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Bajo una nube gris – Elisabet Soler Guerrero

Bajo una nube gris - Elisabet Soler Guerrero

Bajo una nube gris – Elisabet Soler Guerrero 

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respetuoso negro, empieza a salir lentamente del cementerio. Cierro
los labios y los aprieto, en un esfuerzo casi imposible por contener las
lágrimas. Ahora mismo soy una metáfora del cielo, gris y nublado que
retiene inútilmente la lluvia. Bien pronto lloverá. Me dirijo hacia la
salida, necesito marcharme de aquí.
―¡Emma! ―escucho detrás de mí. Es Judit, mi mejor amiga, que corre
hacia mí. Está guapa incluso vestida de negro―. ¿Dónde vas?
―A casa ―contesto de manera cortante, no me puede salir de ninguna
otra manera ahora.
―Te acompaño.
Andamos en silencio, lentamente y con desgana, por las calles
de nuestro pueblo natal. Finalmente, y obviamente, tenemos que
acelerar el paso porque empiezan a caer gotas. Al llegar al portal de mi
casa, entramos y subimos los cinco pisos con el ascensor sin decir
nada. Yo ni siquiera puedo levantar la cabeza. Abro la puerta y
entramos al piso vacío, lleno de un silencio doloroso que me encoge el
corazón. En la cocina, me siento en una silla delante de Judit, mientras
ella, sin decir nada tampoco, prepara café.
―Gracias por estar a mi lado, Judit.
―Ya sabes que cuentas conmigo ―me dice intentando dibujar una
sonrisa, que le agradezco.
Sirve dos tazas de café con leche y nos las bebemos en
silencio. Desvío la mirada hacia la ventana y observo, absolutamente
ausente, como llueve. No he asimilado la situación, es todo demasiado
irreal.
―¿Ahora qué harás? ―me pregunta con todo el tacto de que es
capaz―. Quieres que me quede a dormir?
―No, quiero estar sola.
―Como quieras ―me contesta con un tono que lleva implícito que lo
comprende.
Seguimos en silencio. Yo sigo con la mirada perdida mirando a
través de la ventana de la cocina. Ella se acerca algo más a mí y me
coge la mano con ternura. La miro y veo cómo sólo con una mirada y un
gesto me da todo su apoyo. Es inútil retener las lágrimas, que me
empiezan a brotar sin cesar. Me siento totalmente perdida.

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respetuoso negro, empieza a salir lentamente del cementerio. Cierro
los labios y los aprieto, en un esfuerzo casi imposible por contener las
lágrimas. Ahora mismo soy una metáfora del cielo, gris y nublado que
retiene inútilmente la lluvia. Bien pronto lloverá. Me dirijo hacia la
salida, necesito marcharme de aquí.
―¡Emma! ―escucho detrás de mí. Es Judit, mi mejor amiga, que corre
hacia mí. Está guapa incluso vestida de negro―. ¿Dónde vas?
―A casa ―contesto de manera cortante, no me puede salir de ninguna
otra manera ahora.
―Te acompaño.
Andamos en silencio, lentamente y con desgana, por las calles
de nuestro pueblo natal. Finalmente, y obviamente, tenemos que
acelerar el paso porque empiezan a caer gotas. Al llegar al portal de mi
casa, entramos y subimos los cinco pisos con el ascensor sin decir
nada. Yo ni siquiera puedo levantar la cabeza. Abro la puerta y
entramos al piso vacío, lleno de un silencio doloroso que me encoge el
corazón. En la cocina, me siento en una silla delante de Judit, mientras
ella, sin decir nada tampoco, prepara café.
―Gracias por estar a mi lado, Judit.
―Ya sabes que cuentas conmigo ―me dice intentando dibujar una
sonrisa, que le agradezco.
Sirve dos tazas de café con leche y nos las bebemos en
silencio. Desvío la mirada hacia la ventana y observo, absolutamente
ausente, como llueve. No he asimilado la situación, es todo demasiado
irreal.
―¿Ahora qué harás? ―me pregunta con todo el tacto de que es
capaz―. Quieres que me quede a dormir?
―No, quiero estar sola.
―Como quieras ―me contesta con un tono que lleva implícito que lo
comprende.
Seguimos en silencio. Yo sigo con la mirada perdida mirando a
través de la ventana de la cocina. Ella se acerca algo más a mí y me
coge la mano con ternura. La miro y veo cómo sólo con una mirada y un
gesto me da todo su apoyo. Es inútil retener las lágrimas, que me
empiezan a brotar sin cesar. Me siento totalmente perdida.
Por la noche, ya sola, acurrucada en el sofá ante la televisión
encendida sólo para romper el penetrante silencio, no entiendo cómo
en una casa en la que había tanta calidez, tanto amor, de golpe haya
quedado fríamente vacía, rota. La vida feliz que viví aquí se ha
derrumbado y sólo queda un recuerdo que ahora me es lejano. Los
recuerdos de toda mi existencia me pasan por delante como los
fotogramas de una película antigua. Me veo de pequeña con pijama
abriendo los regalos de reyes, con las amigas jugando a las muñecas
en la habitación, con toda la familia comiendo en la sala de estar.
Recuerdo con tristeza la última comida familiar, sólo hace unos meses,
donde todos estábamos alrededor de la mesa y conversábamos
animadamente. En aquel momento, no era consciente de que todo
estaba a punto de acabar, de desaparecer. Todo ha acabado y no
queda nada. Lágrimas de rabia y odio me bajan como un torrente
mejillas abajo. Suelto un grito desesperado. Me encojo sobre mis
rodillas y me enrollo como un ovillo de lana. Me he quedado sola, me
han dejado sola, perdida y sola. Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas.
