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Bajo la luz En la oscuridad II Parte 2 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 2 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 2 – Kattie Black

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la incomodidad que había sentido al
principio se ha esfumado sin dejar
rastro. Estamos sentados en una de las
terrazas de la plaza, en la misma cumbre
del pueblo, y el calor sofocante nos ha
dado un respiro cuando el sol ha
comenzado a bajar. Aún no es de noche,
pero la brisa sopla más fresca y se
puede respirar mejor.
Es un tío agradable, y no ha vuelto a
tirarme la caña de manera descarada.
Supongo que ha entendido que no tiene
nada que hacer. Quizá si estuviera
soltero me lo pensaría, porque la verdad
es que este hombre me resulta
interesante. Es de esas personas que
siempre parecen guardarse algo más,
con un halo de misterio que, a mi pesar,
resulta atractivo una vez superada la
reticencia inicial. No es que él haga
nada por parecerlo, es algo en su forma
de mirar, en sus gestos. Y tiene tema de
conversación. Hemos estado hablando
un buen rato de arte y me ha
recomendado lugares que visitar por
aquí cerca. La charla no parece próxima
a agotarse, pues hemos ido enlazando
temas ligeros, sin tocar cuestiones
personales, por lo que he podido
distanciarme lo suficiente de la mierda
de esta mañana. Cuando pienso en ello
me da un pinchazo molesto en el
estómago, como si algo me
mordisqueara desde dentro, pero no
tengo que esforzarme demasiado para
volver a sumergirme en la conversación,
que de manera natural ha ido virando
hacia nosotros.
—Así que llevas diez años viviendo
aquí —comento distraídamente—.
Debes manejarte ya muy bien por la
zona.—
Sí. Vine escapando de la vida en
Nueva York, tuve una profunda crisis
existencial, ya sabes…
cuando te estancas llega un punto en
el que tienes que hacer algo por romper
con todo y comenzar de nuevo.
Asiento, bebiendo de la jarra de
cerveza que nos han servido.
—Bueno… la verdad es que yo soy
de costumbres —le digo—, creo que me
costaría mucho hacer algo así. ¿Y por
qué elegiste España para vivir?
—Podría decirse que en realidad me
eligió ella a mí. No vine con más
aspiraciones que las de pasar unas
vacaciones y aclarar mis ideas, pero
conocí este lugar y… lo envié todo a la
mierda, mi trabajo en Nueva York, mis
relaciones, todo. Me metí en la facultad
de Bellas Artes y estudié para ser lo que
siempre había querido ser en realidad.
—¿Pintor ambulante? —Me río por
lo bajo, mirándole con guasa.
Él sonríe a medias con ese aire
misterioso que tanto me llama la
atención.
—Un artista sin nada que le ate. No
es fácil vivir de esto, pero aquí se
necesita muy poco para ser feliz… esa
es una simple verdad que en una ciudad
como Nueva York no podía ver.
—¿Que la vida es más sencilla de lo
que nosotros pensamos?
—Eso es, exactamente.
Sonrío y aparto la mirada, pensando
en esas palabras. Tal vez tenga razón, y
todo sea más sencillo de lo que siempre
creo…
—Pero nosotros somos complejos…
nuestra mente lo es, no creo que sea tan
fácil como cortar con todo. Creo que si
yo cortase con todo me quedaría hueco.
—¿Estás satisfecho con tu vida?
Esa pregunta tan intensa me deja un
poco descolocado y de pronto me doy
cuenta de que hay muchas cosas en las
que no quiero pensar.
—Sí… claro que sí.
—Pues no me lo parecías a la orilla
del mar.
—Solo estaba pensativo. He tenido
una discusión con mi pareja y…
—Ah, ¿tienes pareja?
—Sí, hemos venido de vacaciones.
Suelta una risa suave y me mira. No
lleva las gafas de sol, y con esta luz
parece que tiene los ojos de un azul más
profundo. Cuando me mira de esa
manera me vuelvo a sentir inquieto.
Preferiría que no fuera atractivo, la
verdad.
—¿Y dónde está él?
—¿Por qué das por sentado que es
un hombre? —le digo con suspicacia. Él
alza una ceja, como si la respuesta fuera
evidente. Bueno, un hetero seguramente
no habría reaccionado como yo ante un
intento de ligoteo tan descarado como el
de esta mañana. Suspiro—. No sé, yo
me fui a dar una vuelta por mi cuenta.
Imagino que estará haciendo lo mismo.
Necesitábamos estar solos.
—Entiendo.
Recuerdo cómo se marchó sin mirar
atrás, pasando de mí. Le hice reproches,
y Draven odia que le hagan reproches…
A él nunca le importa dejar a la gente
con la palabra en la boca, y menos aún
en situaciones así, pero lo cierto es que
me ha dolido.
—No es que nos vaya mal ni nada de
eso —digo como si tuviera que justificar
algo—, pero somos bastante diferentes.
Cosas que pasan, no tiene importancia.
—¿Me lo estás diciendo a mí o te lo
dices a ti mismo?
No puedo evitar una media sonrisa
amarga. Matt no solo es atractivo,
también es perceptivo. Y
parece entenderme sin esfuerzo,
como si tuviera la intuición necesaria.
Eso me entristece. No quiero pensarlo,
pero pienso, y no lo puedo evitar, que
me gustaría que Draven pudiera
comprenderme con tanta facilidad, y me
jode que un desconocido sea capaz de
hacerlo y él no.
—En realidad…
Alzo la mirada, voy a completar la
frase pero de pronto se me cortan las
palabras en la garganta.
—¿Qué pasa? —pregunta él.
No puede ser.
Me he quedado mirando por encima
del hombro de Matt y no me puedo creer
lo que veo. Ahí está él, y el corazón me
ha saltado en el pecho como si le
estuviera siendo desleal y él me hubiera
pillado.
