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Bajo la luz En la oscuridad II Parte 5 – Kattie Black

 Bajo la luz En la oscuridad II Parte 5 – Kattie Black

Bajo la luz En la oscuridad II Parte 5 – Kattie Black

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Cuando termino de explicarles la
historia, las cuatro están mirándome con
cara de circunstancias.
—Vale. Supongo que la única
explicación es que me la he tirado, ¿no?
Estoy siendo un maníaco y negándome a
aceptar la realidad. ¿Es eso?
—No sé, Draven. La verdad es que
hay poco a lo que agarrarse… —
comenta María.
Pues nada. Supongo que ya está. Lo
he hecho. Me he acostado con Noelia y
punto.

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Es mejor asumirlo en vez de hacer
caso a este instinto endiablado que me
trae siempre de cabeza, joder. Estoy
seguro de que no me la he tirado, pero
todas las pruebas apuntan hacia lo
contrario, así que la explicación más
sencilla es que me estoy equivocando.
Tengo que asumirlo de una vez. Da igual
lo que quiera. Da igual lo que crea.
—¿Por qué iba a mentirte ella,
además? —dice Asia.
—La gente no necesita razones
para mentir —replica Valeria con una
mueca agria—. A lo mejor estaba
celosa. Tal vez solo quería fastidiar. Lo
que está claro es que si ibas tan mal
como para no poder llegar solo a tu casa
y tuvieron que subir contigo, muy
dispuesto para el tema no estarías, ¿no?
—Eso es verdad.
—Igual la tía se aprovechó de la
situación.
—¿Y el preservativo?
—Bueno, cuando mi novio está
muy borracho, a veces tengo que tirarme
dándole un buen rato hasta que eso se
pone en condiciones, pero normalmente,
con esfuerzo y tiempo, acaba
poniéndose. Igual ella lo hizo todo sola.
—¿Pero qué coño estáis diciendo?
—Miro a Asia, estupefacto. Se me ha
vuelto a congelar la sangre en las venas
—. Eso no es… eso es…
Se ha hecho de noche y la playa
solo está iluminada por las luces de las
farolas que bordean el paseo marítimo.
El mar se ve negro. El cielo también, y
empiezo a tener un frío de la hostia. No
me gusta una mierda lo que estoy
oyendo, y solo pensar que eso pueda ser
verdad, me produce un asco
insoportable.
—Sí. Fliparías si supieras la de
veces que eso nos pasa a las chicas. No
a todas, pero a más de las que imaginas.
Mierda. Mierda, mierda. Recuerdo
las manchas de carmín sobre mi cuerpo.
Cuando me metí en la ducha para
quitármelas tuve la misma sensación, de
asco y de inquietud.
—En fin, yo no quiero amargarte
más, pero si esa chica ha hecho algo
contigo mientras estabas inconsciente o
sin control de tu voluntad… eso se
llama…
—Eso lo puedes denunciar,
¿sabes? —corta rápidamente Valeria,
mirando a Asia de reojo con expresión
censora.
—¿Qué?
Joder.
Me estoy dando cuenta de lo que
Asia insinúa. Esta chica tiene muy poco
tacto, pero me viene bien que me ponga
las cosas así de claras. Aunque me estoy
mareando y de nuevo no me encuentro
nada bien. María se ha debido percatar
de algo, porque se me acerca y me pone
la mano en el brazo. Yo lo aparto con
brusquedad. No estoy ahora para
hostias.
—Oye, estás solo aquí y esto puede
ser duro, pero podemos acompañarte si
quieres. Averiguar lo que ha pasado, y
luego, si quieres denunciar, te
ayudamos.
—No quiero denunciar nada —
suelto a la defensiva—. No es lo que
estáis pensando.
No puede ser, es imposible que
haya pasado algo como eso. No puedo
siquiera imaginarme la situación. Si yo
estaba tan borracho, si estaba
dormido… si lo estuve… ¿qué me hizo
esa tía entretanto, sin que pudiera
defenderme?
«Eso se llama…».
No. No voy a decir la palabra. No
quiero pensar la palabra. Ahora solo
quiero… quiero… no sé. Ojalá tuviera a
Matt cerca para emprenderla a hostias
con él de nuevo.
—Lo primero es saber qué pasó en
realidad —resuelve Ana—. Luego
podrás pensar en los pasos a seguir.
Asiento con la cabeza, poniéndome
en pie.
—Sí. Tengo que encontrar a Noelia
y hablar con ella otra vez…
De pronto todo me da vueltas. No
sé si es por el descontrol emocional que
tengo o que aún estoy jodido por los
chupitos de anoche, pero esto empieza a
ser rayante. María se me acerca y tira de
mi brazo para que me siente otra vez.
Dicen algo de ir a buscar algo de comer
y una Coca-Cola. Yo quiero
responderles que odio la Coca-Cola,
pero ahora mismo no soy capaz. De
pronto no me sale la voz del cuerpo.
Tomo aire profundamente y el
pánico empieza a bombardear mi cabeza
con ideas confusas y aterradoras.
¿Y si ha sucedido eso? ¿Y si
Noelia ha abusado de mí? Dios, no
puedo siquiera… no, no puedo. Tiene
que haber sido otra cosa. Me la he
tirado porque se me fue la cabeza, y ya
está. ¿Y Evan? ¿Dónde estará?
Seguramente estará solo por ahí,
queriendo odiarme… y con razón. O tal
vez esté con Matt. Mierda, quiero verle.
