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Bajo la luz En la oscuridad II Parte 3 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 3 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 3 – Kattie Black

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Me cuesta despertarme. He abierto
los ojos, y miro la luz que se cuela entre
las cortinas blancas. Tengo una
sensación parecida a la resaca, y la vida
parece volver a mi cuerpo
paulatinamente. Los brazos de Chris me
rodean, él sigue dormido, abrazado a mi
espalda. Noto su respiración constante,
y aunque el calor aquí es sofocante, el
contacto de su cuerpo me parece un
paraíso.

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Me doy la vuelta, despacio. Él solo
se revuelve y murmura algo por lo bajo.
No quiero que despierte aún, quiero
tomar consciencia del mundo mirándole
a él, mientras los recuerdos de la noche
pasada llenan mi mente y cosquillean en
mi estómago. Recuerdo mi rostro en el
espejo, sus ojos devorándome y el
frenesí al que nos entregamos…
recuerdo muy bien mis propias palabras,
pidiéndole cosas que no me había
atrevido a pedirle a nadie jamás, y que
nunca había deseado de nadie. Las
palabras sucias, el hambre descarnada, y
el dominio que conseguí sobre mí
mismo.
Draven nunca me quita las riendas,
pero me hace consciente de ellas, de que
puedo usarlas, y de que tengo poder y él
desea que lo ejerza como yo deseo que
él use el suyo sobre mí. Mientras le
observo, durmiendo plácidamente, me
pregunto por qué he perdido tanto el
tiempo. Todas las dudas que habían
vuelto a mí han sido calcinadas en la
hoguera, como los nombres por los que
brindamos en la playa. Solo son
fantasmas, y alejados de mí me parecen
tan débiles que no entiendo por qué a
veces me cuesta tanto deshacerme de
ellos.
El sexo anoche fue increíble, pero
también lo fue lo que compartimos, las
confesiones que me atreví a hacerle, la
confianza de la que fui consciente de
pronto al contarle lo que había guardado
solo para mí, y ese instante de conexión
en el que sentí que lo comprendía todo.
No pretendía hacerle sentir mal con ello,
pero sé que sucedió algo dentro de él, sé
que de alguna manera comprendió lo que
he estado sintiendo, y al confesarle
cuánto tiempo llevo enamorado de él,
sentí como si una tensión a la que me
había acostumbrado desapareciera, y me
sentí más libre.
Me parece increíble que estemos
aquí. Somos una ecuación imposible, o
eso había creído durante muchos años.
Ahora sé que si hay una pequeña
probabilidad de que algo ocurra, ese
algo puede ocurrir, y aunque me cueste
creerlo, está sucediendo y debo tomarlo
entre mis dedos y saborearlo… el miedo
solo me ha servido para ponernos
barreras, me ha amargado muchos
momentos y me ha impedido vivir esto
con la plenitud que se merece, y estoy
harto de eso. Tenemos mucho sexo, y
buen sexo… ¿y qué? No es solo eso, lo
sé siempre que follamos, y mis
inseguridades han hecho que se me
olvide demasiadas veces. Esta vez no,
voy a grabármelo a fuego en el alma: es
algo más que sexo. Nos tocamos
profundamente cuando nuestros cuerpos
están enredados, nos hipnotizamos,
leemos en nuestros deseos y dejamos
que sean nuestros cuerpos los que
expresen lo que sentimos. Para mí es
así, y sé que para él también. Es el
maldito Draven, el más ligón del grupo,
el que se llevaba de calle a todas las
chicas, y el que no ha vuelto a mirar a
nadie desde que está conmigo… el que
viene a mi casa a pasar las noches, el
que me mira como nunca le he visto
mirar a nadie, como si yo irradiase una
fuerza gravitacional irresistible y él no
pudiera evitar colisionar una y otra vez
conmigo.
No hay nada que temer. Chris está
conmigo, y bien, el sexo con él es
maravilloso, pero si lo es, es porque hay
algo más, porque lo que nos enciende
nos nace de dentro, y creo que ninguno
sabemos distinguir los deseos de nuestro
corazón de los deseos de nuestra piel.
Me siento mejor que en mucho
tiempo, e impulsado por una repentina
felicidad le beso mientras aún está
dormido, hundiéndole los dedos en la
melena. Su despertar es lento, aun así,
pero sus manos cobran vida y
descienden por mi espalda hasta
cerrarse en mi trasero.
Le enredo y acabo sobre él,
atrapándole contra el colchón mientras
le beso.
