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Barbastro 1320 – José Manuel Surroca

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hijo, se encontraba allí de camino a Montpellier, adonde la había enviado su padre, el Rey de Aragón, Jaime II, en misión diplomática, en un intento de contrarrestar los
esfuerzos del Rey de Francia para debilitar la presencia aragonesa en el Señorío de Montpellier, aprovechando la falta de carácter de Sancho I de Mallorca que contaba
con unos consejeros proclives a los argumentos del rey francés, quienes querían convencerlo de que no debía aceptar el enfeudamiento al rey de Aragón.

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Con la
presencia de Teresa de Entenza en Montpellier, el rey aragonés quería reforzar la presencia de la Corona aragonesa en sus posesiones occitanas. La presencia de Teresa
en Montpellier no podía dilatarse durante mucho tiempo, a causa de su estado de gravidez, debiendo regresar a Balaguer a tiempo para tener a su segundo hijo. El
infante venía desde Valencia donde había residido los dos últimos meses atendiendo los asuntos del reino, en su papel de Procurador de la Corona, representando al Rey
ante los valencianos.
Había otra cosa que le preocupaba enormemente. Su hermano Mayor Jaime, el heredero al trono, comenzaba a presentar síntomas de debilidad mental con cambios
constantes de humor que le llevaban a realizar acciones depravadas y de extrema crueldad. A todo ello se unía su homosexualidad declarada, unida a una extrema
religiosidad que le impelía a ingresar en un monasterio y tomar los hábitos. Eran numerosas las ocasiones en las que había manifestado su deseo de renunciar al trono lo
que enfurecía de sobremanera a su padre. Semejante panorama implicaba que más pronto que tarde, le pondría a él en primera línea de la sucesión.
Debido a ello, su padre el Rey temía que su plan de acercamiento a Castilla mediante un acuerdo de enlaces matrimoniales pactados en unas negociaciones que había
llevado a cabo hacía siete años en Calatayud con Fernando IV de Castilla, se esfumara por la actitud de su hijo. En las vistas que se celebraron, se determinó el
compromiso de matrimonio de la hija del rey castellano, Leonor, de cuatro años, con el infante Jaime, a la vez que tenía lugar el matrimonio de María de Aragón con el
infante Pedro de Castilla, hermano del propio rey Fernando IV. El estado mental de su hermano hacía peligrar aquel matrimonio. En un intento de superar el problema,
el rey determinó que la boda de Jaime y Leonor se llevara a cabo en Gandesa al año siguiente.
Cuando por fin avistaron en la lejanía el Castillo de los Entenza, a cuyos pies se extendían las murallas de Barbastro y su extenso arrabal, Alfonso envió un correo
para anunciar su llegada.
La expectación en Barbastro fue grande. No todos los días visitaba la ciudad un infante de la corona. La gente se arremolinaba al paso de la vistosa comitiva con sus
banderas y estandartes cuatribarrados ondeando al viento, con gritos de salutación, a los que correspondía el infante desde su sudoroso y nervioso caballo.
A la puerta del castillo le esperaba un pequeño comité compuesto por su esposa Teresa, el Baile Ramón de Selgua, Juan Marqués, Justicia de Barbastro, Tolomeo
Don Peyron, Baile de la aljama judía, junto a Açach Bubo y Juçef Abensimuel, Adelantados de la aljama judía y Mahoma Avintarí, Adelantado de la aljama de los
moros. También les acompañaba el hijo de Ramón de Selgua, Jordán, clérigo de Santa María y capellán del castillo.
Ramón de Selgua se apresuró a salir al paso del caballo del infante para sujetarlo por las bridas para que se apeara su jinete. Cuando Alfonso puso el pie en tierra, su
esposa se abalanzó sobre él fundiéndose en un abrazo ante las miradas complacidas y complacientes de los presentes. Los hombres que acompañaban al infante fueron
conducidos al interior del castillo donde se les indicó el lugar de su aposento. Mientras, los infantes y la comitiva se adentraron en el interior del torreón, donde se
habían preparado unas mesas con viandas. El infante fue informado a lo largo del día sobre los diferentes asuntos de la ciudad y de sus alrededores. También se acercó a
Barbastro el Justicia de Monzón, para departir con el infante.
