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Besos de mariposa – Lorraine Cocó

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—¿Cuánto tiempo crees que seguirán dando vueltas en ese maldito tiovivo antes de bajar? —preguntó Gina mirando con exasperación su reloj de pulsera.
Se cruzó de brazos y ojeó a su nueva ayudante, Penélope, que a pesar de su pregunta seguía mirando la atracción cual niña fascinada por las luces y colores de
aquel artefacto del demonio. La chica era brillante; joven, pero brillante. Y estaba claro que necesitaba espabilar un poco. Aún era demasiado impresionable y le faltaba
la dureza necesaria para el competitivo mundo en el que se movían. Como agente literaria debía parecerse más a un tiburón que a la pintoresca pececilla de colores a la
que le recordaba en ese momento; con su vestido verde manzana y aquellos accesorios salmón en muñecas, cuello y cabello.
— ¡Penélope! —la llamó alzando la voz.
La joven dio un respingo y se llevó una mano al cuello, azorada. Tan asustadiza como un conejillo, acarició las cuentas redondas de su collar, con nerviosismo. Gina
no se molestó en ocultar una sonrisa divertida ante su reacción.
—Perdone, señorita Walters, ¿qué me decía? —Ruborizada hasta el cuero cabelludo la joven se giró hacia ella.
—Te preguntaba, que cuánto tiempo crees que seguirán dando vueltas. Cuarenta minutos girando no deben ser buenos para una mente normal. Si William se queda
tonto después de esto, no conseguiré que escriba otro bestseller —farfulló mientras cambiaba el peso de pierna y posaba las manos en las caderas, sopesando la
posibilidad de ir a detener el tiovivo aunque con ello interrumpiese la sesión de fotos de la boda entre William y Didie.
Los observó unos segundos. Se les veía tan felices y radiantes que eclipsaban los brillos de la diabólica atracción. Tenía que reconocer que jamás había visto tan
feliz a su amigo y cliente como este último año. Y solo por eso merecía la pena verlo dar vueltas y más vueltas como un colegial, mientras besaba a su recién estrenada
esposa y posaba para las fotos con su hermano menor en plan camaradas.
Sí, presenciar el cambio de vida de William la convertía en una privilegiada. También estar disfrutando de la mejor gira que había organizado en su carrera. William,

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tras conocer a “su musa”, y ahora esposa, había escrito la novela más increíble que ella hubiese leído jamás. Desde el momento en el comenzó a leer aquel manuscrito
tuvo claro que llegaría a lo más alto. Y así había sido. Las entrevistas, los premios, las firmas y eventos, apenas les habían dejado tiempo libre durante aquellos últimos
siete meses, tras la publicación del libro. Por eso la pareja había tenido que retrasar la boda hasta su regreso a San Francisco. Y así estaban, a punto de finalizar la gira de
promoción. Tan solo restaban un par de eventos allí mismo, tras los que se podrían tomar un par de semanas de vacaciones. Tampoco más, pues su cartera de clientes
había subido a la par que la carrera de William. Por eso había decidido contratar a Penélope.
Disfrutaba del mejor momento de su carrera y su trabajo la llenaba por completo. Por eso, y solo por eso, estaba dispuesta a dejar que aquel par de empalagosos
tortolitos estuviesen girando en el tiovivo unos minutos más. Marguerite, la mejor amiga de la novia, y ella, habían organizado aquel evento para que todo funcionase
con la precisión de un reloj suizo. Y aún quedaba mucho por hacer aquel día: el banquete, la fiesta, una pequeña recepción con los periodistas… Al menos la sesión de
fotos estaba a punto de terminar y tenía que reconocer que por momentos había disfrutado de ver a su amigo hacer todas las extravagancias imaginables, como cuando se
fotografiaron besándose mientras abrazaban los árboles del parque. Ese, sin duda, iba a ser un momento para la posteridad.
Sonrió con pereza y suspiró, cerciorándose antes de que nadie la observara en una actitud tan “blandita”.
—¡Gina! Está cayendo el sol, creo que deberíamos ir encendiendo los farolillos que llegan hasta la carpa de cristal —propuso Marguerite mientras subía por la
pradera hasta su posición.
—Sí… por supuesto. Ahora mismo ordeno que lo hagan —contestó tomando de las manos de Penélope la carpeta con los datos de la organización del evento—.
¿Los músicos están ya listos?
—En sus puestos —respondió Marguerite.
Gina no levantó la vista de los papeles.
—¿Y tu novio tiene preparado todo lo del catering?
—También. La comida está lista, Vince está realmente inspirado esta noche

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