Aunque no sea el caso. Draven viene
hacia nosotros, lleva esos pantalones de
punky que se pone a veces y que le
marcan el trasero, la camiseta con la
que… Dios, es la camiseta del
Nightforest. Al verle no puedo evitar
que los recuerdos acudan a mí y el pulso
se dispare en mis venas… Incluso se ha
puesto ese horrible collar de perro, y sé
que nada de eso es casual, sé que aunque
a veces no piense en absoluto en las
cosas, otras veces lo compensa todo de
la manera más insospechada.
—Es Chris.
***
Encontrarle me ha costado más de lo
que pensaba. Y encontrarle con alguien
me despierta un instinto asesino
inmediato que se me va pasando poco a
poco. Dibujo mi mejor sonrisa canalla y
no dejo que se me noten las ganas de
apartar a ese imbécil, quienquiera que
sea, de una patada.
—Hey. —Me subo las gafas de sol y
le guiño el ojo a Evan, dirigiéndole
después una mirada aviesa al
desconocido. Le tiendo la mano—. ¿Qué
pasa? Soy Chris.
El tipo mira de reojo a Grimm pero
enseguida me da la mano. Hay algo en su
expresión que no me mola. Prepotencia.
Huelo esa mierda a distancia, ¿ok?
Vengo de California, y aunque adoro
Los Ángeles, mi ciudad está llena de
gilipollas prepotentes como este.
Aunque seguro que el muy capullo es de
un sitio aún más pijo, a juzgar por la
forma en que me repasa de arriba a
abajo.
La cara de Grimm es un poema.
—Hola, Chris —me dice,
sorprendido de verme. De pronto no sé
si esto es buena idea, pero tengo que
seguir adelante—. Estábamos…
—Tomando unas birras, ya veo. —
Quiero parecer guay y respetar su
espacio y todo eso, así que, mientras me
imagino arrastrando del pelo al idiota
que está sentado con él, digo, mirando a
Grimm
—: No quiero molestar, si estáis a
vuestro rollo vuelvo luego.
—¡No, no! No molestas, quédate…
este es Matt, es pintor. Le he conocido
hace un rato.
Grimm parece nervioso, pero ni
siquiera se me ocurre pensar que esté
pasando nada raro, en plan que estén
ligando o algo así, ¿ok? No sé por qué,
no es una posibilidad que contemple. No
porque yo me crea demasiado guay
como para que me pongan los cuernos,
es que Grimm no es así. Yo sé que no
haría algo como eso. Pero eso no evita
que siga queriendo pegarle al subnormal
de Matt.
No me gusta. Así de primeras, me
causa rechazo.
No me gusta su cara de guaperas, ni
la altivez que destila, ni ese rollo raro
en su mirada. Es cierto que no conozco
de nada a este tío y no debería tener
prejuicios, o eso dicen. Pero a mí me
gustan mis prejuicios. Mis prejuicios me
han sido muy útiles a lo largo de mi
vida, no voy a deshacerme de ellos
porque sí. Y además no tengo por
costumbre desoír a mis instintos.
Así que me siento con ellos y pido
una cerveza.
—Así que tú eres el famoso Chris
—dice el tío.
—¿Famoso?
—Evan me ha hablado de ti.
—Le dije que estaba aquí de
vacaciones con mi novio —me aclara
Grimm.
Le sonrío desde el otro lado de la
mesa, con mi sonrisa torcida especial de
seductor. Él ya no parece enfadado, le
brillan los ojos y se le han sonrojado un
poco las blanquísimas mejillas. Dios
mío. Me lo llevaría ahora mismo al
hombro. Pero no lo haré. El plan es
conquistarle, y eso significa hacerle
sentir especial, no secuestrarle y darle
un cabezazo al imbécil con el que está.
—No te imaginaba así, la verdad —
dice el tipo este.
Yo le miro con descaro.
—¿Ah no? ¿Y eso? ¿Creías que
tendría más pinta de marica?
Los dos me miran con los ojos muy
abiertos. Me da la impresión de que se
hace el silencio en el universo entero.
Nadie sabe qué decir. Nunca he
entendido por qué la gente se siente tan
incómoda cuando hablas claro
Luego Matt ríe falsamente y cambia
de postura en la silla.
—Bueno, digamos que…
—No te dejes llevar por las
apariencias, soy muy gay.
—Entiendo. Ehm… A Evan le
interesan mis cuadros —dice el tal Matt,
cambiando de tema. Por lo visto, está
acostumbrado a otro tipo de
conversaciones—. ¿A ti también te gusta
el arte?
«No, el arte me la suda. Pero puedo
imaginar que te golpeo con el David de
Leonardo DaVinci y te abro la cabeza».
No quiero decir eso delante de
Grimm. Si este tío es su amigo, no sería
buena idea avergonzarle delante de él, y
por la forma en que me mira, casi con
miedo, creo que se teme que diga
exactamente lo que estoy pensando.
Sonrío abiertamente.
—Sí, claro que me gusta el arte. Yo
no controlo tanto como Evan, pero lo
disfruto.
—Ah, ya veo. La admiración de los
profanos.
—Sí.
Profano, dice. Profana lo será su
puta madre. «A ti sí que te voy a
profanar yo la cara de un botellazo,
imbécil».
Hay un nuevo silencio. Me traen una
cerveza y un plato con rebanadas de pan
con tomate junto a unos trozos de jamón
y queso. Joder. Me encanta este país.
El pequeño vasito de cerveza no me
dura demasiado.
—Entonces… ¿también te gustan los
pintores prerrafaelitas? —pregunta Matt.
Yo no tengo ni puta idea de lo que
me está diciendo, pero no me da miedo
mi propia ignorancia.
—Me gusta todo lo que me haga
sentir con intensidad. Y la pintura no es
algo que me haga sentir intensamente, en
realidad. No te ofendas, Matt.
Se ríe, y es una risa ladina a más no
poder. En su mirada no hay humor y yo
le devuelvo una sonrisa postiza, sin
tomarme la molestia de fingir bien. Qué
asco me da.
Grimm sí que se ríe, un poco
incómodo.
—Qué sincero —dice Matt—. Eso
me gusta.
