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Cinco días para enamorarse – Marta Lobo

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Cinco días para enamorarse – Marta Lobo

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Dios, creo que me he pasado con las copas de alcohol en esta maldita fraternidad o lo que demonios sea este sitio. Y yo que creía que estas cosas solamente
pasaban en las películas americanas de adolescentes híper hormonados.
Miro a mi alrededor y a decir verdad no veo que sea una fraternidad. Más bien es un agujero negro dentro de algún edificio abandonado en alguna parte de Madrid.
Me apuesto el culo.
Pero el tema de las novatadas, no se han quedado en esas películas donde la cheerleader sale con el quarterback de turno, no. Las novatadas me han pillado.
Me paso la mano por la barbilla y veo que tengo dibujado en la cara algo negro al bajar la vista. Es lo único que alcanzo a ver si bizqueo un poco los ojos y miro
por debajo de mi nariz. Por Dios, que sea un bigote y no un pollón del tamaño de un obús. Busco un espejo por la habitación pero no encuentro nada. Mierda, sí que lo
es. Dos pelotitas asoman al otro lado de la cara. Genial. Primera noche en Madrid y con esto en la cara.
Busco con la mirada a Rocío, mi mejor amiga, y me la encuentro en otra parte de aquella habitación. Ella también tiene algo dibujado, pero claro, con el estilazo que
tiene ese pequeño y mono bigote le queda hasta bien.
Rocío es de esas chicas pequeñitas con un encanto natural y muy especial. De esas que salen con el pelo despeinado, unos vaqueros rotos y unas bambas a la calle,
y no parecen que va a robar al chino de la esquina.
—¿En serio? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? —le pregunto mientras bajo mi mano en la que aparece una probeta llena de un líquido verde.
—No me lo puedo explicar. Yo tan solo he bajado a por un sándwich a la máquina cuando te he visto aparecer corriendo por el pasillo como una loca.
—¿Puedo alegar enajenación mental transitoria? —digo recordando ligeramente lo sucedido.
—No. Eso en un tribunal seguro que no colaría. —Rocío está estudiando derecho. Obtuvo la nota más alta de selectividad en toda España.
—Pero —no puedo terminar de hablar cuando escuchamos unos gritos que cada vez están más cerca. Son gritos de hombres. Parece que están persiguiendo a la
única virgen del mundo para procrear—. ¿Pero qué coño está pasando?
—Sabía desde el primer momento que te conocí en el instituto que me ibas a traer problemas —dentro de su tono serio puedo ver cómo se empieza a dibujar una
sonrisa en su boca—. Pero ¿sabes una cosa? Me encantaste aquel día y lo sigues haciendo. Aunque estés como una maldita cabra.
—No sé si soy lo que a tus padres conservadores les gustaría Rocío. —Les conocí el primer día y lo supe por su mirada de rechazo a mis pantalones rotos y a mis
botas de tachuelas.
—Lo sé. Soy su única hija, la que ha estado encerrada en casa estudiando para tener la mejor nota, la que no ha salido con ningún chico y bla bla bla. Eso diría mi
madre. —Se empieza a reír a carcajada limpia—. ¿Sabes que se morirían si me vieran con lo que tienes dibujado en la cara?
—Lo sé Ro, pero para tener una polla en la boca dibujada como esta —me la señalo—, hay que tener algo especial.
—Lo que hay que tener es poca vergüenza. —Tiro de su mano para salir de aquel agujero.
—¿Vergüenza para irnos a comer algo? —Rocío hace un gesto de negación—. Mis tripas piden burritos de media noche y un batido de chocolate con nata.
Al salir nos encontramos a los hombres que emiten esos rugidos y dos de ellos me cogen en volandas y me mantean. Pienso que voy a acabar cenando burritos con
un pollón en la cara y sin dientes. Sería una bonita foto para la orla de la universidad. Marina Castro alias la Sindi.
—Marina, Marina, Marina —corean al mantearme.
—¿Dios que he hecho? —El más grande de ellos me coge entre sus brazos y me aleja de todos un poco. Cuando me deja en el suelo veo que lleva un sujetador. Mi
sujetador para ser más exacta. Mi sujetador y sus calzoncillos. Al menos no lleva mis bragas de Superman—. ¿Puedes decirme cómo has acabado con mi sujetador?
—Joder Marina. Tu apuesta era clara.
—¿Mi apuesta? —no sé de qué demonios está hablando.
—Eres tú la que nos has incitado a correr desnudos por el parque de la universidad. Has sido la primera en quitarte la ropa sin pensártelo. —Me fijo y veo que
solo llevo mis botas y una camiseta de baloncesto excesivamente grande.
—Ya decía yo que me entraba aire por los bajos.
—Eres pura dinamita nena. Creo que estos años nos lo vamos a pasar en grande.
De repente escuchamos a la virgen que persiguen justo a nuestro lado. Pero en realidad es ella la que les está persiguiendo a ellos.
—¿Ahora paráis? ¿Es que el decano ha aparecido?
A nuestro lado se encuentra una rubia con los ojos azules vestida con un horrendo mono naranja y un número en su pierna escrito que me quedo mirando.

