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Bruma azul – Lola P. Nieva

Bruma azul – Lola P. Nieva

Bruma azul – Lola P. Nieva

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septiembre de 1621
La mujer cayó de rodillas, jadeando ante
la dolorosa contracción que apuñaló
implacable su vientre. Inclinada sobre
él, apretó los dientes sofocando el
alarido que pugnaba por desgarrar su
garganta, aguantando estoica el lacerante
eco que masacraba la zona baja de su
espalda como si la atravesaran con un
acero al rojo vivo.
Nadie debía encontrarla hasta traer
al hijo que llevaba en su vientre, ni
siquiera su esposo, él menos que nadie.
Debía evitar que advirtieran su
presencia bajo aquel añoso y legendario
nogal, bautizado como el Crann na
Beatha, el árbol de la vida celta. Sólo
bajo sus ramas, al amparo de las hadas
que lo guardaban, tanto espíritus de los
Tuatha dé Danann como de las aes
sidhes, tendría el destino de su hijo
alguna oportunidad.
Gruesas lágrimas rodaron por sus
mejillas, amargas y ardientes.
Muchas veces había derramado su
llanto desde la llegada al castillo de
aquella inquietante druidhe. Todavía le
parecía notar en su abdomen la ajada
mano de esa mujer, esa vidente, que
había buscado cobijo aquella lluviosa
noche, y las advertencias que había
pronunciado con su oscura voz de
ultratumba: «El ser que alberga tu
vientre está condenado a ser un hombre
maldito. Atraerá sobre sí toda clase de
infortunios que lo convertirán en un
monstruo. Acógelo bajo la protección de
las hadas que moran en las raíces del
árbol sagrado y quizá, sólo quizá, su
destino cambie».

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Por indicación de esa hechicera, lo
primero que debería ver su hijo cuando
abriera los ojos era la copa de aquel
frondoso y fuerte nogal.
Por ese único motivo había
ocultado las regulares y rítmicas
contracciones que llevaba sintiendo
durante toda la mañana. Por fortuna,
había roto aguas a solas en su cuarto,
poco después de salir del lecho. En caso
contrario, su esposo Eachann la habría
recluido en la cama y llamado a la
comadrona de Duart. Consideraba que
aquellos augurios que noche tras noche
la habían desvelado eran supercherías, y
habían sembrado en ella una semilla
desazonadora que había crecido como
una lúgubre sombra que la perseguía sin
cesar. Otra punzada la atravesó de parte a
parte, y esta vez no pudo estrangular el
alarido que quemó su garganta como si
hubiera emergido de ella el aliento de un
dragón. Su cuerpo se dobló en dos,
quebrada por espasmos tan dolorosos
que temió perder la conciencia.
Haifa trató de acompasar la
respiración, con jadeos cortos y
resoplidos continuos, recordando otros
partos que había asistido, para acabar
bufando como un buey furioso y
aullando como una banshee.
Apoyó la espalda en el rugoso
tronco centenario, flexionó las rodillas y
se las sujetó, abriendo cuanto podía las
piernas. Apretó los dientes con fuerza y
aguardó a que la contracción se diluyera
poco a poco, como las ondas que una
piedra provocaba al ser lanzada sobre la
superficie del agua.
Aprovechó aquel efímero descanso