Le necesito cerca. Necesito que esté a
mi lado y que entienda esto, que sea
capaz de comprender que yo no
quería… ¿Estará con él? Ese gilipollas
estaría disfrutando si me viera ahora.
Busco el móvil en los bolsillos. No
tengo llamadas ni mensajes. Claro que
no, ¿qué esperaba? Abro el menú de la
agenda. María sigue a mi lado, y Ana
también. Las otras dos se han marchado.
Todo esto parece un mal viaje.
No sé si llamar a Evan o a mi
madre. Aunque mi madre no podría
hacer nada, pero de pronto quiero hablar
con ella y que me diga que todo irá bien.
Quizá solo quiero escuchar una voz
amiga.
—¿Me dejáis un momento? Voy a
ver si puedo hablar con Grimm.
Ana y María asienten y se apartan
un poco para dejarme privacidad.
Marco su número y espero, con el
corazón latiéndome a toda prisa. Tengo
la garganta cerrada, como si alguien
estuviera estrangulándome. Me duele la
cabeza y empiezo a ver borroso. Suenan
los tonos pero no hay respuesta.
Quisiera intentarlo otra vez, pero
no tengo fuerzas. Abro el WhatsApp y
pienso en enviarle un mensaje, pero no
sé qué poner. Debería disculparme y
decirle que le necesito, que estoy
pasando un momento de mierda, que
puede que me hayan atacado de una
forma que ni siquiera soy capaz de
pronunciar y que solo quiero arreglarlo.
Debería decirle que…
«Joder, Chris. ¡Deja de
comportarte como un crío! Asume tus
actos y no seas llorica».
Gracias, subconsciente.
Aprieto los dientes, mirando la
pantalla, y guardo de nuevo el teléfono.
Me paso las manos por la cara y cierro
los ojos durante unos segundos, tratando
de recomponerme. Escucho las voces de
Ana y María, que vuelven a acercarse, y
al poco rato, regresan las otras dos
chicas.
Han traído patatas asadas, un par
de bocadillos calientes de carne de
cerdo y bebidas energéticas. Odio la
Coca-Cola, pero tengo que reconocer
que me sienta bien. Y la comida
también. Les pregunto cuánto ha sido y
ajustamos cuentas; luego me pongo en
pie y me despido de ellas.
—¿Te vas solo? Si quieres te
acompañamos.
—No hace falta.
—Oye, toma nuestros números. Si
necesitas algo nos avisas, ¿vale?
—Tampoco iremos muy lejos —
añade María—. Estaremos aquí al
menos hasta mañana así que…
Las miro con gratitud y apunto los
números que me dan. Escribo sus
nombres en la agenda del móvil como
buenamente puedo, aunque la verdad es
que espero no tener que recurrir a ellas
para nada.
Odio sentirme así, tan jodidamente
incapaz de… no sé. Siempre he sido
muy independiente. Un tío autónomo que
no solía necesitar a nadie más, pero lo
que ha ocurrido me ha desestabilizado
por completo.
Camino a buen paso en dirección a
la parte alta del pueblo. Tengo que
volver al hotel, cambiarme de ropa y
buscar a Noelia. Lo único que tengo
para localizarla es la tarjeta que me dio
Sandra con el teléfono del tío del buceo.
Si le llamo, podrá darme el teléfono de
Sandra, y Sandra el de Noelia.
Al llegar al hotel me paro en seco
delante de la puerta. ¿Estará Evan en la
habitación? No, no creo. Conociéndole,
imagino que no querrá volver aquí para
nada. Entro al recibidor, donde me
encuentro con el hijo de la
recepcionista, un chaval español con
barba negra que aguarda detrás del
mostrador. Le pregunto si estaba anoche
y si nos vio llegar.
—Sí, pero no hay problema —dice
en inglés con una agradable sonrisa—.
Es verano, hay que divertirse.
El tipo piensa que le estoy
preguntando porque me avergüenzo del
pedo que llevaba, o algo así. Hago un
gesto negativo con la cabeza e intento
aclararle las cosas.
—Verá, no recuerdo nada de lo que
pasó. ¿Sabe si cuando llegué estaba
consciente?
Él me mira con extrañeza.
—¿Cómo? ¿A qué se refiere?
—He tenido un problema y
necesito saber qué pasó anoche. No sé
cómo llegué ni en qué estado estaba.
¿Qué vio usted? No escatime en
detalles.
El hombre se rasca la barba y
piensa durante unos segundos. Yo tengo
ganas de aporrearle contra la mesa y
sacarle la información a hostias, pero
ese chaval no me ha hecho nada, así que
me conformo con zarandearle en mi
mente.
—Pues… eran las tres, más o
menos. Venían con usted una chica y un
hombre.
Describo a Matt y a Noelia y él
asiente.
—Sí, eran ellos. Usted no podía
andar, le llevaban entre los dos.
—¿Entre los dos?
—Sí. De los brazos. —Hace un
gesto como pasándose algo sobre los
hombros y yo asiento con la cabeza,
comprendiendo… y cada vez más tenso.
Esto no me gusta nada—. Tenía los ojos
cerrados y la cabeza colgando, así. Ni
siquiera podía andar.
Le doy las gracias al tipo y me
abalanzo hacia las escaleras, con la
sangre hirviéndome en las venas. Me va
a dar una puta trombosis como siga así,
joder. El barbas viene detrás
preguntándome si ha ocurrido algo malo,
si me han robado, pero le digo que no se
preocupe. Espero que no se ponga plasta
o tendré que decirle que se meta en sus
asuntos. Por si acaso, cuando llego a la
habitación cierro con llave. Después me
apoyo en la puerta, suspirando.
