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Cien facetas del Sr. Diamonds Vol. 2 – Deslumbrante – Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Vol. 2 – Deslumbrante  – Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Vol. 2 – Deslumbrante – Emma Green

Descargar libro En PDF padres, que llevan casados más de treinta años. Ese
amor tranquilo y patente, que siempre he querido, esperado y que ahora me
parece de un aburrido mortal. Mi hermana mayor, Camille, su marido y su
bebé, esa pequeña familia perfecta, pero no escogida, que se formó
demasiado rápido. Mi hermano Simon, un pequeño arrogante que acaba de
cumplir los 18 y que cree saber todo de la vida porque va encadenando
conquistas efímeras. Y mi abuela, viuda y triste, que no hace sino mirar al
pasado. Por primera vez en mi corta vida, me pregunto qué pinto yo aquí.
Físicamente, me encuentro en este lugar pero mi mente sólo piensa en él.
Gabriel. No estoy en esa celebración, me he quedado en la Toscana. Me
basta con cerrar los ojos para revivir esos momentos mágicos, ese fin de
semana intenso y romántico, su piel contra la mía, sus músculos tensos
bajo mis manos, su cuerpo enterrado en lo más profundo del mío. Tan
presente y tan lejano al mismo tiempo.
– Vamos a la mesa, Amandine. Mi madre me saca brutalmente de mi
ensueño y, al verme con ese aire ausente, me lanza una mirada tan
divertida como compasiva.
– Hija mía, me ocultas algo. Ven con nosotros y deja en paz el teléfono,
¡es Navidad! Para una vez que estamos todos juntos…
Me guardo el móvil en el bolsillo de los vaqueros y, con un suspiro, me
uno a mi familia arrastrando los pies. Me da la impresión de que esta cena
dura una eternidad. Intento poner buena cara y palpo cien veces el teléfono
a través de la tela porque me ha parecido sentirlo vibrar. Vibrar, sólo pido
eso. Gabriel tiene mi número. ¿Por qué no me llama mi apuesto amante?
Hasta ahora, no lo ha hecho nunca. Me siento estúpida esperando que dé
señales de vida… y me contengo para no hacerlo yo. Después de abrir los
regalos, que son prácticamente los mismos que los del año pasado, vuelvo
a mirar a mi familia y esta escena tan cliché, vivida y revivida año tras
año. Corro para encerrarme en el baño, saco el móvil y escribo sin pararme
a recapacitar: «¿Cuándo voy a volver a verte?». Ya está, enviado. Empiezo
a lamentar haberlo mandado cuando aparece en la pantalla su respuesta.
«Antes de lo que crees, tengo una sorpresa para ti. Feliz Navidad,
Amandine». Han transcurrido ya dos días desde que recibí ese mensaje
enigmático. He vuelto al trabajo y he intentado ocultar mi impaciencia lo
mejor posible, tanto a mí misma como al resto. Hoy por la mañana Éric
está de muy buen humor, no acostumbra a cogerse tres días de vacaciones.
Me escondo tras mi ordenador para intentar concentrarme. Cuando el reloj
marca las diez, me tomo mi segundo café del día y estoy a punto de
ahogarme. Esa voz. Su voz. Gabriel está aquí. Todavía no le he visto pero
le oigo, lo siento en todo el cuerpo. Sus pasos mezclados a los de Éric se
acercan. Inspiro profundamente e intento poner cara de circunstancias.
Sonriente pero tranquila. Gabriel atraviesa el pasillo. Está sublime con
sutrench azul marino. Se quita poco a poco la larga bufanda beige con finas
rayas de color azul claro que iluminan sus ojos, esos ojos tan azules que no
me buscan. El hombre que me hacía el amor hace ocho días ni siquiera me
ha dirigido una mirada. Al ver alejarse sus anchos hombros, el pelo rubio
que tantas veces he despeinado, esa nuca bronceada a la que me he
agarrado con fuerza… me dan ganas de gritar. O de llorar. Pero Éric no me
da tiempo y me llama para que vaya a su despacho. El señor Diamonds
querría tomar un café, solo y bien cargado, antes de comenzar la reunión.
Me quedo de piedra, no sólo se ha limitado a ignorarme sino que además
me va a tocar jugar a las camareras e ir a verle cara a cara, con la etiqueta
de becaria pegada en la frente. Humillación suprema. Preparo un café
largo, añado dos azucarillos (sé que no se echa ninguno) y le llevo la taza
con todo el profesionalismo e indiferencia de los que consigo hacer acopio
en ese momento.

