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Buscando a Audrey – Sophie Kinsella

Buscando a Audrey - Sophie Kinsella

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Ay, Dios, mamá se ha vuelto loca.
No loca normal, como se vuelve ella. Loca, loca.
Mamá, loca normal: dice «¡Vamos a hacer una dieta sin gluten genial que he visto
en el Daily Mail!» y va y compra tres hogazas de pan sin gluten. Es tan repulsivo que
ponemos cara de asco. Toda la familia se pone en huelga y mamá esconde su
sándwich en la jardinera y a la semana siguiente se acabó la dieta sin gluten.
Así es mamá de loca normal. Pero esta vez se ha vuelto loca de verdad.
Está delante de la ventana de su dormitorio, que da a Rosewood Close, la calle
donde vivimos. No, «delante» suena demasiado normal. Y mamá no tiene una pinta
normal. Está inclinada sobre el alféizar, con mirada de loca, sujetando el ordenador
de mi hermano Frank, que se sostiene a duras penas sobre el poyete de la ventana.

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En
cualquier momento se estrellará contra el suelo. Y es un ordenador que cuesta
setecientas libras.
¿Se da cuenta mi madre de esto? Siempre anda diciendo que nosotros no
entendemos el valor del dinero. Se pasa la vida diciéndonos cosas como: «¿Tenéis
idea del esfuerzo que cuesta ganar diez libras?» o «No derrocharíais tanta
electricidad si tuvierais que pagarla vosotros».
Bueno, ¿y qué hay de ganar setecientas libras y luego estrellarlas a propósito contra
el suelo?
Ahí abajo, en el jardín delantero, Frank se pasea de un lado a otro con su camiseta
de The Big Bang Theory, echándose las manos a la cabeza y farfullando de angustia.
—Mamá. —Tiene tanto miedo que le sale un gallito—. Mamá, ese es mi
ordenador.
—¡Ya sé que es tu ordenador! —grita mamá, histérica—. ¿Te crees que no lo sé?
—Mamá, por favor, ¿podemos hablar?
—¡Ya he intentado hablar! —replica ella—. He intento persuadirte, discutir,
suplicar, argumentar, chantajearte… ¡Lo he intentado todo! ¡TODO, Frank!
—Pero ¡yo necesito mi ordenador!
—¡Tú no necesitas tu ordenador! —vocifera mamá con tanta furia que doy un
brinco.
—¡Mami va a tirar el ordenador! —exclama Félix, que ha salido corriendo al
jardín y mira hacia arriba con pasmada alegría.
Félix es nuestro hermano pequeño. Tiene cuatro años y afronta casi todos los
acontecimientos de la vida con pasmada alegría. ¡Un camión en la calle! ¡Kétchup!
¡Una patata extralarga! El hecho de que mamá vaya a tirar un ordenador por la ventana
es uno más de su larga lista de milagros cotidianos.
—Sí, y el ordenador se va a romper —responde Frank con fiereza—. Y tú no
podrás volver a jugar a Star Wars nunca más en la vida.
Félix empieza a hacer pucheros angustiado y mamá da un respingo con renovada
ira.
—¡Frank! —chilla—. ¡No hagas llorar a tu hermano!
Nuestros vecinos de enfrente, los McDuggan, han salido a mirar. Ollie, su hijo de
doce años, grita: «¡Noooo!» al ver lo que está a punto de hacer mamá.
—¡Señora Turner! —Cruza corriendo la calle hasta nuestro jardín y mira a mamá
con expresión suplicante, al lado de Frank.
A veces juega a Land of Conquerors en línea con Frank, si Frank está de buenas y
no tiene a nadie más con quien jugar. Ahora Ollie parece aún más asustado que Frank.
—Por favor, no rompa el ordenador, señora Turner —pide temblando—. Tiene
grabados todos los comentarios de juego de Frank. Y son tan divertidos… —Se
vuelve hacia Frank—. Son superdivertidos.
—Gracias —masculla mi hermano.
—Tu mamá es como… —Ollie parpadea con nerviosismo—. Es como una Diosa
Guerrera Mejorada de Nivel Siete.
—¿Que soy qué? —pregunta mamá.
—Es un cumplido —le espeta Frank poniendo los ojos en blanco—. Lo sabrías si
jugaras. Pero es Nivel Ocho —corrige a Ollie.
—Eso —se apresura a decir Ollie—. Ocho.
—¡Ni siquiera puedes comunicarte como una persona normal! —grita mamá—. ¡La
vida no es una serie de niveles!
—Mamá, por favor —suplica Frank—. Haré lo que sea. Me ocuparé del
lavaplatos. Llamaré a la abuela todas las noches. Iré… —Piensa a toda velocidad—.
