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Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 5 – Radiante– Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 5 – Radiante– Emma Green

Descargar libro En PDF Reconozco inmediatamente la voz ligeramente gangosa y molesta de Eve. Pero está impregnada por
una emoción que me era desconocida y que me produce escalofríos. ¿En qué estaría yo pensando
cuando le dije a Gabriel que contratara a esta chica? Después de habernos ayudado a avanzar en
nuestra relación, no ha debido de gustarle que le despidiera. Y ahora ha decidido acosarnos en mitad
de la noche, en una playa desierta.
Desde el principio, no me daba buena espina…
Todavía no me he recuperado totalmente del orgasmo yodado que he experimentado hace apenas
unos segundos y que me ha hecho naufragar bajo una ola de placer. Pero cruzarme con la mirada de
Gabriel ha bastado para saber que algo no iba bien. Quiero girar la cabeza para descubrir a qué nos
enfrentamos, pero el miedo me lo impide. A juzgar por la expresión de mi amante, Eve no ha venido
para hacernos una visita de cortesía. Mi hipótesis se ve confirmada cuando la asistente prosigue y
pega algo contra mi sien. Frío. Duro. Metálico.
Por favor, que no sea lo que estoy pensando…
—Levántese lentamente. ¡No se ponga a jugar a los héroes o disparo!
Oh, mierda…
Pregunto a Gabriel con la mirada y me insta a obedecer. Nunca le había visto así, parece realmente
asustado. Y es más por mí que por él, estoy segura. Me apoyo en las manos que descansaban sobre la
arena, una a cada lado del cuerpo tenso de Gabriel, y empiezo a levantarme. Nuestra agresora
considera que mis movimientos son demasiado rápidos y presiona más fuerte el arma contra mi sien.
—He dicho que lo hagas despacio. ¿Lo entiendes o te hago un croquis?
Mi cuerpo es presa de violentos temblores, estoy totalmente entumecida, tengo frío y sé que en
cualquier momento esta histérica puede saltarme la tapa de los sesos. Mi vestido blanco está mojado y
deja entrever la punta de mis pechos. Con un gesto de pudor, francamente inapropiado en esa
situación, intento esconderlos cruzando los brazos. Eve encuentra otra excusa más para quejarse y me
ladra:
—¡Los brazos pegados contra el cuerpo! No me tientes, Amandine, o esto podría írsenos de las
manos…
Ahora le toca a Gabriel ponerse de pie. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido vestirse y
recuperar toda su dignidad. Veo cómo se levanta, lentamente. De repente, siento una chispa de calor
en mi interior.
Parece que deseo y miedo son una mezcla explosiva…
La voz grave y estoica del millonario amordaza a mi vocecita interior.
—Eve, ¿qué hace usted aquí?
—Quiero renegociar las condiciones de mi despido. Considero que me merezco una prima.
—Dígame cuánto dinero quiere, puedo hacerle una transferencia esta misma noche.
—Usted y su dinero…Puede guardárselo, ¡no es eso lo que quiero! ¿Está usted ciego o qué? ¡Es a
usted al que quiero desde el principio! Hace tres años, me ofrecí a usted, pero me rechazó como si
fuera basura. No se acuerda, ¿eh? Con todas esas idiotas revoloteando a su alrededor, no me extraña…
Pero yo no lo he olvidado y esta noche soy yo la que decido.
Cuanto más nerviosa se pone, más me clava el revólver en la piel. Me doy cuenta de que ella no es
más que la enésima víctima de Gabriel, de su encanto, de su aura irresistible. Una víctima que, a
fuerza de rechazos y humillaciones, ha terminado perdiendo el norte. Gabriel es una persona única, un
hombre brillante y, por acercarse demasiado, algunas se queman las alas.
Y está claro que a mí me pasa lo mismo…
Si muero será por su culpa.