Paso los días como si estuviera en un sueño, más bien, en una
pesadilla. No salgo de casa, casi no duermo, prácticamente no he
comido nada, ni siquiera me quito el pijama. El teléfono de casa no
para de sonar, pero no lo descuelgo porque no tengo ganas de hablar
con nadie. Necesito un cambio. ¿Qué hago con mi vida? No puedo
pensar con claridad, estoy muy cansada y débil, y los pensamientos se
mezclan, confundidos, dentro de mi cabeza. Tengo que marcharme de
este piso, de este pueblo, tengo que irme lejos y empezar de nuevo.
Al atardecer, escucho el timbre de la puerta. Lo ignoro, no
tengo ganas de ver nadie, pero sigue sonando insistentemente,
martilleándome la cabeza. No lo soporto más y a disgusto, me levanto y
voy a abrir la puerta. Es Judit, que parece bastante molesta.
―Emma, no me coges el teléfono.
―No tengo ganas de hablar con nadie ―mi tono también es molesto,
me molesta. Quiero estar sola.
Vuelvo a sentarme en el sofá, donde me he instalado desde
hace días. Ella me sigue y se sienta a mi lado. Me observa
detenidamente con la mirada llena de preocupación.
―¿Has podido dormir? ¿Has comido algo? ―me pregunta al ver mi
aspecto―. Tienes que descansar y comer algo.
―No. Tengo un nudo en el estómago y no me entra nada.
―Voy a preparar algo para comer ―se levanta y va hacia la cocina.
Terca como siempre, ignora mis palabras y no me hace caso,
así que prepara un bocadillo de atún para mí, que sabe que me gusta,
y uno de jamón para ella. Los lleva al sofá y me alarga el bocadillo. Yo
lo cojo, bajo su mirada atenta, y hago un esfuerzo, aunque sólo sea
para no escucharla más. Cuando trago por primera vez, enseguida me
doy cuenta de que hace demasiado tiempo que no como nada. Mi
cabeza está tan confundida que supongo que ha olvidado enviarme
señales de hambre.
―Y ahora, ¿qué harás? ―me pregunta, preocupada.
―No lo sé. Tengo que salir del piso la semana que viene, no puedo
pagar el alquiler. De todos modos no quiero seguir viviendo aquí,
quiero marcharme de este piso, quiero alejarme del pueblo.
―¿Por qué no vuelves a Barcelona con nosotros?
―No tengo ganas. Además, ahora ya no hay espacio, alquilasteis mi
habitación.
―Sabes que si lo necesitas, te puedes quedar ―insiste.
―Lo sé. Pero no, quiero empezar de nuevo.
―¿Adónde irás, pues?
―Había pensado mudarme a Gerona ―no sé de dónde he sacado la
idea, pero parezco decidida.
―¡¿A Gerona?! ¿Qué carajo se te ha perdido en Gerona?
―exclama―. ¿Y cuándo has decidido esto? No piensas con claridad
―me conoce demasiado bien Judit.
―Cierto, pero pienso ir ―acabo de decidirlo ahora mismo.
―¿Y dónde vivirás? ―me pone a prueba―. ¡Pero Emma! ¿A Gerona?!
¡Pero si no conoces nadie!
―Iré a un albergue unos días. Cuando encuentre trabajo, alquilaré un
piso para mí sola. Judit., necesito cambiar de aires, necesito
marcharme. El alquiler allí es mucho más barato que en Barcelona y
siempre he querido ir. Necesito un cambio radical.
Me mira boquiabierta con evidentes ganas de abuchearme
pero se contiene. Aguanto orgullosa las ganas de llorar. Conozco a
Judit desde hace una pila de años y sé que en otras circunstancias
intentaría hacerme cambiar de opinión, siempre para hacer lo que ella
cree que es más conveniente para mí, pero en esta ocasión reprime
las ganas y me mira paciente.
―No veo claro que te vayas a Gerona.
―Si no funciona, siempre puedo volver ―le digo para tranquilizarla.
―Prométeme que si no encuentras trabajo o lugar para vivir vendrás a
Barcelona a vivir ―insiste.
―De acuerdo.
―Te pienso llamar y más te vale que cojas el teléfono.
―De acuerdo.
Acabo de preparar la maleta gorda. Sólo me llevo ropa y unas
cuantas fotografías. No cabe nada más, no caben los recuerdos. No
me puedo creer que no vuelva a ver más el hogar donde he vivido toda
la vida. En un cerrar y abrir de ojos, todo se ha roto en mil pedazos, y
una fuerte corriente los ha esparcido por el horizonte. Nunca habría
pensado que mi vida, fácil y sencilla, se podría desmontar. Cada
pedazo, esparcido. Todavía no lo he asimilado, tengo la sensación de
que en cualquier momento me despertaré y nada habrá pasado. Miro
el piso con nostalgia por última vez antes de irme y salgo del piso
cargada con la maleta, con la poca fuerza que me queda. No puedo
evitar las lágrimas.
Subo al tren sintiéndome como una fugitiva, huyo del piso, huyo
del pueblo, huyo de todo y de todo el mundo en un desesperado
intento por olvidar. Siento cómo las lágrimas, que parece que no vayan
a acabarse nunca, me caen calientes por las mejillas. Qué mala manera
de acabar el año. ¿Qué haré ahora? ¿Qué haré a solas? Mil preguntas
me pasan por la mente y me asusta no tener ninguna respuesta. Tengo
miedo, me siento perdida, sin identidad. Me propongo dejar atrás todo
el pasado, toda la tristeza, todo el rencor. Me enjugo las lágrimas con la
manga y decido que, con la marcha del tren, avanzaré hacia la nueva
ciudad dejando atrás todas estas emociones. Escucho cómo el tren
empieza a arrancar dirección Gerona y, cogiendo aire y respirando
profundamente, me acomodo al asiento dispuesta a comenzar de
nuevo.