—Buenos días… —murmuro sobre
los labios, y le peino con los dedos.
Él me mira con ojos somnolientos,
pero incluso recién despierto su media
sonrisa es la de un canalla, sexy y
descarada.
—Qué buen despertar tienes, nene.
—He dormido muy bien.
—¿Por qué será? —se ríe entre
dientes, y me aprieta contra su cuerpo.
Aún tiene las manos sobre mi trasero y
lo estrecha con ganas.
—¿Y si nos levantamos?
—Yo ya estoy levantado.
—Lo estoy notando. ¿Es que no
piensas en otra cosa? —Me hago el
ofendido, y le muerdo los labios con
suavidad, sin ninguna credibilidad.
—¿Tú te crees que así puedo pensar
en algo más? No me dejas vivir.
—Tendré que hacer algo con eso.
—¿Ves? Luego me echas a mí la
culpa.
Me río suavemente sobre su boca y
vuelvo a besarle, tomándome mi tiempo.
Él está bien despierto, siento su
erección clavándoseme en la ingle y me
vuelve a entrar el hambre.
—Me estabas provocando.
—Estaba durmiendo…
—Pues eso.
Deja de reírse cuando desciendo por
su pecho y le agarro la polla con
firmeza.
Así empieza mi día. Y no me
importa, deseo hacerlo, tengo hambre y
voy a darme un banquete para comenzar.
Y lo hago. Chris gruñe y se retuerce
debajo de mí, y no le dejo hacer nada
más que agarrarme del pelo y pedirme
más. Cuando termino, me apoyo en su
pecho y le miro con ojos de gato
satisfecho.
—Voy a darme una ducha.
—¿No vas a dejar que me vengue
por este asalto?
Me levanto, llevándome las sábanas
conmigo al enredarlas en mi cintura,
dejándole desnudo sobre la cama.
—Hoy visitaremos la iglesia, si te
parece bien —digo ignorando su
pregunta y su mirada insistente—, y un
par de galerías de arte que he
descubierto callejeando.
Le oigo rezongar cuando me meto en
el baño. Solo me da tiempo a encender
el agua caliente y meterme bajo el
chorro cuando abre la mampara y se
cuela en el interior de la ducha,
acorralándome contra la pared.
—Lo que tú quieras, pero antes vas
a dejar que me cobre mi parte.
Y no tengo ganas de negárselo, para
qué engañarme.
***
Cuando llegamos a la parte alta del
pueblo hace un sol de justicia y las
calles están otra vez abarrotadas. El jetlag
se nos ha curado ya a base de sexo y
café, pero el calor de este lugar hace
que tenga sueño todo el tiempo. Bueno,
no es sueño exactamente, pero creo que
si me sentara en el suelo y cerrara los
ojos me quedaría frito enseguida. Se lo
cuento a Grimm mientras caminamos,
con mi brazo sobre su hombro y su pelo
haciéndome cosquillas en los dedos.
—Es porque estás relajado —me
dice—. No tienes obligaciones ni nada
que hacer, por eso te sientes letárgico.
—«Te sientes letárgico». Qué bien
habla—. Además, cerca del mar siempre
baja la tensión. —Hace una pausa y me
mira de reojo—. Si quieres, después de
comer podemos echarnos la siesta. Es
tradición aquí.
Le dedico mi mejor sonrisa de
llevarme a la gente a la cama.
—¿Sabes qué otra cosa es también
tradición?
—¿La paella? —dice haciéndose el
inocente.
—Follar en la siesta.
—Ya veremos —responde con una
sonrisita.
Pero yo me lo tomo como un sí.
Después de la sesión porno de
anoche, parece que las cosas vuelven a
ser normales. Grimm está relajado y
feliz, se detiene de vez en cuando
mientras caminamos por el pueblo y me
enseña cosas que le gustan. Le llama la
atención todo. Lo cierto es que es una
aldea muy curiosa, con las casas de
paredes blancas y todo eso, azulejos de
colores y movidas colgando de las
cornisas. También hay gatos correteando
por todas partes. Él me habla de la
cultura levantina, del mediterráneo, de
las tradiciones locales. Yo le escucho y
flipo con las cosas que sabe. No sé si es
así de listo o es que ha estado
informándose a fondo antes de venir
pero aunque estuviera recitándome la
lista de la compra me parecería todo
igual de cojonudo. Se entusiasma
explicándome cosas y le brillan los
ojos, y cuando le hago alguna pregunta
parece emocionarse más.
