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Beséame – Gema Samaro

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Violeta corría bajo la lluvia huyendo de la peor cita de su vida, sin paraguas, en tacones, pero sin perder la esperanza de que mañana sería
distinto, y mejor, y más intenso, y más romántico, y más todo.
De momento, era solo una mierda, y además llovía tanto que decidió esperar a que escampara un poco, refugiándose bajo la primera
marquesina que salió a su paso.
Estaba tiritando de frío, con el pelo chorreando, el maquillaje destrozado por los gotones de agua helada que surcaban su rostro, la ropa
empapada y los zapatos y el bolso calados. ¡Pero qué más daba ser la viva estampa de la desolación! Eran las cuatro de la mañana de un
jueves cualquiera y por allí no había nadie que pudiera matarse de la risa por su suerte.
¿O sí?

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De pronto, escuchó el inconfundible sonido del cierre metálico que se levanta, se dio la vuelta y apareció él, alto, moreno, pelos revueltos,
ojos azules, sonrisa radiante y camisa de cuadros:
—¡Joder, cómo llueve! —exclamó mientras sujetaba el cierre con una mano, a media altura.
—Si no me lo dices, ni me doy cuenta… —Violeta se encogió de hombros, tiritando.
Javier, porque se llamaba Javier, la miró y sintió un escalofrío y no precisamente por la lluvia.
—Espera que te traigo un paraguas —atinó a decir mientras la miraba alucinado, como si estuviera viendo a fantasma—. O mejor, pasa,
tómate algo y te secas, mientras esperamos a que deje de llover, si quieres…
Violeta pensó que debía de estar de horrible por la cara de susto con la que le estaba mirando ese tío, que a saber quién era. Buscando
pistas, levantó la cabeza y leyó el letrero en neón rojo sobre el dintel de la puerta en el que ponía: Beséame, luego miró a través de la puerta de
cristal que ocultaba la mitad del cierre y pudo atisbar una larga barra de bar y unas mesitas de madera. El típico bar de Malasaña, modernillo,
acogedor y con encanto, en el que ni loca iba a terminar confesando sus desdichas a un guapo desconocido, para que se pasara tres semanas
muerto de risa comentándolas con sus amigotes.
Así que por prudencia, y aun cuando era difícil que la noche pudiese estropearse más todavía, decidió declinar la invitación:
—Te lo agradezco, pero tiene pinta de que son solo unos nubarrones pasajeros. Prefiero esperar aquí, tranquilamente… —dijo muy digna.
Luego, para no parecer demasiado digna, Violeta sonrió y la cosa comenzó a complicarse, por los rayos y por los truenos que caían sin
piedad y porque Javier tuvo que agarrarse fuerte al cierre para cerciorarse de que no estaba soñando.
—Eres muy optimista —gritó Javier, para que su voz pudiera escucharse por encima de los truenos.
—Tormentillas de abril… —replicó Violeta, retirándose un mechón mojado de la frente—. ¡Me encantan! —exclamó disimulando el
castañeo de los dientes.
—A mí también, espera que cierro el bar y me quedo contigo disfrutando del espectáculo. Soy Javier Pereira, el Beséame es mi bar… —se
presentó tendiéndole la mano.
—Soy Violeta —habló estrechándole la mano y obviando el apellido porque lo único que quería era escapar de allí cuanto antes.
—Encantado. ¡Tienes la mano helada! —replicó Javier, sin soltar la mano de Violeta.
—Siempre. De siempre. Siempre tengo las manos así… —mintió ella, retirando la mano.
—Es flipante —murmuró Javier, revolviéndose el pelo con una mano y mirándola fascinado.
—Soy normal, muy normal… —apuntó Violeta, aunque era otra mentira, por no hablar de que las cosas que le pasaban a ella eran de todo
menos normales.
—Yo no mucho, pero esto que nos está pasando es maravilloso. ¿Sabes que llevo tres años esperándolo? ¿Qué digo? Tres años en el
Beséame, pero en realidad, toda la vida —explicó Javier, muy emocionado.
Violeta que no estaba para jeroglíficos, se prometió a sí misma que en breve estaría en su casa, en su camita, descansando entre sábanas
de nubecitas rosas y, al fin, ese día espantoso quedaría atrás para siempre.
—¿Esperando la tormenta perfecta? —inquirió la joven señalando al cielo con el dedo índice.
Javier negó con la cabeza y luego susurró con una sonrisa en los labios y los ojos brillantes como las luces de las farolas que se reflejaban
en los charcos:
—A ti.
