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Bajo el cielo de Provenza – Cathryn de Bourgh

Bajo el cielo de Provenza – Cathryn de Bourgh

Bajo el cielo de Provenza – Cathryn de Bourgh

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El barón Philippe Montnoire
recorría sus tierras a caballo cuando vio
a una joven rubia con el cabello como el
oro, tan hermosa que la visión de su
estampa era tan dolorosa y sublime
como los rayos del sol y debió cerrar
los ojos encandilado por la belleza de la
doncella. Caminaba con suavidad y era
tan bella que se acercó intrigado,

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y
fascinado por la visión de la hermosa
criatura que vivía en sus tierras. Detuvo
su caballo al instante y preguntó a sus
hombres quién era; pues nunca la había
visto antes, mientras notaba que recogía
uvas y sonreía bromeando con otras
jóvenes menos bonitas.
—Es la hija de Jean el tuerto mi
señor—respondieron sus escuderos.
El barón sonrió embelesado y se
acercó aún más a la joven descubriendo
que tenía unos bellos ojos verdes y era
hermosa como una princesa: toda ella lo
era, perfecta, suave, su cuerpo esbelto y
las suaves formas delataban que ya no
era una chiquilla sino una joven mujer.
Su vestido sencillo y ligero delataba sus
pechos llenos y redondos y más hacia
atrás sus nalgas redondas y paradas.
Entonces la joven Agnes lo vio a
él, a su señor de Montnoire y se inclinó
ante él respetuosa. “Tan bella y educada
y es sólo una campesina” pensó el
caballero.
—¿Qué edad tienes, muchacha?
—le preguntó.
—Quince, señor—respondió
ella con voz dulce y la mirada baja,
sonrojándose ante la mirada del
caballero.
No era la primera vez que uno de
ellos la miraba y por esa razón sus
padres la mantenían alejada de la faena
del campo y planeaban casarla pronto
con el hijo del molinero, un viejo amigo
de infancia.
Una de las mujeres se acercó
llamando a la joven para alejarla del
barón, no era prudente que el caballero
se encaprichara con Agnes, sabía qué
resultaría de todo eso y su hija debía
casarse pronto. El padre del actual
señor de Montnoire barón era un hombre
de cuidado que no dejaba de perseguir
doncellas y se decía era el padre de
muchos niños en la comarca. Su hijo
Philippe estaba casado y había sido
cruzado en la última cruzada del rey
santo pero… No parecía un malvado y
sin embargo no dejaba de mirar a la
joven, completamente embelesado por
su belleza.
—¿Y cómo os llamáis, hermosa?
—insistió él.
La jovencita se sonrojó, conocía
al señor de esas tierras pero él nunca se
había acercado a hablarle ni la había
mirado como lo hacía ahora; como si la
viera por primera vez.
—Agnes señor—su voz era
como un susurro y él vio sus labios
llenos en esa carita hermosa y redonda
de mejillas llenas.
El barón sonrió y pensó que el
mundo era injusto, su esposa no era así
de bella, por el contrario; era muy gorda
y siempre estaba malhumorada. Pero
siempre supo que debía desposarla así
que cuando llegó el momento tomó
coraje y la desposó, desvirgó y esperaba
que estuviera encinta pronto para no
tener que volver a tocarla nunca más.
En cambio a esa joven… Pues
sintió que deberían atarlo para que no la
hiciera suya todo el tiempo si fuera su
esposa… Pero ningún caballero
desposaba a una campesina, aunque esta
fuera hermosa y él lo sabía.
Agnes regresó a sus quehaceres
pensando en el guapo caballero que se
había detenido a mirarla embelesado;
era el señor del castillo y era muy
apuesto; con su cabello oscuro y sus
ojos castaños de mirar profundo, alto,
fornido como todo un caballero de linaje
e intensamente viril, “muy hombre” se
dijo ella porque no se le ocurrió una
palabra mejor para describirle… Había
algo distinto en esos hombres, no eran
como los campesinos que siempre olían
mal y maldecían a diestra y siniestra:
esos gentileshombres olían a caballo, a
cuero y eran muy atentos con las damas
o eso había observado ella.
Pasaron los días y ella había
olvidado ese encuentro cuando de
pronto lo vio en el bosque, cerca de su
casa. La joven se encontraba recogiendo
manzanas con sus hermanas y él se
acercó a saludarla, quería verla. No la
había olvidado y la doncella se sonrojó
intensamente deseando escapar.
—Deja esas manzanas
muchachas—le ordenó él y le hizo señas
de que se acercara.
La jovencita se acercó sonrojada
y temblorosa, la presencia de ese
caballero la turbaba y no sabía bien por
qué.
—Eres hermosa—insistió él
tomando sus manos y ese simple
contacto la hizo estremecer y retroceder.
Tuvo la sensación de que quería
besarla, tocarla, y sentir eso le dio
mucho miedo, por eso corrió con todas
sus fuerzas dejando el canasto con las
manzanas mientras sus hermanas reían
divertidas por la escena.
El siguiente encuentro fue mucho
más comprometido…
La jovencita se bañaba desnuda
en un estanque con sus hermanas; luego
de soportar un largo día de calor y
trabajo, cuando él apareció y la vio.
Parecía una sirena, una ninfa del bosque
y sus pechos pequeños y su vientre… y
las piernas delgadas, todo era tan
perfecto y delicado.
Cuando Agnes vio a su señor se
escondió entre sus regordetas hermanas
y entre todas la ayudaron a cubrirse.
¡Qué vergüenza ser vista por el señor
barón sin su ropa, nadando en el lago!
Sus hermanas rieron divertidas
pero la pobre estaba roja. El caballero
no dejaba de mirarla y le ordenó:
—Agnes ven aquí, sal del agua
ahora muchacha—mientras decía estas
palabras sentía como su vara despertaba
ante la visión del cuerpo desnudo de la
hermosa doncella.
Ella se quedó dónde estaba tiesa,
escondida entre sus hermanas mientras
rogaba a la mayor que fuera por sus
ropas.
—No puedo señor, mis ropas,
están allí—dijo al fin.
Él se enojó ante la
desobediencia de la muchacha y ordenó
a sus hermanas que dejaran de cubrirla,
pues él deseaba conversar con ella y lo
haría vestida o desnuda.
Sus hermanas obedecieron
asustadas y casi empujaron a la chicuela
desnuda y mojada hacia el barón de
Montnoire que la observó con verdadero
deleite y deseo sensual. Era preciosa,
tan blanca y sus pechos tenían los
pezones rosados como las doncellas
rubias, y estaban duros… Mientras que
sus senos se veían más grandes y
redondos, como sus caderas bien
formadas y su sexo, cubierto de bello
rubio era un triángulo pequeñito y se
veía algo indefenso mientras la
jovencita se cubría y derramaba
abundantes lágrimas al tener que
exhibirse así frente a su señor.
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