Al llegar a la plaza de la iglesia, hay
un tipo horroroso vestido de payaso o
algo que se le parece haciendo animales
con globos. Un corro de mocosos le
rodean. El resto de la plaza está
ocupada por las mesas de los bares, que
ya están llenas de gente bebiendo vino,
cerveza y comiendo tapas. Aquí la peña
bebe a todas horas y a nadie le parece
raro, definitivamente me gusta este
lugar. Miro las terrazas con anhelo pero
no digo nada. Grimm quería ver la
iglesia y es lo que vamos a hacer.
A medida que nos acercamos intento
recordar de qué me suena el sitio. Lo he
visto por ahí, no sé si en fotos o en
publicidad, o dónde, pero esos tejados
azules me son familiares. Se lo comento
a mi novio.
—Son muy utilizadas en las
campañas de publicidad para fomentar
el turismo de esta zona. La llaman «la
cúpula del mediterráneo».
—¿Y las tejas, de qué están hechas?
—Es cerámica vidriada. Son
bonitas, ¿verdad?
—Sí —respondo sin pensarlo
mucho. No soy muy de monumentos,
pero es cierto que son llamativas.
El exterior de la construcción es de
ladrillo y piedra, no me parece especial.
Pero al entrar me sorprende lo luminoso
que es todo. Esperaba uno de esos
templos de piedra oscura, muy viejos y
grises, y resulta que no. Todo es blanco
y dorado, como en las iglesias bálticas,
y el sol radiante que entra por las
ventanas de la cúpula hace resplandecer
aún más el interior. Grimm parece
alucinado, pero no hace ninguna foto, ni
siquiera con el móvil.
Me sorprende verle santiguarse, así
que, después de hacer un recorrido
completo por la iglesia, al sentarnos en
uno de los bancos, le pregunto.
—¿Eres católico o algo así?
Él se lo piensa.
—No del todo. Mi madre no es
religiosa pero sí muy espiritual. Yo no
voy a misa ni tengo una fe consolidada,
pero me siento bien en lugares como
este, y los rituales me reconfortan.
Cuando tengo miedo, siempre rezo para
mis adentros —confiesa con una risita.
—Yo también. Lo de rezar para
adentro, digo.
—No creo que lo hagas muy a
menudo —dice él sin perder la
sonrisilla.
Intento recordar cuándo ha sido la
última vez que tuve miedo y me acuerdo
de la discusión con Grimm aquel día, en
la fiesta de Crowley, cuando le perseguí
hasta su casa y pensé que me iba a dejar.
Sí, ese día recé de la hostia.
—A veces. Cuando hace falta.
—Tu familia es católica, ¿no es
cierto? —Asiento con la cabeza—. Oí
comentar algo a tu padre durante la
cena en su casa. ¿Hiciste la comunión y
todo eso?
—Pues claro. Y vestido de traje. —
Él se aguanta la risa, incrédulo—. Lo
digo en serio, tío. Deberías verme, ahí
con ocho años o nueve, no sé los que
tenía, y con el puto traje. Parecía un
telepredicador en miniatura. Me
atraganté con la hostia y la vomité. Ahí
empezó todo, mi carrera hacia el
satanismo y la autodestrucción.
—No puede ser… —Se tapa la
boca, con los ojos brillantes del
descojone que lleva encima.
—En serio. No entiendo por qué
nos dan esa mierda de galleta seca, está
hecha a drede para que lo pases mal
comiéndotela. Encima te dicen que no
la puedes masticar porque es pecado,
¿ok? Sería como morder a Jesucristo o
yo qué sé. Una movida flipante. Eso se
me pegó a la garganta y cuando me
dieron el vino me bebí la copa entera a
ver si podía pasarlo, pero no hubo
manera. Así que dejé sin vino a los
demás críos. El cura ya me estaba
mirando mal solo por eso. Era el bueno
del padre O’Halloran, un tío viejo con
pelo blanco por detrás de las orejas.
Siguió con la ceremonia mientras yo me
ponía rojo como un jodido furúnculo y
de pronto lo solté todo así, en plan
manguera.
—Te lo estás inventando…
—Que no, que no. Tuve que repetir
la comunión a la semana siguiente.
Pasa un grupo de turistas y nos
recomponemos. Le quito el brazo de
los hombros a Grimm, sé que no le
gusta mucho que tenga gestos así con él
en público, y menos en la casa del
señor. Mientras los guiris visitan el
templo y lo flipan con todo, yo miro los
confesionarios con un interés muy poco
sacro. Él se da cuenta.
