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Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 10 – Fulminante – Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 10 – Fulminante – Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 10 – Fulminante – Emma Green 

Descargar libro En PDF Se te está escapando…
Ese es el refrán que mi vocecilla interior se obstina en repetirme una y
otra vez en mi desorientada cabeza. El calor es abrasador a finales de
agosto, mi amante está desesperadamente ausente, y yo sumergida en mi
nuevo trabajo de ayudante en la empresa de Ferdinand. Todo me abruma,
me oprime, me asfixia. Me da la impresión de sofocarme en el calor
parisino, bajo el peso de las responsabilidades, y la amenaza de perder a
Gabriel pesa como una chapa de plomo en mis pobres pulmones. El aire es
plomizo pero él está tan ligero como el viento. Revolotea desde hace dos
semanas, montado en una nube al saber que Eleanor está viva, trece años
después de su supuesto suicidio, y determinado a mover montañas para
encontrarla. Según las revelaciones de Prudence, Eleanor prefirió
desaparecer después del nacimiento de Virgile orquestando su propia
muerte. No podía soportar la vida de esposa y de madre que le esperaba,
aún torturada por sus demonios interiores, pero se negaba a que Gabriel
pasara el resto de su vida buscándola. Ella sabía que acabaría
encontrándolo. La mejor solución que pudo imaginar es disfrazar su huída
en suicidio.
Los Diamonds, campeones de todas las categorías en guardar secretos
oscuros…
Desde que mi amante puede por fin palpar la verdad, apenas existo para
él. Está como obnubilado, obsesionado. ¿Y qué hay de mí? Me ve cuando
tiene tiempo, me llama cuando se acuerda y me pide que le entienda. ¿Qué
otra cosa podría hacer? Es un suplicio verle alejarse de mí para acercase a
ella. Pero sería cruel privarle de ello. No sería digno del amor que siento
por él. Mi madre dice que amar no es retener, encerrar, sino dejar que el
otro se vaya y elija volver.
¿Y si Gabriel no volviera a mí nunca más? ¿Y si la encuentra y la elige
a ella para siempre?
Me sofoco aún más de pensarlo. Cojo el móvil y escribo un mensaje
como si fuera una cuestión de vida o muerte. Recordarle que le amo, que le
espero, que le doy su libertad pero que no le abandono. Que quiero su
felicidad, pero no lejos de mí.
[Ulises se fue veinte años. Dime que no tendré que esperar tanto
tiempo…]
[Paciente y fiel Penélope, también me duele pasar tiempo alejado de ti.]
[Entonces, no sufras más, vuelve pronto.]
[Debo continuar mi guerra de Troya, encontrar a la madre de mi hijo.
Saber por qué nos abandonó, por qué se hizo pasar por muerta. No podré
vivir sin saber la verdad.]
[Encuéntrala y vuelve a mí.]
[Yo tampoco podría vivir sin ti. Te quiero, mi Amande.]
Las palabras de Gabriel me tranquilizan durante unos minutos, pero no
lo suficiente como para no sentir la necesidad urgente de llamar a Marion
antes de llegar a la oficina.
–Pff, acabo de soltarle a Gabriel el rollo poema mitológico. Me da
vergüenza ser tan patética.
–Qué dices, le ha debido encantar la referencia cultureta. Entonces,
¿sigue buscando a su Eleanor?
–Gracias por el “su” Eleanor, era justo lo que necesitaba.
–Lo siento. ¡Es alucinante esta historia! Lleva muerta quince años y de
repente regresa de la tumba. ¿Qué mito es ese, por cierto?
–El fénix. Y hace trece años, no quince. Pero al parecer no son
suficientes para haberla olvidado. Me pone enferma, si tú supieras.
–Espera un momento, ¿cómo piensa encontrarla? Ha debido cambiar de
nombre, de vida. Puede incluso que tenga un novio nuevo, tres o cuatro
hijos.
–Gabriel es capaz de todo, no parará de buscar hasta que no haya
encontrado lo que quiere. Me dice que lo hace por Virgile…
–Pobre niño, no me extraña que esté como una cabra.