II
Hace unas semanas que busco trabajo y ya me empiezo a
preocupar, no pensaba que me costaría tanto encontrar uno. Ando por
las calles de Gerona, mi nueva ciudad, buscando y preguntando en
todos los establecimientos si necesitan gente. Me recorro todas las
empresas de trabajo temporal, todas las tiendas de ropa, todos los
supermercados, todos los bares. Empiezo a pensar que no ha sido una
buena idea venir a vivir a Gerona yo sola, quizás Judit tenía razón y me
he equivocado.
Diseño un plan, un plan para sobrevivir, para no pensar. Me
concentro en buscar trabajo y aparco los sentimientos. Me siento
perdida, me encuentro sin identidad en un contexto extraño. Cuando
encuentre un trabajo y un piso, despacio todo mejorará.
Necesito encontrar un trabajo ya, de lo que sea, sigo viviendo
en el albergue y casi no me queda dinero. Mientras ando por la
avenida Montilivi, absorbida por mis pensamientos, medio distraída, de
golpe veo una pequeña cafetería, muy cerca de la universidad, y me
acerco rápidamente para preguntar. Cuando estoy delante de la
entrada veo que hay colgado un pequeño cartel en el cristal donde
pone que se busca un camarero. El corazón me da un bote y entro
corriendo.
Observo el local. La cafetería es pequeñita pero muy acogedora.
Es fuerza nueva y moderna, con una gran barra redonda en medio y
unas cuantas mesas pequeñas alrededor. Los colores son cálidos y la
han decorado con encanto. Me acerco a la barra y encuentro un
hombre bastante alto y poco arreglado, con los cabellos negros y
largos cogidos en una cola y la barba sin afeitar. Veo que trae un
pendiente en forma de anilla a la oreja. El pelo le empieza a
encanecer, debe de tener unos cuarenta años, más o menos. Casi
nunca acierto la edad de la gente. Me dirijo a él para preguntarle por
el dueño de la cafetería y me sorprende: es él, Pere. Tiene un aire
bastante bohemio y no de empresario. Me presento y le explico que he
visto el cartel del cristal que dice que necesitan un camarero y que
estoy muy interesada, y me invita a sentarme para hablar un poco.
Lo sigo nerviosa pero decidida y segura hasta una mesa del
fondo. Observo su andar lento y su ademán dudoso. Nos sentamos uno
delante del otro. Le doy mi currículum y se pone a leerlo atentamente.
Espero nerviosa una respuesta, moviendo los pies. Necesito este
trabajo. Quiero este trabajo.
―Eres de Barcelona… ―no sé si duda o se sorprende.
―Sí. Bien… no, de un pueblo del lado.
―¿Y hace mucho que vives aquí en Gerona?
―No, acabo de llegar ―no sé por qué de golpe me he puesto
nerviosa.
―Y tienes 20 años, ¿no?
―Sí, pronto haré 21.
―Veo que tienes bastante experiencia como camarera.
―Pues sí, he trabajado muchos veranos como camarera en hoteles y
restaurantes, y durante el año también he trabajado algunos fines de
semana puntualmente ―le explico.
―¿Y estás estudiando la carrera de Enfermería?
―Sí…bien, justamente ahora no, estoy haciendo un descanso ―ahora
ni parezco decidida ni segura tampoco.
―Ah… Por lo que veo tienes experiencia y pareces una chica activa,
que es lo que busco. Además, eres joven y encajas con el personal,
piensa que como estamos junto a la universidad vienen muchos
estudiantes.
―También soy trabajadora y muy responsable ―me afano a añadir.
―Bien. Si te interesa, el trabajo, estás contratada.
―¿Sí? ―le pregunto, emocionada.
―Sí ―me dice con una sonrisa.
―¡Perfecto! ¡Mañana mismo empiezo si quieres! ―exclamo―. ¿Hace
falta que traiga algo?
―Mañana no hace falta, puedes empezar lunes. Tienes que traer una
fotocopia del carné de identidad, el número de la seguridad social y el
número de cuenta.
―Perfecto. Pero… ¿y el horario y el sueldo? ―le pregunto al ver que
no lo menciona.
―Pues no lo he pensado mucho… ―me dice, pasándose una mano por
la cabeza. Yo no puedo evitar levantar las cejas, incitándolo a
contestar―. Estaría bien que hicieras de ocho de la mañana a cinco de
la tarde con una hora para comer. La cafetería la abriré y la cerraré yo.
Te dejaré a menudo sola para ir a hacer gestiones. El fin de semana
cerramos.
―Me parece perfecto.
Veo claramente que Pere, que parece un buen hombre, hace
poco que lleva el negocio y como empresario tiene poca experiencia.
―Y el sueldo… bien es verdad que acabo de abrir el negocio y he
invertido mucho dinero para reformarlo… ―me dice, vergonzoso―. Te
podría pagar el salario mínimo que son unos 645 euros.
―De acuerdo.
Me parece muy poco, pero lo acepto. Necesito el trabajo y la
idea de hacer de camarera en una cafetería tranquila me gusta.
Además, tanto en Pere como la cafetería me dan buenas vibraciones.
Tengo ganas de tener un sueldo, poder alquilarme un piso por mí sola
y marcharme del albergue. Necesito urgentemente normalizar mi vida.
―Pues nos vemos lunes ―le digo con una sonrisa.
―Muy bien. Hasta lunes ―me dice, amable.
Nos levantamos y nos damos la mano. Salgo de la cafetería
contenta, por primera vez desde que estoy aquí las cosas empiezan a
tener sentido. Han sido unas semanas muy duras, me he sentido muy
sola y perdida en esta nueva ciudad, pero por fin avanzo, el primer reto
está superado.