—A todo el mundo le gusta, hasta
que les toca el turno de recibir su ración
de sinceridad.
Vuelve a reír y mira con
complicidad a Grimm, que bebe de su
jarra, sin saber muy bien dónde meterse.
—Hay que saber dosificarla,
también —añade el tipo—. Ser sincero
no está reñido con… ya sabes, ser
agradable.
—¿Te parezco desagradable? —
pregunto, levantando la ceja.
—No, no quería decir eso…
—No me importa, puedes ser
sincero.
—Oh, no tiene mérito ser sincero
cuando a la otra persona no le importa
en absoluto tu opinión.
—Mira, ahí tengo que darte la razón.
Esta vez reímos los dos, aunque
mirándonos como si nos quisiéramos
matar.—
Matt es de Nueva York. —La voz
de Grimm me suena forzada, el pobre
intenta distender un poco el ambiente,
pero es que con ese subnormal que tiene
por colega no se puede distender nada.
Salvo su cara, a hostias. Agh, tengo
que dejar de pensar en pegarle—. Lleva
diez años viviendo aquí, en Altea.
—¿Ah, sí? —pregunto, como si me
importara.
—En el casco antiguo —asiente él.
—Es pintor, y vende sus cuadros en
el mercadillo de artesanía. Son
preciosos, deberías verlos.
—Sí, deberías verlos. Quizá te
hagan… sentir algo —dice Matt.
Levanto la ceja. Luego sonrío a
medias.
—Quizá.
Cuando le proponga a Grimm que
hagamos un trío, solo espero que no
elija a este fulano. Creo
que acabaría metiéndole algo en la
boca.
Me quedo mirándole, entrecerrando
los ojos, y empiezo a pensar en cosas
impropias. Meterle cosas en la boca a
Matt no sería sexualmente satisfactorio,
pero me proporcionaría otro tipo de
placer.
—¿Y tú, a qué te dedicas, Chris?
Espera, déjame adivinar… —«Ah, mira,
además de pintamonas es pitoniso». Se
echa hacia atrás en la silla,
escrutándome—. Tienes un aspecto
demasiado rebelde como para trabajar
cara al público, o con niños… aunque
nunca se sabe. Pero lo descartaré.
—Ánimo, Sherlock.
Grimm no puede evitar reírse ante
mi comentario, y Matt se ríe también.
—Ya lo tengo. Eres músico de rock.
O técnico de sonido, en su defecto. —
Grimm aplaude y Matt le choca los
cinco. Le arrancaría la mano de un
mordisco, pero en vez de hacer eso, sigo
ahí, sonriendo, con todo el papelón—.
¿Guitarra eléctrica? ¿Eres uno de esos
virtuosos…?
—Bajista. Me gusta estar en segundo
plano y no tener demasiada
responsabilidad —replico con una
mirada de lobo.
—Claro, entiendo.
No, no entiende una mierda, y eso
me lo confirma. Un bajo jamás está en
segundo plano. Y por supuesto que tiene
puta responsabilidad, pero solo quería
saber si el Van Gogh este de pacotilla
entendía una mierda de música. Y veo
que no. Mejor.
—Creo que mi bajista favorito es
Flea, de los Red Hot Chilli Peppers —
comenta mientras remata su cerveza.
Dios. Con esto ya me ha rematado a
mí también. ¿Flea? Pero si ese tío es lo
más sobrevalorado que hay. Me termino
el vasito minúsculo y me apalanco bien
en la silla, pensativo.
—¿Ah, sí? Pues mi pintor favorito es
Adolf Hitler.
Grimm se atraganta y empieza a
toser. Por su parte, Odioso Matt —ya le
he bautizado— se ríe, mirándome de
nuevo de esa forma aviesa.
—Qué curioso, poca gente sabe que
Hitler empezó siendo pintor.
—Me salió el otro día en el Trivial
—miento—. Bueno, os dejo. Creo que
me necesitan en mi planeta, o algo así.
Me levanto de la silla, cansado de la
pantomima. Grimm hace otro tanto.
—Espera, voy contigo.
—¿A su planeta? —pregunta Matt
con una sonrisa torcida y falsa que no
disimula la puta gracia que le hace que
Grimm se venga conmigo.
Será gilipollas. Jódete, imbécil.
—Es un planeta muy amigable —
digo yo. Grimm se me ha acercado, pero
no soy yo quien inicia
el contacto físico. No quiero que
parezca que estoy marcando el terreno o
algo así. Aunque lo haría con mucho
gusto. Le tiendo la mano al pintamonas
para despedirme educadamente—:
Hasta otra, Matt.
—Hasta otra. Nos vemos, Evan.
Piénsate lo del museo, ¿vale?
—Ah… sí, claro. Hasta otra.
Nos damos la vuelta y nos largamos
de allí. Aún no hemos dado ni dos pasos
cuando Grimm me agarra de la mano.
Yo enlazo mis dedos con los suyos,
sintiéndome de pronto un puto
triunfador.
Pero, ¿cómo no voy a serlo, si me
llevo una vez más al tío más guapo del
garito?
Cuando nos hemos alejado bastante,
le paso el brazo sobre los hombros a
Grimm y le hablo al oído.
—Perdona que te haya interrumpido,
pero necesitaba verte más que respirar.
¿Tienes planes para esta noche?
—No… ¿qué planes voy a tener?
—Pues elige el restaurante que más
te guste. Voy a invitarte a cenar, y voy a
hacer que te enamores de mí, así en plan
peli moñas.
Grimm me mira de forma extraña,
como si se temiera una trampa o algo
así.
—¿De qué estás hablando? Yo ya
estoy enam…
Le agarro de la cara y le doy un beso
ahí en medio de la calle. Sin lengua. Me
da igual que todo el mundo nos vea,
pero en cualquier caso, nadie se para a
mirar ni se escuchan murmullos, todo el
mundo va a su bola.
—Voy a hacer que te enamores de
mí… otra vez.
Grimm parpadea varias veces y se
aparta un poco, azorado. De pronto
parece inseguro. Como si tuviera miedo
de creérselo. ¿Tan mal me lo he
montado hasta ahora?, me pregunto.