Alfonso traía una misión especialmente deseada por su padre el rey. Quería que le informase de primera mano sobre la situación de la aljama judía de la ciudad y la
opinión de sus dirigentes. Jaime II mostraba un especial sentimiento de protección de las aljamas judías, especialmente las aljamas de realengo como era el caso de la de
Barbastro, indudablemente porque de ellas obtenía préstamos con facilidad y rapidez. Por aquellas fechas, el rey estaba proyectando una cruzada contra los moros de
Granada y para ello necesitaría financiación. Necesitaba por tanto, demostrar su “afecto” a las aljamas judías del reino.
El infante estuvo departiendo largamente con el Baile de los judíos anunciándole que por la tarde visitaría el Consejo de la aljama departiendo con sus miembros
reunidos en la sinagoga, para escuchar sus peticiones y cuantas cosas tuviera a bien comentarle. Por turno, cada miembro asistente que deseara decir algo, subiría a la
bimah[8], y desde ella, expondría sus peticiones. De todo ello, un escribano tomaría debida nota en un documento para su posterior envío al rey. Los representantes de
las aljamas le manifestaron sus deseos de felicidad para que los transmitiera al Rey, dejando los asuntos que querían exponerle para las reuniones que tendrían lugar con
los Consejos de las dos Aljamas.
Vidal Comparat era el mukdamim[9] de la aljama judía de Barbastro, y por tanto, un personaje importante dentro de la comunidad judía además de ser el asesor del
Presidente del Consejo, el rabino Eleazar Leví. A sus 53 años era un hombre respetado en su comunidad y muy apreciado entre los cristianos y por los moros, con
quienes colaboraba en cuanto había ocasión. Al contrario que otros elementos de la aljama judía, mucho más reticentes con sus vecinos moros y cristianos, Vidal era un
hombre de concordia entre las tres comunidades. Era también el Tesorero del Consejo Judío de la aljama. Comerciante de Curtidos y Pieles, se preciaba de tener en su
tienda lo mejor de todo el reino, suministrándose de lejanos países para traer a Barbastro la mejor calidad posible. Tenía también un nuevo negocio de caballos, mulos y
acémilas, que alquilaba a comerciantes, campesinos y señores para transportar todo tipo de mercancía. Casado con Beatriz tenía cuatro hijos: Abraham, Masha, Karin y
Zahîr.
Aquella mañana, la actividad en casa de Vidal era febril. Había sido citado por el Rabino para la reunión que tendría lugar por la tarde en la Sinagoga en la que estaría
presente el infante de Aragón, don Alfonso. Se encontraba trabajando en un documento que el Consejo de la aljama quería entregar al infante para su traslado al rey. En
su escrito solicitaba a este una demora y fraccionamiento en varios plazos de los ochocientos sueldos[10] que correspondían a la aljama de Barbastro por el impuesto
de la peyta[11], y en cuyo pago se habían atrasado debido a que los tiempos que corrían no eran buenos para los comercios y negocios y esa deuda les estaba ahogando.
Quería que el documento estuviera bien estructurado y las palabras bien medidas, porque en él, como justificación a su petición, le venía a recordar al rey de forma sutil,
las ocasiones en las que la aljama había atendido a las necesidades del reino con rapidez y entusiasmo.
Por su parte, su mujer se hallaba ocupada en prepararle la ropa para asistir en la Sinagoga a tan importante reunión. Le había preparado una garnacha talar, de color
verde oscuro, con ribetes en las aletas por donde sacar las mangas y en las dos patillas sobre el escote cerrado, que llevaría sobre la saya blanca.
Cuando volvió de la Sinagoga, hacía rato que la luz solar había desaparecido. Su familia le esperaba ansiosa para tener noticias de la reunión. Les hizo un amplio
resumen sobre lo acontecido y les manifestó su confianza en que todas sus peticiones fueran escuchadas por el Rey. Luego se dirigió a su hijo Abraham.
-He estado hablando con nuestro vecino Haym y te tomará a su cargo para que aprendas el oficio de platería -dijo sin esperar contestación.
-Y ¿cuándo deberá empezar? -preguntó Beatriz.
-A partir de mañana. A primera hora te presentaras en su tienda y él te indicará. Espero que te comportes como todos esperamos. Ten en cuenta de que vas a
aprender un oficio importante. Puede ofrecerte un futuro muy halagüeño.