__________
He quedado con una mujer para ver otro piso. Hace unos días
que estoy visitando pisos asequibles para alquilar, la mayoría
desastrosos o muy apartados. El que voy a ver hoy es muy céntrico, al
lado del Barrio Viejo, justo en medio de la Rambla de la Libertad. Ando
a paso rápido, hemos quedado justo delante del piso. Busco con la
mirada el número del portal, lo encuentro y veo una mujer gorda con
ojeras esperando. En cuanto me ve llegar, intuye que yo soy la Emma a
quien espera y se presenta, le dicen Dolores, y me invita a subir para
ver el piso.
Subimos tres pisos de escaleras estrechadas. Las paredes
están mal pintadas y las escaleras, envejecidas y gastadas. Nos
paramos en el tercer piso, Dolores abre la puerta de madera maciza y
me invita a pasar al pequeño recibidor. A mano derecha se encuentra
la única habitación, sencilla y pequeña, con una cama de matrimonio
grande, una mesita y un armario. La habitación es fría y húmeda. La
pared blanca, mal pintada, tiene alguna mancha de humedad. La mujer
abre un pequeño balcón que hay al fondo y saco la cabeza para
observar la vista, da a la calle. Observo la Rambla y me imagino,
cuando haga mejor tiempo, sentada durante largos ratos allí, viendo
cómo pasa la gente.
Me sigue enseñando el piso. A mano izquierda del recibidor
accedemos a la sala y me quedo maravillada con solo entrar. Al fondo
hay unos grandes ventanales que dan al río Oñar. Entra mucha luz y la
vista es preciosa. Me acerco y observo fascinada. Desde allá se ve el
río, las fachadas de colores de los pisos del otro lado y la gente
pasando de parte a parte del puente. La sala no es muy grande, sólo
hay un sofá viejo, una mesita y un televisor modesto, pero queda muy
iluminada por el tono rojizo.
Dolores sigue mostrándome el piso. A la derecha de los
ventanales hay una puerta corredora que da a la cocina, sencilla pero
totalmente equipada. Es tan menuda que apenas cabemos las dos. A la
izquierda de los ventanales está el lavabo, todo de color azul y muy
pequeñito.
Acabo de observar cada detalle que me enseña la mujer, pero ya
estoy enamorada de este lugar. Me veo a mí misma viviendo aquí. El
piso es viejo pero acogedor. Me gusta la zona en la que está situado,
me gusta la luz que entra y, sobre todo, la vista que hay. Sin embargo,
noto que hace bastante frío y humedad.
―¿No hay calefacción? ―le pregunto.
―No. Pero da mucho el sol ―se afana a añadir.
―¿Y el precio?
―400 euros cada mes.
―Me lo quedo ―contesto sin dudar―. Pero necesito instalarme ya ―le
dejo caer, nerviosa.
―Perfecto ―me dice, satisfecha―. Si me pagas el primer mes por
avanzado y el mes de fianza y me enseñas el contrato de trabajo te
puedes instalar.
―¿Y el contrato de alquiler?
―Bien… preferimos no hacerlo. Tenemos la tienda delante, cada mes
vienes y nos lo pagas en efectivo. Pareces una chica responsable.
―De acuerdo ―acepto, aunque no me convence mucho esto del
contrato.
Salimos y nos despedimos en el portal. Ella se dirige hacia su
tienda, que está prácticamente delante, y yo me dirijo al albergue a
buscar el dinero y mis escasas posesiones. Ando animada y con la
sensación que poco a poco todo va encajando. Ahora ya tengo trabajo
y un lugar para vivir, ¡segundo reto superado!
Aquella misma noche me instalo en el piso, que será mi refugio.
Un lugar donde empezar de nuevo, donde olvidar el pasado y formar
una nueva identidad. Me siento ante la ventana y observo las luces de
la ciudad. Una mezcla de sentimientos afloran y me confunden. He de
crear una nueva rutina de vida para no pensar, para no afrontar los
sentimientos que no puedo controlar. Siento que todo empieza a
encajar, pero me sigo encontrando asustada por estar sola en una
nueva ciudad. Noto cómo los ojos se empiezan a llenar de lágrimas y
las suelto. Lágrimas de tristeza, de rabia, de dolor. Tengo que ser
fuerte, tengo que ser valiente, tengo que seguir adelante.
__________
Llego a la estación de Gerona y, al entrar, miro el reloj de la
fachada y me doy cuenta de que llego puntual, aunque justa de tiempo.
La busco con la mirada entre toda la gente. De golpe, la veo al otro
lado, con su cabello negro brillante. Al verme, se le ilumina la cara y
echa a correr hacia mí.
―¡Emma! ―profiere, eufórica, mientras me abraza con fuerza.
―¡Judit! ―le contesto abrazándola con fuerza yo también.
Después de unos segundos se separa de mí, me coge de los
brazos y me mira de arriba abajo con un gesto teatral.
―¡Estás hecha un desastre! ―exclama―. ¿Te has peleado con la
moda?
―Vaya, gracias ―le contesto poniendo los ojos en blanco―. Vengo
directa del trabajo y no he pasado por casa, por eso voy vestida así
―me defiendo dignamente―. Tú estás estupenda.
―¡Lo sé! ¿Vamos a comer o qué? ¡Me muero de hambre!
―Yo invito, pero a un bocadillo, que estoy pelada ―le contesto
mientras nos marchamos de la estación cogidas del brazo.
Comemos en un pequeño y tranquilo restaurante de la calle
Mediodía. Nos pasamos la comida hablando animadamente de
nuestras cosas, ella como siempre me pone al día de todo. Estar con
Judit es como volver a tener quince años, es como volver a casa.
