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Bajo la luz En la oscuridad II Parte 1 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II  Parte 1 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 1 – Kattie Black

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dramatiza mucho con esto de que te
gusten los tíos, salir del armario y todo
ese rollo. Ya que a mí me ha tocado el
puto lado bueno de la vida, intento
tomármelo bien.
A ver, no me entendáis mal. Lo que
quiero decir es que yo soy un
privilegiado con esto. A mí no me han
echado de mi casa, ni del trabajo, ni me
van a ahorcar, ni ninguna mierda así.
Hay países en los que por ser marica te
cortan el cuello, ¿no? A eso me refiero.
Me ha tocado una vida fácil, así que lo
digo claramente: soy marica. Y punto.
Cuando se lo conté a mis padres
reaccionaron bien, pero eso no me
sorprendió. Mis padres son guays, en el
mejor y peor de los sentidos, ¿ok? Son
unos progres a los que les gusta parecer
modernos, pero también son unos
cabezas locas y están un poco
obsesionados con el sueño americano.
Solo un poco. Siempre están
emprendiendo negocios, negocios que
les salen de puta pena. Mi madre tiene
un restaurante vegano que hasta hace
poco, tragaba más dinero del que
producía, y mi padre es especulador en
bolsa. Eso es un trabajo, sí. Qué te
parece. Así que, parte de lo que gano
como bajista en Masters of Darkness lo
dedico a llenar sus agujeros y a impedir
que se arruinen. Mi hermano John
trabaja en una oficina, al menos él no se
pasa la vida chupando del bote. Y
de hecho, está un poco enfadado
conmigo porque doy dinero a nuestros
padres. «Así nunca van a madurar»,
suele decirme. Pero a mí me da igual si
maduran o no, yo solo quiero que sean
felices. En cuanto a Lily, mi hermana
pequeña, ella es como yo y va a su bola.
Ahora se ha cambiado de carrera,
estudia periodismo en la universidad.
Dice que el futuro está en ser blogger.
Ni puta idea, la verdad.
En fin, que me voy del tema. Mis
padres son guays, así que cuando fui a
casa a cenar para Acción de Gracias,
aproveché para llevarme conmigo a
Grimm —que en realidad se llama Evan
y es mi novio—, y presentárselo. Ya les
había avisado de que estaba saliendo
con un tío, de modo que el recibimiento
fue de lo más natural. Le trataron como
si fuera uno más, aunque nadie preguntó
cómo nos habíamos conocido y toda esa
clase de mierdas que se supone que se
preguntan en estas ocasiones. Creo que
les daba miedo la respuesta. Como si les
fuera a decir algo incómodo. «Pues
mira, mamá, nos conocimos en un cuarto
oscuro. Alguien me estaba comiendo la
polla y al mirar hacia abajo vi sus
preciosos ojos y me enamoré». Estaría
bien, ¿eh? Buena anécdota para la cena
familiar.
Mis padres son unos snobs, así que
les fue muy bien con Grimm. Él no es
snob, pero es un tío con clase. Puede
parecer raro. Es decir, cuando le ves en
las portadas de Masters o en las
sesiones de fotos, no piensas eso, ¿ok?
Piensas: es un gótico. Pero debajo de su
fachada de gótico sexy, hay un tío finolis
que encaja a la perfección en cualquier
familia pija de California… como la
mía. O más bien, como la mía pretende
ser.
Mi madre y Grimm se cayeron de
maravilla. Hablaron de arte, de música,
de cine y de un montón de cosas
mientras yo me mantenía al margen.
—¿Y has estudiado música en el
Conservatorio? Eso es fantástico —
decía mi madre, con la cara apoyada en
la mano, toda fascinada—. Chris nunca
ha querido estudiar, ¿sabes? Una
lástima.
Grimm me miró de reojo y yo hice
una mueca, pasando del tema. Pero mi
madre siguió.
—Me da igual la cara que pongas,
Chris, es la verdad. Tú no eres ningún
estúpido, no eres menos inteligente que
tus hermanos. Si al menos tuvieras un
poco de disciplina…
—Deja en paz al chico, Susan —
intervino mi padre—. No es que le vaya
mal en la vida, precisamente.
—Y tengo disciplina —puntualicé
yo—. ¿O crees que estar en un grupo
como Masters of Darkness no exige
disciplina?

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—Y cuando eso del grupo se acabe,
¿qué, eh? ¿Acaso tienen subsidio los
músicos? No puedes estar toda la vida
así, tendrás que…
—Si alguna vez tengo que dejar la
música, volveré al taller.
—¡No me hables de ese horrible
taller! —Mi madre se cubrió la cara con
las manos.
Mis hermanos me miraron con cara
de circunstancias y yo me encogí de
hombros.
El «horrible taller» era un taller de
motos de alta gama, pero vale. Para ella,
eso era el infierno del proletariado.
—Esa lámina de Klimt es preciosa,
señora Hallman —intervino Grimm
cambiando de tema—.
¿Dónde la ha comprado?
—¡Oh! ¿Te gusta? La compré en el
D’Orsay, James y yo estuvimos en París
hace un par de años…
Y así toda la noche. Ya os digo, con
mis padres fue bien. Mis hermanos se lo
tomaron con naturalidad: John pasó del
tema y Lily no paraba de mirarnos con
ojos brillantes, soltar risitas tontas y
preguntarme cosas al oído. En cuanto a
mi novio… pensaba que lo iba a pasar
peor, pero estuvo muy tranquilo y casi
diría que cómodo.