Por la noche, se celebró una cena a la que asistieron los ricos-hombres y notables de Barbastro, junto con las autoridades del municipio y los Adelantados de las
aljamas, los propios infantes y los acompañantes de su comitiva. En ella, Alfonso, les informó de algunos proyectos sobre los que estaba trabajando, en permanente
contacto con su padre, el Rey. Así mismo se hizo informar sobre la situación en Barbastro y poblaciones de los alrededores.
La presencia del infante en la ciudad del Merder, se demoraría unos días mientras se realizaban los preparativos del viaje de la infanta, al cabo de los cuales, Teresa de
Entenza y su séquito, entre los que se encontraba Zaahira, iniciarían su camino hacia Montpellier mientras que el infante, continuaría hacia Zaragoza donde estaba
previsto que se encontrara con su padre si las circunstancias no obligaban a variar la voluntad del Rey.
Capítulo 4
BARBASTRO
Jueves, 5 de enero, 1318
Yawn al-Khamis, 1 de Dhu al-Qi´dah 717
Yom Chamishi, 2 de Shevat 5078
En casa del notario Ramón Pérez de la Nava la actividad comenzaba normalmente a las seis de la mañana. Julia, la criada, llevaba ya varios años en casa del notario
desde que el Abad del monasterio de Roda se la había entregado en custodia. Al parecer, la niña de cuatro años se había presentado sola en la puerta del monasterio,
desnutrida, casi desnuda y con la muerte reflejada en su cara. Allí la acogieron y como no podían tenerla, pensaron en el notario para dársela en acogida. Elisenda, la
criada que por entonces tenían en casa, la acogió como si fuera su propia hija. Cuando falleció ésta, la niña, que a la sazón contaba ya con 17 años ocupó su lugar
haciendo las labores que desarrollaba su madre adoptiva, que era en lo que se había convertido la criada. Su jornada se iniciaba con las primeras luces del alba,
comenzando con el encendido de los fuegos, especialmente el de la estufa que había en la oficina del notario y el propio del hogar. Luego preparaba los desayunos e
iniciaba los preparativos para la comida. Además de eso, lavaba la ropa y todo lo que conllevaba llevar una casa en orden como correspondía a un personaje importante,
como era el notario. La esposa de este, apenas si la ayudaba en algo, limitándose a facilitarle el dinero que Julia le pedía para comprar los alimentos y otras cosas
necesarias. A cambio, la trataban como una más de la familia participando de todos los acontecimientos familiares al igual que el resto y todos la tenían en gran estima.
El dueño de la casa, el notario, era el siguiente más madrugador, trabajaba en su propio domicilio donde tenía montada una oficina instalada en uno de los salones de la
planta baja. Se levantaba con el primer canto del gallo, utilizaba la letrina, algo que solo había en algunas casas, hacía sus enjuagues bucales sobre una jofaina y se lavaba
someramente la cara y las manos. Una vez cada quince días, visitaba el establecimiento de los baños públicos, situados en la margen izquierda del rio Merder, es decir, a
extramuros y que estaba regentado por un moro, de donde salía limpio y perfumado. Luego se atusaba el pelo y se vestía tranquilamente, procurando no molestar a su
esposa que dormía placenteramente en una cama adyacente.
A sus 51 años, se encontraba en lo mejor de su vida, salvo por los ataques de gota que de vez en cuando le complicaban la existencia. De compresión fuerte y entrado
en carnes, ejercía su oficio de notario, junto a los otros tres que había en la ciudad. Además era el Escribano de los Jurados.
Antes de dirigirse a su despacho y sentarse en su confortable sillón de tiras de cuero, desayunaba en la cocina con Julia. Normalmente tomaba unos huevos fritos
acompañados de una chulla de cerdo frito o embutido generosamente acompañado con un buen vino tinto de la tierra. En ocasiones, medio conejo frito con ajos y setas
sustituía a lo anterior. Para finalizar, remataba con un pastelillo de crema o una fruta. Eructaba varias veces y una vez satisfecho, se encaminaba hacia su oficina. Sobre
las ocho de la mañana, llegaba Alonso, su scriptor, quien se encargaba de realizar las copias de los documentos, y duplicarlas en los libros de registro, con gran pulcritud
y excelente caligrafía. Se auxiliaba de una regla con la que lograba hacer unos renglones absolutamente

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