Esto es una mierda. Es una mierda
de las grandes.
—Joder —me quejo, golpeando la
puerta con el puño.
Noelia y Matt me arrastraron hasta
aquí cuando estaba inconsciente. ¿Por
qué? ¿Cómo me encontraron? ¿Dónde?
¿Y por qué no estaba Grimm conmigo?
«Tranqui, Chris. Eso son muchas
preguntas. Tómatelo con calma».
Rebusco por la habitación hasta dar
con la tarjeta que me entregó Sandra y
miro el número de teléfono. Aún no es
demasiado tarde para llamar a su
colega.
Necesito respuestas.
***
El aire de la noche no ha borrado
nada, pero cuando regresamos a la casa
de Matt puedo pensar con más claridad.
Tengo que solucionar esto, no puedo
quedarme bloqueado y dejar que todo
me pase por encima, así que lo primero
que debo hacer es recoger mis cosas.
Luego buscaré la manera de ir al
aeropuerto y volver a casa. Ahora
mismo me siento como si me hubieran
arrancado algo, y no estar en mi hogar
me hace sentir inseguro constantemente.
Necesito estar allí, encerrarme unos
días, o unos meses, y acostumbrarme al
dolor hasta que no sea más que un eco
sordo.
—Tengo que volver al hotel a por
mis cosas —le digo a Matt, que se ha
sentado en la barra de la cocina y me
ofrece un cigarro.
—Toma, no fumo demasiado pero
los tengo para ocasiones especiales.
Asiento y acepto. Yo tampoco
suelo fumar, pero la nicotina me relaja
los nervios de vez en cuando. Matt me
enciende el cigarrillo cuando me
inclino.
—¿Estás seguro de que es buena
idea?
—Toda mi ropa y mi dinero están
allí, tengo que hacerlo —le digo
exhalando la primera calada.
—Pero también puede estar Chris
—apunta él. Tiene razón. Suspiro y tiro
la ceniza en el cenicero, apoyándome en
la barra—. Si no quieres hablar con él,
puedes llamar a recepción para
asegurarte.
—Sí, eso haré.
Trago saliva y dejo el cigarro en el
cenicero, buscándome el móvil en los
bolsillos, sin éxito.
—Joder… creo que he perdido el
móvil.
—Ah, no, se te cayó mientras
dormías en el sofá. Está en la mesilla
auxiliar.
Matt señala la mesa que hay junto
al sofá, y ahí está. Suspiro con alivio y
lo cojo. No hay llamadas perdidas en la
pantalla, y cuando compruebo el
Whatsapp —Draven me regaló un
Smartphone y me empujó hacia estas
modernidades— solo veo las
notificaciones de los cientos de
mensajes sin leer que hay en el chat de
los Masters of Darkness. Chris no me ha
vuelto a llamar, debería aliviarme,
debería liberarme que respete mis
deseos de no hablar con él, pero no es
así. Siento una punzada fría y
desagradable en el estómago. Si lo que
vi no era cierto, ¿no debería darme una
respuesta? Solo recibí silencio cuando
le pregunté, y que el silencio se perpetúe
me hace sentir peor de lo que esperaba.
Intento no pensar en ello y
centrarme en lo que debo hacer. Busco
el número del hotel en la agenda y no
tarda en responder una voz masculina
con un marcado acento español.
—Buenas noches. Soy Evan
Dwight, estoy hospedándome en su hotel
y necesitaba hacerle una pregunta.
—Buenas noches, Evan. Le
recuerdo, claro que sí. ¿Qué necesita?
—Quería saber si mi compañero de
habitación se encuentra en el hotel en
estos momentos.
Hay un instante de silencio, y el
tipo parece dudar, pero finalmente
responde.
—Sí, ha subido hará unos minutos.
¿Quiere que le dé algún recado?
El pinchazo en mi estómago se
vuelve más intenso. Apoyo la espalda en
la pared y miro a Matt. Creo que me he
puesto pálido porque se pone en pie y
parece preocupado. Niego con la
cabeza.
—No, no. No le diga que he
llamado, ¿de acuerdo?
—Como usted quiera. ¿Le puedo
ayudar en algo más? —pregunta,
solícito.
—No, gracias, llamaré en otro
momento.
—De acuerdo. Buenas noches,
señor Dwight.
Cuelgo y me paso las manos por el
pelo. Matt se acerca y me trae el
cigarro, lo agarro para darle otra calada
profunda que mantengo en los pulmones
hasta que el ligero mareo acude a mí.
—No te preocupes, Evan. Tengo
una habitación de sobra, puedes
quedarte aquí. La ropa no será un
problema, puedo prestarte algo. No
tienes por qué irte esta noche.
Exhalo la calada en un suspiro y
aparto la mirada de él. Me avergüenza
esto, que esté ayudándome sin
conocerme de nada. Sentirme una carga.
Siempre he preferido estar solo cuando
he tenido problemas, aunque ahora,
siendo sincero conmigo mismo, lo único
que quiero es ver a Chris, pero mi
dignidad me dice que es la última
persona con la que debería estar. Me
siento demasiado débil para enfrentarle,
y tampoco parece que él quiera
enfrentarme a mí.
—Estoy comenzando a abusar de ti,
Matt. Tienes trabajo y cosas que atender
en tu propia vida, y estoy siendo un
estorbo.