“Maldita tormenta”, pensó Violeta, porque entre tanto trueno le había parecido escuchar “a ti”. ¡Qué ridículo! Seguro que Javier había
dicho otra cosa, algo como “a Trini”, “a Didi” o “a mil”. ¿Y a ella qué le importaba? Tan solo se limitó a replicar:
—Eso es genial.
Javier suspiró, bajó la vista al suelo, se metió una mano en el bolsillo, luego volvió a mirarla, con esa mirada azul preciosa y una sonrisa
encantadora, y dijo:
—Es una historia un poco larga, si quieres te la cuento mientras vemos llover tras el ventanal. A lo mejor tienes hambre… ¿Te apetece un
trozo de tarta?
¿Qué si tenía hambre? Violeta agradecía que estuviera tronando para que Javier no escuchara los rugidos de su tripa. ¡Se moría de
hambre! Había estado cenando de tapas con Ramón, si bien casi todo lo que habían pedido se lo había comido él, mientras ella no paraba de
hablar de estupideces, porque no recordaba haber dicho nada sensato en toda la noche. Pero para qué seguir recordando…
—Otro día que pase por aquí, me cuentas la historia… —se excusó Violeta, pensando que no tenía otra cosa que hacer que volver por el
bareto ese a que le contaran la historia de Trini o de las mil.
Javier por su parte estaba hipnotizado por los ojos verdes de Violeta, unos ojos enormes de gata bajo la lluvia, mejor dicho bajo el diluvio
pues llovía tanto que apenas se podían ver los locales de la acera de enfrente y tronaba con tal fuerza que parecía que el cielo iba a romperse
sobre sus cabezas.
Desde luego, tenía pinta de todo, menos de que aquello fuera a ser una tormenta pasajera.
—Pasa, anda… —habló Javier, levantando el cierre metálico del bar—. Todavía está dentro Manuela, terminando de limpiar la cocina,
venga no te quedes ahí.
Violeta tiritaba de frío y además estornudó, “ahora solo le faltaba coger una pulmonía para acabar de rematar la noche”, pensó. Aparte de
que al día siguiente, no podía faltar al trabajo porque su compañera Jacaranda tenía que llevar a su hijo al médico. Así que decidió cambiar de
plan: —¿No tendrás un secador de pelo? —preguntó Violeta, estrujándose el pelo húmedo con la mano.
—Y camisetas del Beséame
—Vamos para dentro y si te queda algo de comer, me lo preparas por favor, mientras me cambio de ropa y me seco el pelo; es que la
lluvia me da mucha hambre —mintió, porque le daba vergüenza confesarle que venía de tener una cita con un zampatapas.
—Sí, claro, pasa. Los servicios están al fondo a la derecha, tienes que pasar por debajo de la barra, y ya dentro verás un armario azul:
ábrelo, allí encontrarás el secador y un montón de camisetas.
Violeta agradecida se fue hasta el fin de la barra, se metió por debajo y, tras recorrer un pequeño pasillo que estaba recién fregado, salió a
su paso una mujer de unos sesenta años, muy amable, que le señaló dónde estaba el aseo de chicas.
Ya en el cuarto de baño, que estaba limpísimo, Violeta se quitó la chaqueta y el vestido que tenía empapados, abrió el armario azul, y se
puso una camiseta XXL que le llegaba hasta las rodillas. Luego se secó el pelo mientras repasaba la decoración: cortinas de estampado de
cebra, espejo con bombillas como de camerino de cine y sanitarios ultramodernos.
Después, se quitó los churretes de rímel, se retocó el maquillaje y salió de nuevo con la camiseta Beséame, los tacones que estaban
empapados y el bolso colgado del hombro. Debía estar hecha un adefesio pero llegados a ese punto de la noche, le daba todo lo mismo.
Javier, en cambio, en cuanto la vio aparecer con la melena resplandeciente, la camiseta y los tacones, tuvo que pestañear unas cuantas
veces para convencerse de que aquello no era un sueño.
—Por fin estás aquí… —dijo de pie, junto a una de las mesas que estaban pegadas al ventanal que daba a la calle, mirándola como si fuera
una aparición.
—¿He tardado mucho? —preguntó Violeta, arrugando la nariz.
—Demasiado. Llevo esperándote toda la vida…

2.
—¿Tú estás muy mal de lo tuyo, no? —replicó Violeta, mientras se sentaba en la silla que Javier acababa de retirarle.
—Fatal, cada día peor. ¿Qué le voy a hacer? Por cierto, solo me queda tarta Jessica Rabbit, espero que te guste, es de zanahoria. —Violeta
echó un vistazo a la tarta, que tenía una pinta estupenda, y sonrió encantada—. Y de beber ¿qué prefieres té, café, un refresco, tequila?
