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Bésala tú por mí – Olivia Be

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Bésala tú por mí – Olivia Be 

Descargar Bésala tú por mí En PDF La puerta de embarque estaba
anunciada, pero no había ni rastro del
avión que tenía que llevarle a casa de
sus padres. Estaba tan aburrida que se
había sentado en el suelo de la terminal,
acompañada tan solo por su pequeña
maleta, situada a su derecha, y aquella
maldita planta de especie desconocida
que sostenía con su mano izquierda.
—Y los de la compañía, ¿qué dicen?
—Nada, mamá —respondió de mal
humor. El mostrador de la compañía
aérea acababa de quedarse vacío—, que
estemos pendientes de las pantallas.
—Te darán algo de cenar si se retrasa
demasiado, ¿no?
—Vete tú a saber. A este paso,
llegaría antes en burra.
—Bueno, cariño, no dejes que este
contratiempo te avinagre. Tan pronto
pongan un poco de orden, estarás dentro
del avión. Qué ganas tengo de verte.
—Yo también a vosotros —replicó
Alexia con la boca pequeña.
—Avísanos cuando sepas algo.
—Descuida, eso haré. Te llamo
cuando estemos embarcando.
—Venga, mucho ánimo. Un beso.
—Hasta luego, mamá. Un beso.
Alexia colgó el teléfono y extendió
los brazos por encima de su cabeza. Era
de mala educación estirarse así en
público, pero le dolía la espalda tras
haber pasado varias horas en malas
posturas y empezaba a notar que tenía
algunas extremidades adormecidas. Allí
donde debería haber notado sus
posaderas, estaba ahora esa incómoda
sensación de vacío, como si su cerebro
hubiera perdido la conexión con sus
extremidades. Se incorporó y dio unos
pasos con las manos sujetas a los
riñones, la mirada perdida más allá del
ventanal. Qué mala pinta tenía aquello.
Estaba empezando a anochecer, y el
avión que debía aterrizar antes de que el
suyo despegara llevaba horas de retraso.
Trescientos euros para esto , pensó
Alexia, sonriendo irónicamente por su
mala suerte. Si lo hubiese planeado con
tiempo, se habría ido en tren a pasar
esas fechas en compañía de su familia.
Pero todos estaban completos, ni un solo
asiento, ni siquiera en primera clase, y
no le había quedado más remedio que
comprar un billete de avión en el último
momento. Como consecuencia, había
pagado una pequeña fortuna por un
minúsculo asiento en aquella lata con
alas, exactamente la mitad de lo que le
habría costado el viaje organizado por
sus amigas.
Comprendió entonces que este viaje
ejemplificaba la frustración que sentía.
Si no hubiese sido por la insistencia de
su madre (o mejor dicho, por su
exquisito dominio del chantaje
emocional), ahora mismo estaría camino
de un divertido complejo hotelero que
sus amigas habían reservado en la costa
gaditana. Allí habría la misma cantidad
de viajeros, quizá incluso más, pero a
diferencia de su situación actual, estaría
acompañada de sus amigas, berreando
las canciones que pusieran en la radio o
bebiendo cerveza a mansalva para
amenizar el viaje. En cambio, estaba
sola en un aeropuerto, rodeada de
viajeros con caras largas y grandes
maletas, limpiadores mal pagados,
deprimentes anuncios publicitarios
(Benalmádena. Todo incluido, 300
euros) y la terrible sensación de que
había malgastado su dinero para ir, nada
más y nada menos, que a la casa de
veraneo de sus progenitores.
Era la pesadilla perfecta.
Se dejó caer de nuevo sobre el suelo
de la terminal, sin saber muy bien en qué
emplear su tiempo. Podía levantarse y
pedirse el enésimo café del día u optar
por un zumo esta vez, pero se sentía
saciada y le repateaba comprobar que el
dependiente de la cafetería empezaba a

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mirarla con cierta condescendencia.
Siempre quedaba la posibilidad de
llamar a alguien. Tenía batería para unas
cuantas horas más, aunque no estaba muy
segura de con quién le apetecía
contactar en una situación semejante.
Pensó de inmediato en su amiga Carla,
pero dudó unos segundos, porque Carla
estaba metida en ese coche, el que se
dirigía ahora hacia la costa gaditana, en
el que ella misma debería haber estado.
Y dudó también porque Carla no
perdería oportunidad de hacerle notar
que, una vez más, estaba cediendo a los
chantajes emocionales de su madre.
Ante esto, no podía objetar nada. Habría
sido inútil hacerlo, entre otras cosas
porque su vida seguía varada en el
mismo punto desde tiempos
inmemoriales.