Sin embargo, cuando regresamos a
casa, Grimm no estaba contento.
Estábamos en el avión y él fingía leer
mientras hablábamos. Yo no fingía nada.
A mí no se me da bien.
No es nada fácil adivinar qué piensa
Grimm, así que casi tengo que contratar
a un puto detective para averiguar qué
mosca le había picado. Al fin, tras
varias tentativas y muchos fracasos, se
dignó a revelarme el gran secreto.
—Pensaba que ibas a presentarme a
tus amigos.
—Y te los presenté.
—No me refiero a eso.
Volví a repasar todo lo ocurrido en
Los Ángeles y al fin comprendí cuál era
el problema. La noche después de
Acción de Gracias, habíamos salido por
ahí con mis colegas del barrio. Yo les
había dicho que Grimm era mi amigo, y
había evitado el contacto físico.
Pero es que mis colegas no son
como mis padres… y además, ahora
apenas nos vemos, no es algo que
pueda… en fin. No sabía cómo hacerlo.
Me preocupaba que se lo tomaran de
forma extraña.
Vale, no soy tan valiente, ¿ok? Es
verdad que no he nacido en un país
donde por ser marica te vayan a ahorcar,
y que no voy a perder mi trabajo, pero
algunas cosas… bueno, algunas cosas
cuestan un poco.
Así que se lo expliqué a Grimm y me
disculpé, como hago siempre que la
cago. Y aunque aceptó mis disculpas,
estuvo triste unos días. No me hizo
reproches, pero yo sabía que se sentía
mal. Y es algo que no puedo soportar.
De modo que quedé con mis colegas
para una conversación por Skype, les
reuní a todos, les dije que era marica,
que el tío que había llevado a casa en
Acción de Gracias era mi novio y… ya
está. Hubo risas y se metieron conmigo
porque son así de idiotas. Pero nada
más. Luego se lo dije a Grimm y le
pareció bien, aunque me preguntó por
qué no lo había hecho con él delante.
—Son un poco capullos. Hacen
bromas, y de las que a ti no te hacen
gracia.
Lo entendió, y dejó de estar triste.
Grimm es un tipo complicado. No es
una persona fácil de descifrar, es muy
sensible, y un poco inseguro. Pero eso
no me parecen defectos, todo lo
contrario. Precisamente por ser como es,
me tiene loco. Jodidamente loco. Yo era
hetero antes de conocerle, ¿ok? Jamás
me había gustado un tío.
Nunca. Pero él… dios, no sé qué
tiene, que me deja fuera de combate.
Nunca sé qué está pensando.
Eso es una mierda cuando
discutimos, pero el resto del tiempo es
fascinante. Su coco va a 64 bits y el mío
a 32. Sus emociones están en 256
colores, las mías en 16. Me alucina. Y
su forma de hablar… Es como un
príncipe disfrazado de gótico. Apenas
utiliza tacos, y eso, después de años en
Masters of Darkness, es para darle un
premio. También usa palabras como
«procastinar», «astenia» o
«deslustrado», que me dejan
flipando. Y la música… le gusta toda la
música, y es capaz de tocar cualquier
cosa en el piano. Y, claro, está el asunto
del sexo.
El sexo con Grimm es simplemente
épico.
He tenido buenos polvos en mi vida,
las cosas como son. Siempre me ha
gustado follar, y lo he hecho todo lo que
he podido. Incluso puede que estuviera
un poco obsesionado con el tema, pero
no de forma especial, sino igual que lo
estoy con todo. Una noche fuera
significaba beber mucho y follar mucho,
esos eran los objetivos, y trabajaba con
ahínco para conseguirlo. No me costaba
demasiado. Ni lo de beber, ni lo de
follar. A las tías les gusto, por eso de
que estoy un poco perturbado y a ellas
les va mi rollo, así que no me resulta un
reto llevármelas a la cama. Pero ninguna
mujer me ha puesto nunca tan animal
como me pone Grimm.
Me pone en celo. No es broma.
Es que no le hace falta nada.
A veces, me mira de forma sexy, o
pasa por mi lado y me toca así, como
por casualidad, o pone la voz más
suave… y me empalmo. Sin más.
Al principio la cosa era bastante
bestia, por eso empecé a darme cuenta
de que Grimm me gustaba. Me la ponía
tonta con cualquier cosa. Pero ahora ha
ido a peor. A veces me pone tan malo
que se me va la cabeza, y acabo
arrastrándole a cualquier parte para
hacerlo. Luego me siento mal, como si
fuera un cerdo salido. Puede que lo sea.
Pero Grimm nunca se pone triste ni
parece molesto por esas cosas, así que
supongo que a él debe gustarle también
que sea como soy.
O eso espero.
Meses después, todavía no termino
de entender a mi novio, por muy novios
que seamos. Pero últimamente no he
tenido mucho tiempo para preocuparme
por eso.