—¿Estás pensando en ir a
confesarte? —me dice con picardía.
—Después de lo de anoche, creo
que me pondrían mucha penitencia. Y a
ti también.
—Sí… Somos unos pecadores sin
remedio.
Nos miramos en silencio. Veo en
sus ojos ese brillo húmedo y misterioso
que tanto me pone. Empiezo a notar el
hormigueo familiar por dentro. Un
montón de malas ideas cruzan por mi
mente. Abro la boca para decir algo
pero él lo hace a la vez, así que nos
reímos un poco, cómplices y
agilipollados el uno con el otro.
—Habla tú primero —le digo en
voz baja.
Grimm se lame los labios y desvía
la vista. Yo le miro la boca.
—Estaba pensando… —empieza a
decir, dubitativo. Pero de pronto su
semblante cambia y sus ojos se pierden
más allá de mí, sobre mi hombro. Me
giro para ver qué es lo que nos ha
cortado el rollo y no podría darme más
asco.
Ahí está Matt. El gilipollas de Matt.
Va vestido totalmente de negro, con
una camisa remangada y pantalones de
lino. Tiene el pelo recogido en una
coleta y lleva una carpeta enorme
debajo del brazo. Está inmóvil ahí,
mirándonos. Saluda, y Grimm le
devuelve el saludo. Yo paso, ese tío me
cae mal y nos ha interrumpido, pero
Grimm me mira con algo de penilla.
—No seas tan arisco, Chris —me
pide con tono suplicante.
Yo suspiro y me levanto cuando lo
hace él para ir a saludar al subnormal.
Matt. Qué harto me tienes, Matt. Cada
vez que te veo me dan ganas de meterte
la cabeza bajo el agua y olvidarme de
que existes.
***
La repentina aparición de Matt me
aparta de las malas ideas. Bueno, no
eran tan malas, y pensar en meterme en
el confesionario con Draven aún me
provoca un hormigueo de excitación en
el estómago, pero a la vez me hace
sentir muy blasfemo y pervertido… y
tampoco es que eso me desagrade. No
es que tenga un currículum muy amplio
de locuras, y esta sería como para
enmarcarla. No es nada malo querer
experimentar, ¿no?
Pero ahí está Matt, como si Dios le
hubiera enviado para pararnos. Me
pregunto si habrá venido a misa o tiene
costumbre de venir por aquí.
Me levanto y le estrecho la mano.
Chris viene detrás, pero no le toca.
—Eh, qué hay. —Ese es el saludo
que le dedica.
Sé que no le cae muy bien, no hace
falta que me haga un análisis de lo que
piensa. Draven suele considerar a los
tipos como Matt arrogantes, altivos e
insoportables en general. Creo que es
un tipo de gente que le aburre porque
no tienen nada interesante que aportarle
a él, y tampoco está dispuesto a
escucharles, pero a mí Matt me cae
bien, y no sé si eso hace que le caiga
aún peor. Bueno, son cosas con las que
debemos convivir. Yo aguanto a sus
amigos cuando salimos de fiesta, y
algunos sí que son pesados de verdad.
—No esperaba encontraros en la
iglesia.
—¿Es que estabas buscándonos? —
dice Draven con sarcasmo y una
sonrisa de asco que sabe poner a la
perfección. Le miro de reojo y le
estrecho el brazo con suavidad.
—Queríamos ver cómo era por
dentro —digo—. Las cúpulas son muy
llamativas pero no esperábamos esto.
—Recuerdo que me impresionó la
primera vez que vine, uno no se espera
tanta luz, ¿verdad?
—No, pensaba que tendría las
paredes de piedra y los típicos retablos
de madera oscura.
—Es porque esta iglesia es
relativamente moderna. Fue construida
a principios del siglo XX y no tiene
nada que ver con los templos barrocos,
góticos y románicos que suelen poblar
Europa.
Draven está poniendo cara de
desdén y se le da fatal disimular. En
realidad podría parecer que no lo
intenta en absoluto. Pero le conozco
bien y sé que, si no lo intentara, ni
siquiera estaría allí, ya se habría ido.
—Qué interesante todo.
Cuando yo le cuento las cosas me
presta atención, pero ahora sus ganas
de echar por patas son palpables en el
ambiente.
—Lo es, aunque supongo que
habrás tenido suficiente cultura por
hoy.
Matt se ríe por lo bajo, Draven se
echa hacia adelante, sé que va a
responderle pero le agarro del brazo
con suavidad y le hago un placaje
temiendo que la cosa se ponga fea en
medio de la iglesia.
