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Libro Cabezas sucias – Fernando Adrián Mitolo PDF

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Peralta que aquel diez de marzo del
ochenta y tres, al volver de la iglesia, se
iban a encontrar a la madre despatarrada
en el sofá del comedor, vomitada de
arriba abajo…, y muerta? “Mire que yo
se lo dije: ¿Por qué no vamos mañana,
Elvira?, ¡si fuiste ayer! Por un día que
no vayas no se te va a caer el cielo”, se
lamentaba Beba, la menor de las dos,
con una vecina del edificio en el
velorio. Pero Elvira era así; no le
bastaba con ir todos los domingos a San
Cayetano a rezarle a éste y a cuanto
santo se le viniera al pensamiento que,
encima, tenía que ir día por medio a la
misa de las siete. Y no solo eso, sino
que se empeñaba en que la hermana le
siguiera el tren y hasta que la otra no le
decía que sí no paraba. Eso sí, entre
semana, prefería la parroquia de Las
Nieves, la del Padre Francisco, “Tan
servicial ese hombre”, decía, y se
llenaba la boca. Pero la verdad era que
le quedaba más a mano y le evitaba
tener que ir hasta la avenida y cruzar las
vías de noche, con lo peligrosa que
estaba últimamente la estación de
Liniers, ¡y más en invierno, que no había
un alma!
El caso es que Beba, que era creyente
a su manera y que con eso de la iglesia
nunca comulgó demasiado —algo que
Elvira sabía muy bien—, de entrada
intentaba librarse:

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—Dale, che, acompañame, ¿qué te
cuesta?, si sabés que no me gusta ir sola
—le decía Elvira.
—No me gusta ir sola, no me gusta ir
sola —se mofaba Beba, y después
arremetía: Dejate de joder, Elvira, ¡que
tenés cuarenta y tres años! Además, ¿vos
sabés cómo tengo los pies de estar todo
el día parada?
Pero Elvira no cejaba:
—Dale, Bebita, sé buena, vamos, así
de paso cambiamos la pollera de mamá,
que dice que le queda grande ahora.
Y así siempre.
Pero aquellos rifirrafes no eran más
que inofensivos intercambios de quejas
entre las dos, porque al final, Beba
terminaba diciendo que bueno, que está
bien, y entonces sacaba los pies de la
palangana con agua y sal, se los secaba
bien y se echaba el ácido bórico —no
fuera a ser que le volvieran a salir
hongos—, se arreglaba un poquito la
cara, porque ella, salir así no más,
como decía, ¡ni pensarlo!, y la
acompañaba. Así, las dos aceptaban que
ese consenso era una simple cuestión de
formalismos y cada una sacaba su
propia tajada: Elvira no salía sola, y
Beba aprovechaba para tomar un poco
de aire, que bastante falta le hacía, decía
ella, después de estar diez horas
encerrada en la mercería.
Esa noche, la primera en toparse con
la finada, que, por cierto, se llamaba
Úrsula Casanova, fue precisamente
Elvira. Y sus motivos tenía, porque,
como de costumbre, Beba, se había
quedado atrás. “Maldigo la hora en que
te pedí que me acompañaras”, se
quejaba Elvira, y es que ir a algún lado
con Beba y llegar a casa las dos juntas
era un milagro. Si no eran las revistas de
los crucigramas eran las cafiaspirinas
—que no le fueran a faltar, que después
le agarraba el dolor de cabeza y a ver
quién la aguantaba—; o la barrita de
chocolate con almendras Suchard,
porque tenía que ser la de Suchard, otra
no quería. Y si no era eso eran los
atados de Parliament para la madre, o
los aritos que había visto en la bisutería
de la esquina de Montiel y Ventura
Bosch la tarde anterior. El caso es que,
para Beba, cualquier ocasión era buena
para un brindis, como se dice, y claro,
Elvira explotaba: “Qué mala costumbre
que tenés, che. ¿Cómo puede ser que
siempre te acordés a últmo momento?
Ni que me lo hiceras a propósito, justo
cuando estamos en la puerta. ¿Por qué
no te lo anotás en una libretita y así no
te olvidás?”, chillaba. Pero Beba
apenas se inmutaba, por un oído le
entraba y por el otro le salía, y, ni bien
Elvira terminaba de despotricar, se daba
media vuelta, la mandaba a freir churros
y se iba adonde tenía que ir. Y broncas
como estas, todos los días.
Se llevaban un año de diferencia, y ya
desde chiquitas eran como perro y gato.
De todo armaban un problema; y eso que
la madre nunca tuvo mucha paciencia y