Grimm y yo trabajamos juntos en
Masters of Darkness. Él es el teclista y
yo toco el bajo. Hace poco, nuestro
amado líder, Crowley, se ha tomado
unos meses de baja por paternidad. Él y
Alexandra han tenido un bebé y quiere
ocuparse de su familia. Es normal. Así
que me ha dejado a mí a cargo del
tinglado. A mí. Cuando me lo propuso,
debí poner cara de susto o algo, porque
dijo:—
¿Qué pasa, no quieres?
—Sí, sí. No es eso. Es que no me lo
esperaba.
Crowley se encogió de hombros.
—Si no te va el rollo se lo puedo
proponer a Demona, pero sé que a ti se
te va a dar bien.
—¿Tú crees? Joder… la verdad es
que no sé por dónde empezar. Una cosa
es encargarme de los ensayos un día o
dos, pero…
—Solo hace falta que tengas
iniciativa, y eso ya lo tienes. Para todo
lo demás, ellos te ayudarán.
En serio, no te rayes. Verás como no
es para tanto.
Tenía razón… en parte. El tema de
los ensayos no es para tanto y es cierto
que es trabajo de equipo más que nada.
De hecho, ahora que Crowley no está,
trabajamos más en equipo que antes, y
las cosas salen muy naturales. Pero la
parte administrativa de llevar un grupo
de música como Masters of Darkness no
solo es un puto coñazo sino que lleva
más tiempo del que esperaba. Hay una
gestoría y un despacho de abogados que
se encargan de lo gordo, pero sigue
habiendo papeles para firmar, cheques
que entregar, sellos que poner… un puto
coñazo. Y no quería cagarla, así que me
concentré a tope en el trabajo.
—Tómatelo con calma —me dijo
Grimm un día con cara de preocupación
—. Me parece que esto te está
sobrepasando un poco.
No lo entendí bien. Él lo decía
porque me lo estaba tomando demasiado
en serio, tensándome mucho y todo eso.
Pero yo lo interpreté como un desafío.
—No me está sobrepasando. Puedo
hacerlo.
Dos días después, la cagué al pagar
un contrato de publicidad y tuve un
problema importante con las cuentas.
Tuve que reponer dinero de mi bolsillo.
No es que me fuera a arruinar, por suerte
tengo ahorros, pero me sentí bastante
agobiado. Nos reunimos los cuatro y
decidimos tomarnos todos unas
vacaciones.
—Los ensayos van muy bien,
estamos avanzando mucho y tenemos el
programa controlado.
Podemos irnos un mes —dijo
Demona—. Sí, podemos irnos
perfectamente. No habrá problemas.
—¿Estáis seguros? —les pregunté
yo.
Ya había tenido líos con la agencia
de publicidad, no quería tenerlos
también con Crowley.
—La verdad es que todos lo
necesitamos.
—Sí, me parece guay, pero ¿quién se
lo va a decir al jefe?
Ash me dio unas palmadas en el
hombro.
—No te preocupes, tío. De eso nos
encargamos nosotros.
Así que lo dejé en sus manos, y así
estamos ahora.
Es nuestro primer día de vacaciones
y lo he celebrado de la manera en que lo
celebro todo últimamente: quedándome
a pasar la noche con Grimm.
Él se ha levantado hace un rato y
oigo el agua correr en la ducha. Yo
todavía estoy en la cama. No me gusta
levantarme temprano. Y las doce de la
mañana, para mí es temprano. A ver, yo
madrugo cuando tengo obligaciones,
claro, joder. Como todo el mundo, ¿ok?
Pero si no hay curro, me quedo en la
cama hasta que ya no puedo más.
Sobre la mesita está la caja de
condones, el bote de lubricante y el
cenicero con dos colillas. Me he
encendido un cigarro, así que pronto
serán tres. Grimm no deja fumar a nadie
en su casa, menos aún en su cuarto. Pero
yo soy especial, je. Yo sí puedo. Es un
privilegio.
Estoy fumando en silencio y
pensando en las guarradas que hicimos
anoche, sopesando la idea de entrar en
la ducha y repetirlo. La verdad es que
estaría bien. Me imagino su voz. Sus
gemidos haciendo eco en el estrecho
espacio, entre las paredes de cristal. Su
cuerpo mojado.
Y ya estoy empalmado otra vez.
—Oye, Chris… —Oigo sus pasos,
la puerta abriéndose, y de pronto me
siento avergonzado.
Joder. Va a pensar que soy un
salido. Bueno, es que soy un salido.
Bah. Me pongo un cojín encima del
vientre para disimular la erección y
cuando aparece, con una toalla atada a
la cintura, le miro con fingida
tranquilidad. ¿Quién está cachondo
aquí? Nadie—. Chris, he estado
pensando… ¿qué te parecería hacer un
viaje? Ahora que estamos de
vacaciones, podríamos… ya sabes, ir a
alguna parte.
Levanto las cejas.
—Claro. Me parece una idea
cojonuda.
Me mira con desconfianza. Está
raro, un poco introvertido. Más de lo
normal. Y se tapa demasiado. No hacía
falta que saliera con la toalla. Se apoya
en el marco de la puerta, se muerde el
labio inferior.
—Me… me refiero a viajar tú y yo,
solos.—
Ya, lo había entendido.
—¿Y de verdad tienes ganas?
Se me escapa una risa.
—¿Pero qué te pasa? Claro que sí.