Alexia tenía veintisiete años. No era
ni fea ni guapa, del montón, tal vez
atractiva, en especial los días en los que
decidía prestarse un poco más de
atención. Tenía, además, otras cosas,
como por ejemplo: una vida sentimental
estilo montaña rusa, con tantas subidas
como bajadas; un empleo mal pagado;
una jefa espantosa que nunca valoraba
sus esfuerzos; una madre absorbente que
todavía no se había enterado de que su
hija hacía tiempo que rebasaba la
mayoría de edad; un complejo de
culpabilidad gracias a su educación en
colegio de monjas; una ex que le
destrozó el corazón; una hermana menor
con más personalidad y rebeldía de lo
que ella jamás llegó a soñar y la perenne
sensación de que en algún momento del
camino adulto había tomado la ruta
equivocada. Ahí se acababa su lista de
bienes personales, y a menudo se
preguntaba dónde habían quedado los
sueños locos de recorrer el mundo
entero subida en una autocaravana estilo
vintage o convertirse en una mujer de
éxito que con una simple llamada
pudiera influir en la vida de miles de
personas. ¿Qué había sido de eso? ¿En
qué momento se convirtió en una más,
alguien del montón, una de esas
personas que toma el transporte público
por la mañana luciendo una nada
recomendable cara de sabueso?
Alexia desconocía las respuestas a
estas preguntas, a menudo ya ni siquiera
se las hacía. Deambulaba por la vida
como lo haría cualquiera, con la única
meta de llegar a fin de mes y tomarse
una copa con los amigos los fines de
semana para olvidar las penas de la
oficina. En aquella ocasión, sentada en
el suelo de la terminal del aeropuerto de
Madrid, tampoco se detuvo un segundo a
pensar en estas cuestiones. Estaba
demasiado ofuscada valorando a quién
podía llamar para matar el tiempo de
espera y casi de manera mecánica marcó
el número de Carla, quizá porque su
cuerpo estaba en el aeropuerto, pero su
alma, de algún modo, iba metida en
aquel coche.
Carla no se hizo de rogar. Contestó al
segundo tono con su característico buen
humor:
—¡Hou, hou, hou! ¡Feliz Navidad!
—¿Feliz Navidad? ¿Cuántas copas te
has tomado ya? —Alexia se imaginó el
interior de ese coche y el estado de sus
ocupantes. Podía escuchar la música
retumbando a todo volumen en los
altavoces y le asaltó un pellizco de
envidia.
—Ninguna, salvo que cuentes la
cerveza sin alcohol que nos tomamos
antes de salir. Solo estoy contenta. ¿Y tú
qué? ¿Ya estás en terreno andaluz? ¿Qué
tal te tratan?
—Los andaluces no sé; pero los
empleados del aeropuerto me miran con
cara de pena. Sigo en Barajas. El vuelo
está retrasado de forma indefinida.
Su amiga Carla, casi con total
seguridad, estaría ahora sonriendo. Se lo
había advertido, que meterse en un
aeropuerto a principios de agosto era
una verdadera locura, los vuelos
tendrían problemas para despegar.
Alexia esperaba escuchar un «te lo dije»
de un momento a otro, por eso prefirió
adelantarse:
—Ya sé que me lo dijiste, no hace
falta que me lo recuerdes.
—Bueno, está claro que esto no te
habría pasado si te hubieras venido con
nosotras.
—Sí, y el cambio climático no
existiría si la gente apagara las luces y
dejara de usar aerosoles. ¿Qué puedo
decir? La vida es una mierda.
—Yo solo digo que pasar las
vacaciones con la familia es muy siglo
veinte. Deberías modernizarte.
—Claro, pero no eres tú quien tiene
que aguantar a mi madre —refunfuñó
Alexia.
Apoyó la mano en la frente con
desesperación. Las otras dos ocupantes
del coche hablaban y se reían. Alexia
apenas las conocía, eran amigas de
Carla, pero parecían estar pasándoselo
francamente bien. Ella, en cambio, tenía
que soportar la mirada fija de un
adolescente japonés que no le quitaba
ojo de encima. El mundo era un lugar
desequilibrado.
—Lo que te pasa es que no sabes
decir que no, y por culpa de eso te vas a
perder el mejor viaje del año —
contraatacó Carla.
Ahora que lo pensaba, tal vez no
hubiera sido buena idea llamarla…
—Gracias, tú sí que sabes cómo
apoyar a una amiga, Car.