Cinco días para enamorarse – Marta Lobo

—Alicia, ¿qué crees que dirá papá y mamá cuando se enteren de esto? —el tío grandullón señala a la rubia presidiaria.
—Venga no me jodas Lucas —se dirige al chico grande que tengo al lado —. ¿Se lo vas a contar tú? Porque si lo haces le diré que me obligaste a beber y corriste
desnudo incitado por una morena.
—Yo no he incitado a nadie —contesto sin pensar.
—Claro que sí. He visto cómo apostabas a que si te quitabas el sujetador en menos de diez segundos sin quitarte la camiseta, ellos tendrían que correr desnudos, y
uno de ellos con tu sujetador. —Esta acusación debe ser correcta por nuestras pintas.
—Vale, soy culpable, pero que nos les ha costado nada hacerlo.
—Ya sé yo lo que trata de hacer mi hermanito para ligarse a una morena guapa como tú. —Me tiende su mano con una gran sonrisa en la cara—. Me llamo Alicia y
soy la hermana de este mendrugo con sujetador. Oye ¡qué mono es! ¿Ya te ha pedido tu número? —su hermano agacha la cabeza avergonzado.
—Joder Ali eres especialista en cagarla.
—Ves, yo soy más simple que todo eso. Me he escrito mi número en la pierna y así quien quiera lo tendrá. —Miro su pierna y me empiezo a reír.
—Eso sí que es ligar a lo grande Alicia. —Esta tía parece muy auténtica.
—Ahora nos íbamos a comer algo ¿te apuntas Alicia? —dice Rocío frotándose la cara tratando de borrar ese bigote hasta dejarse una gran marca roja—.
Definitivamente no sale.
—Por Dios, sí. Me muero de hambre.
Las tres nos dirigimos a una cafetería cercana donde trabaja mi amiga Luz. Al vernos entrar con estas pintas se empieza a reír. No nos hace preguntas ya que su jefe
está cerca. Pedimos comida como para un regimiento y nos sentamos en la parte de atrás en una pequeña terraza a solas. Luz se une a nosotras en cuanto cierra el bar.
Lo tenemos entero para nosotras.
—¿Por qué llevas eso en la cara Marina? —Luz me señala.
—No lo sé. Porque seguramente he perdido alguna estúpida apuesta que yo misma habré propiciado. —Pasa su dedo por lo dibujado y niega con la cabeza—. Por
favor dime que se borrará o que me harás maravillas con el maquillaje. Mañana tengo una entrevista de curro y, o me lo quitas, o me planto pelo y voy como la mujer
barbuda.
—¿Maquillaje? —Alicia la mira mientras engulle una hamburguesa de tres pisos.
—Sí, estudio —se queda callada sabiendo que todo lo que el título de sus estudios dice es casi incomprensible—estudio maquillaje entre otras cosas. En una
academia muy profesional —al decirlo se quiere convencer de que el pastizal que está pagando servirá en un futuro.
—Y muy cara. —Luz y yo nos hemos conocido hace un par de meses en este mismo bar.
—Por eso por las noches curro en este antro de perversión que tiene unos burritos que Marina adora.
—A los que me has hecho adicta Luz. No sé qué les echáis pero es que me derrito con ellos.
—Tus palabras textuales fueron —se aclara un poco la voz—un orgasmo para mis papilas y para mi entrepierna.
—Bueno es que aquella noche no tuve ningún otro orgasmo y tuve que conformarme con el burrito.
—¿Tú que estudias Alicia? —Rocío pregunta mientras se come su ensalada.
—Medicina. Me quiero especializar en cirugía infantil. —El teléfono de Alicia comienza a sonar y podemos ver que manda al bar a su interlocutor.
—Chicas viene Natalia, una amiga mía que no conoce a nadie en la ciudad. La escritora que hará de este encuentro una novela de esas que tanto venden.
—Pues creo que somos como “El club de las cinco”. —Nos empezamos a reír todas—. Yo tampoco conozco a nadie en la ciudad excepto a Marina. —Luz me
guiña un ojo.
—Pues creo que es un buen momento entonces para sacar champán del caro y brindar. —Rocío se empieza a desatar.
—Siento joderos pero aquí lo mejor que hay es sidra. —Hago una falsa mueca de tristeza.
***
Diez años después a veces a través de la distancia seguimos brindando con sidra para recordar cómo nos conocimos, de la manera más loca y extraña, que nos
convirtió en una pequeña familia. Cinco chicas de diferentes puntos de España que llegamos a Madrid para sobrevivir y experimentar.
Diez años después vamos a hacer lo mismo en Londres, pero esta vez en vez de burritos y sidra, podremos brindar con sushi y sake.
Bienvenidas a Londres chicas
LAS CHICAS LLEGAMOS A LONDRES
“Un amigo es el que a pesar de la distancia,
se acuerda de los momentos importantes que vivieron“.
Anónimo
Rocío
Dios mío. No me puedo creer que al final estemos aterrizando en Londres después de un viaje con muchísimos contratiempos. Hemos perdido el vuelo las tres a
Londres porque Alicia ha perdido el suyo en Mallorca. Siempre tiene que liarla de alguna manera. Si no pierde el vuelo, le paran en aduanas y si no, cualquier locura de
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