¿Por qué no iba a tener ganas? —Dejo el
cigarro en el cenicero y le tiendo la
mano. Cuando se acerca, reticente, le
agarro de la muñeca y tiro hacia mí. Está
mojado, huele a jabón. Me vuelve
loco. Nunca me había sentido así por
nadie, y que parezca no tener fin es más
flipante todavía. Le sujeto la cara entre
mis manos y le miro fijamente—. No hay
nada que me guste más que estar contigo.
***
Las cosas están yendo bien. Me lo
repito mucho, y no es que sea una
mentira, pero es como si necesitara
convencerme constantemente de ello.
Las cosas están yendo bien, sí. Muchas
cosas han cambiado, incluso yo mismo.
No soy el mismo Evan Dwight de hace
unos meses, y eso es evidente, al menos
para mí.
No es que mi vida haya cambiado
sustancialmente. Sigo siendo el teclista
de Masters of Darkness, sigo
perfeccionándome y trabajando duro y
también sigo dando clases a algunos
viejos amigos en mi casa, pero las cosas
han cambiado. Es como si un peso del
que no era consciente se hubiera
retirado de mi pecho. Antes no me daba
cuenta, pero vivía con la continua
presión de creer que me juzgarían si
averiguaban cómo soy realmente. Todo
eso sucedía en mi cabeza: ahí mis
amigos comenzaban a tratarme diferente
cuando se enteraban, mi madre se
preocupaba por la clase de vida que
llevaría, los medios se olvidarían de mi
profesión y pasaría a ser más conocido
por el hecho de ser gay. Pero cuando al
fin di el paso, empujado en parte por la
naturalidad con la que Draven lo había
hecho, nada de eso ocurrió. No dimos
ninguna rueda de prensa ni hicimos
ningún comunicado a los medios, pero
yo ya no rehuía del contacto con él en
público, no hacía nada por disimular
miradas ni escondía la naturaleza de
nuestra relación. De hecho, descubrí que
muchos de nuestros fans ya daban por
sentado que yo era gay, y si no lo daban
por sentado, lo imaginaban. Había tantos
fanfics sobre los componentes de
Masters of Darkness montándoselo entre
sí que si hubiéramos publicado la
noticia en exclusiva en alguna revista a
nadie le habría sorprendido. Lo raro,
debían pensar, era que en un grupo así
alguien fuera meramente heterosexual.
En cuanto a mi madre, se lo dije por
teléfono, antes de ir a visitarla en
navidades. Ella suspiró con alivio y la
imaginé sonriendo con su gesto
comprensivo.
—Imaginaba que era algo así por lo
que nunca me has hablado de tus parejas
—dijo—. No fingiré que me sorprende.
—¿Ya lo sabías?
—Una madre sabe esas cosas, Evan.
Pero quería que fueras tú el que me lo
dijera.
Me sentí muy estúpido en ese
momento. ¿Por qué había ocultado una
parte de mí a mi familia? Mi madre
jamás me habría rechazado, no quería
preocuparla, pero en ese instante entendí
que la había preocupado mucho más al
no hacerla partícipe de ello. En
cualquier caso, nadie había sido tan
importante en mi vida como para que yo
deseara cruzar esa barrera, y lo hice con
Chris. No diré que no tuve miedo, tuve
muchísimo miedo a que Chris no le
cayera bien a mi madre, o a mi hermana
mayor. Ellas son muy educadas, nunca
dicen tacos y mi madre siempre pone
una mueca cuando se me escapa alguno
delante de ella, pero Chris se esforzó
mucho en la cena de Navidad. Cuando le
vi aparecer con el pelo recogido,
perfectamente peinado, sentí como algo
se derretía dentro de mí.
Hasta se había puesto una camisa.
Me sentí blando y estúpido como un oso
de peluche, y me enamoré
más del maldito Draven, que era
capaz de hacer algo así por mí.
La cena fue mejor de lo que había
imaginado, y todos mis miedos e
inseguridades se fueron al garete. Chris
estuvo relajado y se convirtió en el alma
de la fiesta… la verdad es que hizo reír
mucho a mi madre con sus ocurrencias e
incluso mi hermana, que es algo más
dura, acabó riéndose y contribuyendo al
ambiente. Bebimos y comimos tanto
como pudimos, mi madre me avergonzó
contándole anécdotas de cuando yo era
pequeño, y mi hermana le hizo un
interrogatorio muy elegante, que casi ni
se notó.
Con los amigos, las cosas habían
seguido igual. Chris había sido reticente
en presentarme a su grupo más cercano
allí en California, pero acabé
entendiendo que no quería que me
ofendieran con sus bromas. Sé que lo
habrían hecho, y en el fondo agradezco
que me evite esas situaciones, porque
acabaría siendo un rancio con sus
colegas porque me parecerían gilipollas,
y no quiero tener esa visión de su gente.
En cuanto a los demás, resulta que nadie
se sorprendió. El único que vivía en un
engaño era yo, el resto del mundo
imaginaba la situación y la aceptaba de
sobra. A nadie le importaba. Al fin y al
cabo ¿por qué iba a hacerlo? Que
saliera del armario no cambiaba nada,
no me cambiaba a mí, y por eso todos
mis miedos siempre habían sido
infundados: tenía la fortuna de vivir en
un entorno tolerante que me ponía las
cosas fáciles, y lo había estado
desaprovechando toda la vida, como un
idiota, por mis comidas de tarro.
Así que… las cosas, bien. Supongo.