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tampoco se quedó corta con los
zapatillazos, ya se sabe dónde. Pero no
había caso; aunque lo tuvieran ardiendo,
lloriqueaban lo que tenían que
lloriquear, pataleaban lo que tenían que
patalear, y al rato estaban otra vez
gritando y pegándose como los varones.
Tenían como un imán, y, por paradójico
que parezca, si no estaban juntas no
estaban tranquilas. Y de grandes lo
mismo. No había más que verlas por el
barrio:
—¿Otro pucho vas a encender, che?,
pero si recién apagaste uno. ¡No podés
esperar, eh! Sos igual que mamá, no hay
nada que hacer —decía siempre Beba,
aferrada del brazo de Elvira.
—¿Pero qué decís?, ¡lengua de
víbora! —le contestaba la otra,
enganchada también al brazo de su
hermana. Callate, hacé el favor,
¿querés?, y metete en lo tuyo, que si
reviento reviento yo, que de algo hay
que morir.
Y claro, la gente ya las conocía:
—Uy, mirá, mirá…, ahí vienen las
Peralta —decían las tucumanas de la
peluquería, cuando las veían venir
esquivando baldosas rotas por la calle
Carhué, y escapaban para adentro a los
empujones a ver cuál llegaba primero al
cuartito de atrás para no atenderlas,
sobre todo a Elvira, que por todo
protestaba y de todo hacía un mundo.
Pero a ellas no se les escapaba
detalle, tontas no eran, y ni bien se
daban cuenta del desplante de las
peluqueras, volvían a aliarse como si
nada y aprovechaban para criticar:
—Qué lo tiró…, mirá la Nelly, se
cree que somos pelotudas —refunfuñaba
Beba.
—Sí, sí, mirá cómo raja la pajuerana
esa a avisarles a las otras dos —asentía
Elvira.
—Yo no sé de qué se las dan esas
pardas muertas de hambre, ya se
olvidaron de que vinieron del campo
con una mano atrás y la otra adelante.
¡Si ni modales tienen!
—No hay nada que hacer, che, se
creen que por teñirse de rubio ya está.
Decí que peinan que te dejan como a una
reina, que si no…
Y cuando se querían acordar, ya
estaban adentro de la peluquería; Elvira
se iba directo al rinconcito de atrás con
la que hacía los pies, y Beba, con la
mentada Nelly, a teñirse las raíces. Ya
después veían con qué seguían, esa era
la rutina. Y todo iba sobre rieles hasta
que algo, un comentario de una, una
acotación de la otra, volvía a encender
el fuego y entonces armaban tal
escándalo que no había forma de
pararlas, y si no acababan tirándose de
los pelos era por puro milagro.
El que la veía a Elvira, siempre tan
seria, nunca una gota de pintura ni una
ropa un poco más a la moda…, no, todo
lo contrario, siempre con polleras largas
y blusas oscuras cerradas hasta el
cuello, ¡hasta en pleno verano!; y el pelo
armado con espray, en vez de un
peinado moderno como los que se
llevaban en esa época, una permanente,
un color…, por no decir cuando se le dio
por cortárselo a lo varón…, en fin, que
visto lo visto, nadie, ni por asomo, le
daba la edad que tenía. Aunque, si bien
jamás fue lo que se dice un cascabel, lo
cierto es que se terminó de venir abajo
después de que la dejó el novio —el
único en realidad—, un vendedor del
Club del Libro dos años menor que ella
que sufría de faringitis crónica, y que le
habían presentado en una fiesta de la
parroquia que se hizo en el setenta y
ocho para festejar los treinta años del
Padre Francisco al frente de la
congregación. Después de ese golpe,
Elvira ya dejó de ser lo que era. A poco
del agravio, le encontraron un tumor en
los ovarios y tuvo que dejar el Banco.
¡Con lo que le había costado entrar!
Pero los dolores le impedían estar con
la cabeza donde tenía que estar. Y no
era para menos, después de tres años de
novios, ¡con todo preparado para
casarse!: el vestido, la iglesia, las
tarjetas para los invitados, el salón…,
todo, y el hombre que no aparece. “Eso
que te lo avisé, eso que te dije que a mí
el zanguango ese no me gustaba; pero
no, vos ni pelota. ¿Qué querés que te
diga m’hijita?, si sos pelotuda ahora
aguantatelá”, le decía la madre, y con
eso zanjaba el tema.
Pero yo digo, ¿cómo se le hace entrar
en razón de semejante barbaridad a una
mujer de cuarenta y un

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