Ya hay tres señoras mirándonos
mal.
—Podemos salir y tomar algo en la
plaza, si queréis —propongo—. Este
no es muy buen sitio para hablar.
—Si ya habéis terminado… no me
gustaría interrumpir vuestra visita.
—Un poco tarde para lamentarse
por eso —suelta Draven con una de sus
sonrisas que no tienen nada de
divertidas.
Matt sin embargo vuelve a reírse.
No me gusta esta tensión, así que
espero que tengamos la madurez de
resolverla, porque no tiene ningún
sentido. Tiro de Draven hacia el
exterior, mientras el pintor nos
acompaña. El silencio da paso al
sonido de las voces en la plaza, que
cada vez está más llena. La gente ríe y
habla en alto, son bastante
escandalosos, pero el sol y el ambiente
acompaña y no resulta molesto.
—En La Mascarada ponen muy
buenas tapas. Yo os invito y me contáis
qué tal está siendo vuestra visita.
Siento curiosidad por saber qué
pensáis —dice mientras se pone las
gafas de sol.
Cuando nos sentamos, Draven pide
cervezas para los tres y un montón de
platos de la carta. No sé si Matt se
esperaba esto pero sospecho que quiere
hacerle quedar mal con el tema de la
invitación. Él no parece inmutarse, y
pide un par de platos más.
—Aún no hemos visto muchas
cosas, la verdad. Yo ni siquiera he ido
a la playa.
—¿Y qué habéis estado haciendo?
—Descansando —digo antes de
que Draven pueda responderle. Me
mira con un brillo divertido en los
ojos, y se acomoda en la silla,
estirando las piernas bajo la mesa—.
Llevábamos mucho tiempo sin
tomarnos unas vacaciones.
—Ya veo, ¿son muy exigentes
vuestros trabajos?
—Nah, yo me dedico a tocarme la
polla todo el día, básicamente. Y de
vez en cuando le doy al bajo.
—¿Tocas en algún grupo? —Matt
sonríe, como si la actitud de Draven le
pareciera divertida.
—Sí, toco en un grupo de bodas
llamado Los Perros Caniches —Lo
dice en español, poniendo acento de
mexicano, y yo tengo que aguantarme la
risa. Él me mira de reojo y sonríe de
medio lado.
—¿Y te pagan bien?
Draven se encoge de hombros.
—Me da para las drogas y la
bebida.
Matt esboza una sonrisa. Sabe que
está quedándose con él, o intentándolo,
pero le sigue el rollo con mucha
elegancia y no parece que se lo tome a
mal. Menos mal que tiene paciencia.
—Así es el mundo del arte. Si no
nos diera al menos para drogarnos no
tendría ningún sentido —le responde.
Nos sacan las cervezas y dejan
sobre la mesa unos pequeños platos de
patatas fritas, aceitunas y frutos secos.
Matt da un trago de su caña, como
llaman aquí al vaso de cerveza, y me
mira. No puedo verle los ojos, solo mi
reflejo en sus gafas de sol.
—¿Y tú? Espera, no me lo digas….
—Sonrío, divertido—. Dame la mano.
—¿Además de pintor eres
pitoniso?
Miro a Draven de reojo. Se ha
bebido media cerveza de un trago y
está mirando a la gente que pasea por
la plaza como si nada de esto le
interesara.
Matt le ignora y coge mi mano
cuando se la tiendo. Tiene las manos
calientes y suaves, me fijo en sus dedos
nervudos, que a pesar de su delicadeza
son fuertes y viriles. Él me coloca la
mano sobre la palma de la suya y me
abre los dedos, como si fuera eso, un
lector de manos o un vidente.
—Eres una persona con una gran
sensibilidad y un mundo interior muy
rico. Introspectivo, creativo e
inteligente.
Oigo a Draven suspirar con
exasperación. Matt me mira y asiento
para que continúe.
—Tienes una manera de sentir muy
intensa, todo lo que ocurre en tu vida lo
saboreas, no pasas por encima de ello
sin pensar, por eso te marca
profundamente, tienes una naturaleza
entregada y pasional.
Ya me estoy sintiendo incómodo.
No me gusta que diga esas cosas, como
si me conociera. ¿Realmente lo ha
leído en mi mano? ¿Cómo puede
saberlo? Supongo que solo es suerte.
Aparto la mano y cojo la cerveza para
disimular, asintiendo a medias.