Sí, van bien. Chris tiene esos gestos que
me desmontan por completo, como lo de
ponerse una camisa para ir a ver a mi
madre, o meterle cortes a los imbéciles
que sueltan cualquier chorrada sobre
maricas delante de mí —y no son
nuestros amigos—, o sorprenderme con
regalos inesperados que ni siquiera le
había comentado que quería. Me pone
las cosas fáciles en muchos sentidos y a
veces siento que no necesito hablar para
que me comprenda…
Trabajamos bien juntos, y apenas
hemos discutido desde que las cosas se
encauzaron, y eso teniendo en cuenta el
tiempo que Chris pasa en mi casa, es
todo un logro. Soy muy celoso de mi
espacio. Me gusta tener intimidad, pero
no me siento incómodo cuando él está en
mi casa. No me importa que pasemos
días sin salir, me gusta su presencia, y
me gusta que respete cuando necesito
estar solo. Él tampoco es agobiante, así
que no hay problemas. Y aunque le haya
permitido romper algunas normas, tiene
más miramientos conmigo de lo que le
he visto tener con nadie. Así que las
cosas bien… pero no puedo evitar
pensar que no es del todo cierto, que con
esto no es suficiente. Que nos falta algo.
Y esa sensación lleva semanas
acribillándome las sienes.
Me he pasado un buen rato debajo
del chorro del agua caliente dándole
vueltas al tema. Necesito pensar con
claridad, y a veces se me hace muy
difícil cuando Chris está cerca. No he
dejado de repetirme los pasos a seguir
en mi cabeza, cómo debía encauzar el
diálogo, cómo plantearle lo que quería y
tantear las posibilidades, pero no es
nada fácil. Cuando salgo del baño y
empezamos a hablar, solo con verle en
la cama, despeinado y mirándome…
«No hay nada que me guste más que
estar contigo», dice, y tira de mí y me
mira con esos ojos de lobo hasta que el
calor me trepa desde el vientre y me
nubla el pensamiento.
—No digas cosas que no sientes —
le reprocho aún así.
—Y tú no digas tonterías.
Acerca su rostro al mío, poniendo a
prueba mi voluntad.
Siempre es así con él. Nunca antes
me había pasado esto, y no es el primer
tío con el que estoy, pero no soy una
persona a la que le guste perder el
control de la situación, y Chris siempre
consigue que lo pierda. Por eso no
quería acercarme a él, pero lo he hecho,
y todo él huele a sexo, a tabaco… a
cosas primarias y salvajes que me erizan
la piel. Mi mente se llena con las
imágenes de lo que hicimos anoche, y mi
cuerpo comienza a reaccionar, aunque
yo no quiera. Tengo que poner todo mi
empeño en no cerrar los ojos y besarle,
y dejarme llevar por lo que tengo ganas
de hacer. No entiendo cómo puedo
sentirme tan hambriento.
Y es que el sexo con Chris es algo
para lo que aún no he conseguido
palabras que puedan definirlo. Intenso
es quedarse corto, excitante apenas lo
describe, animal, frenético, ardiente o
carnal podrían acercarse. Nunca me ha
gustado abusar de nada, nunca he sido
adicto a nada, pero empieza a
preocuparme que lo sea a esto, a él, a
esa caída vertiginosa cuando me arrastra
en el momento más insospechado y todo
mi cuerpo entra en revolución… y a mi
mente le da igual todo. Somos la pareja
perfecta en la cama, es como si Dios nos
hubiera hecho para eso, como si a él le
hubiera dado el poder de entrar en mi
mente y cumplir uno por uno los deseos
más inconfesables, como si a mí me
hubiera dado la magia de hipnotizarle,
de domar a la bestia que habita en su
corazón. Y joder… es maravilloso,
supongo. Algo tan intenso, algo para lo
que ni siquiera tengo palabras, debe ser
maravilloso, debería bastarme y
convencerme de que las cosas marchan
bien. Pero no es así. La química es
perfecta, pero la química no basta en una
relación, ¿no? La química en algún
momento se agota, la reacción deja de
producirse y ya no hay fuego, no hay
nada si el combustible solo ha sido ese
impulso animal. Y cada vez es más
evidente que entre Chris y yo solo hay
eso. Química, sexo… carne y sudor,
cuerpos desnudos y pasión desatada.
«Céntrate, Evan», me recrimino. Se
me está yendo la cabeza. A pesar de lo
amargos que me saben estos
pensamientos, ni siquiera con esta
sospecha revoloteando por mi mente soy
capaz de controlar los impulsos de mi
cuerpo.
«No hay nada que me guste más que
estar contigo», y es evidente. Como no
he caído en sus redes, es él quien se
incorpora y me besa con descaro. Su
lengua sabe amarga, aún hay restos de
humo en su boca, y aunque os parezca
extraño, su sabor acucia la excitación
que ya tengo a flor de piel. Le empujo
con suavidad sobre la cama, con una
sola mano, y respondo al beso
lentamente, intentando que el fuego no se
extienda.
Quiero hablar. No es que no
hablemos, nos pasamos el día hablando,
cuando no trabajamos o no estamos
liándonos como desesperados, pero
solemos hablar de música casi
constantemente. No me desagrada, me
apasiona la música, y Chris sabe mucho
de música aunque no tenga
conocimientos académicos, pero es una
enciclopedia, no hay grupo o estilo que
no conozca y hay pocas cosas que le
disgusten de verdad… y bien, compartir
nuestra pasión está bien, pero en
nuestras vidas hay algo más que eso.