para palparse la abultada barriga. La
tenía muy baja, pero algo no iba bien.
No era partera, pero en Sevilla había
asistido numerosos partos ayudando a
una comadrona, su madre. Al tocarse
descubrió que el niño no se había
colocado todavía, en cambio, los agudos
dolores anunciaban un parto inminente.
En aquel momento, una sospecha
hizo palidecer su rostro y la sumió en un
pavor que le robó el aliento. Si el niño
venía de nalgas, ambos podían morir allí
mismo. El pánico la asaltó al tiempo que
notaba una nueva contracción. Y, sin
apenas ser consciente del todo, se
encontró empujando con todas sus
fuerzas. Fuera como fuese, ya no había
tiempo de regresar al castillo en busca
de ayuda.
Jadeante y sudorosa, rebuscó en su
bota el pequeño puñal que le había
regalado Eachann poco antes de la boda,
un hermoso sgian dubh con empuñadura
de fino marfil labrado y hoja tallada. Se
arrancó parte de la enagua y depositó
ambas cosas cerca, pues supo que
tendría que usar la daga para algo más
que para cortar el cordón umbilical.
Una y otra vez, su cuerpo se
sacudía en abruptos espasmos dolorosos
que comenzaban a desgastarla
peligrosamente. Empujaba exhausta y
llorosa, descubriendo que el niño estaba
atascado en el canal y que no podría
salir sin ayuda.
La tarde fue cayendo tras la colina
oeste, degradándose en un ocaso de
colores intensos que se fundían en el
horizonte, desdibujados por la
caprichosa mano de un pintor travieso.
Que pudiera apreciar la belleza del
atardecer, entre contracciones, resultaba
reconfortante.
Tomó aliento mientras pensaba que
no llegaría a la cena y que, con suerte, la
encontrarían antes de que fuera tarde.
Pensó en su esposo, y sonrió contrita y
apesadumbrada. Quizá no volviera a
verlo y, si lo hacía, su reproche sería tan
duro como su rencor.
No vaciló más, cogió el sgian dubh
y se inclinó cuanto pudo hacia adelante,
a pesar de que le resultaba imposible
ver el punto que debía cortar.
Tanteándose con la mano izquierda
sobre su inflamada abertura, palpó la
estrecha zona cerrada que unía su sexo
con su ano. Respiró hondo aguardando a
que pasara la contracción y, con mano
temblorosa, hundió el filo del puñal en
la carne, rasgándola en un tajo
considerable, mientras gritaba entre
sollozos y resoplaba dolorida. Soltó la
daga y empujó de nuevo, maldiciendo a
aquella druidhe, al destino y a sí misma.
Gruñó como una fiera mientras imprimía
a su acometida hasta la última brizna de
fuerza que escondía su transido cuerpo.
Y, frustrada y trémula, comprendió que
aquello no era suficiente.
Se encorvó de nuevo sobre sí
misma, se refregó burdamente las
lágrimas que inundaban su rostro con las
manos, y el ferroso olor de la sangre la
golpeó. Se mordió el labio inferior, hipó
tomando aliento y se dijo que lucharía
hasta el final.
Otra vez, palpó su entrada
introduciendo los dedos, buscando con
desesperado afán las piernas del
pequeño, las nalgas, algo de lo que tirar.
El tiempo apremiaba y las fuerzas
flaqueaban, podía sentir incluso el
sufrimiento del bebé dentro de ella, y
aquello la mortificaba más que nada. ¡Su
hijo tenía que nacer!