—Me acuerdo muy bien de usted. Si no sucumbí a su encanto, fue porque en ese momento no
estaba soltero… Soy hombre de una sola mujer, cuando ésta merece toda mi atención. Siempre y
cuando tenga suficiente carácter y ambición. Una mujer como usted.
Se está tirando un farol, no va a disparar, ¿no?

—Gabriel, ¿me toma usted por tonta? Les he estado observando, entre vosotros hay algo más que
sexo. Quiero que ella se pire, que desaparezca y, si hace falta, me ocuparé yo misma…
Gabriel, ¡haz algo!
—La señorita Baumann no significa nada para mí. Es sólo una distracción. Créame, Eve, estaría
encantado de enviarla a París ahora mismo. Y dedicarle a usted toda mi atención…
—Conozco perfectamente a este tipo de chicas. Son guapas e inocentes y así consiguen siempre lo
que quieren. Es imposible deshacerse de ellas. Se ponen a lloriquear y terminan por convencerte para
que vuelvas con ellas.
—Pero yo no quiero a una chica como ella, lo que necesito es una mujer, una mujer de verdad. Una
mujer como usted, Eve.
—¡Demuéstrelo! Si la mata, sabré si de verdad ella le importa. No hay más opción, ella debe morir.
¡¿QUÉ?!

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 5 – Radiante– Emma Green

No me ha mirado en toda la conversación y ahora siento los ojos de Eve clavados en mí.
Concretamente, en mi sien. Aumenta la intensidad de su respiración, siento cómo su cuerpo se tensa,
el metal está ganando terreno. En el momento en el que cierro los ojos, esperando la detonación,
escucho un alarido de Gabriel, fuerte, intenso, desesperado.
No ha habido ningún disparo. De repente, ya no tengo nada en la sien. Sin entender realmente lo
que acaba de pasar, me hundo en los brazos de Gabriel, que acaba de abalanzarse sobre mí. Mis ojos se
posan en una forma inerte, tirada en el suelo. Reconozco el cabello pelirrojo de la asistente. Y,
después, escuchó una voz femenina, bella, grave, intimidante.
—¡Por los pelos!
Céleste está ahí, a un metro de nosotros, con una botella de champán en la mano, bueno… lo que
queda de ella. Mi mente confusa reconstruye la escena: la hermana de Gabriel acaba de derribar a Eve
por detrás y, al mismo tiempo, acaba de salvarme la vida. Gabriel y yo nos hemos quedado sin
palabras, sin aliento. Me abraza tan fuerte que me cuesta respirar.
—Joder, he estado a punto de perderte…
— Y yo, ¿no existo? Sin mí, tu pequeña protegida no estaría aquí… Me merezco un
agradecimiento, ¿no?
Esta mujer increíblemente bella tiene respuesta para todo, incluso en las peores situaciones. Ha
asistido prácticamente a mi asesinato y ahora ha encontrado la forma de dirigirnos una sonrisa
triunfal.
Debe de ser cosa de familia…
Gabriel me suelta y coge a su hermana entre los brazos.
—Gracias, pequeña, acabas de salvarnos a los dos.
—Sí, gracias, Céleste. Si no hubiera llegado a tiempo…
No me deja terminar la frase y me suelta bruscamente:
—De nada. Debería taparse o su anatomía dejará de tener secretos para mí…
Qué encanto.
Eve sigue inconsciente, tirada en el suelo. Céleste le ha dado de lleno y le estoy tremendamente
agradecida. Mientras los dos hermanos llaman a la policía y a una ambulancia, intentó luchar contra
los sollozos que me suben a la garganta. Empiezo a ser consciente de que he estado a punto de morir.
Este hombre me vuelve loca de deseo, de incertidumbre y, sin quererlo, pone mi vida en peligro.
Quizás debería huir ahora, inmediatamente, y no volver nunca…
Su voz hastiada y cansada me saca de mi ensueño. Con el pecho todavía desnudo y sublime, me
tiende la mano clavando su mirada eléctrica en la mía.