Cien facetas del Sr. Diamonds Vol. 2 – Deslumbrante – Emma Green

En cuanto llego a su despacho, Éric sale tras de mí diciendo a Gabriel:
– Voy a buscarle eso, tardaré unos diez minutos como mucho.
Amandine, te dejo ocuparte de nuestro invitado.
– ¿Le has oído? – me susurra Gabriel sonriendo. Se acerca para cogerme
la taza de las manos. Tengo que contenerme para no echarle el café
caliente a la cara. Le suelto:
– ¿Cómo te atreves…?
Me interrumpe pegando su boca a la mía y me sujeta con firmeza por el
cuello esperando a que deje de resistirme. Pasa suavemente su lengua entre
mis labios y, cuando cedo por fin a su beso, aleja la cara, un centímetro a
lo sumo. Huelo su aliento mentolado y le escucho murmurar: «¿No te gusta
la sorpresa? Sólo nos quedan nueve minutos…». Con una mezcla de rabia y
placer, me abalanzo sobre él y le beso en la boca. Cierra la puerta con el
pie y me rodea la cintura con su inmenso brazo para levantarme del suelo,
al tiempo que gira la llave de la puerta con la mano que le queda libre. Me
sienta sobre el escritorio de Éric. Con una mano, me separa las piernas y,
con la otra, se desabrocha el cinturón. Sumerjo las manos en su pantalón de
traje para sacarle la camisa pero Gabriel me coge las muñecas y me da la
vuelta sobre el escritorio, colocándome las manos encima de la cabeza.
«No te muevas, es tu regalo, que no se te olvide.» Se levanta, me domina
desde arriba y empieza a desabrocharme los botones de la bragueta, con
sus ojos brillantes clavados en los míos. Con brutalidad, me saca una de las
piernas de los vaqueros y de la braga, me levanta el culo para acercarme al
borde de la mesa y se saca el miembro del pantalón. Apuntándome. Casi se
me había olvidado lo impresionante que era su erección. Mientras se pone
un preservativo, me mira cómo disfruto del espectáculo. Todavía no me ha
tocado pero mi sexo ya está hinchado de deseo y frustrado por su ausencia.
Sigo tumbada sobre el escritorio, con los brazos cruzados encima de la
cabeza ; no he cambiado de postura desde que me ha dicho que no me
moviera pero todo mi cuerpo le llama, le desea. Separo un poco las piernas
para invitarle a entrar, a llenarme, a saciarme. No ha hecho falta que le
dijera nada, Gabriel pasa una mano bajo cada uno de mis muslos y me
penetra de golpe, violentamente. Ardo de deseo, le siento en el fondo de mí
y me gustaría que se quedara ahí para siempre. Pero, de repente, decide
privarme de él, se separa casi por completo para volver a penetrarme de
nuevo con más fuerza todavía. Este nuevo asalto me hace perder la cabeza.
Me arqueo para volver a empezar, Gabriel no se hace rogar y acelera el
ritmo. Se agarra a los bordes del escritorio desafiándome con la mirada. No
sé si es para advertirme de que esto sólo acaba de empezar o para pedirme
que esté a la altura. Sea lo que sea, he perdido el control. En ese momento,
puede hacer conmigo lo que quiera, soy su objeto. Y mi amante es fiel a
sus promesas. Sus vaivenes me dejan sin aliento, mi cuerpo se arquea, la
cabeza se inclina hacia detrás y mis ojos miran fijamente la pared de
enfrente. Estoy mareada, ya no distingo la pared del techo. Pero las hojas
esparcidas sobre la mesa me recuerdan dónde me encuentro.
Durante un segundo, me doy cuenta de que estoy haciendo el amor en el
despacho de mi jefe, en su escritorio, que estoy medio desnuda y a punto
de estallar, con su principal cliente entre mis piernas, que puede volver en
cualquier momento, encontrar su puerta cerrada y descubrir a su inocente
becaria inmersa en un cuerpo a cuerpo tórrido. ¿Qué ha sido de la joven
decente y bien educada que yo era antes? ¿Dónde se han quedado mi pudor
y mi timidez? ¿Qué he hecho con mi conciencia profesional? Y él, ¿en qué
me ha convertido? Todo lo que creía ser parece haberse evaporado de
repente. Como si no hubiera existido antes de él. Ha bastado un beso para
que permitiera a un hombre reducir mi mundo a la nada y arrastrarme al
suyo. Me posee por completo y, en ese instante, siento un profundo
resentimiento. Mi enfado se mezcla al miedo de ser pillados, a la
decepción de no haber sabido negarme, y a las olas de pacer que me
asedian y me impiden decirle que se detenga.
– ¡Mírame!
La voz ronca de Gabriel me devuelve a la realidad. Como si hubiera
comprendido mi turbación, me aprieta la cara entre sus potentes dedos y
me obliga a mirarle. Le obedezco y veo como su mirada azul se ha
oscurecido. Se le contrae la mandíbula, parece furioso porque haya
escapado de él momentáneamente. Se inclina un poco hacia mí, desliza su
pesada mano por mi garganta, la deja un rato en mi pecho, llega a la
cintura y me coge por las caderas desnudas. Me clava los dedos en los
muslos. Con la mano libre, coge su sexo todavía duro y me lo introduce
muy lentamente. No me quita los ojos de encima. Mi suspiro de placer
parece satisfacerle. Sigue asaltando mi cuerpo con ardor y sus repetidas
embestidas me hacen olvidar todo. No, peor todavía, aumentan mi deseo y
me incorporo para cogerle el culo con las dos manos. En cada embate,
siento su pubis frotando mi clítoris. Me muerdo los labios para contener
mis gemidos. Llega hasta una profundidad inimaginable y escucho como el
escritorio choca contra la pared, cada vez más fuerte. Bloquea la mesa con
la pierna y se me acerca más todavía. Le rodeo con las piernas y siento
como el orgasmo empieza a llegar. Sus gemidos de placer y sus dedos en
torno a mis costillas terminan por hacerme desfallecer. Dejo escapar un
quejido. Acaba de taparme la boca con la mano y nos corremos juntos,
enredados, con nuestros cuerpos fundidos en una perfecta ósmosis. Nunca
había alcanzado un orgasmo al mismo tiempo.
En cuanto se aparta, desliza la braga por el tobillo y me sube el pantalón
por la pierna desnuda. Besa mi sexo todavía ardiente y sigue vistiéndose.
Oigo cómo corre su cinturón al tiempo que unos pasos se acercan por el
pasillo. Gabriel se ajusta la corbata y quita la llave de la puerta mientras
me abrocho el último botón. Tengo el cuerpo entumecido ; las piernas de
plastilina apenas consiguen mantenerme de pie. Estoy alisándome el pelo
cuando Éric abre la puerta de su despacho

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