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Base polar Wolfenstein – Preston William Child

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—TE TOCA, BRUICH. Líbrate de esta si puedes.
Sam Cleave se recostó, triunfante, apartándose el pelo de los ojos. Alcanzó el bol de cereales y se llevó una cucharada a la boca, arrugando la nariz a causa de lo
blandos que estaban. Al lado del tablero de ajedrez había un vaso con whisky de la noche anterior. Lo cogió y lo echó cuidadosamente sobre los cereales, mezclándolo
equitativamente.
—Así está mejor —confesó, tomando otra cucharada—. Bruich, te he visto tocar ese caballo, tienes que moverlo ya.
Bruichladdich levantó su cabeza pelirroja y maulló a Sam.
—No me hables así —expresó Sam—. Así son las reglas, tramposo. Date prisa y muévelo para que pueda vencerte.
El gato alzó una pata tímidamente y golpeó al caballo, a la reina de Sam y a un par de peones, sacándolos del tablero. Se subió al tablero, dio varias vueltas y,
entonces, se acurrucó y se quedó mirando fijamente a Sam.
—¿Qué? —preguntó Sam—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? Ya has desayunado, no te atrevas a decirme que no. —Giró la silla hacia su escritorio. Un montón
de papeles desordenados se apilaban encima de su ordenador. Cogió todo el grueso de papeles y lo dejó en el suelo, después abrió el ordenador y miró hacia el archivo
que estaba abierto.
BRUNTSFIELD FURIOSO POR LA APERTURA DE UN SUPERMERCADO
No tenía nada más que eso. Su grabadora digital estaba llena de registros de los ciudadanos afectados que se oponían a la presencia de otro supermercado urbano
cerca de sus lujosas casas. Todavía no lo había transcrito y no estaba seguro de que lo llegara a hacer. Todos habían declarado más o menos lo mismo y Sam se esforzaba
por empezar.
Cerró el archivo. Sin nada más abierto en la pantalla, lo único que podía ver era el fondo de escritorio: un hombre sonriendo y una mujer, abrazándose el uno al
otro. La mujer era alta, delgada, de pelo largo de color rubio ceniza y con ojos azules. Tenía la cabeza ligeramente inclinada y estaba de cara al hombre. Sam en cambio
solo se fijaba en el pequeño bulto de su nariz, una nariz que una vez estuvo rota. El hombre era algo más alto que la mujer, con el pelo castaño, ojos marrones y con
barba de un día. Tal vez estaba demasiado delgado y el estilo de vestir dejaba mucho que desear, pero parecía el hombre más feliz del mundo con esta mujer en sus
brazos. Sam apenas podía creer que hacía tan solo 18 meses ese hombre había sido él. Algunas veces, cuando cerraba los ojos, todavía podía convencerse de que podía
oír la dulce voz de Patricia y su risa pícara. Sam, de nuevo, agarró la botella de whisky.
CAPÍTULO 2
Sonó el timbre y Sam se quedó paralizado. Bruichladdich salió disparado a esconderse debajo del sofá.
—Tranquilo, simplemente esperaremos a que se vaya, Bruich —susurró Sam. Muchas mañanas habían sido arruinadas recientemente por culpa de cobradores que
llamaban a su puerta, lo cual hacía más difícil ignorar la cantidad de correspondencia sin abrir que se acumulaba en la puerta principal. Con cuidado, como si le
escucharan desde la calle, cogió la botella y le pegó un trago. Contó un minuto, luego dos, hasta cinco. Al final, dedujo que el terreno estaba despejado y respiró aliviado.
Fue entonces cuando empezaron a aporrear la puerta. —Mierda —exclamó—. Deben de haber llamado a algún vecino y ahora están en el rellano. Genial.
Simplemente échate y…
—¡Samuel Fergusson Cleave! —gritó una voz autoritaria desde el otro lado de la puerta—. ¡Abra! ¡Policía!
Enseguida se relajó. Caminó con pasos largos hasta la puerta y la abrió de golpe.
—Entra, cabrón —dijo, invitándole a entrar al inspector jefe Patrick Smith.