—Ven, Amandine, volvamos.
Durante un segundo, me planteo si seguirle o no. Estoy totalmente perdida, no distingo lo verdadero
de lo falso, el bien del mal. Finalmente, me coge la mano y, sin dejarme elegir, me lleva con él. La
vuelta hasta la lujosa mansión parece durar una eternidad y lo único que me apetece es que me
olviden, que me dejen sola, en paz. Pero Gabriel no tiene la más mínima intención de concederme ese
momento de soledad. En cuanto pongo los pies en la habitación, las esclusas se abren, estallan. Lloro a
lágrima viva, sigo trastornada por esta escena terrorífica y no consigo controlarme. Como el buen
caballero que es (cuando quiere), Gabriel me toma entre sus brazos e intenta calmarme. Pero no tengo
ganas de que me toque y menos todavía de que me consuele. Me aparto violentamente para que me
suelte.
—Déjame, no te necesito.
Su rostro deja entrever que le he herido. No se lo esperaba.
Mejor.
—Estás resentida y tienes todo el derecho del mundo.
Su voz es dulce… demasiado dulce. Vuelve a avanzar hacia mí pero me aparto.
—¿Así te disculpas?
—No sé pero deja de huir de mí, me vuelve loco, ya lo sabes.
—Hace mucho tiempo que debería haber huido de ti, Gabriel. Si hubiera obedecido a mi instinto en
el lugar de dejarme llevar por el deseo, no habría estado a punto de morir.
Acabo de asestarle una puñalada. Le cambia el rostro, dominado por miles de emociones:
culpabilidad, tristeza y sobre todo, cólera. De repente, está pegado contra mi cuerpo, me coge la cara
con una mano y, con la otra, me sujeta los brazos en la espalda. Intento soltarme, protesto, pero me
sujeta fuerte.
—Eres mía, ¿me oyes? Y mataré a cualquiera que te haga daño. Con mis propias manos…
Sus amenazas me hacen callar, no me atrevo a responder. De todos modos, aunque hubiera querido
hacerlo, me lo impide. Sus ávidos labios se posan sobre los míos y ese simple contacto basta para que
mi cuerpo se caliente, se abrase. Sigo llevando el vestido mojado, me muero de frío y de calor al
mismo tiempo. Mis muñecas siguen prisioneras de sus manos de hierro; no puedo escapar de él y eso
me exalta, me excita. Con un movimiento seco y brutal, me da la vuelta para colocarme contra la
pared. Mientras se pega a mi espalda y domina tiránicamente mi nuca con sus labios y dientes, mis
pezones erectos se frotan contra el enlucido. Esta sensación es dolorosa, deliciosa, me entrecorta la
respiración.
Sin dignarse siquiera a desabrocharme el vestido, me desnuda con un arrebato bestial. Escucho
cómo se rasga la tela y, antes de poder protestar, me levanta del suelo y me lleva al cuarto de baño. A
pesar de su impaciencia, me coloca con delicadeza bajo el chorro de la inmensa dicha italiana y abre
el grifo. El agua cae fría, grito bajo esa tortura helada pero Gabriel ahoga mis quejas con sus labios.
Su lengua juega con la mía, recorre y acaricia el interior de mi boca. Después, se desabrocha el
pantalón de lino y, en tan solo unos segundos, se encuentra desnudo frente a mí. No puedo evitar
desear ese sexo erecto y monumental en lo más profundo de mi cuerpo. El agua se va calentando
cuando se arrodilla e introduce la cara entre mis piernas para devorar mi intimidad. Me arqueo para ir
al encuentro de sus caricias divinas y, cuando intento meter la mano entre sus cabellos dorados, la
intercepta y la coloca contra la pared.