–Mientras tanto, soy yo la que se vuelve loca. ¿Qué se supone que debo
hacer?

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 10 – Fulminante – Emma Green 

–Llevar tus males con paciencia, irte a tomar algo conmigo, trabajar con
el guapo, rico, inteligente y perfecto Ferdinand… ¡Menudo desafío!
–También es arrogante, lunático, creído, odioso con ciertas personas…
–Sí, pero no contigo. ¡Ah, ah, lo va a lograr contigo, lo presiento!
–¡Imposible! Echo tanto de menos a Gabriel…
–¡Razón de más!, me responde Marion, excitadísima y nunca a falta de
argumentos. Y no seas llorica, solo te ocurren cosas increíbles. ¡Disfruta
un poco!
–¡¿Increíbles?! Mi chico huye de mí para ir a buscar a su prometida
oculta a la otra punta del mundo, su hijo me odia y su madre sigue
persiguiéndome. Mi hermana espera un hijo no deseado cuando todavía no
se ha ni siquiera divorciado y su hijo acaba justo de aprender a andar.
Tristan casi ya no me habla porque siempre está con su Iris, horripilante
todo sea dicho ya de paso; mi jefe me trata como si fuera su nuevo juguete
y mira más mi pecho que mis informes; mis compañeros me miran de lado
porque él es simpático conmigo y porque piensan que he hecho que despida
a Hortense, ¿sigo?
–Para, ¡me vas a hacer llorar! En cuanto a Tristan, te recuerdo que fuiste
tú quien le rechazó, tampoco se iba a meter a cura por ti. Y su Iris es algo
especialita pero estoy segura de que merece la pena conocerla. Ah, por
cierto, mi hermano me ha propuesto que vivamos juntos para ahorrarnos un
alquiler, y seguro que ella se pasará a menudo por esos parajes, vas a tener
que acostumbrarte.
–¡Genial! ¿Tienes más noticias antes de que me vaya a trabajar?
–¡Arriba esos ánimos, Amandine! Tienes un chico, un trabajo que te
gusta, un futuro espléndido, una super mejor amiga… Yo en cambio estoy
soltera, mi padre no me mantiene, todavía me queda un mes de trabajo en
H&M antes de volver a la facultad y ni siquiera sé qué hacer con mi vida.
No tengo más que casarme con Ferdinand de Beauregard, no veo otra
salida. ¿Me ayudarás, no?
–¡Voy a empezar intentando ser puntual! Me voy, un besazo Marioneta.
¡Eres la mejor amiga del mundo!
Me cuelo a paso ligero en los pasillos del edificio reluciente y llego al
open space discretamente. Lanzo un reservado: « Buenos días » a mis
compañeros. Algunos farfullan una respuesta inaudible, pero la mayoría ni
siquiera levanta la vista de la pantalla.
Buneo, más vale ser invisible que cabeza de turco…
Como casi todas las mañanas, Marcus entra estrepitosamente en la
oficina. La forma en que se contonea al andar y su voz vivaracha hacen
esbozar sonrisas a nuestro alrededor.
–¡Hola concurrencia! Hay que ver, ¿estoy en una agencia de modelos o
en el museo Grévin? ¡Venga, despertad amigos míos! Hace bueno, hace
calor, ¡nos desperezamos y dejamos de poner mala cara!
Cuando iba a sentarme, me deja en el escritorio un vaso de café
Starbucks y me da un cachete en el trasero:
–Cuido incluso de tus caderas, guapa: ni azúcar ni nata.
–Muy atento, Marcus, ¡gracias!
–He acertado al ponerme esta camisa naranja hoy, son todos tan
deprimentes. ¿Qué te parece el color?
–Es… vistoso.
–Cariño, si no te pones color flúor en 2013, ¡no lo harás nunca!
–Hmm… Creo que no me hubiera puesto un traje violeta a juego.
–Es malva. ¿Y el color block, lo conoces? Hay que salir, leer revistas,
querida, ¡cuánto trabajo pendiente!
