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Bajo la luz En la oscuridad II Parte 4 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 4 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 4 – Kattie Black 

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El rumor de las olas me devuelve
poco a poco a la consciencia. Tengo los
párpados pesados, y una brisa fría me
eriza la piel de los brazos. Cuando me
remuevo, incómodo, las piedras se me
clavan en la espalda. Creo que nos
hemos dormido en la playa, y me cuesta
un poco acordarme de todo lo que pasó
anoche. Recuerdo a Chris debajo de mí,
mirándome como si estuviera
hipnotizado y yo fuera un ser de otro
mundo, también recuerdo que no me
importó dónde estábamos, nos besamos,
y le hice el amor sobre las piedras,
estrechándole entre mis brazos como si
no hubiera a haber un mañana,
exprimiendo el sabor de su boca con
desespero. No sé en qué momento cerré
los ojos y me dejé mecer por el sonido
del oleaje, lo que sí sé es que Chris me
rodeaba con los brazos, y ahora, al abrir
los ojos y no encontrarle a mi lado un
vacío frío se me abre en el estómago.
¿Le habrá ocurrido algo?
Cuando intento ponerme en pie el
mundo se desestabiliza. Me siento
mareado y somnoliento, y los
pensamientos se arrastran pesados en mi
cabeza, así que me quedo sentado unos
instantes. «Calma», me digo, «habrá ido
a por algo a un chiringuito». Pero apenas
está amaneciendo, no estoy seguro de
que haya nada abierto. Me paso las
manos por el rostro y trato de
despejarme antes de ponerme en pie
despacio y mirar a mi alrededor.
La playa está desierta, y esa

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sensación fría y amarga en mi pecho se
revuelve como un mal presagio. Busco
el móvil en mis bolsillos, pero recuerdo
que anoche salí del hotel sin él.
—Joder… Chris, ¿dónde demonios
te has metido?
Me acerco a la balaustrada de
piedra y cruzo, echando un vistazo al
paseo. Las aceras están vacías, no hay
nadie por la calle, y los bares y pubs
deben llevar horas cerrados. Trago
saliva con fuerza, intentando mover el
nudo que se me está haciendo en la
garganta. Me siento inquieto, como si no
hubiera acabado de despertar de una
pesadilla angustiosa, pero estoy bastante
seguro de que estoy despierto a pesar de
la sensación embotada en mi mente.
«No tiene por qué haber pasado
nada», trato de calmarme, pero en mi
cabeza están sucediéndose escenarios
dignos de CSI. Secuestros, robos,
asesinatos… lo que más me cuesta
concebir es que Draven me haya dejado
tirado en la playa, por muy borracho que
estuviera, pero ninguna de las terribles
opciones que se me ocurren me
tranquiliza. Estoy nervioso, pero trato de
mantener la calma. Lo mejor será que
vuelva al hotel, coja el móvil y le llame
antes de entrar en pánico o acudir a la
policía. Puede que se levantase en mitad
de la madrugada y fuera a buscar algo de
comer y se haya perdido, o se haya
quedado dormido en algún banco. No
sería la primera vez. Si cuando está
sobrio las cosas le dan igual, borracho
es la personificación del pasotismo.
Con esa idea tratando de
tranquilizar mi agitada mente emprendo
el camino de vuelta al hotel. Todo está
en silencio y sopla una brisa fresca que
me eriza la piel. Aprieto el paso
mientras subo por las calles
empedradas, con el corazón latiéndome
angustiado en el pecho.
«No es nada. Seguro que luego nos
reímos de esto».
En el hotel, la recepción sigue
cerrada. Intento no hacer mucho ruido al
cerrar la puerta y subo a nuestra
habitación. Al abrir me doy cuenta de
que la llave no está echada, y empujo la
puerta despacio. Al otro lado está
oscuro, las ventanas están cerradas y las
cortinas echadas, afuera el cielo apenas
está clareando. Hay ropa en el suelo, la
camiseta de Draven, sus botas tiradas de
cualquier manera.
Tomo aire y enciendo la luz.
El frío se abre en mi pecho y se
cierra en mi garganta. Toda mi inquietud
se convierte en un puñal, ya conocido,
que se me clava con firmeza en el
estómago cuando la escena se dibuja
ante mí, clara e innegable.
Draven duerme desnudo sobre la
cama y una de las chicas con las que nos
encontramos anoche está abrazada a su
espalda, también desnuda. La ropa se
esparce en el suelo como los cadáveres
de una batalla: el sostén pende de uno de
los barrotes de la cama, una falda
arrugada se enreda entre los pantalones
de Draven junto al sillón. Ambos
respiran lenta y pesadamente. Ella tiene
las uñas pintadas de rojo y reconozco su
pelo y sus facciones aún de lejos: es
Noelia. Él tiene marcas de barra de
labios en el hombro. Un escalofrío me
recorre la espalda y empiezo a sentir
náuseas.