El señor tirano está de vuelta…
Me hace perder la cabeza. La habitación parece girar a mi alrededor, ya no sé dónde estoy ni cómo
he llegado hasta aquí. Le suplico que lo haga más fuerte, más profundo, gimo, jadeo, mi clítoris está
ardiendo, estoy a punto de correrme. Cuando siente que el orgasmo es inminente, mi amante infernal
se incorpora, me levanta del suelo colocándome las piernas en torno a su cintura y me empala entre
gemidos. Empieza a introducirse en mí lentamente. El agua ya está caliente y cae sobre nuestros
cuerpos acoplados como si fueran sólo uno. Acerca su cara a la mía y me susurra: “eres preciosa”, “no
te me resistas nunca más”, “quiero hacerte gozar una y mil veces”… Estas palabras me vuelven loca.
Sus deseos son órdenes para mí…
Acelera progresivamente el ritmo y su sexo parece crecer en mi interior con cada embestida. Sus
vaivenes me vuelven loca y me hacen alcanzar un orgasmo sin precedentes. No deja de penetrarme,
me mordisquea la piel que va de mi cuello a los hombros mientras su mano recorre mis pechos, los
sopesa, como si los descubriera por vez primera. Cuando centra toda su atención en mis pezones, esta
dulce estimulación me arranca un gemido bestial que desencadena nuestro placer. El orgasmo nos
asalta, al mismo tiempo, largo, caliente, palpitante, asombroso. Gabriel y yo permanecemos en esta
postura durante varios segundos, sin aliento. Después, me besa con ternura en los labios y me deja en
el suelo.
—Prefiero esto, Amande… Vamos a dormir.
Aún confundida por los acontecimientos de esa noche, le dejo llevarme hasta la cama. Me
desmoronó sobre el colchón mullido y me meto entre las sábanas, pegada contra el cuerpo todavía
ardiente de mi amante. Tengo ganas de hablarle y explicarle el porqué de esas duras palabras, pero el
sueño me gana.
Cuando salgo de mi semi-coma reparador, ya es de día. Escucho voces a lo lejos, una de ellas es de
Gabriel. Me debato entre remolonear en la cama o ir a ver lo que pasa y, finalmente, la curiosidad se
impone. Me recojo el pelo, me pongo mi camisola gris, un chaleco blanco y unas sandalias. Cuando
salgo de la habitación, descubro que la misteriosa conversación tiene lugar en la otra punta del pasillo.
Me acerco discretamente después de comprobar que no hay nadie por ahí. Cuando llegó a la puerta en
cuestión, escucho mi nombre…
—¿Entonces de verdad crees que Amandine está hecha para ti? Te engañas a ti mismo.
Céleste. Otra vez ella…
Te ha salvado la vida, no lo olvides. ¡Concédele al menos el beneficio de la duda!
Sí, claro…
—Ella me sienta bien.
¿Le siento bien? ¿Qué quiere decir con eso? ¿Cómo de bien?
—Si se trata tan sólo de una aventura sin futuro o incluso de un rollo, de acuerdo. Si es algo más,
eres un cabrón.
¿Perdón? ¿Un rollo?
—¿Ahora te dedicas a darme lecciones? ¡Esto no va contigo!
—Sí, por supuesto que va conmigo. Esto es enfermizo e indigno de ti.
—Para antes de que me enfade. Ya sé lo que vas a decir, no lo hagas, Céleste…
—No debes olvidarla. Ni reemplazarla… Lo has prometido.
Pero, ¡¿de qué está hablando?!
—Enhorabuena, has dado donde más duele. ¿Contenta?
—Sabes que sólo quiero lo mejor para ti, Gabriel, soy tu hermana…
—Sí, mi hermana. Y te ruego que no salgas de ese papel. No eres mi madre ni mi psicóloga.
—Pero…
—Pero nada más. ¿No crees que estos últimos días ya han sido bastante difíciles? Ahórrate tus
discursos, déjame en paz, Céleste.
