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Cabrones – David J. Skinner

Cabrones – David J. Skinner

Cabrones – David J. Skinner

Descargar Cabrones En PDF seguro sobre según qué asuntos. En estos
tiempos de zozobras maquiavélicas y
crisis programadas parece difícil
separar el grano de la paja, encontrar el
garbanzo sano en uno repleto de
garbanzos podridos o condenados a
pudrirse. Estamos creando un mundo,
una sociedad, una civilización cada vez
más arisca y aprovechada, cada día un
poco más turbia para con nosotros
mismos. Cada día más solitaria y
competitiva.
Una sociedad sucia nos acoge.
Tenemos una manera de vivir que
parece extraída de una novela negra con
altas dosis de imaginación para la
maldad y la podredumbre por parte de
su autor. Con una gran creatividad para
lo perverso, para lo detestable y lo
oscuro.
Por eso se me hace complicado
escribir este intento de prólogo, el
primero que escribo en mi vida para el
libro escrito no por un amigo, sino por
tres compañeros de aventuras más o
menos afortunadas. El título parece
decirlo todo, acogernos en un ambiente
más o menos esperable, adentrarnos en
los suburbios de lo que creemos
distinguir en un horizonte accesible con
solo traspasar estas líneas. Y sin
embargo, tras leer este libro, este
conjunto de tres relatos relacionados
entre sí a través de paisajes, personajes
y situaciones, cada cual más divertido
que el anterior, esta novela en tres actos,
tengo que confesaros una cosa, no creo
que ninguno de los personajes que
aparecen por él, ni los perdidos, ni los
desesperados, ni los criminales, ni
siquiera los malvados sean tan
perversos ni tan odiosos como algunas
de las personas que nos rodean en todo
momento, quizá en este mismo instante
en el que estés leyendo o escuchando
estas palabras. Quizá estés rodeado por
ladrones, corruptos y asesinos sin
saberlo.
Los hay que, incluso, podrían
despertar un punto, muy leve eso es
cierto, de ternura, de comprensión
incluso, aunque pocos de nosotros
escogeríamos a cualquiera de los
personajes de este libro como compañía
para tomar un café… eso si no contamos
a la pobre cuarentona del banco, con
quien muchos nos lo tomaríamos muy a
gusto.
Me he propuesto escribir todo este
texto sin utilizar la palabra que todos
tenéis en mente, porque en cuanto
empecéis a leer sabréis que lo que aquí
dentro se encuentra es, sin lugar a dudas,
un nutrido grupo de personajes
deleznables. Pero personajes a los que
vemos venir, que podemos predecir que
serán como son. Que actuarán como lo
hacen. No ocurre lo mismo con los que
tienes a tu alrededor, a quienes, en el
mejor de los casos, ni siquiera
conocerás jamás.
Tras leer este libro solo puedo pensar
una cosa… estamos en un mundo repleto
de CABRONES.
Javier Fernández Jiménez
@Castillos_Aire

MAÑANA
Óscar no se encontraba bien esa
mañana. Probablemente, la grasienta
cena —dos huevos fritos con salchichas
— había sido la causa de la mala noche,
y la media botella de vino peleón que la
acompañó era, sin duda, la madre de la
enorme resaca que amenazaba con
reventar su cabeza ante el más mínimo
sonido.
Eva, su mujer, aún seguía durmiendo.
«A esa zorra se le va a acabar lo
bueno», pensó mientras se levantaba de
la cama, haciendo todo el ruido posible
para interrumpir el descanso de su
pareja. Nunca estuvo enamorado de ella,
y a duras penas se podía decir que la
quiso algún día; lo que estaba claro es
que, desde hacía ya muchos años, lo
único que sentía era odio y desprecio.
El trabajo que tenía se lo debía a ella,
eso era innegable. La fábrica nunca
habría contratado a un borracho violento
como él, si no se tratase del yerno del
dueño. Sin embargo, a los ojos de
Óscar, su vida se reducía a
interminables días yendo a un trabajo
que no le gustaba, y ganando un dinero
que servía, a su entender, solamente
para mantener a la persona con la que
compartía lecho.
Eso se iba a acabar pronto. Se iba a
acabar ese mismo jodido día.
No, no la mataría; eso solamente le
podría suponer, en el mejor de los
casos, quedarse sin trabajo. Su plan era
otro distinto. Hoy no iba a ir a la fábrica
a aguantar como el hijoputa de González
no paraba de darle órdenes, ni los
murmullos de sus compañeros —
¿compañeros? ¡Y una mierda!—, que
siempre cuchicheaban a su espalda. Ya
había conseguido el arma, tenía el
pasamontañas y, sin lugar a dudas,
contaba con la determinación para
acabar el día como un hombre rico. Rico
y con una novia a la que triplicaba en
edad. La imagen de sus pechos turgentes,
de su ancha cadera y de sus labios
carnosos contrastaba con la sequedad
cadavérica de su mujer que, para más
inri, ni siquiera hacía el amor con él
desde hacía… ¿qué más daba? No
deseaba, ni quería, mantener ningún tipo
de relación con ese adefesio, apenas un
mendrugo de pan en comparación con el
caviar que solía degustar, aunque no
fuese de forma gratuita.
—¿Ya te vas, cariño?
«Jodida gilipollas».
—¿Cómo voy a irme ya? ¿No ves que
acabo de levantarme? —Hoy no era un
día para montar follón. Otra mañana, la
pregunta de su cónyuge hubiese supuesto
un empellón, como mínimo—. Vuelve a
dormir.
Años atrás, Eva se levantaba junto a
él para prepararle un café y una tostada.
Desde aquella mañana en la que había
cometido el gravísimo error de quemar
los bordes de la tostada, todo cambió.
Óscar cogió la costumbre de bajar al
D’elba, un pequeño bar que se
encontraba casi junto a su portal, debido
a la imposibilidad de su esposa para
manejarse adecuadamente con las
muñecas fracturadas. Cuando se percató
de que se sentía mucho mejor alejado de
ella, ya no volvió a tomar ese café con
tostada.
Hoy no sería una excepción, claro. Se
dio una ducha rápida y, sin despedirse,
abandonó aquel apartamento que cada
vez le resultaba más lóbrego y
asfixiante.
—¡Buenos días, Óscar!
Levantó la mano en señal de
respuesta. A pesar de llevar mucho
tiempo yendo día tras día a desayunar
allí, nunca se había interesado en saber
los nombres de ninguno de los
camareros que le atendían. ¿Para qué?
Se apoyó en la barra y esperó. En un par
de minutos tenía delante el café y las dos
botellas —una de coñac y otra de anís—
que servían para dar un toque más
profundo al primero.
¿Qué pensaría Eva cuando llamaran
desde la fábrica para preguntar el
porqué de su falta de asistencia? Sonrió
al principio, pensando en la cara de
preocupación que pondría. Porque
pondría esa cara, ¿no? O, tal vez, se
alegraría pensando que un coche le
había atropellado. Qué zorra. Se pidió
un nuevo sol y sombra, pues se bebió de
golpe la primera copa mientras pensaba
en su mujer, sin llegar a probar el café.
¡Qué demonios! ¡Hoy era un día para
celebrar!
«Tenía que haberte matado, hija de
puta».