La escena parece irreal, encajada a
la fuerza delante de mis ojos. No puedo
asimilarla. No la entiendo. Pero antes de
entenderla, me apuñala.
Está volviendo a pasar. Dios, está
volviendo a pasar.
Es como una pesadilla de la que
quiero huir. Ese frío lleno de amargura
me alcanza las venas, y hasta me congela
la voz… ni siquiera quiero gritarles, ni
despertarles. El tiempo se ha detenido
en un segundo agónico.
Esto no está ocurriendo. No es
posible.
Pero lo es. Me lo digo a mí mismo,
casi con ganas de abofetearme. Evan,
espabila. Esto es cierto, ha sucedido y
no puedes cambiarlo.
Ojalá pudiera. Ojalá al cerrar los
ojos me diera cuenta de que solo estoy
soñando, pero no es así. Algo dentro de
mí se niega a aceptarlo, intenta buscar
explicaciones, pero duele, y la
evidencia está ante mis ojos, ni siquiera
puedo inventar excusas que lo
justifiquen.
Aparto la mirada, incapaz de
soportarlo más. Cojo mi teléfono de la
mesita y apago la luz, saliendo de la
habitación despacio, con cuidado para
no despertarles. Al llegar al pasillo me
apoyo en la puerta, mareado, e intento
hacer llegar el oxígeno a los pulmones.
Ha vuelto a pasar.
No, en realidad nunca me ha
pasado nada así, en realidad nunca había
entregado tanto como para sentir que mi
alma se deshilachaba cuando llegaba el
momento fatídico en el que la venda se
caía de mis ojos. Es como si un vacío se
abriera en mi pecho y se tragase mi
alma. Parece que estoy condenado a
esto, a golpearme contra el mismo muro,
a no poder asir algo auténtico sin que se
deshaga entre mis dedos. Aunque cierre
los ojos, la imagen que hay tras la puerta
se ha quedado grabada en mi retina…
veo su pelo colgando desde la cama, las
piernas de ella enredadas en las suyas,
los dos cuerpos sobre las sábanas
revueltas, en la cama que hemos
compartido. El carmín manchando su
piel.
¿Cómo ha podido pasar esto?
No lo entiendo, pero no tengo que
entenderlo. ¿Qué hay que entender
cuando has pillado a tu novio en la cama
con otra persona? Una voz insidiosa me
dice que ya lo sabía, que solo era
cuestión de tiempo, que me he engañado
a mí mismo como un imbécil. Era
imposible que algo así pudiera salir
bien, pero incluso ahora, con esas voces
retumbando en mis sienes, hay algo que
sigue impidiéndome creer en lo que he
visto.
¿Cómo es posible?
Aprieto los dientes con fuerza y me
trago las lágrimas. No voy a darle a
nadie el triunfo de verme llorar ni de
perder los nervios, pero se me hace
difícil. Los dedos me tiemblan cuando
salgo del hotel. La luz del amanecer tiñe
el cielo de rosado, pero ni siquiera veo
las calles y por un largo rato vago
perdido, callejeando, hasta que mis pies
se detienen ante uno de los puestos
vacíos que esperan a los comerciantes
cerca de la plaza.
Es el puesto de Matt. Aún no hay
nadie, la estructura de madera
permanece vacía. Es la única persona a
la que conozco aquí, y la única que
podrá comprender lo que ocurre, pero si
Draven y esa zorra no estuvieran
ocupando la cama, estaría haciendo las
maletas para marcharme.
La gente comienza a salir a la calle,
y algunos me miran de reojo al pasar por
mi lado. No me he cambiado de ropa, y
no sé qué aspecto tengo, pero supongo
que debo parecer un yonki o algo así.
Odio ofrecer esta imagen, pero ahora
mismo es lo último que me importa, así
que cierro los ojos y apoyo la cabeza en
el portal.
La escena vuelve a mí y me hace
apretar los párpados. Me encojo cuando
comienza a dolerme el estómago. Me
siento enfermo y sigo teniendo frío
aunque el sol ya esté saliendo.
—¿Evan?
Cuando abro los ojos me encuentro
con los de Matt, mirándome preocupado,
de cuclillas ante mí.
—¿Te encuentras bien? ¿Qué te ha
pasado?
—No lo sé…
—¿Cómo que no lo sabes?