La conversación termina. Me escabulló sin hacer ruido y vuelvo a mi habitación. Bueno, a nuestra
habitación.
Nuestra habitación. Me gusta la idea…
Amandine, no te embales. ¿Quién es esa chica de la que hablaba Céleste?
Cuando Gabriel regresa, vuelvo a estar en la cama, desnuda. Tengo ganas de mimos, no quiero
pensar en nada, ni en la escena traumatizante de la playa, ni en esa extraña conversación. Cuando me
descubre en cueros, esboza una sonrisa traviesa. Me besa en los labios, el aliento le huele a menta. Se
me pasan por la cabeza ideas interesantes pero él está en otra parte. Cuando me propone bajar a
desayunar, hago una mueca pero no se da cuenta. El duelo matutino con su hermana debe de
atormentarle todavía. Me anuncia que Eve ha sido internada en un hospital psiquiátrico y que no está
autorizada a salir de Estados Unidos.
En el avión que me trae de vuelta a París, todavía me cuesta pensar en todo eso. Viajo
confortablemente en primera clase puesto que, en esta ocasión, no he rechazado el ofrecimiento de mi
guapo y rico amante. Dos horas antes, Gabriel me dejó en el aeropuerto y me abrazó con ternura antes
de volver al volante de su BMW 4×4.
Venga, ¡qué tampoco te ha dicho “te quiero”!
Separarme de él es cada vez más duro pero me muero de ganas de volver a mi vida tranquila (donde
las armas de fuego no tienen cabida) y volver a ver a Marion, a Camille y a Émilie. Busco los cascos
del iPod en mi bolso y encuentro una hojita blanca doblada en dos. Sonrió de oreja a oreja: Gabriel
debe de haberme preparado una sorpresa… El mensaje dice: Nunca será tuyo, no te equivoques.
2. Sueños y desilusiones
Cuando bajo del avión, Marion está ahí, en medio de la multitud. No tengo la intención de
esconderle nada, quiero contarle todo con pelos y señales. Bueno, todo menos nuestros momentos de
pasión. La señora se hace la estrecha cuando se trata de Gabriel. No obstante, si no recuerdo mal, era
ella la que me interrogaba constantemente sobre mi vida sexual cuando salía con Ben… Lo que le voy
contando en el taxi que nos lleva al el distrito 12 parece la trama de una película mala.
—¡¿Una pistola en la sien?! ¿Me lo dices en serio?
—Sí. Y, si no hubiera aparecido la hermana de Gabriel, estarías de camino a mi entierro.
—Tía, tienes que hacer algo. ¡Ese tío es tóxico!
Bueno, ya he escuchado eso antes…
—Déjale, Amandine. Esto va a terminar mal.
Lo que dice me molesta profundamente, Marion es una auténtica reina del drama pero su inquietud
parece sincera así que me abstengo de comunicarle mis reflexiones contrarias.
En todo caso, por ahora…
—¿Y esa nota? ¿Quién crees que la ha escrito?
—Sólo se me ocurre una persona: Eve. Debió de metérmela en el bolso antes de su ataque de locura
en la playa.
—Sí, es posible. ¿Y estás segura de que esa pirada no se va a escapar del psiquiátrico? ¡Te quiero
viva!—
Gabriel ha contratado a unos hombres para que la vigilen. De todas formas, se va a quedar
hospitalizada unos cuantos meses. En ese aspecto, estoy tranquila.
Ya han pasado nueve días. Desde entonces, las únicas palabras que Marion tiene en la boca son
“Eve”, “pistola” y “olvídale”. En algunos momentos, tengo que contenerme. Me dan ganas de
arrancarle la lengua o coserle los labios… No soy violenta, nunca lo he sido, pero mi mejor amiga sabe
sacarme de mis casillas mejor que nadie. Y su comportamiento no me ayuda en absoluto a pensar en
otra cosa distinta a ese hombre que me obsesiona. Me acosa día y noche, haga lo que haga, no puedo
quitármelo de la cabeza.