Smith sonrió.
—Creí que nunca me lo pedirías —manifestó—. Quizás he asustado a los estudiantes del piso de arriba al llamar a su puerta. Les dije que era la policía. Creo que

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pensaron que venía a apagarles la cadena de música. Ahora pensarán que estoy aquí para arrestarte. —Mientras Smith se dirigía al salón y limpiaba una parte del sofá
para sentarse, Bruichladdich salió de su escondite y saltó sobre su regazo. Smith rascó al gato detrás de las orejas—. Hola, Bruich. No pierdes ni una oportunidad para
llenarme de pelo rojo, ¿eh?
—Deberías sentirte privilegiado —destacó Sam—. Alguno de nosotros no llegamos a ver ese lado de Bruich. Alguno de nosotros solo le damos Whiskas para
comer y nos bufa por decirle que salga del fregadero.
—Bueno, no es que le des uso.
—Touché. —Sam recogió los platos que tenía escampados sin inmutarse—. ¿Quieres un té?
—Por favor.
Sam desapareció en la pequeña cocina y encendió el fuego. Era una cocina típica de hombre soltero: tazas rotas y sucias que había que fregar antes de usar,
cucharillas dispersas por la cocina y leche cortada que había caducado hacía más de un mes. En un momento de optimismo, Sam abrió el cartón para ver cómo olía;
inhaló un poco y le hecho para atrás, cerrando la tapa tan rápido y fuerte como le fue posible, y después la tiró a la basura.
Sin embargo, aunque no se podía confiar en que Sam tuviera leche fresca, en lo que sí se podía confiar es en que tuviera reservas de tés. Puso dos en cada taza, le
añadió agua caliente y removió hasta que se volvió de color negro. Echó una cucharada de azúcar en cada una y, después, volvió a echar otra para compensar la falta de
leche.
—Aquí tienes. —Le entregó una taza a Smith—. ¿Qué te trae por aquí?
Smith se acomodó en el sofá con Bruichladdich acurrucado en su regazo, mirando dubitativo al té.
—Algo que pensé que te interesaría. Anoche fui a una residencia de ancianos. Asesinaron a un anciano. Fue bastante sangriento, la verdad. No se lo hemos
comunicado a la prensa todavía, pero tendremos que hacerlo pronto y pensé que te gustaría ir allí antes.
—Puede que sea demasiado fuerte para mí, Paddy —contestó Sam, bebiendo un gran trago de té hirviendo—. Cubrir cualquier cosa más dramática que lo que está
molestando a las madres de Bruntsfield podría llevarme a una espiral hacia abajo otra vez.
—Sam, ¿te has mirado al espejo últimamente? —preguntó Smith—. Francamente, solo puedes ir hacia arriba. Ugh, ¿qué es esto? ¿No se suponía que era té?
—Has hablado como un amigo de verdad —contestó Sam—. Es té, solo que no es del tipo de té suave al que estás acostumbrado. Sé que los hombres en el cuerpo
como vosotros creéis que sabéis sobre cafeína y taninos, pero no le daría lo que bebéis ni a un perro.
—Por eso no te dejaría nadie a cargo de un perro —replicó Smith—. Tú solo pondrías whisky en el bowl. De todas formas, necesito que cubras la información. Es
algo sobrecogedor y quiero saber que se va a relatar la información con tacto. Tengo el presentimiento de que los periódicos locales van a a tratar los hechos de forma
sensacionalista. Eso significa que, cuando los periódicos nacionales se enteren, y lo harán, porque hablamos de una residencia de ancianos, se convertirá en un desastre
descomunal. Si lo cubres tú, los periódicos nacionales recurrirán a ti porque te conocen. Así sabré que la información que consigan se ajustará a la realidad y no será algo
sinsentido inventado por algún trepa esperando su gran oportunidad.
Sam negó con la cabeza.
—Los asesinatos sangrientos ya no son lo mío —suspiró—. Ni asesinatos, ni asuntos de drogas, ni bandas criminales internacionales. Nada de eso. De todos
modos, ¿cómo de sangriento podría ser realmente? Tu zona es South Queensferry, por el amor de Dios. Nunca pasa nada interesante en esa zona.