Ya puestos a elegir, a Violeta lo que más le apetecía era:
—¿No tendrás por ahí un poco de Nesquik?
—Sí, ahora te lo traigo, un momento, por favor.
Javier llenó dos vasos con leche caliente de la máquina y regresó a la mesa con varios sobres de Nesquik.
—Muchas gracias, te estoy esperando para empezar con la tarta —informó Violeta, con la cucharilla en alto.
—Probaré un poco, por no dejarte sola más que nada.
—Si es por gentileza, déjamela toda a mí —replicó probando un trozo de la tarta.
—¿Te gusta? —preguntó Javier, expectante. Las tartas del Beséame tenían fama, pero Violeta podía tener un gusto peculiar.
—¡Oh, está divina! —exclamó batiendo las manos—. Y el nombre de la tarta me encanta…
—No podía ser otro, estando aquí… —explicó Javier señalando las paredes.
Entonces, Violeta se percató de que las paredes de ladrillo visto pintadas en blanco, estaban cubiertas con cientos de cuadritos con besos
de cine.
En las paredes del Beséame estaban todos: Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, Grace Kelly y Cary Grant, Bela Lugosi y Frances Dade,
Marilyn Monroe y Tony Curtis, Elizabeth Taylor y Montgomery Clift, Audrey Hepburn y George Peppard, Donna Reed y James Stewart,
Clark Gable y Vivien Leigh, Deborah Kerr y Burt Lancaster, Barbara Streisand y Robert Redford, Julia Roberts y Richard Gere, Winona Rider
y Johnny Depp, Kate Winslet y Leonardo di Caprio, Rachel McAdams y Ryan Goslin, Jake Gyllenhall y Heath Ledger…
—¡Eres un friki de los besos de película! ¡Te pega muchísimo tener un bar así! Tienes pinta de cinéfilo… —concluyó Violeta que seguía
reconociendo besos en la paredes.
—Me gusta el cine, pero no puse el Beséame por mi amor al cine —confesó, abriendo el sobre del Nesquik.
—Por tu amor a los besos de cine, no me digas más: ¡te los censuraban en tu casa! ¡Como en Cinema Paradiso! Y entonces de niño te
prometiste, cual Scarlato O’Hara que jamás volverías a pasar hambre de besos, que cuando fueras mayor vivirías rodeado de todos los besos
que te robaron tus mayores…
Javier echó los polvos del Nesquik en la leche y luego confesó mientras los removía con la cucharilla:
—No. Fue por culpa de una bruja.
A Violeta esa respuesta no le gustó nada, por eso le advirtió apuntándole con el dedo índice:
—Espero que no seas un rencoroso de esos que habla mal de sus ex, me decepcionarías muchísimo.
Javier tras dar un sorbo a su Nesquik, que no probaba desde que tenía quince años, le aclaró:
—Te estoy contando la verdad. Monté el Beséame por culpa de una bruja que conocí en Estocolmo.
Violeta se revolvió en la silla, probó otro trozo de tarta, agitó un poco la cabeza para resetearse y preguntó:
—Cuando dices bruja ¿te refieres a una mujer que pasó por tu vida y te hizo daño?
—Tía, qué pesada. Cuando digo bruja es bruja, una chica que me leyó el tarot en el metro de Estocolmo.
Violeta abrió el sobre de Nesquik muerta de la curiosidad y le suplicó:
—Cuéntame la historia, por favor.
Un rayo cayó de repente y Violeta sintió un escalofrío que le estremeció por completo. Molaba. Todavía no se había repuesto del mal trago
de la peor cita de su vida, pero estar tomándose un Nesquik con un chiflado que hablaba de brujas mientras fuera tronaba, la verdad es que
molaba bastante…
—Yo tenía una vida en Estocolmo, soy filólogo, con veintisiete años encontré trabajo en una empresa de traducción en Suecia donde
también trabajaba Ingrid. Lo nuestro no fue un flechazo, fue algo que se fue cociendo a fuego lento, despacito, y al final sucedió que nos
enamoramos. Un año después nos fuimos a vivir juntos, nos lo pasábamos bien, había complicidad, risas, amor, éramos felices… Y así
estuvimos cuatro años, hasta que un buen día Ingrid me dijo que ya no me quería…
—¿Así, de repente? —preguntó Violeta, que escuchaba con suma atención el relato.
—A ver… A los dos años de estar en Estocolmo, monté mi propia empresa de servicios de traducción y obviamente yo estaba cada día
más ocupado, por lo que supongo que el último año algún detalle importante se me escaparía, pero sí, un buen día me dijo que ya no estaba
enamorada de mí y me dejó.
Violeta estaba convencida de que el detalle importante debía de medir más

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