Y esto es lo que me asusta, no tener
más cosas en común, no encontrar más
puentes que el sexo, que esta adicción
que nos transforma en brazos del otro y
hace que todo lo demás deje de
importar.
¿Pero realmente quiere estar
conmigo? ¿O es esto lo que quiere? El
éxtasis, el lenguaje de la carne y los
jadeos, del deseo que no necesita nada
más que nuestro olor, una mirada o un
gesto para hacerse insoportable.
Eso es a lo que le he estado dando
vueltas en la ducha… y lo que hace una
temporada no me deja estar del todo
tranquilo. ¿Y si no hay nada más?
A Chris le aburren las cosas que a
mí me gustan, los museos, el cine, las
escapadas para conocer ciudades sin
necesidad de acabar borrachos en
ningún garito… los conciertos de
música clásica y las exposiciones, las
charlas y los recitales de poesía. Los
viajes… Tal vez esa es la clave. Desde
que Chris decidió que nos iríamos de
vacaciones he estado pensando en ello y
tal vez es nuestra oportunidad para hacer
algo juntos que no tenga que ver con
follar, o con la música, y mucho menos
con el resto de nuestros amigos. Crear
recuerdos juntos haciendo algo que nos
guste hacer a los dos.
Me aparto de sus labios con la
respiración algo agitada. No quiero que
esto se limite al sexo, aunque me vuelva
loco y me deshaga entre sus manos.
Quiero que desee algo más de mí, que
vea algo más en mí, y necesito
asegurarme de que lo hace, de que hay
algo más.
—Pensé que tal vez preferías que
saliéramos con los demás… —le digo.
—Que les jodan. Quiero acapararte.
Si vamos con los demás tendrás que
prestar atención a más gente, y no me da
la gana.
—Ya… —Sonrío a medias y aparto
la mirada. Chris me retira un mechón
mojado de la cara y me mira con
extrañeza. ¿Habré hecho alguna mueca
de disgusto? Espero que no, no quiero
que piense que estoy mal ni nada así,
porque no lo estoy. Solo son dudas, y no
me gusta tenerlas, me hacen sentir
incómodo—. Había pensado que
podríamos aprovechar este mes para
viajar a Europa… a algún lugar que aún
no hayamos visitado, o… no de esta
manera.
—¿De esta manera?
—Sin que tenga que ver con giras ni
con las locuras de Crowley y los demás.
—Ah, de novios. ¿Me estás
proponiendo un viaje romántico?
Asiento. Él afila la sonrisa y sé que
está pensando en guarradas. Da una
calada al cigarro y suelta la bocanada de
humo. Su mirada se enturbia y yo vuelvo
a sentir cómo mi piel se eriza y se me
encoge el estómago. Es una sensación
tan parecida al hambre que a veces me
pregunto si no tendré algún tipo de
problema.
—Algo así. Así podremos hacer
cosas, visitar lugares que nos gusten…
ya sabes. Y seguro que te viene bien
para acabar de desconectar con las
cosas del grupo.
—Me encanta la idea.
—¿Sí?
—Sí, joder, claro que sí. Tú y yo
por Europa. Seguro que lo petamos.
Será épico.
Chris es transparente, y cuando
sonríe sé que le entusiasma la idea, los
ojos le brillan de esa manera especial,
como cuando se le ocurre alguna de sus
locuras y no puede evitar llevarla a
cabo. Cuando aplasta el cigarro en el
cenicero y se abalanza hacia mí dejo
caer las barreras y le beso, con el
corazón agitado y una sensación de
ligereza nueva.
El cojín que le cubría la cintura se
desliza hacia el suelo y veo el bulto bajo
la sábana. Sé que lleva cachondo desde
que he salido de la ducha, por eso me he
puesto la toalla, porque quería hablar
antes de que las cosas se salieran de
madre, pero ahora me da igual. Mientras
le beso siento una ilusión
renovada. Chris quiere viajar
conmigo, quiere hacer algo más que
follar, trabajar o hablar de música y eso
me hace sentir esperanzado, nuestra
relación no es hueca… y
paradójicamente, eso me hace tener más
ganas de arrancarle la sábana y no darle
un respiro hasta que pueda pensar de
nuevo con claridad y pueda ir a buscar
los cientos de folletos que he ido
acumulando de todos los lugares que me
gustaría visitar con él.
Meto la mano bajo las sábanas y le
agarro con un poco de ansiedad.
Empiezo a acariciarle. Le oigo gruñir,
su lengua se enreda en la mía
ansiosamente. Poco a poco, todo lo que
hay en mi cabeza empieza a arder: las
ideas y las preocupaciones se prenden
en llamas, asediadas por su sabor, el
calor de sus manos que me arrancan la
toalla y se apoderan de mi cuerpo con
insolencia. Las inseguridades
desaparecen cuando me agarra y me
aprieta contra sí. Sus dientes arañan mis
labios. Las gotas de agua que corren
todavía por mi cuerpo caen sobre su
pecho.
De pronto, la radio despertador
empieza a sonar con un estruendoso
guitarreo y levanto la cara, sobresaltado.