—Normalmente no, lo admito —confesó Smith. Bebió otro trago de té, intentando con todas sus fuerzas no notar el sabor—. Pero esto… Nunca he visto nada
parecido. O sea, no esperamos que pasen estas cosas, excepto en televisión. Fui allí para comprobar un posible allanamiento en un centro de la tercera edad, Forth
Valley, ¿te suena? No, por supuesto que no. Da igual. El caso es que llegué y encontré a un hombre mayor atado a la silla, amordazado y al que le habían rebanado el
cuello.—
A mí me suena a que alguien irrumpió dentro, ató al viejo mientras le robaba, entonces se asustó y lo mató por si acaso podía identificarle —especuló Sam—.
¿Qué hay de raro en eso?
Smith respiró profundamente, mirando intensamente la taza de té mientras hablaba.
—Le habían cortado los dedos de las manos y de los pies. No todos. Dos dedos de la mano, ambos de la mano izquierda, y el dedo meñique del pie derecho. Pero
no se los cortaron de una vez. Cuando encontramos los dedos, se los habían cortado a rodajas. Realmente asqueroso. Y con respecto al cuello, no se lo habían cortado
simplemente, fue un corte limpio, como si el que manejaba el cuchillo supiera bien lo que hacía, un carnicero. Si fuera simplemente un robo interrumpido, debería estar
todo patas arriba, como si alguien hubiera acuchillado por estar asustado, pero esto… parece un trabajo profesional. —Smith levantó la mirada hacia Sam—. Ahora
sabes por qué estoy preocupado, por que esto puede ser un escándalo. Ya pinta suficientemente mal, y lo último que necesita mi departamento ahora mismo es una
historia acerca de South Queensferry, el sitio en el que los ancianos internos en residencias se les golpea, se les roba y se les tortura hasta llevarles a una muerte
sangrienta. En serio, necesito a alguien que sepa manejar esto con delicadeza. Por favor, Sam.
Sam se recostó en su silla y se frotó los ojos con las manos. Todavía tenía algo de resaca de la noche anterior, cuando se puso por primera vez con el artículo del
supermercado y bebió hasta caer rendido. Escuchar a Smith le causaba un ligero dolor detrás de sus globos oculares que aumentaba hacia un verdadero dolor de cabeza.
—Paddy —gimió—, aprecio lo que intentas hacer, ¿vale? Sé que crees que estás siendo realmente sutil con toda la historia sobre tu departamento, pero eso es un
cuento y ambos lo sabemos. Mira, sé cuál es mi situación. Sé que intentas sacarme de todo esto y crees que si me involucro en una historia más parecida a lo que solía
hacer volveré a ser el mismo, como en el pasado, ¿verdad? Pues bueno, olvídalo. No funciona así. Una persona solo puede llegar a hacer lo que yo hacía si realmente se
involucra, y ya no es mi caso. Mis días persiguiendo valerosamente una historia llegaron a un amargo fin. Pase lo que pase, arriesgar mi vida y mi integridad como un
ingenuo y estúpido heroe ya no entra en mis planes, lo siento.
Smith hizo una mueca.
—Sam… tienes razón, no soy sutil. Pero sinceramente, me duele verte así. Sé que ha sido duro. Lo que le pasó a Patricia no debería pasarle a nadie. No deberías
haber visto eso. Puedo entender tu sufrimiento. Pero esto… Sam, sabes perfectamente que si no espabilas, te despedirán, ya estás avisado. Esperaba que tal vez esto,
no sé, reavivara tu interés otra vez. —Smith miró a Sam directamente a los ojos—. Patricia no querría verte así, Sam.
La taza de Sam voló, derramando el té por todo el suelo, Sam pegó un salto y se puso de pie. Bruichladdich se despertó en una fracción de segundo y buscó refugio
bajo el sofá.