—Entonces vamos al Perro Negro
—me dice, disimulando una sonrisilla, y
vuelve a cogerme de la mano,
apretándome los dedos con fuerza—.
Con esos pantalones, causarás
sensación.
«Ya estoy causando sensación en ti»,
quiero decirle. Pero prefiero marcarme
un buen tanto siguiendo los consejos de
Lily.—Yendo contigo, no tengo nada que
hacer. Te llevarás la atención de todo el
mundo.
Bingo. Se pone como un tomate y me
da un codazo, mientras caminamos por
las calles empedradas.
—No digas esas cosas. Ya sabes
que no me gusta dar la nota.
—No lo puedes evitar ni aunque
quieras. Es como un poder mágico que
tienes.
—¿Poder mágico?
—Sí, vuelves a todo el mundo loco
por ti. No hay quien se resista a caer en
tus redes.
Se ríe, azorado, pero me mira de
reojo de forma pícara.
—Algunos tardan más que otros…
—Ya sabes lo que dicen. Lo bueno
se hace esperar —digo guiñándole el
ojo con chulería y pasándole el brazo
sobre los hombros.
***
Con Draven siempre es así. Una
montaña rusa. De pronto parece que
nada le importa tres pepinos como sale
de la nada haciendo locuras como esta y
me deja sin saber cómo reaccionar.
Siempre me cuesta dejarme llevar,
nunca lo he hecho con nadie, en
realidad, no he tenido la confianza
suficiente ni he estado tan colgado como
para que me resultase agradable, pero
con él es distinto. Vale, yo he elegido el
restaurante, pero todo esto es una
argucia de él para conquistarme.
Sabe que la ha cagado esta mañana,
y es su manera de disculparse. Me
estaba amargando al pensar que iba a
pasar de esforzarse por nada, pero veo
que ha aprovechado la tarde montándose
este plan y la amargura se diluye poco a
poco. Me alegro de que casi me haya
secuestrado. Aunque estaba a gusto con
Matt, la situación me estaba jodiendo
como un mar de fondo, y tarde o
temprano las mareas oscuras iban a
volver.
Bajamos por las calles empedradas
hasta el restaurante. Es una casa de
paredes blancas, de una sola planta, con
una terraza que se eleva sobre la acera
casi medio metro, rodeada por una
barandilla negra. Las mesas están
cubiertas de manteles de color granate y
en todas se dispone la vajilla y la
cubertería, esperando a los comensales
a la luz de pequeñas velas que flotan
dentro de burbujas de cristal llenas de
agua. Apenas hay dos mesas ocupadas y
el ambiente es tranquilo. El sol ya se ha
puesto y las luces blancas y naranjas de
las calles dan un aspecto nuevo al
pueblo, que aún de noche está lleno de
vida. La gente va y viene por la calle y
las tiendas siguen abiertas.
—Vamos a quedarnos fuera… así
podrás fumar.
Draven tiene el brazo sobre mis
hombros, pero cuando lo baja le vuelvo
a agarrar la mano y se la estrecho. Creo
que soy un blando, pero no puedo evitar
que todo quede en segundo plano cuando
hace estas cosas.
Le llevo hasta una de las mesas, algo
más apartada de la calle que el resto, y
le suelto antes de sentarme. Él me aparta
la silla. Ese gesto me sobresalta. ¿En
serio me está apartando la silla? Le
miro, atónito. Draven levanta la ceja
como si nada.
—¿Qué?
—Nada, nada.
Me siento y él hace otro tanto frente
a mí, pero no saca el paquete de tabaco.
Mira un rato alrededor, como si
estuviera reconociendo el terreno. Es lo
que hace siempre que va a un sitio
nuevo,
un gesto muy suyo. Luego fija la
mirada en mí y sonríe de nuevo.
—Buen garito. Me mola.
Solo Draven podría llamar «garito»
a un sitio como este.
—Tiene las mejores críticas en
Internet. No es el colmo del lujo pero
tiene mucho encanto… y las mejores
ostras de por aquí, por lo visto. ¿Has
probado las ostras alguna vez?
Sonrío con picardía. Estoy casi
seguro de que no. De hecho, este lugar
no es propiamente un restaurante de lujo,
pero tiene el punto de encanto suficiente
para que Draven parezca fuera de lugar
con sus pantalones rotos y su collar de
perro, aunque el nombre del local sea
tan adecuado.
Se inclina hacia adelante,
haciéndose el interesante, y me echa una
mirada de esas de depredador, pero con
algo diferente. Es como… contenida.
Draven no suele contenerse, sin embargo
lo está haciendo.
¿Lo hace por mí? Quiero pensar que
sí.
—En California es muy típico comer
ostras, y también cangrejos. Las he
probado… aunque yo soy más de carne.
—Me sonríe con malicia—. Pero hoy
estoy dispuesto a comerme cualquier
cosa que me ofrezcas. Si viene de ti,
seguro que me gusta.
No puedo evitar que mi cuerpo
reaccione ante el comentario. El calor
me sube al rostro y desvío la mirada,
buscando al camarero en un intento por
distraer mi mente de todos los
significados que encuentro en esa frase.
No quiero centrarme en eso, pero no
puedo evitarlo, y Draven me mira como
si yo fuera el plato especial esta noche.
—Entonces… el solomillo de
ternera con salsa de setas para ti, y para
mí las ostras.
Levanto la mano para llamar la
atención del camarero, pero se me
escapa el gesto: me muerdo los labios al
mirarle de reojo. Y me siento estúpido
por no tener ningún control sobre mí.
***
Solomillo de ternera, pues vale.
Como si me quiere dar pienso. No era
mentira cuando he dicho que me comería
cualquier cosa, y cuando llama al
camarero y le veo morderse los labios,
no puedo evitar mirarle la boca. Se me
seca la garganta de pronto y en cuanto
traen el vino que Grimm ha pedido, le
doy un buen trago a la copa.