Bruma azul – Lola P. Nieva

Sintió otro acceso de dolor
acumularse, tensando su vientre con
dureza, y rugió como una leona. Ya no
había angustia ni agonía en su alarido,
sino una furia primigenia que la
impregnó del vigor que necesitaba.
Quizá del último aliento, pero sin duda
el más aguerrido.
Cuando el abatimiento comenzaba a
hacer mella en su ánimo, tocó un
diminuto pie que se agitaba débilmente y
tiró de él con toda la delicadeza que
pudo. Aliviada y esperanzada, sintió el
pequeño cuerpo deslizándose a través
de ella, cuando otra atroz oleada de
dolor contrajo su cuerpo y apresó al
niño entre sus paredes.
Maldijo para sus adentros. Debía
esperar, su propio cuerpo había
aprisionado su mano contra el cuerpo
del bebé. Sentir la virulencia de la
contracción la abrumó, y pensó
angustiada en el dolor que el pequeño
debía de estar experimentando.
En cuanto el dolor pasó y su cuerpo
se distendió, tiró con firmeza, extrajo al
bebé y lo colocó sobre el trozo de
enagua que había dispuesto en el lecho
del bosque. Acompañado de inmundicia
y sangre, el menudo cuerpecito azulado
no daba señales de vida.
Haifa se apresuró a cogerlo en
brazos. Se bajó hoscamente el corpiño
del vestido y cobijó a su hijo entre sus
hinchados senos para darle calor. Alzó
su diminuta cabeza y, con la punta del
dedo índice, le abrió la boca para
limpiarla de restos que hubieran podido
quedar atascados. Luego besó su frente y
le susurró en árabe:
—Vamos, pequeño, demuestra que
eres un guerrero. ¡Lucha como un
MacLean, maldita sea!
Lo acunó sacudiéndolo
ligeramente, el peso en su pecho se
convirtió en piedra y cada latido, en
puñales que lo horadaban. Contuvo un
sollozo, lo giró y palmeó con suave
vigor su espalda. Continuaba inerte y sin
respirar.
Haifa elevó la cabeza hacia la
tupida y ramificada copa de aquel gran
nogal, pidiendo por la vida de su
pequeño en un rezo febril y apremiante.
Destellos plateados se filtraban por
entre las nudosas ramas, envolviéndola
en un halo extrañamente luminoso. En
torno a ella, una noche azulada abrazaba
el bosque cobijando su dolor y su
amargo llanto.
Y entonces, un débil gorjeo caldeó
su sufrido corazón. Los puñitos del bebé
se cerraron y sus piernas se encogieron.
Haifa lo observó luchar contra la
muerte. Contempló maravillada cómo su
tesón disipaba poco a poco las garras de
la oscuridad que lo habían apresado,
zafándose de ellas, y cómo su boquita se
abría y se cerraba sin poder aún emitir
sonido alguno, buscando llenar sus
pulmones, debatiéndose todavía por
ganar la batalla, su primera batalla.
—Ruge como un león, mi vida —
sollozó besando su carita y acariciando
su débil cuerpo.
Y, obediente, el pequeño logró
arrancar de su intacta garganta un agudo
lloro que flotó a través de la inmensa
copa de aquel árbol y que la embargó en
un aliviado llanto.
Tal vez fue aquella vibración, o
que, en efecto, el árbol sagrado le
concedía su protección, pero en ese
preciso instante un manto de hojas
descendió danzante y lánguido sobre
ellos y cubrieron el cuerpo de su
menudo león.
Orgullosa de su hijo, lo alzó hacia
el árbol en espera de que abriera los
ojos. Cada sollozo del pequeño era más
intenso que el anterior, estaba
recuperando todo su vigor. Al cabo,
dejó de llorar y de patalear y Haifa supo
que había abierto los ojos y que
contemplaba por primera vez el mundo,
y nada menos que bajo la copa de un
árbol sagrado.
Descendió los brazos hasta alinear
la cabeza de su hijo con la suya y lo
observó con el amor prendido en su
semblante. Era hermoso, aunque su
rostro estaba hinchado y su color
todavía no era el más saludable. Tenía
abundante cabello negro, herencia de
ella, y adivinó que sus rasgos serían más
sarracenos que celtas.
—Estoy tan orgullosa de ti, mi
valiente león —susurró afectada,
frotando su nariz con la del pequeño.
Y en ese momento supo cuál sería
su nombre: León. Para su pueblo, en
gaélico, Lean, pero para ella y su
corazón árabe sería Asad, su amado
Asad. Lo acomodó en su regazo con el
corazón henchido de dicha y le ofreció
su oscuro y prominente pezón. El
pequeño abrió sin vacilar la boquita, lo
atrapó en ella y succionó con la fuerza
del nombre que llevaba.
De pronto, Haifa oyó voces en la
lejanía que viajaban en la brisa
nocturna. Sabía que la buscaban. Intentó
ponerse en pie sin conseguirlo, y
entonces recordó que todavía no había
terminado el trabajo del parto. Una
nueva contracción expulsó la placenta
de su cuerpo, que aún estaba unida al
niño.
Empuñó de nuevo el sgian dubh y
cortó el cordón, sin tener que separar al
pequeño de su alimento, dejando el
tramo suficiente para anudarlo. Tiró con
vigor del resto del cordón y extrajo de
su cuerpo la totalidad de la placenta,
que lanzó lejos de ellos, donde no
tardaría en ser devorada por alguna
alimaña hambrienta.
Aguardó a que el bebé se durmiera,
exhausto, lo cubrió prolijamente con la
