visto en él la bondad suficiente
como para saber que no iba a dañarla. Tal vez April tenía razón, era demasiada confiada de los demás.
Avergonzada juntó las manos sobre sus piernas y miró al suelo, sí, aquella mujer tenía razón.
–Lo siento, simplemente vi que era un alma buena y dulce y pensé que no me iba a hacer daño.
–Cariño, siento haberte gritado. Aquí hay humanos muy crueles y Cupido se moriría si te ocurriera algo malo.
Oh.
Cierto.
Cupido se apenaría mucho si alguien conseguía hacerle daño. Entonces pensó en lo que podía haber ocurrido y supo que había hecho mal. La humana tenía razón.
–Lo lamento de corazón.
–No te preocupes.
Él había sido tan amable que no había pensado que podía tratarse de alguien peligroso.
April la ayudó a tomar asiento en el sofá y poner su tobillo lastimado en alto. Paige no pudo evitar dejar salir un gemido de alivio y un profundo suspiro. Sí, aquello
sí que era gloria.
–Prepararé la cena, tú descansa.
–Gracias.
La escuchó marcharse y cerró los ojos para tomar aire profundamente, quiso abrirlos pero éstos se negaron. Luchó contra el sueño con garras y dientes pero la partida
ya estaba ganada, sucumbió en los brazos de Morfeo.
–Paige, la cena ya está lista, luego unas copas y a bailar.
April entró al comedor y se la encontró durmiendo en el sofá plácidamente. Pobre angelito, estaba tan cansada que no había resistido. Demasiadas emociones para un
único día.
–Descansa cariño.
Capítulo 10
–He estado hablando con April. –comentó Destino tomando asiento ante el acuario de su despacho.
Estaba extrañando a la pequeña Paige y hacía menos de un día que se había marchado. Pensar en los días que le quedaban le provocaban un nudo en el estómago,
quería a su ayudante de vuelta.
–¿Cómo está?
–Cansada, dormida y feliz. Incluso hizo amistad con, palabras textuales de April, un hombre muy apuesto.
Sonrió al pensar en su niña en la Tierra, estaba seguro que todos la miraban con ambición, ella atraía las miradas aunque no se diera cuenta. Así que ¿había estado
haciendo amigos? Se sentía orgulloso.
–Me alegro. Y eso que sólo lleva un día.
–Volverá muy cambiada y con energías renovadas.
Las palabras de Destino le hirieron más de lo que había calculado, la había enviado por unos motivos concretos y no quería que la esencia de aquella joven se perdiera
por el camino. Iba a estar atento de sus pasos para cuidarla de todos los males que podía acarrearle su mundo.
–Ya salió… –susurró Destino.
Lo encaró y comprobó que su socio parecía molesto. Frunció el ceño pensando los por qué y no los encontró.
–¿Qué?
–Ya salió Papá Oso de la cueva.
Cupido enarcó una ceja, seguramente su amigo estaba perdiendo la cabeza. Sí, ya eran muchos años y era de esperar que la mente de le perdiera, lo compadeció.
–¡No me mires como si estuviera loco! –exclamó.– Siempre eres muy protector con

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