Luego me echo hacia atrás y me
dispongo a ser un tío formal y todo eso.
Si pude serlo con su madre y con su
hermana, puedo serlo también con él…
pero de alguna manera, toda la
conversación e incluso el puto aire entre
los dos me parecen impregnados de…
no sé. Seguro que Grimm sabría cómo se
llama esto. ¿Atracción? No, es más que
eso, es como si cada vez que nos
mirásemos estuviéramos ya haciendo
todas esas cosas que, según Lily, tengo
que esperar para hacer porque hay que
conquistar primero a la pareja.
Joooder. En serio. Qué forma de
complicarse la vida.
Pero esta complicación también
tiene su parte de diversión, ¿ok? Nunca
he sabido cómo habrían sido las cosas
si… si hubieran sido de otro modo,
valga la puta redundancia. Quiero decir,
si en vez de ser él quien me invitara a
aquel concierto, yo hubiera tenido la
iniciativa.
—Bueno, Evan Dwight, ahora que
estamos aquí, en el puto culo del
mundo… es decir, Altea, España… —
digo teatralmente—, cuéntame. ¿Cuáles
son tus sueños? Háblame de tus
ilusiones, tus aspiraciones, y todo eso.
Enarca una ceja y me mira como si
le hubiera preguntado algo raro.
—¿Mis aspiraciones? —Se aguanta
una risilla, aunque al menos parece
divertirle—. Ya las sabes… sueño con
convertirme algún día en un supervillano
y encontrar la clave del control mental a
través de la música.
—Buena respuesta. Entonces, si
pudieras elegir entre todos los
supervillanos, ¿con cuál te quedas?
Son preguntas un poco raras, pero en
realidad quiero… a ver, no sé muy bien
lo que quiero. Salir un poco de nuestra
zona de confort, supongo. Que vea que
me intereso por él. En realidad, Grimm
y yo hablamos mucho, y de muchas
cosas, pero Lil’Lily me dijo que tenía
que hacerle sentir importante para mí,
preguntarle por él, por su vida y tal, y
que se diera cuenta de que me interesan
sus cosas, de que le escucho. Y eso es lo
que pretendo.
Otra cosa es que me salga bien.
La verdad, soy un patán para estas
mierdas, y además me parecen
innecesarias y tontas, pero aquí estoy.
Él sonríe, pero se queda callado un
momento, se lo está pensando en serio.
—Bueno… los supervillanos al final
siempre pierden pero… creo que el que
más me gusta es Loki. Puede
transformarse en lo que desee a
voluntad, y además es el más sexy y
carismático.
Me quedo un rato mirándole. A mí
Loki me la pela, pero Grimm me pone, y
mucho. No necesita hacer nada, me pone
simplemente con existir. Así que le
imagino vestido con los cuernos esos de
Loki —al menos el que yo conozco, el
de las películas— y me dan ganas de
que conquiste el mundo.
—¿Te gustan esas cosas? —En
realidad quiero preguntarle quién sería
yo si él fuera Loki, y si me dejaría
echarle un polvo. No, se lo echaría
aunque no me dejara. Pero me prometí a
mí mismo que iba a ser bueno, y me
estoy esforzando. Me estoy esforzando
MUCHO, joder. «Deja de pensar
guarradas», me digo—. Me refiero a los
cómics, las pelis de superhéroes… eso.
El camarero llega con los entrantes.
Grimm ha pedido unas movidas de
queso con mermelada de tomate y
endivias, y una tabla de patés. Yo que
sé. No estoy acostumbrado a este tipo de
comida, pero tampoco soy un redneck y
alguna que otra vez la he tomado por
ahí, en cenas familiares o en bodas.
Vuelvo a llenar nuestras copas y le
unto una tostada de paté, dejándosela en
el plato después.
***
Ese brillo de depredador no
desaparece de su mirada. Tiene algo
físico, como si pudiera tocarme con ella,
y siempre me tentase. La noto sobre mi
piel y me cuesta abstraerme, pero me
esfuerzo, porque la cosa marcha bien.
Chris también se está esforzando, sé que
en realidad está deseando llevarme al
hotel… o al baño del restaurante, y
alimentarse de algo muy distinto a la
comida. Lo sé porque yo estoy pensando
lo mismo, maldita sea. Pero estamos
yendo más allá de esta fuerza
irresistible, hablando sobre cosas de las
que no hemos hablado hasta ahora.
Sobre Loki, vale. Pero es un avance.
Y si tengo que pensar en las
respuestas no es porque no las tenga
claras. Es que me cuesta concentrarme,
pero disimulo cogiendo la tostada que
me tiende y dando un bocado.
—Ummm… no están mal, aunque
nunca he sido un gran fan de los
superhéroes, prefiero las novelas
gráficas de Neil Gaiman o… El Cuervo
y Hellblazer, ya sabes, el de la película
de Constantine. Está basada en un
cómic sobre un cazador de demonios
culoduro con cáncer de pulmón
—le aclaro, porque sospecho que
salvo El Cuervo, Draven no debe
conocer demasiado sobre novelas
gráficas… aunque tal vez me equivoco
—. ¿A ti no hay ninguno que te guste?
Él me está mirando, pero no sé si
está pensando en lo que digo o en otras
cosas. Me mira a los ojos, pero también
las manos y los labios, y sigue
pareciéndome un lobo al acecho. Pero,
¿cuándo no? Creo que Draven nunca
deja de ser sexy.
—Nunca he leído mucho. Creo que
hay un cómic por casa de mis padres, de
mi hermano John…
va de un tío… es un tío que va sin
máscara ni nada con una calavera en la
camiseta. ¿El Condenador?
—El Castigador —aclaro.
—Ese. Ese tío me mola. Sin
disfraces ni mallas, ahí repartiendo leña.
—Dibujo una media sonrisa, pero antes
de que nos quedemos sin saber de qué
hablar, Draven saca otra carta y la pone
sobre la mesa—. ¿Y qué tal te iba en el
colegio? ¿Eras buen estudiante? Tienes
pinta de empollón. De haberlo sido,
vaya. Eso me sorprende casi tanto como lo
de la silla. Bueno, no tanto, pero Draven
nunca me ha preguntado por mi
infancia… y tampoco es algo de lo que
yo hable demasiado.