Cuando nos encontramos es como si hiciéramos un viaje en el tiempo y
de golpe todo vuelve a ser divertido y sencillo. Es mi mejor amiga desde
hace un puñado de años, estamos siempre juntas desde el instituto. A
pesar de vivir en un pueblo que está a media hora de Barcelona,
cuando acabamos el instituto nos fuimos a la gran ciudad para ir a la
universidad. Alquilamos un piso de estudiantes con dos amigas más,
con ganas de pasarlo bien, de sentirnos libres, de disfrutar de la
experiencia y de la mayoría de edad. Cuando dejé la universidad, tuve
que volver al pueblo y ya no nos veíamos tanto, y ahora que he venido
a vivir a Gerona y la distancia es más grande, bien es verdad que la
echo mucho de menos.
Recuerdo la primera vez que la vi en el instituto. Era el primer
día de curso, yo no conocía a nadie y andaba nerviosa observándolo
todo. La vi al final del pasillo con sus gafas de pasta y riendo
exageradamente. Era una chica extrovertida y divertida que con cinco
minutos ya conocía todo el mundo. En el aula nos tocó sentar juntas y
enseguida se giró hacia mí, alegre, y se presentó. Desde entonces ya
no nos volvimos a separar. Ella siempre decía que el destino nos unió,
pero yo, que no creo en estas cosas, pienso que fue una afortunada
casualidad.
Mientras ella me explica cosas de Pau, su nuevo chico, y de la
universidad donde estudia publicidad, yo observo divertida cómo
gesticula exageradamente con las manos y se toca repetidas veces el
cabello. Es una chica morena y guapa, con fuerza expresiva y con los
ojos muy vivos. Tiene los cabellos negros, brillantes y alisados, los trae
cortados sobre los hombros y con el flequillo recto enmarcando sus
ojos rasgados color miel. Más o menos somos de la misma altura y talla,
como cortadas por el mismo patrón, pero, como dice Judit, ella es el
café y yo soy la leche. De carácter somos muy diferentes, ella es mucho
más charlatana y extrovertida, yo siempre he sido más reservada y
recelosa de mi intimidad.
―¿Ya estás bien aquí en Gerona, Emma? ―ha cambiado el tono por
uno con cierto aire de preocupación.
―Sí ―le contesto forzando una sonrisa.
―¡Pero si no conoces a nadie aquí, estás

Por la noche, ya sola, acurrucada en el sofá ante la televisión
encendida sólo para romper el penetrante silencio, no entiendo cómo
en una casa en la que había tanta calidez, tanto amor, de golpe haya
quedado fríamente vacía, rota. La vida feliz que viví aquí se ha
derrumbado y sólo queda un recuerdo que ahora me es lejano. Los
recuerdos de toda mi existencia me pasan por delante como los
fotogramas de una película antigua. Me veo de pequeña con pijama
abriendo los regalos de reyes, con las amigas jugando a las muñecas
en la habitación, con toda la familia comiendo en la sala de estar.
Recuerdo con tristeza la última comida familiar, sólo hace unos meses,
donde todos estábamos alrededor de la mesa y conversábamos
animadamente. En aquel momento, no era consciente de que todo
estaba a punto de acabar, de desaparecer. Todo ha acabado y no
queda nada. Lágrimas de rabia y odio me bajan como un torrente
mejillas abajo. Suelto un grito desesperado. Me encojo sobre mis
rodillas y me enrollo como un ovillo de lana. Me he quedado sola, me
han dejado sola, perdida y sola. Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas.
Paso los días como si estuviera en un sueño, más bien, en una
pesadilla. No salgo de casa, casi no duermo, prácticamente no he
comido nada, ni siquiera me quito el pijama. El teléfono de casa no
para de sonar, pero no lo descuelgo porque no tengo ganas de hablar
con nadie. Necesito un cambio. ¿Qué hago con mi vida? No puedo
pensar con claridad, estoy muy cansada y débil, y los pensamientos se
mezclan, confundidos, dentro de mi cabeza. Tengo que marcharme de
este piso, de este pueblo, tengo que irme lejos y empezar de nuevo.
Al atardecer, escucho el timbre de la puerta. Lo ignoro, no
tengo ganas de ver nadie, pero sigue sonando insistentemente,
martilleándome la cabeza. No lo soporto más y a disgusto, me levanto y
voy a abrir la puerta. Es Judit, que parece bastante molesta.
―Emma, no me coges el teléfono.
―No tengo ganas de hablar con nadie ―mi tono también es molesto,
me molesta. Quiero estar sola.
Vuelvo a sentarme en el sofá, donde me he instalado desde
hace días. Ella me sigue y se sienta a mi lado. Me observa
detenidamente con la mirada llena de preocupación.
―¿Has podido dormir? ¿Has comido algo? ―me pregunta al ver mi
aspecto―. Tienes que descansar y comer algo.
―No. Tengo un nudo en el estómago y no me entra nada.
―Voy a preparar algo para comer ―se levanta y va hacia la cocina.
Terca como siempre, ignora mis palabras y no me hace caso,
así que prepara un bocadillo de atún para mí, que sabe que me gusta,
y uno de jamón para ella. Los lleva al sofá y me alarga el bocadillo. Yo
lo cojo, bajo su mirada atenta, y hago un esfuerzo, aunque sólo sea
para no escucharla más. Cuando trago por primera vez, enseguida me
doy cuenta de que hace demasiado tiempo que no como nada. Mi
cabeza está tan confundida que supongo que ha olvidado enviarme
señales de hambre.
―Y ahora, ¿qué harás? ―me pregunta, preocupada.
―No lo sé. Tengo que salir del piso la semana que viene, no puedo
pagar el alquiler. De todos modos no quiero seguir viviendo aquí,
quiero marcharme de este piso, quiero alejarme del pueblo.