—En absoluto. —Niega con la
cabeza y sonríe. A pesar de lo marcada
que tiene la cara por la pelea sigue
resultando atractivo y de pronto
encuentro algo extraño en sus ojos, un
brillo amargo que se afana en ocultar
con su sonrisa—. Sinceramente… te lo
pido de un modo egoísta, preferiría que
pasaras aquí esta noche. No solo por ti,
también por mí. No quiero pasarla solo.
Vaya, eso no me lo esperaba. ¿Le
habré traído recuerdos? Joder, Matt
debe tener sus propios problemas,
parece bastante solo aquí, y yo he
venido a lloriquearle mis penas. No sé
por lo que estará pasando, pero al
menos le debo esto, después de todo lo
que está haciendo por mí.
—Está bien.
—Gracias.
—Matt, por Dios, no me des las
gracias.
Sonríe y me quita el cigarro,
apartándose de mí.
—Si no puedo darte las gracias,
entonces deja que te haga la cena.
—¿No hemos cenado antes?
—No, eso era un tentempié. Hoy
has comido muy poco y te mereces algo
bueno de verdad. Abre el balcón y
siéntate en la terraza, yo me haré cargo
del resto. Ah, y llévate esto —dice
sirviéndome una copa de vino y
tendiéndomela.
La verdad es que vuelvo a tener
hambre y no tengo ganas de cocinar.
Realmente, lo único que quiero hacer es
dormir y olvidarme de todo, pero Matt
está intentando animarme y tengo que
poner de mi parte. No solo por él,
también por mi propio bien.
He sobrevivido a cosas peores, o
eso intento decirme a mí mismo. ¿Cómo
he dejado que Chris calara tan
profundamente en mí? Si todo hubiera
seguido como antes, yo siendo el idiota
enamorado y él ignorándome… tal vez
habría acabado superándolo. Cuidado
con lo que deseas, suele decirse. Pues
mis deseos se hicieron realidad, y ahora
lo estoy perdiendo todo.
Cuando abro el balcón me
encuentro con una pequeña terraza al
otro lado, hay plantas en jardineras y el
suelo es de barro cocido. También hay
un sofá de mimbre y cojines y una mesa
de cristal. Se pueden ver los tejados
descender hacia la playa y la línea de
luces titilantes de la costa. Me siento y
me acomodo en el sofá, bebiendo un
poco de vino mientras observo el
paisaje, que me provoca una punzada de
melancolía de nuevo.
De pronto, desde el interior de la
casa, comienza a sonar A forest de The
Cure, y eso me hace sonreír. Matt no lo
sabe, pero The Cure es mi grupo
favorito, y aunque muchos no estarían de
acuerdo en cuanto a su utilidad para
mejorar los estados depresivos, a mí
siempre me han ayudado en mis peores
momentos. La música no tarda en
envolverme, anestesiante, y me trae
imágenes lúgubres y amables de un
bosque. Tengo mucha facilidad para
abstraerme con la música, y es una
bendición inesperada que esté sonando
esta, precisamente, porque mis
pensamientos se calman hasta
convertirse en susurros débiles, y el
dolor constante en el estómago comienza
a diluirse. El vino también está haciendo
su trabajo, y me provoca un ligero y
agradable mareo mientras me calienta
las venas. Normalmente no me mareo
con el vino, pero no me parece algo
anormal, dado que tengo la tensión por
los suelos.
Matt enciende los farolillos de la
terraza, que iluminan el espacio con
agradables luces de colores. Sopla una
brisa suave, impregnada del aroma de
las flores que brotan en los patios y en
los balcones, y en lo alto el cielo está
cuajado de estrellas desafiando a la luz
artificial.
—¿Cómo sabías que me gustan The
Cure?
—Era fácil de adivinar. —Me
guiña el ojo antes de volver al interior
de la casa.
Mientras la música suena, Matt
cocina y pone la mesa. Cuando intento
ayudarle él no me deja y me obliga a
sentarme de nuevo. No sé qué está
haciendo, pero huele de maravilla, y no
tardo demasiado en descubrirlo cuando
comienza a sacar platos y los dispone
sobre la mesa.
—Joder… ¿esto lo has hecho tú?
—No se me dan mal los fogones.
Matt sirve más vino y se sienta a mi
lado. Sobre la mesa humea el confit de
canard con manzanas asadas y ciruelas
que se ha marcado el pintor. También ha
traído un plato con pequeñas tostadas
con queso de cabra y lo que parece
mermelada de tomate, y unos hojaldres
que no soy capaz de adivinar de qué
están rellenos, pero tienen una pinta
demasiado apetitosa. El olor y el
aspecto de la comida me terminan de
abrir el apetito, y cuando Matt sirve los
platos me pongo a comer con ganas.
Todo está tan delicioso como
parecía. Esta vez sí encuentro el sabor
de las cosas y soy capaz de comerme mi
parte, e incluso el postre que Matt trae
al final, unas fresas con crema de queso
que a pesar de que ya no tengo hambre
encuentran su hueco en mi estómago.
Espero que esto no acabe por sentarme
mal.
Matt me tiende la copa de vino
cuando hemos terminado de comer.
Hemos estado hablando un rato de
música, pero la conversación se ha ido
agotando y Matt se ha quedado un poco
ensimismado mirando la luna, que brilla
en su plenitud sobre el mar.
—Matt, perdona si soy indiscreto
pero… ¿por qué quieres que me quede
esta noche contigo? Me gustaría saberlo,
después de todo, yo te he cargado con
mis problemas y me gustaría poder
ayudarte como tú me estás ayudando a
mí.
El pintor me mira con afecto.
