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Castillos en el aire – Susana Mohel

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Para: Chica de California
El hilo sigue ahí. Tirando de mí.
Haciendo que siga escribiendo estos
correos, que me haga adicto a ellos.
La espera me está consumiendo, mi
chica de California.
Quiero verte, tocarte, hablarte al
oído. Soy un mentiroso, porque cuando
te ponga las manos encima, voy a querer
hacer mucho más que eso. Lo siento, no
es mi deseo asustarte. Solo hacerte
comprender.
Entiendo tus motivos para ser reacia.
Pero entonces, dime ¿cómo sobrevivir
hasta que llegue ese momento?
Cede a mi petición, mi estrella fugaz,
y déjame ver tu luz.
A x

Capítulo 1
—Tan tarán, ahí lo tienes, ¡es malva!
—chilla la chica de la peluquería, con
una sonrisa de treinta mil mega watts,
mientras le da la vuelta a mi silla, para
que quede frente al espejo.
Me miro parpadeando, sin poder
creer lo que ven mis ojos. Parezco
sacada de una foto de Pinterest, por
primera vez en mi vida he podido darme
el lujo de pagar por una peluquera
profesional, atrás quedaron los días en
que me iba a la farmacia más cercana en
busca de los materiales para mi nuevo
invento.
Me gusta tener el cabello de colores,
¿qué? Júzgame, hazlo, todo el mundo lo
hace, ya estoy acostumbrada. ¿Cuál sería
la diferencia?
—Mi pelo es lila —digo mientras una
sonrisa se dibuja en mis labios—. Tengo
el cabello morado.
—Y te queda genial —asegura ella,
llena de convencimiento.
Seguro le ha de decir lo mismo a
todas sus clientas, pero no me importa.
Me encanta mi color de pelo, de verdad
que sí.
—Te he cortado unas capas, para
darle textura al cabello, tienes unos
mechones más oscuros que otros, eso le
da volumen…
Ella habla, habla y sigue hablando.
Yo solo puedo pensar en que por
primera vez el sol brilla en mi cielo, que
por primera vez y, gracias a mi esfuerzo,
la vida me sonríe. Bueno, tengo que
admitir que el mérito no es solo mío.
Rose, mi vecina y mejor amiga, también
ha tenido mucho que ver, ella le dio un
giro a mi sueño. Haciéndolo real.
Soy Ariel Wilkinson y, aunque
todavía no estoy lista para contarte toda
mi historia, puedo asegurarte que el
camino que he andado hasta ahora ha
estado sembrado de espinas, pensé que
las rosas no crecerían jamás en mi
jardín.
Hasta ahora.
He vivido en la calle, literalmente
durmiendo bajo un puente, uno que no
queda a más de media milla del lugar en
que vivo ahora. Sé lo que es huir y tener
miedo, aguantar hambre, soportar frio y
calor, sin un lugar en el que refugiarte.
Sin embargo, jamás me di por vencida.
Jamás dejé de creer. Jamás dejé de
luchar.
Le paso a la chica de la recepción
unos cuantos billetes de cien, los
suficientes para cubrir la cuenta y salgo
del local sintiendo que el día es más
bonito que cuando entré hace unas horas.
El sol es más brillante, el viento sopla
más fresco, la gente en la calle sonríe a
mi paso.
Incluso creo que hay menos tráfico.
Imagínate, poco tráfico en pleno
centro de San Diego.
Así de bonito está el día de hoy.
A pesar de que muchos pudieran
pensar que había tocado fondo, hice mi
mejor esfuerzo por mantener la
dignidad. Me negué a prostituirme, a
vender drogas y a robar. Incluso me
negaba a limosnear, ¿por qué habría de
hacerlo si mis manos seguían en perfecto
estado de funcionamiento? No, en mi
cabeza eso jamás tuvo sentido.
Barrí muchas aceras, frente a locales
comerciales y algunas casas. Lavé
vidrios, sin importarme qué tan grande
fueran los ventanales. Saqué basura,
limpié jardines, y eso, damas y
caballeros, fue lo que me trajo hasta el
lugar en el que vivo hoy en día. El señor
Hatz, el dueño del condominio me
ofreció un trabajo en serio después de
haberme ofrecido a barrer la acera y el
jardín central en más de una ocasión,
pidiendo a cambio solo una comida
caliente. El hombre decidió tomar el
riesgo, creer en la chica medio mugrosa,
de pelos de colores que no dejaba de
rondar su propiedad. ¿Que si acepté?
¡Ja! Estoy loca, pero no tonta, el pobre
hombre no había terminado de
resumirme mis obligaciones y
beneficios, cuando yo ya estaba saltando
sobre él, prometiéndole que nunca se iba
a arrepentir de haber creído en mí. Y
hasta el día de hoy, sigo honrando esa
promesa.
No lo hago por necesidad, ahora
tengo el suficiente dinero para pagarme
un apartamento decente, lo hago por
lealtad. El señor Hatz es mucho más que
un jefe, en los tres años que tengo
viviendo aquí en Elemental Lane, se ha
convertido en un padre para mí. Un
padre terco y cabezota, que no quiere
recibir un centavo por dejarme seguir
viviendo en mi pequeño apartamento.
Y fue precisamente, en ese
apartamento donde la magia ocurrió.
Yo estaba buscando financiamiento
para mi proyecto, un préstamo en un
banco que queda aquí bastante cerca. No
tenía idea de esas cosas, sigo sin
enterarme, el cuento es que, armándome
de valor, decidí que debía dar el
siguiente paso, así que, llené los papeles
y me presenté en la oficina a esperar a
que me atendieran. La verdad es que
necesitaba ese dinero con más urgencia
de la que quería admitir, no había más
salida.
Y ahí todo se jodió.
Ahí tuve la suerte de encontrármelo.
A él, al trajeado.
Él, tan estiradito, con esa ropa tan
bien planchada y almidonada, todo
perfumadito y repeinado. Él con sus
hombros anchos y sonrisa de anuncio de
dentífrico,
Maldito metrosexual, siempre
insinuando estupideces, riéndose de mí,
burlándose de mi proyecto.
Incluso llegó a reírse de mi nombre.
Pendejo.
¿Quién en el siglo XXI se llama
Lancelot?
¿Qué se cree, de la realeza?
Si ese estirado también sangra, igual
que el resto de los mortales. Aunque lo
hayan mandado a un internado de esos
en donde te meten una varilla de acero
por el culo, para que jamás pierdas la
compostura ni encorves la espalda.
Ese hombre me irrita.
Ese hombre saca lo peor que hay en
mí.
¡Es arrogante!
Desesperante.
Es… un orgasmo andante.
Espera… yo no dije eso.
Bueno, al menos no de forma
consciente.
Estoy bien jodida.
Demente.
Lo bueno es que ya no tengo que
volver a verlo. Nunca. Jamás en toda mi
vida.
La, la, la, soy feliz, soy feliz.
Todo, porque Roselyn, hace unos
meses, más de un año en realidad,
descubrió mi plan de negocios y como
buen metiche que es, decidió sacar su
varita mágica y convertirse en mi hada
madrina. Ahora mi línea de cuidado de
la piel se vende en una gran cadena de
productos orgánicos a lo largo y ancho
de este gran país y seguimos en
expansión.
Ya no tengo que preocuparme por
dormirme con la barriga vacía, por tener
frío. Ahora incluso puedo ayudar a
quienes quieren superarse, puedo
sembrar las semillas de un cambio,
pequeño, pero cambio, al fin y al cabo.
Ahora puedo ser yo, sin miedo.
Y hablando de la reina de Roma, ahí
está mi amiga, parada afuera del
condominio viendo hacia un camión de
mudanza.
—Parece que tenemos nuevos vecinos
—dice a modo de saludo.
—Sí, el señor Hatz vendió la casa de
la esquina hace unas dos semanas.
—¿Y no me habías contado? —Me
regaña, y tomen nota, sigue sin
saludarme, la muy cabrona no se ha
dado cuenta de mi cambio de look, todo
por andar de cotilla—. Has incumplido
con uno de los principales deberes de
amigas.
—¿El cual es…?
—Mantenerme informada del
acontecer del condominio, por supuesto
—asegura, muy seria, con la mirada
clavada en el camión y un par de dedos
golpeando en su barbilla.
—A ti la felicidad marital te ha vuelto
ciega, ¿no tienes nada que decirme?
—Ciega mis polainas —reniega—,
¿ya viste ese monumento? ¿Será el
nuevo vecino?
Vemos a un hombre de unos treinta
años, bastante bien llevados, bajarse de
la parte trasera del camión, llevando
consigo un par de cajas.
—¿Ya viste qué brazos tiene?
—Si es que está buenísimo —
respondo casi babeando.
¿Dónde dejé mi cubeta?
—Creo que voy a presentarme, como
buena vecina —anuncia adelantándose
un par de pasos.
—Hey tú, quieta ahí. Aquí la que se
va a presentar soy yo, que por algo
trabajo en el condominio, además estás