―¿Por qué no vuelves a Barcelona con nosotros?
―No tengo ganas. Además, ahora ya no hay espacio, alquilasteis mi
habitación.
―Sabes que si lo necesitas, te puedes quedar ―insiste.
―Lo sé. Pero no, quiero empezar de nuevo.
―¿Adónde irás, pues?
―Había pensado mudarme a Gerona ―no sé de dónde he sacado la
idea, pero parezco decidida.
―¡¿A Gerona?! ¿Qué carajo se te ha perdido en Gerona?
―exclama―. ¿Y cuándo has decidido esto? No piensas con claridad
―me conoce demasiado bien Judit.
―Cierto, pero pienso ir ―acabo de decidirlo ahora mismo.
―¿Y dónde vivirás? ―me pone a prueba―. ¡Pero Emma! ¿A Gerona?!
¡Pero si no conoces nadie!
―Iré a un albergue unos días. Cuando encuentre trabajo, alquilaré un
piso para mí sola. Judit., necesito cambiar de aires, necesito
marcharme. El alquiler allí es mucho más barato que en Barcelona y
siempre he querido ir. Necesito un cambio radical.
Me mira boquiabierta con evidentes ganas de abuchearme
pero se contiene. Aguanto orgullosa las ganas de llorar. Conozco a
Judit desde hace una pila de años y sé que en otras circunstancias
intentaría hacerme cambiar de opinión, siempre para hacer lo que ella
cree que es más conveniente para mí, pero en esta ocasión reprime
las ganas y me mira paciente.
―No veo claro que te vayas a Gerona.
―Si no funciona, siempre puedo volver ―le digo para tranquilizarla.
―Prométeme que si no encuentras trabajo o lugar para vivir vendrás a
Barcelona a vivir ―insiste.
―De acuerdo.
―Te pienso llamar y más te vale que cojas el teléfono.
―De acuerdo.
Acabo de preparar la maleta gorda. Sólo me llevo ropa y unas
cuantas fotografías. No cabe nada más, no caben los recuerdos. No
me puedo creer que no vuelva a ver más el hogar donde he vivido toda
la vida. En un cerrar y abrir de ojos, todo se ha roto en mil pedazos, y
una fuerte corriente los ha esparcido por el horizonte. Nunca habría
pensado que mi vida, fácil y sencilla, se podría desmontar. Cada
pedazo, esparcido. Todavía no lo he asimilado, tengo la sensación de
que en cualquier momento me despertaré y nada habrá pasado. Miro
el piso con nostalgia por última vez antes de irme y salgo del piso
cargada con la maleta, con la poca fuerza que me queda. No puedo
evitar las lágrimas.
Subo al tren sintiéndome como una fugitiva, huyo del piso, huyo
del pueblo, huyo de todo y de todo el mundo en un desesperado
intento por olvidar. Siento cómo las lágrimas, que parece que no vayan
a acabarse nunca, me caen calientes por las mejillas. Qué mala manera
de acabar el año. ¿Qué haré ahora? ¿Qué haré a solas? Mil preguntas
me pasan por la mente y me asusta no tener ninguna respuesta. Tengo
miedo, me siento perdida, sin identidad. Me propongo dejar atrás todo
el pasado, toda la tristeza, todo el rencor. Me enjugo las lágrimas con la
manga y decido que, con la marcha del tren, avanzaré hacia la nueva
ciudad dejando atrás todas estas emociones. Escucho cómo el tren
empieza a arrancar dirección Gerona y, cogiendo aire y respirando
profundamente, me acomodo al asiento dispuesta a comenzar de
nuevo.
II
Hace unas semanas que busco trabajo y ya me empiezo a
preocupar, no pensaba que me costaría tanto encontrar uno. Ando por
las calles de Gerona, mi nueva ciudad, buscando y preguntando en
todos los establecimientos si necesitan gente. Me recorro todas las
empresas de trabajo temporal, todas las tiendas de ropa, todos los
supermercados, todos los bares. Empiezo a pensar que no ha sido una
buena idea venir a vivir a Gerona yo sola, quizás Judit tenía razón y me
he equivocado.
Diseño un plan, un plan para sobrevivir, para no pensar. Me
concentro en buscar trabajo y aparco los sentimientos. Me siento
perdida, me encuentro sin identidad en un contexto extraño. Cuando
encuentre un trabajo y un piso, despacio todo mejorará.
Necesito encontrar un trabajo ya, de lo que sea, sigo viviendo
en el albergue y casi no me queda dinero. Mientras ando por la
avenida Montilivi, absorbida por mis pensamientos, medio distraída, de
golpe veo una pequeña cafetería, muy cerca de la universidad, y me
acerco rápidamente para preguntar. Cuando estoy delante de la
entrada veo que hay colgado un pequeño cartel en el cristal donde
pone que se busca un camarero. El corazón me da un bote y entro
corriendo.
Observo el local. La cafetería es pequeñita pero muy acogedora.
Es fuerza nueva y moderna, con una gran barra redonda en medio y
unas cuantas mesas pequeñas alrededor. Los colores son cálidos y la
han decorado con encanto. Me acerco a la barra y encuentro un
hombre bastante alto y poco arreglado, con los cabellos negros y
largos cogidos en una cola y la barba sin afeitar. Veo que trae un
pendiente en forma de anilla a la oreja. El pelo le empieza a
encanecer, debe de tener unos cuarenta años, más o menos. Casi
nunca acierto la edad de la gente. Me dirijo a él para preguntarle por
el dueño de la cafetería y me sorprende: es él, Pere. Tiene un aire
bastante bohemio y no de empresario. Me presento y le explico que he
visto el cartel del cristal que dice que necesitan un camarero y que
estoy muy interesada, y me invita a sentarme para hablar un poco.