—Gracias, Evan. Pues… va a
sonarte a locura. Aunque tal vez lo sea.
—Se ríe por lo bajo y da un sorbo al
vino, mirándome con cierto misterio.
—Vivo rodeado de locos, creo que
pocas cosas me van a escandalizar a
estas alturas.
—Esta noche hay luna llena. Soy
bastante sensible a las fases lunares,
¿sabes? —Niego con la cabeza,
mirándole mientras doy un trago al vino.
Sabe un poco amargo, pero me
reconforta el calor que provoca en mi
estómago—. A veces me afectan de
manera positiva, me paso las noches sin
dormir, pintando sin parar y sintiéndome
eufórico y lleno de ideas y creatividad,
pero otras veces…
—¿Te deprime?
—Sí. Aunque eso es bastante
suave. Suele coincidir con la luna llena,
como esta noche. Comienza con una
melancolía que va convirtiéndose en
algo más oscuro. Entonces no soy capaz
de hacer nada, todo lo que pinto me
parece terrible y me lleno de
pensamientos negativos… hasta el punto
de que más de una vez me he encontrado
en la orilla del mar, de noche, queriendo
sumergirme en las profundidades y no
volver a la superficie.
Matt ha bajado un poco la voz. Su
tono es confidente, y su voz grave suena
aterciopelada y suave. Me está contando
un secreto, y sus ojos azules parecen el
fondo de ese mar que le llama… ¿Será
verdad lo que me cuenta? No me cuesta
creerlo, imaginarle en la orilla, descalzo
y avanzando hacia las aguas oscuras en
una especie de trance.
Así son sus cuadros, eso es lo que
vi en ellos. La luna y el mar, y el azul de
las profundidades. La melancolía y la
oscuridad.
—Eres el primer lunático que
conozco.
—Bueno, no soy exactamente un
lunático.
—¿No?
—No. Estuve en tratamiento
psicológico por esto, pero nadie supo
hacer que remitiera. He conseguido
controlarlo cuando lo he aceptado. No
es un problema de mi cabeza, no es que
esté loco, es algo que está en mis
genes… en mi alma, si lo prefieres. Mi
madre también tenía una relación muy
especial con la luna, pero ella supo
cultivarla. Era una bruja.
—¿Una bruja? ¿Como las de
Salem?
Matt se ríe.
—No, no exactamente. Era capaz
de curar enfermedades y tenía sueños
premonitorios. Ella me contó que se
puso de parto una noche de luna nueva, y
que yo era un hijo de la luna negra.
—¿Qué significa eso?
—Según ella, que he nacido con
dones especiales.
Doy otro sorbo al vino. El relato de
Matt está terminando de relajarme y
alejar mis pensamientos de la
melancolía. Me agradan esas historias,
sean fantasía o no. Comienzo a sentirme
cómodo y su presencia me resulta cada
vez más familiar. Me gusta que me
cuente sus secretos, porque no creo que
algo así se lo pueda contar a cualquiera
sin que piense que está rematadamente
loco.
—¿Y qué dones son esos? —le
pregunto en voz baja, mirándole.
—El de la visión —me dice,
acercándose un poco.
En otras ocasiones, que Matt se me
acercara tanto me ponía nervioso, pero
esta vez no es así. Su gesto me
reconforta. La verdad es que no quiero
estar solo, y creo que Matt es el único
capaz de comprender lo que me ocurre.
El único capaz de comprenderme.
Le miro un momento, perdiéndome
en sus ojos profundos y en las líneas de
su rostro.
—¿Y qué es lo que ves…?
—Veo en el interior de las
personas —me responde casi en un
susurro, mirándome a los ojos.
Me apoyo en él y cierro los
párpados. No entiendo por qué esas
palabras me hacen sentir tan bien, tal
vez porque no necesito dar ninguna
explicación. Tal vez porque quiero
creerlas, porque me hacen sentir en
conexión con alguien. Con él. Matt
siempre ha hablado como si me
conociera. Creo que somos muy afines,
no sé si tendrá que ver con la luna, pero
que él esté aquí ahora está poniéndome
las cosas mucho más fáciles.
No sé qué estaría pasando si no le
hubiera encontrado.
—Matt, ¿tú crees que las cosas
siempre pasan por alguna razón?
—Sin duda. Yo creo en el destino.
Abro los ojos y le miro. Los suyos
parecen brillar en la oscuridad, azules
como el cielo crepuscular, profundos
como el mar, hipnóticos.
De pronto, una idea loca cruza por
mi cabeza. Tal vez… tal vez él tiene que
ser parte de mi vida.
Todo ocurre por algo, ¿no?
***
No sé cuántas veces he hecho este
mismo recorrido desde que estamos
aquí: desde la parte alta del pueblo
hasta la ciudad nueva, y a la inversa, de
abajo hasta arriba, venga a subir y bajar
cuestas. Empiezo a cansarme de todo
esto; no de este lugar, que es bastante
guay, sino de esta situación, de estas
vacaciones de mierda, que debían servir
para que pasáramos tiempo juntos,
divirtiéndonos, y solo han hecho que nos
separemos.
Otra vez cuesta abajo, Draven.
No importa. Voy a resolverlo de
una vez por todas.
He podido contactar con Sandra
hace cosa de media hora. La muchacha
se ha quedado de piedra cuando le he
dicho que necesitaba ir a casa de Noelia
y le he contado lo ocurrido. Habría
preferido no hacerlo, pero ella no me
conoce de nada y como es natural, no
quería darme la dirección de su amiga,
así que he tenido que darle algunas
explicaciones. Al relatarle la historia, le
ha cambiado la voz.
