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Libro PDF Bien de frontera – Oliverio Coelho

Bien de frontera – Oliverio Coelho

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Nadie los vio pasar. Una vez en el Peugeot 504
Malena le indicó a su padre: “¿te acordás dónde
queda la curva del potrillo?”. Sauri hizo memoria.
Por alguna razón, la curva del potrillo le sonaba
familiar. Algo trascendente había ocurrido ahí
durante su infancia. Enumeró para sí choques que
habían quedado como cicatrices en la memoria del
pueblo. De esos choques solía hablar su padre en
la mesa, con una satisfacción obscena, como si en
los accidentes se materializara una sentencia
secreta que complementaba la justicia de los
chismes. Una vez que empezaba a hablar de esos
accidentes, era imposible que su morbo coagulara,
y se entretenía en detalles que su madre censuraba.
Anduvieron ocho kilómetros sobre la ruta 86 y
por fin Sauri entendió por qué el lugar le resultaba
familiar. Ahí estaba el esqueleto oxidado del viejo
Renault 12. El auto sagrado que su padre había
amado y destruido brillaba bajo el sol como un
ídolo extraño. Había sido lentamente desguazado
por ocasionales piratas del asfalto o simples
oportunistas que primero se llevaron las llantas,
luego los asientos y finalmente el motor.
Malena empezó a cavar junto a la inexistente
rueda delantera derecha del Renault. Sauri, en vez
de ayudarla, tocó el armazón oxidado como si
acariciara la nuca de un ser querido. Percibió en la
trompa una abolladura. Pensó que ahí, en el
hallazgo de esos fósiles, empezaba el duelo por la
muerte de su padre, y se sintió impulsado a jugar
con recuerdos. Pero no extrajo imágenes
conmovedoras. Menos todavía lágrimas. Su
infancia se parecía a un paraíso deshabitado. No
sobrevivía un trozo de felicidad ni siquiera en el
recuerdo de las tardes que había pasado jugando al
ajedrez cuando era la promesa del pueblo y ganaba
todos los torneos provinciales. Escuchó el ruido
de la pala entrando en la tierra y la voz de su hija,
que le pedía que mirara, como si estuviera
exhumando un cuerpo amigo. Permaneció
inmutable: ¿en qué momento su gran futuro se
había echado a perder? De no ser por un amor
prematuro y por la militancia, podría haber
desarrollado una carrera exitosa. Sin embargo, si
lo pensaba bien, prefería ser el hombre que
acababa de huir de Buenos Aires con su hija.
El roce de la pala en la tierra cesó. No había
nada. Incrédula, Malena miraba ese pozo
rectangular.
“¿Y si probás al lado?”, y de inmediato, como si
al escucharse se volviera consciente de su propia
pasividad, Sauri tomó la pala y cavó y siguió un
buen rato así hasta que sin darse cuenta formó una
pequeña zanja. Estaba por rendirse cuando vio
asomar un pedazo de tela. “¿Un bolso negro?”,
preguntó, y ahora sí, exhausto, cavó con cuidado.
Los paquetes estaban intactos. La humedad no
había atravesado el nylon.
“La sequía es buena para esto…”, dijo Malena
agachándose. Luego sacudió el bolso, lo tiró en el
asiento de atrás del Peugeot, se ubicó adelante y
cerró los ojos plegando las piernas y apoyando los
talones sobre la guantera.
Sauri puso en marcha el auto y se preguntó,
recién entonces, por qué su hija había decidido
compartir con él ese secreto. Para ella esos
paquetes habían madurado en la memoria y habían
dejado de ser producto de un robo para
transformarse en una herencia. Para él, en cambio,
empezaban a existir.
2
En vez de ir a la clínica a cumplir con los
protocolos de la muerte, Sauri sube al Peugeot 504
modelo 87 y va hacia el monoambiente que su
padre alquiló cerca de la estación Pacífico. Entra
de manera sigilosa, como si temiera interrumpir la
siesta de alguien. Las persianas están bajas y las
bombitas de los techos, quemadas. Solo funciona
el velador apoyado en un tacho de pintura de
plástico, junto al que su padre, en un colchón, solía
tenderse a leer el diario, fumar y rastrear en horas
vacías el origen de su enfermedad.
Hay tazas sucias, ceniceros, colillas, objetos
disecados por capas de polvo y eras de soledad.
El lugar luce desértico y material, como una
fábrica alguna vez espléndida que fue abandonada.
Los diarios apilados junto a la cama datan de más