—En ese sentido me fue muy bien, la
verdad… mi madre siempre ha estado
orgullosa de mis resultados, y sí, era un
empollón para el resto de compañeros.
Normalmente ser un buen estudiante
significa ser blanco para los que no son
tan buenos… no sé si me entiendes.
Su sonrisa torcida me hace saber que
sí, que lo entiende demasiado bien.
—Ya… bueno, yo era de los otros.
Aunque tengo que decir en mi defensa
que nunca me pasé demasiado. No
mucho. —Le miro con reproche pero
sonrío. No me lo imagino como un
abusón de colegio. De hecho, ahora que
lo pienso, nunca he visto a Draven
pegarle a nadie que no le hubiera
provocado primero, aunque claro… él
considera provocaciones algunas cosas
que… —. ¿Cuál era tu asignatura
favorita?
—Música —respondo sin pensar.
Eso siempre ha sido así, mi madre dice
que nací con un teclado debajo del brazo
—. Se me daban bien las matemáticas, y
me gustaba el lenguaje, pero siempre
esperaba con impaciencia las clases
de música. ¿Y tú?
—Educación física. Y el recreo.
Esta vez nos reímos los dos. No me
extraña nada, la verdad. Somos tan
distintos… sin embargo, ahora eso no
me parece una barrera. En este
momento, cenando juntos en este lugar
idílico, es como descubrir algo nuevo y
maravilloso en él.
—Seguro que sacabas malas notas.
—Horribles —responde—. Y
cuanto más me regañaban, peor. Nunca
entendí que me obligaran a estudiar
todas esas gilipolleces que no me
interesaban en absoluto.
—¿No había nada que te interesara
en la escuela? —le pregunto, apoyando
la barbilla en el puño.
Draven frunce el ceño y desvía un
poco la mirada, dibujando ese gesto
suyo de concentración que pone siempre
que está pensando.
—Se me daban bien los números, y
la física. Pero en general me parecía un
rollo. Nunca he entendido por qué
teníamos que estar sentados seis
malditas horas. Me aburría mucho.
Se me escapa una risa.
—Algo habría que te divirtiera.
—Claro. Los colegas. Los deportes.
Y las chicas —dice con una sonrisa
malvada.
—Seguro que las tenías a todas
locas.—
No creas. Solo a algunas. —De
pronto me mira con curiosidad—. ¿Y tú
qué?
—¿Si traía locas a las chicas? —
pregunto riendo.
—No, a los tíos. —Da un sorbo de
vino—. Ya te gustaban los tíos en el
colegio, ¿no?
—Sí.
—¿Y tu primer… novio? ¿Fue un
chico?
Esta vez me pregunta a media voz,
acercándose un poco más. Siento sus
pies cerca de los míos por debajo de la
mesa, y mientras mastica la carne y bebe
vino no me quita los ojos de encima.
—Sí… fue un chico —respondo sin
apartar la mirada de sus ojos—. Sé que
me gustan los chicos desde los siete
años. Cuando los demás pensaban en
besar a las chicas yo no encontraba
ningún sentido en eso, prefería a los
chicos. Pero no tuve novio hasta los
diecisiete años… —Sin darme cuenta yo
también he bajado la voz, y desvío la
mirada. Nunca he hablado con nadie de
esto, forma parte de mi más profunda
intimidad, y aunque me cueste, quiero
compartirlo con él. No es por falta de
confianza, solo es que no estoy
acostumbrado—. Era un compañero del
conservatorio, tocaba el violín y me
gustaba desde el primer curso.
—¿Y qué tal fue? —Ha dejado la
copa en la mesa—. ¿Hiciste muchas
bases con él?
De nuevo me sonríe de forma
seductora.
—¿Te refieres a si llegamos a
intimar? —Asiente, mirándome como si
fuera más que evidente.
Me muerdo los labios y desvío la
mirada, otra vez—. Aprendimos muchas
cosas juntos, sí. Fue mi primera vez, y…
ya sabes… fue un amor adolescente, aún
no sabíamos nada de la vida y todo era
maravilloso pero… cuando sus padres
se enteraron de que no solo éramos
buenos amigos, le cambiaron de
institución y le prohibieron verme.
—Es una putada, pero me alegro. Si
os hubiera ido bien, ahora tal vez no
estaríamos aquí.
Parpadeo y le miro, algo
descolocado. A veces, Draven suelta las
cosas así, sin filtro, y no se da cuenta de
que puede joderte vivo con su falta de
sensibilidad. Sin embargo, de algún
modo entiendo lo que quiere decir.
—Ya…
—¿Y el segundo?
—Un chico que conocí en los garitos
góticos de San Francisco. Quería ser
escritor y estudiaba filosofía en la
universidad… era muy pedante y la
verdad es que escribía fatal, pero
también era divertido y… era bueno en
la cama, pero la cosa no fue a mucho. Él
se largó a estudiar a otro estado y yo me
mudé a Berkeley al poco tiempo.
—¿Cómo de bueno?
—Un ocho en una escala del uno al
diez. Bebo un sorbo de vino, y le sonrío
con picardía sobre la copa. Sé por qué
lo pregunta. Levanta la ceja, intuyo que
quiere saber qué puntuación le doy a él,
pero no lo preguntará, al menos no
directamente. Tras una pausa, ataca de
nuevo:
—¿Qué hay del tercero?
Tengo curiosidad por si quiere que
le haga un repaso de todas mis
relaciones hasta llegar a él, pero
también por saber si le interesa algo más
que la nota que les doy en la cama.
No parece afectado por el hecho de
que me separaran de mi primer amor, y
no puedo evitar que una voz oscura en
mi cabeza me repita, una y otra vez, que
todo gira alrededor de lo mismo. Pero
ahora estamos bien y no quiero que ese
fantasma inquieto me amargue la vida.