—Has acertado en algunas cosas.
Pero no a qué me dedico en la
música…
—Veamos… ¿compositor? Sí… sin
duda sabes componer, pero hay algo
más, necesitas expresarte por un medio
no verbal, así que necesitas un
instrumento. Con esas manos solo
puedes pianista.
—¿Y eso lo sabes por la mano o
estás haciendo trampas?
—Tienes los dedos largos y fuertes,
flexibles. Podrías ser violinista, pero
no tienes la punta de la yema
endurecida.
—Pues has acertado. Pero yo no
toco en Los Perros Caniches.
—Lo imaginaba.
Han ido sacando más platos
mientras hablamos, y Draven bebe
cerveza y prueba cada uno, sin atender
demasiado a lo que dice Matt, al menos
en apariencia. Yo sé que lo está
haciendo, porque las miradas que le
dirige de vez en cuando de reojo son
burlonas y frías a la vez. No entiendo
por qué Draven desprecia tanto a la
gente culta.
—Soy profesor de piano, y a veces
vendo composiciones a grupos y
orquestas.
—¿Y eso te da para las drogas a ti
también?
—Evan no se droga, él es un tipo
respetable, no como el resto de esta
mesa —apunta Chris, como si no
quisiera que a mí me metiera en sus
piques.
—Pero me lo gasto en colecciones
de púas, baquetas y vinilos. No se va
tanto.
Matt se ríe, pero a Draven no le
hace tanta gracia, y llama al camarero
para pedir más cerveza.
***
Las cosas que uno hace, ¿eh?
Normalmente a los tipos como Matt los
destruyo en un momento. Pero a Grimm
le cae bien. Tiene cojones. A mí me
gusta que él conozca a gente así, de su
estilo, con quienes pueda hablar de
cosas que yo no entiendo y sentirse
más… pues entre iguales, ¿ok? Pero es
que el imbécil de Matt no va de frente y
me está costando un esfuerzo quedarme
aquí sentado escuchando sus
gilipolleces. No solo eso. Quedarme
aquí sentado escuchando sus
gilipolleces y además intentar no
estropearle la socialización a Evan.
Doble esfuerzo. Eso requiere el doble
de cerveza.
Las tapas son algo de otro mundo.
No sabía que podías ponerle un huevo
frito encima a una berenjena rebozada y
luego un trozo de cerdo. Es decir,
nunca se me había ocurrido. Intento
averiguar el nombre de esa
combinación tan jodidamente gloriosa
en la carta, pero a saber. Aunque está
en inglés y en español, no sé cuál es
este de todos los platos que he pedido
para sablear a este capullo. Pero ya que
tengo que soportarle, al menos me voy
a ir bien comido.
Ellos siguen hablando y yo les
escucho, sin intervenir demasiado en la
conversación, solo cuando se dirigen a
mí.
—Así que eres coleccionista —
dice el idiota—. Yo también.
—¿Ah sí? ¿Qué coleccionas?
—Puestas de sol. Noches intensas.
Vivencias.
¿Veis? ¿Es un capullo, o no es un
capullo? ¿Qué clase de frase de mierda
es esa? «Colecciono vivencias». En
fin, no hay más preguntas, señoría.
Grimm me da una patada por
debajo de la mesa, se me debe haber
notado el descojone interior que llevo
con la gilipollez que ha soltado aquí mi
amigo Matt. Pero es que no me jodas.
—Así que exprimes la vida al
máximo —dice Grimm intentando
seguir con la conversación como si
nada.
—Eso intento. Los seres humanos
somos una especie única. Somos
capaces de hacernos infelices a
nosotros mismos, ¿sabes? Nuestra
mente, que es nuestro privilegio, nos
traiciona. Nos esclaviza con
necesidades irreales, nos ata a rutinas
que nos dan seguridad pero que ni
siquiera deseamos. Somos esclavos del
miedo, y continuamente luchamos para
deshacernos de él. Vivir de este modo,
sin ataduras, sin límites, sin barreras…
es la única forma que conozco de
desafiarlo. Y de desafiarme a mí
mismo.
Cuando termina de hablar, Grimm
le está mirando embobado. Yo no. Me
gusta la gente que no tiene miedo. Sin
embargo tengo mis dudas de que ese tío
sea sincero. La gente que no tiene
miedo no necesita esconderse
continuamente detrás de unas gafas de
sol, es capaz de mirar a otros a los ojos
y de decir lo que piensa. Y todo lo que
dice este tío me parece prefabricado

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