—Anoche estaba con Chris… me
dormí con él en la playa, y esta
mañana…
—¿En la playa? ¿No está Chris
contigo?
—No. Me he despertado solo.
—Pero si anoche le llevamos
Noelia y yo al hotel… estaba muy
borracho, por eso le tuvimos que
acompañar. Dijo que tú estabas allí
esperándole.
—¿Noelia y tú?
—Sí. Ella le ayudó a subir a la
habitación.
—Pues se quedó con él.
Matt me mira sorprendido, y de
pronto parece entender. Me agarra la
mano y me la estrecha, tirando con
suavidad para ayudarme a levantarme.
—Vale… ya veo. Mira, vamos a mi
casa a tomar un café y me cuentas qué ha
sucedido ¿quieres? Puede que le
encontremos una explicación.
Asiento. No tengo otro sitio al que
ir, y además, estoy cansado. La angustia
está creciendo en mi estómago. Es como
si todo temblara, igual que un terremoto
pero que nace desde dentro de mí.
Necesito poner mis ideas en orden, y
reunir fuerzas para volver al hotel y…
hacer mis maletas para largarme.
Eso es lo que debería hacer,
largarme y olvidar que nada de esto ha
pasado, convencerme de que el último
año ha sido un sueño. Seguir con mi
vida como siempre he hecho.
***
Vale. Es mediodía y hay una tía
conmigo en la cama.
Una vez he asimilado esta escena
tan dantesca, mi cabeza se pone a
funcionar a toda hostia. Lo primero:
cerrar con llave. Evan no está aquí, y no
voy a dejar que entre. Ni que ella salga.
De aquí no se mueve nadie hasta que yo
tenga claro lo que ha pasado.
Lo segundo es encerrarme en el
baño y hacer una revisión de
desperfectos. Se me va helando la
sangre en las venas cuando veo que
tengo marcas de pintalabios por todas
partes. Por todas. Antes de meterme en
la ducha, cojo el móvil e intento llamar
a Evan, pero no hay forma. Cinco
intentos sin respuesta.
Evan no es como yo, él siempre
lleva el teléfono y siempre contesta.
¿Y si ha venido? ¿Y si ha visto
esto? Dios.
—Mierda. Mierda, mierda, mierda.
Descargo un puñetazo contra el
espejo, controlando la fuerza, o al
menos intentándolo. Mi cabeza es un
avispero, tengo algo parecido a una
resaca demasiado fuerte y no sé cómo
salir de este infierno. Me meto en la
ducha y me quito los restos de carmín,
frotándome con las manos mientras trato
de recordar algo, lo que sea. Pero no
hay nada en mi cabeza, nada que pueda
relacionar con esto. ¿Por qué no me
acuerdo de nada?
Sé que estuvimos en la playa. Sé
que Evan estaba inquieto. Sé que nos
besamos. Sé que lo hicimos en las
piedras, lo sé, recuerdo su pelo y sus
ojos, y su cuerpo, y que no me importaba
una mierda nada de lo que había
alrededor, y después, oscuridad. Ya no
hay más memoria.
Entonces, ¿de dónde coño ha salido
Noelia? ¿En qué momento entra ella en
la ecuación? No lo sé, pero lo voy a
descubrir.
Termino de asearme con furia,
estoy de los nervios. Cuando salgo de la
ducha, con la toalla en la cintura, voy
directamente hacia ella y la agarro del
brazo. Se despierta sobresaltada.
—¿Qué…? ¿Qué pasa?
Sus tetas se agitan cuando la
arrastro bruscamente fuera de la cama y
suelta un gritito.
—¡Cállate! No levantes la voz. —
Ella me mira asustada. Sé que estoy
siendo amenazante. No sé qué coño está
viendo en mi cara para que la suya
muestre tanto miedo, pero me alegro.
Así será más fácil—. Dime qué ha
pasado.
—¿Cómo…?
—¡Déjate de juegos! —siseo
agarrándola de los brazos y
zarandeándola—. Quiero saber qué
coño ha pasado. ¿Cómo has llegado
aquí? ¿Qué hemos hecho?
—¡¿Qué?!… joder, Chris, me estás
haciendo daño.
—Y más te voy a hacer si no
empiezas a hablar. Mira, bonita, cuando
alguien me jode no distingo entre sexo,
raza ni religión. Así que no descarto
calentarte la cara si no me das
respuestas. Y nada de mentiras,
¿entendido?
Ella palidece.
—Te… te encontramos cerca del
muelle… querías ir al hotel… estabas
muy borracho y tuvimos que traerte…
—¿Tú y quién más?