—¡Ni se te ocurra decirme qué habría querido ella! —gritó—. No tienes ni idea de lo que ella querría. Nadie lo sabe. Está muerta, ¿vale? Patricia está muerta y
nadie, ni tú, ni yo, sabe lo que querría. —Smith levantó las manos como con gesto apaciguador, esperando calmar las cosas, pero Sam continuó—. Tal vez lo único que
realmente quería era no tener que morir, ¿alguna vez lo has pensado? Tal vez eso es lo único que realmente importa. ¿A quién le importa lo que me pase? A mí desde
luego no. —Se derrumbó en la silla de escritorio y echó un vistazo al portátil—. Lo único que necesito es que el Post me mantenga lo suficiente como para beber y
olvidar.
—Lo siento, Sam…
Sam calló a su amigo y alzó una mano sin dirección.
—No pasa nada —contestó—, no importa. ¿Podrías dejarme solo un momento? Necesito estar solo.
Smith estaba a punto de irse cuando vio la mano de Sam agarrar la botella de whisky.
—¿No es un poco pronto para eso, Sam? —le preguntó amablemente.
—No —contestó Sam, bebiendo un largo trago.
El inspector jefe Patrick Smith decidió que la mejor estrategia sería una retirada a tiempo, así que se fue. No llegó al final de la calle cuando su teléfono sonó. Lo
sacó y leyó el mensaje:
Lo siento, soy un gilipollas gruñón. ¿Cuándo dices que vamos a ir a la residencia? Sam.
CAPÍTULO 3
Tres cuartos de hora más tarde, Sam y Smith estaban en el coche en dirección a South Queensferry. A las afueras de la ciudad y por la insistencia de Smith, pararon
en una cafetería y ambos desayunaron a cuenta de Sam. La elección de Sam de comer haggis[1] y huevos fritos con salsa barbacoa le revolvió el estómago a Smith, pero
estaba contento por ver a Sam comer algo esa mañana (que no fuera cereales al whisky). También había persuadido a Sam para que se diera una ducha rápida antes de
irse, pero por lo que veía no le había mejorado el aspecto.
—Bueno, ¿qué más sabemos sobre ese anciano? —preguntó Sam mientras se dirigían al coche. Se sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió y le dio una calada—.
Aparte del hecho de que está muerto.
Con una penetrante mirada de desprecio al cigarro de Sam, Smith bajó la ventanilla del coche.
—Es alemán —contestó—. Nació en Postdam en 1916 y su nombre completo es Harald Josef Kruger. Por lo que se sabe, no tenía familiares ni parientes cercanos.
La enfermera de la residencia dijo que nunca había ido nadie a verlo y que él se pagaba todos sus gastos. Era organizado y limpio, desde luego. No tenía muchas
pertenencias, pero tenía los papeles en regla. Encontramos todos los extractos de cuentas de los últimos diez años, todos los recibos y sus documentos personales y
todos estaban perfectamente archivados. No es que hubiera nada interesante que leer, llevaba en la residencia desde 1998. Sin duda no había nada que hiciera pensar que
alguien quisiera cortarle en trocitos diminutos.
Salieron de la carretera principal hacia Hopetown House y después giraron hacia un deprimente barrio residencial.
—Mira, Sam —empezó a hablar Smith—, sé que te las sabes todas, pero… simplemente estate preparado para la hostilidad que se respira por aquí. Las
enfermeras son amables, pero el gerente del centro no está muy contento de tenernos indagando por aquí. Y si es demasiado para ti estar en la habitación, simplemente
dímelo, ¿vale?
—¿Qué? ¿Crees que me voy a derrumbar al ver sangre, Paddy? —Sam se rió.
—Solo intento ser sensible —murmuró Smith—. Es tu primera escena del crimen desde que…
—Lo sé, desde esa escena del crimen. —Le dio otra calada al cigarro—. ¿Pero sabes, Paddy? En realidad no lo es. No tienes ni idea de la cantidad de escenas de
crímenes que veo. Por ejemplo, en la plaza Saint Andrew, los ciclistas siempre van por la acera, cuando lo tienen prohibido, y el quiosco del estadio ya se ha quedado
sin tabaco dos veces en un año.
—Ja, ja, muy gracioso. —Smith sonrió—. Ya sabes a lo que me refiero. Simplemente
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