¡Necesito una lobotomía!
El cielo gris de París me deprime. Ya hace nueve días que he regresado de Los Ángeles y le echo
muchísimo de menos, a él, a esos brazos, a esos ojos, a esa piel que me vuelven loca. Hace nueve días
que aterricé en Francia pero una parte de mí se quedó ahí. Después de haber visto la muerte de cerca,
no me molestó volver a mi vida tranquila y segura, a mis amigos normales y a mis prácticas un poco
aburridas pero gratificantes. Pensaba que tendría unos días de respiro pero, apenas veinticuatro horas
después, la distancia ya era insoportable. Ni una llamada, ni un correo, ni una carta… nada. Parece que
ya se ha olvidado de mí. “Amandine, he pasado página… ¡Qué entre la siguiente!”. No le faltan
pretendientes dispuestas a cualquier cosa para disfrutar de esos preciosos ojos azules. Tanta belleza,
carisma y perfección reunidas en un solo hombre… ¡es indignante!
¡Le odio!
¡Le adoro!
En varias ocasiones he tenido que contenerme para no enviarle un mensaje. No quiero dar el primer
paso, demostrar ser débil, estar desesperada. Su silencio me vuelve loca. Cuando estoy lejos de él, mi
espíritu se desquicia, mi cuerpo hierve, se consume a fuego lento. Para no pensar en él, intento
concentrarme en el trabajo que me ha encargado Éric. Se supone que debo establecer el top 10 de los
vinos preferidos por los franceses para publicarlo en la próxima newsletter. Los grands crus fascinan a
los consumidores, les hacen viajar, soñar pero, en lo que a mí respecta, no consiguen ocultar la
inquietud que me corroe. Creo que ya va siendo hora de que deje de hacerme ilusiones: no significo
nada para él. Sólo soy una entre muchas otras…
Estoy inmersa en mis pensamientos y tardo en ver que tengo un mensaje no leído en el buzón. La
voz exasperada de Émilie, plantada frente a mi mesa, me trae de vuelta a la realidad.
—Amandine, ¿estás en la inopia o qué? Te he pedido tres veces que me reenvíes el último correo
del jefe. ¡Es urgente!
“Por favor, querida compañera”, ¿es mucho pedir?…
Parece muy enfadada, no le pega nada gritarme así…
—Perdona, lo hago ahora mismo.
Asiente, gira y se va tan rápido como había llegado.
Debería cogerse vacaciones, ¡señorita Maréchal!
Cuando abro el correo, veo que he recibido un mensaje anónimo. Me contengo y envío primero el
dichoso email a Émilie, antes de que vuelva para gritarme. En cuanto termino, hago clic en el
misterioso mensaje.
De: Anónimo
Para: Amandine Baumann
Asunto: …
Tic tac, tic tac, se acaba tu tiempo.
Eve reaparece. ¡Sólo puede ser ella! Incluso a kilómetros de distancia y encerrada en una camisa de
fuerza, ¡esta loca furiosa consigue meterme miedo en el cuerpo! No debería entrar en su juego, eso le
encantaría, pero la rabia me puede.
¿Se me acaba el tiempo? ¿Qué significa eso? ¿Otra vez quiere dispararme en la cabeza?
Tras una jornada agotadora, tanto física como moralmente, me siento en la gloria tirada en mi viejo
sofá. El plan para esa tarde va acorde con mi estado de ánimo: patético. Una ducha rápida, un reality
estúpido pero divertido, pizza descongelada demasiado hecha e insípida y directa a la cama. No suelo
acostarme a las diez pero tengo ganas de que termine este maldito día. Agotada por mi inmenso
hastío, no tardo nada en caer dormida. De nuevo, Gabriel invade mis sueños, dominante, ardiente,
abrasador. Evanescente. A las doce y media, me despierto

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