—Joder… ten cuidado, Chris.
Mira, Matt no es de fiar. No puedo
acusarle de nada porque no tengo
pruebas, pero es un hombre muy turbio.
Y Noelia… bueno, Noelia es mi amiga,
pero sé que a veces se le va la cabeza y
hace cosas que no debe.
Lo de Matt no me ha pillado de
nuevas, pero aun así, que alguien como
Sandra, una tía que parece muy centrada
y legal, hable mal de él hace que me
reafirme en mis prejuicios, ¿ok? Yo sé
que ese tío es un cabronazo. Ahora bien,
tengo que encontrar algo sólido que lo
confirme o seguirá pareciendo que le
parto la cara de forma injustificada.
Camino a buen paso, con la
adrenalina alborotada y el desasosiego
en el corazón, mirando de vez en cuando
los nombres de las calles y
comparándolos con el que he apuntado
en un papel. Tengo prisa, no solo por
mí. Cuando salí del hotel, el
recepcionista me dijo que Evan había
llamado. He intentado ponerme en
contacto con él, pero otra vez ha sido en
vano.
Sé cómo es. Estará jodido,
amargado y enfadado, pero sobre todo
muy dolido. No se esconde para
castigarme o hacerme daño sino porque
no quiere dañarse él. Así que cuando
arregle esta mierda con Noelia iré a
buscarle de nuevo. No voy a dejar que
las cosas se queden así.
Al fin, tras dar unas cuantas vueltas
y perderme dos veces, encuentro el
lugar. Es un bloque de pisos cerca del
paseo marítimo, un edificio blanco con
piedra clara en la fachada. Busco el piso
y llamo al portero automático.
—¿Quién es?
—Noelia, soy Chris —digo con
tono de voz tranquilo—. Abre, tenemos
que hablar.
Hay un silencio indeciso y luego
escucho el ruido del telefonillo cuando
la muy zorra me cuelga. ¡Será cabrona!
Respiro con fuerza y vuelvo a hundir el
dedo en el botón, una, dos y tres veces,
con llamadas cada vez más largas. Ella
no vuelve a responder. No voy a dejar
que se salga con la suya, así que me
alejo un poco y localizo el balcón que
creo que puede ser el suyo. Coloco las
manos alrededor de mi boca y me pongo
a gritar.
—¡¡Noelia!! ¡¡Ábreme la puerta!!
No hay respuesta. Así que grito
más.
—¡¡¡Noelia, ábreme!!! ¡¡¡No tienes
derecho a putearme así, y lo sabes!!!
¡¡¡Da la cara!!!
Sigo llamándola, exigiendo que
responda, y un par de vecinos se asoman
a ver qué ocurre, pero no les hago caso.
Al fin, la chica aparece en la ventana,
despeinada y con el rostro desencajado
por la ira.
—¡Márchate de una vez, no quiero
saber nada de ti!
—¡Yo tampoco, pero tienes que
explicarme lo que ocurrió la otra noche!
—¡No hay nada de qué hablar!
¡Márchate o llamaré a la policía!
Ja. Si cree que con eso me iba a
amedrentar, la muy estúpida se ha
columpiado de lo lindo.
—¡Estupendo, hazlo! ¡Les contaré
unas cuantas cosas, a ver si delante de
ellos eres un poco más sincera!
Los vecinos empiezan a cuchichear
y ella se pone pálida. Hay un momento
de silencio y al rato, escucho el zumbido
de la puerta metálica al abrirse. Empujo
y entro, subiendo las escaleras a toda
prisa hasta el tercero. Allí, Noelia me
espera envuelta en el albornoz, con la
puerta entreabierta y mirándome con una
mezcla de odio y miedo. Veo que tiene
una mano escondida, imagino que lleva
algo para defenderse por si me pongo
violento. Pero no le va a servir de
mucho. En cuanto entro, la agarro del
brazo, cierro la puerta con el pie y le
quito de la mano el…
—¿Qué coño es esto? ¿una raqueta
de tenis?
Bueno, no era mala idea.
—¡Si me tocas llamo a la policía,
lo juro por dios! —exclama ella
retrocediendo.
—Siéntate. Vamos a hablar
tranquilos.
Dejo la raqueta y me siento yo el
primero, obligándome a estar calmado.
Noelia duda, pero al final se dirige al
sofá y se acomoda en el extremo, bien
alejada de mí. No sé muy bien cómo
empezar, así que decido tirarme un
farol. Viendo que mi amenaza de ahí
abajo ha funcionado tan bien, sigo por el
mismo camino.
—No voy a denunciarte. —Ella se
pone blanca y veo el miedo en sus ojos.
Perfecto. Eso me confirma que ha hecho
algo malo. Maldita puta… «Chris,
mantén la calma»—. No voy a
denunciarte pero tienes que contarme
qué pasó exactamente. Cómo me
encontrasteis, por qué ibas con Matt…
necesito saberlo todo. No recuerdo
nada, es un puto escenario oscuro,
¿vale? Intenta ponerte en mi lugar por un
momento, por mucho que me odies, y
entiende que tengo que saber lo que ha
ocurrido.
—No te odio, joder, pero estás
loco. ¡Me pegaste!
—No te pegué.
—Ibas a hacerlo.
—Soy una persona muy violenta.
Qué se le va a hacer. —Ella desvía la
mirada. Está encogida y tiene mal
aspecto. De hecho, tiene muy mal
aspecto, como si estuviera enferma. De
pronto me da hasta un poco de pena—.