Castillos en el aire – Susana Mohel

casada.
Lo bueno que hoy fue mi día de
peluquería, qué mejor que estrenar mi
recién adquirida imagen que
impresionando al bombón del vecino.
—Si estar a dieta no me impide
deleitarme con el menú.
—A ver qué opina Chase al
respecto…
—Aguafiestas —gruñe—. Odio que
se lleven tan bien, me gustaban más los
días en que se lo pasaban de la greña.
—Lo siento por ti, con esta te voy a
cobrar el que no hayas reparado en mi
nuevo look.
Ella me mira boquiabierta, mientras
yo me detengo en inspeccionar
cuidadosamente lo que traigo puesto.
Jeans, limpios, aunque rotos. Zapatillas
deportivas sin hoyos a la vista. Me
ajusto el nudo de la camiseta a rayas
azules y blancas que tengo puesta,
ahueco mi cabello y estoy lista para la
acción.
Doy un par de pasos, fingiendo más
valor que el que en realidad tengo.
Hasta que me quedo parada en seco.
Petrificada, diría yo.
No puede ser.
El chico guapísimo del camión, se
despide de un recién llegado dándole
unas palmadas en los hombros, este le
lanza las llaves y mi buenote se larga.
Dejándolo ahí en la acera.
A él.
Precisamente tenía que ser él.
—¿Qué pasa, Ariel? —Escucho decir
a Rosie a mi espalda.
—Maldita sea, es él.
—Sí, la cosa pinta cada vez mejor,
¿qué esperas para ir a saludar?
—Roselyn, es él —insisto señalando
hacia el frente.
—¿Quién? —Pregunta sin

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