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Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 3 – Brillante– Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen  3 – Brillante– Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 3 – Brillante– Emma Green

Descargar libro En PDF «Baja, te espero». En la pantalla de mi móvil aparece el nombre de
Gabriel. No entiendo el mensaje, aunque parece muy claro. Son las 8.40,
todavía me estoy secando el pelo y tengo que salir de casa en menos de un
minuto si no quiero llegar tarde a la oficina. Voy corriendo a la ventana de
mi piso haciéndome un moño rápido y desde el tercer piso veo a Gabriel en
la acera, al lado de una enorme moto negra brillante. Levanta la cabeza
hacia mi ventana, me ve y, con ese aire indiferente que me fastidia tanto
como me encanta, me tiende un casco gris metalizado. No entiendo nada.
Me pongo las botas lo más rápido posible mientras me pasan por la cabeza
miles de preguntas, cojo el abrigo y la bandolera, pierdo quince segundos
buscando las llaves y bajo corriendo las escaleras que me llevan hasta él.
Ese loco. Ese hombre imprevisible por el que estoy colada desde hace dos
meses. Ese multimillonario del mundo del vino, hombre de negocios
temible y fotógrafo con talento, que sabe hacer todo y todo lo hace de
manera impecable. Ese alto rubio con físico de surfista californiano que
consigue ser elegante, salvaje, tenebroso, ardiente, adorable y horripilante.
Sigo sin saber porqué se interesa por mí, la pequeña becaria de 22 años con
una vida de lo más sencilla. Pero sé que no cedería mi lugar a ninguna otra
por nada del mundo. Y deben de ser muchas las que se mueren por sus
huesos. Pero, ¿con cuántas de esas se acuesta? ¿A cuántas les pone boca
abajo en el escritorio de su jefe o les penetra contra la pared de su piso
cuando le viene en gana? ¿Rebasa esos límites obscenos con otra? A pesar
de que estas cuestiones llevan semanas atormentándome, no me impiden
caer en la tentación cada vez que me lo pone en bandeja…
Y, por lo que parece, hoy tampoco tiene la intención de explicarme qué
hace en mi calle esta mañana de febrero. Me da un beso frío en la mejilla,
me deshace el moño con sus hábiles manos y me pone el casco. Cuando me
lo abrocha bajo la barbilla, tiemblo por el contacto de sus dedos sobre mi
piel y sumerge su mirada azul hielo en la mía.
—Hoy no trabajas. He hablado con Éric. Bueno, sí trabajas. Hoy trabajas
para mí. ¿Has montado alguna vez en moto? Pégate a mí y sigue mis
movimientos.
Marca una pausa y añade, con un guiño pícaro que me vuelve loca:
—Sé que lo haces muy bien.
Han bastado seis palabras para que seis mil mariposas se pongan a batir
las alas en mi interior. Se gira, se pone el casco, se sienta a horcajadas en
la moto y me tiende la mano para ayudarme a montarme detrás de él.
Deslizo tímidamente las manos sobre su cazadora de cuero negro mientras
él hace rugir el motor. Puedo sentir las vibraciones de los dedos de mis
pies en las raíces del cabello. Gabriel arranca de golpe y me veo
propulsada hacia atrás. Me coge una mano y hace que le abrace más fuerte
por la cintura hasta que me encuentro acostada contra su espalda. Miro
cómo va desfilando el paisaje mientras atravesamos París por los
boulevards des Maréchaux e intento, en vano, adivinar a dónde nos
dirigimos. Al final, cierro los ojos y me dejo embriagar por la velocidad y
por la presencia de mi amante, al que me encantaría desnudar ahora
mismo.
Cuando Gabriel pone pie en tierra, sigo sin saber a dónde me ha traído.
Me quita el casco y me peina delicadamente mientras me mira a los labios
con tal intensidad que creo que va a besarme. Pero, sin embargo, apoya su
pesada mano sobre mi nuca y me guía hacia el interior de un edificio
moderno cuya fachada está formada únicamente por ventanales. Por fin,
cuando subimos en el ascensor, me explica:
—Me gustó mucho fotografiarte. Querría que experimentaras otra
experiencia. Estoy seguro de que te va a encantar.
—Bfff…. no. Gabriel, apenas me he maquillado, ¡y mira qué pintas
llevo!
—No necesitarás nada.
Me pongo tensa, con una mezcla de excitación y de irritación.
—De todas formas me gustaría, aunque sólo fuera por una vez, poder
prepararme, tener voz en esta relación.
—Me niego en rotundo. Nunca estás más guapa que cuando algo te coge
desprevenida. Piensas que no te conozco pero, por ejemplo, estoy seguro de
que ahora estás enfadada, tienes ganas de enfurruñarte como una niña
pequeña y salir corriendo. Pero también sé que tienes ganas de mí…
Antes de darme tiempo a responder, me rodea con el brazo y me pone la
mano en el trasero atrayéndome hacia él. Nuestros alientos se mezclan, me
muero de ganas de que me bese pero se mantiene inmóvil. Se enciende un
fuego entre mis piernas y acerco la cara para robarle un beso. Retrocede
pero no suelta a su presa. Me mete en los vaqueros la mano que le queda
libre, bajo la tela de mi braga y siento cómo desliza el dedo corazón entre
mis labios. Me cosquillea el clítoris sin dejar de mirarme, sin besarme, y
sigue con sus caricias divinas. Empiezo a jadear, sorprendida por el fulgor
de mi excitación, me agarro a su cuello y disfruto de las sensaciones que
me produce el roce de su mano en mi sexo palpitante.