¿Qué coño ha pasado? Hace dos días
estábamos riéndonos en la playa, chica.
Pensaba que nos llevábamos bien, que
éramos colegas… ¿Qué fue lo que
ocurrió para que lleguemos a esto?
De pronto, la tía rompe a llorar.
Me quedo estupefacto, porque es como
si hubiera llegado al límite de algo, y no
sé de qué. ¿Le habrán hecho algo a ella
también? Me cuesta reaccionar, pero al
cabo de un rato, me levanto y voy a la
cocina a por servilletas. Cojo una y se la
ofrezco para que se limpie las lágrimas.
Por alguna razón, ella llora más. Le
traigo un vaso de agua porque le va a
dar algo, diría que está con un ataque de
nervios.
—Venga, tranquila. Mira, cuéntame
lo que sea, te sentirás mejor —digo,
intentando aprovechar su momento de
sensibilidad o lo que sea esto.
—Tú no lo entiendes… no era más
que un juego, una broma retorcida… yo
no esperaba que…
—¿Qué?
—Dios mío, me vas a matar… sé
que lo harás, me vas a golpear y me lo
merezco…
Ella sigue llorando como si fuera a
morirse de pena ahí mismo. Joder, en
serio. Menudo puto drama. Y eso que el
perjudicado soy yo. La dejo un rato
hasta que se tranquiliza.
—Mira, Noelia, no te voy a matar,
ni a pegarte, ni nada parecido. Tampoco
te voy a denunciar, no es mi intención
por ahora. Pero me estás poniendo muy
nervioso, ¿entiendes? Mi novio se ha
largado, y está destrozado porque nos
encontró juntos en la cama, y yo no
puedo darle ninguna explicación porque
no recuerdo absolutamente nada. Ni te
imaginas lo mal que lo está pasando…
—Sí me lo imagino. —Noelia
sorbe la nariz y trata de recuperar la
entereza—. No creas que no lo he
pensado. —Levanta la mirada hacia mí.
Está jodida, tiene ojeras y la expresión
muy angustiada—. Llevo pensando en
ello todo el día… No soy ninguna santa,
¿vale? He roto muchas parejas, a veces
solo para sentirme bien, para… sentir
que valía algo, que podía hacer que un
hombre me prefiriese a mí antes que a su
chica… pero… esto se me ha ido de las
manos. Me das miedo, sé que me vas a
hacer daño…
—Ya vale con eso, suéltalo de una
vez y que sea lo que tenga que ser —le
insisto, exasperado.
—Tú me gustabas desde que nos
vimos en la playa y cuando dijiste que
eras gay no me lo creí. Me parecía que
me estabas despreciando y quería… ya
sabes… quería que cayeras. Me… me
encontré con Matt en el bar y estuvimos
hablando. Había bebido un poco y las
cosas que decía me parecían buena idea.
No me pareció tan terrible, creí que
sería una especie de broma cabrona,
pero no esperaba…
Matt. Cómo no. Mis instintos
asesinos se disparan otra vez.
—¿Qué te dijo ese tío?
—No lo sé… no lo recuerdo bien.
Hablamos de ti, él dijo que pensaba que
eras hetero pero que estabas fingiendo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ya… pero entonces sí lo tenía.
Me dijo que podíamos probarlo,
poneros a prueba a ti y a tu novio, como
una especie de novatada, ¿sabes?
Sonaba como algo así, como una de esas
películas de comedia romántica… joder,
no pensaba que fuera a acabar así.
—¿Qué? —Me estoy quedando de
piedra con la puta historia—. ¿Comedia
romántica? ¿Sois imbéciles, o qué coño
os pasa?
Noelia se encoge en el sofá y
vuelve a llorar, me he puesto de pie sin
darme cuenta y la verdad es que debo
resultar amenazador. Pero me obligo a
sentarme de nuevo.
—Me dijo que iba a animar la
noche, me dijo que… él es conocido en
el pueblo porque todos le compramos a
él en vacaciones. Tiene de todo, coca,
speed, ácido… hasta opio. Me dijo que
iba a ser divertido, que sería como una
gran lección y que yo tendría lo que
quería… me dijo que tú también querías
pero que no podías admitirlo… toda esa
mierda era lo que yo deseaba oír,
¿sabes? Y me lo tragué. Le dije que de
acuerdo, que le ayudaría.
Voy a matar a ese tío. Voy a matar
a ese hijo de la gran puta. Noelia
también se merece dos hostias, pero lo
de Matt…
Aprieto los puños, dando vueltas
por el salón, conteniéndome.
—Sigue.
—Me dijo que os íbamos a poner
algo en la bebida y que luego os
separaríamos, que él se quedaría con tu
novio para que no le pasara nada
mientras yo… bueno, ya sabes. Me dijo
que tú ibas a querer…
—Sigue.
—Algo fue mal y os fuisteis pronto.
Matt me dijo que teníamos que ir a
buscaros. Os encontramos en la playa,
inconscientes. Te llevamos al hotel y yo
me quedé contigo…
—Sigue. —Noelia se ha quedado
callada. La miro. Está más pálida y tiene
la mirada perdida—. ¡Sigue, joder!
—No… no puedo…
—Cuéntamelo todo de una vez, o
me voy a pensar lo de la denuncia —le
exijo, acercándome a ella de nuevo con
una actitud poco amistosa—. ¡Habla!
Me da igual asustarla. Estoy
rabioso como nunca recuerdo haberlo
estado. Ella da un respingo, tartamudea,
pero se fuerza a continuar.