—Matt y yo. Te encontramos y…
—La zarandeo de nuevo y ella cierra los
ojos con fuerza—. ¡Joder, ya vale!
¡Estás loco, joder!
—¿Qué hacías tú con Matt? ¿Dónde
estaba Evan?
—¡Yo que sé! ¡No sé dónde estaba
Evan, subimos a la habitación y tú me
dijiste que me quedara! ¡Luego me
empezaste a besar y ya sabes el resto,
maldita sea! Yo también estaba
borracha.
—No sé el resto. ¿Hemos follado?
—¿Tú qué crees? —suelta
mirándome con orgullo herido.
—Creo que no.
—Pues sí. Hemos follado.
Señala sobre la mesita, donde hay
un condón usado. Y bien usado. De
nuevo la sangre se me convierte en
escarcha. Me lamo los labios,
respirando entrecortadamente, y al final
suelto a la chica.
—Vístete y vete de aquí, pero
cagando hostias, ¿entiendes?
—Vete a la mierda, cabrón. Estás
pirado.
Noelia está llorando. No me
importa, no me importa nada en
absoluto. Se viste a toda prisa y sale de
la habitación casi corriendo. Cuando se
ha ido, cierro con llave otra vez y me
siento en la cama, pasándome los dedos
por el pelo y sujetándome la cabeza, con
los codos apoyados en las rodillas,
intentando… intentando… no sé.
«Me empezaste a besar».
Esto no puede ser. No puede ser.
«Pues sí. Hemos follado».
Es imposible. No me lo creo. Es
imposible, joder. Yo jamás he hecho
nada como esto, nunca. Por muy
borracho que estuviera, nunca he hecho
algo que no quisiera, ¿ok? Puede que
estando muy bebido haya exagerado
algunas cosas, o haya dado pasos que
habitualmente no me atrevo a dar, como
lo de besar a Evan en aquella fiesta.
Pero nunca me he despertado por la
mañana arrepintiéndome. Nunca he
perdido el control hasta el punto de
hacer algo que realmente no desee en
absoluto. Y estoy seguro de que nunca,
jamás, ni un solo momento he querido
acostarme con Noelia.
Esto no es propio de mí. No es
propio de mí.
Quiero destrozar la puta habitación,
pero las cosas de Evan están aquí y…
Dios. Evan.
Busco el teléfono con
desesperación hasta que recuerdo que lo
he dejado en el baño. Vuelvo a marcar
su número pero ahora está apagado o
fuera de cobertura. No me jodas. Me
quito la toalla y me visto a toda prisa,
sin fijarme siquiera en la ropa que cojo.
Luego salgo de la habitación, tengo que
encontrarle. Antes de abandonar el
hotel, hablo con la mujer de la
recepción. Le pregunto si ella estaba
aquí anoche, y me dice que no.
—Las noches las hace mi hijo —
me responde—. ¿Sucede algo?
—Mi compañero no está, no sé si
le ha visto…
—Ah, el joven del pelo negro. Esta
mañana salió muy temprano.
Cuando dice eso, se me abre el
suelo bajo los pies.
Evan ha estado aquí. Lo ha visto
todo.
Esta vez el vértigo no es una
emoción agradable. El mareo y la
angustia y una sensación de frío me
hacen palidecer. Es como estar
jodidamente enfermo.
Nunca he sufrido así por nadie,
nunca. Y es una mierda, lo odio.
—Gracias. Voy a ver si le
encuentro.
—Claro. Que tenga buen día.
Buen día, dice. Buen día los
cojones.
***
En la casa de Matt encuentro una
pulcritud familiar. Está cerca de su
puesto, y es una pequeña casa de pueblo
de dos plantas, de paredes encaladas y
tejado de cerámica roja. Hay cortinas
con cuentas de colores en las ventanas,
tapices con mandalas en las paredes,
entre posters de viejos grupos musicales
y películas clásicas, y todo está limpio y
ordenado. El suelo es de barro cocido, y
los muebles, de madera lacada en
blanco. Huele a lavanda. Todo este
orden me hace sentir un tanto
reconfortado.
—El baño está ahí. —Matt señala
una de las puertas de madera—. Hay
toallas limpias, puedes darte una ducha
si quieres, seguro que te ayuda.
Mientras, prepararé el desayuno.
—No es necesario, Matt. No tengo
hambre.
—Lo decides cuando salgas y te
relajes, seguro que te hace sentir mejor.
Asiento y me meto en el baño. Las
baldosas blancas no tienen una sola
mota de polvo. Hay un pequeño plato
con jabones perfumados al lado de la
pila de mármol, y una bañera con pies
de cobre. Me tomo un rato mirándome al
espejo. Tengo ojeras, y el maquillaje se
me ha emborronado en los ojos…
parezco una especie de muerto alzado y
mi expresión no se aleja demasiado de
la de un fantasma.