enagua y a duras penas logró ponerse en
pie, obviando el dolor que palpitaba
entre sus piernas y la viscosa sangre que
rezumaba por ellas. Y así, exangüe pero
satisfecha, caminó tambaleante hacia el
castillo, con su hermoso Asad
durmiendo pegado al pecho, consciente
de que la vida se escapaba de su cuerpo
a cada paso que daba.
Capítulo 1
Despedidas
Puerto de Sevilla, año de Nuestro
Señor de 1647
El denso olor a salitre inundó mis fosas
nasales, impregnándolas de
incertidumbre por el futuro que me
aguardaba al otro lado del océano.
Suspiré con honda pesadumbre,
pues aquel intenso y conocido aroma era
tan cotidiano para mí como el del azahar
que flotaba perfumando el arrabal de
Triana, Santa María la Blanca y el
Arenal, el barrio portuario a orillas del
caudaloso y bravío Guadalquivir, donde
había vivido catorce años de mi
existencia.
Un robusto bajel de sesenta
cañones, imponente casco, recios
mástiles y entramada arboladura me
aguardaba atracado para devolverme a
aquel que una vez fue mi mundo y me
vio nacer, pero sobre todo sufrir.
—Muchacho, a pesar de
considerarte un gran marino, estás tan
pálido como las recogidas velas de tu
bajel.
Sonreí apenas, entorné levemente
los ojos esquivando los oblicuos haces
de un sol naciente que lamía el horizonte
bruñéndolo con su majestuosidad y
asentí quedo.
—Sí, maese Beltrán —admití—.
Pues, aunque la mar siempre me ha
otorgado paz, el destino al que me dejo
arrastrar me la arrebata.
—Podría concederte otro destino
más halagüeño, sería fácil para mí
solicitar para ti una travesía a las Indias
Occidentales, tengo grandes amigos en
la Casa de Contratación, bien lo sabes.
—Posó una mano en mi hombro y
chasqueó la lengua ofuscado,
derramando sobre mí una cálida mirada
paternal—. No comulgo con este viaje,
Asad, como tampoco mis entendederas
logran discernir por qué regresas al
infierno por propia voluntad.
—Tampoco yo, mi buen Beltrán.
Sin embargo, siento bullir con aguda
desazón mi condenada sangre gaélica al
llamado de mi tío Lachlan, y vos mejor
que nadie conocéis mis cuentas
pendientes en aquellas verdes tierras.
Beltrán apretó sus delgados labios
convirtiéndolos en una fina línea
blanquecina y formando un mohín
reprobador, al tiempo que negaba
cogitabundo con la cabeza.
—La venganza, muchacho, es un
arma de afilada empuñadura. Sanaste en
cuerpo y alma, y forjaste un futuro en
esta hermosa Sevilla que te sacó de las
garras de la oscuridad que moraba en ti.
Puedo asegurarte, valeroso Asad, que
temo tanto por ti como lo haría por un
hijo de haber sido bendecido con
alguno.—
Ambos sabemos que mi alma
nunca pudo sanar completamente —
argüí meditabundo—, y que mi destino
no es otro que ajustar cuentas y afrontar
la negrura que nunca pude disipar de mi
corazón.
El maese asintió tras un carraspeo
emotivo, enarbolando una tibia sonrisa
temblorosa que caldeó mi pecho.
—Fuisteis mi salvador —dije—, el
padre que se me negó, mi guía y mi
maestro, jamás os olvidaré, os debo
cuanto soy.
—Sin embargo, me queda el
sinsabor de no haber podido hacer más.
Negué vehemente con la cabeza y
lo estreché entre mis brazos y, a pesar
de ser un hombre corpulento y de buena
altura, pareció perderse en mi pecho.
Sonreí expectante, aguardando la chanza
de rigor.
—¡Pardiez, muchacho, me haces
parecer un gorrión tullido en tus brazos!
—rezongó jocoso—. Has heredado por
fortuna la complexión de los rubicundos
guerreros del norte, jamás imaginé que
ese chiquillo escuálido y malherido que
dejaron a mi puerta pudiera convertirse
en tan imponente joven.
Ladeó la cabeza y esgrimió una
sonrisa pícara ante lo que atisbó
acercándose a nosotros.
—Me temo que has conseguido más
afectos de los que imaginabas. Ahí viene
tu comité de despedida.
Seguí su mirada y descubrí a Fabila
y Azahara, dos de las más hermosas
coínas sarracenas de la mejor mancebía
de Sevilla; a don Nuño Mérida, notable
de la más temible germanía de la ciudad,
que, por su avanzada edad y su fama
notoria y pendenciera, se había
convertido en uno de los jayanes del
consejo que regía las mancebías y
demás actividades delictivas de la urbe,
entre las que cabía destacar garitos,
salones de juego, hurtos y muertes por
encargo; a don Mendo de Balboa,
conocido espadachín, protector de don
Nuño y afamado maestro de armas, y al
pequeño Dante, un jovenzuelo bribón, un
birlador nocturno y pegol de lupanares,
tan hábil en el hurto como desafortunado
en sus encargos.
Hacía apenas dos noches, Dante se
había prestado voluntario para robar en
la casa de un gentilhombre unos
documentos de valía que necesitaba el
contratante. Quiso la adversidad que el
muchacho sorprendiera cómo asesinaban
al dueño de la casa y que, por demás, el
asesino lo descubriera. Pudo escapar
con tan valiosos documentos, pero en
lugar de entregarlos al que había pagado
el encargo, se los dio

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