Él frunce el ceño. Aún tengo su pene en
la mano cuando miro sobre la mesilla,
perplejo.
—Draven, ¿habías puesto el
despertador a la una de la tarde?
—Por si acaso —gruñe,
agarrándome del pelo con suavidad para
atraerme de nuevo hacia él—.
No quería dormirme y no darte lo
tuyo… —Me he quedado tan
sorprendido que he dejado de
masturbarle, pero sus siguientes
palabras me devuelven a la ardiente
realidad—: Vamos, no te pares ahora,
nene. Que me llame así me pone
absurdamente cachondo. No sé qué
demonios es lo que están poniendo en la
radio, parece thrash metal de los
noventa. No es de mis estilos favoritos
pero a Draven le estimula; me doy
cuenta al ver la expresión sucia y
pervertida de su mirada. Sigo moviendo
la mano, obedeciendo por inercia. Él se
arquea y exhala un suspiro. No entiendo
cómo puede ser tan sexy en todo maldito
momento. Repto sobre él y abro las
piernas, colocándome sobre él y
frotándome contra su cuerpo mientras
nos besamos. Sus manos se cierran en
mi trasero con fuerza, arrancándome un
jadeo.—
¿Y qué es lo que me vas a dar? —
le pregunto a media voz, sobre su boca.
Con el roce, mi sexo también ha
despertado y empuja contra el suyo. Los
dos estamos duros y calientes y siento
cómo nuestra respiración se acelera a la
vez. Draven se escupe en la mano,
mirándome como si quisiera comerme
ahí mismo, y empieza a tocarme por
detrás con cierta rudeza.
Me arqueo y suelto una exclamación,
luego le doy un golpe con el puño en el
pecho.
—No seas tan brusco…
—Pues no me provoques.
En realidad, no me molesta lo que
hace. Al revés. Es… difícil de explicar,
y más aún de entender.
A mí no me gusta que me traten con
superioridad, nunca me he sentido
cómodo con amantes engreídos o
desconsiderados, pero lo de Draven es
algo que no puedo explicarme ni
siquiera a mí mismo. Es como si él
supiera exactamente qué es lo que
quiero de verdad y qué es lo que no,
hasta dónde puede llegar y hasta dónde
no, cómo hacer que desee más y que le
desee más… Y ese puntito arrogante me
pone más de lo que puedo admitir.
Porque además, sé que lo hace por mí y
para ponerme cachondo. En cuanto a la
rudeza, no es que sea violento o me haga
daño, nada de eso. Nunca
me hace sentir así. Su vehemencia es
fruto del deseo, y eso también me pone
muchísimo: me recuerda que le hago
perder el control. Además, nunca me ha
gustado que me traten como si pudiera
romperme en cualquier momento.
Cuando desliza un dedo en mi
interior, yo ya estoy más que listo. Le
muerdo el cuello y le agarro entre las
piernas para acariciarle más deprisa.
—Te gusta esto, ¿eh?
—Cállate…
Se ríe, mientras cojo los
preservativos y el lubricante. Me agarra
del pelo, con la otra mano ocupada en
mi trasero, y empieza a lamerme la boca
provocativamente. Yo respondo,
sofocado y lleno de necesidad. Le
quiero dentro de mí, pero su lengua me
hace pensar en una idea aún mejor.
Dejo el tubo de lubricante y los
condones sobre el colchón y me muevo
para darme la vuelta sobre él, abriendo
las piernas a ambos lados de sus
hombros y acogiendo su miembro en mi
boca. Draven gime y me agarra de las
caderas, empujándome hacia la suya y
engulléndome a su vez. La sensación me
golpea con un fuerte latigazo y pronto,
todo rastro de raciocinio desaparece de
mi mente. Su boca está ardiendo,
caliente y salvaje; me reclama. Su
lengua se enreda en mi sexo y sus labios
presionan; succiona, absorbe y me roza
con los dientes, devorándome como si
fuera un lobo alimentándose. Yo apenas
puedo hacer un buen trabajo entre los
gemidos y jadeos que me cortan el
aliento, pero lo hago lo mejor que
puedo, aplicándome con entrega.
Le siento crecer en mi boca, yo
crezco en la suya. La música me atruena
en los oídos, como si las sensaciones
desbocadas del sexo la amplificaran. De
pronto, me levanta las caderas y su
lengua me recorre hacia atrás hasta
entrar en mí. Suelto un grito y levanto la
cabeza, agarrándome a las sábanas.
Lo que está haciendo me aturde y me
deja a su merced durante unos segundos,
hasta que tengo que suplicarle que lo
deje. —Para ya… tenemos que… tienes
que… El muy descarado se ríe y me da un
azote suave en el culo.
Antes de que pueda protestar, sus
manos y su cuerpo se abalanzan sobre
mí y pronto me encuentro boca abajo en
el colchón. Él solo se las arregla para
ponerse el preservativo y luego se
entretiene provocándome con el
lubricante mientras yo me apoyo sobre
los codos y levanto las caderas,
empujando contra él, exigente.
Cuando al fin entra en mí, es más
alivio que placer. Lo necesitaba tanto…
Me agarro al cabecero,
mordiéndome los labios y abriendo bien
las piernas. Le siento a mi espalda,
como un incendio, como un maldito
tigre: caliente, salvaje, abrasador,
deslizándose lentamente en mis entrañas.