Lo sigo nerviosa pero decidida y segura hasta una mesa del
fondo. Observo su andar lento y su ademán dudoso. Nos sentamos uno
delante del otro. Le doy mi currículum y se pone a leerlo atentamente.
Espero nerviosa una respuesta, moviendo los pies. Necesito este
trabajo. Quiero este trabajo.
―Eres de Barcelona… ―no sé si duda o se sorprende.
―Sí. Bien… no, de un pueblo del lado.
―¿Y hace mucho que vives aquí en Gerona?
―No, acabo de llegar ―no sé por qué de golpe me he puesto
nerviosa.
―Y tienes 20 años, ¿no?
―Sí, pronto haré 21.
―Veo que tienes bastante experiencia como camarera.
―Pues sí, he trabajado muchos veranos como camarera en hoteles y
restaurantes, y durante el año también he trabajado algunos fines de
semana puntualmente ―le explico.
―¿Y estás estudiando la carrera de Enfermería?
―Sí…bien, justamente ahora no, estoy haciendo un descanso ―ahora
ni parezco decidida ni segura tampoco.
―Ah… Por lo que veo tienes experiencia y pareces una chica activa,
que es lo que busco. Además, eres joven y encajas con el personal,
piensa que como estamos junto a la universidad vienen muchos
estudiantes.
―También soy trabajadora y muy responsable ―me afano a añadir.
―Bien. Si te interesa, el trabajo, estás contratada.
―¿Sí? ―le pregunto, emocionada.
―Sí ―me dice con una sonrisa.
―¡Perfecto! ¡Mañana mismo empiezo si quieres! ―exclamo―. ¿Hace
falta que traiga algo?
―Mañana no hace falta, puedes empezar lunes. Tienes que traer una
fotocopia del carné de identidad, el número de la seguridad social y el
número de cuenta.
―Perfecto. Pero… ¿y el horario y el sueldo? ―le pregunto al ver que
no lo menciona.
―Pues no lo he pensado mucho… ―me dice, pasándose una mano por
la cabeza. Yo no puedo evitar levantar las cejas, incitándolo a
contestar―. Estaría bien que hicieras de ocho de la mañana a cinco de
la tarde con una hora para comer. La cafetería la abriré y la cerraré yo.
Te dejaré a menudo sola para ir a hacer gestiones. El fin de semana
cerramos.
―Me parece perfecto.
Veo claramente que Pere, que parece un buen hombre, hace
poco que lleva el negocio y como empresario tiene poca experiencia.
―Y el sueldo… bien es verdad que acabo de abrir el negocio y he
invertido mucho dinero para reformarlo… ―me dice, vergonzoso―. Te
podría pagar el salario mínimo que son unos 645 euros.
―De acuerdo.
Me parece muy poco, pero lo acepto. Necesito el trabajo y la
idea de hacer de camarera en una cafetería tranquila me gusta.
Además, tanto en Pere como la cafetería me dan buenas vibraciones.
Tengo ganas de tener un sueldo, poder alquilarme un piso por mí sola
y marcharme del albergue. Necesito urgentemente normalizar mi vida.
―Pues nos vemos lunes ―le digo con una sonrisa.
―Muy bien. Hasta lunes ―me dice, amable.
Nos levantamos y nos damos la mano. Salgo de la cafetería
contenta, por primera vez desde que estoy aquí las cosas empiezan a
tener sentido. Han sido unas semanas muy duras, me he sentido muy
sola y perdida en esta nueva ciudad, pero por fin avanzo, el primer reto
está superado.
__________
He quedado con una mujer para ver otro piso. Hace unos días
que estoy visitando pisos asequibles para alquilar, la mayoría
desastrosos o muy apartados. El que voy a ver hoy es muy céntrico, al
lado del Barrio Viejo, justo en medio de la Rambla de la Libertad. Ando
a paso rápido, hemos quedado justo delante del piso. Busco con la
mirada el número del portal, lo encuentro y veo una mujer gorda con
ojeras esperando. En cuanto me ve llegar, intuye que yo soy la Emma a
quien espera y se presenta, le dicen Dolores, y me invita a subir para
ver el piso.
Subimos tres pisos de escaleras estrechadas. Las paredes
están mal pintadas y las escaleras, envejecidas y gastadas. Nos
paramos en el tercer piso, Dolores abre la puerta de madera maciza y
me invita a pasar al pequeño recibidor. A mano derecha se encuentra
la única habitación, sencilla y pequeña, con una cama de matrimonio
grande, una mesita y un armario. La habitación es fría y húmeda. La
pared blanca, mal pintada, tiene alguna mancha de humedad. La mujer
abre un pequeño balcón que hay al fondo y saco la cabeza para
observar la vista, da a la calle. Observo la Rambla y me imagino,
cuando haga mejor tiempo, sentada durante largos ratos allí, viendo
cómo pasa la gente.
Me sigue enseñando el piso. A mano izquierda del recibidor
accedemos a la sala y me quedo maravillada con solo entrar. Al fondo
hay unos grandes ventanales que dan al río Oñar. Entra mucha luz y la
vista es preciosa. Me acerco y observo fascinada. Desde allá se ve el
río, las fachadas de colores de los pisos del otro lado y la gente
pasando de parte a parte del puente. La sala no es muy grande, sólo
hay un sofá viejo, una mesita y un televisor modesto, pero queda muy
iluminada por el tono rojizo.
Dolores sigue mostrándome el piso. A la derecha de los
ventanales hay una puerta corredora que da a la cocina, sencilla pero
totalmente equipada. Es tan menuda que apenas cabemos las dos. A la
izquierda de los ventanales está el lavabo, todo de color azul y muy
pequeñito.