—Ahora ya podemos ir.
Gabriel abre la puerta del ascensor y sale delante de mí. Tengo las
piernas de plastilina, me cuesta seguir sus zancadas mientras recorremos el
largo pasillo que nos lleva a una habitación totalmente blanca, desde el
suelo hasta el techo.
—Desnúdate, por favor.
Le fulmino con la mirada, lista para saltarle directamente a la yugular.
A la vista de mi silencio y mi aire indignado, se enternece.
—Voy a ayudarte. No quiero perderme ni un segundo de esa mirada. El
placer crea una luz única en los ojos de las mujeres.
Se me acerca y pega su contra la mía. Continúa susurrando.
—Me gustaría tener el privilegio de fotografiarte después de haberte
hecho gozar. Amande, sería un gran honor para mí. Y, cuando vea estas
fotos tuyas, seré el único en saber lo que sentías en este momento. Hazme
este regalo, Amandine. Te lo devolveré de un modo que no puedes
imaginar.

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 3 – Brillante– Emma Green

Bebo sus palabras y la sensualidad de su voz pronunciando mi nombre
me hipnotiza. Le dejo desvestirme como si fuera una muñeca de trapo. Con
una delicadeza exquisita, me desabrocha el abrigo, me saca el jersey y la
camiseta por encima de la cabeza, se agacha para quitarme los botines y
los calcetines, me desabotona los vaqueros y, al mismo tiempo, desliza mis
bragas a lo largo de mis piernas. Me encuentro desnuda en esta enorme
habitación vacía y fría que me pone la piel de gallina y me endurece los
pezones. Gabriel me besa cada uno y me toma por la mano para llevarme a
un segundo plano blanco.
En ese momento, vuelve a meterse en la piel del fotógrafo que me
inspira admiración. Se coloca, manipula, desplaza, prepara el material. Su
rostro muestra los tics de concentración que me derriten. Ceño fruncido,
ojos arrugados con unas patas de gallo tremendamente seductoras, boca
entreabierta tras la que se oculta una lengua rosa y húmeda dotada de unas
habilidades que tan bien conozco… Al contrario que en nuestros habituales
encuentros vertiginosos, en esta ocasión tengo tiempo para admirar a mi
amante. Sus cabellos rubios bien cortados contrastan con la piel bronceada,
su amplia e inteligente frente corona unos ojos de color azul intenso, su
nariz recta y elegante, sus anchas mandíbulas viriles rodean unos labios
carnosos y finamente delimitados, casi femeninos. Su rostro es una obra de
arte. Y su cuerpo de Apolo… ¡un cuerpazo! Bajo ese jersey malva de
cashmere, adivino unos hombros anchos, sólidos bíceps, pectorales
marcados y una fina cintura. El pantalón gris antracita subraya sus nalgas
musculosas y su culo redondeado que no me canso de admirar. Es un
portento de la naturaleza así como un icono de la moda. Por mucho que lo
analice en detalle, no le encuentro ningún defecto. Se ha subido las mangas
y veo las venas hinchadas de los antebrazos, lo que me resulta
diabólicamente sexy. En la muñeca izquierda lleva un lujoso reloj y sus
potentes manos doradas terminan en unos largos dedos con las uñas
cuidadas con una manicura perfecta. Sus gestos son tranquilos, seguros,
gráciles. Nunca le he visto ni la más mínima falta de gusto. Su aura me
atraviesa a distancia. Transpira carisma y sensualidad. Aunque está a diez
metros de mí, sin hablarme ni mirarme, desata mi deseo. Yo, que siempre
he sido mesurada y razonable, me he vuelto golosa, excesiva e insaciable.
Lo que me han parecido horas, no ha durado más que unos segundos.
Gabriel ha terminado de colocar sus cosas y, en el fondo de la habitación,
una máquina se pone a proyectar sobre mi cuerpo curvas, espirales y
arabescos de diferentes colores. Tiendo los brazos para admirar esos
reflejos que envuelven mi piel como volutas de humo. La experiencia es
conmovedora. Tenía razón. A pesar de estar desnuda ante el objetivo, me
siento vestida con los pensamientos de Gabriel. Me acribilla, se mueve, se
acerca. El increíble silencio que reina en la habitación sólo se ve
interrumpido por los desenfrenados disparos de la cámara. Conforme
reduce la distancia que nos separa, me van llegando efluvios de su perfume
ámbar. Este hombre tiene el don de hechizarme. Se acerca a una inmensa
pantalla que no había visto al llegar y me hace una señal para que me
acerque. Se sienta en un gran sofá de cuero oscuro y empieza a proyectar
imágenes mías. No me reconozco. Sin duda, es mi rostro, mi cuerpo, pero
el resto no se parece a mí en absoluto. Desnuda, me arrodillo a su lado para
acercar mis ojos a la pantalla. Es asombroso.