—¿Qué puedo decir? Son años de
práctica—. Carla hizo una pausa para
recapitular. —De todos modos, si yo
fuera tú, intentaría animarme. Ahora ya
está hecho. Te vas, saludas a tus padres,
intentas pasártelo lo mejor que puedas y
el año que viene nos vamos tú y yo
adonde sea.
Barajó mentalmente esta posibilidad.
Le gustaba la idea de pasar unas
vacaciones fuera, en cualquier destino
que su ligero bolsillo pudiera pagar,
aunque no estaba segura de haber
aprendido la lección. Cada verano se
decía a sí misma que el siguiente haría
lo que le viniera en gana, y cada verano
acababa cediendo a las presiones de su
madre. Casi podía imaginar la cara que
pondría si le propusiera algo así. Le
diría que había perdido el juicio, que las
vacaciones eran para pasarlas con la
familia, que tenía que regresar a casa al
menos unos días, que no podía dejarles
solos todo el verano. ¿Solos? ¿Y qué
ocurría con su hermana? Tenía
diecisiete años, edad suficiente para ser
una buena acompañante, o al menos,
Alexia a su edad ya lo era. El problema
radicaba en que Paula, la hija más
consentida del planeta, estaba
demasiado centrada en sí misma para
reparar en estas responsabilidades
familiares y al final siempre era ella la
que tenía que transigir y ceder.
El mundo era un lugar,
definitivamente, hostil.
—Lo sé, lo sé, tienes razón —le dijo
entonces a Carla—. Y este año es
todavía peor porque han invitado a sus
mejores amigos.
—¿Y cuál es el problema? ¿Son
coñazo?
—No, son encantadores, pero no me
apetece estar poniendo buena cara a
todas horas.
—Alex, tú no eres la sirvienta, solo
eres la hija.
—Ya lo sé, pero ya me conoces.
—Rosa, baja la música, que no oigo
nada. Hey, ¿sigues ahí?
—Sí, mi planta y yo seguimos aquí —
replicó, mirando con culpabilidad la
pequeña planta que la acompañaba. Se
había prometido a sí misma que no lo
haría, pero…
—No me digas que te la has
llevado… —protestó Carla.
—¿Y qué se suponía que debía hacer?
¿Dejarla en casa todo el verano?
—¡Sí! —replicó su amiga con enfado
—. Eso es exactamente lo que deberías
haber hecho. No le va a pasar nada
porque no la riegues unos días.
—Yo qué sé, Carla, nunca he tenido
una planta. Ahora ya me la he traído, es
demasiado tarde.
Alexia pudo imaginar la cara de su
amiga, entre escéptica y desesperada,
muy parecida a la que su madre ponía
cada vez que no conseguía hacerle entrar
en razón. Pero Carla era tendente al
melodrama. Tampoco había que
dramatizar de ese modo. ¿Y qué si se
había llevado consigo la maldita planta
que le regaló su maldita ex? ¿Y qué si
esa fea planta era ya lo único que le
quedaba de ella? Alexia no tenía ni idea
de cómo cuidar de un ser vivo y lo
último que deseaba era regresar a casa y
encontrar la planta muerta. Eso sí que no
se lo habría perdonado.
—Tienes que dejarla ir. Lo digo en
serio.
—¿A la planta?
—No, imbécil, a Laura.
—Ya la he dejado ir —protestó
Alexia —, se fue ella sola, de hecho. —
Sin darse cuenta había elevado tanto el
volumen de su voz que los ojos del
adolescente japonés se abrieron con
sorpresa. Los padres del interfecto le
dedicaron una mirada de reproche.
—Razón de más para que la olvides y
pases a otra cosa.
—Carla, solo porque haya traído la
planta que me regaló no significa que me
siga acordando de ella, ¿vale? Es solo
una planta. Ya está.
—Vale, fiera, ya no te digo nada más.
Pero si nos vamos de viaje el próximo
verano, que sepas que el vegetal se
queda en casa. Me importa un comino si
se muere de un ataque de fotosíntesis o
algo parecido.
Alexia puso los ojos en blanco. —
¿Has terminado? Menos mal que te he
llamado para que me animaras.
—No, en realidad no he terminado —
replicó Carla—. Rosa, en serio, baja la
música, está altísima.
—¿No? — Alexia arqueó las cejas
con sorpresa.
—No. Quiero que pases unas buenas
vacaciones —dijo por fin su amiga en su
tono más dulce—. Quiero que
desconectes, que apagues el móvil y no
le cojas el teléfono a tu jefa aunque te
diga que su vida depende de ello.
Prométeme que lo harás.
—Puedo intentarlo…
—No, prométemelo.
—Vale, te lo prometo

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