Acabo de observar cada detalle que me enseña la mujer, pero ya
estoy enamorada de este lugar. Me veo a mí misma viviendo aquí. El
piso es viejo pero acogedor. Me gusta la zona en la que está situado,
me gusta la luz que entra y, sobre todo, la vista que hay. Sin embargo,
noto que hace bastante frío y humedad.
―¿No hay calefacción? ―le pregunto.
―No. Pero da mucho el sol ―se afana a añadir.
―¿Y el precio?
―400 euros cada mes.
―Me lo quedo ―contesto sin dudar―. Pero necesito instalarme ya ―le
dejo caer, nerviosa.
―Perfecto ―me dice, satisfecha―. Si me pagas el primer mes por
avanzado y el mes de fianza y me enseñas el contrato de trabajo te
puedes instalar.
―¿Y el contrato de alquiler?
―Bien… preferimos no hacerlo. Tenemos la tienda delante, cada mes
vienes y nos lo pagas en efectivo. Pareces una chica responsable.
―De acuerdo ―acepto, aunque no me convence mucho esto del
contrato.
Salimos y nos despedimos en el portal. Ella se dirige hacia su
tienda, que está prácticamente delante, y yo me dirijo al albergue a
buscar el dinero y mis escasas posesiones. Ando animada y con la
sensación que poco a poco todo va encajando. Ahora ya tengo trabajo
y un lugar para vivir, ¡segundo reto superado!
Aquella misma noche me instalo en el piso, que será mi refugio.
Un lugar donde empezar de nuevo, donde olvidar el pasado y formar
una nueva identidad. Me siento ante la ventana y observo las luces de
la ciudad. Una mezcla de sentimientos afloran y me confunden. He de
crear una nueva rutina de vida para no pensar, para no afrontar los
sentimientos que no puedo controlar. Siento que todo empieza a
encajar, pero me sigo encontrando asustada por estar sola en una
nueva ciudad. Noto cómo los ojos se empiezan a llenar de lágrimas y
las suelto. Lágrimas de tristeza, de rabia, de dolor. Tengo que ser
fuerte, tengo que ser valiente, tengo que seguir adelante.
__________
Llego a la estación de Gerona y, al entrar, miro el reloj de la
fachada y me doy cuenta de que llego puntual, aunque justa de tiempo.
La busco con la mirada entre toda la gente. De golpe, la veo al otro
lado, con su cabello negro brillante. Al verme, se le ilumina la cara y
echa a correr hacia mí.
―¡Emma! ―profiere, eufórica, mientras me abraza con fuerza.
―¡Judit! ―le contesto abrazándola con fuerza yo también.
Después de unos segundos se separa de mí, me coge de los
brazos y me mira de arriba abajo con un gesto teatral.
―¡Estás hecha un desastre! ―exclama―. ¿Te has peleado con la
moda?
―Vaya, gracias ―le contesto poniendo los ojos en blanco―. Vengo
directa del trabajo y no he pasado por casa, por eso voy vestida así
―me defiendo dignamente―. Tú estás estupenda.
―¡Lo sé! ¿Vamos a comer o qué? ¡Me muero de hambre!
―Yo invito, pero a un bocadillo, que estoy pelada ―le contesto
mientras nos marchamos de la estación cogidas del brazo.
Comemos en un pequeño y tranquilo restaurante de la calle
Mediodía. Nos pasamos la comida hablando animadamente de
nuestras cosas, ella como siempre me pone al día de todo. Estar con
Judit es como volver a tener quince años, es como volver a casa.
Cuando nos encontramos es como si hiciéramos un viaje en el tiempo y
de golpe todo vuelve a ser divertido y sencillo. Es mi mejor amiga desde
hace un puñado de años, estamos siempre juntas desde el instituto. A
pesar de vivir en un pueblo que está a media hora de Barcelona,
cuando acabamos el instituto nos fuimos a la gran ciudad para ir a la
universidad. Alquilamos un piso de estudiantes con dos amigas más,
con ganas de pasarlo bien, de sentirnos libres, de disfrutar de la
experiencia y de la mayoría de edad. Cuando dejé la universidad, tuve
que volver al pueblo y ya no nos veíamos tanto, y ahora que he venido
a vivir a Gerona y la distancia es más grande, bien es verdad que la
echo mucho de menos.
Recuerdo la primera vez que la vi en el instituto. Era el primer
día de curso, yo no conocía a nadie y andaba nerviosa observándolo
todo. La vi al final del pasillo con sus gafas de pasta y riendo
exageradamente. Era una chica extrovertida y divertida que con cinco
minutos ya conocía todo el mundo. En el aula nos tocó sentar juntas y
enseguida se giró hacia mí, alegre, y se presentó. Desde entonces ya
no nos volvimos a separar. Ella siempre decía que el destino nos unió,
pero yo, que no creo en estas cosas, pienso que fue una afortunada
casualidad.
Mientras ella me explica cosas de Pau, su nuevo chico, y de la
universidad donde estudia publicidad, yo observo divertida cómo
gesticula exageradamente con las manos y se toca repetidas veces el
cabello. Es una chica morena y guapa, con fuerza expresiva y con los
ojos muy vivos. Tiene los cabellos negros, brillantes y alisados, los trae
cortados sobre los hombros y con el flequillo recto enmarcando sus
ojos rasgados color miel. Más o menos somos de la misma altura y talla,
como cortadas por el mismo patrón, pero, como dice Judit, ella es el
café y yo soy la leche. De carácter somos muy diferentes, ella es mucho
más charlatana y extrovertida, yo siempre he sido más reservada y
recelosa de mi intimidad.
―¿Ya estás bien aquí en Gerona, Emma? ―ha cambiado el tono por
uno con cierto aire de preocupación.
―Sí ―le contesto forzando una sonrisa.
―¡Pero si no conoces a nadie aquí, estás
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