Sin embargo mi voz suena algo más
seca, no solo por la sospecha oscura de
que a Draven solo le interesa el sexo,
sino también porque repasar mis
relaciones pasadas me resulta algo
deprimente.
—Fue en Berkeley. Por entonces ya
éramos conocidos como Masters of
Darkness, y el tercero…
fue un gilipollas al que pillé
robándome dinero de la cartera a los
cuatro meses de salir. También hubo un
cuarto, que decidió cortar sin avisarme y
largarse con otro. Les pillé dándose el
lote en un bar de la ciudad. Luego he
tenido líos sin importancia, a los que no
pondría puntuación alguna en ningún
sentido.
Algo de lo que he dicho le hace
fruncir el ceño y se yergue un poco en la
silla. De pronto me está mirando de un
modo distinto, algo que ya no se parece
al hambre del lobo sino que me trae
recuerdos de otro Draven, ese que puede
estar horas tocando sentado en una
escalera o concentrado en la música. El
Draven que piensa.
Uno que no veo con frecuencia, la
verdad, y que siempre me sorprende y
me despierta admiración. Y ahora está
atando cabos, aunque aún no sé de qué.
—¿Te estaba robando? ¿Y el otro te
puso los cuernos? Joder, pero qué hijos
de puta.
Se da un trago de la copa, y luego
otro.—
Pero qué hijos de puta —repite,
como si poco a poco fuera consciente de
ello. Se ha cabreado. Draven está
enfadado con mis ex novios y eso me
causa una sensación cálida y muy
estúpida, a la que me aferro con alivio.
—No parece que te haya ido muy
bien.
—Pues no —admito con media
sonrisa.
—Lo que he dicho antes es verdad,
¿ok? Si no te hubiera ido mal con esos
tíos, seguramente tú y yo no estaríamos
aquí ahora, así que en parte, me alegro.
—Desvía la mirada con una mueca
agresiva
—. Pero tú no te mereces esas
mierdas. No te merecías ninguna de esas
mierdas. No hay que ser un puto genio
para darse cuenta. Y no me gusta que
hayas tenido que vivirlas.
Así es Draven. Es igual de directo
para mandarte a la mierda como para
consolarte. Puede que no sepa
expresarse muy bien y que sea incapaz
de hablar sin decir tacos constantemente,
pero es tan honesto con todo, es tan
veraz, que es imposible no emocionarse
cuando dice cosas como esta.
Extiendo la mano sobre la mesa y
agarro la suya. Esa sensación cálida de
pronto me presiona en la garganta y
necesito tocarle, así que estrecho sus
dedos entre los míos intentando
calmarle.
—No te preocupes… eso ya es agua
pasada. Pero me gustaría pensar que,
aunque no hubiera tenido tan mala
suerte, hubiéramos terminado juntos
igual. Tú me… —Trago saliva. La
presión se vuelve un poco más intensa,
pero suspiro, intentando deshacerme de
ella—. Tú ya me gustabas entonces.
***
Al principio me estaba costando
hacerle preguntas así, de novios. Estaba
siguiendo los consejos de mi hermana.
Pero ahora, cuando ya me he soltado y
hemos empezado a hablar de cosas
serias de verdad, me doy cuenta de que
con Grimm, al igual que con tantas
cosas, a veces no me entero de una
mierda. Solo rasco la superficie y, como
me cuesta tanto mantener la atención en
las cosas, pues me pierdo lo importante,
¿ok?
Hoy me estoy dando cuenta de que a
Grimm la vida le ha tratado bastante mal
en lo que respecta a relaciones. Su
madre es genial, sí. Su hermana también.
Ha tenido suerte en ciertas cosas,
pero…
primero le separan de su primer
noviete y le prohíben verle, como si
fuera un apestado o algo así.
Luego el otro se pira. Y después,
dos hijos de puta. ¿En serio? ¿A alguien
como Grimm? Pero si es un puto trozo
de pan, ¿por qué le…?
Le suelto cuando me doy cuenta de
que le estoy apretando un poco los
dedos y bebo otro trago de
vino.
Luego proceso sus palabras.
Le miro.
—Espera… ¿yo te gustaba? ¿Cuando
estabas con el tío que te robó la cartera?
Oh, joder. Grimm, tío. Él agacha la
cabeza, como si estuviera avergonzado.
—Me gustas desde que llegaste.
Me he quedado helado. Así, tal cual.
No me salen las palabras, ni siquiera
soy capaz de pensar, menos aún de
hablar. Lo que acaba de decir rebota en
mi cabeza, haciendo eco, dejándome
flipado.
¿Cómo puede ser? Es decir,
Grimm… él ya me había dicho que yo le
gustaba desde hacía tiempo, el tema
surgió alguna vez, sí, pero… de pronto,
no lo entiendo. No entiendo por qué
alguien como yo podría gustarle a
alguien como él. Y menos aún desde que
llegué.
Es todo puta ciencia ficción. En
serio.
¿Y lo mejor de todo? Que yo ahí, sin
enterarme. ¿Cuánto tiempo ha estado ahí,
sintiendo cosas por mí y perdiendo el
tiempo con capullos de mierda? Aunque
claro, a saber. Quizá ha sido mejor así.
Si yo hubiera conocido sus sentimientos
antes, tal vez las cosas hubieran salido
mal. Tal vez me habría portado como un
capullo y le habría destrozado vivo, o
algo peor.
Pero Grimm me mira como si él ya
lo supiera todo. Me doy cuenta de que
siempre ha sido consciente de la pareja
tan jodidamente improbable que
formamos y por primera vez puedo ver
las cosas un poco desde su perspectiva.
Y me parece entender fugazmente la
forma en que se comporta… pero solo
fugazmente. Antes de que llegue a
comprenderlo de verdad, de pronto
vuelvo a la tierra.