–¿Sabes que van a creer de verdad que me llamo Querida?
–¿Y sabes hasta qué punto me da igual lo que piensen? Bueno,
¿necesitas que te eche una mano con la cena de los jóvenes creadores?
–No, creo que va todo bien, estoy esperando la respuesta del diseñador
japonés, tengo que volver a ponerme en contacto con él, parece que a
Ferdinand le interesa.
–¿Itô? ¡Sí, tiene muchísimo talento! ¡Tanta audacia a su edad! Es
magnífico este chico, me da envidia, ¡qué suerte tienes de encargarte de
ese trabajo!
Marcus y sus superlativos…
–Por cierto, Ferdinand me ha dado tres trajes de diseñador para la cena.
Tendrás que ayudarme a elegir uno. Y también a… ¿cómo se llama?
–¡Accesorizar!
–Querida, dos palabras maestras: clase y sobriedad.
–Como lo que llevas hoy, vamos.
Marcus me saca la lengua, dejando que admire su piercing de acero y se
pone a trabajar. Le imito sorbiendo el café, empezando por descubrir los
cincuenta primeros emails del día. No son ni las diez. Entre comunicados
de prensa inútiles, las solicitudes de cita que Ferdinand no aceptará jamás
y las confirmaciones de reserva para su próximo desplazamiento, un asunto
me salta a la vista.
De: Gabriel Diamonds
Para: Amandine Baumann
Asunto: AMANDE DIAMONDS
Eres mi mujer, no lo olvides.
G.
El email llegó hace quince minutos. Me apresuro a responderle para no
dejar escapar la ocasión de hablar con mi tan volátil amante últimamente.
De: Amandine Baumann
Para: Gabriel Diamonds
Asunto: RE: AMANDE DIAMONDS
Tras haber amenazado a mi jefe por email a mis espaldas, ¿me habrás
drogado y hecho tu esposa mientras dormía, para que no me acuerde de
mi propia boda?
A. BAUMANN
De: Gabriel Diamonds
Para: Amandine Baumann
Asunto: RE: RE: AMANDE DIAMONDS
No necesito contrato ni ceremonia para saber que me perteneces. Y que
yo te pertenezco, incluso en la distancia.
Para demostrarte mi buena fe, quiero llevar tu apellido… aunque solo
sea en un email.
Gabriel BAUMANN
De: Amandine Baumann
Para: Gabriel Diamonds
Asunto: RE: RE: RE: AMANDE DIAMONDS
No pensaba que fueras tan moderno y feminista, Gabriel Diamonds.
Pero yo soy de las tradicionales. Quiero un contrato, una ceremonia e
incluso el apellido maldito. No cuento vivir en pecado toda la vida…
Amandine BAUMANN-DIAMONDS
De: Gabriel Diamonds
Para: Amandine Baumann
Asunto: RE: RE: RE: RE: AMANDE DIAMONDS
Y cuánto me gustaría hacerte pecar. Ahí mismo. Ahora.
G.
De: Amandine Baumann
Para: Gabriel Diamonds
Asunto: RE: RE: RE: RE: RE: AMANDE DIAMONDS
Ven, te espero.
Hace mucho que no me tumbas en un escritorio o me acorralas en un
ascensor. El de la agencia es minúsculo, pero sus cuatro paredes están
cubiertas de espejos. Creo que te gustaría.
A.
De: Gabriel Diamonds
Para: Amandine Baumann
Asunto: AMANDE PECADORA
Hace mucho tiempo que no te puedo observar minuciosamente. Ni
tenerte bajo mi dominio. ¿Llevas puesto un vestido? ¿El pelo suelto?
Tu Pecador
De: Amandine Baumann
Para: Gabriel Diamonds
Asunto: RE: AMANDE PECADORA
Podría soltarme el pelo con facilidad, pero la falda tubo es seguramente
demasiado ajustada para que me la puedas subir.