Cabrones – David J. Skinner

Sus pensamientos hicieron que se
llevara involuntariamente la mano al
bolsillo en que tenía guardado el
revólver. Había quedado cerca de la
puerta del banco dentro de un par de
horas, poco antes de que abriera. Según
Manu, que era quien había organizado
todo excepto la fuga, a primera hora se
podía conseguir más dinero que en
ningún otro momento, y además en
billetes pequeños, más difíciles de
rastrear. Entrarían, cogerían la pasta y
saldrían a toda leche de allí. Luego, el
Cebra —no sabía cuál era su verdadero
nombre— tenía preparado un plan de
huida que, al parecer, les permitiría
abandonar el país en menos de
veinticuatro horas, rumbo a uno de esos
paradisiacos lugares en los que puedes
vivir toda la vida con apenas unos pocos
miles de euros.
Ya hacía semana y medía desde que
ultimaron los detalles, y Óscar no había
sentido nervios ni ansiedad ante la
situación que iba a vivir… hasta hoy. Se
dio cuenta, mientras sujetaba su segunda
copa, que la mano le temblaba. No es
que fuese algo muy raro —a última hora
de la noche, su pulso era pésimo—, pero
durante un instante dudó de si las cosas
saldrían bien.
Sí, iba a salir bien. Mañana estaría
tumbado en la playa, tomando el sol,
mientras un par de chicas de exóticos
rasgos ponían todo su empeño en
satisfacerle a cambio de una propina que
no sería mayor que el precio que pagaría
por el café y las dos copas que estaba
tomando. Y pobre de quien intentase
impedir que se cumpliera ese destino.
No se fijó en la mirada, mezcla de
asco y pena, que le lanzó el camarero
mientras salía del bar. Tampoco es que
le hubiese importado, por otro lado.
Si no hubiese sido por Eva «¡zorra,
zorra!», no tendría que haber salido tan
temprano de casa. Ahora se encontraba
frente a la sucursal, y su reloj le
indicaba que la espera sería larga.
Decidió realizar una inspección por los
alrededores.
El edificio se le antojó mucho más
grande que la última vez que lo vieron.
Una mole de hierro y piedra que, a pesar
de lo imponente de su aspecto, no
contaba apenas con seguridad. Dejó,
más por un extraño presentimiento que
por otra cosa, unas cuantas balas en un
contenedor metálico que se hallaba
cerca de la salida de emergencia.
¿Quién sabe? Puede que aquello llegara
a suponer la diferencia entre la vida y la
muerte.
El reloj de la cercana iglesia sonó,
indicando que la hora de su cita era
inminente. Algún empleado comenzaba
ya a entrar, tras ser previamente abierta
la pequeña puerta lateral por un
enclenque guardia de seguridad. Apartó
la mirada de la entrada, y comenzó a
caminar lentamente hacia el lugar
indicado. Pudo ver una figura pequeña
apoyada en la pared que enfrentaba el
lateral del banco. Sin duda se trataba del
Cebra.
—¿Cebra?
—¡Óscar, qué puntualidad! —replicó
el otro, ofreciéndole la mano—.
¿Preparado?
«Jodidamente preparado».
—Deseándolo —respondió,
estrechándosela—. Oye, he quedado con
mi chica en un bar de las afueras. ¿Hay
algún problema?
Parecía que sí, porque el Cebra se
irguió, de forma un tanto ridícula, y se
encaró con él.
—Tío, sabes que me joden estos
cambios de última hora. ¿Es
imprescindible que la recojas?
—No —dijo Óscar—. Que la jodan.
Pensándolo bien, aquella zorrita solo
estaba con él por el dinero. Que se joda.
Que se jodan todas.
—¡Ese es mi Óscar! —Le dio una
palmada en la espalda, en señal de
aprobación.
No le gustaba mucho la familiaridad
con la que el Cebra le trataba, máxime
teniendo en cuenta que él no sabía ni su
nombre, pero como era quien tenía que
sacarlos sanos y salvos, no tenía otro
remedio que tragar. De momento.
Siguió hablando, aunque Óscar ignoró
la superflua conversación. La cafetería
que se encontraba delante, el Troismen,
estaba abierta. Miró el reloj, a la vez
que tocaba el bolsillo del pantalón,
asegurándose de
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