Sus dedos se clavan en mis caderas y su
pelvis se aprieta contra mi trasero
cuando se entierra por completo,
exhalando un suspiro de satisfacción.
Palpita dentro de mí, enorme, como una
barra de acero al rojo. Su boca se pega
a mi oído.
—¿Cómo quieres que te folle hoy,
nene? —me dice.
Me contraigo por dentro al oírle
hablar.
—Deprisa y fuerte —le respondo en
un susurro.
—No te oigo.
—Me has oído perfectamente.
Está tan hambriento que no me hará
repetirlo y eso me gusta. Me aferro con
fuerza a los travesaños de la cama,
elevando la grupa mientras él me monta
con furia, resollando a mi espalda,
haciéndome arder y temblar,
golpeándome por dentro y
acariciándome por fuera hasta que
pierdo el sentido y solo soy una
llamarada ardiendo entre sus manos,
danzando en su hechizo, rendido a su
ímpetu. Arqueo la espalda, empujo hacia
atrás para ir a su encuentro, y me suelto
para girarme a medias y pasarle el brazo
por el cuello, respondiendo a sus
embestidas, danzando en su sortilegio,
transformado, al igual que él, en un
animal.
Draven suda y las gotas cálidas caen
sobre mí. Me besa con vehemencia y un
hilo de saliva se queda entre los dos.
Sacamos la lengua para lamer la del otro
en el aire mientras nuestros gemidos se
funden, y cuando siento que ya no puedo
más, me dejo sostener por él hasta que
al fin, me rompo en pedazos entre sus
brazos.
Grito y suelto una maldición.
—Así… eso es… córrete para mí…
Su voz grave, embaucadora, lo hace
todo aún más intenso. Sus dedos me
pellizcan un pezón mientras yo tiemblo y
mi sexo derrama la semilla en su mano.
Mis contracciones le arrastran y su
orgasmo amplifica el mío.
Los dos nos sacudimos el uno contra
el otro, agarrándonos torpe y
desesperadamente, gimiendo cada vez
más alto, empujándonos, arañándonos,
cerrando los ojos con fuerza mientras
nos desintegramos piel contra piel.
Al cabo de un rato, cuando caemos
juntos y enredados sobre las sábanas, de
nuevo húmedas, me pregunto por qué no
podemos estar siempre así: igual de
unidos, igual de sincronizados. En
armonía.
Siendo uno.
***
Al cabo de un par de horas, cuando
estamos sentados en el salón mirando
viajes en su portátil pijo, yo ya creo
saberlo todo. Grimm estaba un poco
raro porque he estado muy liado con lo
del grupo. Tal vez no le he prestado toda
la atención necesaria. Así que intento
compensárselo. Nos pasamos un rato
haciendo click en distintos buscadores
mientras él me mira con ojos brillantes.
—No hace falta que mires los más
baratos, podemos permitírnoslo —me
recuerda.
—Pues tienes razón. Es la
costumbre.
Subo la barra de precios hasta arriba
del todo, con una risilla maliciosa.
—Bueno, eso creo… en realidad…
—Tiene un codo apoyado en mi hombro
y los folletos en la otra mano. Apenas
los hemos mirado. Grimm a veces
parece que vive todavía en el siglo
veinte, tiene
un MacBook de última generación y
no se acuerda de usarlo. No se acuerda.
¿Cómo puedes no acordarte?—. No, no
debería preguntártelo.
—Pregúntamelo.
—No es asunto mío.
—Da igual, pregunta lo que sea. No
tengo secretos para ti. Dispara.
Aparto el dedo del ratón táctil y me
giro hacia él para mirarle. A Grimm le
gusta que, cuando me va a hablar, yo le
preste toda mi atención. A veces no me
doy cuenta, pero ahora sí lo estoy
haciendo, y de pronto parece un poco
abochornado.
—No, en serio, es igual…
—Es sobre pasta, ¿verdad? Vamos.
¿Qué quieres saber? ¿En qué me la
gasto? —tanteo. Hace un gesto de
escandalizarse con los ojos, así, como
abriéndolos mucho, y sé que he dado en
el clavo. Me echo a reír—. Bueno, tengo
un fondo de pensiones para mí, otro para
cada uno de mis hermanos y otro para
mis padres. Ahí voy metiendo el dinero
que me sobra todos los meses, que suele
ser… bastante.
—¿Nunca has querido comprarte una
casa mejor, o un coche o…?
—No. Estoy acostumbrado a vivir
con poco. Y no me quejo, la verdad. Me
gusta tener una vida normal. Pero tú eres
igual, ¿no?
—Bueno…
No, es cierto. Igual, igual… no es.
Grimm tiene gustos más caros que yo. Le
gusta ir a buenos restaurantes, y aunque
conserva el coche más lamentable que
he visto jamás, tiene un casoplón. Y sé
que se gasta fortunas en coleccionismo,
sobre todo en cosas de música.
—No importa. —Hago un gesto con
la mano, ni que fuera esto una auditoría,
coño—. El caso es que, como has dicho,
nos podemos permitir hacer un viaje de
la hostia, a todo tren. Con todo incluido,
y lo que sea —insisto, volviendo a mirar
la pantalla—. ¿Qué te apetece? Podemos
ir a Niza, hay playas

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