Tu Pecado
De: Gabriel Diamonds
Para: Amandine Baumann
Asunto: RE: RE: AMANDE PECADORA
Mi debilidad, nada me gusta más que verte escribir la palabra
“ajustada”…
Me vuelves loco.
De: Amandine Baumann
Para: Gabriel Diamonds
Asunto: RE: RE: RE: AMANDE PECADORA
Echo tremendamente de menos tu deseo.
Mi falda se impacienta, mi ajuste está que arde.
Tengo que irme, me esperan.
Tu pecadito
De: Gabriel Diamonds
Para: Amandine Baumann
Asunto: RE: RE: RE: RE: AMANDE PECADORA
¿Quién? ¿De Beauregard?
No te atrevas a pulsar el botón “Detener” de ese ascensor sin que yo esté
dentro. Es una orden.
Prepara tu piel de melocotón. Vuelvo pronto.
Tu Gabriel
Mientras intercambiaba estos emails febriles con mi amante, Ferdinand
me ha llamado por teléfono y me ha pedido que vaya a su despacho,
inmediatamente. Intento reponerme para saber responder a todas las
preguntas sobre la cena de creadores o los próximos eventos. Hiervo en mi
interior, y solo rezo por que este deseo ardiente no se lea en mi rostro.
–Buenos días Amandine, entre. Muy bonita su falda de tubo. ¿Cómo se
encuentra esta mañana?
–Muy bien, gracias.
–Eso veo, irradia energía. Aunque se podría decir que se ha
ruborizado… ¿No seré yo quien le haga ponerse así?
–No, no… Es… el calor. ¡Este mes de agosto tan abrasador!
–¿Ah sí? Incluso con el aire acondicionado a tope. Debería ir a
refrescarse un poco.
–¿Eso es todo?
–Sí. Solo una cosa más: la mensajería es de uso estrictamente
profesional.
–¡¿Perdón?!
–Y para su información, el ascensor está equipado con una cámara.
–Ferdinand, yo…
–No encontrará justificación alguna. Creo que más vale que no lo
intente. Y así hago una pausa de recreo. Entretenida, de verdad, muy
interesante… Salga, quedará entre nosotros dos.
Esta vez he debido ponerme rojo escarlata. Me precipito al baño y choco
con Marcus, lavándose las manos.
–Despacio querida, ¿adónde vas tan corriendo?
–¡A esconderme el resto de mi vida!
–La reina del drama, ¡me encanta! ¡Cuéntame!
–¡Me acaban de pillar con las manos en la masa!
–¿En el trasero de quién has metido las manos?
–No, in fraganti en pleno intercambio de emails salaces… Ferdinand lo
ha leído todo.
–¡Error de principiante!
–¡Lo sé! Me he dejado llevar, me da tanta vergüenza.
–¿Había insultos? sonríe Marcus, más excitado por el chisme que
sinceramente compasivo.
–¡No! Solo palabras… no sé… ¡guarras!
–Entonces, querida mía, Ferdinand no te va a dejar en paz. Le ha debido
encantar.
–Si hubieras visto su mirada lúbrica, su semblante bien orgulloso de sí
mismo, ¡lo estaba disfrutando! ¡Cómo le odio! ¿Tú sabías que lee los
emails de sus empleados?
–No hay nada que ocurra aquí que él no sepa, querida. Ha instalado
cámaras por todas partes…
–Lo sé, gracias. ¡Pero es acoso!
–Pero qué mona… ¿Y qué vas a hacer, denunciarle? ¿Llevarle a rastras a
magistratura? ¿Con lo que sabe de ti? ¡Ah, ah!
La risa estruendosa de Marcus resuena en las paredes alicatadas del
baño de mujeres. Me abraza para reconfortarme, intentando contener su
ataque de risa nervioso.
–¿Y qué haces aquí, por cierto? le comento a mi colega estirando las
arrugas que mi cabeza ha marcado en su chaqueta color malva.
–Asumo mi lado femenino. Y además, aquí se escuchan los mejores
cotilleos. ¡Y si no, mira!
Su risa continua se hace

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