Gabriel, con la mirada henchida de orgullo y con aspecto alegre, me gira
hacia él. Me acaricia lentamente el cabello, me pasa un dedo por la frente,
por el puente de la nariz y se detiene en mis labios cerrados. Los abre con
su índice y me pongo a chuparlo espontáneamente. Me coge una de las
manos y la coloca sobre el bulto que deforma su pantalón. Una excitación
repentina me quema en el interior. Le suelto la hebilla del cinturón con
ansia y me inclino para liberar su erección. Me meto su sexo en la boca,
duro y sedoso, y le escucho soltar un primer suspiro. Me acaricia con
ternura la mejilla y vuelvo a sumergirme en él, haciéndole cosquillas con
la lengua, apretando los labios al ritmo de sus gemidos. Acompaño mis
movimientos con la mano e intento atraer su mirada, que disfruta del
espectáculo de mi boca. Estoy mojada de deseo y más atrevida de lo que
nunca he estado en toda mi vida. Me trago ávidamente su sexo mientras
Gabriel desliza la mano sobre mi nuca para marcar el ritmo de mis
vaivenes. Jadea cada vez más fuerte y le chupo gimiendo, mi placer
acompaña al suyo. Su sexo se tensa en mi boca, sigo tragándomelo más y
más y le veo gozar, con la cabeza echada hacia atrás. ¿En qué, en quién ha
pensado cuando saboreaba este momento? ¿En mí, Amandine, o en la otra
a la que ha fotografiado transformándome?
2.En desorden
Hablas de un regalo. Sigo a Gabriel a primera hora de la mañana sin
pedir explicaciones, acepto su juego y me dejo fotografiar, desnuda,
caracterizándome virtualmente con proyecciones de colores, participo en
su delirio de artista que no alcanzo a entender, me abandono a él sin peros,
me promete «devolvérmelo» con creces…. Y ahí me encuentro, arrodillada
ante él, confortablemente sentado en su sofá lujoso, devorándole,
colmándole, dándole más y más, hasta que el Señor alcanza el orgasmo
mirando hacia otro lado, como si yo no existiera. Me dieron ganas de
recoger mis cosas e irme dando un portazo. Pero no lo hice. No sabría
explicar porqué. Cuando me llevó a casa en moto, me dio un beso en la
frente y me habló de una «indemnización» por mi jornada de trabajo
perdida, ni siquiera exploté. Creo que hasta me reí:
—Así las cosas están claras. No hay ninguna duda sobre el papel que
tengo en tu vida. Te me llevas, haces conmigo lo que quieres, me traes de
vuelta y pagas. Clásico.
—Amande, no empieces. Hemos pasado un buen rato, ¿no?
—Por lo que parece, tú sí. Sabes, nunca te he pedido nada. Nunca te he
acosado como una enamorada obsesionada. He tomado lo que me dabas,
sin pedir nada a cambio, sin esperar nada.
—No tengo nada que ofrecerte. Sólo yo… A veces.
—Pues guárdate tus millones, me basta con un poco de respeto.
—Estás todavía más guapa cuando te enfadas. Y hoy has estado divina.
No he olvidado mi promesa, ya lo sabes…
Cuando se me acerca sonriendo, soy consciente de que mi tono
arrogante (qué me sorprende a mí misma) empieza a diluirse y decido
entrar en casa.
—Me voy, ya veremos la próxima vez…
—¡Mañana! Mañana por la tarde. Puedes venir conmigo a esta dirección
a las 19.00. Es una venta privada. Me gustaría que te probaras algunos
vestidos para la gala a la que me vas a acompañar.
Cuando empezaba a girarme, volví para cogerle la invitación. Mi
corazón se acelera. No sé si es por la idea de los vestidos de princesa, la
perspectiva de ir a una «gala» cogida de su brazo o, simplemente, por su
propuesta de ir de compras con él. Los dos, juntos, en un lugar público, en
posición vertical y vestidos. Una pareja normal. Nada más lejos de la
realidad. Pero podré disfrutar imaginándolo durante una tarde…
A las 19.15, llego a la avenida Marceau y me encuentro frente a la
boutique de una gran casa de costura francesa. Las cinco letras doradas de
la marca bastan para darme vértigo. Compruebo la dirección de la tarjeta
por quinta vez. Pensé que «sería conveniente» retrasarme un cuarto de hora
para no parecer una fan histérica por la idea de probarse ropa que nunca
podrá llevar. Así, Gabriel tendría tiempo de llegar antes que yo. Plan
fracasado. Todavía no está ahí y me quedo plantada ante el gran edificio de
color blanco puro, incapaz de despegar la nariz del escaparate. Dos manos
heladas me tapan los ojos, me doy la vuelta y me contengo para no saltarle
al cuello, estoy entusiasmada. Me da un repaso de pies a cabeza y, con un
guiño, me indica que no me he equivocado. Menos
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