Iré a leer en voz alta a personas sordas.
¿Leer en voz alta a personas sordas? ¿De verdad se está oyendo a sí mismo?
—¿A personas sordas? —estalla mamá—. ¿A personas sordas? ¡No necesito que
leas a personas sordas! ¡El único sordo que hay aquí eres tú! Nunca oyes nada de lo
que te digo. Siempre tienes esos malditos auriculares puestos.
—¡Anne!
Me vuelvo y veo que papá se ha metido en la refriega y que un par de vecinos más
han salido a sus puertas. Esto se ha convertido oficialmente en un Suceso Vecinal.
—¡Anne! —grita papá otra vez.
—Déjame, Chris —dice ella en tono de advertencia, y veo que mi padre traga
saliva.
Papá es alto y guapo, como de anuncio, y parece que es él quien manda en casa,
pero en el fondo no tiene nada de macho alfa.
Bueno, no, eso ha sonado fatal. Supongo que en muchos aspectos sí es un macho
alfa. Solo que mamá es aún más alfa. Es fuerte y mandona, y guapa, y mandona.
Lo de mandona lo he dicho dos veces, ¿no?
Pues sacad vuestras propias conclusiones.
—Sé que estás enfadada, cariño —insiste papá en tono conciliador—. Pero ¿no te
parece que estás exagerando un poco?
—¿Exagerando, yo? ¡Él sí que exagera! ¡Es un adicto, Chris!
—¡Yo no soy un adicto! —protesta Frank.
—Yo solo digo que…
—¿Qué? —Mamá vuelve por fin la cabeza para mirar a papá—. ¿Qué dices?
—Que, si lo tiras ahí, vas a abollar el coche. —Papá hace una mueca—. ¿Podrías
moverte un pelín a la izquierda?
—¡Me importa un bledo el coche! ¡Si hago esto es porque le quiero, para que
aprenda!
Inclina aún más el ordenador sobre el alféizar de la ventana y todos contenemos la
respiración, incluidos los vecinos.
—¿Porque me quieres? —le grita Frank—. ¡Si me quisieras no me romperías el
ordenador!
—¡Pues si tú me quisieras a mí, Frank, no te levantarías a las dos de la mañana a
mis espaldas para jugar en línea con un coreano!
—¿Te has levantado a las dos de la mañana? —le pregunta Ollie a Frank con los
ojos como platos.
—Estaba entrenando. —Mi hermano se encoge de hombros—. ¡Estaba entrenando!
—repite con énfasis dirigiéndose a mamá—. ¡Dentro de poco tengo un torneo!
¡Siempre has dicho que debía tener una meta en la vida! ¡Pues ya la tengo!
—¡Jugar a Land of Conquerors no es una meta! Ay, Dios, ay, Dios… —Empieza a
darse cabezazos contra el ordenador—. ¿Qué es lo que he hecho mal?
—Ah, Audrey —dice Ollie de repente, al verme—. Hola, ¿qué tal?
Yo me aparto de la ventana de mi cuarto, asustada. Mi ventana está en la esquina,
casi escondida, y se suponía que nadie tenía que verme. Y menos aún Ollie, que estoy
segura de que está un poco colado por mí aunque es dos años más pequeño y casi no
me llega al pecho.
—¡Mira, si es la celebrity! —exclama Rob, su padre.
Lleva un mes llamándome «la celebrity», aunque mi madre y mi padre le han
pedido, cada uno por separado, que deje de hacerlo. A él le parece muy divertido, y
cree que mis padres no tienen sentido del humor. (He notado a menudo que la gente
cree que «tener sentido del humor» equivale a «ser un cretino insensible».)
Pero me parece que esta vez mis padres ni siquiera han oído la desternillante
bromita de Rob. Mamá sigue gimoteando: «¿Qué he hecho maaaaal?» y papá la mira
con nerviosismo.
—¡No has hecho nada mal! —grita—. ¡Nada de nada! Tesoro, baja a tomar una
copa. Deja el ordenador… por ahora —se apresura a añadir al ver su cara—. Luego
puedes tirarlo por la ventana.
Mamá no se mueve ni un centímetro. El ordenador se balancea aún más sobre el
poyete de la ventana y papá da un respingo.
—Cariño, solo estoy pensando en el coche… Acabamos de terminar de pagarlo…

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2 Comments

  1. Hola!! Quiero leer este libro con muchsiimas ganas y lo busque por todos lados descsrgarlo gratis y no encuentro! Encontre esta pag por casualidad y me dice que el link esta roto:( no puedo bajarll dd ninguna forma. Podrias arreglarlo ?? Me harias un grandisimo favor, o si no es mucha molestia me podrias pasarlo por mi

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