de veinticinco años atrás. En la mayoría de ellos
Sauri aparece mencionado y/o fotografiado como
un joven prodigio del ajedrez argentino.
Busca bolsas de consorcio. Empieza a separar
los documentos útiles, papeles con teléfonos,
agendas, carpetas con planos, boletas, escrituras,
fotocopias de expedientes y tarjetas personales de
lo más variadas. Toda una riqueza hipotética con
la que siete meses atrás Luis Alberto, tras echar
por la borda décadas de matrimonio, dejó el
pequeño pueblo de Laprida, o bien para curarse, o
bien para morir en Buenos Aires, la ciudad que
amó hasta que una mujer, a los veintitrés años,
cuando todavía existían los trenes, lo arrastró al
fondo de la pampa.
Mientras forma dos conjuntos, lo valioso o
enigmático por un lado, y la basura por otro, Sauri
tiene la sensación de que perpetra un saqueo
deseado durante años. En la misma bolsa guarda
las pequeñas pertenencias que va encontrando en
el suelo y en el tacho de pintura que oficia de
mesita de luz. Prefiere dejar en su lugar los
objetos grandes, cargados de anonimato como si
nunca hubieran sido realmente de nadie y
cumplieran una función para la que no han sido
creados. Son lo suficientemente vulgares y visibles
para satisfacer la avidez de su madre. A las
miniaturas —ceniceros, anteojos, monedas,
cucharas—, todas cosas anticuadas que no puede
decir que su padre haya coleccionado pero que en
secreto recolectó y liberó, como a animales
callejeros, en ese dominio del azar que es su
monoambiente, las va envolviendo en hojas de
diario que ahora no hacen más que fechar un
fracaso.
Le sorprende que Luis Alberto haya trasladado
desde Laprida esa colección de elementos
insignificantes. La presencia de esos objetos
parece anticipar la muerte, como si lo
verdaderamente propio, aquello con lo cual un
hombre emprende un viaje al más allá, fueran solo
miniaturas en el teatro de la vida. Abolla uno por
uno los diarios que quedan y los mete en una
bolsa. Una página se resiste a entrar en la bolsa.
Al empujarla no puede evitar reconocer cenizas de
su biografía en una foto blanco y negro del diario
La Razón. Aparece pensativo en un panamericano
juvenil que, no recuerda exactamente cuándo, ganó
en Mar del Plata.
Antes de irse, pasa a la cocina, recorre a tientas
la bajo mesada, mueve platos y ollas, y por fin da
con el paquete negro que en sus manos cruje como
el envoltorio de un caramelo.
Guarda en el baúl del Peugeot una bolsa de
consorcio con los papeles secretos de su padre y
otra con las miniaturas. Tira en el cordón de la
vereda una tercera bolsa con recortes que fechan
su pasado. En la guantera ubica el paquete negro.
Se repasa las encías con la lengua y se inspecciona
la boca entreabierta en el espejo. Hace pantalla
con las manos, embolsa y verifica su aliento.
Luego, rumbo a la clínica intenta sintonizar Radio
Continental, deslizando la aguja del dial
morosamente para evitar el ruido blanco.
En el quinto piso, apenas sale del ascensor, su
madre recién llegada de Laprida habla con el jefe
de terapia intensiva. Parece extraer de la
enfermedad de su padre una satisfacción que la
llena de vitalidad. Detrás, un ventanal recorta
edificios agrietados y nubes bajas.
Durante unos treinta segundos Sauri presencia la
escena de incógnito, hasta que Lidia lo ve y le dice
algo al médico. Ambos se vuelven hacia él,
impasibles, como si se conspiraran en un mismo
tipo de gravedad. El médico le extiende la mano
suave y helada. Una mano falsa. “El cuerpo de su
padre se está apagando”.
La bomba de morfina, junto al respaldo cromado
de la cama, emite una alarma. Una enfermera
demudada, como si la pólvora de la muerte la
transformara en una completa intrusa, irrumpe en
la habitación. Sauri y su madre, a los lados de la
cama, asisten a ese fenómeno que arruina la
perfección de la cuenta regresiva. Mientras la
enfermera calibra esa especie de reloj que en vez
de arena dosifica una maravilla opiácea, Sauri
trata de hacer coincidir la apariencia de ese
hombre disecado por la quimioterapia con la
imagen de su padre. La medicina le impone una
melodía patética a la extinción. Su padre no muere,
se borra. Lidia lagrimea mientras

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