—¿Cómo no lo has visto venir,
Evan? —murmuro. Los ojos se me
empañan y tomo aire con fuerza,
frotándome el rostro. Los tengo
enrojecidos, pero no pienso llorar, así
que trago con fuerza y me desnudo,
dejando la ropa plegada sobre el banco
de mármol.
El chorro de agua hirviendo apenas
alivia el frío que parece haberse
encostrado en mi interior. Es como una
pulsación, profunda y dolorosa, que se
extiende hasta mis dedos cuando mis
pensamientos vuelven sobre la imagen
de Draven en la cama. Se me ahoga la
respiración, pero me mantengo bajo el
chorro un rato, hasta que la piel se me
enrojece y no puedo aguantarlo más.
Salgo con el pelo mojado y la cara
limpia. Matt está sentado en uno de los
sofás blancos del comedor, sobre la
mesita auxiliar hay zumo de naranja
recién exprimido, café caliente, tostadas
y bollos, también una tetera y una cajita
con infusiones. No quiero ser descortés
con él, pero la visión de la comida me
provoca ganas de vomitar. Me siento
mareado y enfermo, aún después de salir
de la ducha.
—Ven, siéntate. ¿Prefieres café o
té?
—Café, por favor.
Me siento a su lado en el sofá
mientras me sirve el café y la leche
caliente de dos pequeñas jarritas,
también blancas. Todo parece muy
limpio en esta casa, y eso me gusta, es
como un entorno seguro.
—¿Te encuentras mejor?
—La verdad es que no…
—¿Quieres contarme lo que ha
sucedido?
La taza me tiembla entre los dedos
cuando la agarro. La aprieto entre mis
manos, hasta que el contenido me
quema, pero la mantengo ahí aunque me
haga daño. Necesito centrarme, tomar
algo de distancia para no echarme a
llorar en cuanto verbalice lo que he
visto en el hotel. Matt no me apremia,
coge una tostada y la unta en mantequilla
mientras espera.
—¿No tienes que trabajar…? —
pregunto con la voz más ahogada de lo
que me gustaría.
—Soy dueño de mi tiempo, no te
preocupes.
Trago saliva, y tomo un sorbo del
café. Mis tripas se quejan al instante,
aún me duele el estómago, así que dejo
la taza sobre la mesa y froto las palmas
enrojecidas de mis manos. No sé si Matt
se ha dado cuenta de mi gesto, pero no
dice nada.
—Anoche nos fuimos a la playa,
después de estar en el bar contigo y esas
tías. Estuvimos hablando… y todo
estaba siendo perfecto, me dormí en
algún momento con él a mi lado. —Hago
una pausa y tomo aire despacio,
intentando que no me tiemble la voz.
Matt mantiene la mirada en mí—. Pero
esta mañana me he despertado solo allí,
Chris no estaba y comencé a pensar que
le habían pasado cosas horribles. Fui al
hotel a por el móvil y…
Matt me pone la mano en la
espalda, abierta.
—Tranquilo.
Asiento y cierro los ojos un
instante. La imagen vuelve a mi cabeza,
y comienza a pulsar con un dolor
constante. El carmín sobre su piel, su
pelo enredado en los dedos de ella. La
mano de Matt se mueve sobre mi
espalda, y me estrecha el hombro al
rodearme con el brazo. Me he echado
hacia adelante, sujetándome la cabeza
con las manos.
—Estaba allí con ella, en la
cama… y estaban desnudos. Su ropa por
todas partes. No hay explicación que
pueda encontrarle, solo que se ha
acostado con ella.
Matt se queda en silencio. Normal,
no puede ayudarme a buscarle una
explicación que lo justifique, porque
nada puede justificarlo, y aun así mi
cerebro sigue empecinado en no
terminar de creérselo, en interpretar lo
que he visto como algo irreal y esperar a
que en cualquier momento abra los ojos
y me dé cuenta de que solo soñaba.
Pero eso no ocurre. La mano de
Matt es muy física sobre mi hombro.
—Siento que te haya ocurrido esto.
No te lo mereces, Evan —dice con voz
suave. Tiene la voz grave y agradable, y
su tono es confidente cuando se acerca
más a mí. No llega a abrazarme, pero me
rodea con el brazo, y no sé cómo me
hace sentir eso, si aliviado o más
angustiado—. La gente como tú no
debería vivir estas cosas… no entiendo
cómo alguien que posee

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