Suspiro y me paso la mano por el
pelo, luego agarro la suya y bajo la
mirada. Me siento como si hubiera sido,
sin saberlo, una especie de verdugo para
Grimm durante… durante años. Le
conozco lo suficiente para saber la
forma que tiene de vivir las relaciones,
cómo se entrega y lo mucho que necesita
sentirse querido. Le conozco lo
suficiente, joder, pero aun así sigo
metiendo la pata y…
Joder. Estoy enfadado conmigo
mismo, y ni siquiera sé por qué.
Grimm ha sufrido por mi culpa,
estoy seguro. Y yo ni siquiera lo sabía.
Es más, si lo hubiera sabido entonces,
seguramente lo habría empeorado.
—Chris…
—Ahora me siento un poco
gilipollas, así que no esperes que diga
nada inteligente, ¿ok?
—No tienes por qué… —Chasquea
la lengua y me estrecha los dedos entre
los suyos—. Lo siento, no pretendía
hacerte sentir mal… Era difícil que te
dieras cuenta, me he esforzado mucho
por disimularlo y además, yo tenía
asumido que era imposible. Y mira, aquí
estamos.
—No me has hecho sentir mal, es
que de pronto me he dado cuenta de las
cosas —le digo, levantando la vista—.
Me he puesto en tus zapatos y me he
cabreado. Pero tú no estás cabreado, y
eso
significa… —No sé ni siquiera si
significa algo, me he metido en un
jardín. Sí. Bueno. Significa que Evan es
mejor persona que yo, e infinitamente
más maduro. Pero no quiero seguir
alimentando la melancolía, ni mucho
menos la suya—. Eso significa que…
deberíamos pedir otra botella. Y
empezar un brindis de hijos de puta.
Pero aquí no. En la playa.
A Grimm le parece bien. Así que
pedimos la cuenta y pago yo, porque soy
un caballero. Bueno, no, no lo soy, pero
le dije que le invitaba, ¿ok? Y además,
me hace ilusión, joder. Nos llevamos el
Rioja y me agencio unos vasos de
plástico en una tiendecilla que hay en
una de las callejuelas del pueblo
mientras bajamos por las cuestas
empinadas. Yo trato de convencer a
Grimm de que al menos, sus fracasos
sentimentales han sido trágicos y no
ridículos.
—No puedo ponerte ejemplos de mi
vida porque, la verdad, nadie me ha
importado nunca lo suficiente como para
calentarme mucho la cabeza, ¿sabes?
Pero mira a mi hermana. Su primer
novio se desmayó cuando ella se hizo un
corte. Imagínate qué papelón, el muy
flojo. Lily se cae por un terraplén, ¿ok?,
y el otro baja a salvarla heroicamente…
y al ver la sangre de un cortecito de
nada, se cae redondo al suelo. Medalla
al patético del año. Bueno, del mes,
porque al mes siguiente, Lily empezó a
salir con un tío bastante mayor que ella
que se dedicaba a analizar orines. Las
conversaciones sobre meados en casa
eran fascinantes.
Antes de que lleguemos a la zona
baja del pueblo, Grimm ya está riéndose
y vuelven a brillarle los ojos. Y cuando
pisamos la arena de la playa y lleno los
vasos, me pregunta:
—¿Y ahora? ¿Brindis de hijos de
puta, cómo es eso?
—Una copa por cada desgraciado
que te haya hecho daño. Sin contarme a
mí.
—Chris… —Me mira con reproche
y sé lo que va a decir, que yo no le he
hecho daño y bla bla bla… pero sé que
no es verdad, así que no le dejo hablar.
—Tranquilo, yo también voy a
incluir a mis hijos de puta en la lista.
Así que vamos a estar entretenidos.
Y lo estamos.
Sentados en la orilla, a cierta
distancia de un fiestón que han montado
un grupo de jóvenes con una hoguera y
todo, Grimm y yo nos fundimos la
botella de Rioja dándole un buen repaso
a todas las personas que nos han
molestado en nuestra vida, ex parejas,
acreedores, enemigos y gente que nos ha
caído mal en general.
***
Es una sensación nueva. Mientras
brindamos, pronunciando nombres como
si estuviéramos quemándolos en una
pira, consumiéndolos al tragar el licor y
condenándolos al olvido, comienzo a
sentirme más ligero.
Nunca le había contado nada de eso
a nadie. Mi madre y mi hermana ni
siquiera sabían que me gustaban los tíos
hasta que les hablé de Draven, y todos
esos fracasos, ese desfile de amores
estériles,
se había quedado dentro de mí. Han
sido como huesos dentro de un armario,
o debajo de mi cama, escondidos en el
lugar al que yo les empujé en silencio.
No era consciente de lo que pesaban, y
de lo densas que parecen las palabras
cuando no se pronuncian, pero sin darme
cuenta, lo he hecho. Chris solo ha tenido
que interesarse y apenas he dudado en
hablarle de ese pasado que solo a mí me
pertenecía.
Y no me gusta que se cabree, mucho
menos por algo que tenga que ver
conmigo, pero ese momento de
conexión, ese momento de comprensión
me ha ido llenando de una extraña
euforia.
Confesarme ante él ha sido
liberador. Todos los años de silencio de
pronto se han desvelado, y por un
instante me he sentido al borde del
familiar precipicio, creyendo que iba a
caerme, que había sido un error. Pero no
lo es. De pronto soy consciente de lo
improbable que era todo, y de la manera
perfecta en la que todo se ha alineado
para que lo imposible se hiciera
posible.
¿Cómo puedo dudar tanto después de
lo que ha pasado?
No lo sé. A veces soy incapaz de
creer que esto esté ocurriendo. A veces
el miedo a que no sea real me paraliza,
es una voz en mi cabeza que me impide
relajarme. Pero ahora no hay ni rastro de
ella. El cielo sobre nosotros está
cuajado de estrellas, las olas levantan el
murmullo de cientos de pequeñas
piedras siendo arrastradas por la
corriente y aunque el mundo está vivo y
se mueve a nuestro alrededor, tengo la
sensación de que somos su centro, de
que estamos solos, y de que nada más
importa. Nadie más importa.
No puedo dejar de mirarle mientras
decimos nombres y maldecimos
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