—Lo intenté, pero no había
manera… ni siquiera estabas despierto,
de vez en cuando volvías en ti y decías
cosas sin sentido pero no podías hacer
nada… probé a intentar espabilarte pero
no había manera… y luego me asusté y
pensé que sería peor si te despertabas,
así que…
—¿Qué hiciste?
—¡Nada! No pude hacer nada.
No… eso no… no había manera.
La miro, suspicaz.
—¿Y el preservativo?
—Lo preparé. Pensé que si lo veías
a la mañana siguiente, tal vez te diera
todo igual y quisieras hacerlo, pensando
que ya lo habíamos hecho…
—¿Cómo que lo preparaste?
—Era jabón. Lo que había dentro.
Gel de ducha.
La tía está temblando, mirándome
con pavor. Dios. La arrastraría de los
pelos, en serio, pero ahora hay algo que
me urge más que eso.
—Dame la dirección de Matt.
Noelia se levanta a toda prisa, coge
un bolígrafo con manos temblorosas y la
apunta en una de las servilletas que he
traído.
—No quiero saber nada más de él.
Ni de todo esto —balbucea—. No
vuelvas por aquí, por favor. Estoy harta
de vivir con miedo.
Cojo el papel y la miro,
alucinando. Vivir con miedo, dice. Ha
pasado un día asustada porque creía que
le iba a pegar, y a eso lo llama vivir con
miedo. Será mala perra.
—¿Vivir con miedo? ¿Y mi novio,
solo en un país extranjero pensando que
le he puesto los cuernos contigo, cómo
debe estar él, eh? Esperaba que al
menos te disculparas, pedazo de puta.
Pero ya veo que no.
—Chris, yo…
—Es igual, ya no hace falta. Por mí
como si te pudres. Me alegro de que
estés sufriendo, tienes lo que te mereces
—le suelto antes de largarme, cerrando
de un portazo.
Salgo del edificio y echo a correr
hacia el casco antiguo, otra vez pueblo
arriba, a través de las mismas calles de
siempre. Me alivia saber que, tal y como
yo creía, no hice nada con Noelia, pero
todo esto me ha causado una inquietud
aún mayor.
Y es que ahora sé que seguramente,
Evan está con Matt. Con un hijo de puta
que ha sido capaz de drogarme y de
montar una jodida parafernalia como
esta para quedarse a solas con él.
***
—El comienzo fue algo difícil.
Estuve un tiempo durmiendo en la calle.
Llevo un rato en silencio, solo
escuchándole. La voz de Matt es
agradable, es como una caricia grave,
como el roce del terciopelo, cálida y
con cuerpo. Me reconforta como lo hace
el vino, y me da la impresión de que
resuena dentro de mi cabeza, espantando
los malos pensamientos.
—¿En serio? —Me he encogido un
poco en el sofá y tengo la cabeza
apoyada en el respaldo mientras le miro
—. Eso debe ser horrible.
—En realidad aprendí mucho,
sobre mí mismo y sobre la gente.
Cuando llegué a España estaba resentido
con el mundo, creía que no podían
existir personas buenas, que en las
intenciones de todos siempre había
intereses ocultos, o que al final siempre
acabarían haciéndome daño.
—Pero no fue así.
—No. Encontré apoyo entre los
desconocidos, los últimos en los que
uno cree que podría confiar. Comencé a
dibujar en la playa y hubo gente que me
apoyó comprando las obras, o
simplemente dándome dinero por verme
pintar. Al poco pude permitirme una
habitación en condiciones, y hoy ya
ves… —Hace un gesto hacia el paisaje
frente a nosotros. Sonrío,
acomodándome más en el mullido sofá.
Me gusta lo que dice. Me hace
sentir cierta esperanza. Creo que yo no
sería tan valiente como para romper con
toda mi vida y buscar nuevos horizontes,
pero en estos momentos no me importa
fantasear con ello. Tal vez podría
acostumbrarme a vivir en un lugar como
este, con un trabajo tranquilo del que
tuviera el control completo, sin giras
estresantes, sin conciertos, sin jefe, sin
sesiones fotográficas… lejos de todo, y
de todos.
—Me alegro de que te fuera bien.
Sonrío, mirándole. Matt aparta la
mirada hacia el paisaje, un amago de
sonrisa curva imperceptiblemente sus
labios y un mechón de pelo largo se
desliza sobre su pecho y le cubre la
mitad del rostro. Parece tan negro que es
como petróleo resbalando por su
hombro. Cuando vuelve a mirarme, sus
ojos me parecen más profundos, más
oscuros y misteriosos. Hay algo en la luz
que me muestra sus rasgos de manera
distinta; los ángulos de su rostro, viriles
y armónicos, parecen los de una estatua
animada, perfectamente esculpida. No
tiene imperfecciones en la piel, pálida
como la mía, y su mirada parece ocultar
mil secretos, mil vivencias que no soy
capaz de imaginar.
—No me iba tan bien, aún faltaba
algo en mi vida, algo que me devolviera
la inspiración… la verdadera
inspiración.
Se acerca. Su pelo se precipita ante
su rostro, agua negra que me dan ganas
de tocar. Pero no lo hago. Mis dedos se
han quedado paralizados. Su mirada me
atraviesa y tira de mí, la veo bajar hacia
mis labios, anhelante, y luego volver a
mis ojos con un fuego nuevo. Mi corazón
empieza a latir más rápido y un
hormigueo cálido se agita en mi vientre.
—Y… ¿lo has encontrado

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